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Nietzsche tacha a Flaubert de nihilista al enterarse de que le gustaba pensar sentado

noviembre 4, 2014

El estado natural del ser humano es la acción, la actividad, el movimiento. Ya lo dijo Rousseau: “Si la naturaleza nos ha destinado a ser sanos, me atrevo casi a asegurar que el estado de reflexión es un estado contra la naturaleza, y que el hombre que medita es un animal degenerado”. Conociendo al autor de estas líneas, podemos sospechar que al escribir “el hombre que medita” quizá tuviera en mente a un prototipo de pensador nada natural, un pensador de salón, un salonnière seguramente parisino reflexionando sentado en su gabinete como quien se ejercita en un oficio cualquiera.

Al igual que Montaigne, quien confesaba que sus pensamientos se dormían si los dejaba sentados y que su mente no avanzaba si las piernas no la impulsaban, Rousseau reconocía que sólo conseguía meditar mientras caminaba. “Si me detengo, dejo de pensar; mi mente sólo trabaja con mis piernas”. En Las Confesiones cuenta que jamás pudo hacer nada con la pluma en la mano ante una mesa y un papel.

“Es durante el paseo por entre los roquedales y los árboles, por la noche en el lecho y durante mis insomnios cuando escribo en mi cerebro”.

Su gabinete de trabajo era el campo. Le hastiaba la mera visión de la mesa, del papel y de los libros. En cuanto se sentaba ante el escritorio, se le esfumaba la inspiración. “Voy echando mis pensamientos esparcidos y sin continuidad sobre trozos de papel”. Lo más desagradable era poner en orden esos fragmentos y luego coserlos.

Retrato de Jean Jacques Rousseau, de Maurice Quentin La Tour

Retrato de Jean Jacques Rousseau, de Maurice Quentin La Tour

Poco antes de morir escribió Las ensoñaciones (“rêveries”) del paseante solitario. Se compone de diez paseos. No pudo completar el último, fechado el 12 de abril de 1778, día de Pascua Florida. Dos meses y medio después, el 2 de julio, el viejo Rousseau moría en la localidad francesa de Ermenonville, siendo enterrado en la isla artificial del lago, en el centro del parque que lleva su nombre.

En la semblanza que hizo de él su amigo el escritor y botánico Bernardine de Saint-Pierre, atribuye la enfermedad que contrajo en el verano de 1777 a los paseos vespertinos, a pleno sol y con el sombrero bajo el brazo, que daba por el campo guiado por una de sus aficiones preferidas: herborizar. Desoyendo el consejo del amigo, quien le advirtió que en todos los pueblos meridionales las gentes se cubrían la cabeza con tocados tanto más altos cuanto más se acercaban al ecuador, para que el volumen de aire paliara los efectos del calor, Rousseau estaba convencido de que la acción del sol le hacía bien. La enfermedad se le manifestó con vómitos de bilis y violentas crispaciones de nervios.

Al año siguiente, en la misma estación, y a consecuencia de los mismos ejercicios, se repitieron los síntomas de la enfermedad que, según Saint-Pierre, pudo deberse a la misma causa que la que padeció el verano anterior. Pero esta vez no la superó. Le había comentado a su mujer que cuando le viera muy enfermo y sin esperanzas de recuperarse, lo llevara a una pradera. Seguro que con sólo contemplarla, sanaría del todo.

Bernardine de Saint-Pierre

Bernardine de Saint-Pierre

Si para Rousseau el hombre reflexivo –no el que se deja llevar por las ensoñaciones mientras pasea- es un animal degenerado, o sea, un animal híbrido, como los del bestiario kafkiano, un monstruo, en definitiva, para Pascal la infelicidad del hombre radica en que no sabe quedarse tranquilo en una habitación. Un hombre que goza de suficientes rentas para vivir, si supiera estar en su casa gustosamente, no saldría de ella para navegar en el mar o participar en el asedio de una ciudad.

Pascal creía que la causa de esta actitud evasiva es que si nos encerrásemos en un cuarto, sin nadie, lo primero que haríamos sería pensar en nuestra “condición débil y mortal”, en nuestras miserias, dejándonos atrapar por el tedio que, subiendo desde el fondo del corazón, llena la mente con su veneno: tristeza, pena, despecho, desesperación, negrura. Quizá sea desde este punto de vista como haya que interpretar el aserto de Rousseau. Los animales normales, los no degenerados, vegetan en un apacible no-pensar, siguiendo el curso de la naturaleza.

