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El sueño de la perfección engendra monstruos

mayo 5, 2015

Desde hace unos años en Europa cada vez que se produce un ataque con armas de fuego en un espacio público, causando muertos y heridos, en los primeros momentos nos preguntamos si se deberá a un atentado terrorista atribuible a alguna banda de radicales islamistas. De hecho, casi todos han sido cometidos por éstos. Al principio, mientras se investiga el motivo del ataque, los gobiernos piden prudencia en cuanto a su incierta autoría. Porque puede haber sorpresa. La hubo en la matanza perpetrada por Anders Behring Breivik, un joven extremista de derecha que el 22 de julio de 2011 arrojó una bomba contra la sede del gobierno en Oslo, causando la muerte de ocho personas, y matando luego a otras sesenta y nueve, la mayoría adolescentes, en la isla de Utoya. Los recientes ataques en el Museo del Bardo de Túnez y en Francia hicieron pensar en un primer momento que la catástrofe aérea ocurrida el 24 de marzo en el macizo de Trois Évêchés, en los Alpes franceses, pudiera deberse a otro atentado.

Como en la masacre de Noruega, también en esta ocasión hubo sorpresa, y mayúscula. Tanto Anders Breivik como Andreas Lubitz, el piloto de veintiocho años que, según las investigaciones y las pruebas que se manejan, hizo estrellar el avión con ciento cuarenta y nueve viajeros dentro, provienen de la próspera y apacible clase media del norte de Europa y recibieron una adecuada formación profesional. Aparentemente ninguno de los dos tiene nada en común con los terroristas islamistas, por lo general de origen árabe y con escaso arraigo en los barrios obreros de grandes ciudades.

Anders Behring Breivik

Anders Behring Breivik

Sin embargo, a pesar de las diferencias que los separan, parece que los une el desarraigo identitario en el que se sienten atrapados, hasta el punto de no importarles sacrificar sus vidas tras perpetrar una matanza. A los terroristas el desarraigo los empuja a una enfática reivindicación de su identidad religiosa; a los jóvenes que perpetran masacres sin causa aparente, a reivindicar alguna ideología extremista o exhibir una obsesión excéntrica.

Todos ellos están necesitados de afirmarse en el mundo. En vez de mirar, desean ser vistos; en vez de mostrar curiosidad por cuanto les rodea, ellos mismos desean convertirse en objetos de la curiosidad ajena. Como no saben de qué forma lograr su propósito, tienen que perpetrar alguna salvajada para que al fin se hable de ellos, vivos o muertos. Según el testimonio de una antigua novia suya, el copiloto del avión Andreas Lubitz no sólo estaba obsesionado con su profesión sino que le confesó que un día haría algo “para cambiar el sistema” y todo el mundo conocería su nombre y no lo olvidaría. Aspiraba a mucho más que a mostrar una foto suya en la página de Facebook.

Se alegará que estos casos son excepcionales, que se trata de enfermos mentales, y que la regla general va por derroteros diferentes. No sería la primera vez que lo excepcional se convierte en la expresión mórbida de una tendencia, la punta del iceberg visible desde todos los lugares. En Alemania empieza a cundir la preocupación por los brotes de violencia juvenil y las masacres causadas por estudiantes en sus propios centros de enseñanza (diez desde 1994, la última se produjo el 11 de marzo de 2009), un problema que en Estados Unidos sufren desde hace años.

Andreas Lubitz en una fotografía difundida tras la catástrofe aérea que provocó el pasado 24 de marzo al estrellar el avión contra las montañas de los Alpes franceses

Andreas Lubitz en una fotografía difundida tras la catástrofe aérea que provocó el pasado 24 de marzo al estrellar el avión contra las montañas de los Alpes franceses

Estos hechos llevan inevitablemente a preguntarnos por la educación en las familias y en los centros educativos; qué se enseña a los jóvenes en las escuelas e institutos, qué aprenden o no aprenden, y si la influencia de los medios extraescolares, cuyo fin último no es precisamente educar, habrá superado a la que deberían ejercer las instituciones académicas. Se forma a los estudiantes en destrezas profesionales y técnicas, que los convierten en especialistas de alto nivel; sin embargo, apenas saben hablar consigo mismos y menos aún con los otros.

