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¡Silencio, se sueña!

junio 9, 2015

En la presentación de su nueva película Irrational man, en el Festival de Cannes, Woody Allen comentó que lo único que le da sentido a su vida es distraer al público, ya que al menos en una hora consigue que olvide los malos humores y la muerte, e incluso que se ría. ¿Para qué va la gente al cine o al teatro -añadía- si no es para ver a personajes que sufren una crisis moral y toman decisiones agónicas, hombres que engañan a sus mujeres, mujeres con aventuras a espaldas de sus maridos, gente que se mata entre ellos? Desde el teatro griego hasta hoy, pasando por Shakespeare, esto ha sido así.

También confesaba que durante el rodaje de sus películas (y ya van cuarenta y cinco) se mantiene ocupado y elude los sinsabores de la realidad. Concluía sus reflexiones subrayando el carácter inapelable de ésta y el modesto papel del arte y, por supuesto, del artista, en su intento de contrarrestar la poderosa influencia de eso que entendemos por vida:

“No hay una respuesta positiva a la desalentadora realidad de la vida. Da igual lo mucho que nos hablen los filósofos, los curas o los psiquiatras, porque ella tiene su propia agenda y te arrolla. Así que todos vamos a acabar en una mala situación. La misma para todos, pero mala. Como artista, lo único que puedes hacer es intentar que se te ocurra algo con lo que explicar a la gente que la vida es positiva, lo que no puedes hacer sin engañarles”.

Woody Allen

Woody Allen

El propio Allen plasmó estas ideas con imaginación y lucidez en la película La rosa púrpura de El Cairo (1985), donde cuenta la historia de una camarera de Nueva Jersey que, abrumada por las penurias de la Gran Depresión de 1929 y un matrimonio a la deriva, acude al cine para evadirse viendo varias veces La rosa purpura de El Cairo, seducida no sólo por ese título exótico sino por el encanto de su protagonista Tom Baxter, un apuesto arqueólogo que en Egipto conoce a unos amigos neoyorkinos que se encuentran en este país de turismo y junto a los cuales regresa a Nueva York para compartir con ellos un alocado fin de semana en Manhattan.

Hasta que en una de las sesiones de la película contempla atónita que quien se evade de la película (rodada en blanco y negro, como todas las de la época) es su héroe, al salirse de la pantalla y declararle su amor. Ni en sus mejores sueños le habría ocurrido un acontecimiento tan fantástico.

En su descenso al mundo real el personaje Tom Baxter (antítesis del actor que lo interpreta, el arribista Gil Shepherd) se sentirá un tanto desconcertado ante las diferencias que observa con el mundillo del cine. También a Cecilia le aguarda un desencanto similar cuando, al atravesar la pantalla, descubra consternada que no todo era como parecía desde la butaca.

Cecilia se refugia en las películas porque en aquellos años, y así fue durante décadas, el cine era el espectáculo más atractivo y barato para huir de la realidad. Antes lo habían sido la novela y el teatro. Desde entonces la oferta de espectáculos y entretenimientos audiovisuales se ha multiplicado, al igual que los medios para acceder a ellos.

Si “la especie humana no puede soportar mucha realidad”, como recordó T.S. Eliot, el arte sirve para sacarnos de aquí (Pessoa), aunque sólo sea momentáneamente. Pero, al contrario que las modalidades habituales de escapismo en las que el engaño marca la pauta, la ilusión artística alberga muchas dosis de verdad, incluso en su forma estética. Por ejemplo, la técnica del claroscuro, perfeccionada por los pintores del Barroco, no sólo permitió ahondar en la deseada verosimilitud del tema pintado sino que también constituye un reflejo de la vida misma: una mezcla de claros y oscuros.

También en la literatura del Barroco los escritores redescubrieron la vieja sentencia horaciana de “enseñar deleitando” (“prodesse et delectare”), dos funciones felizmente complementarias que comprometen tanto al autor como a los destinatarios de la obra. Con nuestra perspectiva de modernos sin interrupción quizá esa fórmula se nos antoje algo paternalista, al dar por sobreentendido que quien enseña sabe más que quien aprende, y que éste último se mostrará receptivo a la enseñanza si se la suministra con deleite. Sin embargo, tampoco se halla tan lejos del propósito expresado por Woody Allen de distraer al público revelándole el lado positivo de la vida, aunque sea a través del velo de la ilusión.

