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La tomadura de pelo de Joe Gould

febrero 17, 2015

En la entrada anterior del blog abordé la historia terrible de Jean-Claude Romand, el hombre que durante diecisiete años sostuvo sin inmutarse una mentira gigantesca en el ámbito social más privado de una persona -su mujer, sus hijos y sus padres- y que un día, ante el riesgo inminente de que descubrieran su impostura, los asesinó. En la de hoy el protagonista es también otro hombre que durante muchos años engañó a amigos y conocidos –carecía de familia cercana- y probablemente también a sí mismo.

A pesar de algunas coincidencias, su caso no es en absoluto comparable al de Romand, como tampoco los dos lo son en el plano personal ni psicológico. Sólo se asemejan en su capacidad para la invención de una mentira y en la habilidad para hacerla creíble.  También en este caso la realidad supera a la ficción, hasta el punto de que El secreto de Joe Gould (Anagrama), el libro en el que el periodista norteamericano Joseph Mitchell narró la historia de este curioso e inofensivo personaje, puede leerse como un relato de sabor borgiano.

Joseph Mitchell

Joseph Mitchell

Mitchell publicó en The New Yorker dos versiones de su magistral reportaje, una fechada en 1942 con el título El profesor Gaviota, y otra en 1964, titulada El secreto de Joe Gould. “Profesor Gaviota” era el apodo que le endosaron a Gould los camareros de los bares del barrio neoyorquino de Greenwich Village que frecuentaba. Ante ellos se jactaba de conocer el lenguaje de las gaviotas. La historia de este personaje oscila entre la picaresca y una vanidad pueril. Carece de la truculencia y la gélida crueldad protagonizada por Romand. Gould no hubiese matado una mosca. Más bien habría sido al revés: que las moscas se hubieran ensañado con su cuerpo de vagabundo urbanita.

Graduado por la Universidad de Harvard, Joseph Ferdinand Gould (1889-1957) provenía de una antigua familia de Massachussetts. Su abuelo y su padre fueron médicos. En unos de sus textos autobiográficos confesó que no quiso estudiar en la universidad. Como Romand, era hijo único, y también como éste se negó a cursar la carrera de Medicina –rompiendo así con una vieja tradición familiar-, y  a trabajar cuando le llegó la hora de elegir una de las dos opciones.

Sólo que, a diferencia de Jean-Claude, no fingió ni engañó; al contrario, pronto le dijo a su madre –por entonces su padre ya había fallecido- que deseaba quedarse en casa y sentarse para meditar en una hamaca del porche trasero de la vivienda familiar. Siempre reconoció que fue un alumno mediocre. La madre se empeñaba en que estudiase Medicina, pero cuando en 1911 se graduó en Letras le dijo que estaba harto de la educación convencional y que sólo aspiraba a “pasear y meditar”. Los tres años siguientes satisfizo este deseo en el rancho de un tío residente en Canadá.

Portada del libro de Mitchell con la foto de Joe Gould

Portada del libro de Mitchell con la foto de Joe Gould

Tras conocer al archimandarita de la Iglesia Ortodoxa albanesa, se interesó por  la independencia de Albania. Pero no tardó en decepcionarse. De ahí desvió su interés hacia la eugenesia. Luego se especializó en indios y en Dakota del Norte empezó midiendo las cabezas de un centenar de Chippewas y de quinientos mandans. Cuando se le preguntaba por qué hizo esto, respondía que se trataba de “un profundo secreto científico”.

A los seis meses de esta aventura comenzó a trabajar en Nueva York para un diario en calidad de ayudante de reportero en la jefatura de policía, embarcándose en su “trabajo literario”. Un año después se le ocurrió la idea de escribir la Historia oral de nuestro tiempo, inspirado por una cita de Yeats en la que se lee que la historia de una nación

“no está en los parlamentos ni en los campos de batalla, sino en lo que las gentes dicen en los días festivos y de trabajo, en cómo cultivan y van de peregrinación”.

