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De las botas parlantes de Flaubert al zapato comestible de Chaplin

diciembre 16, 2014

Al contrario que los árboles, que echan raíces y no pueden ir a ninguna parte, nosotros tenemos pies que nos permiten movernos adonde queramos. Pero ese movimiento sería muy dificultoso si no lleváramos unos zapatos que los protegiesen de las inclemencias del suelo. Pese a la valiosa función que desempeñan, los zapatos –que siempre van emparejados y, al contrario que los calcetines, no suelen prestarse al desparejamiento matutino y somnoliento- son el objeto más pedestre de nuestro vestuario, el único que tiene la humilde, que no humillante, facultad de rozar el suelo mientras caminamos. En cuanto nos los calzamos, nos olvidamos de ellos, confiando en que no nos fallarán. Tienen que apretarnos, o rozar más de lo debido alguna zona del pie, para que nos acordemos de ellos.

A Akaki Akákievih, el desdichado funcionario imaginado por Gógol al que le robaron su viejo capote una noche invernal mientras caminaba por una calle de San Petersburgo, sus padres lo bautizaron con ese nombre, Akaki, palabra de origen griega, Ακάκιος (Akákios), que puede traducirse como “sin maldad”. Pero la inocencia la llevaba escrita en el apellido, Baschmachkin, que deriva  de bashmak, zapato. Y eso que sus antepasados no usaron más que botas, como nos informa el narrador de El capote, un rasgo distintivo que denotaba un rancio orgullo familiar, en las antípodas de la modestia de Akaki.

“Eligiendo el nombre de Akaki Akákievich” (1937), ilustración del artista ruso Nathan Altman

“Eligiendo el nombre de Akaki Akákievich” (1937), ilustración del artista ruso Nathan Altman

Los zapatos pisan sin maldad alguna; no así muchos de sus dueños, que van por la vida pisoteando a sus congéneres. Cierto que pisan por pura necesidad, porque no les queda más remedio. Es su función y fueron fabricados para desempeñarla cómodamente el máximo tiempo posible. Ellos son la vanguardia de la gravedad física que nos empuja siempre hacia abajo. Cualquier lugar que pisemos por primera vez, los zapatos serán los primeros en tocar suelo.

Pese a la ausencia de gravedad espacial, los tres astronautas que aterrizaron en la Luna el 20 de julio de 1969 a bordo del Apolo XI no cayeron de cabeza en el ceniciento suelo del satélite al descender de la nave espacial sino que, como en cualquier otro lugar de la Tierra, fueron sus pies los primeros en posarse. Unos pies enfundados en aquellos extravagantes zapatones blancos como su traje, cuyas suelas rayadas grabaron las primeras huellas humanas en la arena lunar, que luego nosotros, espectadores perplejos de aquel insólito acontecimiento, grabamos en nuestra memoria, donde se conservan intactas, al contrario que las originales.

La costumbre de ir calzados por la vida no significa que hayamos perdido la sensibilidad en los pies. Aunque caminásemos con los ojos cerrados, seguro que distinguiríamos enseguida la clase de piso que huellan las suelas de nuestros zapatos: un camino empedrado o arenoso, unas simples baldosas, una tarima, una moqueta o una mullida alfombra. De todas los suelos que pisamos, sin duda el más placentero es el alfombrado, tanto que algunos, una vez que se acostumbran, se las arreglan para pasearse todo el tiempo que pueden sobre alfombras. Hasta que se les suben a la cabeza. Pero, ay, ese placer, como tantos otros, no dura toda la vida y un día tienen que volver a pisar el duro suelo y gastar las suelas impolutas de sus zapatos.

Huellas de los tres astronatutas que por primera vez pisaron la Luna, el 20 de julio de 1969

Huellas de los tres astronatutas que pisaron por primera vez  la Luna, el 20 de julio de 1969

Que yo sepa a ningún novelista se le ha ocurrido todavía la idea, pero no estaría mal que alguno nos contara la vida de un personaje, hombre o mujer, a través de las variantes de calzado que usó: zapatos, zapatillas, playeras, tacones, alpargatas, botas de caña alta o media y fabricadas con materiales diversos –charol, piel, goma-, botines, sandalias, chanclas y chanclos, chancletas, y, por qué no, hasta las  pantuflas y su numerosa parentela. Desde la infancia, en la que sintió el placer de los zapatos nuevos –un placer tan intenso e inolvidable que ha dado origen a la expresión que compara cierta dicha con la sensación de sentirse “como un niño con zapatos nuevos”- hasta la vejez en la que sus pies pasaron más tiempo al abrigo de las pantuflas hogareñas que en cualquier otra modalidad de calzado.