Ante cualquier dificultad de orden anímico se entrampan en alguno de los lugares comunes  en circulación o acuden al médico especialista para que les recete unas pastillas que calmen su ansiedad. Pastillas que toman con un automatismo similar al que demuestran ante los artilugios tecnológicos que están acostumbrados a manejar, confiando en que responderán con la misma infalibilidad que aquéllos.

Vivimos en una sociedad en la que la pugna por el reconocimiento se propaga a todos los ámbitos, un fenómeno probablemente explicable por la inseguridad en el propio estatus. Y todo ello sobre el telón de fondo de la cultura del self-service, del “hágaselo usted mismo”, y últimamente hasta del selfie: la quintaesencia del narcisismo fomentado por las sofisticadas tecnologías y las redes sociales que, concebidas para intercambiar conocimientos de calidad muy desigual, son a menudo utilizadas como simples medios de autoexpresión, cuando no para exhibirse sin reservas, a modo de espejos, aunque siempre con las expectativas puestas en el interés que la exhibición despertará en los potenciales “visitantes”.

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El acceso masivo a Internet y a estas tecnologías -juguetes para todos, sin límites de edad- favorece el aislamiento de las personas. Sólo que éste se vuelve especialmente peligroso para las más vulnerables, aquellas que con dificultades para relacionarse, corren el riesgo de envolverse en una burbuja narcisista, alimentada por las sombras que encuentran en sus viajes por el fantasmal mundo de Internet.

Encerrados en esa atmósfera artificial no sólo aflojan sus vínculos con la realidad sino que al mismo tiempo se debilitan sus facultades para empatizar con las personas de su entorno cercano, allanando así el camino hacia una progresiva deshumanización. La mezcla de resentimiento contra el mundo real, por el que nunca se sienten reconocidos como ellos desearían, y de pérdida de humanidad, se traduce en un desprecio por la propia vida y la vida de los demás.

Alain Finkielkraut ha observado que con la política del reconocimiento “lo que puebla el espacio público no son ya las convicciones, sino las identidades”, sólo que, mientras “las convicciones se argumentan, las identidades se afirman y son irrefutables”. De esta manera, el diálogo es sofocado por el monólogo ensordecedor del yo identitario. Finkielkraut sostiene que unos razonamientos pueden ser mejores que otros, las opiniones más justas o convincentes, pero no hay, en cambio, una identidad mejor que otra, ya que

“impugnar la validez de una reivindicación identitaria es poner en tela de juicio el ser mismo de quien la expresa, atentar, por tanto, a su humanidad”.

Alain Finkielkraut

Alain Finkielkraut

Si nadie reconoce a nadie, porque todos son iguales, y cada cual aspira a ser reconocido al menos por alguien, nos encontramos ante un problema sin solución, como esos objetos imposibles diseñados expresamente para ser inútiles.

En la sociedad del espectáculo para masas asediadas por el ansia de entretenimientos, sus organizadores sólo están interesados en promocionar el quién es (en primera persona, por supuesto) a cuento de alguna actividad banal, como ganar un absurdo concurso de televisión seguido por muchos espectadores. En el escenario televisivo los egos se suceden como las gotas de lluvia en un temporal; tan pronto como aparecen, se diluyen en la nada, pero el Ego persiste, no importa con qué nombre ni por cuánto tiempo. Los quince minutos de fama que Warhol auguró para todos son la aspiración frustrada de muchos jóvenes que sueñan con figurar sin preguntarse antes qué pueden ofrecer para hacerse merecedores de semejante aspiración.

