Skip to content

El sueño de la habitación propia (con cama incluida)

enero 20, 2015

La entrada anterior estuvo dedicada al dormitorio de matrimonio. La de hoy se muda al que ocupa una sola persona. Como indica su nombre, el dormitorio individual garantiza la autonomía de su morador con respecto del resto de los inquilinos de la casa. La cama solitaria se asocia a la soltería –dos vocablos emparentados por varias letras-, a la viudez y al estado previo a la emancipación sentimental de las personas jóvenes. Sólo que, al contrario que la de matrimonio, no gasta etiqueta alguna. Es una cama a secas.  Sin embargo, no siempre fue así. Hubo que esperar al siglo XVIII para que los inquilinos de la casa familiar dispusieran de una habitación propia.

En El proceso de la civilización, el sociólogo Norbert Elias recuerda que en la sociedad medieval era frecuente que muchas personas pasaran la noche en la misma habitación. En la clase alta, el señor con sus criados y la señora con sus doncellas. En las otras clases sociales solían dormir en la misma habitación hombres y mujeres juntos, incluidos los huéspedes que pernoctaran en la casa. Todavía en tiempos de Erasmo las personas extrañas a la familia dormían en el mismo lecho, sin que resultara una experiencia desagradable.

Miniatura medieval que representa a varias personas acostadas en la cama

Miniatura medieval que representa a varias personas acostadas en la cama y en la misma habitación

La habitación individual representa un exponente más de que el proceso civilizador discurre paralelo al de una creciente individualidad. Así lo intuyó Virginia Woolf al asociar la liberación intelectual y creadora de las mujeres con la posesión de una habitación propia. Y a la inversa, un retroceso hacia la barbarie traerá consigo promiscuidad, despersonalización y pérdida de libertad. Uno de los dirigentes del régimen nazi, Robert Ley, reconoció que “el único hombre que en Alemania es todavía una persona particular es alguien que está dormido”. Alguien que, por el simple hecho de dormir en su cama, escapaba del poder totalitario.

En su condición de jefe del Frente del Trabajo Alemán, el sindicato vertical del régimen, Ley impulsó la campaña “Al Vigor por la Alegría”, destinada a ofrecer  diversiones y espectáculos a los empleados. El objetivo era combatir el aburrimiento, del que Ley decía que “surgen ideas y pensamientos estúpidos, heréticos e incluso criminales”, lo que incitaba a la gente a quejarse y a “una sensación de desamparo” que le hacía pensar que “todo es absolutamente superfluo”. No era extraño que para este nazi la cama constituyese una fuente de peligros. Además de dormir y soñar, en ella uno puede aburrirse y, como consecuencia de ello, concebir ideas “heréticas”.

Robert Ley, jefe del Frente del Trabajo Alemán

Robert Ley, jefe del Frente del Trabajo Alemán

La consigna del nazismo, como la de los totalitarismos en general, era absorber la mente y la imaginación de las personas para que olvidasen todo lo que no fuera el tamborileo atronador de su ideología que impedía abrir las puertas de la conciencia. Uno de los lemas del Partido de Hitler era “Alemania despierta”, sí, que el país despertara para entontecerlo del todo con su repique de tambores. Ya lo había advertido el escritor moralista Joseph Joubert: el sonido del tambor disipa los pensamientos. “Por ello es un instrumento eminentemente militar”.

Un siglo antes, también Heinrich Heine quiso a los alemanes despiertos, pero en un sentido contrario al pregonado por los nazis, para que dejaran de soñar en sus camas de plumas, único lugar en el que el alma alemana “se siente libre de cadenas terrenales”. Había que retorcer las narices al pobre Michel alemán –siempre tocado con su gorro de dormir mientras en Francia se cocían las revoluciones- hasta que despertase de su profundo sueño de gigante. Una vez, en medio de la desesperación, Heine trató de prenderle fuego al gorro de dormir,

“pero estaba tan húmedo a causa del sudor generado por tanto pensar, que sólo humeó suavemente…y Michel sonrió en medio de su apacible sueño”.

Retrato de Heinrich Heine (1797-1856)

Retrato de Heinrich Heine (1797-1856)

Cuando Pascal escribió que la desdicha del hombre se debe a que no sabe quedarse tranquilo en una habitación, seguramente quiso decir que el empeño por sortear la soledad no nos libra del tedio ni del temor a padecerlo. Desprovisto de cualquier estímulo externo que le distraiga, se expone a reflexionar acerca de su “condición débil y mortal”. En una habitación solitaria la imaginación y la memoria de la persona particular a la que se refería el gerifalte nazi se ven forzadas a dar lo mejor de sí, incluyendo esas “ideas heréticas” denostadas por el nazismo.

