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El privilegio de la mentira

febrero 3, 2015

“El privilegio de la mentira es que siempre vence al que pretende servirse de ella”. Albert Camus

En los próximos meses Jean-Claude Romand se someterá a una nueva vista judicial ante una posible liberación de la cárcel de Châteauroux, en el centro de Francia, donde lleva preso veintidós años por el asesinato en 1993 de su mujer, sus dos hijos pequeños y sus padres. El móvil de los crímenes fue la vergüenza y el miedo que se adueñaron de él ante la perspectiva de que descubrieran la sarta de mentiras que urdió durante diecisiete años. Además de engañarlos, los estafó y arruinó, dilapidando los ahorros que le entregaron para que se los administrase. Tal era la confianza que habían depositado en este hombre que a lo largo de todos esos años se hizo pasar por médico e investigador en la Organización Mundial de la Salud. Los psiquiatras concluyeron que padecía un severo trastorno de personalidad. En la cárcel es considerado un preso modélico por sus compañeros y los funcionarios de la prisión.

Su caso llamó la atención de criminólogos, psicólogos y psiquiatras, que han tratado de hallar una explicación al quíntuple asesinato. También interesó al escritor Emmanuel Carrère (París, 1957), quien en el año 2000 publicó un libro titulado El adversario en el que, después de un intercambio de cartas con el asesino, de numerosas conversaciones con él y de asistir a las sesiones del juicio, ofrece un relato minucioso e impecable de su terrible historia. El título remite a Apocalipsis 12,7, donde se denomina al Diablo “El Adversario”, que “engaña al orbe entero”.

El matrimonio de los Romand y sus dos hijos unos años antes de que fuesen asesinados por Jean-Claude

El matrimonio de los Romand y sus dos hijos unos años antes de que fuesen asesinados por Jean-Claude

Carrère intenta resquebrajar la máscara del peligroso Adversario que Jean-Claude Romand escondía debajo de las capas de falsedades con las que se revistió hasta el sangriento final. Desde que leyó la noticia de la matanza en el periódico Libération se propuso franquear los límites de la psicopatología en los que la medicina forense catalogó el caso. Tenía que encontrar una explicación racional a lo irracional.

No se trataba de indagar en la instrucción del sumario, del que sólo aflorarían hechos de los que más pronto que tarde se enteraría simplemente porque se harían públicos. No, él quería averiguar qué pasaba por la cabeza de Jean-Claude los días y las noches en que, engañando a su familia con falsos viajes de trabajo al extranjero, se instalaba en un hotel próximo al aeropuerto en el que lo había despedido su mujer hasta que unos días después regresaba a casa, fingiendo haber vuelto del viaje.

Lo primero que hizo fue escribirle una carta cinco meses después de la matanza, a través de su abogado. En ella se presentaba como un escritor que hasta la fecha había publicado siete libros. Le decía que estaba obsesionado “con la tragedia de la que usted ha sido causante y único superviviente”; también, que intentaba comprender lo ocurrido y que deseaba escribir un libro al respecto que sólo aparecería después del proceso. Necesitaba saber qué opinaba de su proyecto. Si sólo le inspiraba hostilidad, estaba dispuesto a desistir.

16 janvie1993 - Exequias de la familia de Jean-Claude Romand a la que asesinó © PQR/LE PROGRES - 2014

Exequias de la familia de Jean-Claude Romand a la que asesinó © PQR/LE PROGRES – 2014

Después de aclararle que no se dirigía a él movido por la curiosidad malsana o el sensacionalismo, le confesaba que no creía que “lo que usted ha hecho” fuese obra de un criminal ordinario, ni tampoco de un loco, sino de “un hombre empujado hasta el fondo por fuerzas que le superan, y son esas fuerzas terribles las que yo desearía mostrar en acción”. Se despedía deseándole “mucho valor” y rogándole que creyera “en mi muy profunda compasión”.