Retrato de Blaise Pascal

Retrato de Blaise Pascal

Pessoa decía que, por más dura que le resulte la vida, “el hombre vulgar tiene al menos la felicidad de no pensar en ella”, y que los hombres normales “viven la vida sucesivamente, exteriormente, como un perro o un gato”, con la misma satisfacción que éstos. Y es que, a juicio del autor portugués, pensar equivale a “destruir y descomponer”.

“Si los hombres supieran meditar en el misterio de la vida, si supieran sentir las mil complejidades que espían el alma en cada pormenor de cada acción, no actuarían nunca, ni siquiera vivirían. Se matarían de tan asustados, como los que se suicidan para no ser guillotinados al día siguiente”.

Como Montaigne y Rousseau, Nietzsche recomendaba estar sentado el menor tiempo posible y desconfiar de cualquier pensamiento que no haya nacido al aire libre y en el que no participen también los músculos. Paseante y viajero infatigable, sólo otorgaba valía a los “pensamientos caminados”, alegando que todos los prejuicios “provienen de los intestinos” y que “la carne del trasero es el auténtico pecado contra el espíritu santo”, al que se refería San Pablo.

Friedrich Nietzsche

Friedrich Nietzsche

Quien quiera llegar a la libertad de la razón, escribió,

“no tiene derecho, durante cierto tiempo, a sentirse sobre la tierra otra cosa que un viajero (…) no puede ligar fuertemente su corazón a nada particular: es preciso que haya siempre en él algo del viajero que encuentra su placer en el cambio y en el paisaje”.

Un día se encontró por casualidad con esta cita de Flaubert: “No se puede pensar ni escribir más que sentado”. Entonces el filósofo no se pudo reprimir: “¡Con esto te tengo, nihilista!” Era como si le hubiese pillado con las manos en la masa y no tuviese escapatoria. Para Nietzsche nihilismo significa que “los valores supremos se desvalorizan”.

Flaubert no fue el único al que le endosó semejante etiqueta. Sin embargo, en este caso su juicio pecaba de injusto. Por más que los deseos, esperanzas y pasiones que el novelista francés pinta en sus obras terminen devoradas por su propio fuego y el tiempo pulverice su recuerdo, dejando a lo sumo un rescoldo tenue, como la anécdota lejana que Frédéric Moreau evoca ante su viejo amigo Deslauriers en la última página de La educación sentimental, Flaubert sacrificó buena parte de su vida al arte, esa “quimera rabiosa” que le mordía el corazón, pero la menos falsa de todas.

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Gustave Flaubert

Nietzsche no se equivocaba al inferir de la cita de Flaubert que éste pertenecía a la raza de escritores sedentarios. El propio novelista se sentía víctima de la paradoja que suele afectar a la mayoría de ellos: le gustaban los viajes pero detestaba moverse de casa. En una carta a su amante Louise Colet, fechada el 28 de septiembre de 1846 en Croisset, donde vivía retirado con su madre, leyendo y escribiendo, le dijo que el día anterior se había acercado a la estación de tren para reclamar un sillón. Allí estuvo siguiendo con la mirada los raíles de la vía que continuaban hasta París, donde vivía Louise, casada entonces con un oficial. Se le encogía el corazón cuando veía los vagones que partían sin que él subiera a ellos.

Ahora le escribía la carta acomodado en el flamante sillón, en el que esperaba pasar sentado muchos años, si no se moría antes:

“¿Qué escribiré sentado en él? Sólo Dios lo sabe (…) ¡No importa que esta inauguración bendiga todos mis trabajos futuros!”.

Una semana antes de recoger el sillón en la estación de Croisset barajó la idea de mandar hacer dos muebles. Conociendo su afición por la vida sedentaria, quizá se imaginen de qué clase de muebles se trataba. El primero “sería para ponerlo en un salón con una bóveda azul y consistiría en un diván de piel de cisne”. El segundo, y para variar, “un diván de plumas de colibrí”. Ni a Emma Bovary se le habrían pasado por la cabeza semejantes deseos. Así de bovarista se mostraba a veces el padre de la criatura.

