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¿Qué fue de Sancho Panza después de la muerte de Don Quijote?

marzo 10, 2015

Es probable que al terminar la lectura de una novela el lector cierre el libro sin preguntarse por el destino de los personajes, en el caso de que hayan sobrevivido a los sucesos descritos en sus páginas. Como recordé en la entrada anterior, antiguamente algunos autores se adelantaban a la curiosidad del lector, informándole al final de su novela, o en un oportuno epílogo, del porvenir de los protagonistas de la historia que acababa de contar. En algunos casos el narrador volvía pocos años después al mismo escenario en el que se había desarrollado el último episodio de la novela. Por ejemplo, en Guerra y paz retorna siete años después para contarnos qué ha sido de los personajes.

Aunque el Quijote sea considerada la primera novela moderna, Cervantes no se atuvo a esta curiosa costumbre, por lo que ignoramos el destino del principal de sus personajes secundarios -y confieso mi resistencia a calificarlo de esta manera-, Sancho Panza, tras la muerte en su lecho de Don Quijote, ya reconvertido en Alonso Quijano. Así que para recuperar la vieja costumbre, voy a permitirme la licencia de imaginarlo.

Grabado de Doré que representa a  Sancho arrepentido por haber descuidado a su burro para ejercer de gobernador de Barataria

Grabado de Doré que representa a Sancho Panza arrepentido por haber descuidado a su burro para ejercer de gobernador de Barataria

Las derrotas que sufrieron Don Quijote y Sancho al final de la novela, éste como gobernador de la ínsula Barataria y aquél como caballero andante, repercutieron de forma distinta en cada uno de ellos, en proporción con el grado de compromiso con el que se adentraron en la común aventura.

La apuesta del caballero fue incomparablemente superior en todos los sentidos a la del escudero, por lo que el tributo que pagó por su derrota fue también muy superior. Una vez satisfecho su deseo de inmortalidad con la publicación de la crónica de sus andanzas por Cide Hamete Benengeli, carecía de sentido el retorno a la anodina vida familiar y aldeana. Hubiera sido ridículo comparecer ante sus paisanos con el nombre inmortal de Don Quijote de la Mancha, llevando al mismo tiempo una modesta vida de hidalgo viejo, pobre y sin descendencia. Por ello prefirió morir con su nombre de pila, Alonso Quijano, y reconciliado con la realidad racional -con la que quizá sólo sea posible reconciliarse para morir inmediatamente después- , asumiendo la derrota a cambio de su brevedad.

Al igual que Don Quijote por lo que respecta a su deseo de inmortalidad literaria, Sancho Panza retorna a la vida campesina para reencontrarse con su mujer Teresa y su hija Sanchica, semejante a un conquistador que hubiera regresado de las Nuevas Indias sin las manos llenas, pero con la satisfacción de haber acariciado con ellas todo el oro del mundo y de haber visto mucho más que si se hubiera quedado en su tierra, destripando terrones y atendiendo a las necesidades primarias de su pobre familia. Seguro que, al menos al principio, echaría de menos la existencia ajetreada que compartió con su amo durante los  meses de andanzas por tierras de España.

Don Quijote y Sancho Panza a lomos del caballo de madera Clavileño, en el palacio de los Duques, por Gustave Doré

Don Quijote y Sancho Panza a lomos del caballo de madera Clavileño, en el palacio de los Duques, por Gustave Doré

De ahí la vehemencia con que en el lecho agonizante le ruega que no se muera, que viva muchos años,

“porque la mayor locura en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos que le acaben que las de la melancolía”,

y que se levante de la cama y reanuden sus correrías, ahora bajo el disfraz de pastores, como habían concertado poco antes de llegar a la aldea. Con estas palabras se completaba el proceso de quijotización del escudero en el momento justo en que Don Quijote se desprendía para siempre de su quijotismo.

La desgracia de Sancho Panza fue comprender que su amo había estado jugando al teatro cuando éste dio por concluida la función y la proximidad de la muerte le exigía reconciliarse con su verdadera identidad. Hasta tal punto el escudero se había prendado de su papel que no previó la posibilidad de que la comedia terminase algún día no por culpa suya sino de quien despertó en él la pasión por el juego. Jamás pudo comprender que Alonso Quijano se había transformado en Don Quijote no sólo para satisfacer su sueño de imitar a los caballeros andantes tal como él los conocía por los libros del género, sino también para alejar de sí a la muerte y la idea de su inevitable mortalidad. Al final Sancho se reveló como el verdadero jugador, puesto que se enamoró de su papel por pura diversión y no por la influencia de unos libros ni para esquivar a la muerte.