De su primera carta se infiere que Carrère esperaba enfocar el caso desde un punto de vista diferente del que en la fase de instrucción adoptasen los psicólogos y los psiquiatras forenses. Por su condición de escritor, lo haría sin salirse de su propio terreno de juego, el literario. De ahí que, en una declaración un tanto osada, le dijese a Romand que no lo consideraba un criminal común ni un loco. Parece que no reparó, o no quiso reparar, quizá impulsado por la esperanza de orientar el caso desde la perspectiva literaria -se supone que distinta de la jurídica y clínica-, en que la personalidad del asesino que estudiaban los juristas y facultativos forenses era la misma que pensaba estudiar él y que, por tanto, las conclusiones a las que llegase tampoco serían muy diferentes de las de éstos.

Jean-Claude Romand tras su arresto en la comisaría de la policía

Jean-Claude Romand

No podía esperar que Romand se adaptase a la mentalidad, al entusiasmo y a las expectativas de un escritor, aunque así lo diera a entender en los primeros momentos. Pero todo indica que, al menos al principio, concibió alguna esperanza al respecto. Una esperanza que no era ni mucho menos inédita en Carrère, sino que cuenta con un largo historial. Nos hallamos ante una vieja herencia del Romanticismo, la que presupone en el escritor un conocimiento del alma humana fuera de lo común, extraído no sólo de múltiples lecturas, sino de una psicología intuitiva, ajena a la que estudian los médicos especialistas en los manuales científicos y a la que aplican en sus experiencias con enfermos mentales, siempre condicionadas por su carácter clínico.

Un psiquiatra estudia la mente de un enfermo, pero un escritor se adentra en el alma humana, como, por ejemplo, hizo Dostoyevski, cuyas novelas tanto habrían de influir en Freud. Se sobreentiende que el alma humana es algo complejo y de una vastedad que raya lo infinito. Su estudio encierra misterios en los que sólo el escritor puede penetrar gracias a su intuición, a sus dotes para la observación y su experiencia. En cambio, el estudio de la mente se presta al análisis científico. Más aún, se dispone de un catálogo de patologías mentales que permite a los médicos determinar con precisión la dolencia de cada paciente y administrarle el tratamiento adecuado.

Emmanuel Carrère

Emmanuel Carrère

Al autor soviético Iliá Ehrenburg se le vino abajo la idea romántica del escritor dotado de unas facultades especiales para escudriñar el alma humana cuando fue a visitarle a la redacción del periódico en el que trabajaba un oficial de marina para plantearle una cuestión que le atormentaba desde hacía algún tiempo: ¿por qué durante la invasión alemana de la Unión Soviética su mujer, con la que mantenía una relación normal, lo delató en plena calle ante los soldados nazis, revelando su condición de judío, y, por tanto, exponiéndolo al exterminio y, en cambio, le ayudaron a salvarse personas desconocidas, que le curaron las heridas y lo escondieron en sus casas?

Ehrenburg le confesó que necesitaba más datos para sugerirle alguna respuesta a su pregunta. Harto de esta demostración de impotencia, el hombre dio un puñetazo en la mesa y le espetó que estaba obligado a saber porque para eso era escritor. En las sesiones de los Procesos de Núremberg, donde su juzgaba a los dirigentes nazis, Ehrenburg revivió una sensación similar de impotencia.

Iliá Ehrenburg

Iliá Ehrenburg

Sólo dos años después Jean-Claude Romand respondió a la carta de Carrère. Justificaba su retraso alegando que el abogado le había recomendado que aguardara el final de la instrucción judicial. Mostraba su voluntad de colaborar. En otras cartas posteriores le comentó su “duelo imposible” por las víctimas. También le decía que había empezado a leer a Lacan para comprenderse mejor, y hasta le enviaba pasajes de los informes psiquiátricos. Además, se declaraba convencido de que “la forma de ver que un escritor tiene de esta tragedia –nombre con el que designaba a la matanza que perpetró- puede completar y trascender ampliamente otras visiones, más reductoras, como la de la psiquiatría u otras ciencias humanas”.