Por ejemplo, ¿qué secreto mensaje le transmitió al Narrador de En busca del tiempo perdido la bota que se disponía a descalzarse en la habitación del hotel de Balbec para que, en el preciso instante en que tocó el primer botón de ésta, se le llenase el pecho “de una presencia desconocida y divina” y le vinieran las lágrimas a los ojos? Simplemente, le sucedió que aquel gesto de agacharse para descalzarse la bota le trajo a la memoria el rostro “tierno, preocupado y decepcionado” de su querida abuela, fallecida un año antes, y con la que estuvo la última vez que se alojó en el hotel de esa estación costera.

Aquella primera noche de su regreso a Balbec, antes de acostarse, se le aparecía de pronto la imagen de la difunta en la memoria para recordarle que realmente estaba muerta. Hasta entonces sólo se había enterado del doloroso acontecimiento. Fue al inclinarse y tocar el botón de la bota con la punta de los dedos cuando su corazón asimiló de verdad la triste noticia.

Fotografía fechada en en la localidad normanda de Cabourg en 1896, donde veraneaba, al igual que la aristocracia y las clases altas de París. Fue en esta estación costera en la que se inspiró para recrear Balbec en su novela

Marcel Proust en 1896, en Cabourg, la estación costera de Normandía en la que veraneaba, al igual que la aristocracia y las clases altas de París, y en la que se inspiró al recrear la imaginaria Balbec

También se podría prestar voz a los propios zapatos, dejarlos que hablen, aunque no tengan lengüeta; que cuenten cosas de ellos mismos, desde la niñez, en que fueron unos zapatos nuevos, con la piel tersa y las suelas y los tacones en perfecto estado, hasta la vejez cansada, a la que llegaron después de mucho trote. ¡Cuántos secretos guardan! La de lugares que habrán pisado que quizá sus dueños preferirían olvidar; la de conversaciones que habrán escuchado y la de cosas que habrán visto, pese a la posición poco estratégica que suelen ocupar (es el inconveniente de estar en la otra punta).

En una carta a su amante Louise Colet, Flaubert bordeó la idea de un relato vital imaginando un par de botas viejas, a las que incluso prestó voz, cuando le dijo que la mera contemplación de éstas tendría que producirnos “una honda tristeza y una amarga melancolía”. Y añadía:

“Cuando pensamos en todos los pasos que dimos con ellas para ir no se sabe dónde, y en todas las hierbas  que pisaron, y en todos los barros que se pegaron en las mismas… el cuero que revienta en un bostezo parecen decirnos: “…después, imbécil, cómprate otras, unas botas de charol, relucientes, que crujan, y terminarán aquí, igual que yo, igual que tú algún día, cuando ya hayas ensuciado muchas cañas y sudado muchos empeines””.

“Par de botas” (1887), de Vincent van Gogh

Este breve monólogo de las viejas botas parlantes de Flaubert se corresponde con su gusto por los contrastes fuertes, como cuando le confesó a Louise que la cuna de un niño le sugería la imagen de una tumba. La asociación de las botas con el barro tuvo que perseguirle porque en Madame Bovary se refiere al barro adherido a los botines de Emma Bovary como “el barro de las citas” adúlteras con su amante, el fatuo Rodolphe Boulanger.

En la imaginación de Flaubert los zapatos masculinos y femeninos casi tienen vida propia. Sartre subrayó en El idiota de la familia, el ensayo que dedicó al novelista, que el calzado era un motivo esencial tanto en su vida como en su obra. Ya de niño contemplaba extasiado los botines femeninos. En su escritorio guardaba las chinelas que Louise Colet llevó en su primera noche de amor. A ella misma le contaba por carta que de vez en cuando las sacaba para acariciarlas y besarlas. Durante su viaje a Oriente mandó hacer unas botas de las que comentó a su amigo Alfred Baudry que le producían “una gran voluptuosidad”.