Joe Gould from 29 November 1947 Colliers

Joe Gould en noviembre de 1947

Cuando Mitchell lo conoció en el invierno de 1932, trabajaba de reportero y la Historia oral constaba de unos nueve millones de palabras y era once veces más larga que la Biblia. Ya había completado doscientos setenta cuadernos escolares, todos ellos “raídos, pringosos, manchados de café, grasa y cerveza”. Ningún editor se interesaba por la obra. Unos la tachaban de obscena y escandalosa y otros no entendían la letra. Pero él no se desanimaba. En Profesor Gaviota, Mitchell define la Historia oral como la “historia informal de la gente que va a pie”, el resultado de más de veinte mil conversaciones con personas de diversa laya, siempre gente anónima:

“Un cocido casero de la habladuría, un muestrario del rumor, un pozo ciego de cuentos, chismes, alcahueterías, bulos, embrollos y disparates”, con biografías de cientos de vagabundos, relatos de marineros, etc.

Su libro sería tan prolijo como el Tristram Shandy y detallista como el Diario de Samuel Pepys. Él mismo auguraba que la obra sería comparada con La Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano, de Edward Gibbon. Joe llevaba siempre consigo un testamento en el que legaba dos terceras partes del manuscrito a la Biblioteca de Harvard y el resto al Instituto Smitsoniano. Estaba convencido de que dos generaciones después de su muerte los catedráticos estudiarían su obra y que sería catalogado como el historiador más brillante del siglo.

Samuel_Pepys_by_John_Closterman

Samuel Pepys, retratado por John Closterman

Antes de la Segunda Guerra Mundial había revelado que tenía los cuadernos con la Historia oral repartidos por los pisos y estudios de sus amigos de Greenwich Village. Pero, a raíz de la entrada de Estados Unidos en la contienda, y animado por el plan del Metropolitan Museum de trasladar las obras de arte a un depósito a prueba de bombas, Gould también decidió guardar sus valiosos cuadernos en el sótano de piedra de la granja que poseía una amiga cerca de Huntington, en Long Island.

En la segunda parte de su libro, Mitchell lo desenmascara. Cuando le dijo a bocajarro que la Historia oral sólo existía en su imaginación, negó que fuese por pereza por lo que no la había escrito. Pero poco después reconoció que siempre había sido demasiado perezoso para escribirla y que lo único que hizo en todos esos años fue redactar versiones de los capítulos sobre la muerte de su padre y de su madre y sobre los indios de Dakota. Es probable que al pregonar a los cuatro vientos la escritura de su fantasmal obra tratase de estrechar su compromiso con lo que en realidad no era más que un proyecto pretencioso, del mismo modo que algunos fumadores anuncian a sus familiares y amigos que han abandonado el tabaco para así comprometer el prestigio de su fuerza de voluntad en la lucha que sostienen contra el vicio.

Joe Gould

Joe Gould fotografiado por Aaron Siskind

Quizá se hiciera a la idea de que si los demás creían en su obra, él también terminaría por creer en ella, acometiéndola de una vez por todas. Se conducía al revés de como lo hacen los creyentes (y de como dicta el sentido común), quienes primero creen ellos mismos en el objeto de su creencia y luego procuran que los demás crean en él para así reforzar la confianza que necesitan a fin de mantener viva su fe.

Sin embargo, de poco le sirvió esta contorsión para arrancarlo de la pereza, por lo que tuvo que asistir atónito al hecho de que, mientras los demás creían en su obra, él se quedaba rezagado. En esa tesitura le bastaba con seguir alimentando la creencia que había transmitido con éxito a los demás y dejarse contagiar por ella; en suma, desempeñar el doble papel de embaucador y embaucado.

Portada de la revista New Yorker de diciembre de 1942 en la que se publicó el perfil de Joe Gould firmado por el periodista Joseph Mitchell

Portada de la revista “The New Yorker” de diciembre de 1942 en la que se publicó el perfil de Joe Gould firmado por el periodista Joseph Mitchell

Joe Gould murió en 1957, a los sesenta y ocho años, de senilidad precoz. Después del entierro sus amigos emprendieron la búsqueda del manuscrito de  la Historia oral, pero sólo encontraron  un poema, un fragmento de artículo y una carta de súplica. Interrogaron a docenas de personas, visitaron  los lugares frecuentados por el difunto. No encontraron un solo cuaderno.

El libro era un invento, no existía, como tampoco la mujer de la granja con el sótano de piedra donde había depositado el manuscrito. La Historia oral resultó ser tan oral que jamás dio el salto a la escritura. Por la boca muere el pez y por la boca de Gould murió antes de nacer su Historia oral, un título más digno de Freud que de este vagabundo voluntarioso.

La conclusión de Joseph Mitchell es que detrás “del Autor Excéntrico de un Libro Grande se escondía un personaje más complejo que la mayoría de los personajes  creados por los novelistas y dramaturgos de su tiempo”. Esta afirmación nos da una idea de la pobre opinión que el periodista tenía de las novelas y novelistas de la época.

