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El último sueño del ingenioso hidalgo Alonso Quijano

abril 22, 2015

Tras el supuesto hallazgo de unos cuantos huesos de Cervantes en el convento madrileño de las Trinitarias Descalzas, todo ello acompañado por la fanfarria televisiva y la traca final con la presentación planetaria de los magros resultados de las pesquisas, habrá que esperar a que se cumplan las expectativas de tan oneroso empeño: contribuir al aumento de la cifra de turistas que visiten Madrid. Autoridades municipales, políticos, empresarios hoteleros de diverso rango, todos ellos atacados por una repentina fiebre cervantista, se han aliado para masificar el turismo en el Barrio de las Letras (no se dejen engañar por el nombre: en sus calles hay más bares y restaurantes que librerías y bibliotecas) en torno al ya famoso convento.

Se supone que las iniciativas turístico-ornamentales se dispararán con la celebración este año del cuarto centenario de la publicación de la segunda parte del Quijote y de la muerte del escritor en 2016. Precisamente el Día del Libro que desde 1930 se celebra anualmente en España el 23 de abril, fecha en la que fue enterrado Cervantes (murió el día anterior), se instituyó en su homenaje. Desde 1976, también en esa fecha se celebra el acto oficial de la entrega del Premio Cervantes en Alcalá de Henares, localidad donde nació el escritor, al tiempo que se multiplican las lecturas públicas de su novela a cargo de personajes conocidos no sólo del mundo de las letras.

Francisco Etxeberría, forense antropólogo durante la presentación de los restos de Cervantes

Francisco Etxeberria, forense antropólogo y director del Proyecto Cervantes, durante la presentación en Madrid de los resultados de la investigación para hallar los restos del escritor en la cripta del convento de las Trinitarias Descalzas

En un país en el que las expresiones públicas de la vieja religión católica se han incorporado definitivamente al legado turístico, estas liturgias más televisivas que cervantinas parecen tener una larga vida. Otra cuestión es que, en vez de turistas, atraigan a nuevos lectores de su obra.

El recuerdo más certero que se le puede dedicar a Cervantes en este 399 aniversario de su muerte es volviendo al Quijote, la novela en la que estuvo trabajando al menos diez años -los que median entre la publicación de la primera parte en 1605 y la segunda, en 1615-, y que no deja de suscitar reflexiones. Como dice uno de sus personajes, el bachiller Sansón Carrasco, la historia que en ella se cuenta “es tan clara, que no hay cosa que dificultar en ella: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran”.

Lo más llamativo de la novela, y que hoy nos parece de una sorprendente vigencia, reside en el tratamiento que Cervantes otorgó a la construcción de la identidad de su personaje. A través de la locura de Don Quijote planteó la posibilidad de que un lector apasionado de la literatura caballeresca tomara como modelo para su nueva identidad a los caballeros andantes descritos en los libros del género que desde hacía dos siglos circulaban por las bibliotecas de las familias ilustradas. Aunque la identificación de los lectores con algún  personaje ficticio se remonta a los comienzos mismos de la literatura escrita, hubo que esperar al Quijote para que se convirtiera en el argumento de una novela.

Placa en la pared del convento madrileño de las Trinitarias

Placa en la pared del convento madrileño de las Trinitarias que recuerda a Miguel de Cervantes

Quizá tan novedoso como el fenómeno de la identificación de un lector con un prototipo de personaje novelesco es que Cervantes asociara el sentido paródico del “caso Don Quijote” y la propia narración de su historia, contada por un burlesco alter ego, a su concepción de la literatura, al sentido de la imitación artística y la verosimilitud y al poder persuasivo de las ficciones literarias, del que, tal como pretendió, su novela será un eximio exponente. El viejo hidalgo Alonso Quijano imitó a los juveniles caballeros andantes tal como se describían en los libros de caballerías porque creyó en ellos, y jamás los percibió como personajes ficticios y, por tanto, irreales. ¿Qué importaba que hubiesen desaparecido del mundo si era posible resucitar el espíritu que los animó cuando estuvieron vivos?

Así que no se lo pensó mucho y decidió que él mismo, por el profundo conocimiento que tenía de ellos, estaba lo bastante capacitado para reencarnarse en uno. De la credulidad en la letra impresa pasó directamente a la imitación del espíritu de la letra. Porque, como sabían los católicos devotos que aspiraban a imitar a Cristo, no puede haber imitación sin una fe sólida en el modelo que se aspira a imitar. Se imita porque antes se ha creído en el modelo imitado y la imitación no es más que la consecuencia de la fe.