No fue éste el caso de Montaigne, que encontró la habitación propia en la biblioteca circular de su castillo, con tres vistas “de amena y despejada perspectiva”. En ella pasó la mayor parte de los días (no así las noches) en los últimos años de su vida. Esta habitación daba a una sala contigua “bastante coqueta”, que permitía encender fuego en invierno y recibía una luz agradable. Allí estaba su sede, en la que ejercía “una posesión absoluta”, escapando a “toda comunidad, conyugal, filial y cívica”.

Montaigne consideraba un desdichado a quien no tuviese en su casa un lugar donde estar a solas, “donde hacerse la corte en privado, donde esconderse”. De paso, criticaba a esos ambiciosos que sólo desean permanecer a la vista de todos, como la estatua en una plaza. Le parecía más soportable estar siempre solo que no poder estarlo nunca.

Tour_Montaigne

Restauración de la biblioteca de Michel de Montaigne en el castillo de Montaigne (Archéovision, 2005)

El uso de la cama, cuando estamos a solas en ella, es para la sabiduría, aseveró Joubert, avalando su sentencia con una máxima de Pitágoras: “Hay que hacer de la cama un templo”. En 1790 su coetáneo y también escritor, el saboyano conde de Xavier de Maistre -hermano menor del pensador Joseph de Maistre-, por entonces un joven oficial de los ejércitos del rey de Cerdeña, Piamonte y Saboya, fue arrestado en una fortaleza militar de Turín a causa de un duelo. En la celda no le faltaba de nada: un lecho confortable, una chimenea, una biblioteca, cuadros.

Además, estaba asistido por un criado y acompañado por una perrita. Allí concibió el libro Viajes alrededor de mi cuarto, en el que, sin perder la ironía y ayudado por la imaginación, divaga sobre diversas cuestiones, en la estela del Viaje sentimental por Francia e Italia, de Sterne. El viaje por una habitación de treinta y seis pies de contorno duró cuarenta y dos días, durante los cuales se las ingenió para transformar la celda forzosa en habitación propia.

Xavier de Maistre (1763-1852)

Xavier de Maistre (1763-1852)

Al escribir el libro pretendía brindar “un recurso seguro contra el fastidio y un dulce lenitivo a los males” de quienes lo padecen. En ese cuarto la cama, vestida de rosa y blanco -los colores del placer y la felicidad-, desempeña la impagable función de despertar la imaginación y “las más tiernas ideas”. En ella, dice De Maistre, “olvidamos durante una mitad de la vida los pesares de la otra mitad”. Y de paso ofrece una definición bastante precisa de este mueble indispensable:

“Es el teatro cambiante en el que el género humano tan pronto representa dramas interesantes como farsas risibles o tragedias espantosas. Ya es una cuna de guirnaldas de flores, ya es el trono del amor, ya es un sepulcro”.

En nuestra época un ejemplo ilustrativo de la individualidad del dormitorio se observa en el deseo del adolescente de marcar territorio en el suyo, decorándolo a su gusto, en contra de las pautas que rigen en el resto de las habitaciones de la casa. Aunque en realidad todos los cuartos de los adolescentes terminan pareciéndose, al igual que los salones de los apartamentos  familiares, cada cual cree que el suyo es el más original.

Cartel de la versión para el cine de la novela

Cartel de la versión para el cine de la novela “El dolor de Portnoy”, que en 1972 dirigió Ernest Lehman

Así como los escritores y dramaturgos modernos han encontrado en el dormitorio de matrimonio y su cama correspondiente un filón para sus historias, el dormitorio individual no parece despertar mucho interés. Ciertamente se necesita imaginación para iniciar una historia con un personaje acostado en la cama. Si al menos estuviese tumbado en el diván de un psicoanalista, como Alexander Portnoy, el joven protagonista de la novela de Philip Roth El dolor  de Portnoy, se le dejaría que hablase a sus anchas. Con semejante material se armaría un relato consistente y hasta ameno. Pero ¿qué se puede esperar de un personaje que acaba de acostarse en una cama dispuesto a dormirse lo antes posible?

Eso mismo pensó el director de la editorial Ollendorf, una de las tres a las que en 1912 Marcel Proust envió el manuscrito de Por el camino de Swann, el primer tomo de En busca del tiempo perdido. Este editor alegó en contra de su publicación que no podía comprender

“que un señor pueda emplear treinta páginas para describir el modo en que da vueltas en su cama antes de encontrar el sueño”.