Se trata de una respuesta llena de trampas, propia de un astuto adversario. Al igual que el oficial de marina que acudió a Ehrenburg para que le diera una respuesta convincente y definitiva a un problema aparentemente inexplicable para el resto de los mortales, Romand esperaba que el escritor Carrère fuese más lejos que los especialistas forenses en el conocimiento de su “tragedia”, como si en ésta aún hubiese oscuras lagunas sólo accesibles al ojo avezado de un novelista.

Antes de asesinar a su familia, Romand era un hombre leído –durante muchos años había dispuesto de grandes cantidades de tiempo para leer-, que podía expresarse con claridad por escrito. En la cárcel continuó su formación lectora que, como él mismo reconocía en la carta, llegaba hasta la prosa alambicada de un psicoanalista como Jacques Lacan. Pero no hace falta ser psicólogo para sospechar de un individuo que, víctima  de un grave trastorno de personalidad, se dedica a estudiarse, recurriendo incluso a la literatura especializada.

El psiquiatra y psicoanalista Jacques Lacan

El psiquiatra y psicoanalista Jacques Lacan

En contra de las expectativas de Romand, en El adversario Carrère se decantó finalmente por el relato objetivo y detallado de una historia que comenzó el sábado 9 de enero de 1993, en la vivienda que los Romand poseían en la localidad francesa de Prévessin-Moëns, junto a la frontera suiza. Aquella mañana Jean-Claude asesinó a su mujer con un rodillo de repostería. Horas después mató con un rifle que escondía en la casa a sus dos hijos, una niña de siete años y un niño de cinco, tras ver con ellos en la televisión una película de dibujos animados. Después de comer, se dirigió a casa de sus padres, residentes en Clairvaux-Les-Lacs, a ochenta kilómetros de Prévessin-Moëns, y también los mató a tiros. Ni el perro se libró de la matanza.

Al día siguiente se marchó a París en su coche para citarse en una cena con su amante Corinne, a la que intentó estrangular cuando ésta le reclamó un dinero que le había prestado. La mujer logró defenderse del ataque. De vuelta a Prévessin-Moëns, prendió fuego a su casa e intentó suicidarse con barbitúricos. Todo para que pareciese que los asesinados y él mismo habían muerto en el incendio. Rescatado por los bomberos, ingresó en el hospital en estado de coma. Salvó la vida y gracias a eso se pudo averiguar el móvil de su quíntuple asesinato.

Estado de la casa de los Romand tras ser incendiada por Jean-Claude

Estado de la casa de los Romand tras ser incendiada por Jean-Claude

Aquel mismo día la policía encontró una nota suya en su automóvil, en la que se acusaba de los crímenes, aclarando que todo lo que se creía saber de su carrera de Medicina y de su actividad profesional como médico e investigador en la Organización Mundial de la Salud, en Ginebra, era falso. En efecto, las llamadas de la policía a la OMS, a los colegios de médicos, hospitales de la zona y hasta a la Facultad de Medicina de Lyon en la que cursó estudios –su amigo más cercano, el médico Luc Ladmiral, podía atestiguarlo- desenmascararon las mentiras con las que durante diecisiete años engañó a toda su familia, a los amigos y a los vecinos. No era médico ni investigador. No era nada más que un fantasma, un impostor experimentado, un estafador. Sus contactos con Bernard Kouchner y otros personajes conocidos en Francia formaban parte de la gigantesca patraña en la que él mismo se envolvió durante todos esos años.

Su amigo Luc no podía creerse que Jean-Claude, el hombre más recto que había conocido, el padrino de su hija, hubiese cometido aquellos crímenes. Lo primero que pensaron él y su mujer es que se trataba de una maquinación, en la que la mafia rusa y el espionaje se mezclaban con el tráfico de armas. Jean-Claude viajaba mucho (luego se comprobó que jamás salía del aeropuerto). El año anterior había volado a Leningrado en uno de sus viajes ficticios y fingidos, de donde le trajo a su ahijada unas muñecas rusas, naturalmente. Pronto cobró fuerza la teoría del crimen pasional. Se habló de la existencia de una amante misteriosa, Corinne, una divorciada que vivía en Ferney-Voltaire, a la que había intentado asesinar también y que, al enterarse del quíntuple asesinato, llamó a la policía. Luc y su mujer estaban al corriente de esa relación. La consideraban una lianta.