Emma Bovary y su primer amante Rodolphe Boulanger, en la película de Vincente Minelli

Emma Bovary y su primer amante Rodolphe Boulanger, en la versión de “Madame Bovary” que rodó Vincente Minnelli

En Madame Bovary abundan las menciones al calzado de los personajes y las connotaciones vinculadas a rasgos de su personalidad y carácter. Como el niño Flaubert cuando se extasiaba ante unos botines femeninos, el adolescente Justin ruega a la criada de Emma que le permita lustrar los botines de su ama, manchados con el barro de las citas. Ésta menosprecia, entre otros motivos, a su marido Charles Bovary por la vulgaridad de las botas que gasta y, en cambio, admira las botas relucientes que luce Rodolphe para impresionarla aquella mañana en que ambos salieron a dar un paseo a caballo. Mucho más práctico que Rodolphe, Charles usaba las botas para andar, ni más ni menos, no para lucirlas ni presumir de virilidad. Por su oficio de médico rural, estaba acostumbrado a visitar a los pacientes de los pueblos incluso a deshoras. Lo último que se le habría pasado por la cabeza es que sus botas fuesen un objeto de lujo.

Jean François Balmer e Isabelle Huppert, en los papeles de Charles y Emma Bovary respectivamente, en la versión cinematográfica de Claude Chabrol (1991)

Jean François Balmer e Isabelle Huppert, en los papeles de Charles y Emma Bovary respectivamente, en la versión cinematográfica de Claude Chabrol (1991)

Así como Emma Bovary nunca sospechó que el barro pegado a sus botines pudiera convertirse en una prueba delatora de sus visitas clandestinas a la casa de su amante, Rodión Raskólnikov, el estudiante de Crimen y castigo que asesinó con un hacha a las dos viejas hermanas Aliona e Isabel Ivanovna, temió en los primeros días que siguieron al crimen que los restos de sangre de las víctimas en sus botas levantasen sospechas. Aunque tras el doble asesinato, las lavara con un trapo mojado, no estaba seguro de que las manchas hubiesen desaparecido del todo. De regreso a su casa, tumbado en el diván, y presa de la fiebre, un rayo de sol que entraba por la ventana se posó sobre la punta de la bota impregnada de sangre, que ni la caminata ni el barro habían logrado eliminar del todo. ¿Cómo desembarazarse de ella?

Después de cuatro días delirando sobre el diván de su cuartucho, atendido por la patrona y su amigo Razumikhin, preguntó qué había dicho en sus accesos de delirio, temiendo que sus palabras le hubiesen delatado. Habló de un perro bulldog, de unas cadenas de reloj, de unos pendientes y manifestó un interés inusual por la punta de una bota. No hacía más que pedir que le dieran su bota. Hasta que al fin alguien satisfizo su deseo. Durante veinticuatro horas no quiso separarse de ella. El amigo se encargó de comprarle ropa nueva a un trapero, y también un par de botas de segunda mano que habían pertenecido a un secretario de la Embajada de Inglaterra y que sólo las usó seis días. Para calcular el número del pie había recurrido a la bota vieja, la que se ensució con la sangre de las viejas asesinadas. Luego la arrojó a la basura. De esta manera desaparecía una de las pruebas del delito.

La obsesión febril de Raskólnikov con la bota manchada de sangre no fue más que un indicio de que en su conciencia había comenzado la vuelta atrás hacia la culpa y el arrepentimiento, un largo camino que pudo recorrer hasta el final gracias al amor de Sonia.

Ilustración para la novela de Dostoyevski

Ilustración para la novela de Dostoyevski “Crimen y castigo”

Pero, sin duda, los zapatos más famosos, las que encierran más historias imaginarias y que hasta se han hecho merecedores de sesudos comentarios, son los que Van Gogh pintó en 1886, durante su estancia en París. Ante la escasez de dinero, no podía permitirse el lujo de contratar modelos que posaran para él, por lo que tenía que recurrir a objetos cotidianos, como ese par de zapatos desgastados por el uso, el tiempo y la dureza de los trabajos desempeñados por su dueño.