Fotograma de la película

Fotograma de la película “El secreto de Joe Gould” (2000), de Stanley Tucci

Gould no se parecía  a nadie y nadie se parecía a él (ni seguramente querían parecerse). Era único por voluntad propia. Si se lo hubiese propuesto, claro que se hubiese parecido a alguien, quizá a cualquiera de los intelectuales neoyorquinos con los que se codeaba. Pero desde muy joven, cuando tuvo la oportunidad de ser alguien, de hacerse incluso con un nombre, sólo se propuso ser él, Joe Gould, y nadie más, el hombre de la Mentirá Única en la que deseaba creer con todas sus fuerzas, en la que quizá creyera sinceramente durante un tiempo, hasta que se dejó invadir por la pereza y al fin se vio obligado a dejar de creer en ella, limitándose a hacerla creíble entre quienes se mostraban más dispuestos a creérsela.

Todo indica que la idea de enfrascarse en una Historia oral, que sin embargo tenía que ser escrita, significó para Joe Gould una suerte de compensación por su renuncia a las ventajas que hubiese podido obtener de sus orígenes burgueses. Le abrió puertas. Al menos le impidió morirse de hambre, y eso que pasó bastante. Desde muy pronto supo que anunciar a los cuatro vientos que la estaba escribiendo le evitaba caer en la marginación total. Seguro que algunos intelectuales, escritores y artistas de Greenwich Village se tomaban en serio su embeleco y quizá hasta diese con algún mecenas despistado que se preocupara de mantenerlo. No pedía mucho más. Se acostumbró a malvivir. Su rechazo al tren de vida aburguesado era sincero.

El actor Iam Holm en el papel de Joe Gould

El actor Iam Holm en el papel de Joe Gould

Al contrario que Romand, quien, convencional y aburrido, gustaba no sólo vivir bien, sino con lujos de burgués -amante incluida-, y darse postín presumiendo de amistades con famosos y de acudir a congresos internacionales, Gould prefirió presentarse como lo que era, la oveja negra de la familia y una mezcla de pícaro, pobre diablo, un bohemio con aires de intelectual y amigo de intelectuales y artistas. No necesitó llevar una doble vida, como hizo Romand.

Su propósito se reducía a engatusar al círculo de amigos y conocidos de Greenwich Village, rodeándose de un público fijo al que mantener expectante durante todo el tiempo que fuese posible. Él sería su vedette favorita, a la que mimarían como se mima a un animal exótico. Puesto que estaba al corriente de los repliegues de aquel mundillo, siempre necesitado de expectativas que justificasen su existencia más allá de las típicas tertulias de café y de las reuniones sociales, se sacó de la manga el anzuelo de la Historia oral en el que picaron todos menos el periodista Joseph Mitchell. Aunque, como pronto descubrió éste, fuese un pesado, al menos tenía gracia y personalidad. Además, ¿qué había de extraño en que alguien como él, un bohemio, un zascandil, estuviera escribiendo una fabulosa Historia oral? No iba a escribirla uno que permaneciese todo el día encerrado en un despacho universitario. Daba motivos para que se le creyera con la condición de que no se le preguntase por los detalles.

Cartel anunciador de la película

Cartel anunciador de la película “El secreto de Joe Gould”

Por ello cuando Mitchell descubrió su secreto, después de invertir tiempo y paciencia, le siguió el juego. ¿Para qué reprocharle que su libro era una invención? Esa mentira no ofendía a nadie e incluso rayaba lo literario. Hoy casi hasta nos parece naif, como su autor.

Joe Gould no logró llevarse su secreto a la tumba. En realidad el suyo era un secreto a voces que nadie quería escuchar. Hasta que se tropezó con Mitchell, quien, por molestarse en escucharlo y tomarle la palabra, recibió la recompensa de poder desvelarlo antes de la muerte de su portador. Lo que aún hoy llama la atención es que tantas personas cultivadas se tragaran la trola de Gould, que creyesen sus palabras sin tener disponible ni una sola prueba documental.

