Skip to content

El hombre de acción sí tiene quien le escriba (aunque él no conteste)

diciembre 9, 2014

El hombre de acción ha sido durante demasiado tiempo un motivo de añoranza para la imaginación de los novelistas. Como sucede con tantas cosas en esta vida, todo el mundo habla de él pero nadie lo ha visto. De hecho, buena parte de las novelas influyentes basan sus historias en la impotencia de sus personajes principales para convertirse en hombres de acción, si es que no mueren en el intento. Se entiende por hombre de acción aquel que se conduce dominado por una idea que considera factible, casi siempre en contra de la mayoría, y en la que cree con todas sus fuerzas, aunque para realizarla deba luchar contra numerosos obstáculos.

No pertenecen a esta categoría el pícaro, el vagabundo o el gánster que sobreviven con engaños y estafas en una sociedad estamental y empobrecida o azotada por una larga crisis económica. Atrapado en el tiempo presente, el hombre de acción sería olvidado si no hubiese unos cronistas dispuestos a contar sus aventuras. A no ser que él mismo se anticipe a la aparición incierta del escriba y se atreva a plasmarlas en un papel. Giacomo Casanova escribió Historia de mi vida para contar los numerosos lances en los que dejó su impronta: aventuras amorosas, viajes y encuentros con las personalidades más relevantes de su tiempo.

Retrato de Giacomo Casanova

Retrato de Giacomo Casanova

La novela moderna desciende de la crónica del historiador que narra hechos reales, o presuntamente reales, protagonizados por algún notable hombre de acción -un caudillo militar, un rey, un héroe surgido del pueblo-, cuyas gestas tuvieron la suficiente repercusión como para que años después fuesen magnificadas en forma de canciones, poemas o relatos. Los libros de caballerías, de los que nació la primera novela moderna, el Quijote, se inspiran en el modelo de la crónica histórica al crear la figura del cronista sabio que desgrana la historia del caballero andante –el prototipo de hombre de acción de la época- sirviéndose de los recursos propios de la historiografía al uso.

El recuerdo gratificante que la lectura de estos libros dejó en la memoria de Cervantes tuvo que perseguirle en su ajetreada juventud, primero como soldado al servicio del rey Felipe II y combatiente en la célebre batalla de Lepanto, y luego como cautivo en tierras enemigas. De vuelta a España, y ante la respuesta negativa que recibió a su petición para emigrar a las Nuevas Indias, debe ganarse la vida recaudando impuestos, un oficio opuesto al ideal de hombre de acción que él mismo encarnó en su juventud. Herido por la nostalgia de lo que no pudo ser y ya al borde de la vejez, da vida a Alonso Quijano, el hidalgo de una edad parecida a la suya que, también como él, se siente constreñido en un ambiente inapropiado para sus sueños.

estatua de Cervantes en la escalinata de la Biblioteca Nacional de Madrid

Estatua de Cervantes en la escalinata de la Biblioteca Nacional de España

La potente imaginación literaria del viejo hidalgo, alimentada por la lectura de los libros de caballerías y de las crónicas más celebradas en su tiempo, no se corresponde con su cuerpo ajado y flaco. Pero, como valor y ganas no le faltan, el buen hombre se concede una última oportunidad para hacer realidad sus sueños: transformarse en un caballero andante similar a los que se pintaban en sus amados libros de caballerías, emulando las aventuras que había leído y releído en ellos.

De este modo, la primera novela moderna y su personaje principal surgen de la nostalgia del modelo de hombre de acción que se estilaba en la literatura de la época y que un siglo antes encarnó en el mundo real el prototipo de soldado-caballero y poeta, como lo fue Garcilaso de la Vega. El singular papel desempeñado por España en la Contrarreforma incorporó otro modelo de hombre de acción (y en este caso, también una mujer), que Cervantes tuvo en cuenta al crear a Don Quijote: el del reformador andante de la iglesia católica y en su juventud lector apasionado de libros de caballerías. Sus dos principales exponentes fueron Ignacio de Loyola y Teresa de Ávila.