En efecto, Por el camino de Swann comienza con el recuerdo del Narrador de un episodio de insomnio que debió de repetirse muchas veces en su vida. Fiel a su costumbre de acostarse temprano, media hora después de conciliar el sueño, y con la vela de la mesilla apagada, despierta aturdido por el recuerdo de un pasaje del libro que leyó antes de dormirse. Con los ojos abiertos, en medio de la oscuridad y el silencio, se pregunta qué hora será mientras oye el pitido lejano de los trenes. Al encender una cerilla para mirar el reloj a la luz, descubre consternado que falta poco para la medianoche. Vuelve a dormirse y se despierta un instante para escuchar los crujidos de los artesonados, sin saber quién es ni dónde está.

Cubierta de la primera edición de

Cubierta de la primera edición de “Por el camino de Swann” (1913), de Marcel Proust

Mientras intenta reconstruir con la memoria la dirección de la pared y el lugar que ocupan los muebles, recuerda las alcobas en las que pernoctó en su vida: en la cama con baldaquín del piso parisino de sus padres, en la casa de campo de su abuelo, en la de sus abuelos paternos en Combray, en la casa campestre de una vieja amiga, la señora de Saint-Loup. Alcobas de invierno, calentadas por el aire humoso de la chimenea, y alcobas de verano, iluminadas por la luz de la luna que, entrando por la ventana abierta, se posa a los pies del lecho.

Esos recuerdos casuales le trasladarán inmediatamente a episodios, lugares y personas de su “vida de antaño en Combray, en casa de la hermana de mi abuela, en Balbec, en París, en Doncières, en Venecia y en otras partes más, y en recordar los lugares, las personas que allí conocí, lo que vi de ellas y lo que de ellas me contaron”. De este modo, el Narrador emprende la búsqueda del tiempo perdido. Su inesperado regreso al pasado no habría sido posible sin la predisposición anímica a la que le condujo el insomnio en la habitación solitaria.

Habitación de Marcel Proust en la cvasa familiar de Illiers-Combray

Alcoba de Marcel Proust en la casa familiar de Illiers-Combray

El dormitorio vuelve a ocupar un lugar destacado en la novela de Proust  a raíz de la primera de las “intermitencias del corazón” que asaltarán al Narrador a lo largo de su vida. En este caso se trata de la escena de celos que, siendo niño, le montó a su madre en la casa de sus abuelos en Combray. Torturado por la perspectiva de que ésta no subiera a su dormitorio para darle el beso de todas las noches mientras atendía la visita de un vecino, le envía una nota a través de la criada rogándole que suba lo antes posible a su cuarto. A pesar del nerviosismo del niño, la madre se negó a satisfacer su deseo de quedarse toda la noche junto a él. Hasta que el padre –normalmente contrario a la costumbre de la madre de despedirse del hijo con un beso cuando estaba acostado en la cama- la convenció de que por esta vez satisficiera la petición desesperada del insomne.

El dormitorio individual y la cama reaparecen en las páginas que Proust dedica a la tía-abuela paterna del Narrador, Léonie, quien desde la muerte de su marido se enclaustró en su alcoba de la casa de Combray, tumbada todo el tiempo en la cama, sumida en un estado incierto “de pena, debilidad física, enfermedad, idea fija y devoción”, y atendida por la familia y la criada. Por la tarde la enferma crónica pasaba a otro cuarto contiguo para que se airease su dormitorio.

La buena mujer llevaba una vida rutinaria, marcada por las horas fijas en las que cumplía con los ritos cotidianos: tomar la pepsina, beber agua de Vichy, la comida frugal, los rezos del santoral, la charla con una vecina encargada de mantenerla al corriente de los sucesos locales. Al lado de la cama había una cómoda y una mesa que hacía las veces de escritorio y altar y en la que se mezclaban los medicamentos con la imagen de la Virgen y los misales. Cuenta el Narrador que “en la inercia en que vivía, atribuía a sus menores sensaciones una importancia extraordinaria”. Como no tenía a nadie a quien transmitírselas, se las anunciaba a sí misma mediante un monólogo perpetuo en voz alta.

Habitación de la tía Léonie (en la realidad, Élisabeth Proust), en la casa que la familia de Proust poseía en Illiers-Combray

Habitación de la tía Léonie (en la realidad, Elisabeth Proust), en la casa que la familia de Proust poseía en Illiers-Combray

Proust tuvo que identificarse con este personaje, inspirado en su tía paterna Élisabeth Proust, que también se encerró en su habitación, aquejada de una enfermedad aparentemente imaginaria, y pasaba todo el tiempo postrada en la cama. Compartía con ella una enfermedad crónica, en su caso el asma, que condicionaba sus hábitos de vida, y al enfrascarse en la escritura de su novela, se retiró a su apartamento parisino, forrando de corcho las paredes para neutralizar los ruidos de dentro y de fuera de la casa.