Sin embargo, la característica que distingue a Don Quijote de los imitadores natos es que él no deseaba ser como los caballeros andantes, sino ser un caballero andante hecho y derecho, algo que entrañaba el abandono definitivo de la identidad con la que era conocido. Alonso Quijano se transforma en Don Quijote con el propósito de no volver a ser jamás el que había sido hasta entonces: un hidalgo viejo, solterón, residente en una aldea perdida de La Mancha y con los recursos justos para vivir sin aprietos. Renunció al ser que le fue dado por las circunstancias, por otro elegido a su antojo.

“Don Quijote”, por Celestino Nanteuil (1813-1873)

El imitador sigue siendo quien es y, a menudo avergonzado por la imitación del modelo emulado, hace cuanto puede para disimularla, tratando de superar a ese modelo quizá con la esperanza de que en el futuro se lo tome por un ser original y no por un segundón. No era este el caso de Don Quijote, quien estaba convencido de ser el caballero andante que creía ser, aunque a ojos de los demás no lo fuese ni pudiera serlo: el pasado que hizo borrar de su memoria se conservaba intacto en la memoria de quienes lo conocían.

Sólo los locos se arrogan el privilegio de prescindir de la imitación y, en contra de la opinión del mundo, creen haberse reencarnado en Jesucristo o en Napoleón (por citar dos ejemplos recurrentes), según la moda de cada época o del lugar. Don Quijote, que estaba medio loco y medio cuerdo, incurre en ambas cosas, en la reencarnación y en la imitación de los caballeros andantes. No sabemos hasta qué punto significó para él un contratiempo la necesidad ineludible de imitar a estos personajes, tal como los recordaba de sus lecturas, si quería sentir, pensar y hablar igual que ellos.

La ventaja es que la imposibilidad de traspasar la frontera de la imitación hacia la reencarnación le permitió recuperar en la hora de la muerte la identidad real, la de Alonso Quijano, con la que nació y vivió la mayor parte de su existencia, después de ese ínterin de locura desmedida en el que, a pesar de los obstáculos, al menos satisfizo su sueño -porque eso es lo que fue- de ser un caballero andante.

Caballeros combatiendo en un torneo

Caballeros combatiendo en un torneo

A fin de cuentas ¿qué es Don Quijote sino una mezcla de sueño y locura? Quizá eso explique la nocturnidad de la mayoría de las visiones que le asaltan. En los sueños no existen límites para la fantasía humana. En ese mundo somos todos unos locos y nos comportamos como tales. Hacemos y decimos cosas que en la vida despierta ni se nos pasarían por la cabeza. Deseos y temores se confunden en un batiburrillo de imágenes inspiradas en el mundo real, pero alteradas por la fantasía onírica hasta volverlas casi irreconocibles.

Cuando soñamos somos otros, sin por ello dejar de ser los mismos que somos despiertos. También cuanto vemos a nuestro alrededor –personas, animales, cosas- está sujeto a constantes mudanzas y el tiempo transcurre según unas medidas distintas de las que rigen en la realidad.

“Don Quijote leyendo”, por Gustave Doré

Partiendo de la metáfora que equipara el sueño con la locura, Cervantes habría podido empezar su novela con la siguiente frase:

“El hidalgo Alonso Quijano se quedó dormido en su biblioteca, mientras leía un libro de caballerías, y soñó que se transformaba en el caballero andante Don Quijote de la Mancha”.

Y podría haberla terminado con esta otra:

“Tras la derrota de Don Quijote por el Caballero de la Blanca Luna en la playa de Barcelona, Alonso Quijano despertó de su sueño sentado en el sillón de su biblioteca en el que se había quedado dormido mientras leía un libro de caballerías y empezó a soñar que se transformaba en Don Quijote de la Mancha”.

En cambio, un comienzo genuinamente kafkiano habría sido con esta frase:

“Una mañana el hidalgo Alonso Quijano se despertó transformado en el caballero Don Quijote de la Mancha”.

Digo kafkiano porque donde Kafka escribe el verbo “despertó” hay que traducirlo por “soñó”. Para este autor el despertar de sus personajes representa todo lo contrario que en el lenguaje real.

