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Toda la verdad y nada más que la verdad

noviembre 11, 2014

En su gran novela Tom Jones, Henry Fielding escribió una frase que constituye toda una declaración de intenciones, extensible a cualquier obra literaria: “El alimento que proponemos aquí a nuestro lector no es otro que la naturaleza humana”, y en el capítulo cuarto del Libro noveno de la obra recuerda, a propósito de las necesidades corporales a las que están sometidos hasta los héroes más excelsos, que ningún hombre “debe avergonzarse de lo que exige su humana naturaleza”. Hoy estas afirmaciones nos parecen de puro sentido común,  pero en su tiempo no lo eran tanto. La idea que se tenía de los héroes de las novelas era que debían ser exponentes de todas las virtudes, personajes de una sola pieza, exentos de las contradicciones que afligen al común de los mortales. Las mismas novelas cuadraban con esta visión del héroe novelesco. Su propósito se limitaba a entretener y de paso instruir a los lectores, sin más pretensiones.

Henry Fielding

Henry Fielding

La sentencia de Fielding representaba un avance significativo en lo que respecta a la función de la novela, que a partir de entonces se sumó a la labor de exploración de lo que en aquellos tiempos se conceptuaba como “naturaleza humana”, y que Jean Paul Sartre y Hannah Arendt preferían definir con el término “condición humana”, para liberarlo de connotaciones biológicas, con sus inevitables dependencias y limitaciones. Un escritor, pero también un artista en general, innova cuando se atreve a dar un salto hacia delante en esa labor, independientemente de la forma estética o del género literario al que se acoja. Le basta con examinarse a sí mismo y desmenuzar desde el recuerdo sus vivencias. No es preciso que lleve una vida plagada de aventuras, sino que se detenga en esas vivencias, por nimias que sean -y muchas veces son las más jugosas-, para desentrañarlas con la ayuda de la memoria. Nada de lo humano (ni ningún hombre, como habría matizado Unamuno) debe serle ajeno.

En su indagación, los únicos límites que conoce el escritor son los establecidos por el lenguaje, mejor dicho, por la necesidad de expresarse de tal manera que lo entiendan los lectores potenciales de su obra. Eso no significa que el lenguaje no participe también de la indagación, aprovechando las posibilidades que ofrece. A menudo la búsqueda y el hallazgo de formas expresivas inéditas van de la mano de la exploración de vetas hasta entonces inexploradas en la condición humana. Por citar un ejemplo, el uso del monólogo interior desarrollado por Joyce en el Ulises representó una ruptura estética con la forma tradicional de novelar, pero su verdadera trascendencia estriba en que permitió ahondar en la expresión de la conciencia individual ubicándola en el tiempo presente.

Primera edición

Primera edición “Ulises”,de James Joyce, de una de las 750 impresas sobre papel hecho a mano.

El escritor es un explorador de la conciencia en la que se adentra con la ayuda de la imaginación, la experiencia y los conocimientos. Sus indagaciones le permiten acceder hasta los recovecos más huidizos del alma, en los que antes que él otros autores no se atrevieron a penetrar o no hallaron la manera de descifrar por escrito. El material de trabajo más cercano de que dispone es él mismo, el que mejor conoce. Aparentemente no tiene que esforzarse demasiado para desmenuzarlo. Es suficiente con que vuelva la vista hacia dentro y se mire como si fuese otro, con mirada ajena, ahuyentando la tentación de eludir las regiones conflictivas o especialmente complejas, ya sea por temor al juicio ajeno o a la opinión de los lectores. Conociéndolo a él, podemos conocernos un poco mejor nosotros mismos. “Un escritor que aspira a conocer la naturaleza humana debe tener el don de decirles sus secretos a los hombres”, anotó Lichtenberg, lector atento de la novela Tom Jones.

Son los autores mediocres quienes prefieren sortear la conflictividad derivada de sus propias contradicciones, pintándonos paisajes humanos tan idílicos como falsos, que acaso atraigan a lectores que lo más que esperan de un libro es que les ayude a conciliar el sueño. Por ello se equivoca el escritor que, al observarse de alma entera, se muestra remilgado, cerrando los ojos ante cosas que no le agradan. También eso que le disgusta de sí mismo forma parte del material utilizable para su obra. Tiene que escudriñarlo como si lo percibiese en otro que no fuese él. Es posible incluso que, escrutándolo con mirada extraña, lo despoje de la molesta subjetividad que al principio le inducía a observarlo con desagrado.