Jean-Claude Romand en una comparecencia judicial

Jean-Claude Romand en una comparecencia judicial

Hijo de una próspera familia de madereros, Jean-Claude tuvo una infancia normal, quizá un tanto solitaria, en un pueblo al este de Francia. A la hora de elegir sus estudios superiores, se decantó por la Medicina en vez de por la Administración de Montes, como se esperaba por su trayectoria familiar. Era un estudiante aplicado e introvertido, un chico muy formal. En la Facultad se enamoró de una compañera, Florence, prima lejana suya, llevando la vida típica de los estudiantes.

La historia real es la siguiente: Romand no pasó del segundo curso de Medicina. Renunció a presentarse a la convocatoria siguiente. Falsificó las notas. Durante doce años pagó la reinscripción en el curso con el dinero que le enviaban sus padres. No por ello dejó de acudir de vez en cuando a la Facultad, sin acceder a las aulas. La mayor parte del tiempo lo pasaba en su casa, leyendo periódicos y viendo la televisión. Engordó veinte kilos. Al cabo de unos meses sin verle, Luc fue a visitarle para ver qué le ocurría. Le respondió que padecía un linfoma y que por eso no había acudido a la universidad. Con la noticia del cáncer se atrajo la compasión de su novia.

Dos años después de casarse con Florence, ya licenciada en Farmacia, “concluyó” sus estudios de Medicina, aunque su verdadera carrera era la de la Mentira. Mintió cuando dijo que había aprobado el examen de médicos residentes de París, cuando dijo que había sido nombrado responsable del Inserm de Lyon y luego que había obtenido una plaza de maestro investigador en la OMS. Para sustentar sus mentiras se hizo con membretes de la organización, formularios y libros de la biblioteca que le permitían mantener cierto nivel de conversación sobre temas sanitarios.

Sede de la Organización Mundial de la Salud en Ginebra

Sede de la Organización Mundial de la Salud en Ginebra

Pero ¿cuál era la vida cotidiana que llevaba Romand? Después de desayunar con sus hijos, iniciaba un periplo errante por aparcamientos, estaciones de servicio, parques, sex-shops y por la propia sede de la OMS. En ocasiones, simulaba asistir a congresos y seminarios internacionales. Esos días se alojaba en cómodos hoteles próximos al aeropuerto de Ginebra, donde pasaba los días viendo la televisión y a los aviones aterrizando. Telefoneaba a su familia para comentarles el tiempo que hacía en Sao Paulo o en Tokio. A sus supuestas vueltas, traía regalos a sus hijos, que compraba en las tiendas del aeropuerto. Decía estar fatigado por el desfase horario. Su mujer, empleada en una farmacia, se jactaba del éxito profesional de Jean-Claude.

Con la excusa de que trabajaba en Suiza, propuso a su familia -padres y suegros- que le entregasen sus ahorros para invertirlos en condiciones muy favorables. La otra fuente de ingresos la obtuvo de una nueva mentira: al enterarse de que el tío de su esposa padecía cáncer, comunicó a la familia que formaba parte de un equipo de investigación que estaba probando un tratamiento secreto contra la enfermedad. Él se encargaría de sacar bajo cuerda los medicamentos en fase de experimentación al exorbitante precio de 15.000 francos cada pastilla.

Para completar el guión, dos años antes de la catástrofe, se echó una amante, Corinne, a la que agasajaba constantemente. Un día su mujer sospechó a raíz de dos pequeños embustes, por lo que tuvo que cambiar la rutina de años anteriores. Las deudas se acumulaban. La estafa ascendía a dos millones y medio de francos. Posteriormente Jean-Claude también fue acusado de asesinar a su suegro,  quien había muerto cinco años antes aparentemente al caerse por las escaleras de su casa y tras pedirle el dinero a su yerno. En principio se consideró un accidente, pero luego las sospechas recayeron sobre él. La suegra y viuda vendió la casa y dio también todo el dinero a Romand para que lo invirtiera.