“De la madera torcida de la humanidad no se hizo ninguna cosa recta”, escribió Immanuel Kant hace trescientos años. Más explícito aún, su discípulo Schopenhauer dijo que “la existencia humana debe ser una especie de error”. Antes que ellos, Pascal matizó que, aun siendo un error natural, la gracia divina puede corregirlo. Imperfección y error son conceptos sinónimos que estos dos filósofos asociaron a la condición humana, y que entroncan con la idea cristiana del pecado original, transmisible de generación en generación. El hombre es imperfecto e incluso un error porque nació así. Ni la inercia de la evolución ni el aprendizaje continuo pueden liberarlo de ese defecto innato, que se repite con las correspondientes variantes en todos y cada uno de los hombres. No hay otra alternativa que convivir con él, sobrellevarlo como mejor se pueda.

Arthur Schopenhauer

Arthur Schopenhauer

En el tiempo en que vivieron Kant y Schopenhauer, la Revolución Industrial estaba despegando, los avances científicos se desarrollaban con cierta parsimonia y el optimismo ilustrado  ya se había desinflado. Tenemos motivos para sospechar que si estos dos filósofos se levantasen de sus tumbas para presenciar el imponente desarrollo tecnológico y científico alcanzado desde su muerte sus opiniones no variarían ni un ápice. Al contrario, las habrían visto ratificadas a la luz de los terribles acontecimientos que han sacudido la reciente historia del mundo, y en particular la de Alemania, el país de ambos.

El desarrollo tecnológico sigue su curso imparable. No hay día en que no se produzca algún progreso. Las sorprendentes innovaciones en las tecnologías de la comunicación hacen que nos sintamos testigos de un cambio trascendental, más perceptible todavía para quienes, por razones de edad, estuvieron familiarizados durante mucho tiempo con la vieja tecnología, hoy obsoleta. Se trata de un cambio en los medios de comunicarnos que, sin embargo, está afectando a los fines.

Como ya ocurrió en las revoluciones tecnológicas anteriores, inventamos máquinas que satisfacen sobradamente las necesidades que pretenden cubrir, como esos automóviles fabricados para correr a velocidades prohibidas por el código de circulación. Estamos demostrando ser más rápidos en el cómo que en el qué y cómo llegar antes y más deprisa a no se sabe muy bien donde. Aprendemos enseguida el funcionamiento de los artilugios tecnológicos, explotamos al máximo sus numerosas utilidades, pero sin comprender la forma en que afectan a nuestras vidas y a la manera de expresarnos, al lenguaje mismo. A nuestra conversación pública y privada.

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Un simple paseo por una calle frecuentada nos permitirá comprobar que de un tiempo a esta parte muchos viandantes caminan como sonámbulos con la mirada fija en las micropantallas de sus smartphones, con el consiguiente riesgo de chocar contra los transeúntes e incluso contra los árboles. Parece que lo real resulta menos interesante que lo virtual; que atrae más lo distante que lo cercano. Nos hallamos ante una nueva modalidad de bovarismo -un término derivado de la enfermedad del yo que aquejaba a Emma Bovary, la heroína de la novela de Flaubert-, un bovarismo al por mayor, pero que, al igual que el literario, se complace en mirar lo lejano mientras desdeña observar aquello que tiene a su lado, hasta el punto de no importarle nada su suerte.

No es lo mismo observar que mirar. La mirada persigue la avidez de novedades de la que hablaba Agustín de Hipona, o sea, la dispersión. No hay interés alguno por penetrar en la esencia del objeto que se mira superficialmente; de ahí que resulte intercambiable por otro cualquiera. Esa mirada ávida, insatisfecha y sumida en una permanente búsqueda, no arraiga en nada y va picoteando de un objeto a otro sin detenerse en ninguno. Tiene que rodearse de muchos objetos que alivien su voracidad.

Observar equivale justamente a lo contrario: concentrar la atención en un objeto concreto, al que se individualiza, convirtiéndolo en único e irrepetible. El efecto inmediato para quien observa es que también se singulariza sin proponérselo y su mirada se torna única e insustituible. Con unos pocos objetos tiene más que suficiente. De ahí que el material de trabajo del escritor, y del artista en general, arranque de la observación de cuanto le rodea. Observación entendida como un fin en sí misma y no como la mirada dispersa y ávida de novedades, destinada a matar el aburrimiento insaciable.