En la segunda mitad del siglo XVI, Michel de Montaigne emprendió la escritura de los Ensayos guiado por un afán incansable de explorar la condición humana, erigiéndose él mismo en la materia principal del libro. Así lo dejó escrito en la dedicatoria Al lector que precede a la obra: “Yo mismo soy materia de mi libro” y “píntome a mí mismo con mis maneras sencillas, naturales y ordinarias (…) en la medida en que el respeto público me lo ha permitido”. “Me veo y me busco hasta las entrañas, y sé bien lo que me pertenece”, confiesa en uno de los ensayos. ¿Qué importa que no sea un hombre famoso, sino uno vulgar, que no ofrece nada por lo que ser imitado y cuya vida y opiniones no pueden servir de modelo a nadie? Pero, al contrario que el mundo, empeñado en mirar hacia fuera, él ha decidido replegar la vista hacia su interior para vérselas consigo mismo, analizándose sin cesar, controlándose, probándose, anotando los pensamientos que se le ocurren y escuchando sus sueños, de los que dijo que valen más que nuestras razones, en una búsqueda incansable de la verdad, sea cual sea.

Retrato de Michel de Montaigne

Retrato de Michel de Montaigne

Tomando como ejemplo los escritos de los maestros antiguos, Montaigne nos enseñó a hablar con nosotros mismos pero sin engañarnos ni caer en la autocomplacencia. Los Ensayos representan un viaje a las profundidades de la conciencia. No hay asunto que escape a la mirada incisiva de su autor. La lista es muy extensa, pero entre los principales figuran el amor y el erotismo, la muerte, la amistad, la soledad, la mentira, la vanidad, la educación de los hijos, la religión, los viajes, la cobardía, el miedo, la crueldad, el lenguaje, la salud y la enfermedad, el sueño.

Se trata de uno de los experimentos más fértiles y prometedores en la historia del pensamiento y también, cómo no, de la literatura. En aquella época el ensayo era un género nuevo en el que, como su nombre indica, el autor “ensayaba” constantemente una variedad de asuntos desde distintos puntos de vista y con plena libertad, sin apartarse demasiado del tema abordado. Para ello Montaigne despliega una gama variada de recursos literarios: citas de autores clásicos, ejemplos, anécdotas, historias, noticias, pensamientos, hipótesis y confesiones, todo ello expresado en un lenguaje personal. El estilo serpenteante de los Ensayos, con sus digresiones y variaciones, se corresponde con la libertad con que su autor trata los asuntos humanos, desentendiéndose desde el principio de corsés académicos y fórmulas retóricas predeterminadas. Montaigne expone, o mejor dicho, tantea sus observaciones sin perder de vista la experiencia directa con las personas y las cosas.

Portada de la edición de los Ensayos de Montaigne fechada en 1598

Portada de la edición de los “Ensayos” de Montaigne fechada en 1598

Hay historias que generaciones de lectores leerán como meras hipótesis surgidas de la imaginación de su autor, admirando su originalidad, su fuerza dramática y verismo, pero sin sospechar que algún día acontezcan en el mundo real, con las modificaciones correspondientes. De este modo, una ficción literaria puede convertirse en precursora de un acontecimiento histórico muy alejado del tiempo en el que fue concebida.

Émile Zola confesó que le aburría Macbeth porque se desarrollaba en una época lejana y en una sociedad distinta de la suya. No le decía nada la historia de un rey usurpador,  militar segundón, traidor, mentiroso, acomplejado, corroído por la envidia y una ambición desproporcionada, cruel y sanguinario. Incluso se le antojaba rimbombante y fuera de lugar. Sin embargo, después de las documentadas biografías que se han publicado de Hitler intuimos un sorprendente parecido entre el tirano nazi y el déspota retratado en su obra por Shakespeare tres siglos antes. Leyendo al ficticio y lejano rey Macbeth comprendemos mejor al personaje real y la destrucción que propagó por medio mundo.