Retrato de Garcilaso de la Vega (1498-1536)

Retrato de Garcilaso de la Vega (1498-1536)

La parodia estaba servida. Para asombro y burla de quienes se cruzan con él, Don Quijote se convierte de repente en un hombre de acción sin acción real que justifique su papel. Deslumbrado por los recuerdos de las fantásticas aventuras de caballerías que ha leído en los libros del género, hace lo imposible por acomodarlas a las mediocres contingencias que le ofrece una realidad nada novelesca y reacia al principio a seguirle el juego. Hasta que, seducida por la obstinación del caballero, se rinde y le facilita el acomodo en el teatral episodio de la estancia de Don Quijote y Sancho Panza en el palacio de los Duques. Pero el lector sospecha que el caballero no está tan loco como parece y que es él quien le sigue el juego a la realidad, aunque sólo sea para aliviar la nostalgia de la caballería andante.

En su encuentro casual, camino de Barcelona, con el bandolero Roque Guinart, Don Quijote descubre asombrado que éste personifica al verdadero hombre de acción, como se deduce de las palabras que le dirige el propio bandolero:

“Nueva manera de vida le debe parecer al señor don Quijote la nuestra, nuevas aventuras, nuevos sucesos, y todos peligrosos (…) no hay modo de vivir más inquieto que el nuestro”.

Resulta que un prófugo de la justicia era el individuo que más se parecía al honorable caballero andante, por lo que Don Quijote no dudó en sugerirle cortésmente que abandonase aquella vida pecadora y se sumara a su noble causa. Sin embargo, a pesar de la admiración sincera que le profesa, Roque Guinart no le correspondió con el mismo entusiasmo.

Don Quijote con Roque Guinart y sus bandoleros, por Gustave Doré

Don Quijote con Roque Guinart y sus bandoleros, por Gustave Doré

La identificación del libresco caballero andante con el capitán de unos bandoleros tenía su fundamento: ambos se hallaban fuera de la sociedad organizada bajo la férula del Estado, en la que el individuo ya no actúa en nombre propio sino que está sujeto a múltiples dependencias y sus instintos deben someterse a unas normas de ámbito general. Sólo desde esta perspectiva se explica la amarga exhortación que hizo a Don Quijote el capellán de los Duques y hombre de orden: “Volveos a vuestra casa, y criad a vuestros hijos, si los tenéis, y curad vuestra hacienda”. En esa sociedad el hombre de acción no es más que un átomo extraviado, como lo eran Don Quijote y Roque Guinart, un loco y un fugitivo, en la reglamentada y estamental sociedad española del siglo XVII. A lo sumo, se le permitirá que juegue al papel de hombre de acción, con aventuras de juguete que los demás contemplarán como un espectáculo con el que pasar el rato.

En los mismos años en que Cervantes escribía su novela, Shakespeare narraba en Hamlet la historia del joven príncipe Hamlet que, por una trágica circunstancia familiar, se resiste a desempeñar el papel de heroico hombre de acción que el destino le tiene reservado. A raíz del asesinato de su padre, el rey Hamlet, por su hermano Claudio, y de la inmediata boda de éste con la reina viuda, el príncipe languidece como alma en pena en la corrupta corte de Elsinor. Habiendo recibido el mandato del Espectro de su padre para que vengue su muerte, el joven piensa que carece del valor necesario para ejecutarlo. Tímido y retraído, se ha pasado toda la vida entre libros, dedicado al estudio y a la lectura. No responde al prototipo de hombre de acción representado por su padre, amante de los placeres de la vida, carismático y seductor.

El príncipe Hamlet mata a su padrastro el rey Claudio, por Gustave Moreau (1808)

“El príncipe Hamlet mata al rey Claudio”, por Gustave Moreau

Apremiado por el mandato del Espectro paterno, el príncipe se abandona a la duda mientras aplaza su cumplimiento. Pero en aquellas circunstancias dudar no era más que una muestra de cobardía e irresponsabilidad. Sólo cuando la realidad le sobrepasa, Hamlet se precipita a la acción que estuvo esquivando mientras las circunstancias se lo permitieron. Herido de muerte en el duelo que sostuvo con Laertes, y tras matar a Claudio, el príncipe le ruega a su amigo Horacio que cuente la verdad de lo sucedido. Gracias al testimonio de éste conocemos su triste historia, la de un hombre de acción que no quiso serlo, pero que finalmente logró ser, empujado por la violencia de los hechos.

El hombre de acción renace en Europa a raíz del hundimiento del Antiguo Régimen y con la Revolución Francesa, que, como todas las revoluciones, representó una feria de oportunidades para quienes hasta entonces no habían tenido ninguna. Uno de los que obtuvieron más provecho de aquel terremoto, aunque su aventura terminase mal, fue Napoleón Bonaparte. Nadie como él encarna al moderno hombre de acción.