El regocijo con que recibe la herencia del difunto amo ratifica su materialismo vulgar, que Don Quijote tuvo la ocasión de observar durante el desempeño de su oficio escuderil. En cuanto a la actitud, rayana en la frivolidad, que manifiestan la sobrina y el ama ante el testamento del moribundo, el cronista confirma lo que ya se sabía: que nunca comprendieron a Alonso Quijano, ni antes de su transformación en Don Quijote ni después. El hidalgo murió como vivió, extraño entre los suyos, incomprendido y vapuleado, esta vez moralmente, por la estrechez mental de la que trató de escapar aquella memorable mañana de julio en que dio en decir que era un caballero andante. Un destino análogo al que hubo de soportar con ejemplar tenacidad en su breve experiencia caballeresca.

"Muerte de Don Quijote", por Francisco Muntaner

“Muerte de Don Quijote”, por Francisco Muntaner

Es posible que después de la muerte del amo, el antiguo escudero se hundiera en una melancolía pasajera, mientras le llovían las burlas de sus paisanos y el estigma se propagaba entre su familia. “Escudero” y “gobernador desgobernado” de una ínsula fantasmal, como le recordó su paisano Pedro Ricote, aunque, por su condición de morisco desterrado y clandestino, quizá no fuese el más indicado para reprochar a Sancho su extravío.

¿Quién sabe si incluso no se habría granjeado algún apodo burlesco destinado a transmitirse a sus descendientes, como si de un pecado original se tratase? Comparadas con las burlas que le dedicaron los Duques y su gente, estas otras serían más despiadadas.

Si Don Quijote sobrellevó como mejor pudo la ausencia de Sancho durante el tiempo en que se hizo cargo de la gobernación de la ínsula, tras la muerte de su amo, el escudero tendrá que sufrir el resto de su vida la ausencia irreversible de aquél, debiendo además cargar con la desagradable inmortalidad de su historia.

Así vio Gustave Doré el nombramiento de Sancho Panza como gobernador de la ínsula Barataria

Así vio Gustave Doré el nombramiento de Sancho Panza como gobernador de la ínsula Barataria

Reconvertido en oscuro campesino por la fatal circunstancia de la muerte de Don Quijote, tal vez fuera objeto de una curiosidad malsana no sólo por sus paisanos, sino por extraños, quienes viajarían incluso desde los lugares más remotos a la aldea manchega (al fin se habría hecho público su nombre, del que no quiso acordarse el cronista) para conocer en persona a aquel  hombrecillo gracioso, ingenuo y astuto, ingenioso conversador y amigo leal.

Hay que suponer que, para quitarse de encima a los curiosos y eludir las inevitables preguntas –las mismas de siempre-, quizá los despachara con su habitual llaneza, remitiéndolos a la historia escrita que, por su condición de analfabeto, era el único que no podía leer:

“No hagáis caso del Sancho Panza que veis. Mirad a aquél del libro. En él me reconoceréis mejor que en este otro que tenéis delante de los ojos. Además, ése es el que perdurará en el tiempo, como mi amo Don Quijote. Yo soy carne mortal. Que mi nombre sea el mismo que el del escudero del libro es pura coincidencia. Él es el verdadero Sancho Panza. Yo soy el fingido, que algún día morirá y será enterrado en sepultura de tierra, pasto de los gusanos”.

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4 comentarios leave one →
  1. marzo 10, 2015 9:06 pm

    Yo lo imagino atesorando sus recuerdos y embelleciéndolos al relatarlos una y otra vez, iluminados por la evocación de la bondad y generosidad de Don Quijote.

  2. Luis permalink
    marzo 18, 2015 7:36 pm

    Quizás escondido, observando como convierten los restos a su amo en una reliquia incorrupta. Venerar las reliquias con tal de no leer, nada ha cambiado, pensará el buen Sancho. Gracias, Jaime por tu dosis de imaginación y tu soplo de conocimiento.

    • marzo 18, 2015 10:43 pm

      Gracias, Luis, por la lectura y el comentario. El “sensacional hallazgo óseo” responde a motivos bastante pedestres: que se formen colas larguísimas de turistas en las puertas del convento para visitar el futuro mausoleo y que luego se dispersen por los bares del barrio (el ayuntamiento se ha gastado 130 millones en la búsqueda). Todo lo demás no interesa.

  3. Jose Miguel Moran permalink
    junio 6, 2015 4:06 am

    Novela pura que viaja de montada en su rocinante de la inmortalidad ,y Sancho ahogado en la pena por ya no tener a su amo,cabalga en su rucio,a los confines de su ínsula que la tuvo por corto tiempo su temple de gobernador sin serlo.Sancho el mas fiel de los amigos y
    ni el tiempo borrara su imagen de bonachón. Sus dichos y refranes dan luz a su amo manchego.

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