Jean Cocteau, que visitó más de una vez a Proust en su casa del bulevar Haussmann, describió su habitación casi veinte años después de la muerte del novelista:

“La garita de corcho, detrás de la cama de cobre; la mesa llena: frasquitos, un teatrófono (aparato que permitía oír lo que ocurría en determinados teatros), una pila de cuadernos escolares y, lo mismo que encima de los demás muebles, una pelliza de polvo que nadie limpiaba; la lámpara del techo envuelta en alpaca; la mesa de ébano encima de la que se amontonan, en la sombra, fotografías de mujeres de la vida, de duquesas, de duques y de lacayos de casas de nobles; la chimenea con el espejo muerto; fundas y más fundas; y ese polvo y ese olor a polvos contra el asma; olor de sepulcro; todo ese cuarto de Julio Verne era un Nautilus atestado de aparatos de precisión para calcular nuestros números, nuestras medidas y donde se convertía en inevitable la aparición del capitán Nemo en persona: Marcel Proust, delgado, exangüe, luciendo la barba de Carnot de cuerpo presente”.

Jean Cocteau (1889-1963)

Jean Cocteau (1889-1963)

Se entiende la preferencia de Proust por el episodio bíblico de Noé dentro del Arca. En la dedicatoria a su amigo Willie Heath que encabeza Los placeres y los días, cuando tenía veintitrés años, confiesa que, siendo niño, no le parecía

“tan desdichada la suerte de ningún personaje como la de Noé, por el diluvio que lo tuvo encerrado en el arca durante cuarenta días”.

Sólo cuando posteriormente estuvo enfermo a menudo, y debía permanecer también “largos días en el “arca”, comprendió que “nunca pudo ver Noé el mundo tan bien como desde el arca, a pesar de que estuviera cerrada y fuera de noche en la tierra”.

Al igual que la tía Léonie postrada en su lecho de enferma, el novelista contemplaba la realidad hasta en sus más mínimos detalles desde el promontorio de su enfermedad que, según su ama de llaves, Céleste Albaret, utilizó como excusa “para encerrarse todavía más en su vida recluida y en su trabajo sin que los demás le molestaran”. En ese estado vegetativo dejaba que afloraran sus recuerdos, junto a las minuciosas reflexiones que los acompañaban. Al emprender la escritura de su gran novela halló una justificación perfecta a su singular forma de vida. El dedo encontró su anillo.

f27413e1a5e3d78675e53babb8a5cbd8

Dormitorio de Proust en el apartamento de la calle Hamelin, donde murió el 18 de noviembre de 1922

En la novela de Proust el dormitorio constituye un ejemplo significativo del aprecio por la individualidad que cultivaba la burguesía de la época.Entonces las personas no se iban a la cama, como decimos ahora, sino que se retiraban a su dormitorio. El retiro como recogimiento y la habitación propia como algo más que el lugar donde nos aguarda la cama. Acostados en ella hacemos todas esas cosas en las que nadie puede sustituirnos: pensar, soñar dormidos y despiertos, leer y recordar, como el Narrador proustiano, tener ocurrencias luminosas, pero también sombrías. Remolonear. En el lecho solitario luchamos contra la enfermedad y nos morimos.

Desde la cama las cosas se ven  con más sosiego, en todos sus detalles, con una claridad deslumbrante. Pero al mismo tiempo, se forjan ideas y planes disparatados, se acarician  objetivos inalcanzables en la realidad, se toman decisiones y se emprenden aventuras que, al venir el día y posar los pies sobre el suelo, se derriten como Nosferatu bajo los primeros rayos del amanecer, sin dejar rastro. Será por eso que a Ramón Gómez de la Serna el hombre que se acaba de levantar, sentado en el borde de la cama, con el pijama puesto, la cabeza inclinada, el pelo revuelto y los ojos legañosos, le recordaba a un presidiario.

Es por la noche, acostados en el lecho, bajo el edredón, con los ojos abiertos en la oscuridad, cuando nos vienen las ideas y ocurrencias que convocamos inútilmente durante el día. La penumbra, el silencio, la sensación de bienestar entre las sábanas, la molicie a que se presta la postura horizontal, invitan a una expedición mental, preludio de los sueños que pronto nos visitarán, y en la que se encadenan sin orden ni concierto las imágenes y los pensamientos. Un recuerdo conduce a otro distinto, en una sucesión de saltos en apariencia imprevistos, como los de las pulgas. Hasta que nos dejamos acunar por los sueños. Sin percatarnos de ello, cruzamos la puerta que separa la conciencia despierta de la onírica, igual que la niña Alicia del cuento de Lewis Carroll aquella tarde calurosa en que, sentada a la orilla del río sin hacer nada y aburrida de la lectura del libro sin dibujos ni diálogos, se encontró con el conejo blanco de ojos rosados que sacaba el reloj de bolsillo del chaleco porque temía llegar tarde a algún sitio.