Su meteórica carrera como militar, político y gobernante, su ambicioso proyecto de derribar las cortes corruptas imperantes en la mayoría de los países europeos y de unificar el continente en torno a un ideario basado en los principios de la Revolución, a costa de sangre y fuego, le atrajo tantos admiradores como enemigos encarnizados. El bando de admiradores estaba formado principalmente por jóvenes, algunos de ellos con inquietudes literarias, como Henri Beyle, quien algunos años más tarde sería conocido con el pseudónimo de Stendhal.

Retrato de Stendhal con el uniforme de cónsul

Retrato de Stendhal con el uniforme de cónsul

Napoleón fue el primero en percatarse de que el futuro del hombre de acción residía en la Política (así, con mayúsculas), como le dijo a Goethe en la entrevista que ambos mantuvieron en Erfurt el 2 de octubre de 1808. Después de plantear varias objeciones al Werther, que dijo haber leído siete veces, el emperador desaprobó algunas de las piezas del teatro francés, del que comentó que “se había alejado de la naturaleza y de la verdad” al convertir al Destino en el móvil de la acción. A juicio de Napoleón, esas obras pertenecían “a un tiempo de tinieblas”. “¿A qué venir con el Destino? En nuestro tiempo el Destino es la Política”.

Goethe recordaría años después estas palabras, con las que seguramente el emperador quiso decir que había llegado la hora de que los hombres eligieran su destino y no al revés. ¿Qué mejor instrumento para hacer realidad esa elección que la actividad política, por medio de la cual emprenden acciones ateniéndose a la realidad que los rodea, pero sin poder prever con exactitud sus consecuencias?

Su grandioso proyecto unificador, trazado sobre el mapa de una Europa gobernada por monarquías decrépitas y estados desorganizados, significó una tentativa de reemplazar al destino por la política. Al otorgar un papel primordial a ésta, Napoleón expresaba su total confianza en la voluntad humana, en la que el destino no pinta nada. Sin embargo, fue precisamente el destino el que unos años después de la entrevista con Goethe en Erfurt habría de llevarse se llevó por delante al emperador y su proyecto político.

"Goethe y Napoleón I en 1808", por Eugène Ernest Hillemacher (1818-1887)

“Goethe y Napoleón I en 1808”, por Eugène Ernest Hillemacher (1818-1887)

Aun así, puede interpretarse el auge de las ideologías políticas con pretensiones totalitarias en la primera mitad del siglo XX como un vaticinio de lo que Napoleón entendía por Política. Millones de personas encontraron sentido a sus vidas en ésta así como en las ideologías sobre la que se sustentaban.

La caída en desgracia de Napoleón y su proyecto en 1815 significó para sus admiradores, la mayoría jóvenes en busca de fortuna, el final de una ilusión, pero también un motivo para alimentar los recuerdos de sus experiencias en las victoriosas campañas militares que durante quince años se extendieron por el continente europeo. Como le sucedió a Cervantes tras combatir en la batalla de Lepanto, aquel recuerdo vivo no hizo más que alimentar su imaginación. Era la única manera de evadirse del “inexplicable sentimiento de malestar que fermentó en los jóvenes corazones” al que alude Alfred de Musset en Confesiones de un hijo del siglo (1836).

f3ca2e57aa3c2a7f4be2f977e4ed9575

Alfred de Musset, por Charles Landelle

El espectro del príncipe Hamlet planeaba sobre esta sensación de impotencia para cambiar el estado de cosas que, finalmente, habría de conducirlos a una duda corrosiva y a la introspección. El propio Musset resumió certeramente aquella pasividad forzosa a la que se vio abocada su generación:

“Condenados al reposo por los poderosos del mundo, en brazos del ocio, del aburrimiento y de patanes de la peor especie, los jóvenes veían retirarse las encrespadas olas contra las que habían preparado sus fuerzas. Todos esos gladiadores ungidos para el combate sentían en el fondo del alma una insoportable miseria”.

De nuevo la imaginación literaria plantaba cara al chato realismo de una sociedad en la que los hombres sedientos de acción se reconcomían cruzados de brazos y expectantes, y que para combatir la peste del ennui, del tedio, se refugiaban en las voluptuosidades del amor romántico. Sin embargo, como había demostrado la trágica historia que Goethe narró en Las penas del joven Werther (1774), y más de medio siglo después la protagonizada por Emma Bovary en un remoto pueblo de Normandía, ese refugio era demasiado vulnerable y peligroso para la salud de quienes lo buscaban desesperadamente.

