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¿Es cierto que ahora se escribe más que nunca?

octubre 20, 2014

De un tiempo a esta parte se oye con frecuencia decir a personas cultivadas de cierta edad que “ahora escribe todo el mundo” y que “cualquiera publica un libro”, aunque sea en versión digital, la hermana pobre de la impresa. En algunos de estos comentaristas se intuye un resto mortal de despecho, probablemente porque en sus tiempos jóvenes ellos también se aventuraron en la escritura y quizá hasta soñasen con publicar un libro. Es como si quisieran distanciarse de esa mayoría borrosa que escribe y hasta publica un libro, del mismo modo que antaño trataron de distanciarse de la mayoría que no escribía, escribiendo…Hasta que un día colgaron el hábito novicio de la escritura, quién sabe si hastiados de enviar el mismo manuscrito a varias editoriales.

En los circuitos literarios se suele repetir también que hay más escritores que lectores, un comentario relacionado con el anterior y que, aun siendo exagerado, es un reflejo de dos circunstancias: ahora, gracias a los medios electrónicos, se dispone de más plataformas para publicar sin necesidad de pasar por ningún filtro y a coste cero, y la mayoría de los usuarios de estas plataformas son jóvenes con ganas de abrirse camino en la literatura, o lo que ellos entienden por tal. escribir-a-mano-foto-flickr Sin embargo, el fenómeno de la inflación de jóvenes escritores no data de ahora. Nada menos que hace casi setecientos años, Francesco Petrarca se lamentaba de que en su tiempo, a mediados del siglo XIV, “todo el mundo” estuviese ocupado escribiendo libros, como no había ocurrido en ninguna época anterior, mientras echaba en falta “hombres sabios y elocuentes”. Eran libros que se leían “en círculos de amigos”, por lo que fuera de éstos no los entendía nadie, salvo quien había tenido el privilegio de pergeñarlos.

El poeta y humanista toscano aconsejaba a quienes escriben libros que lean y conviertan lo leído “en una buena norma de vida”, porque el conocimiento de las letras “sólo es útil si se pone en práctica y se confirma con obras, no con palabras”. Calificó la escritura de libros de “enfermedad corriente, contagiosa e incurable”, para añadir que “todos se arrogan el oficio de escritor, que es propio de muy pocos”. Si esta enfermedad contagia a muchos, razona Petrarca, es porque siendo fácil envidiar a alguien, resulta difícil alcanzarlo. Por eso aumenta el número de los enfermos y la fuerza de la infección:

“Cada día hay más escritores y cada día escriben peor, porque es más fácil seguir que superar”.

Petrarca continúa su argumento expresando su deseo de que sólo escriban los que saben y pueden, de modo que el resto lea y escuche. Pero, ¡ay!, el deleite de entender “parece muy pequeño para el alma, a no ser que la mano agarre con presunción la pluma”, una tentación al alcance de cualquiera que crea haber entendido una porción minúscula de un libro. Más les valiera hacer caso del consejo de Cicerón: abstenerse de hacer un uso pésimo de la pluma y del tiempo de ocio, escribiendo pensamientos de forma desordenada e ininteligible y, como cabe esperar, sin proporcionar deleite alguno al lector.

Francesco Petrarca

Francesco Petrarca (1304-1374)

No obstante, disculpaba el que se escribiese siempre que fuera

“para ejercitar el ingenio, para aprender o para enseñar, para evadirse de los malos tiempos y escapar del fastidio presente con la memoria de las cosas pasadas”.

Por el contrario, no merecía disculpa alguna si se escribía “para aliviar una secreta e incurable compulsión a la escritura”, algo que más bien le parecía digno de compasión, como esos que escriben sólo porque no pueden dejar de hacerlo, como quien corre cuesta abajo. En cuanto a quienes escriben para alcanzar fama, Petrarca recuerda que muy pocos han visto satisfecho semejante deseo, aunque son incontables los que han llegado a la vejez “pobres, locos y desnudos como ridículos charlatanes para la mofa del vulgo”.

De estos clarividentes comentarios se colige que en todas las épocas es propio de la edad juvenil el deseo de expresarse por escrito, de acceder al privilegio de ser leídos e incluso de acariciar la fama, esperando recibir algún premio literario. Al contrario que otras artes, cuyas técnicas y destrezas deben aprenderse en centros formativos, la escritura se ofrece a todo el que quiera recibirla y tenga algunas aptitudes para ejercitarse en ella. Luego está la letra pequeña del oficio, que actúa de filtro natural y más pronto que tarde disuade a un buen número de aspirantes.