homas Stearns Eliot en 1934, por Lady Ottoline Morrell

Thomas Stearns Eliot en 1934, por Lady Ottoline Morrell

Los antiguos preferían el mucho más sugerente “deleitar”, que el moderno y chato “distraer”, y  no dudaban de su voluntad de “enseñar”, verbo al que en esa doble función otorgaban un papel preponderante y que en nuestra sociedad horizontal suscita recelos. En cualquier caso, el artista despliega sus dotes seductoras para cautivar al destinatario de su obra, haciéndole partícipe  de alguno de esos motivos de  la filosofía perenne que, en medio de la confusión en que vivimos, apremiados por las obligaciones cotidianas y la inmediatez del día a día, abren una brecha de luz en el espíritu, ensanchando los límites de la comprensión siempre amenazada por el cliché.

El arte nos permite distanciarnos de la vida sin por ello desplazarnos del mundo de los humanos. Al menos nos ayuda a entenderla un poco mejor, algo que no sería posible si la ficción fuese una copia de la realidad, o sea, un fiasco, como casi todo en la vida. La capacidad de discernimiento está asociada a la distancia de lo inmediato y a la amplitud de miras. “Mira a lo lejos, no pienses en ti”, aconsejaba al melancólico el filósofo Alain.

Mientras leemos una novela o vemos una película, dejamos atrás las preocupaciones habituales para compartir las que acucian a los personajes ficticios. Puede que incluso nos identifiquemos con alguno de ellos. En suma, que también provisionalmente, y gracias al poder sugestivo de la ficción, seamos otros distintos de los que somos en la vida real. Quizá para más de un lector o espectador ésa constituya la única oportunidad  de abandonar las estrecheces de su mapa personal, de franquear sus fronteras, sintiendo de una manera distinta de la acostumbrada. Si así fuera, su experiencia podría compararse a la del creador de la ficción, puesto que a ambos ésta los arrancó de su terruño para transportarlos a tierras extrañas.

Alain (pseudínimo de Émile-Auguste Chartier, 1868-1951)

Alain (pseudónimo de Émile-Auguste Chartier, 1868-1951)

¿Qué importa que el medio que estimula nuestra imaginación sea ficticio cuando nos permite sentir de la misma forma que en el mundo real? ¿Es que en los sueños, tan irreales como cualquier ficción, no sentimos igual que si estuviésemos despiertos? Lichtenberg pensaba que sólo por este motivo tendríamos que sumarlos a nuestra experiencia real, en tanto que continuación de ella, aunque al despertar las sensaciones y sentimientos que nos suscitaron se nos antojen inconcebibles y los olvidemos.

Ahora bien, el que a los espectadores y lectores les guste participar de los conflictos en los que se ven envueltos unos personajes ficticios, con tal de olvidarse de sus propios problemas, tampoco significa que deseen padecer en carne propia conflictos parecidos. Bastante tienen con las preocupaciones que les depara la vida, aunque, al menos en apariencia, sean más simples que las que afligen a los personajes.

George Christoph Lichtenberg

George Christoph Lichtenberg

El acontecimiento singular, la anécdota memorable, se reservan para la ficción. Ello no obsta para que el narrador busque sus historias en la realidad, en sus vivencias, o, como hizo Shakespeare, en la crónica histórica, de la que desciende la novela. ¿Dónde si no iba a buscarlas? Aun siendo la realidad su fuente de inspiración, el resto tiene que ponerlo él, con la ayuda de la imaginación y de su oficio de creador.

Sin embargo, la costumbre de ejercer de espectadores de experiencias ajenas fuera de lo común y de sentir a cuento de lo que sienten otros, hace que cuando por casualidad nos vemos involucrados en alguna de naturaleza similar, el primer pensamiento que nos viene a la cabeza sea que esto no puede estar ocurriéndome a mí. No esperamos es parecernos a los personajes ficticios ni cruzarnos con dilemas parecidos a los suyos, esos que compartimos con ellos fervientemente desde el sofá del salón.