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Pabellón de la casa de Flaubert en Croisset, junto al Sena

A finales de septiembre en Croisset el frío otoñal se dejaba notar. Estaba lloviendo. Había tenido que encender la chimenea. Empezaba la estación del año “en la que nos vemos obligados a pasar encerrados muchas y largas horas –le comentaba a Louise- Pronto llegarán las veladas silenciosas a la luz de la lámpara, mirando cómo arde la leña y oyendo soplar el viento”. Junto a la chimenea soñaba con viajes, con interminables recorridos por el mundo. Cuando descendía a la realidad se sentía mucho más triste. “Mi apatía para moverme y para la acción en general, cualquier que ella sea, aumenta”, le decía en otra carta al año siguiente. Ya no era tan vigoroso como en su juventud, cuando el sudor le chorreaba hasta el suelo, “lo mismo que chorrea del vientre de los caballos”.

Como quien juega con fuego se acaba quemando, tampoco el propio Nietzsche se libró de la etiqueta de “nihilista” que después de su muerte le endilgaron algunos. De todos modos, en los círculos intelectuales europeos de finales del siglo XIX era frecuente que filósofos y escritores se la arrojasen a la cabeza, aunque sólo en Rusia el nihilismo adquirió rango de ideología. Hasta Tolstói tuvo que cargar con la dichosa etiqueta, si bien esta vez fue nada menos que el zar Alejandro III quien se la colgó a modo de sambenito. En la Rusia imperial, nihilista equivalía a anarquista e incluso a terrorista.

Sin embargo, el origen del concepto no es político sino  literario. Tras publicar en 1862 su novela Padres e hijos, Turguéniev descubrió consternado que, con motivo de un levantamiento revolucionario en San Petersburgo, miles de personas habían adoptado la palabra nihilista que el escritor ruso atribuye al personaje central de esta novela, el médico Bazárov, para cuya creación se inspiró en un modelo real, también médico de profesión. Al encontrarse con un conocido en la avenida Nevski el día en que estaban incendiando el palacio Apraksin, lo primero que le espetó fue: “¡Mire lo que están haciendo sus nihilistas! ¡Están quemando San Petersburgo!”. Mientras muchas personas de las que se consideraba cercanas, y cuyas opiniones compartía, se mostraron frías con él, recibía abrazos y felicitaciones de aquellas otras que pertenecían a un campo ideológico que detestaba.

Retrato de Turguéniev, por el pintor ruso Repin

Retrato de Turguéniev, por el pintor ruso Repin

Ante tal revuelo, Turguéniev se tomó el asunto con tranquilidad. No le remordía la conciencia. Pensaba que su actitud hacia Bazárov era honrada y, lejos de sentir prejuicios contra él, le resultaba simpático. Aclaró que jamás había utilizado la palabra nihilista a modo de reproche ni con intención de ofender, sino “para describir un hecho histórico que estaba surgiendo entre nosotros”. No obstante, era consciente de que una sombra había caído sobre él y que le perseguiría hasta el final de su vida, como así fue.

La definición más precisa de la figura del  nihilista la formuló Oscar Wilde. Con su peculiar ingenio para forjar paradojas, dijo que este “producto literario inventado por Turguéniev y perfeccionado por Dostoyevski” no era más que

“un extraño mártir sin fe, que sube al cadalso sin entusiasmo y que muere por algo en lo que no cree”.

Oscar Wilde

Oscar Wilde

 

Los peligros a los que, según Pascal, se expondría el individuo que decidiese encerrarse en una habitación, en vez de ir de caza en pos de una liebre o jugar a la pelota, fueron descritos con exactitud por Dostoyevski en el retrato que ofrece del personaje de Memorias del subsuelo. Se trata de un pequeño funcionario de cuarenta años de edad que, abandonado a la inercia contemplativa, un día se pone a redactar sus memorias en un cuarto feo y destartalado, situado en los confines de San Petersburgo. Poseído por “una conciencia demasiado clarividente”, este hombre confiesa que muchas veces ha intentado convertirse sin éxito en un insecto, sin que se haya juzgado digno de ello.

El fruto natural de esa conciencia –una enfermedad- es la desidia, o sea, quedarse de brazos cruzados. Todo lo contrario de la actitud que manifiestan los hombres activos, sencillos y sinceros, pero mediocres, obtusos y estrechos de espíritu, que confunden las causas secundarias con las principales. ¿Cuál es la esencia de ese pensar estático y reconcentrado? Que una idea provoca inmediatamente otra y así hasta el infinito, sin llegar a ninguna parte. Después de todo, aquí estriba la esencia de todo pensamiento. ¿Acaso el destino del hombre inteligente no es otro que charlar, es decir, verter agua en un tamiz?