En el caso de Romand apenas se planteó la cuestión de la credulidad de sus víctimas, por la sencilla razón de que ninguna de ellas pudo comparecer ante el tribunal que juzgó a su asesino. Suponiendo que hubiesen sobrevivido a su ataque, habrían alegado que confiaron ciegamente en él, hasta el punto de entregarle incluso los ahorros de su vida para que se los administrase. Jamás pensaron que los estuviese engañando, como tampoco se les pasó por la cabeza que fueran unos extraños para él. ¿Cómo iban a sospechar que pudiese estafarlos y arruinarlos? Se desconfía de extraños, pero no de tu marido, de tu padre o de tu hijo. Romand jugó suciamente con la confianza derivada del trato íntimo con los seres más allegados, la propia familia y los amigos, un reducto en el que no se concibe la ambigüedad propia de las convenciones que rigen en las relaciones sociales más superficiales.

Joe Gould, Joseph Mitchell y la columnista Hedda Hopper en Minetta Tavern. Image cortesía de Greenwich Village Daily Photo

Joe Gould, Joseph Mitchell y la columnista Hedda Hopper en Minetta Tavern. Image cortesía de Greenwich Village Daily Photo

Por ruin que sea, siempre resultará más fácil engañar a aquellas personas con las que, al menos aparentemente, se mantienen lazos afectivos, que a esas otras de rostro anónimo a las que por razones de interés se pretende seducir con algún señuelo, como hacen tantos profesionales de eso que entendemos por vida pública (políticos, periodistas y la retahíla de vendedores de cualquier entelequia). ¿Por qué entonces los intelectuales de Greenwich Village creyeron a pie juntillas a un individuo que se propuso venderles el humo de su Historia oral sin aportar ninguna prueba? Una explicación plausible es el atractivo que suscitaba la idea de que alguien al margen del ámbito académico y con una forma de vida excéntrica -un vagabundo a fin de cuentas-, estuviese escribiendo una historia oral de nuestro tiempo, desviándose por fin de la investigación historiográfica al uso.

Ya el título del libro, Historia oral, disparaba la imaginación de quienes lo escuchaban. Adiós a la historia “en gran medida falsa”, según palabras de Gould, que sólo se ocupaba de los reyes, emperadores, tratados, inventos, batallas, César, Napoleón, Colón y demás celebridades. En la historia oral que pergeñaba este historiador atípico por primera vez no eran los de siempre, los mandamases y sus tediosos documentos oficiales, quienes llevaban la voz cantante sino que se dejaba que hablasen el pueblo y sus gentes anónimas: los empleados, los comerciantes, los marineros, los soldados, las amas de casa, los vagabundos de las ciudades como el propio Gould, aunque se sobreentiende que sin su agudeza e ingenio.

Joseph Mitchell fotografiado en Nueva York

Joseph Mitchell fotografiado en Nueva York

Aquellos intelectuales y artistas que lo aclamaban por su genial idea, aunque no aportase pruebas, fueron los mismos que a comienzos de los años treinta del siglo XX abrazaron las teorías marxistas “y se volvieron extremistas”, según le contó Gould a Mitchell:

“Cuanto más radicales, más sabihondos se volvían. Y más petulantes. Y más autosuficientes. Iban a los mismos tugurios del Village adonde habían ido cuando eran bohemios corrientes y hablaban tanto como hablaban antes, con la diferencia de que ya no hablaban de arte, sexo o bebida, sino de la revolución inminente, el materialismo dialéctico, la dictadura del proletariado. En otras palabras, habían perdido totalmente el sentido del humor”.

Lo que más le molestaba era la forma en que decían “nosotros”. “En vez de “yo pienso esto” o “yo pienso aquello”, decían “nosotros pensamos que….” No lograba acostumbrarse a ese “nosotros”. Incluso se sentía intimidado. De repente, la mayoría de los poetas “se volvieron poetas proletarios, la mayoría de los novelistas se volvieron novelistas proletarios y la mayoría de los pintores se volvieron pintores proletarios”, como si todos fuesen hijos de torneros, cuando en realidad provenían de familias de clase media o alta, de buena posición o directamente muy ricas.

En Greenwich Village se encuentra la Minetta Tavern que abrió en 1937 con ese nombre, siendo frecuentada por Goul y escritores como Hemingway, Ezra Pound, EE Cummings, Eugene O'Neill y Dylan Thomas

En Greenwich Village se encuentra la Minetta Tavern que abrió en 1937 con ese nombre, siendo frecuentada por Gould y escritores como Hemingway, Ezra Pound, EE Cummings, Eugene O’Neill y Dylan Thomas

La repetición de la misma etiqueta en cada uno de estos tres grupos y la forma marcial de marcar el paso al unísono por personas que se dedicaban a la creación artística denotaban un dogmatismo que el friki Gould encontró de mal gusto y contra el que se sublevó a su manera, declarando públicamente sus pertenencia a un partido que tenía un solo miembro, el Partido Joe Gould. Desde entonces le hicieron el vacío en los bares, cafés y tugurios en los que se le había acogido con simpatía y algunas monedas para que se tomase una cerveza o se comprase un bocadillo.

