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Extraños en un tren, pero leyendo el periódico

junio 30, 2015

Por las redes sociales circula una fotografía en blanco y negro, posiblemente fechada a principios de los años sesenta en Estados Unidos, en la que se ve a los viajeros del vagón de un tren enfrascados en la lectura de algún periódico. La foto, que se ha convertido casi en un icono, pretende desmontar la opinión según la cual el uso de los teléfonos inteligentes (smartphones) aísla a las personas en los espacios públicos. La idea que se pretende transmitir es clara: también la lectura de los periódicos aislaba a la gente en los lejanos tiempos anteriores a Internet y las nuevas tecnologías de la comunicación, como se desprende de la vieja fotografía.

Tendremos que reconocer que en este argumento aparentemente persuasivo, y que aspira a demostrarse recurriendo a la imagen, late un amago de autodefensa ante la acusación que culpa a los nuevos artilugios tecnológicos de propiciar el aislamiento de quienes los utilizan. Recuerda al del niño que esquiva la reprimenda del maestro por una pequeña infracción cometida en clase, acusando al compañero de enfrente de comportarse igual o peor que él.

Fotografía de viajeros leyendo en el tren

Fotografía de viajeros leyendo en el tren

Ciertamente los lectores de periódicos que viajan en ese vagón de tren se encuentran aislados unos de los otros mientras leen las noticias del diario (¡aquellos incómodos periódicos-sábana sin fotografías y atestados de palabras). Se supone que si en lugar de un periódico, leyesen un libro, la situación no variaría demasiado. Sea cual sea el material o formato de una lectura (un libro electrónico, por ejemplo), ésta constituye un acto intelectual solitario, aunque el lector se encuentre rodeado de un número indeterminado de personas. La lectura del periódico, como la del libro, limita con su número de páginas. Es finita. Sería absurdo inferir de la instantánea captada por el fotógrafo que esos viajeros se pasaron todo el trayecto leyendo el diario.

En cambio, el teléfono inteligente permite acceder a todo un universo de contenidos, sin límites de ningún género. Encender un smartphone es como abrir una puerta a muchos departamentos que conducen a pasillos con nuevas puertas, que a su vez llevan a otros pasillos y puertas, etc. Quizá cualquiera de los grabados de Escher podría servirnos para definir el interior virtual que cabe en un dispositivo de tamaño tan reducido. El usuario puede permanecer todo el tiempo que desee con los ojos fijos en la pantalla: la catarata de ofertas no cesa nunca. El único límite temporal es el que establezca él mismo o que el dispositivo deje de funcionar.

Grabado de Escher

Grabado de Escher

Por cierto, usuario es un término que habría resultado un tanto extraño en la era de Gutenberg. Al lector de prensa escrita se lo llama simplemente lector, como al de libros, por la sencilla razón de que lo único que puede hacer con el periódico es leerlo (y de paso mirar las fotografías que ilustran las informaciones). Pero el usuario del smartphone lo es porque utiliza el dispositivo para múltiples fines y no para uno solo exclusivamente: enviar mensajes y archivos de textos e imágenes a través de diversos sistemas y aplicaciones, navegar por Internet para buscar información o material de entretenimiento, comunicarse con otros usuarios por las redes sociales, jugar y hasta tirar fotos. En este dispositivo electrónico la lectura de textos y la escritura no son más que funciones casuales.

La estructura del periódico es muy simple y se mantiene así desde su creación: las distintas secciones en las que se divide, como las plantas de un gran almacén, y con las que el lector se encuentra al pasar las páginas, deteniéndose en unas más tiempo que en otras. Es posible incluso que ni siquiera se moleste en visitar alguna de ellas. En el diario se busca información y opinión, o sea, conocimientos, por perecederos que puedan ser muchos de ellos. ¿Qué mejor momento y lugar para leerlo que un viaje en tren?