Ilustración de John Tenniel para el cuento

Ilustración de John Tenniel para el cuento “Alicia en el País de las Maravillas”, de Lewis Carroll

Lo peor que puede ocurrirnos en la cama es que, en vez de dormir, nos dediquemos a dar vueltas en busca del sueño. En la lucha contra el insomnio, lo importante no es que el sueño lo derrote sino que venza al insomne, o sea, al luchador. El mejor aliado del insomnio es la lucha que se sostiene contra él.

Kafka fue un verdadero experto en insomnios. A ellos les debemos las pesadillas que plasmó en sus novelas, relatos, cuadernos de notas y en el diario. Precisamente algunas de éstas comienzan, como la novela de Proust, con un personaje acostado en la cama de su habitación. Sólo que, a diferencia del Narrador proustiano, éste despierta o es despertado en el lecho a causa de algún extraño incidente que altera por completo el orden por el que hasta poco antes se regía su vida.

En La transformación, Gregor Samsa se despierta una lluviosa mañana de otoño en el dormitorio de la casa de sus padres convertido en un insecto monstruoso. Menos mal que cuando su madre llamó para preguntarle si se encontraba bien, puesto que aún no se había marchado al trabajo, la puerta estaba cerrada por dentro, siguiendo una vieja costumbre que denotaba la existencia de un sentimiento de extrañeza ante sus padres y hermana. Gregor se sentía en la casa familiar como el pupilo en una pensión. La súbita transformación en un bicho repelente en su propio dormitorio no hizo más que confirmar aquel sentimiento de extrañeza.

Cubierta de la edición alemana de

Cubierta de la edición de 1916 de “La transformación”, relato del que este año se cumple el centenario de su publicación. Kafka no quiso que se representara a Gregor Samsa convertido en un insecto monstruoso

Sin embargo, el encierro en su cuarto no le libró de exponerse a la mirada perpleja y aterrorizada de sus padres, de su hermana y hasta de su jefe, quien se presentó en la casa alarmado por la ausencia de Gregor. En este relato de dormitorio, que anticipa los temas de El proceso y El castillo, Kafka abordó una de la lacras de nuestro tiempo: el asalto a la privacidad. En sus historias, una fuerza misteriosa viola la intimidad del protagonista en el espacio más privado del que dispone una persona.

El proceso arranca con el arresto de un joven empleado de banco cuando estaba aún acostado en el lecho, antes del desayuno, en el dormitorio de la pensión en la que vive, por dos funcionarios judiciales que le acusan de haber infringido la ley, sin precisar los términos de la infracción. Durante la detención, una anciana le observa desde la ventana de enfrente. Hasta su ejecución un año después por los verdugos que trabajan para el tribunal que lo juzga, Joseph K. será acosado constantemente por personas y circunstancias relacionadas con su proceso.

Escena de la película

Escena de la película “El proceso”, de Orson Welles, en la que Josep K. (Anthony Perkins) es arrestado en su dormitorio

Pero fue en El castillo donde llevó al extremo la sensación de acoso que sufre el agrimensor K. Ya la misma noche de su llegada a la aldea asentada a los pies del castillo del conde Westwest, no pudo conciliar el sueño en la sala que se le habilitó en la posada porque, en el mismo momento en que, rendido de cansancio, acababa de dormirse junto a la estufa, el hijo del alcaide del castillo lo despertó para comunicarle que carecía de autorización para pernoctar en la aldea, dependiente de la administración condal.

En su propósito de acceder al castillo a fin de desempeñar allí el puesto de agrimensor para el que fue reclamado, K verá continuamente violada su intimidad. Así, en el local que se le asigna para que lo comparta, a modo de dormitorio, con su amante Friedra, no pueden desprenderse de los dos ayudantes que siguen a la pareja a todas partes.

Mientras vivió en casa de sus padres, Kafka sentía que la familia –la “noria familiar”- coartaba su anhelo de “autonomía, de independencia, de libertad en todos los aspectos”. Sólo cuando estaba en su habitación satisfacía algo ese anhelo, siempre que los ruidos y las charlas en las habitaciones contiguas no le incordiasen. Fue  tumbado sobre el canapé de su cuarto o acostado en la cama, bajo los efectos del insomnio y con el oído avizor, donde concibió y escribió algunas de sus fantasías o “ideas heréticas”, según la jerga del jefe nazi Robert Ley. La cama era también su lugar preferido para escribir cartas imaginarias a sus novias y amigos íntimos.

