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Gregor Samsa, un extraño en la familia y entre los animales

mayo 26, 2015

Este año se cumple el centenario de la publicación de uno de los relatos más originales e inquietantes de la literatura moderna: La transformación (Die Verwandlung), de Franz Kafka (1883-1924), durante años titulado La metamorfosis en el mundo de habla hispana y en otras lenguas (también el título sufrió la correspondiente mutación). Su origen está documentado en las cartas que Kafka escribió a su novia, la berlinesa Felice Bauer, a la que conoció el 13 de agosto de 1912 en Praga, en casa de su amigo Max Brod.

La primera noticia del relato aparece en una carta fechada tres meses después, el 17 de noviembre, en la que le anuncia que piensa escribir “un cuento que me ha venido a la mente en la cama, en plena aflicción, y que me asedia desde lo más hondo de mí mismo”. A los seis días le dice que “es ya muy de noche, he dejado el cuento en el que, por otro lado, hace ya dos noches que no trabajo nada, y que calladamente está empezando a crecer y convertirse en una historia de más envergadura”. Ante la sugerencia de Felice para que se lo diera a leer, le responde que no lo haría ni aunque lo hubiese terminado, ya que estaba escrito “de un modo sencillamente ilegible”.

“Lo que quiero es leértelo yo. Sí, eso sería lo bonito, leerte el cuento y, al mismo tiempo, verme obligado a tener tu mano en la mía, pues la historia es un poco terrorífica (…), te daría un miedo espeluznante, pero tú a lo mejor sentías agradecimiento, pues miedo es, por desgracia, lo que te debo estar dando todos los días con mis cartas”.

Fotografía del compromiso de Felice Bauer y Franz Kafka

Fotografía del compromiso de Felice Bauer y Franz Kafka

En otro párrafo le confiesa que “en este momento mi ánimo está excesivamente sombrío y tal vez no debiera haberte escrito. También al héroe de mi cuento le han ido hoy las cosas excesivamente mal, y ello no es sino el último escalón de su desdicha, que se está haciendo constante”.

En la carta del día 24, comenzada la noche anterior, sábado, le comunica que la historia ha avanzado ya hasta un poco más de la mitad y que, en conjunto, no estaba descontento con ella. “Pero en cuanto a nauseabunda –añade-, lo es de un modo ilimitado, y cosas como esas, te das cuenta, provienen del mismo corazón en el que tú habitas y toleras como morada. No te entristezcas por esto, pues quién sabe, cuanto más escriba y más me libere, más puro y digno de ti llegue quizá a ser, si bien quedan aún, desde luego, muchas cosas en mí que es preciso echar fuera, y las noches no podrán ser lo suficientemente largas para un quehacer, por lo demás, tan en el más alto grado voluptuoso”.

Al día siguiente, el domingo por la mañana, fue a casa de su amigo el escritor Oskar Baum, donde, según le refirió a Felice, hizo una lectura de parte del cuento que, pese a algunas interrupciones indeseadas, concluyó a primeros de diciembre. Sin embargo, no se publicaría hasta noviembre de 1915, en un volumen doble de “La Biblioteca del Juicio Final”, que dirigía el joven editor Kurt Wolff.

Oscar Baum tenía la misma edad de Kafka. Estaba ciego. Era pianista y crítico musical

Oskar Baum tenía la misma edad de Kafka. Estaba ciego. Era pianista y crítico musical

Un pasaje en los Diarios, fechado un año antes de la escritura del relato, presagia el estado de ánimo de Gregor Samsa, el “héroe” del cuento. Franz no había conocido todavía a Felice, pero en los últimos meses especuló en dos ocasiones sobre el futuro sombrío que le aguardaba. Entonces tenía veintiocho años, una edad en la que, según la costumbre de la época, la mayoría de los jóvenes ya estaban comprometidos o casados, como sus amigos Max Brod y Oskar Baum.