Werther a punto de suicidarse, en una versión de la ópera "Werther" que en 1892 compuso Massenet, inspirada en la novela de Goethe

Werther a punto de suicidarse, en una versión de la ópera “Werther” que en 1892 compuso Massenet, inspirada en la novela de Goethe

En el caso de los escritores, la imaginación y la nostalgia de la acción los animó a escribir novelas que revitalizaron el género. No se entiende el vasto y rico universo novelesco de Balzac y de Stendhal sin el recuerdo lacerante de la derrota napoleónica y el triunfo de los oportunistas que se guarecieron bajo el techo de la reaccionaria y pragmática Restauración.

Junto a ellos estaban los novelistas que escribían historias protagonizadas por auténticos hombres de acción, en las que se mezclaban la trama con aventuras trepidantes. Normalmente publicadas por entregas en la prensa, estas novelas perseguían ante todo entretener a un amplio público lector, atraparlo con la simple narración de hechos singulares que a menudo ambientaban en tiempos pasados, como los libros de caballerías que leían Alonso Quijano y sus contemporáneos para evadirse de la realidad.

Sin embargo, no hace falta un cambio de régimen político para que en una sociedad aflore la añoranza del hombre de acción. Basta un cambio en las costumbres. En su novela corta Dos húsares, que Tolstói publicó en 1856, con  veintiocho años, describe el violento antagonismo en la forma de afrontar la vida entre un padre y un hijo (Padre e hijo fue como pensó titularla al principio), ambos exponentes de dos generaciones y épocas radicalmente distintas, aunque pertenezcan a la aristocracia militar y ostenten el rango de húsares.

Portada de la reciente edición de "Dos húsares", en Hermida Editores

Portada de la reciente edición de “Dos húsares”, en Hermida Editores

Mientras al padre, un hombre de fuerte personalidad, le gustan las mujeres, el juego, la bebida y los duelos, sin que por ello pierda el control sobre sus pasiones, el hijo se siente preso del influjo de su progenitor, muerto precisamente en un duelo con un extranjero al que había azotado con una fusta en plena calle, y se muestra timorato en su forma de conducirse en la vida. La comparación con el príncipe Hamlet es muy tentadora. Pese al parecido físico entre ambos, en el hijo no se aprecia sombra alguna de las inclinaciones impetuosas, apasionadas y libertinas del padre.

Veinte años después de los episodios protagonizados por su difunto padre, el narrador lo retrata como un muchacho prudente y previsor, amante del decoro y las comodidades de la vida y dotado con una visión práctica de la gente y de las circunstancias. Ni el más mínimo rastro del hombre de acción que fue su padre ni de los “tiempos inocentes” en los que vivió, hacia 1800, cuando no había ferrocarriles, “ni carreteras asfaltadas, ni alumbrado de gas, ni muebles sin barniz, ni jóvenes frustrados con cristalitos, ni mujeres filósofas liberales, ni damas camelias encantadoras”.

También en Rusia, Mijaíl Lérmontov (1814-1841) ofreció en El héroe de nuestro tiempo un elocuente retrato de “los vicios de toda nuestra generación”, como aclara el propio autor en el prólogo de la novela. Al igual que Pushkin, otro escritor con espíritu aventurero, Lérmontov murió en un duelo a los veintisiete años. En la novela desgrana las aventuras del militar Grigori Pechorin contadas por un antiguo amigo suyo, capitán del ejército del zar, a un casual compañero de viaje. Al final de la novela el lector podrá conocer mejor al personaje a través de un diario íntimo. Después de sentir los placeres de la vida, de iniciarse en el estudio y en la lectura, el joven y atractivo Pechorin fue presa del tedio, del que trató de escapar cuando lo trasladaron al Cáucaso. Pero también bajo las balas de los chechenos, y a pesar del amor de una nativa, volvió a sentirse víctima del hastío.