A los sesenta años, el escritor judeo-alemán Victor Klemperer, catedrático de filología románica y autor del perspicaz estudio de la lengua del Tercer Reich Lingua Tertii Imperii, LTI (1947), tuvo una sensación parecida a ésta la mañana del 23 de junio de 1941 en que fue encarcelado en los calabozos de una comisaría de Dresde, bajo la acusación de no haber oscurecido su apartamento a la hora señalada por las autoridades. Klemperer residía en esta ciudad alemana junto a su mujer aria Eva Schlemmer, circunstancia que, de acuerdo con las leyes raciales promulgadas por el régimen nazi, le libró del exterminio, no así del hostigamiento y múltiples vejaciones. Tras permanecer ocho días confinado en la Prisión de la Jefatura Superior de Policía, escribió el relato de sus impresiones en los diarios secretos que mantuvo vivos entre 1933 y 1945, y publicados en 1995 con el título Quiero dar testimonio hasta el final. Una de esas impresiones fue la de estar viendo una película.

Eva Schlemmer y Victor Klemperer

Eva Schlemmer y Victor Klemperer en 1940

Nada más cruzar la gran puerta de hierro donde estaba escrita la palabra “Prisión”, hasta la que fue conducido por un policía, se encontró “en un mundo diferente”. En ese momento le vino a la cabeza la palabra “cine”, que repite en otros dos pasajes del relato. Es posible que, al mismo tiempo que tenía la sensación de que aquello le estaba sucediendo a otro, la escena le resultase vagamente familiar. Se sentía más espectador que actor, una percepción de la que también participaban muchos alemanes no nazificados ante la avalancha de acontecimientos -el incendio del Reichstag, la Noche de los cuchillos largos, la Noche de los cristales rotos, los innumerables desfiles, la invasión de algún país y por fin la ansiada guerra-, que el régimen se encargaba de proporcionarles con cierta regularidad y el aparato propagandístico amplificaba con los superlativos acostumbrados. Hasta que la secuencia de espectáculos y montajes teatrales, que pocos se tomaban en serio, se transformó en una sangrienta realidad, como vaticinó Klemperer a mediados de 1938.

Tampoco era extraño que asociara la visión de aquella cárcel grande y moderna con alguna película: le encantaba ir al cine dos o tres veces a la semana porque allí se olvidaba de todo. Una tarde de enero de 1934 vio con su mujer la película musical alemana Viktor und Viktoria (1933). A la salida del cine los embargó “una gran nostalgia y amargura”. Desde que Hitler se adueñó de Alemania la añorada normalidad se había esfumado. La pesadilla real reemplazó a los inocentes sueños que buscaban en las películas.

Ante sus ojos tenía un “inmenso recinto rectangular, el techo de cristal, seis galerías con suelos de cristal, con balaustradas de acero, una red metálica entre los pisos, como para acoger a un trapecista en su caída”. Y detrás de esa luminosa transparencia, las uniformes hileras de puntos oscuros, las puertas sin picaportes de las celdas. Todo ello en medio de un estruendo general provocado por las voces y gritos de los presos y carceleros que  se movían por los pasillos y subían y bajaban escaleras.

Portrait photo of Victor Klemperer taken by Ursula Richter, about 1930

Fotografía de Victor Klemperer alrededor de 1930, por Ursula Richter

No sentía terror, aún tenía la sensación de ser espectador. Solo ya en la celda de la planta tercera, y tras escuchar a su espalda el doble crujido de la llave al girar en la cerradura, y con el vocerío de fuera convertido en un barullo “indistinto e inextricable”, tuvo de nuevo la impresión de estar en el cine “y unido al recuerdo de innumerables escenas, cómicas y trágicas, del prisionero en su celda”:

“Luego vi de golpe lo triste y nuevo de todo lo que me rodeaba, hice el descubrimiento trivial -los descubrimientos más hondos son todos triviales- de que no sabemos nada fuera del propio campo de experiencias. ¡La compasión es una cosa tan mezquina! Puedo torturarme queriendo sufrir con el otro, y no lo consigo (…) ¿Cómo podía saber yo antes lo que es la prisión, lo que es una celda?”.

Monumento a Victor Klemperer en Halle

Monumento a Victor Klemperer en Halle

El ritual que precedió a su salida de la prisión, ocho días después, volvió a evocarle una escena de película. Ahora, en cambio, recordó la teoría del ensayista y dramaturgo inglés Joseph Addison: que el placer que produce el drama consiste en que uno vive cosas horribles sabiéndose a salvo, como cuando vemos una película de terror cómodamente sentados en la butaca.

Hasta entonces él mismo había desconfiado de esa teoría por considerarla “un curioso y banal desconocimiento de la catarsis, que consiste precisamente en vivir realmente el drama, en identificarse con él”. Pero después de este episodio carcelario, pensó que Addison tenía razón. El espectador ve y siente con la imaginación; en el mundo real sentimos con los cinco sentidos. Las experiencias que se viven en primera persona se graban también con más profundidad en la memoria que esas otras que pueda depararnos una película, la lectura absorbente de una novela e incluso un sueño excitante que poco tiempo después del despertar olvidaremos para siempre.

