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Breve historia de la decadencia de Edward Gibbon

marzo 24, 2015

Si una entrada anterior estuvo dedicada a la percepción que tienen los lectores del final de una obra, la de hoy se vuelve hacia el significado de ese final para el autor. En su ensayo Gramáticas de la creación, George Steiner aborda la genealogía del proceso creador en los ámbitos de la poesía, la filosofía, la música y las matemáticas. Pero ignoro si alguien ha escrito un ensayo que profundice en el sentir del creador en el momento en que da por clausurada una obra.

En el Libro del Génesis se lee que Dios, habiendo creado el mundo en seis días, en el séptimo descansó “de toda la obra hecha”, y bendijo ese día y lo declaró santo “porque en él había descansado de toda la obra creada”. El judaísmo instituyó el Sabbat para conmemorar esa séptima jornada santificada por Dios. Sabbat vine del verbo “shabbath”, cesar de trabajar. Es el día en que el hombre abandona sus ocupaciones y preocupaciones diarias para ocuparse exclusivamente de su espíritu. Reposo absoluto.

Cubierta de la primera edición de

Cubierta de la primera edición de “Gramáticas de la creación”, de George Steiner (2002)

Por tanto, parece lógico que al terminar su obra, el escritor y el artista en general, se regodeen en el descanso que sigue a un trabajo arduo. Sin embargo, no fue alivio lo que sintieron algunos autores al concluir la obra que los mantuvo ocupados durante cierto tiempo, a veces años, sino desasosiego. La noche del 27 de junio de 1787, entre las once y las doce horas, sentado en el cenador del jardín de su casa de verano en Lausana, el historiador Edward Gibbon escribió las últimas líneas de la última página de su voluminosa Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano.

Habiendo dejado la pluma sobre la mesa, dio varios paseos por una bóveda o camino cubierto de acacias que ofrecía una vista del campo, el lago y las montañas. El aire era templado, el cielo estaba sereno, la esfera plateada de la luna se reflejaba en las aguas y toda la naturaleza estaba en silencio. Así describe en Memorias de mi vida aquel trascendental momento en que clausuraba catorce años de dedicación absoluta a su libro, una obra  cumbre de la historiografía.

Edward Gibbon (1737-1794), retratado por Sir Joshua Reynolds

Edward Gibbon (1737-1794), retratado por Sir Joshua Reynolds

Gibbon no sólo se hizo eco del nacimiento de su magna obra en aquella noche estival sino de las sensaciones que le invadieron. Al júbilo que entrañaba la recuperación de la libertad y quizá el establecimiento de su fama, siguió una “sobria melancolía” y una lección de humildad para su orgullo ante la idea de haberse despedido para siempre de un viejo y agradable compañero.

“Fuese cual fuese la fecha futura de mi “Historia”, la vida del historiador es por fuerza breve y precaria”.

Era consciente de la trascendencia de su obra. Su elaboración había amenizado los años de juventud, y la excelente acogida que tuvo le proporcionó “un nombre, una posición y una reputación en todo el mundo a los cuales no hubiese podido acceder de otro  modo”. Se consolaba de la terminación de la Historia pensando que su lectura quizá estuviese transmitiendo en ese momento “algún grado de diversión o conocimiento a sus amigos en una tierra lejana”. Pero, sin duda bajo el influjo de la melancolía, no podía olvidar que el presente “es un momento fugaz, el pasado ya no cuenta y nuestras perspectivas de futuro son oscuras y dudosas”. Le agradaba el concepto de felicidad moral postulado por Fontenelle, el sabio que murió centenario, quien la identificaba con la edad madura,

“en la cual se supone que las pasiones se han moderado, los deberes se han cumplido, la ambición se ha satisfecho y la fama y la fortuna se han establecido sobre cimientos sólidos”.