Retrato de Mijaíl Lermóntov

Retrato de Mijaíl Lérmontov

El único recurso que encontró para combatirlo fueron los viajes. Se diría que su muerte en la lejana Persia estaba cantada. Del temporal de la vida no había sacado “más que algunas ideas y ningún sentimiento”. Vivía con la cabeza, no con el corazón. En él se solapaban dos seres: “el que vive y siente y el que piensa y juzga”. Una última reflexión resume el pensamiento de Pechorin y de su generación:

“No somos ya capaces de grandes sacrificios. Ni en bien de la humanidad ni en nuestra propia dicha (…) e indiferentes, pasamos de una duda a otra, igual que nuestros antepasados iban de yerro en yerro, con la diferencia de que no tenemos las esperanzas que abrigaban ellos ni tan siquiera ese deleite, no por incierto menos intenso, con que se recrea  nuestro espíritu en toda lucha contra los hombres o contra el destino…”.

La antítesis del hombre de acción es el hombre superfluo que recorre la literatura rusa del siglo XIX -precisamente Turguéniev escribió Diario de un hombre superfluo. Se trata de un joven rentista sin horizontes sumido en la parálisis, que apenas sabe cómo desenvolverse en la vida ante la indiferencia de quienes le rodean. Tumbado en el diván –ese mueble tan de novela rusa-, con la voluntad agostada, piensa en lo que podría hacer o hará cuando se incorpore, mientras se deja devorar por el tiempo muerto. A lo más lejos que llega este personaje devastado por el tedio es a vagabundear por las calles de la ciudad, en plan flâneur, embelesado por las cosas que despiertan su atención.

Retrato de Turguéniev, por el pintor ruso Repin

Retrato de Turguéniev, por el pintor ruso Repin

Algunos novelistas del siglo XIX trasladaron a los personajes femeninos de sus obras el tedio vital y el sentimiento de frustración ante una vida sin horizontes, normalmente ambientada en la provincia, lejos de las grandes ciudades, y cuyo rumbo intentaron modificar alterando el guión de un matrimonio aburrido por la vía del adulterio, que en determinados casos concluyó incluso en suicidio.

Ciñéndose también al argumento de los matrimonios fallidos, en su gran novela Middlemarch, George Eliot ofreció sin embargo una perspectiva distinta al relatar la historia de hombres y mujeres jóvenes cuyos ideales fracasaron ante una realidad mediocre pero letal. En el Preludio de la obra cita a Teresa de Ávila como la mujer que, trescientos años atrás, encontró su epopeya en la reforma de una orden religiosa, al contrario que las mujeres de Middlemarch, que en vano buscaron su particular epopeya ante la grisura del entorno en el que vivían:

“Muchas Teresas nacidas después no han podido encontrar una vida épica que les ofreciera el constante despliegue de acciones con amplias resonancias; han vivido tan sólo existencias llenas de errores, resultado de cierta grandeza espiritual mal emparejada con la escasez de oportunidades; se han quedado en trágicas fracasadas que no encontraron poeta capaz de inmortalizarlas y se hundieron en el olvido”.

George Eliot, pseudónimo de Mary Ann Evans (1819-1880)

George Eliot, pseudónimo de Mary Ann Evans (1819-1880)

Los escritores románticos y sus herederos continuaron apegados a la idea del desengaño, de la desilusión y de la nostalgia de un tiempo en que los hombres luchaban por causas que lo merecían. Reflexionando sobre el destino de su generación, la de quienes nacieron alrededor de la última década del siglo XIX, Fernando Pessoa pensaba que ésta languidecía huérfana de creencias, sumida en un descreimiento de todas las cosas y sin consuelo. “La energía para luchar nació muerta en nosotros, porque hemos nacido sin el entusiasmo de la lucha”. Les faltaba la fe, el verdadero motor de la acción. Pero tenían los sueños, el último refugio de los escépticos:

“Si la vida no nos dio más que una celda de reclusión, hagamos lo posible para adornarla, por lo menos, con las sombras de nuestros sueños”.

Sólo cinco años mayor que Pessoa, Kafka anotó un pensamiento similar, aunque también recuerde al formulado por Musset un siglo antes en la metáfora del “gladiador”, o sea, el hombre adiestrado para el combate al que, sin embargo, se le priva de la oportunidad de ejercitarse, y hasta se le ordena una función ridícula, en las antípodas de aquello para lo que ha sido formado:

“Su cansancio es el del gladiador después del combate, su trabajo había sido el blanqueo de un rincón en una oficina”.