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Fotografía de Gijsbert van der Wal en una sala del Rijksmuseum de Ámsterdam

El afán del individuo bovarista de sustituir lo real por lo virtual se manifiesta en un creciente vaciamiento de sí mismo, puesto que la única forma de alcanzar la plenitud del propio ser es comprometiéndose con lo real. Quien vende el alma al diablo de lo irreal la pierde; lo que queda en su lugar es un cráter y la necesidad de llenarlo forjándose una personalidad ficticia que sustituya a la vendida.

Esa personalidad falsa como el ruiseñor mecánico del cuento de Andersen no sólo no satisface a su portador sino que se comporta de forma enajenada, igual que el sucedáneo del pájaro cuyo canto procedía del mecanismo artificial instalado en su interior. Aunque quienes tratan a cualquiera de estas personalidades sin alma la tomen por verdadera, sus acciones siempre serán desalmadas y mecánicas.

Ilustración para el cuento del Andersen

Ilustración para el cuento del Andersen “El ruiseñor”

En los años treinta del siglo pasado, Ortega y Gasset aventuró que las ilimitadas capacidades de la técnica favorecen el vaciamiento de la vida del hombre que deposita su fe en ella:

“De puro llena de posibilidades, la técnica es mera forma hueca. Por eso los años en que vivimos, los más intensamente técnicos que ha habido en la historia humana, son  de los más vacíos”.

Ochenta años después de esta afirmación, el desarrollo técnico se ha multiplicado por varios ceros, al igual que la dependencia humana de la tecnología -la fe a la que se refería Ortega-, y el vacío alcanza dimensiones oceánicas.

José Ortega y Gasset

José Ortega y Gasset

El copiloto Andres Lubitz no necesitó levantarse del sillón del la cabina del avión que sobrevolaba los Alpes franceses aquella fatídica mañana del 24 de marzo para cometer la masacre. Le bastó con pulsar el botón que bloqueó la puerta a la que el piloto, que había salido un momento al baño, llamaba desde fuera, desesperado ante la imposibilidad de abrirla con sus claves, y el botón del sistema de descenso, que en diez minutos hizo que la nave se precipitara contra las montañas. No tuvo que hacer ningún esfuerzo físico para perpetrar su acción criminal.

Ya lo había comentado el presidente de Lufthansa un día antes de que se descubriera la caja negra que desveló la verdadera causa de la caída del aparato: cualquier fallo técnico en la nave era inexplicable y los dos pilotos, entrenados por la eficiente compañía alemana, tenían una experiencia acreditada. Cuando el avión de Germanwings emprendió el vuelo desde Barcelona hacia Düsseldorf todo estaba en su sitio y en su punto. En perfecto orden.

Cabina de un avión

Cabina de un avión

Si el fallo técnico era inexplicable, entonces sólo cabía la posibilidad de que fuera humano. Lo que no podía imaginarse el jefe de la compañía es que, además de humano, fuese demasiado humano. Esa hipótesis no estaba prevista en el protocolo de potenciales errores. Probablemente se la descartase, como se descartó la perversidad a la que se prestaba el nuevo sistema de cierre y apertura de la cabina de la tripulación, instalado para prevenir un posible asalto de terroristas. “Ni en nuestras peores pesadillas podíamos imaginar un suceso como éste”, declaró el máximo responsable de Lufthansa tras conocerse la verdad por la caja negra encontrada en el lugar del siniestro. El sueño de la perfección (o el de la eficiencia obligatoria) engendra monstruos que empequeñecen todas las imperfecciones a las que estamos acostumbrados.

Andreas Lubitz tenía el suficiente conocimiento del mecanismo de los mandos del avión tanto para gobernarlo con normalidad, incluso en condiciones meteorológicas adversas, como para estrellarlo. En contra del sentido común, de las normas establecidas y de la moral, se inclinó premeditadamente por la opción de la catástrofe: estrellar el aparato en el lugar más inhóspito, en los Alpes, acaso porque, si pensamos en lo peor, esperaba que los servicios de socorro tendrían dificultades para acceder hasta allí, o, simplemente, para redondear su acción criminal. Un avión que se estrella contra unas montañas parece como si se estrellara mejor, de una forma más profesional, por decirlo de alguna manera, y también espectacular, sobre todo después de que se haya sabido que al suicida-asesino le fascinaba sobrevolar los Alpes.