Cartel de una de las tres versiones cinematográficas de

Cartel de una de las tres versiones cinematográficas de “El adversario”

Indagando en la vida familiar durante su infancia, Carrère descubrió que Jean-Claude, hijo único y un poco mimado, estaba familiarizado con la mentira y la doblez desde sus primeros años. Su madre era una mujer enfermiza, sin que se supiera con precisión qué clase de enfermedad padecía, y estaba siempre preocupada por la cosa más nimia. Para no disgustarla, aprendió pronto a engañarla, según dijo en el juicio:

“Todo debía de ir bien porque si no su madre iría de mal en peor y habría sido ingrato si la preocupaba con fruslerías, con pequeñas pesadumbre de niño. Más valía ocultarlas”.

En casa le habían enseñado a no mentir, “un Romand era franco como el oro”, pero al mismo tiempo “no había que decir ciertas cosas, aunque fuesen verdad”. Las mentiras piadosas menudeaban en aquella reducida familia. En el examen del bachillerato eligió el tema “¿Existe la verdad?”. Admiraba a su padre porque no dejaba traslucir emociones. Se esforzó en imitarle.

Sus padres querían que fuese maderero, pero él se inclinó por la medicina. Luego confesó que hubiese querido ser maderero, pero que en el liceo se tropezó con el desdén de “burguesitos de buena cuna, hijos de médicos o abogados, para quienes un gerente maderero era poco menos que un currante subalterno”. También le animó a elegir medicina el que Florence, su prima lejana, se hubiese matriculado en la Facultad. Sin embargo, la idea de cuidar enfermos, de tocar cuerpos doloridos, le repugnaba.

Fotograma de

Fotograma de “El adversario”, dirigida por Nicole Garcia

Lo que más le impresionó a Carrère de la historia es

“el vacío total que rodeaba su impostura. No había nada detrás de su doble vida. Ni un vicio, ni una perversión sexual. Simplemente deambulaba”.

Romand empezó temiendo a la realidad, por lo que eligió evadirse de ella tomando el atajo tortuoso de la mentira. Con sus mentiras no sólo perseguía vivir a costa de los demás, sino proyectar hacia el exterior una apariencia de ascenso social, de prestigio y éxito profesional. La apariencia de una familia perfecta de clase media alta. Temía al fracaso. Antes que arriesgarse a fracasar –ni siquiera lo intentó-, optó por fingir un éxito falso para atraerse la admiración de su entorno. Únicamente en este sentido le interesaban los otros. Jamás quiso a nadie. Engañaba porque no creía en las personas, ni siquiera en sus seres queridos. Tanto se esmeró en ocultar las emociones que al final las enterró para siempre.

Por miedo mintió, por miedo no quiso confesar su mentira y por miedo siguió mintiendo. A medida que las mentiras se agrandaban, su temor aumentaba de tamaño. Aquello más que un círculo vicioso, era una espiral. El miedo por el que se dejó atrapar no sólo no lo defendía sino que lo acobardó aún más. La perversa simbiosis del temor con la mentira –ambos se alimentan uno del otro- explica que percibiese  a las personas damnificadas por sus engaños como enemigos a los que cuanto más engañaba, más motivos tenía para temerlos.

“La vida de Nadie” (2002), del director Eduard Cortés, es otra de las versiones para el cine basada en el libro de Carrère

El éxito que cosechaba con sus falsedades lo enganchó a ellas, como la droga a un toxicómano. Urdir un embuste tras otro se convirtió para él en una suerte de desafío. De esta forma, Romand se transformó en un embustero en serie.