“Habitación del hotel” (1931), de Edward Hopper

En el siglo XX la pérdida del dormitorio individual, emblema de la burguesía decimonónica, se convirtió en una expresión más de la pérdida de intimidad. En la época de las masas, de las aglomeraciones, de los grandes flujos migratorios, de las colectivizaciones (palabra detestable), de las tiranías totalitarias, de las matanzas masivas, de los transportes masivos, del turismo de masas, de la industrialización de casi todo, el dormitorio fue el primer damnificado.

Nunca las personas han estado menos solas y tan desagradablemente acompañadas, mejor dicho, apiñadas: en las avenidas de las ciudades, en los transportes públicos, en las salas de espera, en las playas de veraneantes, en los museos, en los centros turísticos, en los restaurantes y hoteles. Los ruidos, a los que tanto temían Proust y Kafka, se nos cuelan por todas partes, empezando por el ronroneo de motor que se oye día y noche en cualquier ciudad, por pequeña que sea, como si viviésemos en un gigantesco taller de automóviles. Ni siquiera se nos permite morir en nuestra casa, en nuestra habitación. La simple posesión de un dormitorio propio constituye para muchos un sueño y su carencia, una pesadilla.

En las sociedades gobernadas por regímenes comunistas las personas estuvieron demasiado familiarizadas con esta carencia. La intimidad adquirió el rango de lujo imperdonable. En los recuerdos que anotó en su exilio norteamericano, el poeta Joseph Brodsky reveló que en la Unión Soviética el espacio vital mínimo por persona era de nueve metros cuadrados. Durante su infancia en el Leningrado de la postguerra (hoy San Petersburgo) sus padres y él tenían que compartir una habitación y media, en un bloque de seis plantas. La cocina, el cuarto de baño y el retrete eran comunitarios.

Joseph Brodsky

Joseph Brodsky (1940-1996)

Después de la Revolución, y de acuerdo con la política de “condensar” a la burguesía, el edificio fue dividido en apartamentos minúsculos, como el que habitaba la familia Brodsky. Se levantaron tabiques en las habitaciones de tabla, ladrillos, estuco. El mueble más grande la casa era la cama de sus padres, alrededor de la cual gravitó la mayor parte de sus vidas. Su Lebensraum (en alemán “espacio vital”), como él llamaba a su cuarto minúsculo, medía diez metros cuadrados, “los mejores que he conocido en mi vida”. Allí tenía su escritorio, la máquina de escribir y las estanterías de libros, una de las cuales le servía para contrarrestar los sonidos procedentes del piano que tocaba la hija pequeña de los vecinos.

Una de las peores obsesiones que acució a los soviéticos en la Rusia de Stalin fue lo que en sus memorias Contra toda esperanza Nadiezhda Mandelstam (1899-1980), la viuda del poeta Osip Maldestam, denominó “superficie habitable”, el eufemismo que se utilizaba para designar las habitaciones de doce metros y medio que se distribuían en las residencias comunales. “Por ella y a causa de ella se han cometido no pocos crímenes”, matiza la autora.

Durante su estancia en Vorozneh, en una ocasión ella y su marido visitaron a una cantante exiliada de Leningrado para la que Osip Mandelstam había escrito una versión libre de algunas canciones napolitanas con la intención de que pudiera interpretarlas en una emisora de radio. Al llegar a casa de la mujer, la encontraron acostada en la cama. Su marido había sido detenido por segunda vez.

Nadiezhda Mandelstam

Nadiezhda Mandelstam  (1899-1980)

Nadiezhda comenta que la gente que sufre una conmoción se acuesta siempre. Su propia madre, que en la guerra había ejercido de médico en el frente, le contó que la gente en todas las casas estaba acostada, sin moverse, incluso en los lugares donde había pan y no se apreciaban síntomas de extenuación por hambre. Los estudiantes hacían lo mismo en las residencias colectivas. Los empleados se acostaban al regresar de sus trabajos. “Todos lo hacemos; también yo me pasé acostada toda la vida”, confiesa Nadiezhda Mandelstam.

Ese deseo apremiante de meterse en la cama y permanecer el máximo tiempo posible dentro de ella, evidenciaba una impotencia generalizada para enfrentarse a las limitaciones asfixiantes que la dictadura estalinista imponía a las personas en el normal desenvolvimiento de su vida cotidiana. El lecho como refugio y sumidero de recuerdos ingratos, pero también como afirmación, ciertamente precaria, de la persona particular que hubiera dicho Robert Ley.

En cuanto nos acostamos en la cama con el sano propósito de dormirnos, adoptamos la postura fetal, la mejilla sobre la almohada, las piernas ligeramente dobladas y los brazos cruzados sobre el pecho: una reminiscencia de la que tuvimos en el vientre materno. Desnudo o en pijama, el cuerpo se encoge y se infantiliza, recobrando su lejana fragilidad. Se pliega sobre sí mismo para recibir a Morfeo. En esos momentos la cama se asemeja a una placenta en la que el durmiente reposa entre sábanas, con el cuerpo cubierto hasta el cuello por el cobertor, dibujando un abultamiento que recuerda al vientre de una mujer embarazada. También evoca al nido trenzado del pájaro, con la ventaja de que éste no necesita rellenar con plumas la cavidad en la que reposa. Le bastan con las de su cuerpo.