Bernard Le Bovier de Fontenelle (1657-1757)

Bernard Le Bovier de Fontenelle (1657-1757)

Para compensar la sensación de vacío, Gibbon, que por entonces tenía cincuenta y un años, se propuso escribir una serie de breves ensayos biográficos de ingleses destacados desde Enrique VIII, según le comentó en 1793 a su amigo Lord Sheffield. No obstante, tuvo que admitir que sus hábitos de trabajo se habían deteriorado bastante, reduciendo sus estudios “al entretenimiento poco sistemático de las horas de la mañana, cuya repetición me conducirá de modo imperceptible al fin de mis días”. Gibbon murió en 1794, a la edad de cincuenta y seis años, en Londres. El autor de la Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano no sobrevivió mucho tiempo a la decadencia que le causó la finalización de un libro también crepuscular.

La “sobria melancolía” debe interpretarse como la resaca producida después de  la entrega absorbente e incondicional a la obra, la feliz perspectiva de sentir que aún quedaba mucho para terminarla y de disponer de todo el tiempo para ello. Qué dicha debió de sentir Gibbon ante la idea de adentrarse en la historia de un imperio que duró tantos siglos, de “internarse venturosamente y perderse en una populosa novela –como escribió Borges-, cuyos protagonistas son las generaciones humanas, cuyo teatro es el mundo, y cuyo enorme tiempo se mide por dinastías, por conquistas, por descubrimientos y por la mutación de lenguas y de ídolos”. Como un presagio de la tristeza que le invadió al concluir el libro, la idea seminal le vino a la mente una tarde melancólica, “sentado y pensativo en el Capitolio, mientras los frailes descalzos cantaban sus letanías en el templo de Júpiter”.

Pero esa melancolía también se explica por la ruptura con la dependencia intelectual de un único libro al que, por la amplitud del tema que se abordaba en él, permaneció atado durante años, siguiendo un casi inamovible código de costumbres y hábitos. Gibbon no se casó nunca ni tuvo hijos, por lo que desde el principio esa dependencia dispuso del camino despejado para desarrollarse a sus anchas y sin más límites que los que él mismo quisiera imponerse.

Primera edición de

Primera edición de “Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano”, fechada en Londres en 1776

La melancolía que embarga al artista después del alumbramiento de la obra se asemeja a la que siente la parturienta que, al alumbrar una criatura, tiene que desprenderse del cuerpo que en los nueve meses de gestación fue creciendo en la oscuridad de su vientre (de ahí otra hermosa expresión: dar a luz). Al igual que la madre, el artista ha alimentado durante un tiempo, en la oscuridad necesaria que acompaña a todo proceso creador, lo que empezó siendo una semilla, y que en el curso de unos años, como en el caso de Gibbon, fue tomando cuerpo. Hasta que en un momento dado, y ante las proporciones alcanzadas por lo que ya se ha transformado en un ser completo, éste tiene que asomar la cabeza al mundo.

La obra fue suya mientras la escribía, pero dejó de serlo en cuanto la concluyó, cobrando la autonomía que escapa a las intenciones del creador. Muere para él y nace para el mundo. Ya no le pertenece, al menos en el mismo grado en que le perteneció cuando compartía con ella su sangre, su aire y su alimento. En su trabajosa elaboración invirtió una parte de su vida que, una vez terminada, se mutará en pasado del que sólo sobrevivirían unos cuantos recuerdos.

Para algunos autores ese desprendimiento forzoso es comparable a la amputación de una parte de su cuerpo. En lugar de alegría por el nacimiento, duelo por la muerte del trabajo que los mantuvo ocupados, con un pie en la obra y otro en la realidad. El regocijo inicial que encuentran en la terminación de ésta les dura poco tiempo. Por ejemplo, el poeta austríaco Franz Grillparzer describió el enorme vacío que se apoderó de él ante la obra concluida:

“Mi estado es espantoso. Cualquier pensamiento sobre poesía, desaparece, incluso la lectura no me da placer. Atacado por pensamientos angustiosos, como si fueran perros, no sé hacia qué lado dirigirme”.