Fiodor Dostoyevski

Fiódor Dostoyevski

En la segunda mitad del siglo XIX el flâneur, el paseante, gozó del estatus de figura literaria de primer orden. Inseparable de la expansión urbanística del París del Segundo Imperio, se convierte en un personaje esencial de la fauna urbana, cuya característica principal es su singularidad. De la multitud de viandantes que caminan por las calles, es el único que no se dirige a un destino fijo, apremiado por alguna obligación. Para eso es un rentista. Su “función” se reduce a mirar todo cuanto encuentra al alcance de sus ojos, espoleado por una curiosidad incansable. Espectador de la vida urbana, es la antítesis del turista masificado con vacaciones pagadas e itinerario previsible, que apunta su cámara fotográfica antes de mirar el monumento que pretende fotografiar.

“Espíritu independiente, apasionado, incorruptible (…), que en cada uno de sus movimientos reproduce la multiplicidad de la vida, la gracia intermitente de todos los fragmentos de la vida”. Así lo definió Baudelaire. Frente al  egoísta, “cerrado como un cofre”, y el perezoso, “recluido como un molusco”, el autor de El Spleen de París ensalza al paseante “solitario y pensativo que obtiene una singular embriaguez de comunión universal”.

“Le Flâneur” (1842), de Paul Gavarni

Dotado de una portentosa versatilidad, el flâneur adopta como suyas “todas las profesiones, todas las alegrías y todas las miserias” que le presentan las circunstancias. Sólo el poeta goza del privilegio de zambullirse en la muchedumbre y darse “un festín de vitalidad a expensas del género humano”. Para el paseante ocioso multitud y soledad son “términos iguales y convertibles”, porque “quien no sabe poblar su soledad, tampoco sabe estar solo en medio de una atareada muchedumbre”.

La fascinación por las multitudes de las ciudades atrajo también a Edgar Allan Poe, quien en su relato El hombre de la multitud cuenta la hipnosis que ejerce sobre el narrador -un hombre que acaba de salir de una convalecencia y observa con avidez el espectáculo urbano tras el cristal de la ventana de un café- el espectáculo de las masas de viandantes deambulando por una avenida de Londres, en aquella época considerada la capital del mundo.

La fascinación es tal que al caer la noche decide lanzarse a la persecución de un viejo decrépito y harapiento de unos setenta años, del que le llamó la atención la singularidad de su expresión. Quería saber más sobre aquel individuo de aspecto siniestro, al que empezó a seguir entre la multitud y bajo la lluvia. El extraño caminaba con firmeza y perseverancia. La persecución se prolongó dos días.

Fotografía de Edgar Allan Poe

Fotografía de Edgar Allan Poe

En la segunda noche el perseguidor estaba agotado. Incluso tuvo la oportunidad de mirar fijamente a la cara al perseguido. Pero el viejo no reparó en él y reanudó su paseo. Su conclusión es que éste representaba “el arquetipo y el genio del crimen”, que se niega a estar solo: el hombre de la multitud. Era inútil alargar la persecución. Jamás aprendería nada de él y de sus acciones.

El escritor que hizo del paseo una poética, además de una señal de identidad – precisamente uno de sus libros se titula El paseo– por la que se le conoce y se le ama también, es el suizo Robert Walser. Los jóvenes protagonistas de sus novelas eluden la responsabilidad de cargar con su ser evadiéndose de todos los lugares en los que empiezan a echar raíces. Viven en un constante estado de fuga. Con esta huida permanente escapan también de la tentación de “una vida ociosa y angustiosa junto a la estufa”.

Como bien sabía Walser, el paseo airea el alma, consuela y tonifica. De hecho, antiguamente los médicos recetaban pasear a los pacientes enfermizos. No sólo las extremidades del cuerpo y los músculos se sumergen en el movimiento sino los sentidos, mucho más despiertos que si permaneciésemos inmóviles. La atención se dispersa sin detenerse en ningún punto concreto, saltando libremente de un objeto a otro. No intenta retener ni acaparar. Mira sin tocar. Se deja llevar por una sensación plácida de olvido. Fluye como el río de Heráclito, cuyas aguas nunca son las mismas. Liberada del yugo de la repetición, ninguna cosa en las que repara es igual que la anterior.