El mentiroso cree que con el éxito que obtiene de sus trampas somete a la realidad a sus objetivos fraudulentos y que, de mentira en mentira, forjará a su hechura una especie de realidad paralela a la auténtica y al menos igual de duradera. Pero el efecto de esa labor resulta ser exactamente el contrario: con cada mentira exitosa la realidad se va fortaleciendo y ganando terreno y tiempo al embustero, acorralado progresivamente en su ciudadela artificial. El destino de las mentiras exitosas no es otro que morir de éxito. A la realidad se la engaña por un tiempo, pero no todo el tiempo.

Sin embargo, el efecto del trato continuado con la mentira hace que ésta se adhiera al mentiroso como una segunda piel. El único lenguaje que conoce en su relación con el mundo real es el del engaño. Procurará adaptarse a cualquier circunstancia recurriendo al lenguaje de la mentira, pero no tanto por costumbre como por miedo, justificación última de su arraigo en la impostura. Con ello no hace más que afianzar su relación falseada con el mundo, agravando así la escisión de su personalidad. “En la lucha entre ti y el mundo procura secundar al mundo”, anotó Kafka en uno de sus aforismos. Frente a la asfixiante subjetividad del yo, se alza la variedad y multiplicidad del mundo, que siempre podrá si no liberarlo, al menos alejarlo, de una peligrosa exposición a los miedos y deseos quiméricos que lo abruman.

Géraldine Pailhas y Daniel Auteil en la película francesa

Géraldine Pailhas y Daniel Auteil en “El adversario”, de Nicole Garcia

Atrapado en el engranaje de sus falsedades, Romand temió que se desmoronase la imagen de chico bueno, serio y de profesional intachable, en el que se podía confiar. Hasta que los eslabones de la cadena de embustes estallaron y, expulsado de la burbuja narcisista, de pronto se vio inmerso en la realidad, representada por su familia. Entonces arremetió contra ella.

Sólo hizo falta que la fachada de mentiras se desplomase por su propio peso –algún día tenía que suceder- para que el miedo se transformara en crimen. ¿Por qué no se suicidó antes de exterminar a su familia, como suelen hacer los estafadores que arruinan a sus estafados? Por cobardía. Estaba invadido por el miedo, como una metástasis. Prefirió matar antes que destruirse, o morir matando, como de hecho intentó aunque sin éxito.

El destino quiso que sobreviviese a su tentativa de suicidio y que no pudiera escapar al juicio  de los hombres. Es probable, sin embargo, que esta perspectiva, de la que tuvo que hacerse cargo a pesar de las resistencias iniciales, le resultase más llevadera que la de verse obligado a comparecer ante su familia para rendir cuentas de sus fechorías.

Cubierta de la edición española de

Cubierta de la edición española de “El adversario”

Ahora se conformaba con dejarse asesorar por su abogado, admitiendo los delitos que se le imputaban, expresar arrepentimiento, pedir perdón a las víctimas y, aunque fuese entre rejas, restaurar la imagen de buen chico que transmitía antes de la matanza.

¿Cuál era el sentido de este juego maldito y absurdo? Es la pregunta que sigue planeando sobre el caso. Los detalles que aporta Carrère sobre la infancia, la vida familiar, la adolescencia de Romand son interesantes. Pero ¿cuántas personas han vivido experiencias aún más traumáticas y maduraron con normalidad? Sabemos que algunas enfermedades mentales graves están asociadas al mal: la falsedad, la doble cara, la mentira, el cinismo, la insensibilidad, la envidia, la difamación, la crueldad. Las atrocidades sufridas en Europa en el siglo XX hunden sus raíces en la psicosis de unos individuos que por desgracia ostentaron un poder inmenso y que, con la ayuda de influyentes medios de difusión, propagaron su psicosis a buena parte de la población. No hay que olvidar que el miedo fue también el detonante de aquella psicosis: unos porque lo tenían y otros porque obtuvieron suculentos réditos de él.

Con mentalidad de novelista, a Carrère le sedujo la idea de la doble vida que Romand llevó desde el día en que, siendo estudiante de medicina, decidió instalarse en la mentira, haciendo creer a los demás que la imagen del hombre que veían todos los días era la misma que les ocultaba. Incluso barajó la posibilidad de que, si se negaba a colaborar con él en el libro que planeaba escribir, transformaría el caso en una novela. Para escribirla no era preciso añadir mucho más a los hechos reales.