Franz Grillparzer (1791-1872)

Franz Grillparzer (1791-1872)

Una sensación similar se adueñó de Tolstói al terminar Guerra y paz. Su esposa Sofía Behrs anotó en su Diario que en aquellos días Lev se entregaba a largas y penosas meditaciones. “A menudo dice que su cerebro le duele, que es el centro de un trabajo doloroso, que todo ha concluido para él, que la hora de morir ha llegado”. Temía ser atacado por la espalda, temblaba y la frente se le empapaba de sudor. Poco tiempo después tuvo la extraña experiencia de la noche de Arzamás, la ciudad remota en la que pernoctó durante su largo viaje a Penza para vender unas tierras boscosas. Aquella noche, en la hostería en la que se alojó junto a su criado, luchó contra el miedo a la muerte, un terror “blanco, rojo y cuadrado” como la habitación en la que descansaba.

Anton Chéjov dijo que mientras escribía se sentía satisfecho. Le agradaba leer las pruebas. Pero en cuanto la obra salía en las prensas, era incapaz de soportar lo que había escrito, el resultado no era el que él había deseado, todo era un error. No se gustaba como escritor.

Cuando Elias Canetti concluyó su gran estudio Masa y poder en 1959, treinta y cuatro años después de que concibiera la idea que lo sustenta, se sintió invadido por  un sentimiento de vacío análogo al de Gibbon, Grillparzer y Tolstói. En una anotación fechada en 1962 recordaba que había destinado tres cuartas partes de su vida a su escritura -“toda mi vida de adulto ha estado dominada por este libro”- y un cúmulo de sentimientos que resumía en cinco palabras: esperanza, gozo, lobreguez, aflicción y duda. Ahora esos sentimientos se habían esfumado y se preguntaba dónde estaba, qué era él mismo. “El cráter de tu libro”, fue su respuesta.

Primera edición de “Masa y poder”, fechada en 1960

Primera edición de “Masa y poder”, fechada en 1960

En Masa y poder investigó las conexiones entre estas dos potencias que él solo, mediante el estudio concienzudo y tenaz y la imaginación, se proponía desenmarañar al margen de métodos académicos y del trabajo en equipo que rige en los despachos universitarios. Desde que se instaló en Inglaterra en 1939, huyendo de la persecución nazi,  apenas había trabajado en otra cosa, aunque con trágicas interrupciones. Luego se preguntaba si había merecido la pena el esfuerzo y si en el curso de esos años no se le habrían escapado otras muchas obras. Pero tenía que hacer lo que había hecho. “Me hallaba bajo una coacción que jamás comprenderé”. Estaba convencido de que con Masa y poder “había conseguido agarrar a este siglo por el cuello”.

En un apunte fechado poco después de la publicación del libro, en 1960, dijo no estar descontento con la obra. Sólo le asustaba y estremecía el tiempo que había invertido escribiéndola. “Si fuera un libro entre seis o más, ¡qué orgulloso podría sentirme! Para ser media vida es demasiado poco”.

Elias Canetti

Elias Canetti (1905-1994)

Sin embargo, una vez terminada la obra, el escritor tendrá que romper los lazos con ella -el cordón umbilical, por utilizar otra metáfora asociada al parto físico-, mirar hacia delante, ahuyentar la tentación de lo que bien podría denominarse “síndrome de la mujer de Lot”, quien en su huida de Sodoma se convirtió en estatua de sal por volver la cabeza hacia la ciudad maldita. Borrón y cuenta nueva, aunque para ello tenga que mudar de piel, percibiendo con extrañeza no sólo la obra, hasta el punto de resultarle poco menos que ininteligible, sino el yo que la escribió, como si hubiese sido otro quien la hubiese escrito.