En la tarde del 21 de noviembre de 1911 su antigua niñera había acudido a visitarlo. Era la segunda vez que lo hacía en poco tiempo. La primera no lo encontró en casa, y esta segunda Franz quería que le “dejasen en paz y dormir”, por lo que mandó decir que había salido fuera. Los recuerdos que guardaba de la mujer no eran nada benévolos: tenía la cara “amarilla negruzca, cuadrada” y una verruga, “que tanto me gustaba entonces”, en algún lugar de la mejilla. “¿Por qué me habrá educado tan mal?”, se preguntó. Sin embargo, él se recordaba como un niño “dócil”, de carácter “tranquilo y formal”, como la propia mujer reconocía años después. Incluso ahora, en su casa, no le dejaba dormir por culpa de “la vivacidad” con que charlaba en la antesala con la cocinera y la institutriz. “Piensa que soy un caballero alto y sano, en la hermosa edad de veintiocho años, que me gusta recordar mi adolescencia y que, sobre todo, sé lo que debo hacer conmigo”. Pero la realidad era otra:

“Estoy aquí, tumbado en el canapé, expulsado del mundo, de una patada, a la espera del sueño que no quiere venir, y si viene, me rozará tan sólo; tengo las articulaciones lastimadas por el cansancio, mi cuerpo reseco camina temblando hacia el abismo, con excitaciones de las que no debo tener plena conciencia; las sacudidas de mi cabeza son asombrosas. Y ahí están esas tres mujeres ante mi puerta; una me elogia tal como era, la otra, tal como soy. La cocinera dice que me iré enseguida (quiere decir sin rodeos) al cielo. Así será”.

Portada de la primera edición de

Portada de la primera edición de “La transformación”, en la que Kafka se opuso a que se representase la imagen del bicho monstruoso en el que se transformó Gregor Samsa

El tono de esta entrada del Diario evoca la angustiosa soledad de Gregor Samsa tras su destierro del mundo de los humanos, su parálisis absoluta, propia casi de un inválido, la fatiga física, enfermiza, y ese cuerpo “reseco” que “camina temblando hacia el abismo”, como el del bicho monstruoso en el que se transformó, desgajado de la cabeza pensante, y los ojos y los oídos en alerta, escrutando sin descanso cuanto ocurre a su alrededor.

Tampoco es casualidad que Kafka concibiera el relato en la cama y en el dormitorio de la casa de sus padres, con quienes vivía. Aunque el cuento comience con la frase: “Cuando una mañana, Gregor Samsa se despertó de unos sueños agitados, se encontró en su cama transformado en un bicho monstruoso”, también habría podido empezar con esta otra: “Cuando una mañana, Gregor Samsa se despertó de unos sueños agitados, imaginó en la cama que se transformaba en un bicho monstruoso”. O también: “Una noche Gregor Samsa soñó que se transformaba en un bicho monstruoso”.

Lo que en realidad debió de ocurrir es que, después de unos sueños agitados, una mañana Kafka imaginó acostado en su cama que Gregor Samsa se despertaba una mañana en la cama transformado en un bicho monstruoso. En este escritor la imaginación y el sueño deambulan por el mismo sendero. Sus relatos y novelas son como sueños que tenía despierto.

Una páginas de los

Una páginas de los “Diarios” de Kafka

La primera pregunta que plantea la lectura de La transformación es por qué el joven Gregor se despertó convertido en un animal monstruoso. Desde hacía cinco años, a raíz de la reclusión del padre en el apartamento como resultado del fracaso en un negocio, era el sostén de la familia: los padres, dos personas físicamente debilitadas, y Grete, su única hermana de dieciséis años.

Gracias a las comisiones que cobraba por su trabajo de viajante de comercio en una empresa de tejidos pudo saldar las deudas contraídas por el padre y hasta proyectar para Grete una carrera de violín en el conservatorio, plan que sin duda sobrepasaba las modestas pretensiones de un estamento social como al que pertenecían los Samsa, pero que encajaba con las inclinaciones musicales de la muchacha.