“Compartimento de tren” (1938), de Edward Hopper

Ese vagón recuerda a la sala de lectura de una hemeroteca ambulante. Una imagen distinta de la que ofrecen los vagones de nuestros rapidísimos trenes en los que el viajero, si no está enganchado a su smartphone, puede seguir la película que se proyecta en las pantallas de los monitores colgados del techo, escuchándola a través de los auriculares correspondientes, o sintonizar una emisora de radio conectando sus auriculares a la toma instalada en su asiento.

En aquella sociedad sólida las ofertas de entretenimiento individual eran limitadas, al menos comparadas con las actuales. Si uno tomaba el tren para un viaje de varias horas no tenía otra alternativa que entretenerse mientras estuviese despierto mirando el paisaje por la ventanilla del vagón –lo cual no deja de ser una oportunidad para imaginar, recordar y pensar-, o recurrir a la lectura de un libro o del periódico, donde además podía encontrar las páginas dedicadas a los pasatiempos.

Aun tenía otra opción, hoy casi impensable: entablar una charla incidental con el vecino de asiento, respetando las normas de la cortesía. No se trataba de una excentricidad en un lugar en el que se dispone de más tiempo que espacio; a no ser que, como se observa en el cuadro de Edward Hopper “Chair car”, fechado en 1965, los asientos sean individuales en un vagón bastante amplio y además estén colocados de forma desigual.

“Chair car” (1965), de Edward Hopper

La costumbre de entablar conversaciones en los trenes forjó una parábola de las relaciones humanas: las personas a las que conocemos y con las que intimamos a lo largo de la vida son como esos viajeros ocasionales con los que conversamos durante el trayecto y que se van apeando en las estaciones, sin que volvamos a verlos. La diferencia fundamental es que con unos habremos conversado más que con otros y también nos habrán acompañado más tiempo. En cualquier caso, el viaje continúa, aunque sea sin nosotros ni ninguno de los viajeros que conocimos.

Son numerosos los novelistas que ubicaron alguna de sus historias en el vagón de un tren de largo recorrido, un escenario ideal para que personajes que no se conocían de nada intercambiaran confidencias que en otros lugares no se hubieran atrevido a expresar. El idiota, de Dostoyevski, comienza en un compartimento de un tren procedente de Varsovia que una fría y neblinosa mañana de otoño se dirige a San Petersburgo, y en el que el joven príncipe Muichkine y Parfenio Ragojine, de una edad parecida a la suya, se presentan el uno al otro, iniciando así una extraña conversación que marcará el rumbo de la novela, y a la que pronto se suma otro viajero, Lébedev, sentado cerca de ellos, el prototipo de sabelotodo que, como dice el narrador, se encuentra en todas las clases sociales.

Fiódor Dostoievski retratado por Vasily Perov

Fiódor Dostoievski retratado por Vasily Perov

También Tolstói ambientó su novela breve Sonata a Kreutzer en el compartimento de un tren, donde su protagonista, Poznychev, desvela a su compañero de viaje, el narrador, los motivos por los que asesinó a su esposa.

En Corto viaje sentimental Italo Svevo describe la crónica de un viaje en tren de Milán a Trieste del sesentón Giacomo Aghios, durante el cual el buen hombre tiene la oportunidad de conversar  con varias personas de condición diferente, lo cual terminará por revelarle la estrechez de su mundo. Sin embargo, Aghios es de los que piensan que no cabe esperar nada de las confidencias que se intercambian en los viajes ya que su destino final es el olvido. “Van pasando las fisonomías y se acumulan confusamente en un rinconcito de la memoria, convirtiéndose en colectividad, naciones, sexos, pero en individuos nunca”. Extraños en un tren, de Patricia Highsmith, empieza también con la charla espontánea que uno de los dos hombres que protagonizan la novela entabla con otro.