En su introducción a las Massey lectures, las charlas radiofónicas que realizó para la CBC canadiense en 1977, Claude Lévi-Strauss comentó que se olvidaba de lo que había escrito tan pronto como lo había terminado de escribir. Es más, no sentía en absoluto que él mismo hubiese escrito sus libros sino que éstos se escribían a través de él.

“Nunca tuve, y aún no la tengo, la sensación de poseer una identidad personal. Me aparezco a mí mismo como un lugar donde algo sucede, pero donde no hay ningún yo”.

Claude Lévi-Strauss (1908-2009)

Claude Lévi-Strauss (1908-2009)

La obra nonata aguarda al escritor, sólo que no sabe cómo dirigirse hacia ella, qué camino tomar. No está seguro ni tiene la certeza de si el poema, el relato, el pensamiento volverá a visitarlo. A veces éstos brotan precisamente de la desesperanza a la que conduce la espera sólo en apariencia infructuosa. Stefan Zweig refiere que Wagner, después de componer Tanhauser y Lohengrin, permaneció cinco años en barbecho, incapaz de escribir un solo compás de música, creyéndose perdido para siempre. Había desesperado ya de poder jamás volver a comenzar cuando de pronto reapareció la inspiración. La creación nace del vacío y la existencia de éste, a menudo tan turbadora, es la premisa básica para que haya creación. Dios creó el mundo de la nada, no de algo que ya estuviera en el mundo. 

¿Quién sabe si los novelistas que “matan” a su personaje principal en el último capítulo de la novela no estarán forzando la separación de la propia obra y, al mismo tiempo, compartiendo con los lectores su tristeza por el inminente final de su creación? En las últimas páginas del Quijote donde se describe la muerte de Don Quijote en la cama, rodeado de los suyos, subyace una pesadumbre que Cervantes transmite sutilmente a los lectores sin ahondar en ella, tratando de aliviarla con los trazos irónicos de la descripción y zanjándola con aquel sucinto y algo prosaico “Quiero decir que se murió”. El llanto de Sancho Panza a los pies del lecho del moribundo es el de Cervantes (y el de los lectores que páginas atrás se rieron de las aventuras compartidas por amo y escudero), no sólo por la muerte de su criatura sino por la conclusión de la historia en la que estuvo enfrascado tantos años de su vida.

También Flaubert al matar a Emma Bovary con el arsénico que la mujer, empujada por la desesperación, compró en la farmacia de Homais, expresó su angustia por el final de la novela cuya dolorosa gestación lo absorbió hasta la extenuación durante cinco intensos años. Tras publicar Madame Bovary, dijo que su heroína estaría viva mucho tiempo después de que él hubiese muerto.

Un retrato poco conocido de Gustave Flaubert aproximadamente en 1850, cuando contaba 28 años. Daguerrotipo 10×8 cm.

Un retrato poco conocido de Gustave Flaubert aproximadamente en 1850, cuando contaba 28 años. Daguerrotipo 10×8 cm.

Algunos escritores murieron poco después de concluida la obra que llevaban escribiendo desde hacía años, como si hubiesen esperado ese momento para despedirse del mundo, con la sensación del deber cumplido. Habían tomado la vida como un préstamo y en el momento que en que terminaban de desempeñar su labor, lo devolvían. Vivieron para la obra, por lo que, una vez escrita, ya no tenía sentido continuar viviendo sin ella.

En el momento justo en que Chateaubriand escribía las últimas frases de Memorias de ultratumba, a las seis de la mañana del 16 de noviembre de 1841, con la luna pálida y agrandada descendiendo sobre la aguja de los Inválidos, y apenas alumbrada por el primer rayo del Oriente, sintió que se acababa el mundo antiguo y comenzaba el nuevo.

“Veo reflejos de una aurora cuyo sol no veré salir. Sólo me queda sentarme al borde de mi tumba, tras de lo cual descenderé resueltamente, con el crucifijo en la mano, a la eternidad”.