“Don Quijote derrotado por el Caballero de la Blanca Luna, y obligado a no tomar las armas por un año”, grabado de Gustave Doré

La tragedia de Don Quijote es que la credulidad con la que, siendo Alonso Quijano, leyó los libros de caballerías no fue correspondida como él esperaba por quienes presenciaron su transformación en caballero andante. Si deseaba mantenerse en su nueva identidad no tenía otro remedio que alimentarla con su propia credulidad que el mundo real se encargaba de poner a prueba burlándose de él. El fracaso de su tentativa por hacerla creíble -lo que constituye el meollo de la novela-, se debe no sólo a la circunstancia de que en aquella época el arquetipo de caballero andante, ya por entonces percibido más como un sujeto literario que histórico, fuese inconcebible, sino porque, en contra de su voluntad, al imitarlo estaba parodiándolo. ¿Qué otra cosa podía esperarse de unos personajes por lo general tan acartonados? En cambio, el narrador-Cervantes persuadirá al lector de la veracidad de su historia al sumergir a sus personajes en el torbellino de la vida y en una época y en escenarios familiares para los lectores.

Los libros de caballerías dibujaban un universo literario en el que la fantasía más aparatosa, inspirada en la vieja épica, se alternaba con el idealismo sentimental, plasmado en el exigente código caballeresco, sin excluir del todo algunas vetas de realismo. El encuentro imaginario con el desaparecido mundo feudal, en el que unos caballeros valientes y enamorados de alguna aristocrática dama encerrada en un castillo se lanzaban al campo en busca de aventuras, luchando contra feroces enemigos y otros caballeros de igual porte que ellos, reavivaba la imaginación de los lectores adormecida por una cotidianidad poco halagüeña.

A principios del siglo XVI la propagación de la lectura era un fenómeno relativamente nuevo, derivado del desarrollo de la industria editorial que trajo el revolucionario método de impresión de libros inventado por Gutenberg. La curiosidad de aquellos lectores virginales estaba intacta, y con ella su tendencia a dejarse influir por cualquier texto que cayese en sus manos. Cuando se trataba de historias, como entonces se denominaba a las ficciones literarias, la imaginación de los lectores se disparaba, empapándose por completo de ellas. De ahí la preocupación de las autoridades eclesiásticas que, como el agrio capellán de los Duques retratado por Cervantes en el Quijote, se mostraban impotentes para controlar la imaginación de los lectores de libros de caballerías.

Primera edición del

Primera edición del “Amadís de Gaula”, de Garci Rodríguez de Montalvo, impreso en Zaragoza por Jorge Coci en 1508

Entre los testimonios de intelectuales y moralistas contemporáneos que expresaron su inquietud ante este fenómeno, el historiador Américo Castro destaca los de Gonzalo Fernández de Oviedo, para quien los libros de caballerías “mueven a las mujeres flacas de sienes a caer en errores libidinosos”, y de Alejo Venegas, quien sostenía que “cazan los ánimos de las doncellas” y “las hacen saltar de su quietud como el fuego a la pólvora”, por lo que la joven lectora deseará “ser otra Oriana como allí y verse servida de otro Amadís”.

Francisco Cervantes de Salazar recelaba de los “mozos lectores” que, “encendidos con el deseo natural, no tratan sino cómo deshonrarán la doncella y afrentarán la casada”. Más positivo se mostró Fray Pedro Malón de Chaide: pensaba que los lectores de los libros de caballerías aprendían “osadías y valor para las armas, crianza y cortesía para con las damas, fidelidad y verdad en sus tratos”. Castro recuerda que en 1555 las Cortes de Valladolid pidieron al rey que prohibiera los susodichos libros porque “los mancebos y doncellas desvanécense y aficiónanse en cierta manera a los casos que leen”.

Américo Castro (1885-1972) hacia 1930

Américo Castro (1885-1972)

Aparentemente las invectivas contra el género caballeresco que, según el propósito expuesto por el propio Cervantes, tenía que representar su novela, concuerdan con el objetivo de la ideología tridentina de enseñar deleitando, algo que la iglesia y algunos intelectuales de la época negaban a los libros de caballerías. Ya Sebastián de Covarrubias había sentenciado en su diccionario que éstos eran “de mucho entretenimiento y poco provecho”.