Ilustración de la época para la novela

Ilustración de la época para la novela “El extraño caso del doctor Jekill y el señor Hyde”

Sólo había que imaginar a ese hombre la mayor parte de los días, y así durante diecisiete años, errando solo por las mismas cafeterías de estaciones de servicio, alojándose en hoteles de carretera cuando decía que viajaba al extranjero para asistir a congresos, o merodeando por la sede de la OMS en Ginebra, como años atrás merodeó por las zonas comunes de la Facultad de Medicina de la Universidad de Lyon. Una soledad buscada y forzosa –ése era el precio que tenía que pagar por su mentira-, que le llevaba a levantarse todas las mañanas no para acudir a una oficina o a una fábrica, como la mayoría de los mortales, sino para luchar contra el aburrimiento, contra la nada y contra nada, matando el tiempo muerto como su vida con lecturas de periódicos y revistas, viendo la televisión y alguna que otra escapada a un sex-shop.

La doble vida y el desdoblamiento de la personalidad, la existencia de otro que representa la antítesis del que se muestra en público, es un motivo que ha seducido a numerosos novelistas, principalmente desde el Romanticismo (Achim von Arnim, Hoffmann, Gautier, Stevenson  y su novela El extraño caso del doctor Jekill y el señor Hyde, Dostoyevski, Hawthorne). En las novelas del siglo XIX abundan los personajes dobles que llevan una vida secreta radicalmente opuesta a la que conocen las personas que les rodean. La confesión de Rimbaud “Yo es otro” en una carta a su amigo Paul Demeny revelaba una vieja verdad: que no somos los mismos en todos los momentos, sino que estamos sometidos a mudanzas que escapan a nuestra razón.

Arthur Rimbaud retratado en el cuadro de Fantil Latour

Arthur Rimbaud retratado en el cuadro “Rincón de mesa” (1872), de Henri Fantin-Latour

Pero quizá el relato que guarda una mayor semejanza con el caso Romand sea Wakefield, en el que Hawthorne nos cuenta la extraña aventura de un hombre que, después de diez años de matrimonio, un día abandona a su esposa y su hogar para irse a vivir a un apartamento cercano, tomando la precaución de vestirse con unas ropas distintas de las que había usado hasta entonces por si se tropezaba en la calle con su mujer. Aunque ésta lo dio por muerto y se repartió la herencia, en su fuero interno sospechaba algo. Sabía que era amigo de guardar secretos triviales y que adolecía de una vanidad inquietante. Wakefield merodeó algunas veces por los alrededores de su antigua casa, acosado por la tentación del regreso.

Tuvieron que pasar nada menos que veinte años para que al fin regresara de su exilio voluntario en una desapacible tarde de otoño, como un muerto que vuelve del otro mundo, con “la sonrisa astuta, precursora de la pequeña broma que desde hace tanto tiempo le ha estado gastando a su esposa”. Ésta le acogió con afecto: no le había fallado la intuición. El narrador no se detiene en detallarnos qué tipo de vida llevó Wakefield en eso años envueltos en la bruma de la soledad y el aburrimiento, como los años en que Romand, en vez de acudir a una oficina, vagaba por la nada.

A modo de advertencia, el narrador de Wakefield afirma que “es peligroso crear abismos en los afectos humanos, no porque sean tan anchos y profundos, sino porque vuelven a cerrarse tan pronto”. Eso fue lo que le sucedió a Romand: el abismo que abrió en los afectos humanos durante diecisiete años de mentiras se cerró para siempre, de tal manera que, en el momento de ajustar cuentas con la realidad y la verdad, le pareció normal asesinar a toda su familia antes que defraudarlos con la noticia-bomba de que los había estado engañando y estafando.