Franz Kafka de niño junto a dos de sus tres hermanas

Franz Kafka de niño junto a dos de sus tres hermanas

Todos vivían de su salario, que ganaba a costa de pequeños pero punzantes sacrificios. Además de los madrugones, debía aguantar a un jefe insoportable y dormir muchas noches en fondas desangeladas. Hasta tal punto aborrecía el trabajo que, si no hubiera sido por los padres, se habría despedido de él hacía tiempo. Incluso inmediatamente después de la transformación abrigará la esperanza de despedirse, cuando pagase las deudas de la familia (cinco o seis años todavía, según sus cálculos).

Para contrarrestar estos sinsabores se dedicaba en los ratos libres a pequeños trabajos de carpintería, como el marco dorado en el que había insertado la fotografía de una revista ilustrada. Su madre era la única persona de la familia que parecía tomarse en serio esa curiosa afición. No tenía novia, aunque en el pasado cortejase a la camarera de un hotel y hasta intentase ennoviarse con la cajera de una sombrerería.

Gregor creía que sus sacrificios se ajustaban a las expectativas que habían depositado en él sus progenitores, en particular su padre, y que éstos aceptaban el reparto de papeles y funciones derivado de la nueva situación. En aquellas circunstancias adversas para la familia se sentía recompensado tanto por el reconocimiento de estar cumpliendo un elogiable cometido como por el hecho de costear los estudios de Grete.

Los padres de Franz Kafka, Hermann Kafka y Julie (Löwy de soltera)

Los padres de Franz Kafka, Hermann Kafka y Julie (Löwy de soltera)

Entonces, ¿cuál fue la causa de su transformación? Por más que el narrador se abstenga de ofrecer alguna pista, y parezca que se debió a un lamentable azar, resulta tentadora la pregunta que el propio Gregor rehusó formularse: ¿qué hizo para que tamaña desgracia se abatiera sobre él y sobre los suyos? Se trata de una pregunta cuya respuesta no resulta difícil de colegir del curso y desenlace de la historia. Cuando los hombres se proponen buscar la causa de la misteriosa desgracia que se ha abatido sobre ellos, tienen que convertirla en culpa para poder comprenderla. Por dolorosa que resulte, la culpa será más humana que una causa objetivamente incomprensible.

Una posible respuesta a esa pregunta es que Gregor habría sido castigado con la transformación en un bicho a causa del exceso de amor propio que, como una sanguijuela, intentó extraer de la invalidez laboral del padre, un motivo que Kafka había abordado dos meses antes (septiembre de 1912) en La condena, su primer relato largo, sólo que en éste el hijo se hace cargo del negocio familiar tras la aparente jubilación del padre y el fallecimiento poco tiempo antes de la madre. Incluso el deseo de protección que proyecta sobre su hermana menor encierra una dudosa autocomplacencia.

La transformación que por la fuerza de las circunstancias experimenta el joven Gregor, al pasar casi súbitamente de hijo primogénito a jefe en funciones de la familia, tendrá su reverso en su transformación, no menos súbita, aunque esta vez sin ninguna circunstancia aparente que la fuerce, en un parásito gigantesco, un inválido abocado a una muerte temprana.

Página manuscrita de

Página manuscrita de “La transformación”

En el curso del relato el lector podrá comprobar que el padre jamás se resignó a su papel de dependiente de Gregor y que desconfiaba de la supuesta valía de éste para asumir las responsabilidades propias de un cabeza de familia. Sospechaba que algún día pudiera ocurrir un percance que arruinase las mediocres conquistas alcanzadas por el hijo, dejándolos a expensas de la miseria. Todo era cuestión de tiempo. No se equivocó.