Lápida alzada cerca del lugar en el que Andreas Lubitz hizo estrellar el avión en el que viajaba junto a 149 personas

Lápida alzada cerca del lugar en el que Andreas Lubitz hizo estrellar el avión en el que viajaba junto a 149 personas

Al menos en apariencia, la tecnología facilita la toma de decisiones, pero eso no varía en absoluto el grado de responsabilidad de quien las adopta, o sea, los humanos. Las máquinas van mucho más deprisa que nuestra mente y, al contrario que nosotros, están diseñadas para que no se equivoquen. Pero las decisiones de orden moral  nunca se adoptan maquinalmente. La guerra nuclear que destruiría el mundo puede desatarse sólo con accionar unas claves. Sin embargo, jamás unos gobernantes han tenido tanta responsabilidad como los de los países que poseen peligrosos arsenales nucleares.

Antiguamente la toma de decisiones importantes estaba en manos de los poderosos -reyes, dictadores o generales-, a quienes les bastaba firmar una orden o un decreto para que la maquinaría humana que tenían bajo su mando ejecutara sin demora sus órdenes. A pesar de las diferencias que los separaban, quien ejercía la autoridad y aquellos que debían obedecerla compartían su humanidad. Por ejemplo, el rey que ordenaba una guerra contra la nación vecina tenía que pensárselo mucho: las probabilidades de vencer podían ser casi similares a las de ser derrotado. Normalmente vencía aquel cuyo ejército superaba al del enemigo en el número de efectivos. Fue en aquellos tiempos cuando se acuño la cruel metáfora “carne de cañón”.

Pero las reglas del juego cambiaron radicalmente en la era de la tecnología, donde es suficiente con pulsar un botón para que la máquina ejecute las funciones para la que fue fabricada. El problema surge cuando alguien como el copiloto Lubitz decide alterar esas funciones, pulsando el botón cuando no debería hacerlo. Esa decisión terrible le costó exactamente el mismo esfuerzo que gobernar adecuadamente el avión.

Fotograma de

Fotograma de “Tiempos modernos” (1935), de Charles Chaplin

Fabricamos máquinas perfectas para esos seres imperfectos que somos nosotros, los fabricantes. Hombres y máquinas son como líneas paralelas que jamás podrán converger en su trayectoria común. Las máquinas proseguirán su exitoso camino hacia la perfección y nosotros transitaremos por el nuestro, el de la imperfección infinita. Las máquinas son de fiar; nosotros, sus inventores, no somos nada fiables. De las máquinas podemos saberlo todo, puesto que para eso las fabricamos; de nosotros sabemos muy poco y a menudo esa pequeña porción de conocimiento tiene que ser revisada ante los cambios imprevistos.

Hace tiempo que el progreso material ha adelantado al espiritual, por lo que la distancia entre ambos no hace más que agrandarse. El escritor Manuel Chaves Nogales tuvo conciencia de este hecho cuando, exiliado en Francia, presenció impotente y angustiado la Ocupación de París por los ejércitos de Hitler en junio de 1940. Citaba como ejemplo de este fatal desajuste el que un adolescente fuese capaz de perpetrar una masacre mediante un artilugio tecnológico del que apenas conocía su funcionamiento. Le bastaba con accionar un mando o pulsar un botón.

Cada día sabemos más y entendemos menos, dijo Albert Einstein y, después de asistir a los Juicios de Núremberg, Iliá Ehrenburg llegó a la conclusión de que aquello era inexplicable: “Nuestros contemporáneos saben exactamente en qué órbita recorrerá un satélite lanzado al cosmos, pero no sabemos aún por qué órbitas giran los sentimientos y los actos humanos”. El saber puede cuantificarse y aumentar indefinidamente, no así el entendimiento, que no sólo puede estancarse sino, como se deduce de la reflexión de Einstein, contraerse.