Para el pintor holandés un par de zapatos y de botas viejas y deformes tenían tanto interés como un paisaje o un retrato. De hecho, les dedicó varios cuadros. ¿Qué importaba que, como objetaban algunos pintores conocidos suyos, esos lienzos no pudieran colgarse en el salón de una casa? Ya en una carta a su hermano Theo le había exhortado a que encontrase bello todo lo que pudiera, puesto que “la mayoría no encuentra nada suficientemente bello”. Él se consideraba un pintor de campesinos y procuraba pintarlos como si se fuese uno de los suyos, sintiendo y pensando como ellos. No había que extrañarse de que los lienzos en los que los retrataba oliesen luego “a grasa, a humo, a olor de patatas, como un establo huele a estiércol”. ¿A qué iban a oler sino? Un cuadro de aldeanos no debe estar nunca perfumado.

Retrato de Vincent van Gogh realizado en 1886 por Peter Russell

Retrato de Vincent van Gogh realizado en 1886 por Peter Russell

Es cierto que las pinturas de su estilo no se vendían porque el público las consideraba extrañas y hasta fuera de lugar. Theo le había advertido de la indiferencia que suscitaban los cuadros de Millet, quien, como Vincent le recordó en una carta, había dicho que no quería de ninguna manera suprimir el sufrimiento humano “porque a menudo eso es lo que lleva a que los artistas se expresen con mayor energía”.

Prueba de ello es que el propio Millet soportase con naturalidad la indiferencia del público, algo imposible si hubiese sentido la necesidad de calzar unos hermosos zapatos y de enriquecerse. Pero, no, él prefería andar con zuecos. “Lo que yo espero –le decía Vincent a Theo- es no perder de vista jamás que “se trata de ir en zuecos”, quiero decir con esto, que se trata de estar contento de tener la bebida, la comida, la cama y la ropa, de estar, en suma, contento con lo que tienen los campesinos”.

“Un par de zuecos”, de Van Gogh

Ante el desinterés del público, le recalcaba que quien quiera hacer algo bueno o útil no debería apoyarse “en la aprobación general, ni desearla, sino, por el contrario, no esperar simpatía o ayuda más que de muy pocos espíritus y aun de poquísimos”. En otra carta le comentó que “en la sociedad actual, nosotros, los artistas, no somos más que cántaros quebrados”.

La polémica desatada en torno al par de zapatos pintado por Van Gogh comenzó tras la conferencia que Martin Heidegger prounció en 1935 en la Universidad de Friburgo, en la que puso un lienzo del pintor holandés como ejemplo para explicar su idea de la obra de arte. La elección no era casual. Aunque no lo confesara, el filósofo se identificaba con el apego del pintor al mundo de los campesinos.

Para empezar, Heidegger da por sentado que los zapatos pintados –los expertos barajan dos cuadros, el fechado en París en 1886, también el más conocido, y otro en septiembre de 1888- pertenecen a una campesina.  Con un amplio vuelo retórico, argumenta que

“en la oscura boca del gastado interior del zapato está grabada la fatiga de los pasos de la faena (…) En el cuero está estampada la humedad y el barro del suelo”.

“Un par de zapatos”, de Van Gogh (París, 1886). Éste es el cuadro en el que se cree que se inspiró Heidegger para su comentario y los que le siguieron años más tarde de Meyer Schapiro y Derrida

Según Heidegger, en esos zapatos abollados “tiembla la ca­llada llamada de la tierra”. La campesina se los quita y se los calza sin necesidad de mirarlos, “ni de reflexionar en nada”, ya que “el ser-utensilio del utensilio resi­de en su utilidad”. No es a través de la descripción de un zapato real y visible, ni observando el uso que se le da, como se llega a la médula del “ser-utensilio del utensilio”, sino que logramos descifrar su sentido merced a la obra de arte.

El cuadro de Van Gogh nos habla porque el arte alumbró al pintor para que pintara ese par de zapatos que sólo él veía, hasta el punto de penetrar en su esencia. Simplemente, la obra de arte revela todo un mundo que permanece escondido en el objeto real en el que se inspira, un par de zapatos en este caso.

Treinta y cinco años después de la conferencia de Heidegger, el historiador de arte Meyer Schapiro afirmó que el filósofo alemán erraba en su análisis del cuadro y que los zapatos pertenecían a un hombre de ciudad, no a una campesina, y en ellos se había retratado el propio Van Gogh.