La otra posible respuesta, compatible con la anterior, a la pregunta acerca del motivo de la transformación es que habría sido el efecto lógico de la extrañeza que Gregor sentía en su familia y en el trabajo. La transformación desenmascaró una realidad que hasta entonces sólo se había insinuado. Una anécdota reveladora de esa extrañeza la aporta el narrador cuando señala de pasada que Gregor acostumbraba a encerrarse en su cuarto bajo llave, hábito adquirido en sus viajes de trabajo, cuando tenía que dormir en habitaciones extrañas. Resulta que en su propia casa se sentía como un inquilino.

Franz Kafka y su hermana menor Ottla a la que siempre se sintió muy apegado

Franz Kafka y su hermana menor Ottla a la que siempre se sintió muy apegado

No sabía, aunque quizá lo intuyera, que las pocas palabras que intercambiaba habitualmente con su familia lo alejaban de ella hasta el punto de sentirse a su lado como un animal, es decir, el ser vivo más próximo al hombre en la escala de la evolución, pero del que, sin embargo, se ve separado por la disparidad de sus respectivos lenguajes. El que Gregor compartiera la lengua con sus allegados no significa que hablasen el mismo idioma.

El sentimiento de extrañeza del individuo en la sociedad de los humanos recorre el mundo literario de Kafka, sólo que en La transformación adquiere un significado más vívido en parte porque el microcosmos en el que se proyecta -la familia- es también el más universal y conocido por la mayoría de los lectores de la historia. Se sobreentiende que en ella debería reinar la máxima confianza entre sus miembros. Es el primero de los numerosos círculos sociales en los que el individuo habrá de moverse en el curso de su vida; en ella comienza el proceso educativo y desarrollará las aptitudes básicas para el ejercicio de una sociabilidad normal, sobre todo cuando se independice para formar su propia familia.

Parece que el sentimiento de extrañeza ante aquéllos a los que estamos ligados por costumbres y recuerdos comunes, constituye uno de los más vergonzantes. Los lazos consanguíneos son imborrables. En la tradición literaria abundan los ejemplos de padres e hijos que, tras años de ausencia, se reconocieron sin apenas cruzar unas palabras; o de hermanos que, incluso en circunstancias adversas, sintieron los latidos de la sangre.

Los padres de Kafka con una de sus hijas, su yerno y el nieto

Los padres de Kafka con una de sus hijas, su yerno y el nieto

Sin embargo, a pesar de la tupida red de costumbres que envuelve a la familia, nada resulta menos familiar que ella. El trato íntimo entre sus miembros no siempre facilita el conocimiento mutuo. A menudo incluso lo entorpece. De cualquier manera, la contradicción que determina la idiosincrasia de la familia es que, tratándose de algo dado y no elegido, sea de carácter artificial. Se nace en ella, pero la realidad demuestra que funciona como tal cuando se hace.

La extrañeza ante las personas con las que compartía lazos de sangre fue el primer muro con el que Kafka chocó en sus problemáticas relaciones con el mundo. Pronto habría de percatarse de que no era el único. A través de la traumática experiencia de Gregor Samsa -un apellido con el mismo número de letras que el del escritor y dispuestas también de la misma forma- canalizó la angustia que le causaba su condición de hijo primogénito de una familia judía y de clase media, inmersa en un medio gentil, en el que los judíos asimilados, pese a la aparente normalidad de su estatus social, eran considerados ciudadanos de segunda categoría. Además, siendo el alemán la lengua de comunicación de su familia, aparentemente ésta formaba parte de la minoría germana en un país donde la mayoría de la población autóctona se expresaba en el idioma nacional, el checo.

Manifestación en la Plaza de San Venceslao (Praga), el día de la proclamación de la independencia (28 de octubre de 1918)

Manifestación en la Plaza de San Wenceslao de Praga el 28 de octubre de 1918, día de la proclamación de la independencia de Checoslovaquia

A estas causas se sumaba la escisión a la que Kafka, abogado y asesor jurídico en una compañía de seguros, se vio sometido desde que tuvo conciencia de su vocación literaria y de la necesidad inexcusable de obedecer su misterioso mandato. Por si todo esto fuese poco, el sentimiento de extrañeza se mezclaba con el de autodesprecio, ambos derivados de una identidad insegura.