Las editoriales reciben una cantidad oceánica de originales, principalmente de novelas, y las convocatorias de los premios literarios son secundadas por cientos de escritores desconocidos que esperan que les toque la lotería del galardón deseado. La posibilidad de autoeditarse los libros en versión digital ha roto los diques de la contención que impone el costoso papel, al tiempo que se relajan los límites de la exigencia. Ahora son los lectores quienes, abrumados por una oferta descomunal, tienen que mantener alto el listón de la calidad si no quieren que les den gato por liebre.

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La razón por la que los autores neófitos se inclinan por la novela es que, como ha ocurrido casi siempre, se trata del género más demandado por los lectores y al que, siguiendo la lógica del mercado, las editoriales prestan mayor atención. El ejemplo del éxito alcanzado por una elite de novelistas anima a los jóvenes aspirantes a enviar sus manuscritos a las editoriales y presentarse a premios más o menos famosos, aunque tengan que probar suerte primero en la edición digital, a la que los editores no pierden ojo por si entre tanta baratija encuentran alguna perla que puedan vender en el formato de papel.

Hace poco más de un siglo se conoció una fiebre de escritores noveles que sólo superficialmente recuerda a la estos tiempos. Fue antes de la Primera Guerra Mundial, en la que murieron muchos de esos jóvenes con inquietudes literarias. Buena prueba de ello es que numerosos supervivientes escribieran valiosos testimonios sobre aquella trágica experiencia. Entonces la letra impresa ejercía un monopolio absoluto en el ámbito de la comunicación pública y no tenía que competir, como ahora, con los medios audiovisuales y electrónicos y sus múltiples ofertas de entretenimiento.

El deseo de canalizar los vaivenes de la subjetividad a través de la literatura se tradujo en un inusitado incremento de la nómina de poetas, dramaturgos y novelistas. En contra de su criterio, los padres burgueses hubieron de añadir a las profesiones predecibles para sus hijos, la improductiva de escritor o poeta. Por suerte para muchos de ellos, la vocación literaria se redujo a una especie de sarampión, que había que sobrellevar con paciencia hasta que se curase. Alrededor de la literatura flotaba un inconfundible halo de prestigio. La enseñanza de la tradición literaria en los liceos (a los trece años la poeta rusa Anna Ajmátova recitaba de memoria versos de Verlaine y Baudelaire), la publicación de artículos de calidad en la prensa por autores reconocidos y la presencia de una respetada crítica y de un amplio público lector contribuían a hacerla atractiva.

Foto de juventud de la poeta rusa Anna Ajmátova (1889-1966)

Foto de juventud de la poeta rusa Anna Ajmátova (1889-1966)

Por ejemplo, en Praga la afición por la escritura entre los jóvenes burgueses era tan conocida en el resto de Europa que ya era un lugar común que cuando alguno viajaba al extranjero, lo primero que le preguntaban era si él también se dedicaba a escribir. La joven generación de habla alemana consideraba el oficio de escritor una suerte de proyecto existencial, que le permitía exteriorizar su rebeldía contra la indolencia cultural de la poderosa minoría de alemanes que regentaba los negocios de la capital checa.

Stefan Zweig recordaba en su autobiografía El mundo de ayer que para su olfato joven de diecinueve años, recién salido del instituto, “el perfume más dulce del mundo, más grato aún que el de la esencia de las rosas, era el de la tinta tipográfica”, no el de la tinta del tintero. La elección denotaba una preferencia por ver publicada la propia obra y forjarse un nombre en la competitiva sociedad literaria de la Viena finisecular. Entre los bachilleres de su generación, estar al corriente de un acontecimiento literario o una novedad que removiera los valores tradicionales, como la publicación de un poemario de Rilke o de Stefan George, de una obra de Nietzsche o de Strindberg, gozaba de un prestigio único.

El café era el lugar idóneo para informarse de las novedades. Al volver la mirada atrás, Zweig reconoció que

la suma de nuestro saber, el refinamiento de nuestra técnica literaria, el nivel artístico, eran realmente asombrosos para jóvenes de diecisiete años y sólo explicables por el ejemplo estimulante de la inaudita madurez temprana de Hugo von Hofmannsthal, que nos obligaba a forzarnos apasionadamente por lograr lo supremo, a fin de poder resistir la mutua crítica”.

Esos jóvenes dominaban “todos los recursos del arte, todas las extravagancias y todas las audacias del idioma”, probando en innumerables ensayos “la técnica de todas las formas del verso, de todos los estilos, desde el patético pindárico hasta la simple dicción de la canción popular”.