No es difícil establecer un vínculo nada casual entre la credulidad que esos intelectuales otorgaron al bulo de la Historia oral de Gould y la que depositaron en las rimbombantes teorías marxistas en boga. Aún hoy causa cierta desazón pensar que fue en los círculos intelectuales, a los que se presupone un escepticismo a prueba de toda engañifa, donde esta credulidad espesa echó raíces. Primero ocurrió en Rusia, luego en Alemania y desde entonces ya no hubo forma de frenarla en otros lugares del planeta.

¿Qué había sido de la desconfianza que en el siglo anterior autores ferozmente independientes, como Stendhal (“Acuérdate de desconfiar”), Flaubert, Schopenhauer, Nietzsche o Dostoyevski, recomendaron a sus lectores y a quienes aspiraban también a escribir? Desconfianza que partía de la necesidad imperiosa de preguntar antes de dar crédito a quien lo reclamaba, de no temer jamás a la incertidumbre, de leer y escuchar atentamente y con sentido crítico.

Retrato de Stendhal

Retrato de Stendhal

La desconfianza aguza los sentidos, aun a riesgo de ver más de lo que hay y de oír más de lo que realmente se oye. No deja pasar una. En un diálogo imaginario entre El anciano y Pirrón, Nietzsche, tildado por Paul Ricoeur de maestro de la sospecha, junto a Marx y Freud, hace decir a Pirrón:

“La desconfianza de todo y de todos. Es el único camino que conduce a la verdad. El ojo derecho no debe fiarse nunca del izquierdo y durante un tiempo la luz  debe ser llamada oscuridad; éste es el camino que debéis seguir. No creáis que os conduce a árboles frutales ni a bellos prados. En él encontraréis pequeños granitos duros, las verdades: durante años tendréis que tragaros las mentiras a puñados para no morir de hambre, aunque sepáis que son mentiras. Pero esos granitos son sembrados y enterrados, y quizá algún día haya cosecha: nadie puede prometerla, a no ser que sea un fanático”.

Friedrich Nietzsche

Friedrich Nietzsche

También el ilustrado Lichtenberg había aconsejado en pleno Siglo de las Luces cultivar una desconfianza “auténtica y natural frente a las fuerzas humanas en todas las cuestiones”, que consideraba “la señal más segura de fortaleza mental”.

Del caso Joe Gould se infiere que antes de creer en algo, conviene molestarse en leer la letra pequeña de la creencia que tratan de vendernos, verificando en primer lugar si su contenido se corresponde con el continente, es decir, con el lenguaje verbal y gestual en el que se expresa. También, que cuando se otorga crédito a algo, es preciso comprobar si realmente lo merece. La tecnología audiovisual a la que son adictos los vendedores de nuestro tiempo puede facilitar el engaño, pero, ay, también desenmascarar al embaucador. A no ser que el destinatario del mensaje publicitario se empeñe en cerrar los ojos y los oídos, obnubilado por las hipotéticas ventajas del producto en venta.

Lichtenberg

George Christoph Lichtenberg

Puesto que los flechazos con una creencia surgen casi siempre por la coincidencia de nuestros deseos o temores con el objeto que nos la suscita, más nos vale sospechar tanto de la creencia como de la coincidencia. Creer no debería salirle gratis a ninguna creencia y menos todavía a sus vendedores. No sé por qué tenemos que desconfiar antes del objeto que en principio deseamos comprar en una tienda, y al que miramos por todos los lados por si descubrimos algún fallo que nos disuada de comprarlo, que de una creencia sólo porque confiamos en que satisfaga nuestras expectativas.

Los casos singulares de Gould y Romand exceden los márgenes de cualquier explicación racional y, si acaso, confirman el lado inescrutable de la mente humana, nuestra portentosa capacidad para la impostura, para engañarnos y engañar a los demás, para forjar fantasías con apariencia de realidad, amparados no sólo en la doblez a la que se presta el lenguaje sino en la imposibilidad de que los demás lean nuestros pensamientos mientras escuchan las palabras con las que tratamos de encubrirlos, a modo de máscaras acústicas, como las denominó Elias Canetti.