En la correspondencia con su prometida Felice intercaló algunas observaciones que informan de la extrañeza que le inspiraba su familia. En una carta de 21 de noviembre de 1912 admite que

“siempre he sentido a los padres como perseguidores, hasta hace un año he sido hacia ellos, como quizás hacia el mundo entero, indiferente como una cosa inanimada, pero ahora veo que aquello no era sino miedo, angustia y tristezas reprimidas”.

En otra misiva del 7 de junio de ese mismo año le confiesa que es “incapaz de hablar con nadie, pero menos aún con mis padres. Es como si me infundiera terror la visión de aquellos de los que provengo”, pero “no porque se trate de familiares sino porque se trata de seres humanos es por lo que no aguanto estar con ellos en las habitaciones (…) No puedo vivir con la gente, siento un odio absoluto hacia todos mis parientes, no porque sean parientes míos, ni porque sean malas personas, ni porque no tenga de ellos la mejor opinión (…), sino simplemente porque son seres humanos, personas que viven a mi lado. No puedo soportar la vida en común  con los seres humanos, tanto es así que ni siquiera tengo fuerzas para sentirlo como una desgracia”. Por aquellos años su verdadera patria era Felice.

Una de las numerosas cartas que Kafka escribió a su novia Felice

Una de las numerosas cartas que Kafka escribió a su novia Felice

En los Diarios trascribió una conversación que sostuvo con su madre a mediados de agosto de 1913, en la que le notificaba que había pergeñado el borrador de una carta que pensaba remitir al padre de Felice. El tono de este diálogo evoca a cualquiera de los que sostienen los jóvenes protagonistas de sus novelas con los personajes adultos ante los que se defienden de algún reproche.

La madre le preguntó si había escrito a su tío Alfred, soltero y residente en Madrid, donde ejercía de director de la Compañía de Ferrocarriles de Madrid a Cáceres y Portugal y del Oeste de España. Según Max Brod, era “un hombre poco comunicativo, pero afectuoso y dotado de un agudo sentido de la familia”. Merecía que le escribiese, le dijo la madre. ¿Por qué razón lo merecía?, le interpeló Franz. “Tiene contigo las mejores intenciones”, le respondió la madre. “Puras formalidades -fue la réplica de Franz-, me es totalmente extraño, su incomprensión hacia mí es absoluta”. “O sea, que nadie te entiende”, le contestó la madre, “probablemente yo también soy para ti una persona extraña, y tu padre. Y sólo queremos tu mal”. “Es evidente que me sois extraños –respondió-, sólo existen los lazos de sangre, pero éstos no se manifiestan. También es evidente que no queréis mi mal”.

Alfred Löwy, el tío de Kafka que vivió y murió en Madrid

Alfred Löwy, el tío carnal de Kafka por parte de su madre que vivió y murió en Madrid en 1923

Un ser humano se convierte en un extranjero cuando la extrañeza, que sólo él percibe como una aflicción, se torna visible también para los demás. Hasta entonces éstos quizá la intuyeran, como si se negaran a otorgarle carta de naturaleza, a la espera de que desapareciese más pronto que tarde. Pero esa espera paciente surte un efecto contrario al deseado cuando la extrañeza se vuelve visible. Kafka desenmascaró la extrañeza que Gregor sentía ante los suyos transformando su cuerpo de humano en el de un insecto, pero sin alterar su tamaño, con lo cual el resultado no podía ser otro que una monstruosidad. La extrañeza invisible que al menos le había permitido la convivencia familiar, de pronto se hizo espantosamente visible.