Meyer Shapiro

Meyer Schapiro (1904-1996)

Schapiro pensaba que sólo es posible comprender el significado del cuadro si se desentrañan las intenciones del pintor. Creía que Heidegger se equivocó al reflejar en la obra sus propias ideas sobre “lo primordial y lo mundano”, expresión del romanticismo trasnochado de la unión del pueblo con la tierra y la patria que sin embargo elude “lo personal y fisonómico” de los zapatos. Para ello se remitía a una cita extraída de la novela Hambre, de Knut Hamsun, en la que el protagonista, al reflexionar acerca de sus zapatos, dice:

“Como si nunca hubiera visto mis zapatos, me puse a estudiar su aspecto, su mímica cuando movía el pie, su forma y sus cañas usadas y descubría que sus arrugas y sus costuras descoloridas les daban una expresión, les comunicaban una fisonomía. Algo de mi ser había pasado a mis zapatos y me hacían el efecto de un hálito que se elevaba hacia mi yo, de una parte de mí mismo que respiraba…”

Knut Hamsun en 1895. Siete años antes había publicado su novela

Knut Hamsun en 1895. Siete años antes había publicado su novela “Hambre” que lo hizo famoso

A Schapiro le atrajo la individualidad de los zapatos pintados por Van Gogh, la forma personal que adquirieron después de ser usados. Simbolizan una vida de peregrinación y de indigencia material, como la que padecían muchos artistas de la época. Reafirmándose en su tesis, menciona un pasaje de las memorias de Paul Gauguin:

“En el estudio de Van Gogh había un par de grandes zapatos con clavos, muy gastados manchados de barro; él hizo de ellos una notable pintura de naturaleza muerta. No sé por qué intuí que había una historia tras esta vieja reliquia”.

En 1977 Jacques Derrida terció en el debate para mostrar su discrepancia con Heidegger y Schapiro, reprochándoles que proyectasen su subjetividad sobre el par de zapatos. Para Derrida el desacuerdo de este último con el filósofo responde a sus antecedentes vitales: la historia de un inmigrante judío de Europa instalado en Nueva York, que reacciona ante un reconocido filósofo alemán criticado por su filiación al Partido Nacionalsocialista antes de la guerra. Derrida sostiene que la interpretación del cuadro no debe ceñirse a la identidad de su propietario. Más aún, siembra dudas donde antes había certezas:”¿Qué pasa con los zapatos? ¿De quién son los zapatos? ¿De qué son? ¿Quiénes son? Aquí están las preguntas, es todo”. Una de sus conclusiones es que se trata de un par de zapatos “zurdos”.

Jacques Derrida (1930-2004)

Jacques Derrida (1930-2004)

No sabemos qué hubiera pensado el pintor de este diálogo a tres bandas, pero creo que estaría de acuerdo en que, al pintar el par de zapatos fatigados por el uso, estaba retratando la vida de sus propietarios, aunque se tratase de él mismo. A fin de cuentas unos zapatos, en tanto que partícipes y testigos de nuestras andanzas, son también el reflejo de la cara de quien los calza. Si, como reza el refrán, la cara es el espejo del alma, los zapatos son el espejo de la cara.

Zapatos y rostro tienen en común que  el tiempo no pasa en balde por ellos, que en el duro cuero de aquellos y en la piel de la cara se labran las arrugas no sólo del tiempo sino de la experiencia, de las fatigas y las viejas cicatrices que nos desgastan y que, inexorablemente, nos conducirán a la enfermedad y a la muerte. Los zapatos serían, pues, símbolo y expresión de la caducidad natural de lo vivo. Sólo las momias se conservan intactas.

Sin embargo, para los creyentes en la resurrección de los muertos en la hora del Juicio Final los zapatos pueden representar el símbolo de esa creencia. Los muertos, al levantarse de sus tumbas y comparecer ante Dios, caminan con el calzado intacto con el que fueron sepultados. A Heinrich Heine le inquietaba la idea de que nos despertemos algún día del sueño eterno, hasta tal punto que una vez soñó que había ido al cementerio a primera hora de la mañana y, para su enorme sorpresa, vio junto a cada tumba un par de botas muy relucientes, “poco más o menos como se las encuentra en los mesones, ante las habitaciones de los viajeros”.

Heinrich Heine (1831), retratado por Moritz Daniel Oppenheim

Heinrich Heine (1831), retratado por Moritz Daniel Oppenheim

“Fue una visión extraña; un sereno silencio reinaba en todo el cementerio, los cansados peregrinos de la tierra dormían, una tumba junto a la otra, y las botas sumamente relucientes que se encontraban allí en largas filas brillaban, a la fresca luz matinal, de manera muy promisoria como una prueba ostensible de la resurrección”.