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11 comentarios leave one →
  1. febrero 17, 2015 2:15 pm

    Enhorabuena por su artículo.

    Lo hemos enlazado en el grupo de Facebook del Club de Lectores de ACVF Editorial – La Vieja Factoría

    Gracias

    https://www.facebook.com/groups/clubdelectores.laviejafactoria/

  2. Maia L.B. permalink
    febrero 17, 2015 3:56 pm

    Venía leyendo el artículo y pensaba en “Masa y poder” de Canetti. Y pensaba en los sesgos cognitivos, una tema que me apasiona desde hace años pues siento que nos domina, nos persigue, nos define. Y también me sonreía porque, en el fondo, los que desconfiamos (y fíjate que hablo también yo ahora de “nosotros”, sin querer) también sesgamos nuestra realidad en base a la desconfianza. Es imposible huir de nuestra naturaleza humana. Aquellos buscan la falacia, la creencia, como una forma de sostenerse en este mundo. Una vez será el marxismo y otra el hinduísmo. Y los escépticos practicamos el escepticismo. Nos sentimos a salvo porque no tenemos casi ninguna verdad. Y ésa es, tal vez, nuestra más trágica verdad.
    Un artículo magnífico.

    • febrero 19, 2015 9:19 pm

      Gracias, Maia. Cierto, es imposible escapar. Ya lo dijo Kant: estamos atrapados en la ratonera de nuestra forma de sentir. También vivimos constantemente instalados en alguna creencia. Creemos porque ignoramos. Si lo supiésemos todo, no necesitaríamos creer.

  3. Rubén permalink
    febrero 18, 2015 3:56 pm

    Cómo no concordar con Nietzsche! La desconfianza intelectual debe ser permanente para no caer prisionero de los falsos profetas…

    El contraste presenta al ser frente a su sombra ,y las contradicciones lo enfrentan con las tinieblas de sus certezas. La certidumbre de una verdad absoluta, hace imposible el diálogo con una verdad relativa.

    Borges nos recuerda: “ Si de algo soy rico es de perplejidades y no de certezas”
    Abrazos múltiples

    • febrero 19, 2015 9:21 pm

      Gracias, Rubén, por tu comentario. Pero vivir en la incertidumbre se hace cuesta arriba, por lo que resulta muy tentadora la cuesta abajo de la certeza. Un abrazo

      • Rubén permalink
        febrero 19, 2015 10:01 pm

        La ignorancia crea fantasías y los pensamientos las transforman en realidades.
        El conocimiento, por su lado,razona dentro de sus limitaciones,
        y nuestra incertidumbre aumenta la atracción por las ficciones…..
        Las gracias son para ti, Jaime , por el placer de leer tus observaciones.

  4. Ángel Saiz permalink
    febrero 18, 2015 11:44 pm

    Y seguimos hablando de impostores, Jaime. Una vez más, detrás de la impostura se encuentra la cobardía y la pereza por buscarse un puesto honrado, alcanzado mediante el esfuerzo, en la sociedad en la que vivimos. Me asombra, Jaime, el ver a través de estos dos últimos artículos tuyos que la complejidad humana es tan exuberante en la creatividad positiva como en la mentira fantástica. Desde luego, bordas la descripción y análisis de complejos y curiosos caracteres humanos.

    • febrero 19, 2015 9:27 pm

      Gracias, Ángel. Salvando las enormes diferencias que los separan, Romand y Gould son dos tipos singulares y, como tú señalas, confirman la complejidad de la mente humana. Lo atractivo de Gould es su valor para salirse de la fila y hacer lo que él consideraba que debía y que mejor se ajustaba a su manera de ser. Aunque no escribiera la “Historia oral de nuestro tiempo”, al menos concibió la idea que, a fecha de hoy, continúa virgen.

  5. febrero 19, 2015 10:17 am

    Empezaba a creer que existía algo de verdad en Gould, solo en su cabeza, a veces la vaguería … Y es lo que le pasó. Mentira? Para el, la intención es lo que cuenta 🙂

    • febrero 19, 2015 9:28 pm

      Es cierto. Al menos concibió la idea de escribirla. Y como le comentaba a Ángel, hasta ahora a nadie se le ha ocurrido desarrollarla.

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