Joseph Addison retratado por Sir Godfrey Kneller

Joseph Addison retratado por Sir Godfrey Kneller

Proust relativizó la influencia de la lectura en tanto que sustituto de una amistad o una conversación, tal como postulaba John Ruskin, al constatar que es muy probable que en el futuro recordemos con más nitidez las impresiones que sentimos mientras leíamos una novela – “la imagen de los lugares y los días”- que su argumento por el simple hecho de que el acto de leer constituye también una experiencia vital comparable a otras aparentemente más agitadas. En cambio, las sugestiones provocadas por la ficción literaria son pasajeras, al igual que sus efectos, y susceptibles de quedar sepultadas por otras sentidas en el mundo real.

El homo videns pasa más tiempo viendo algún espectáculo en las pantallas que viviendo experiencias lo bastante significativas como para abandonar el sofá del salón en su tiempo libre. Está tan acostumbrado a ejercer de espectador que, como le sucedió a Klemperer en su breve episodio carcelario, cuando tiene que enfrentarse a un hecho que le compromete singularmente le cuesta prescindir de su hábito de voyeur y cambiar de perspectiva. Hasta que la fuerza de los hechos y la necesidad lo devuelven al mundo real del que se evadió sólo virtualmente, desprendiéndose de su costumbre de sentir también de forma virtual.

John Ruskin en 1863

John Ruskin en 1863

Es entonces cuando se percata de que, al contrario que en las películas y en las novelas, en la vida todo discurre caóticamente, en un juego de asimetrías ininteligibles, en el que rara vez encajan las piezas, pese a las tentativas de la imaginación por forzar el encaje y, como se dice en la jerga de los contables, cuadrar las cuentas que sólo cuadran en el papel. Nada más opuesto a un geométrico jardín francés que esta “oscura selva áspera y fuerte” y “amarga como la muerte” con la que se encontró Dante Alighieri en la mitad del camino de la vida y que tanto lo atemorizaba.

Las felices coincidencias que tanto nos agradan en las ficciones nos rehúyen en el mundo real, como lo demuestran los fracasos amorosos y las innumerables idealizaciones que, sobre todo en los dos últimos siglos, se vienen haciendo del amor erótico en novelas, películas, culebrones televisivos y demás especies. Con estas historias edulcoradas se pretende transmitir a sus consumidores que, por increíbles que parezcan, a ellos también puede sucederles lo mismo que a los amantes ficticios: que un día satisfagan  con creces sus expectativas sentimentales.

Claro que hay coincidencias novelescas a las que el lector perdona de buena gana su inverosimilitud. A sabiendas de que se trata de una licencia poética, él mismo también se toma la licencia de licenciar por un momento la fidelidad a lo verosímil con tal de darse un placentero baño de irrealidad. Comentando el encuentro casual en una venta de varios personajes del Quijote, Milan Kundera ha observado que la novela realista del siglo XIX, tan racional en su búsqueda de la verosimilitud y de la fidelidad a los hechos, enterró para siempre estos episodios hasta entonces frecuentes en las novelas y obras teatrales, como si los lectores de antaño fuesen más crédulos (o más bobos) que los contemporáneos.

Milan Kundera

Milan Kundera

Por cierto, el último encuentro ficticio que recuerda al descrito por Cervantes en el Quijote, y que para nosotros se ha convertido en una metáfora de uso cotidiano, no ocurre en una novela sino en el cine, el género que en su edad dorada superó a la ficción literaria contemporánea en dosis de imaginación e ingenio. Me refiero a la famosísima escena del camarote de Una noche en la ópera (1935), interpretada por los hermanos Marx.

Nunca tantas personas extrañas -y no conocidas, como sucede en el episodio del Quijote y en otros encuentros novelescos- se arremolinaron en una habitación en tan poco tiempo, exactamente diez minutos, sin que fuesen convocadas para una causa común. No, allí todo el que entraba sabía a lo que iba e iba a lo suyo. La venta cervantina es un palaciego salón de baile comparada con este promiscuo camarote.