Fotograma de

Fotograma de “Extraños en un tren”, la película de Hitchcock basada en la novela de Patricia Higshmith

En una de sus anotaciones fechadas en 1969, Elias Canetti informaba de la noticia publicada en la prensa sobre la muerte en Italia de un hombre de noventa y tres años que desde hacía veinte vivía en vagones de tren:

“Bajaba de un tren para subir a otro; no hacía otra cosa, y no tenía casa. Como antiguo diputado tenía un pase para viajar gratis; toda su gran fortuna se había esfumado, lo único que le quedaba era el pase. Murió en la estación Central de Turín, al cambiar de tren”.

En cuántas conversaciones con extraños tuvo que participar ese viajero impenitente que durante dos décadas hizo del tren –un lugar de paso- su hogar y también el centro de su actividad social.

El actor Hilton MacRae, en el papel de Pozdnyshev, en la versión teatral de “Sonata a Kreutzer”, del Gate Theatre (Londres, 2012), dirigida por Natalie Abrahami. Foto de Simon Kane

El actor Hilton McRae en el papel de Pozdnyshev, en la versión teatral de “Sonata a Kreutzer”, del Gate Theatre (Londres, 2012), dirigida por Natalie Abrahami. Foto de Simon Kane

Hoy son tan raros los viajeros de tren que entablan una charla amena como los que leen el periódico en papel. La mayoría de ellos van provistos de su smartphone, tableta u ordenador portátil. Quizá una minoría siga la película que se proyecta en los monitores del vagón. Todos ellos tienen en común que se entretienen, con la diferencia de que los espectadores de la película comparten el entretenimiento. No están tan aislados como los usuarios de los smartphones, cada uno de los cuales hace un uso distinto del dispositivo.

Al hilo de esta observación, se me ocurre otro motivo que desbarata la idea-foto que equipara el aislamiento de los lectores de periódicos con el de los usuarios de teléfonos inteligentes. Los viajeros del tren que vemos en la fotografía están unidos mentalmente por las informaciones que leen. Aunque los enfoques editoriales de sus respectivos diarios difieran, según la tendencia ideológica de cada uno de ellos, esas noticias versan sobre una actualidad común. Mantienen una conversación silenciosa en torno a los mismos asuntos y con las discrepancias correspondientes.

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En la década de los años sesenta las noticias sobre la Guerra Fría y el equilibrio del terror entre las dos grandes superpotencias dotadas con armas nucleares tenían en vilo a la población informada por la prensa de las tensiones geopolíticas derivadas de esa confrontación. Por tanto, seguro que los lectores de periódicos de la fotografía estaban también unidos por la lógica preocupación y el temor que sentían ante aquellas informaciones.

A propósito de este hecho, conviene recordar que la prensa nació como una necesidad de la sociedad cada vez más atomizada, en la que los hombres, aislados unos de otros, precisaban de un instrumento que les suministrara informaciones sobre cuestiones de interés general que acaecían fuera del entorno privado y familiar, y que les afectaban de forma directa o transversal.

Alexis de Tocqueville se percató de esta función de la prensa a su regreso de Estados Unidos, en 1833,  cuando observó que en este país el periódico resultaba más necesario “a medida que los hombres se hacen más iguales y más temible el individualismo”. Además de preservar la libertad, mantenía la civilización:

“Es un consejero que no hay que buscar, sino que se presenta voluntariamente y nos habla cada día y con brevedad del asunto en común, sin apartarnos ni distraernos de los propios”.

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La otra cara de esta evidencia es que, al infundir en los lectores el mismo pensamiento, recibían las mismas influencias, las mismas ideas, los mismos clichés y, en muchas ocasiones, las mismas mentiras, por lo que era tan fácil aunarlos en torno a ellas -hasta formar un compacto conglomerado ideológico-, como antaño a los fieles los había unido la fe con la que oraban al venir el día. En 1934, bajo la tiranía de Hitler, el escritor judeo-alemán Victor Klemperer anotó en sus diarios que todas las personas con las que se relacionaban él y su mujer necesitaban intercambiar opiniones “porque por los periódicos ya no se entera uno de nada”.