Orson Welles en el papel de Macbeth, en la película que dirigió en 1948 basada en la obra de Shakesperae

Orson Welles en el papel de Macbeth, en la película que dirigió en 1948 basada en la obra de Shakespeare

En tiempos de Cervantes la locura no merecía la más mínima atención y los locos eran unos seres marginales, de los que todo el mundo escapaba. Como mucho, se los compadecía. Pero el escritor descubrió en ellos un espejo deformante que le permitía exponer su visión irónica del mundo. Tres siglos antes que Freud, Cervantes escarbó en los pliegues más inaccesibles y enigmáticos del alma humana al describir la conducta de los personajes locos que aparecen tanto en el Quijote –empezando por su protagonista principal-, como en la Novela Ejemplar El licenciado Vidriera. En sus historias mostró la fragilidad de la razón ante los embates cegadores de los sentimientos; también, que nuestros lazos con eso que entendemos por realidad no son tan sólidos como pensamos. Pueden quebrarse en el momento en que, empujados por  los impulsos y por una repentina obstrucción de la subjetividad, perdamos el control de la razón, aislándonos de nuestros congéneres, a los que no entenderemos ni nos entenderán.

“La nave de los locos”, de El Bosco

El marqués de Sade nos reveló en sus  extrañas obras las zonas más turbias del alma humana y el potencial destructivo que anida en ella. Nos desazonan su apología del asesinato, de la mentira, de la explotación sexual, del aislamiento y la venganza y los ataques contra el “hilo de la fraternidad” y los valores de la civilización. Sade se erige en un opositor radical del humanismo preconizado por la Ilustración, y antes de ésta, por el cristianismo.

Hasta mediados del siglo XX sus obras circularon clandestinamente, vigiladas por la censura de los distintos regímenes políticos que gobernaron Francia. Las “verdades” –como él mismo las llamaba- proclamadas por el marqués causaban un profundo malestar. No se quería creer que semejante horror hubiese brotado de la mente de un ser humano. Pensando que se trataba de un caso excepcional, sin conexión con la realidad, creyeron que lo mejor era aislarlo, como se aísla un virus peligroso, prohibiendo la lectura de sus novelas.

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Retrato imaginario de Sade, por Man Ray

Pero apenas un siglo y medio después de su muerte, algunas de sus propuestas, como la de exterminar a la “población supernumeraria”, compuesta por individuos superfluos –niños deformes o personas improductivas, así como opositores políticos-, se hicieron realidad no en un lugar apartado de la selva amazónica ni en una fortaleza gobernada por una banda de criminales sádicos, sino en el corazón de la Europa civilizada, en un Estado dotado de una compleja burocracia y un ejército perfectamente pertrechado y mentalizado para cometer toda clase de atrocidades.

Sade demostró que en la mente humana pueden tener cabida fantasías que, por su deshumanización, resultan inimaginables para la inmensa mayoría de las personas. Basta con que sean imaginadas por un solo hombre para que surja la posibilidad de que en algún momento, y bajo unas circunstancias impredecibles, se propaguen como la peste, convirtiéndose incluso en una idea dominante en una sociedad que hasta poco antes se consideraba libre de semejante contagio.

Ensalzado por los surrealistas en los años treinta del siglo pasado, Albert Camus creía que el éxito de Sade se explica por el sueño que comparte con el pensamiento contemporáneo: “la exigencia de libertad y deshumanización totales planeadas por la inteligencia” en una sociedad totalitaria.

Albert Camus

Albert Camus

También Dostoyevski trasladó a sus novelas algunas de las singularidades de su personalidad y de sus circunstancias, como la epilepsia, que se manifestó durante el cautiverio en un presidio siberiano. La exploración del mal –el crimen y la abyección- y del bien que recorre sus novelas se comprende a la luz de la desconcertante dualidad de su temperamento, en el que se alternaban los sentimientos más viles con los más refinados.

En las novelas de Dostoyevski nos encontramos con personajes que, como resultado del desdoblamiento de su identidad, se convierten en espectadores de sí mismos, escindiéndose en dos: aquél que comete el delito y el que se permite contemplarlo fríamente, como si hubiese sido otro quien lo hubiera cometido. Esta patología de la conducta humana tuvo su réplica en el mundo real un siglo después. Se sabe que muchos de los verdugos nazis que trabajaban en las fábricas de la muerte, después de organizar la matanza de cientos de personas por la mañana, dedicaban la tarde a su mujer e hijos y a interpretar al piano alguna sonata de Mozart o de Schubert.