Un insecto de tamaño humano es un contrasentido. Para los hombres la principal característica de los insectos consiste en la enorme desproporción entre sus propias dimensiones físicas y las de éstos. La presencia de un bicho gigantesco, por inofensivo que fuera, sería más que suficiente para aterrorizar a todo quien lo contemplase. Es como si la extrañeza se hubiera vengado de Gregor, manifestándose de la forma más sarcástica en que podía hacerlo. Así, el hasta entonces extraño fingido en la propia familia se convierte en un ser abiertamente indeseable para ésta tras la misteriosa transformación que se opera en su cuerpo una mañana lluviosa de otoño, al despertar de unos sueños agitados.

Si se hubiese transformado en un insecto genuino, como uno de tantos de los que pueblan la naturaleza, habría escapado de la comunidad de los hombres para confundirse con sus iguales. Aun cuando la transformación acaeciera en otoño, una época poco propicia para los insectos, no así para los de la familia de los parásitos que, siempre que encuentren sangre que chupar, están preparados para sobrevivir incluso en el invierno, habría podido refugiarse en un rincón de la casa e hibernar mientras aguardaba la llegada de la primavera.

Dibujo realizado por Kafka

Dibujo realizado por Kafka

Casi todavía peor que el tamaño gigantesco, fue que la transformación dejara intactos sus sentidos y facultades intelectuales, con la excepción del lenguaje, de tal manera que Gregor era el único que podía tener plena conciencia del resto de humanidad latente en él y observar con lucidez y mordacidad los apuros de esa familia desconcertada ante tan singular acontecimiento (pese al relato imparcial del narrador, hay que imaginar a Gregor sonriéndose de vez en cuando a la vista del alboroto que se montó a su alrededor). De ahí que, a falta de un espejo en el que mirarse al menos para verse como lo veían los demás, en los primeros momentos se negara a asumir su metamorfosis y le costara entender el espanto y la animadversión que despertaba.

No creía en la transformación que se había operado en su cuerpo porque entonces habría tenido que darla por consumada, y él pensaba al principio que sólo se trataba de un estado anímico pasajero, del que se repondría pronto. Tampoco estaba dispuesto a dejarse influir por las muestras de credulidad de quienes lo veían, y que juzgaba erróneas y fuera de lugar. Su negativa a aceptar la transformación respondía a la esperanza de que fuese reversible y de que lo sería mientras se resistiera a aceptarla. Pero la evolución de los hechos le demostró la inutilidad de estas elucubraciones. ¡Qué más hubiese querido él que la metamorfosis se hubiera reducido a una cuestión de creencia!

La raíz de su desgracia es que pensara como un ser humano, pero que su voz sonase como la de un animal. “Como no le entendían -señala el narrador-, nadie, ni siquiera la hermana, pensaba que él pudiera comprender a los demás”. La terrible lógica encerrada en la frase agudizaba su sufrimiento, revelándole el lado cruel de su transformación física y que se plasmará en el reconocimiento por los padres y la hermana de su condición animal.

Cubierta de una edición alemana de

Cubierta de una edición alemana de “La transformación”

Desterrado de la fauna, a la que tampoco podía pertenecer por tratarse de un cruce de insecto y hombre, un animal desnaturalizado, la circunstancia fortuita de haberse metamorfoseado en una casa habitada no lo redimirá de su exclusión, ya que, dada su singularidad, ningún ser humano habría sabido cómo cuidarlo. Como carecía de alas, le resultaba imposible escapar de la cárcel en la que se convirtió su cuarto. ¿Adónde iba a volar él con semejante cuerpo? Gregor-insecto no es más que un eslabón perdido en la cadena evolutiva, sin pasado -porque ¿cómo incluir en éste su extinto historial de humano?-, sin futuro y abocado a un presente efímero que la muerte cancelará en primavera, la estación en la que los insectos se reincorporan al ciclo natural del que han permanecido relegados en las estaciones frías.