También la afirmación de Hegel identificando la lectura del periódico con “una especie de bendición matinal realista”, ya que ambas orientaban “la propia conducta frente al mundo, sea basándonos en Dios o en lo que es el mundo”, puede interpretarse como el establecimiento de un espacio social común, sólo que con la oración matutina el creyente saludaba una nueva jornada dirigiéndose a Dios y al leer el periódico accede al conocimiento de la realidad mundana.

Retrato de Hegel (1831), por Schlesinger

Retrato de Hegel (1831), por Schlesinger

Por último, hay otra diferencia entre el lector de periódicos y el usuario de teléfonos inteligentes que, pese a parecer poco relevante, tiene su importancia. Al igual que el libro, el diario sólo puede leerse en unas condiciones determinadas. Por ejemplo, sentados en el asiento del vagón de un tren  o de cualquier medio de transporte, o de pie en el andén, mientras esperamos la llegada del tren. Pero no mientras se camina, a no ser que el lector se arriesgue a chocar contra los viandantes y los árboles de las aceras o tropiece con cualquier otro obstáculo.

Como ustedes mismos habrán comprobado, basta con salir a la calle para presenciar el espectáculo absurdo de los usuarios de smartphones deambulando con los ojos fijos en las pequeñas pantallas y probablemente con los auriculares en los oídos, indiferentes a cuanto les rodea. “La generación de cabezas bajadas” es el nombre con el que se los empieza a conocer.  Por cierto, ¿en qué pensaba y qué imaginaba toda esa gente antes de la existencia del teléfono móvil, tal como lo conocemos ahora? ¿Qué les pasaba por la cabeza cuando no tenían nada que hacer, como no fuese pensar, recordar o imaginar algo?

En Nueva York las autoridades municipales estudian la posibilidad de prohibir que los peatones crucen la calle mientras escriben mensajes de texto, consultan el correo electrónico desde el móvil o se distraen con cualquier dispositivo electrónico, y sopesan imponer multas de cien dólares a los infractores de la futura normativa. De momento en el estado norteamericano de Utah se ha reformado una ley para multar con cincuenta dólares a todo aquel que se acerque a las vías de tren con la cabeza a pájaros (donde leen pájaros, lean “móviles”). Y en la localidad china de Chongqing se ha habilitado una ruta de treinta metros para quienes usan el móvil mientras caminan. No son muchos metros, pero por algo se empieza. Quizá con el tiempo, la ruta se convierta, por sus enormes dimensiones, en algo parecido a una Muralla china de usuarios de teléfonos móviles.

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A comienzos de los años treinta del siglo pasado el sociólogo Lewis Mumford auguró que el perfeccionamiento técnico en los medios de comunicación traería contactos más numerosos, y más exigencias de atención y de tiempo. También advertía que la frecuencia de este intercambio inmediato de mensajes desde cualquier lugar del mundo no significaba necesariamente “una personalidad menos trivial o menos mezquina”. Mumford vaticinó que las ventajas derivadas de la comunicación instantánea se reducirían ante el hecho de que

“las grandes abstracciones económicas de la escritura, la lectura y el dibujo, los medios de pensamiento reflexivo y la acción premeditada, se verán debilitados”.

Lewis Mumford (1895-1990)

Lewis Mumford (1895-1990)

Estaba convencido de que el éxito de los medios de transmisión confirma la tendencia del ser humano a mostrarse más sociable en la distancia que en la presencia:

“Su intercambio se realiza mejor a veces, como el trueque entre los pueblos salvajes, cuando ninguno de los grupos puede ver al otro”.