Anthony Perkins en  "El proceso" (1962), película de Orson Welles basada en la novela homónima de Kafka

Anthony Perkins en “El proceso” (1962), película de Orson Welles basada en la novela homónima de Kafka

En las novelas de Kafka el hombre de acción es un joven acosado por extraños poderes a los que, pese a su inferioridad de fuerzas, trata de enfrentarse, desenmascarando sus debilidades  (El proceso); o lo que es aún peor, un profesional especializado al que un poder extraordinario condena a la inacción, y que se debate inútilmente para que se le revoque tan extraña sentencia (El castillo). No obstante, al final de ese duelo desigual termina siendo derrotado; una derrota previsible que en la práctica hizo superflua la lucha.

Por los mismos años, Joyce recreó en Ulises una jornada cualquiera en la vida del agente de publicidad dublinés Leopold Bloom para confrontar sus vulgares andanzas por las calles de Dublín con las aventuras intrépidas del Ulises de Homero en su retorno a Ítaca. Al igual que hizo Cervantes con Don Quijote y los caballeros andantes de la Edad Media, Joyce compuso una parodia con visos de inversión a partir de un mítico modelo literario de hombre de acción.

m_joyce

James Joyce

La frase que Napoleón pronunció ante Goethe -que el verdadero destino en los nuevos tiempos es la Política-, se hizo realidad en la primera mitad del siglo XX, con motivo de la lucha ideológica que se desató en el mundo tras la Revolución Soviética de 1917. Aparentemente, la Política salió de los despachos cortesanos y gabinetes ministeriales para echarse a la calle, jaleada por las masas y sus cabecillas, que presumían de su condición de hijos del pueblo.

El político revolucionario no nació en una casta social, cuyos vástagos eran formados para un cometido similar al que habían desempeñado los padres, sino en las sucias trincheras de la Guerra de 1914, en los barrizales de Ypres, en la batalla de Flandes. Muchos de los jóvenes con inquietudes literarias que combatieron en esta guerra fueron en busca de acción, pero sólo encontraron horror y muerte, como pocos años después habrían de relatar algunos de ellos en sus libros.

Erich Maria Remarque, ex combatiente en la Primera GuerraMundial y autor de la novela "Sin novedad en el frente" (1929)

Erich Maria Remarque, ex combatiente en la Primera GuerraMundial y autor de la novela “Sin novedad en el frente” (1929)

De este horror surgieron las dos grandes escisiones de la acción política que determinaron el rumbo de la historia del siglo XX: la encarnada por el revolucionario bolchevique y la que enarbolaba su oponente, el reaccionario que, ante el éxito de la Revolución de Octubre, encuentra refugio en la casa común del fascismo y de su variante germánica, el nazismo. Estas ideologías reivindicarán para sí la acción directa -un eufemismo con el que se pretendía enmascarar el asesinato político y, ya en plena guerra, las masacres de millones de inocentes- como método para implantar sus atroces dictaduras.

En aquella época convulsa el hombre de acción era un militante al servicio de algunos de los dos universos totalitarios que dominaron Europa en los años treinta y cuarenta. Seducidos por el clima de acción política, también los intelectuales y escritores de diversos países se sumaron a alguno de los bandos en liza. Para la mayoría de ellos la Guerra Civil española representó una valiosa oportunidad. Uno de los escritores combatientes en el bando republicano, el poeta británico W. H. Auden, expresó en su célebre poema Spain (1937) el aliento que anidaba en aquella experiencia:

Y se aferraron como erizos a los largos expresos que van dando bandazos /Por tierras de injusticia, a través de la noche, por túneles alpinos;/Flotaron sobre los océanos,/ Franquearon los pasos: vinieron a ofrecer sus vidas./En esta árida plaza, en este trozo escindido del calor africano./Burdamente soldado a la inventiva Europa”. (Traducción de Jordi Doce).

W.H. Auden

W.H. Auden

Así irrumpía en el ámbito de la literatura un prototipo de hombre de acción, el escritor comprometido, en el que las armas se cruzaban con las letras, como en los viejos tiempos añorados por Don Quijote. Algunos dejaron incluso un testimonio novelado de aquella aventura. Fueron los últimos románticos que, como Lord Byron en su lucha por la independencia de Grecia, aprovecharon la oportunidad de la Historia para participar de sus peligrosos bandazos, dejando atrás las aflicciones del diván y las vulgaridades de la cotidianidad, sin por ello desertar de la escritura.