Único en su especie, no podrá sentir afinidad alguna con sus supuestos hermanos de sangre ni, por tanto, reincidir en la imitación en la que incurrió en su frustrada tentativa de usurpar al padre sus funciones. Además, su anomalía y aislamiento lo condenan a la esterilidad. Fue transformado para morir, para esfumarse, ni siquiera para metamorfosearse en un insecto diferente, desde luego más útil desde el punto de vista de la evolución animal. De ahí la atmósfera lúgubre, como de velatorio, que se respira en el apartamento de los Samsa durante los meses invernales en que los padres y la hermana presencian compungidos e impotentes la decadencia del monstruo en que se ha transformado Gregor.

Cubierta de una edición alemana de

Cubierta de una edición alemana de “La transformación”

Las secuelas de su mutación apuntan en un doble sentido: hacia él mismo, por supuesto, pero también hacia los miembros de su familia y hacia el trabajo (la inoportuna aparición en el hogar de los Samsa del jefe inmediato de Gregor la misma mañana en que sufrió la metamorfosis confirmó los peores presagios de éste), en tanto que testigos oculares de su desgracia. La primera inversión, humillante para un hombre joven y productivo como Gregor, a que le conduce la transformación es que de carne de parásito, por decirlo de una manera un tanto brutal, deba convertirse en un auténtico parásito de su familia, a la que hasta antes de la transformación había sustentado.

Los efectos inmediatos de ésta se traducirán en la “metamorfosis” anímico-social de los miembros de su familia, que tendrá su principal reflejo en Grete. De hecho, el relato comienza con la transformación del hijo-hermano en un bicho monstruoso y concluye con su muerte y la casi simultánea transformación de la hermana-niña en una joven pletórica, dispuesta a alzar el vuelo en cualquier momento. Por cierto, la disparidad en los destinos de ambos hermanos se refleja en la disimilitud de la segunda sílaba de sus nombres bisílabos, como en Rey Lear ocurre con los nombres de los hermanastros Edmund y Edgard, hijos de Gloucester.

Dibujo de Kafka

Dibujo de Kafka

La muerte de Gregor es como una especie de autosacrificio para que Grete renazca, restableciéndose así el ciclo vital ahogado por la impotencia del hermano. Si éste al morir se redujo físicamente hasta esfumarse (“se secó” precisa el narrador, como los insectos cuando estiran la pata), Grete crece de estatura, se hace más grande -pero no como la “grandeza” monstruosa del hermano cuando se transformó en insecto-, y le aguarda un futuro prometedor.  Al tomar las riendas de la situación, será la verdadera sucesora de Gregor, convirtiéndose en lo que éste demostró ser incapaz: un auténtico alter ego del padre. En suma, tuvo que morir para que la familia Samsa expiara su vergüenza y las humillaciones derivadas de la repugnante metamorfosis del hijo y hermano.

Con su desaparición concluye el penoso invierno, durante el cual los Samsa permanecieron encerrados en su hogar, rehenes involuntarios de la metamorfosis del hijo, turnándose para evitar que se escapara y sembrara el pánico y la vergüenza entre el vecindario. A partir de entonces padres e hija recuperarán la identidad personal, libres al fin de los engorrosos vínculos forjados por Gregor tanto cuando trabajaba para sustentarlos como cuando se convirtió en una rémora para ellos.

Ilustración para el relato de Kafka

Ilustración para el relato de Kafka

Una prueba del cambio operado en las relaciones familiares es que, tras la desaparición de Gregor, el narrador nombre al padre, a la madre y a la hermana como “señor Samsa”, “señora Samsa” y “Grete”, en lo que puede interpretarse como un restablecimiento de sus identidades personales, frente a la impersonalidad de las funciones de padre, madre y hermana que tuvieron que desempeñar cuando Gregor estaba vivo, antes y después de la transformación. Bajo su “tiranía” -así es como habría que denominarla desde el punto de vista de la posteridad-, vivieron a sus expensas, paralizados, sin horizontes claros, testigos de su malestar. Aun siendo verdad que se sacrificaba por el bien de la familia, la desproporción entre la energía que derrochaba en el empeño y los magros resultados sólo se prestaba a la lástima.