Mucho antes de la telefonía móvil predijo que el abuso del teléfono convencional demostraba que “la extensión y repetición demasiado frecuentes de trato personal pueden ser socialmente ineficaces”, ya que “una docena de conversaciones de cinco minutos puede a menudo reducirse en esencia a una docena de notas cuya lectura, escritura y contestación exigen  menos tiempo, esfuerzo y energía nerviosa que las llamadas personales”. Otro detalle en el que reparó es que el teléfono tampoco escaparía al mismo peligro que todos los inventos: “la tendencia a usarlos exíjalo o no la ocasión”, algo que comprobamos todos los días en el uso extemporáneo de los celulares que hacen tantos de sus propietarios.

Hablando-por-telefono

Las tecnologías con las que nos comunicamos están configurando un modelo de conversación privada y pública que no hemos elegido, sino que viene impuesto por la naturaleza de esas tecnologías, con sus ventajas e inconvenientes (y no me refiero a las cuestiones puramente técnicas).  En su esclarecedor ensayo Divertirse hasta morir. El discurso público en la era del “show business”, que dedicó a la televisión, el crítico y escritor Neil Postman formuló un reflexión que se mantiene vigente treinta años después y en la era de Internet y de las micro-tecnologías de uso personal. Postman decía que el cambio en la conversación pública derivado de la hegemonía televisiva es una ideología comparable a las que padeció el siglo XX, también con pretensiones totalitarias porque

“impone un estilo de vida, un tipo de relaciones humanas y de ideas, sobre las cuales no hay consenso, ni discusión, ni oposición, sino sólo conformidad”.

Se trata de la misma conformidad que muestran los usuarios de las redes sociales cuando exhiben voluntariamente su intimidad, como si les pesara preservarla en el reducto de la vida privada.

Neil Postman

Neil Postman (1931-2003)

Postman apostillaba su reflexión señalando que la conciencia pública todavía no ha asimilado el hecho de que “la tecnología es ideología”. Lo es cuando los medios, que se compran y se venden en un mercado en constante expansión, determinan nuestra forma de expresarnos y de entendernos con los demás mediante el señuelo de las múltiples “utilidades” que ofrecen y, por supuesto, la que parece tener más acogida entre sus usuarios y que coincide con el de la televisión: el entretenimiento masivo.

Sí, Marshall McLuhan no se equivocó: el medio era el mensaje. Pero entonces, ¿a qué se dedican los mensajeros? ¿Serán como esos personajes de la fábula de Kafka, que cuando les dieron a elegir entre ser reyes o correos de los reyes, prefirieron esto último, como verdaderos niños, por lo que, a falta de reyes, “se gritan unos a otros mensajes que ya no tienen sentido”?

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12 comentarios leave one →
  1. junio 30, 2015 10:04 pm

    Debemos leer ” The Girl on the Train” de Paula Hawkins— interesante— una mujer que se obsesiona con una casita que ve desde el tren y empieza a averigua qué pasa allí….

  2. junio 30, 2015 10:07 pm

    un alumno me hizo una observación interesante–cómo Ana Karenina empieza y termina en la estación del tren…. a propósito de los relatos que llamamos “redondos”—

  3. Ángel Saiz Pérez permalink
    julio 1, 2015 12:19 am

    Desde luego, Jaime, el futuro de las modernas tecnologías está todavía por descubrir. No solo en cuanto a su perfeccionamiento tecnológico sino en cuanto a las consecuencias de la manipulación del pensamiento por lo monopolios a los que podemos llegar en este campo. Pero, no debemos temer… al menos, debemos estar prevenidos.
    En cuanto a compararlos con la prensa convencinal… no sabría decirte, no tengo opinión, al menos por ahora.

    • julio 1, 2015 9:09 am

      Gracias, Ángel, por tu comentario. Pîenso que, como dijo Neil Postmann, el peligro radica en la conformidad con que se aceptan estos medios tecnológicos que tanto están influyendo en nuestros comportamientos. A lo mejor hay que recordar que las tecnologías de la comunicación no son simples aparatos electrodomésticos.