Nathaniel Hawthorne

Nathaniel Hawthorne

Pero una cosa es el arte y otra la realidad. La excentricidad de un suceso real no debería bastar para convertirlo en un argumento de una  novela o de una película. Para eso están el reportaje y el documental. La frecuencia con que últimamente novelistas y cineastas buscan la inspiración para sus obras en este tipo de sucesos se explica no sólo por la pobreza imaginativa sino por un afán de dotarlas de un toque de espectacularidad, que atraiga a muchos lectores y espectadores. De hecho, esto es lo único que parece interesarles.

Al novelista que se toma en serio su trabajo no le vale cualquier suceso real, por inusitado y sugerente que parezca a primera vista, a la hora de traducirlo a la lengua del arte. Aunque ignoramos si Cervantes se inspiró en una anécdota real cuando concibió el argumento del Quijote, sabemos que el resultado de su genial idea fue transformar la locura realista de Don Quijote en una metáfora universal que podemos leer incluso desde varias perspectivas: como un sueño del que se despierta en el momento de la muerte; como una fuerza misteriosa que, semejante a la Rueda de la Fortuna, escapa al control de la razón; como una especie de castigo que reciben quienes se niegan a aceptar la cruda verdad de los hechos; o como un reflejo amplificado de las pequeñas locuras humanas.

La locura de Romand y su atroz desenlace no daban para una novela. Al menos en este caso, por mucho que la realidad superase a la ficción, realidad se quedó.

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9 comentarios leave one →
  1. febrero 3, 2015 4:10 pm

    absolutamente delirante esta historia del asesino que mató por no podérsela con la verdad-
    magistralmente narrada

  2. febrero 3, 2015 7:46 pm

    !Terrible historia!
    Interesantísimo artículo.

  3. Maia L.B. permalink
    febrero 3, 2015 9:04 pm

    La historia del mundo ha sido influida más por grandes mentiras que por verdades. Dos o tres eventos familiares, engaños y mentiras varias, cambiaron el rumbo de la historia y afectaron la vida de todos nosotros: la infidelidad de María, los celos de Sara y las engañosas razones que motivaron a Isabel la católica a apoyar el viaje a las Indias. Es un tema fascinante que ronda mi cabeza muchas veces. Te recomiendo leer el último de Oz: Judas.

    • febrero 5, 2015 12:09 pm

      Gracias por la recomendación, Maia. Tomo nota del libro de Oz. La mentira como instrumento, como medio, ha existido y existirá siempre. Pero la mentira como un fin en sí misma, como patología, que parte en dos la personalidad, de un tajo, es otro asunto: lo que los psiquiatras califican de “trastorno de personalidad”. Quienes lo padecen viven fuera de la realidad, presos en la burbuja narcisista y rehenes de sus mentiras.

      • Maia L.B. permalink
        febrero 5, 2015 8:04 pm

        Estoy de acuerdo contigo. Muy cierto.

  4. Rubén permalink
    febrero 4, 2015 2:04 pm

    Fascinante relato!
    Cien caras tiene la verdad y cien infamias la mentira,
    una es es tan desconocida como esquiva,
    y la otra, tan arrogante como venenosa;
    a una la persiguen sin esperanza,
    y a la otra, se arriman por conveniencia…
    Muchas caras tienen las verdades, mientras que las mentiras
    tienen muchos mentirosos descarados!!
    Jaime, la pluma en tu mano es un prodigio!

  5. Ángel Saiz permalink
    febrero 4, 2015 6:58 pm

    Todos tenemos algo de doble vida ¿o no? La psicología humana es tan rica, tan compleja que nadie tenemos la misma y única cara siempre. El abanico de posibilidades es casi infinito. En todo subyacen las cobardías y, debajo de ellas, los miedos. El mayor valor es ser capaz de conocerse uno mismo, al desnudo (sicológicamente hablando). Hoy tenemos aquí un caso similar: el de El pequeño Nicolás. A base de mentiras llegó muy arriba, sin tener ninguna base real. Menos mal que no mató a todos aquellos con los que había estado engañándonos..

  6. febrero 5, 2015 12:15 pm

    Sí, la psicología humana es rica y compleja, pero hay que evitar que esa complejidad se nos vaya de las manos.

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