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Retrato de Fiódor Dostoyevski

El protagonista de Crimen y castigo, el joven estudiante Rodión Raskólnikov, no mata a la vieja usurera y a su hermana por necesidad, aunque ése sea el pretexto que arguya ante la Justicia para así poder ser juzgado por ella y castigado de acuerdo con la legalidad establecida. Tampoco mata impulsado por alguna pasión baja, como en este caso podría haber sido la codicia, sino por aplicar una idea según la cual los hombres pueden permitirse el asesinato de seres humanos improductivos y socialmente dañinos, como los usureros.

Para Raskólnikov su crimen no es tal, sino una ejecución en toda regla realizada en cumplimiento de un mandato ético superior, similar al que cumplen los grandes “ejecutores” de la Historia. En la Rusia de mediados del siglo XIX el crimen por ideas sólo se concebía en grupúsculos extremistas vinculados al terrorismo anarquista. Pero no fue hasta el siglo XX cuando este tipo de crímenes se convirtió en el móvil de partidos políticos de masas que, una vez aupados al poder del Estado, planearon y organizaron el asesinato de millones de personas en nombre de las ideas que postulaban.

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Conversación de Raskólnikov con Marmeládov, padre de Sonia, por Mijaíl Petróvich Klodt

En la Leyenda del Gran Inquisidor, narrada por Iván Karamazov en Los hermanos Karamazov, está prefigurada la tortuosa psicología de los regímenes totalitarios que, tras inocular el miedo a los hombres, apenas tenían que esforzarse para acariciar su verdadero propósito: que éstos renunciasen a su libertad a cambio del señuelo de la seguridad.

Probablemente en respuesta a quienes califican de estrafalarios y neuróticos a los personajes de Dostoyevski, Camus pensaba que no son extraños ni absurdos, sino que se parecen a nosotros y tienen nuestro mismo corazón. Sartre situó el punto de partida del existencialismo en la afirmación de Dostoyevski: “Si Dios no existe, todas las cosas son legítimas”, y Freud se basó en los sueños descritos por el novelista ruso para desarrollar sus teorías acerca del conocimiento de la psique.

No se entiende el pensamiento de Tolstói sin su percepción de la muerte, y que se resume en esta frase: “Cuando un hombre ha aprendido a pensar, todos sus pensamientos se ocupan de su propia muerte”. Desde que en La muerte de Iván Ilich describió como ningún autor lo había hecho antes la atroz agonía del juez de instrucción Iván Ilich, aquejado de un cáncer abdominal, vemos la muerte de una forma distinta de cómo la veíamos antes de la lectura de este sobrecogedor relato.

Fotografía de Leon Tolstói

Fotografía de Leon Tolstói

Al introducirnos casi por la fuerza en la alcoba en la que yace el moribundo Iván Ilich, Tolstói confrontó el doloroso proceso de degradación física que acompaña a la muerte con la oportunidad que puede suponer ésta para quien ha vivido esclavo de la imitación, como un títere, por miedo a salirse del guión establecido por y para la mayoría de sus iguales  y parecer diferente. Ese momento final, en el que ni la emulación ni las normas establecidas sirven de nada, representa la última llamada para que el agonizante que durante años vegetó como un viviente muerto recobre la vida verdadera, tomando conciencia de su individualidad, frente al cómodo mimetismo imperante en su estamento social, al que se mantuvo encadenado desde la juventud.

El aburrimiento, el ennui, fue un sentimiento muy extendido durante el siglo XIX entre la burguesía urbana y la pequeña burguesía de las provincias, siendo en la Francia provinciana y en la Rusia profunda donde se manifestó con más intensidad. Esto lo sabemos en parte por Flaubert, quien en Madame Bovary describió las interioridades tumefactas del tedio en una mujer atrapada en su telaraña, y por los relatos de Chéjov, Oblómov y Leskov. Este último narró en Lady Macbeth de Mtsensk la historia de una mujer víctima del tedio ruso, que, entre bostezo y bostezo, se hundía en “una cruel melancolía, rayana en el atolondramiento”.