  4. julio 1, 2015 1:41 am

    Vale la pena recordar lo dicho por Benedict Anderson en sintonía con Hegel: “La ceremonia de leer el periódico se realiza en una intimidad silenciosa, en el cubil del cerebro. Pero cada comunicante está consciente de que la ceremonia está siendo repetida simultáneamente por miles (o millones) de otras personas en cuya existencia confía, aunque no tenga la menor noción de su identidad”

    • julio 1, 2015 9:14 am

      Gracias por la cita de Benedict Anderson, que no conocía y que, además de oportuna, corrobora una de las ideas que he tratado de explicar en la entrada del blog: que la lectura del periódico es una conversación “silenciosa” entre sus lectores.

  5. Lupaforero permalink
    julio 1, 2015 1:47 am

    y no solo tus observaciones, sino la pereza que se va apoderando de las nuevas generaciones y atrofia la creatividad porque todo esta a pedir de boca en los pequeños monstruos manuales que acolitan la eterna soledad del hombre

    • julio 1, 2015 9:20 am

      Me gusta lo de “pequeños monstruos manuales”. Sí, pienso también que estos juguetitos, al ahorrarnos esas pequeñas pero cotidianas actividades mentales (sobre todo de la memoria) que ejercitábamos cuando no existían, contribuyen a atrofiar la creatividad. Y todo a cambio de satisfacer la obsesión de esta época “deportiva”: llegar antes a la meta, ganar tiempo.

  6. Luis permalink
    julio 1, 2015 4:10 pm

    Genial como siempre, Jaime. ¿Te imaginas encontrarte con Hegel en un tren?

    Un abrazo
    Luis Iglesias

  7. julio 1, 2015 6:28 pm

    Sí, me lo imagino en un tren y leyendo el periódico, naturalmente.
    Por cierto el retrato de Jakob Schlesinger está fechado en 1831, el mismo año de su muerte por el cólera.
    Gracias, Luis. Un abrazo

  8. Rubén permalink
    julio 1, 2015 9:15 pm

    Jaime, mientras leía con entusiasmo, pensaba en Mc Luhan, que citas al final; él habla del determinismo tecnológico, y agrega:“formamos nuestras herramientas y luego éstas nos forman a nosotros”.La tecnología es la extención del ser humano y ella nos transforma en seres distintos a lo que estábamos habituados, pasando de la comunicación a la incomunicación. Lentamente nuestra cultura digital se caracteriza por conocer el funcionamiento de los botones o las teclas, sacrificando emociones o reprimiéndolas.
    Susan Sontag, en su libro Ante el dolor de los demás, afirma :” nuestra dieta de imágenes de horror nos corrompe y nos vuelve insensibles”. También Sartre opina :”Desconfío de la incomunicabilidad; es la fuente de toda violencia.”
    Personalmente, yo voy contra la corriente, porque con la corriente me ahogo…A veces todas nuestras interrogantes son partículas invisibles, que viajan de la nada a la nada con una soledad infinita…
    Neruda , nos consuela en su Testamento de otoño…
    “Entre morir y no morir
    me decidí por la guitarra
    y en esta intensa profesión
    mi corazón no tiene tregua,
    porque donde menos me esperan
    yo llegaré con mi equipaje
    a cosechar el primer vino
    en los sombreros del Otoño.
    ………………………
    y esto le pasa a todo el mundo,
    nadie se da cuenta de todo
    y cuando se suman las cifras
    todos éramos falsos ricos:
    ahora somos nuevos pobres.”

    Un fuerte abrazo!!

    • julio 2, 2015 2:00 pm

      Gracias por tu comentario, y esas citas sabias. Confiemos en que las tecnologías no nos hagan a su imagen y semejanza, como vaticinó McLuhan. ¡Qué manía de crear dioses (y estas tecnologías -incluyendo la TV- es uno de ellos, muy exitoso por lo que se ve) para luego someternos a ellos! Un fuerte abrazo Rubén.

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