El carácter errante de los zapatos y botas pintados por Van Gogh tuvo su reflejo en el nuevo arte del siglo XX, el cine, y singularmente en Charles Chaplin y su personaje inolvidable, el pequeño vagabundo Charlot. Las posibilidades del género hicieron que en La quimera de oro (1925) explotara al máximo la imaginación en torno a un zapato tan pobre y fatigado como los de Van Gogh. La diferencia es que si éste pintó  sus propios zapatos, el hombrecillo que protagoniza la película se comió uno de ellos, el derecho, con un apetito envidiable:

Todo sucedió en una cabaña perdida en tierras nevadas de Canadá, adonde fue a parar al socaire de la fiebre del oro. Acompañado por un colega de fatigas, el grandón Big Jim Mckay, los dos sienten la furia del hambre en el estómago mientras se miran de reojo, el hombrecillo con desconfianza y Big Jim con el turbio deseo de…comérselo en el fugaz espejismo en que se le apareció bajo la apetitosa forma de una gallina viva y coleando.

La cocinilla encendida, sin cuyo calor habrían muerto de frío, y los carámbanos colgando del techo, debieron de contribuir a que el hombrecillo alumbrase la idea peregrina –una paradoja tratándose de una prenda destinada precisamente al peregrinaje- de guisar el zapato derecho para comérselo. Igual que un experto cocinero sin comida, pero con zapato y cordones (que en realidad eran de regaliz), preparó un sabroso plato zapateril. Puesto que el hambre no quita lo cortés, se sentó a la mesa para almorzárselo, sin perder la compostura, como un educado comensal con el apetito ajustado a la hora del reloj, aunque su estómago marcase otra muy distinta. Chaplin explicó en sus memorias que, al perfilar el personaje de Charlot, sus botas simbolizaban “los impedimentos que tiene en su camino”.

Samuel Beckett

Samuel Beckett

En la obra de Samuel Beckett están muy presentes las botas y los sombreros, los dos objetos con los que nos protegemos de las inclemencias del clima y del suelo, y quién sabe si de algo más. Para decepción de los existencialistas, de los nietzscheanos que leen al filósofo olvidándose de su bigotazo, de quienes al día siguiente de nacer ya dudan de la existencia de Dios y hasta de los ateos gracias a Dios, el Godot al que esperan los vagabundos Vladimir y Estragon en Esperando a Godot (1952) no es Dios. El propio Beckett tuvo que desmentirlo: “Si Godot fuese Dios, lo habría llamado así”. Como él mismo aclaró, la palabra proviene del argot francés: godasse, que significa bota o botín.

Sin embargo, el vocablo que más se aproxima a Godot es godillot, sinónimo de godasse. Godillot era el nombre de una bota militar que se usaba en el ejército francés antes de la Segunda Guerra Mundial. Para que ustedes se hagan una idea de su aspecto, los zapatos pintados por Van Gog en 1886 son “godillots”, título con el que también es conocido el cuadro. ¿Esperando a Godillot, o sea a una bota? Pero, ¿y si Godillot fuese algo más que una bota? Porque si hubo una bota llamada con semejante nombre es porque alguien la inventó: Alexis Godillot (1816-1893), fabricante de calzado y de objetos afines, que se puso las botas vendiendo sus godillots para las guerras en las que participó el ejército francés a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX.

Alexis Godillot

Alexis Godillot

Al comienzo de Esperando a Godot Estragon intenta desprenderse de los zapatos que le aprietan. No sólo ha caminado mucho tiempo con ellos sino que ha olvidado la costumbre de quitárselos. Cuando al fin lo consigue, su compañero Vladimir le dice: “He aquí al hombre íntegro arremetiendo contra su calzado cuando el culpable es el pie”. Acto seguido, vuelve a quitarse el sombrero –tiene esa costumbre, contraria a la de Estragon por lo que respecta a sus zapatos-, mira su interior, lo sacude, golpea la copa, sopla dentro y se lo encasqueta de nuevo.