Walser en uno de sus paseos

Robert Walser en uno de sus paseos campestres

Paseando, la imaginación trabaja a pleno rendimiento, desvirtúa las formas de las cosas y establece asociaciones fantásticas entre ellas gracias a la memoria, que se suma a esta labor de descomposición. Algo parecido sucede con los pensamientos, que se hilvanan y se deshilvanan casi al instante, se olvidan y retornan misteriosamente. La lógica por la que se rige el pensamiento sentado, que hace que una idea conduzca a otra, como en una aburrida operación aritmética, desaparece en el paseo. Ahora es el azar el que lo gobierna, favoreciendo el encuentro con las cosas que se cruzan en nuestro caminar.

Claro que también puede ocurrir lo contrario: que un pensamiento nos absorba tanto que caminemos como autómatas, empujados por la inercia de nuestros pasos, como si las piernas y los pies se moviesen al margen de la voluntad.  El resultado de estos paseos ensimismados es que el tiempo que tardemos en llegar al punto de destino se nos habrá pasado sin darnos cuenta, ajenos por completo a cuanto nos rodeó en el camino -personas, edificios, árboles, automóviles-, como si no nos hubiésemos desplazado del punto de partida.

El poeta ruso Osip Mandelstam sentía la necesidad de moverse cuando componía sus versos. Según relató su viuda, Nadiezhda Mandelstam, en el libro de memorias Contra toda esperanza, en esos momentos de inspiración se paseaba por la habitación de arriba abajo. Como ésta era de tamaño reducido, salía constantemente al patio, al jardín, al bulevar, vagando incluso por las calles. Para Mandelstam la poesía y el movimiento están estrechamente relacionados. Recuerda Nadiezhda que en su Conversación con Dante pregunta cuántas suelas gastó Alighieri mientras escribía la Divina Comedia.

“El Pensador”, de August Rodin

Como escultura, El Pensador está bien, nada que objetar. Pero el nombre con el que Rodin bautizó su obra quizá no sea el más apropiado, y ello pese a la postura de la figura. Ramón Gómez de la Serna le quitó hierro (o, mejor dicho, bronce) a la célebre estatua cuando dijo que El Pensador “será el hombre que más tiempo ha estado sentado en el retrete”. Prefiero creer que ese hombre de expresión grave más que pensar, está imaginando. Y que cada cual imagine lo que quiera acerca del objeto de su imaginación.

Uno puede imaginar en cualquier postura, siempre que sea cómoda. Intuyo que la mayoría de las personas que parecen rumiar pensamientos sesudos incluso en una postura tan escultural y romántica como la de El Pensador, en realidad se dejan llevar en volandas por su imaginación sin que ni ellas mismas se percaten del vuelo, como tal vez les ocurra a los pájaros mientras rasgan el aire con sus alas.

Vuelo, pájaros e imaginación pertenecen a la misma especie, a pesar de la definición que el Diccionario de la RAE ofrece de quien tiene la cabeza a pájaros: “persona atolondrada, ilusa o ligera”. La palabra que precedió a pájaro fue “pássaro”, del latín “passer”, es decir, gorrión, pardillo, que a su vez está emparentada con “passim: “por todas partes, por doquiera” y “desordenada, indistintamente”. Como el aleteo imprevisible del pájaro.

José Bergamín retratado por Ramón Gaya en 1961

José Bergamín retratado por Ramón Gaya en 1961

En 1934 José Bergamín publicó su segundo libro de aforismos La cabeza a pájaros, que dedicó a Miguel de Unamuno, “místico sembrador de vientos espirituales”. En la primera parte del libro, Molino de razón, uno de los aforismos reza: “El molino tiene la cabeza a pájaros, como hay que tenerla: a pájaros y a estrellas”. Pero en otro advierte que “cuando se tiene la “cabeza a pájaros” hay que andarse “con pies de plomo”. Que haya un contrapeso.

Entre los pensamientos caminados de Montaigne, Rousseau y Nietzsche y el nihilismo de los pensamientos sentados que este último reprochaba injustamente a Flaubert, pero que exhibe sin ambages el personaje de Memorias del subsuelo, se encuentra una tercera vía de tan difícil acceso que se han  escrito incluso manuales para quienes se atrevan a emprenderla. Se asemeja más a la opción de los pensamientos sentados, pero sólo en la apariencia. En ella el individuo está quieto, sin hacer nada e incluso, lo que es más difícil, con la mente en blanco, in albis. Sin embargo, esa quietud no implica en absoluto parálisis, sino más bien lo contrario: es una condición básica para que las cosas que el paseante mira con curiosidad se revelen al que prefiere permanecer en una habitación, liberadas de la apariencia de que las reviste la mirada.