“El dormitorio en Arlés” (segunda versión, 1889), de Vincent van Gogh

Nada más normal que en semejante lugar y postura la pereza se encuentre a sus anchas, sobre todo en las mañanas invernales. El simple hecho de levantarse constituye una verdadera hazaña de la voluntad, una demostración de que estamos dispuestos a encarar la nueva jornada, cueste lo que cueste y pese a quien pese. Por mucho que esta acción se repita todos los días y el cuerpo se acostumbre a ella, cada mañana adopta una forma diferente porque no todos los días la disposición anímica es la misma. Los habrá en que nos levantemos sin pensárnoslo dos veces, de golpe, como si una fuerza invisible nos expulsara del lecho. Pero otros días ocurrirá a la inversa: esa misma fuerza tratará de sujetarnos al colchón y a la almohada. Es cuando decimos, repitiendo un viejo dicho popular, que las sábanas se nos pegan al cuerpo para eludir la verdad: que somos nosotros los que nos pegamos a ellas.

Eso era lo que le ocurría a Illiá Ilich Oblómov, el singular personaje de la novela Oblómov, de Iván  A. Goncharov, quien, estando bien de salud, pero afectado de una debilidad similar a la que decía padecer periódicamente Nadiezhda Mandelstam, se mostraba incapaz de abandonar la cama y salir del dormitorio de su casa burguesa. Aristócrata de nacimiento, a la muerte de sus padres se convirtió en un rentista, con trescientos cincuenta siervos. Alquiló una casa en San Petersburgo, preparándose para ejercer alguna actividad importante e imaginando el papel que haría en la sociedad. Incluso soñaba con la felicidad familiar.

Los años se sucedieron, engordó, se le cayó el pelo de la cabeza, asomaron las primeras canas y a los treinta años estaba varado en el camino de la vida. Al principio le costaba estar vestido todo el día en casa; después le dio pereza almorzar en otras casas. Se cansó de salir, de vestirse y de afeitarse todos los días. Perdió el hábito de moverse, de vivir, de ver gente, de hacer algo.

Ilustración para la novela

Ilustración para la novela “Oblómov”

Si alguien venía a visitarle, le advertía que no permaneciese mucho tiempo para evitar que le transmitiese el aire frío de la calle. Es verdad que leía libros pero en cómodos plazos y siempre que la lectura no alterase sus insaciables ganas de dormir. Le roía la envidia al pensar que otros llevaban una vida plena, mientras él, como una pesada piedra, yacía postrado “en el estrecho y mísero sendero de su existencia”, o sea, en la cama, sin poder desarrollar sus fuerzas morales y carente de preparación para la vida. Sólo viajó en una ocasión, rodeado de colchones de plumas, naturalmente. ¡Cuántas facetas seguían dormidas en él por culpa de su indolencia! Las actividades pendientes de ejecución se le acumulaban día a día, sin que por ello perdiese la esperanza de acometerlas alguna vez.

Únicamente su amigo Shtolz estaba al corriente de sus capacidades, de “ese trabajo volcánico de su ardiente imaginación, de su corazón tan sensible” que se lamentaba de las penalidades de la humanidad y ardía en deseos de participar de la vida, de incorporarse al mundo.

Ilustración que representa a Oblómov tumbado en su diván

Ilustración que representa a Oblómov tumbado en su diván

A veces se imaginaba ser un caudillo invencible, más que Napoleón; inventaba guerras y sus causas, organizaba cruzadas y hasta combatía, decidía el destino de los pueblos, arrasaba ciudades, perdonaba, era clemente, cruel. Todo ello sin salir de la cama. Por las mañanas, en cuanto se levantaba del lecho y desayunaba, se tumbaba de inmediato en el diván, apoyaba la cabeza en la mano y meditaba. Hasta que, cansado de tanto meditar, la conciencia le decía que ya había hecho bastante por el bien común.  Sólo entonces se tomaba un descanso y adoptaba una postura más cómoda.