Albert Einstein

Albert Einstein

Los sociólogos han encontrado un nombre apropiado para un mundo gobernado por la cibernética, la “sociedad del conocimiento”, con el que se refieren a la serie de habilidades intelectuales de las personas para manejarse en el nuevo orden tecnológico caracterizado por la constante innovación y que exige de ellas una no menos constante pero también agotadora adaptación a la avalancha de innovaciones técnicas en las que lo único perdurable es la obsolescencia. Porque esas habilidades no se adquieren por infusión divina sino que tienen que aprenderse. Y con tanto aprendizaje y tanta adaptación tecnológica quizá estemos privándonos del tiempo necesario para entender lo que nos pasa mientras lo dedicamos a adaptarnos.

En Estados Unidos surgen voces que cuestionan la marginación de las enseñanzas de las humanidades. Una reciente información del diario español El País se hacía eco de las opiniones de personalidades del mundo académico y de la cultura. Por ejemplo, para el editor cultural de la revista The Atlantic, el filósofo y crítico Leon Wieseltier, sin filósofos, políticos y pensadores no habrá quien establezca “los límites morales y éticos que sigue rompiendo el avance de la tecnología”, según señalaba en un reciente artículo publicado en New York Times. “Donde antes quedaba la sabiduría, ahora reina la  cuantificación”.

Wieseltier observa que la tecnología “ha sido utilizada antes que comprendida completamente” y que esa comprensión tan necesaria es posible partiendo del conocimiento de las humanidades y el arte, no sólo de la tecnología. También alega a favor de las humanidades que “el procesamiento de información no es lo máximo a lo que puede aspirar el espíritu humano, como tampoco lo es la competitividad en una economía global” y que “el carácter de nuestra sociedad no puede quedar determinado por ingenieros”.

Leon Wieseltier

Leon Wieseltier

El presidente de la organización See The Change, Dave Csyntian, ha recordado que si bien la tecnología “nos ayuda a responder el qué con aparatos en nuestra muñeca, nuestro reloj o nuestro teléfono, nos estamos perdiendo el porqué”, y Edward Abeyta, asesor del decanato de la Universidad de California en San Diego, subraya que, por más que la industria demande cualificaciones científicas e informáticas, “son el arte y las humanidades las que lo unifican todo”. El columnista del diario The Washington Post, Fareed Zakaria, autor del ensayo In Defense of a Liberal Education, se muestra a favor de una enseñanza que promueva el pensamiento crítico porque la innovación “no es solo un asunto técnico sino de comprensión de cómo funcionan las personas y las sociedades, lo que quieren y lo que necesitan”.

Un fallo mecánico es reparable, y aunque se descubra después de causar los daños consiguientes, podemos tener la certeza de que, una vez reparado, no volverá a repetirse ni será el detonante de otro estropicio. Pero un fallo humano como el cometido por el copiloto Lubitz es imprevisible y, a la vista de los resultados, irreparable como la cruenta muerte de los ciento cuarenta y nueve inocentes que viajaban en el mismo avión que su asesino, de quien esperaban -y le pagaron por ello- que los transportara a su destino con la profesionalidad requerida.

El mayor peligro para los hombres reside en ellos mismos. Al menos en los últimos cien años, los del desarrollo acelerado de la tecnología y de la ciencia, hemos competido despiadadamente con los desastres naturales, pandemias incluidas, para superarlas en número de damnificados. En su exilio interior en la Alemania nazi, el escritor, erudito y catedrático de Filología Románica de origen judío, Victor Klemperer, anotó en sus diarios (31 de enero de 1938) que le preocupaba esta trivial antítesis:

“Se crean cosas tan impresionantes, radio, aviones, películas sonoras, y no hay manera de eliminar la estupidez, el primitivismo y la bestialidad más demenciales. Todos los inventos acaban en muerte y en guerra”.