Fotograma de la escena del camarote de

Fotograma de la escena del camarote de “Una noche en la ópera”

Algo similar ocurre con las prodigiosas escenas de reconocimiento. ¿Quién no se ha emocionado con el encuentro de José y sus hermanos descrito en el Libro del Éxodo, o con el pasaje del Libro de Ester en el que el rey Asuero indulta a su esposa, la judía Ester, quien, en contra de una severa orden regia, se atrevió a penetrar en la cámara real ataviada con sus mejores galas para implorar al monarca que salvara a su pueblo sentenciado por su pérfido primer ministro Amán?

Goethe, Proust y Thomas Mann dieron cuenta en sus obras de la poderosa impresión que les causaron estos memorables episodios bíblicos que, como tantos otros de la literatura universal, además de conmover a los lectores, pueden seguir influyendo, al igual que lo han hecho en el pasado, en la creación literaria y artística.

“Ester ante Asuero”, por Tintoretto (1518-1594)

El arte tiene el raro privilegio de hacer que lo imposible sea posible con el único concurso de la imaginación y los buenos oficios del artista, pero también, por supuesto, de la imaginación y la credulidad de los destinatarios de la obra. Unos y otros participan de la misma libertad que les hurtan las pequeñas servidumbres de la vida real. Si de algo estamos seguros al abrir una novela o sentarnos en la butaca de un cine para ver una película es que durante el tiempo en que nos sumerjamos en ellas se suspenden las normas y los esquemas que rigen en la realidad, la lógica tal como la conocemos, las dimensiones, las medidas, las proporciones y hasta la ley de la gravedad (Alicia en el País de las Maravillas).

En este paréntesis sólo rige el estado de excepción establecido por la libertad imaginativa, por lo que no hay que extrañarse de que el personaje de una película salga de la pantalla para declararle su amor a una ferviente espectadora y luego ésta haga el recorrido inverso; que un hombre despierte por la mañana en la cama transformado en un insecto gigantesco; que mengüe poco a poco, hasta reducirse al tamaño de una pulga, o que sea engullido por una ballena y a los tres días lo vomite intacto en una playa.

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9 comentarios leave one →
  1. junio 9, 2015 1:05 pm

    ¡Qué maravilla de entrada! No se me ocurre mejor ejemplo de «prodesse et delectare». ¡Gracias!

  2. junio 9, 2015 9:38 pm

    Felicidades por tan extraordinario trabajo.
    Un saludo

  3. liviadeandres permalink
    junio 10, 2015 3:22 pm

    Fantástica entrada, muy bien escrita.
    Te felicito,
    Un saludo,
    Livia

  4. Rubén permalink
    junio 10, 2015 5:24 pm

    Me quedo corto en superlativos! Qué gran placer leer tus comentarios!.
    No hay como cobijares con las ironías de W Allen para despistar las angustias…
    En Annie Hall , encontramos: “ La vida está llena de soledad, miseria, sufrimiento, y tristeza, sin embargo, se acaba demasiado deprisa”.. Por esas casualidades de la vida, ayer leí un párrafo que citan a Woody Allen:”Fui durante años a mi siquiatra y lo dejé bastante frustrado. Finalmente él dejó su profesión y puso un restorán de comida china. Cómo podemos comprender el universo cuando con dificultad encontramos el camino hacia el China Town? Quizás tienen razón los poetas , puede que el amor sea la respuesta..”
    Dentro de todas las contradicciones de nuestra existencia, el humor nos sirve de salvavidas y el espíritu entrega consuelo…Un abrazo en verso.

    “Agua que no has de beber déjala correr”
    Y al verla escurrir deja en tus labios la sed,
    deja en tus brazos un abrazo,
    pero más que nada deja en tu corazón
    el deseo de beber.

    • junio 10, 2015 6:35 pm

      Muchas gracias, Rubén. Sí, lo mejor de la vida son sus paradojas y desmentidos; su incapacidad para terminar una frase porque antes de que llegue al final se adelanta otra que la enmienda, y así sucesivamente. Somos nosotros quienes las clausuramos. Nosotros o esa que lo clausura todo, la de la guadaña. Y gracias también por el abrazo en verso. Se recuerdan mejor que los otros. Vaya el mío en prosa por aquello de hacer de contrapeso.

  5. Rubén permalink
    junio 10, 2015 10:50 pm

    ….y antes de que llegue la guadaña…refugiémonos en aquel poeta no tan optimista, cuando expresa en su Guardadores de rebaños…”Porque yo soy del tamaño de lo que veo..”
    Otro abrazo

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