Estas críticas no pueden hacernos olvidar que los dos grandes reformadores de la Iglesia postridentina, Ignacio de Loyola y Teresa de Ávila, fueron en su juventud ávidos lectores de libros de caballerías y de vidas de santos (el Flos Sanctorum), y que las razones por las que ambos renegaron más tarde de la literatura caballeresca obedecieron más a la “falsedad” de sus argumentos, coincidiendo así con las críticas de la élite clerical e intelectual, que a un rechazo al espíritu militar y aventurero encarnado por los caballeros andantes. Así, Teresa de Ávila se hizo célebre por sus andanzas por tierras de España mientras fundaba conventos para sus monjas, e Ignacio de Loyola levantó el portentoso edificio de la orden de los jesuitas sobre los cimientos del espíritu militante de sus “soldados de Cristo”.

Retrato de Ignacio de Loyola que lo representa vestido de caballero

Retrato de Ignacio de Loyola que lo representa vestido de caballero

El atrevimiento de Cervantes fue concebir la hipótesis de que, en vez de imitar a Cristo, como hicieron en su madurez los antaño devotos lectores de libros de caballerías Ignacio de Loyola y Teresa de Ávila, alguien ya entrado en años imitase  a los personajes principales de estos libros: los caballeros andantes.

De este modo Cervantes secularizó la imitación a cambio de atribuirla a un ataque de locura del excéntrico imitador, de quien se burlan casi todos, empezando por el cronista de su historia. Gracias a esta coartada escapó a las críticas, y posiblemente a la censura, de la ortodoxia político-religiosa de su tiempo, obsesionada con la ejemplaridad de las ficciones literarias.

No obstante, en la Segunda Parte de la novela se entreveran algunas escenas que aproximan a Don Quijote a la imitatio Christi, como el episodio de abandono que sufre tras la marcha de Sancho Panza para gobernar la ínsula Barataria -y que recuerda a la angustiosa soledad de Jesús en la noche del Huerto de los Olivos-, su enfrentamiento con el capellán de los Duques, evocador de la discusión de Jesús con Pilatos, o las burlas de que es objeto por las calles de Barcelona, que asemejan al caballero al Cristo de la Pasión.

“Entrada de Don Quijote en Barcelona”, grabado de Gustave Doré

La sátira cervantina tiene sus matices y ramificaciones, como se desprende del hecho de que Don Quijote contagiase su imitación libresca a buena parte de los personajes que se cruzan con él. Con la notoria excepción del hidalgo Don Diego de Miranda (el Caballero del Verde Gabán), un hombre realista, morigerado, ejemplar padre de familia -verdadera antítesis de Don Quijote-, alejado de la Corte y de la ciudad y asiduo de la literatura seria, el resto de los personajes letrados, incluidos dos de los tres clérigos que desempeñan cierto papel en la historia, conoce los títulos más señeros de los libros de caballerías.

La locura de Don Quijote da pie a que algunos de ellos expongan sus opiniones sobre esta clase de literatura. De sus silencios se deduce que casi todos se identificaron en algún momento de sus vidas con determinados personajes de los libros de caballerías, aunque nunca se les ocurriera cometer la locura de Don Quijote porque, como dice el ventero Juan Palomeque, “ahora no se usa lo que se usaba en aquel tiempo, cuando se dice que andaban por el mundo estos famosos caballeros”. Para casi todos ellos (y este casi apunta al capellán de los Duques) el desdoblamiento de personalidad al que se somete Don Quijote representa una oportunidad para desdoblarse también, como si participaran en una fiesta de disfraces o en un Carnaval.

“Presentación de Dorotea a Don Quijote” (1891), de Pedro González Bolívar

Con motivo de la llegada de Don Quijote y Sancho al palacio de los Duques,  éstos tendrán la ocasión de matar el tiempo con más placer si cabe que cuando leyeron las historias de caballerías, al revivir algunos de los episodios tópicos descritos en ellas a costa de burlarse de los dos estrafalarios invitados. También Sansón Carrasco, con sus entusiastas tentativas de “derrotar” a Don Quijote disfrazándose de caballero andante, sublimaba un deseo inconsciente de participar del juego teatral en el que se embarca el ingenioso hidalgo.

El único de los lectores de libros de caballerías que no participa de la farsa quijotesca es el Canónigo de Toledo, un intelectual que, sin embargo, reduce sus coqueteos con la literatura caballeresca a una vaga tentativa de escribir una novela del género, proyecto en el que fracasa al no rebasar las cien páginas, como le confiesa a Don Quijote, quizá porque nunca creyó demasiado en ello.