El desenlace de La transformación entronca con los cuentos de hadas. Los Samsa se liberan de las desdichas que arrastraban desde hacía años, cuando el príncipe (Gregor) es desencantado para metamorfosearse en el sapo (en su caso, en un insecto gigantesco) que ya era, sólo que hasta entonces esa identidad animal había permanecido oculta bajo la falsa apariencia de un hijo y hermano incondicionalmente entregado a sus padres y a la hermana. En cuanto desaparece el monstruo, la felicidad retorna al hogar familiar. Es probable que al imaginar este final, Kafka tuviera en mente aquel relato que tanto apreciaba, en el que se narra la historia de un fraile cuya voz bellamente modulada escondía el alma del mismísimo diablo por el que estaba poseído, algo que sólo se supo tras su muerte.

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5 comentarios leave one →
  1. mayo 27, 2015 10:58 am

    “Cuando los hombres se proponen buscar la causa de la misteriosa desgracia que se ha abatido sobre ellos, tienen que convertirla en culpa para poder comprenderla.”
    Frase que conecta con la filosofía más profunda. Ha sido un placer, Jaime, como siempre.

    • mayo 28, 2015 11:26 am

      Gracias, Antonio. A veces tengo la impresión de que los lectores del relato de Kafka se dejan seducir por la “anécdota” de la transformación y las reacciones de la familia y demás, pero no preguntan. “La transformación” (antes La metamorfosis”) plantea numerosos interrogantes y respuestas que remiten a nuevas preguntas. Como toda la obra de Kafka, que desde que se publicó trae de cabeza a los intérpretes.

  2. Rubén permalink
    mayo 27, 2015 11:08 am

    Jaime, qué sería de nosotros sin los misterios…? Me detuve en tus palabras sobre la culpa…
    Cuando los hombres se proponen buscar la causa de la misteriosa desgracia que se ha abatido sobre ellos, tienen que convertirla en culpa para poder comprenderla. Por dolorosa que resulte, la culpa será más humana que una causa objetivamente incomprensible.
    y parafraseando a Alain.( “El hombre que tiene miedo sin peligro, inventa el peligro para justificar su miedo.”) El hombre que se castiga sin tener culpa, inventa la culpa para justificar el castigo…
    Gracias a tu análisis volveré a leer Metamorfosis…que vive en algún lado oculto de la memoria. Un abrazo afectuoso!

  3. mayo 28, 2015 11:20 am

    Gracias por tu comentario y esa cita oportuna de Alain. En uno de los cuentos jasídicos recopilados por Buber se dice que “Rabí Elimélej hizo penitencia por haber hollado con sus pies los pechos de su madre cuando ésta, de niño, lo tomaba en brazos”. Y en otro: Rabí Iaacov Itzjac de Lublin, “El Vidente” decía: “Seréis siempre como un niño recién nacido que no ha realizado absolutamente nada, pues ésa es la verdadera justicia”.
    Por tanto, desde estos puntos de vista es imposible no encontrar alguna culpa.
    Rousseau atisbaba en un niño pequeño el esbozo de un futuro tirano. “Las más de las veces un mocoso que llora está poniendo a prueba su poder. Si obtiene lo que desea es el amo. Si fracasa, se encoleriza, muestra resentimiento y es probale que se haga abyecto. En cualquier caso ha entrado en una dialéctica de amo y esclavo que lo ocupará durante el resto de su vida”. (Allan Bloom en “Gigantes y enanos”). Un abrazo, Rubén

  4. Rubén permalink
    mayo 29, 2015 5:09 am

    Siempre…habrá un ángulo distinto para observar la realidad-..”nada es verdad ni es mentira..” Esto nos compromete a un actitud de humildad permanente.
    Un payador respondería con otro cuento jasídico “Había un sordo que se encuentra con un grupo de personas escuchando música estruendosa y haciendo movimientos extraños, éste observa curioso y supone que están trastornados o poseídos….El problema no es con los que bailan , sino del sordo que no escucha.”.
    Otro abrazo.

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