Si en Madame Bovary el tedio concluye en el suicidio de Emma Bovary y en la disolución de su familia, en el relato de Leskov desemboca en asesinato. No fue casualidad que los últimos herederos del tedio decimonónico se precipitaran en agosto de 1914 hacia la guerra, inducidos no sólo por la propaganda chauvinista sino por un irresponsable deseo de aventura en el que pretendían ahogar el aburrimiento. Como en la novela de Flaubert y en el cuento de Leskov, también aquella falsa huida terminó en sangre y destrucción. El mal del siglo, que era como se designaba al hastío del que se quejaban los jóvenes de la burguesía, acabó mal y con el siglo.

Retrato de Nikolái Leskov

Retrato de Nikolái Leskov

En algunos de sus relatos Maupassant exploró el terror solitario que le acompañó en una etapa de su vida. A pesar de ello, no pudo escapar de las garras de la locura que le condujo a una tentativa frustrada de suicidio y finalmente a una clínica en la que falleció poco tiempo después. Sin embargo, la sensación de terror que se apodera de los protagonistas de sus relatos deja una huella imborrable en nuestra memoria. Después de leerlos, sabemos un poco más de este tipo de vivencias que sólo un escritor tan incisivo y constante como él pudo transformar en material literario de altísima calidad.

Proust aprovechó la singularidad de sus circunstancias personales para indagar lo más lejos que pudo en ellas. Es posible que su condición de asmático explique en buena medida la hipersensibilidad con que capta las sensaciones físicas inmediatas y sus repercusiones en la memoria inconsciente. La experiencia de los celos, tan determinante en su vida erótica, le llevó a indagar en su naturaleza como quizá antes no lo había hecho nadie desde el Othello de Shakespeare. Su homosexualidad le permitió escarbar en lo que entonces se consideraba una terra incognita, si bien marcando la distancia de observador imparcial que atribuyó a la figura del Narrador, testigo presencial de la homosexualidad de otros personajes. Lo sorprendente de todo fue su habilidad para imprimir universalidad a estas circunstancias tan peculiares.

Proust fotografiado en 1921 después de que viera en una exposición

Proust fotografiado en 1921 después de que viera en una exposición “La vista de Delft”, de Vermeer

Influido por las conflictivas relaciones que desde la infancia mantuvo con su autoritario padre, Kafka describió en sus relatos y novelas una visión grotesca del poder, cuyo único objetivo se reduce a intimidar a aquellos en quienes pretende influir propalando una imagen de magnificencia que no se corresponde con la realidad y tachando de culpables a quienes no saben en qué consiste su delito. No pasaron muchos años después de la muerte del escritor para que la maquinaria del terror político, sustentada en un sofisticado aparato de propaganda, se adueñara de Europa, organizando meticulosamente la masacre de millones de inocentes, cuyo único delito era haber nacido.

Todos estos escritores tienen en común que, al ahondar en sus propias experiencias, mostraron alguna faceta de la condición humana que a sus contemporáneos les resultó chocante, inapropiada o demasiado alejada de la realidad, pero que, a la luz de la posteridad, hemos tenido que incorporar, a veces con reticencias, a nuestro bagaje de conocimientos.

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3 comentarios leave one →
  1. noviembre 11, 2014 8:37 pm

    La deuda contraída por Freud con Dostoyevski es inmensa. En “Crimen y castigo” está el complejo de culpa; en “Los hermanos Karamazov”, lo de matar al padre (“¿quién no ha deseado nunca matar al padre?” clama uno de los personajes). Y también con Schopenhauer, que se le adelantó en la idea del inconsciente. Hay que reconocer que Freud era un señor muy leído.

  2. Ángel Saiz permalink
    noviembre 11, 2014 10:56 pm

    Muy bueno tu comentario, Jaime. Una vez más, es cierto que la realidad a veces supera la ficción. Confiemos en que esos estados enfermizos sociales y colectivos (que no se debieron exclusivamente a unos pocos políticos dictadores) no vuelvan a repetirse. Haces bien en avisarnos para estar al tanto. Muchas gracias.

  3. octubre 12, 2015 1:53 pm

    Reblogueó esto en Biblioteca.

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