La experiencia demuestra que, mientras el novelista busca al hombre de acción ideal, y puede que hasta él mismo intente serlo quizá con el propósito de tomarse como modelo para una futura novela, va encontrando por el camino otras cosas distintas que no esperaba encontrar. Es la ventaja que entraña toda búsqueda: no se encuentra lo que se busca, pero se encuentra lo que no se buscaba. Y este hallazgo sorprendente resulta con frecuencia más enriquecedor que aquello que se buscó en vano. Porque eso que buscamos ya lo hallamos en la imaginación, pero lo que encontramos sin buscarlo resulta realmente nuevo, como una creación.

Anuncios
6 comentarios leave one →
  1. diciembre 9, 2014 12:37 pm

    Me gusta el artículo con toda su larga y meandrosa meditación, pero objetaré o más bien señalaré algo sobre lo que quizás se puedan hacer varios cortes transversales. Me parece que las distintas fuentes tomadas confluyen en una especie de prisma romántico que a veces lleva a identificar, por lo común del tema, respuestas esencialmente distintas entre sí. La interpretación de Hamlet, por ejemplo, me parece responder mucho más a la idea romántica de Hamlet que al texto de Shakespeare, que admite otras lecturas. Por ejemplo, no es el apremio de la acción lo que lleva a Hamlet a acometer su primer acto sin retorno, el que inicia el flujo fatal que lleva la obra a su desenlace, sino la irritación que le produce la realidad cortesana encarnada por Polonio, a quien mata “accidentalmente” porque sólo así puede realizar su voluntad. Sería interesante, tal vez, ya reunidas todas las variaciones del tema en este artículo, medir las diferencias que las hace decir tan distintas cosas en lo concreto. Me parece que esto iría de acuerdo con lo que se dice al final y es tan cierto: que el interés para la posteridad no está en la celebración del éxito al que se aspiraba sino en la diferencia entre ese ideal y la experiencia concreta evocada. “El gran artista es aquel que conquista al romántico que lleva dentro de sí.” (Henry Miller, Primavera negra, quizás una cita pero de autor no identificado en el texto)

    • diciembre 10, 2014 10:26 am

      Muchas gracias, Ricardo, por tu comentario. Me parece apropiada a cita de Henry Miller. Una cita también romántica, por cierto. Un saludo

      • diciembre 10, 2014 12:46 pm

        Es verdad, aunque en cierto sentido es postromántica, ya que busca una superación del romanticismo, como si ésta fuera una escuela de la que hay que egresar (mira, esto último sí es mi conclusión espontánea). Saludos,

  2. Ángel Saiz permalink
    diciembre 9, 2014 1:00 pm

    Jaime, una buena reflexión y un magistral ensayo sobre el protagonista de acción en las novelas..La literatura (al igual el teatro y el guión cinematográfico) en muchas ocasiones nos permite evadirnos de la realidad “acompañando” a un héroe con el que nos identificamos.Tu artículo ofrece tanto posiblidades de análisis y reflexiones sobre el mundo de la literatura de ese periódo románticxo que tocas (análisis y reflexiones con los que podemos o no estar de acuerdo, pero sobre los que nos obligas a reflexionar) como estímulos para animarnos a escribir bajo la luz de las consideraciones que ofreces. Quien desee descubrir su capacidad de escribir, no tiene más que leerte para animarse.

  3. Rubén permalink
    diciembre 10, 2014 6:26 pm

    Interesantísimo el análisis, mientras leía pensaba en el personaje de Don Juan, dónde lo ubicas? Representa un deseo o el ideal del galán conquistador?
    Siempre será un misterio si los Don Juanes seducen a las mujeres por fanfarrones,
    o fanfarronean para poder seducirlas.

    Juan :
    “Por donde quiera que fui,
    la razón atropellé,
    la virtud escarnecí,
    a la justicia burlé,
    y a las mujeres vendí.
    Yo a las cabañas bajé,
    yo a los palacios subí,
    yo los claustros escalé,
    y en todas partes dejé
    memoria amarga de mí.”
    Don Juan Tenorio.1817-1893 José Zorrilla Acto Primero

    Un gran abrazo!

  4. diciembre 10, 2014 8:47 pm

    Gracias, Rubén. Creo que Don Juan pertenece a los personajes del “deseo”, como tú señalas, más que a los de la realidad. Por la boca muere el pez, y Don Juan (Pessoa decía: “Y Oscar Wilde). Un abrazo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s