Tanto en Europa como en el resto del mundo, son numerosas y muy antiguas las variantes de esta forma de estar. En el siglo XIX Schopenhauer fue su auténtico paladín, incorporándola incluso a su filosofía, lo que denominó “doctrina de la negación de la voluntad de vivir”, una mezcla de epicureísmo, budismo y brahmanismo, con retazos tomados de la mística occidental (cristiana) y oriental. Schopenhauer sostiene que si el origen del conocimiento radica en la voluntad, a cuyos fines sirve, la verdadera redención hay que buscarla en su negación. Es aquí donde intervienen la mística y los misterios.

El filósofo Arthur Schopenhauer

El filósofo Arthur Schopenhauer

En el momento en que la atención ya no se dirige a los motivos de la volición, sino que percibe las cosas al margen de la voluntad, y el sujeto las contempla sin interés, entregándose a ellas en la medida en que son meras representaciones, no motivos, entonces “los objetos se le ofrecen”.

Schopenhauer reparó en la sorprendente concordancia entre los autores que, pese a la enorme diferencia de épocas, países y religiones, han expuesto las doctrinas del quietismo, la renuncia a toda volición, el ascetismo y el misticismo, esto es, “la consciencia de la identidad del propio ser con el de todas las cosas”. En la Europa de los siglos XVII y XVIII algunas de las figuras más representativas de estas doctrinas fueron Madame Guyon, en Francia, el inglés John Bunyan, autor del El progreso del peregrino, y el sacerdote español Miguel de Molinos.

Miguel de Molinos (1628-1696)

Miguel de Molinos (1628-1696)

En 1675 Molinos publicó la Guía espiritual que desembaraza el alma y la conduce por el interior camino para alcanzar la perfecta contemplación y el rico tesoro de la paz interior, que tuvo una gran influencia en Francia e Italia principalmente. Escrita en una prosa espléndida (hay una edición en Alianza Editorial de José Ángel Valente), este místico heterodoxo fue gravemente sancionado por la Inquisición y por el Papa de la época, siendo encarcelado en mayo de 1685.

Miguel de Molinos aconsejaba anhelar “la indiferencia, la resignación y el olvido”, entonces

“sin que tú lo adviertas dejará el sumo bien en tu alma una apta disposición para la práctica de las virtudes, un verdadero amor a la cruz, a tu desprecio, a tu aniquilación y deseos íntimos y eficaces de la mayor perfección y de la más pura y afectiva unión”.

De regreso a la literatura y a un autor más próximo a nosotros, en la recopilación de aforismos que Kafka escribió antes de su muerte figura uno, el que clausura la serie, que bien puede leerse como un hermoso poema en prosa. En contra del activismo postulado por Rousseau o Nietzsche, Kafka propone un abandono progresivo del ser, que conducirá al individuo a una apta disposición, como dice Molinos, no tanto para la práctica de las virtudes y la aniquilación de los deseos, cuanto para penetrar en las cosas y los seres del mundo, franqueando la apariencia que los cubre:

“No es necesario que salgas de casa. Permanece sentado a la mesa y escucha. No escuches, espera solamente. No esperes, permanece tranquilo y solo.  El mundo se te ofrecerá para que le arranques la máscara, no puede hacerlo de otra manera, se retorcerá arrebatador ante ti”.

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4 comentarios leave one →
  1. noviembre 4, 2014 12:14 pm

    Me he echado un rato degeneradamente maravilloso. Qué gozo de lectura, don Jaime. Te mando un fuerte abrazo.

  2. noviembre 4, 2014 12:21 pm

    Muchas gracias, Mario. Si Rousseau y Nietzsche estuvieran al corriente de la plaga de sedentarismo que nos invade, seguro que nos echarían una buena bronca. ¡Qué degeneración! Un abrazo.

  3. Ángel Saiz permalink
    noviembre 4, 2014 11:42 pm

    Pues resuta que las caminatas son buenas, no solo para reducir el colesterol sino tambien para ejercitar la capacidad escritora. Aunque, como bien dices, los escritores que propugnan el senderismo es por contraposición a los “escritores de salón”.
    Nihilismo, quietismo, libertad… ¡Cuántos conceptos entran en juego en tu artículo, Jaime!. Muy instructivo y aleccionador.

  4. mayo 21, 2015 9:35 am

    Me encantó. Y eso que lo leí tumbado. Gracias.

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