En 1952 el sombrero era todavía una prenda común entre los hombres y las mujeres, sobre todo en las clases medias y altas (el uso de la gorra estaba más extendido entre la clase obrera). Se trataba de una herencia del siglo anterior con la que se pretendía suplir a las aparatosas y poco higiénicas pelucas dieciochescas. Hoy día, en que tantos hombres se adelantan a la fatal calvicie afeitándose el cráneo, nos sorprende esa moda masculina de cubrirse con un sombrero, cuando, parafraseando a Vladimir a propósito de los zapatos de Estragon, la culpable es la cabeza.

Pero la imagen más atroz del siglo XX, la que retrata su peor cara –la masificación brutal, la conversión de las personas en números, en matarifes o en candidatos al exterminio masivo-, está reflejada en los miles de zapatos que se exhiben en los museos de los campos de exterminio repartidos por Centroeuropa y que Meyer Schapiro, al escribir su réplica a Heidegger, asoció a los pintados por Van Gogh. Todos esos zapatos que les fueron arrancados al entrar en los campos a hombres y mujeres, niños y ancianos, son un testimonio lacerante de la vulnerabilidad de sus dueños ante los verdugos, de sus esperanzas inútiles, de su desesperación, de su sufrimiento. También de la condición de desterrados que arrastraron millones de europeos desde el final de la Primera Guerra Mundial, marionetas de unos tiranos que, en la era de las comunicaciones, ligaron la identidad nacional a la sangre y el suelo. Raíces para unos, los elegidos, y zapatos para el resto. Pero no unos zapatos aptos para los pies de sus nuevos dueños, sino los que les tocaban en suerte.

Zapatos expuestos en el Museo estatal de Aschwitz

Zapatos expuestos en el Museo estatal de Auschwitz

En su viaje de regreso a Auschwitz en 1982, Primo Levi recordó que a los reclusos que llegaban al campo se les arrojaba un par de zapatos de hechura y número distintos, a los que tenían que adaptar sus pies como fuera, aunque uno tuviese tacón y el otro no, o uno fuese estrecho y el otro largo. “Casi hacía falta ser atleta para caminar en esas condiciones”. Era una suerte encontrar zapatos que pudiesen combinarse. Quien tuviese la piel sensible se exponía a heridas e infecciones incurables. Numerosos reclusos murieron a causa de alguna infección causada por un calzado defectuoso.

Muchos de esos zapatos han sobrevivido a las cenizas volantes de sus propietarios que “tienen una tumba en las nubes/ donde no están encogidos” (Paul Celan en Fuga de muerte). Nos hablan por ellos sin palabras, mirándonos con los ojos que no tienen. Al mirarlos nosotros tras el cristal del museo, vemos más de lo que muestran: la cara del horror.

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4 comentarios leave one →
  1. Rubén permalink
    diciembre 17, 2014 2:57 pm

    Quienes acostumbran a caminar sobre alfombras, no comprenden a aquellos que marchan con dificultad sobre el duro suelo…De tanto sacarle brillo a los zapatos, son capaces de dejar descalzos a indefensos o desposeídos. Los zapatos en el museo de Aushwitz son una prueba suficiente , y también una eterna advertencia.
    Abrazo tu percepción y cultura

    • diciembre 20, 2014 7:39 pm

      Gracias, Rubén, por la lectura y el seguimiento del blog. Por cierto, ésta es la entrada número 100 (así me lo ha comunicado WP). Un abrazo

  2. Ángel Saiz permalink
    diciembre 17, 2014 9:30 pm

    ¡Cuántas vivencias y emociones, Jaime, a propósito de los humildes zapatos de los hombres! Porque eres capaz de entender el lenguaje de las cosas humildes y sencillas.¡Cuántas cosas nos dicen esas cosas sencillas si queremos abrir los ojos! No solo los zapatos, sino los picaportes de las puertas, las lámparas de las habitaciones, los semáforros de las callles… No hay más que abrir los ojos. Esos objetos nos son malos ni buenos, nosotros los convertimos en canallas o en inocentes. No hay más que ver los pensamientos que sobre los simples zapatos tenían cada uno de los personajes literarios que has comentado. ¡Bello y hermoso el paseo que nos hemos dado contigo a costa de los zapatos!

    • diciembre 20, 2014 7:42 pm

      Gracias, Ángel, por tu comentario. La verdad es que a los contemporáneos de Van Gogh tuvo que parecerles extraño que un pintor pintase unos vulgares zapatos.

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