Tantas cosas como compartimos, empezando por el lenguaje, tantas sensaciones y sentimientos -me viene a la memoria el monólogo de Shylock en El mercader de Venecia: “¿Es que no sangramos si nos espolean? ¿No nos reímos si nos hacen cosquillas? ¿No nos morimos si nos envenenan?”-, y sin embargo, cuántas dificultades tenemos no ya para entendernos sino incluso para conocernos. Quizá por eso se nos antoja algo pretencioso el mandato cristiano de amarnos unos a los otros cuando ni siquiera nos molestamos en mirar a la persona que tenemos al lado.

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6 comentarios leave one →
  1. mayo 5, 2015 12:43 pm

    Preciosas las fotos, muy muy sensatos los comentarios. Un análisis cruel pero muy verdadero de los tiempos que vivimos.
    Gracias por compartir.

  2. mayo 5, 2015 1:06 pm

    Gracias por la lectura y el comentario.

  3. Rubén permalink
    mayo 6, 2015 3:24 pm

    Apreciado Jaime , efectivamente hemos caído prisioneros de los monstruos virtuales, donde las emociones responden a estímulos cibernéticos…Hay una pérdida de intimidad y la vida espiritual está supeditada a la cultura de presionar las teclas… Impresionante la imagen de los jóvenes embobados con los celulares dentro del museo!
    El hombre es un ser extraordinario, con un potencial todavía desconocido.
    Su educación está lejos de haber canalizado sus instintos.
    No podemos sorprendernos por sus aberraciones o maldades. Pero sin la voluntad para corregir o superar sus impulsos, estamos condenados a retroceder para rehacer la historia.
    “El hombre es en el fondo un animal salvaje y terrible. Le conocemos
    solamente tal como ha sido domesticado y educado por lo que
    llamamos civilización. De ahí que nos alarmemos cuando alguna vez
    sale a luz su verdadera naturaleza. Pero siempre que desaparecen
    los frenos y las cadenas de la ley del orden dando paso a la anarquía,
    se presenta como realmente es.” Schopenhauer
    Lo que nos separa, a los seres humanos, no es el desfiladero por donde atraviesan nuestras razones, sino el abismo que existe entre las pasiones y frustraciones.
    “Para ser feliz hay que vivir en guerra con las propias pasiones y en paz con la de los demás” Séneca
    No es pretencioso ” el amaros los unos a los otros” y añadir a M Buber “No yo o tú sino
    Yo y Tú”
    Un renovado abrazo

    • mayo 6, 2015 5:49 pm

      Muchas gracias por tu comentario, Rubén, de nuevo tan sugerente. La cita de Schopenhauer viene como anillo al dedo: las recaídas en la barbarie a las que estamos expuestos. Y por lo que respecta a los viandantes con la mirada enganchada a la pantallita, me parece un espectáculo penoso. ¡Tantas cosas como hay para mirar a nuestro lado y alrededor! Este infantilismo tecnológico se propaga como una epidemia.
      Espléndida la cita de Buber. En cuanto al mandado cristiano, si no queremos que nos parezca pretencioso hagamos lo posible para borrar esa impresión. También aquí es necesaria la exigencia, empezando por uno mismo, por supuesto. Un fuerte abrazo, Rubén

  4. Ángel Saiz permalink
    mayo 12, 2015 8:14 pm

    No sé hasta qué punto los nuevos medios de comunicación, las nuevas tecnologías y las series cinematrográficas sobre Supeman o Spiderman, etc. son mera continuación de los antiguos libros de caballerías. Lo que sí es cierto es que la violencia que incluyen nos están llevando en nuestros tiempos a otros locos muy distintos del buen Alonso Quijano.

  5. mayo 21, 2015 11:54 pm

    absolutamente lúcido—una vez más- los comentarios de Jaime Fernández. Si sólo pudiera hacerse una Declaración sobre estos temas a través de megáfonos, parlantes, y esos artilugios que se usan en estos casos, para hacerlos oír— a las personas que caminan pendientes de sus aparatos
    por las calles— a ver si les resuena alguna fibra… muchos, miles mensajes como éste para que los Andreas Lubitz de esta tierra no se larguen a estrellar aviones…

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