Aunque la actitud pasiva de Oblómov pueda interpretarse como una metáfora de la parálisis y decadencia de la clase social a la que pertenecía el personaje, lo cierto es que en éste la imaginación pesaba más que la voluntad. La mera idea de tener que hacer algo le disuadía del deseo de hacerlo. No encontraba ningún sentido a la acción. La cama era al mismo tiempo su cuartel de invierno y su campo de maniobras. Las ganas de vivir se le contrajeron a la mínima expresión. Eso no significa que no sintiera. Como a Proust y a la tía Léonie, la inactividad le llevaba a concentrar sus esfuerzos en la imaginación y los sentidos, siempre receptivos a las sensaciones que normalmente escapan a las personas ocupadas. Se diría que conquistaba el mundo entero antes de levantarse de la cama (Pessoa dixit).

La cama de Fernando Pessoa en la casa donde vivó los últimos quince años de su vida. El edificio, ubicado en el número 16 de la Rua Coelho da Rocha en Lisboa, fue reconstruído para convertirse en centro cultural. De la casa orginal sólo se conservan el cuarto del poeta y la antesala

La cama de Fernando Pessoa en la casa donde vivió los últimos quince años de su vida. El edificio, ubicado en el número 16 de la Rua Coelho da Rocha en Lisboa, fue reconstruido para convertirse en centro cultural. De la casa original sólo se conservan el cuarto del poeta y la antesala

 

Anuncios
7 comentarios leave one →
  1. ivanbonet permalink
    enero 20, 2015 3:18 pm

    Hola.

    Interesante artículo. Siempre es un placer leerte. Saludos.

  2. enero 20, 2015 4:54 pm

    En Especies de espacios, Georges Perec trabaja el espacio de la habitación con una perspectiva proustiana: “el espacio de la habitación funciona en mí como una magdalena proustiana (este proyecto se realiza bajo su invocación evidentemente)”. Siguiendo su necesidad de enumeración, Perec establece el proyecto de describir todas las habitaciones en las que ha dormido: “el espacio resucitado de la habitación basta para reanimar, para devolver, para reaviviar los recuerdos más fugaces, más anodinos, así como los más esenciales. La única certidumbre cenestésica de mi cuerpo sobre la cama, la única certidumbre topográfica de la cama en la habitación, reactiva mi memoria, le da una agudeza, una precisión que casi nunca tiene en otras situaciones […]”. Además de divagar sobre los diferentes tipos de habitación, usos y límites, Perec también reflexiona sobre la cama, un lugar maravilloso: “Cuando leí Vingt ans après, L’Ile mystérieuse y Jerry dans l’île lo hice tumbado tripa abajo en mi cama.La cama se convertía en cabaña de tramperos, o bote salvavidas en pleno océano tempestuoso, o baobab amenazado por un incendio, tienda levantada en el desierto, anfractuosidad propicia a unos centímetros de la cual pasaban unos enemigos con las manos vacías. He viajado mucho al fondo de mi cama.” Especies de espacios es un buen complemento al –como siempre– excelente artículo que nos traes Jaime. Un abrazo.

    • enero 20, 2015 5:31 pm

      Gracias, Kim, por estas citas que son un oportuno complemento del artículo. Parece que Perec escribió este texto influido por la lectura de Proust y el recuerdo de las alcobas, con sus camas, en las que durmió en el pasado. La cama como lugar idóneo para rememorar…Un abrazo.

  3. Maia L.B. permalink
    enero 21, 2015 10:17 am

    Mi habitación propia es lo que más extraño de mi juventud y años de soltera. Sé que volveré a tenerla en algún momento. Quizá cuando los chicos crezcan.
    Me asombró no ver aquí a Virginia Woolf, entre los nombrados. Aunque Virginia habla más bien del despacho, el sitio de escritura y trabajo personal que de la alcoba.
    Excelentísimo post.

  4. enero 21, 2015 10:32 am

    Muchas gracias, Maia. Al principio del tercer párrafo de la entrada, debajo de la foto de la miniatura medieval, verás que se cita la “habitación propia” de Virginia Woolf, cierto que, como bien señalas, más como espacio para trabajar, pero en cualquier caso como un espacio en el que la mujer puede ejercitar su intelecto. Claro que no podía faltar.
    Que no se demore mucho esa reconquista de la habitación de soltera…Un abrazo

  5. Ángel Saiz permalink
    enero 22, 2015 6:54 pm

    Jaime, nunca un espacio tan reducido (la alcoba) ni un tiempo tan breve (los momentos antes de dormirnos al acostarnos) habían dado tanto de si. Desde luego, los temas literarios no necesitan exclusivamente acción y aventuras reales, nuestra mente es capaz de forjarlos imaginariamente… sin salir de la cama. ¡Vaya, viaje, Jaime, que hemos recorrido contigo sin salir del dormitorio! Excelente maestría narrativa, analítica y expositiva.

    • enero 22, 2015 9:27 pm

      Muchas gracias, Ángel. Ejemplos de escritores “cameros” no faltan, aunque tampoco sean muchos. Ni falta que hace.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s