Retrato de François-René_de_Chateaubriand

Retrato de François-René de Chateaubriand

Treinta años –para ser exactos, “veintinueve años, once meses y veintiún días”- dedicó a este libro que empezó el 4 de octubre de 1811 y que escribió y revisó en diferentes fechas y diferentes países y lugares, desde una calesa a una posada o el camarote de un barco. Treinta años agitados por violentas sacudidas políticas que Chateaubriand sufrió en propia carne y por pérdidas irreparables. En la melancólica conclusión del libro se pregunta si “subsistirá después de mí la obra inspirada por mis cenizas y destinada a ellas”.

“Es posible que mi trabajo sea malo; es posible que estas Memorias desaparezcan al ver la luz; por lo menos las cosas a las que me habré referido habrán servido para matar el aburrimiento de estas últimas horas que nadie quiere y con las que no se sabe qué hacer. El final de la vida es una edad amarga: nada agrada porque no se es digno de nada”.

Desde los comienzos de su carrera literaria, a Goethe le obsesionó la escritura de Fausto, libro al que estuvo ligado hasta el final de sus días. Sesenta años le llevó la culminación de esta influyente obra. Las primeras versiones, conocidas como el Urfaust o Fausto primigenio, fueron elaboradas entre 1773 y 1775. En 1790 se publicó una versión parcial, Fausto. Un fragmento. En 1806 terminó  Fausto. Primera parte de la tragedia, publicándose dos años más tarde. Entre 1825 y 1831 redactó Fausto II, que vio la luz en 1832, el mismo año de la muerte de Goethe, a los ochenta y tres años.

El anciano Goethe, en un dibujo de Johann Ludwig Sebbers (1826)

El anciano Goethe, en un dibujo de Johann Ludwig Sebbers (1826)

Proust murió poco tiempo después de concluir su ciclo novelístico En busca del tiempo perdido, en el que invirtió los últimos catorce años de su vida, arriesgando incluso su frágil salud. Al igual que uno de los personajes de su novela, el también escritor Bergotte, cuyo cadáver es velado en la cámara mortuoria por sus libros expuestos en las vitrinas iluminadas de su biblioteca, “como ángeles de alas replegadas”, también el cuerpo de Proust fue velado por los primeros volúmenes de su novela y por los manuscritos pendientes de publicación. La muerte lo libró a tiempo de la melancolía que quizá le hubiera causado sobrevivir a la terminación de la obra.

Otros autores, como Balzac, mueren en el fragor de la batalla, sin haber podido rematar la gran obra en la que se embarcaron casi desde el inicio de su carrera literaria. El destino les ahorró la melancolía que a otros les produjo la obra terminada. Gravemente enfermo, el autor de la Comedia humana se lamentaba ante los amigos que acudían a visitarle de no poder ultimar el vasto ciclo de novelas. A pesar de todo, les dio algunas instrucciones acerca de lo que debían hacer después de su muerte.

Retrato de Balzac en su lecho de muerte, por  Eugène Giraud

Retrato de Balzac en su lecho de muerte (18 de agosto de 1850), por Eugène Giraud

Algunos autores eluden, o más bien aplazan, la melancolía dejando inconcluso el libro de su vida. Lo abandonan antes de ser abandonados por él, privándose de la satisfacción que depara la obra acabada, pero también se ahorran la tristeza que hubiera podido causarles su terminación. Que el lector imagine su final. Paul Valéry anotó que una obra nunca se acaba, sino que se abandona. En la siguiente su autor continuará escribiéndola, aunque por otros derroteros.

Por fin están aquellos que dieron de sí cuanto podían dar en el que será su único libro. Agotaron en él sus existencias. Punto final. Son los bartlebys de la literatura, según el término acuñado por Enrique Vila-Matas. Se vaciaron de una vez por todas y para siempre. La llama de la creación se extinguió en ellos misteriosamente, sin dejar descendencia. Para escapar de la melancolía tuvieron que adaptarse al duro molde de una vida corriente o, como hizo Rimbaud, huir de sí mismos, lanzándose a la aventura, en busca de algo que les ayudara a olvidar su fugaz experiencia creadora.