Al mismo tiempo que desarrollaba la parodia caballeresca de Don Quijote, Cervantes se hizo eco en la Primera Parte de su novela de la extraña influencia que la lectura de las historias pastoriles ejercía sobre algunos de los personajes, en esta ocasión jóvenes de ambos sexos. El escritor hace extensivo el contraste entre la condición de hidalgo de Don Quijote y la de su prestada identidad de caballero a estos jóvenes extravagantes que, proviniendo en su mayoría de familias ricas, huyen a la soledad del campo disfrazados de pastores de ovejas y cabras.

“El entierro del pastor Grisóstomo” (1862), de Manuel García y García, “Hispaleto”

Si los libros de caballerías aliviaron la impotencia de Alonso Quijano para escapar de la parálisis vital en la que estaba inmerso desde hacía años, estos jóvenes hallaban en la literatura pastoril una compensación a su incapacidad para encontrar una salida realista a sus conflictos sentimentales. Al disfrazarse de pastores, Grisóstomo y sus amigos, Marcela, Eugenio, Anselmo y sus colegas de la artificial Arcadia en la que se han refugiado para lamentarse de algún desengaño amoroso, Cardenio, y en cierto modo Dorotea, expresaban su protesta contra la realidad, renunciando a las comodidades que les deparaba la convivencia con sus pudientes padres. Comparten con Don Quijote el deseo de huir de las asperezas del mundo real transformándose en los personajes ficticios de las novelas que han leído con fruición.

Sin embargo, parece como si se disculpase antes la locura de amor de los jóvenes “pastores” que la locura del viejo Don Quijote, quizá porque si para éste la imitación de los caballeros andantes era una experiencia en la que le iba la vida, para aquéllos la imitación pastoril no era más que un medio destinado a diluirse en cuanto se resolviese el conflicto emocional que la justificaba.

Sansón Carrasco, disfrazado de Caballero de la Blanca Luna, derrota a Don Quijote en la playa de Barcelona

Sansón Carrasco, disfrazado de Caballero de la Blanca Luna, derrota a Don Quijote en la playa de Barcelona

En cuanto al frustrado intento de Don Quijote y Sancho de jugar a ser pastores, tras la derrota del caballero en la playa de Barcelona a manos de Sansón Carrasco disfrazado de caballero de la Blanca Luna, carecía de credibilidad. Al contrario que la literatura caballeresca, la pastoril no se prestaba a los encantamientos que habían justificado las aventuras imaginarias de Don Quijote ni a la extroversión que acompaña a la caballería andante.

Con su historia Cervantes desveló una vieja verdad: la necesidad que tiene el ser humano de desdoblarse, de evadirse provisionalmente de su identidad, de recrearse en una distinta de la habitual, ya sea por la senda de la imitación o de la representación. Hasta el simple Sancho Panza demuestra tener varias caras, y el narrador considera “apócrifo” el Capítulo V de la Segunda Parte del Quijote porque en él se presenta un perfil del escudero muy distinto del que conoce el lector.

“Los siete libros de la Diana” (1559), de Jorge de Montemayor, fue la primera novela pastoril en lengua castellana y ejerció una gran influencia

Se trata de una verdad que en todas las épocas ha disgustado al poder, empeñado en simplificar su idea del hombre, de reducirlo a una falsa unicidad, seguramente para así controlarlo mejor. Ahora bien, el desdoblamiento de la propia identidad no siempre surge espontáneamente en la imaginación del individuo sino que necesita un estímulo externo. En el caso de Alonso Quijano ese estímulo fueron los libros de caballerías, como para los jóvenes “pastores” lo fueron las novelas pastoriles. El argumento del Quijote confirma que las ficciones, en cualquiera de las formas en que se manifiesten, pueden ejercer el suficiente influjo sobre la imaginación como para alterar la identidad de sus receptores.

De hecho, buena parte de las costumbres y creencias que configuran nuestra identidad social suelen ser producto de la imitación no tanto de una realidad genuina cuanto de las representaciones mistificadas que se hacen de ésta. Labramos las experiencias más significativas de nuestra vida de acuerdo con metáforas recibidas. Sin embargo, no parece que todos estén dispuestos a admitirlo: la imitación de modelos establecidos resulta vergonzante para muchos y la elaboración de metáforas propias, que confieran un sentido a los avatares de la propia existencia, requiere una imaginación creadora, al alcance de pocos.