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11 comentarios leave one →
  1. marzo 24, 2015 3:18 pm

    Qué interesante el pequeño comentario de Levi-Strauss. Parece remitir todo el estructuralismo a un rasgo de su propia personalidad, a la vez puesta en duda.

  2. Maia L.B. permalink
    marzo 25, 2015 4:06 pm

    Tendría mil cosas para comentar de este maravillosísimo artículo pero he elegido una para ser breve: ¡Qué hermosa fotografía la de Lévi-Strauss !

    (¿¿¿Y cómo se me pasó ese libro de Steiner???)

    Un abrazo, Jaime.

    • marzo 25, 2015 6:22 pm

      Muchas gracias, Maia. El libro de Steiner se tradujo al castellano en Siruela, en 2001.
      Un abrazo

      • Maia L.B. permalink
        marzo 26, 2015 7:25 pm

        Sí, ya me fijé. Gracias.

  3. Rubén permalink
    marzo 25, 2015 8:46 pm

    Junto con aplaudir tu artículo, no puedo evitar agregar un párrafo de F Pessoa en su Libro del desasosiego..

    “Toda la vida del alma humana es un movimiento en la penumbra. Vivimos, en un anochecer de la conciencia, nunca seguros de lo que somos y de lo que nos suponemos ser.En los mejores de nosotros vive la vanidad de algo, y hay un error cuyo ángulo no conocemos. Somos algo que sucede en el descanso de un espectáculo , a veces, por determinadas puertas , entrevemos lo que tal vez no sea más que escenario. Todo el mundo es confuso, como unas voces en la noche.”
    Un abrazo!!!

    • marzo 25, 2015 9:57 pm

      Gracias, Rubén, por seguir la lectura del blog. Me gusta mucho la cita de Pessoa, la conozco, y que, además, la asocies al tono crepuscular del ensayo. “El anochecer de la conciencia”, “voces en la noche”. Un abrazo

      • Rubén permalink
        marzo 28, 2015 9:28 am

        Jaime, tanto disfruté con el texto, que al releerlo ,recordé …

        “usted aprende
        y usa lo aprendido
        para volverse lentamente sabio
        para saber que al fin el mundo es esto
        en su mejor momento una nostalgia
        en su peor momento un desamparo
        y siempre siempre
        un lío.”
        Mario Benedetti, El amor, las mujeres y la vida

        Otro abrazo

  4. marzo 30, 2015 4:52 pm

    Gracias de nuevo, Rubén. “Y siempre siempre/ un lío”. El nudo gordiano de toda la vida.

  5. Josep permalink
    abril 4, 2015 12:38 pm

    Apreciado Jaime Fernández, no teniendo a mi alcance otra forma de ponerme en contacto con ud., le ruego disculpe que utilice su blog para hacerle llegar mi más sincera felicitación por el prólogo que escribió para el libro de Sofía Fedórchenko.
    Estoy hastiado de prologuistas que, pretendiendo estar a la altura y aún más allá de la obra a la que han sido invitados a participar, plasman toda una retahíla de consideraciones personales que, en ocasiones, precisan casi de un tratado de Física Nuclear para ser mínimamente entendibles.
    Por el contrario, su prólogo a la obra referida es un magnífico ejemplo de cómo situar al lector de manera inteligente, sensible, diáfana y sin aires de grandeza ante las páginas que siguen a continuación.
    Por todo ello, permítame darle las gracias y añadir mi enhorabuena.

  6. abril 4, 2015 6:45 pm

    Muchas gracias, Josep, por tu comentario y por la lectura.
    Por cierto, el testimonio de Sofía Fedórchenko es de los pocos que tenemos de la Primera Guerra Mundial en el frente oriental. Un cordial saludo

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