“Don Quichotte”, de Honoré Daumier

En nuestro tiempo, las ficciones literarias han perdido la fascinación que ejercieron en el pasado entre el público lector. Ese papel lo desempeña ahora la ficción audiovisual, el género predilecto de la mayoría del público por sus virtualidades para  representar la realidad de una forma más directa, inmediata y perceptible para los sentidos. Cuatro siglos después de la aparición del Quijote, el fenómeno satirizado por Cervantes no sólo sigue vigente sino que en la sociedad de masas cobra nuevas dimensiones.

El quijotismo, aunque sea en su versión más simple y superficial -puesto que éste de ahora se asienta sobre el presente e incluso niega el pasado, como la identidad de Don Quijote se asentaba sobre el pasado y negaba el presente-, está tan extendido en nuestras sociedades mediatizadas por los telefilmes y demás espectáculos de mistificación de lo real, que prácticamente pasa inadvertido.

Así pues, la cuestión planteada por Cervantes continúa abierta: ¿hasta qué punto la identidad de muchas personas no será el resultado de la imitación, más involuntaria que deliberada, de las ficciones que con visos de realidad circulan en un mundo cada vez más interdependiente y sujeto a una avasalladora dinámica de mimetismo a gran escala?

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7 comentarios leave one →
  1. abril 22, 2015 5:59 pm

    Hay una cosa que no se suele decir sobre Cervantes porque no es conocida. Su libro favorito no era “El Quijote”, sino “Los trabajos de Persiles y Segismunda” que, desgraciadamente, han pasado al olvido para la mayoría y que merecen una lecrtura aunque no sea más que por ser la favorita de su autor.

    Regí

  2. Rubén permalink
    abril 23, 2015 6:04 pm

    Jaime, continúo como siempre, apreciando tus entradas…
    No pude evitar transformar aquello que escribes.. “Cuando soñamos somos otros, sin por ello dejar de ser los mismos que somos despiertos.” Acotando: También cuando estamos despiertos, soñamos que nos gustaría ser distintos , y por ello dejamos de ser iguales a los que siguen siendo los mismos…
    Cuando comentas…”Si los libros de caballerías aliviaron la impotencia de Alonso Quijano para escapar de la parálisis vital en la que estaba inmerso desde hacía años, estos jóvenes hallaban en la literatura pastoril una compensación a su incapacidad para encontrar una salida realista a sus conflictos sentimentales.” Freud hubiera dicho que era una forma de sublimar la libido , tal como lo hicieron los pintores renacentistas, con Hieronymus Bosch a la cabeza y su Jardín de las delicias….
    Comparto el comentario…“Con su historia Cervantes desveló una vieja verdad: la necesidad que tiene el ser humano de desdoblarse, de evadirse provisionalmente de su identidad, de recrearse en una distinta de la habitual”.
    Amado Nervo , en otro contexto escribió :“La cordura y el genio son novios, pero jamás han podido casarse.”
    Un abrazo apretado.

    • abril 23, 2015 6:44 pm

      Muchas gracias por tu estupendo comentario (también como siempre). Lo bueno de los sueños es que somos otros sin una aparente intervención de la voluntad. En el mundo real el deseo de singularizarse a menudo conduce a una nivelación involuntaria: como muchos desean distinguirse de los demás, el deseo común los iguala y la presumible singularidad se reduce a un concurso…televisivo.
      La lectura como una forma de evadirse de la realidad ha existido y existirá siempre. De vez en cuando necesitamos salir de aquí y de nosotros mismos.
      ¡Qué simpática la cita de Amado Nervo! Pues que sigan con el noviazgo muchos años.
      Un abrazo, Rubén. Y de nuevo gracias por la lectura.

  3. Ángel Saiz permalink
    abril 28, 2015 9:50 pm

    Jaime, has hecho un excelente homenaje a Cervante y a su ” Don Quijote”. Lo considero como un resumen de tus refelxiones en tu libro “De claro en claro”, que, para mí, viene a recoger casi casi todo lo que se puede decir de la inmortal obra.

  4. abril 29, 2015 1:28 pm

    Muchas gracias, Ángel. La novela de Cervantes es un pozo sin fondo para el lector y un ejemplo de lo ilimitado de la imaginación humana.

  5. mayo 4, 2015 4:47 pm

    genial el comienzo kafkiano— una mañana el hidalgo…” excelente como siempre tu desarrollo–y seguimiento de la obra—

  6. mayo 5, 2015 1:10 pm

    Gracias, Dora, por la lectura y el comentario. Y por seguir el blog. Un saludo

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