August Strindberg

August Strindberg

Incluso se vinculaba la vocación literaria con el sacrificio de la propia vida. En 1903 Rilke aconsejaba en una carta a Franz Xaver Kappus, entonces cadete en una escuela militar austrohúngara y dubitativo poeta en ciernes, que se preguntase si su vocación era auténtica, reconociendo “si se moriría si se le privara de escribir”. Si la respuesta era positiva, debía construir su vida “según esa necesidad, hasta en su hora más indiferente y pequeña, de modo que ésta se convirtiese en un signo y un testimonio de ese impulso”, sin preguntarse por la recompensa que pudiese venir de fuera.

En una carta a Felice Bauer, la novia de su amigo Franz Kafka, Max Brod le comentó que no entendía que la madre de éste le dijera que la literatura era un pasatiempo para su hijo, cuando sabía que se dedicaba a escribir las horas que le dejaba libre su trabajo y temía que estuviese minando su salud. “¡Dios mío! Como si no nos devorara el corazón”, añadía Brod en la carta.

Reiner Maria Rilkr

Rainer Maria Rilke

Los argumentos de dos obras capitales publicadas en este periodo giran en torno a la escritura y las dificultades que la rodean: Carta de Lord Chandos (1902), de Hofmannsthal, y el ciclo novelístico En busca del tiempo perdido (1908-1922),en el que Proust convierte a su protagonista principal, el Narrador y alter ego del propio novelista, en un joven mundano con vocación de escritor quien, pese a las resistencias que encuentra para emprender su obra, un día se embarca en su escritura mientras se va distanciando de la sociedad aristocrática de la que ha extraído buena parte del material para su novela, que es la que el lector está leyendo.

En Carta de Lord Chandos, Hofmannsthal creó un personaje, el joven aristócrata y erudito Lord Chandos, quien envía una misiva, fechada el 22 de agosto  de 1603,  a su mentor, el filósofo Francis Bacon, en la que le desvela su propósito de renunciar para siempre a escribir tras reconocer que había perdido “la capacidad de pensar o hablar coherentemente sobre ninguna cosa”.

Hugo von Hofmannsthal

Hugo von Hofmannsthal

A partir de estos testimonios se entiende que Julien Gracq considerase un legado exclusivo del siglo XIX lo que definía como “dramatización del acto de escribir”, desconocida en los dos siglos anteriores. Otra cuestión es que, siendo muchos los llamados, fuesen pocos los elegidos. El mismo Zweig recordaría años después que la mayoría de sus amigos que, al igual que él, comenzaron a escribir en la adolescencia, abandonaron esta actividad cuando eligieron otras profesiones. Sólo en él perduró la pasión creadora hasta convertirse en el núcleo de su existencia.

Un joven que comienza a escribir está atento a la literatura que se publica, pero siempre con el ojo puesto en los autores que superaron la prueba del tiempo. No tiene por qué atarse a un género, por muy de moda que esté. Si algo se puede aprender de la experiencia es que el escritor neófito que se obstina en seguir la moda, termina por incurrir en un mimetismo borreguil con el resultado de que al final escribirá lo mismo que todos e igual que todos.

La moda no es buena consejera para un artista. Los lectores de hoy no serán los de mañana y libros que cosecharon cierto éxito durante una temporada, a la siguiente caen en un olvido merecido. Puede escribir poesía, aferrarse a un cuaderno de notas personales, tipo diario, en el que dar rienda suelta a su imaginación literaria. La inventiva no conoce límites. Ramón Gómez de la Serna encontró en la greguería, género de propia invención, una forma de explorar las cosas cotidianas a través de la metáfora.

Stefan Zweig

Stefan Zweig

Con un poco de suerte hasta puede mantener correspondencia con personas que, al igual que él, descubren en la expresión escrita una manera útil de contar cosas de sí mismos o del mundo que les rodea. En tiempos pasados, las cartas, al igual que los diarios, fueron para muchos autores una forma de iniciación no sólo en la escritura, sino un sugerente material de observación. El taller del escritor puede ser de gran ayuda para el iniciado, precisamente porque no se siente sujeto a ninguna moda ni rehén de expectativas absurdas que a menudo entorpecen la libertad creadora y ciegan las ventanas de la imaginación. En los apuntes personales resulta más difícil engañarse a sí mismo. No esperan la publicación ni están atentos al qué dirán.

La posibilidad de publicar en los medios que ofrece Internet, como el blog o las redes sociales, obliga a sus autores a cuidar la redacción y el estilo de los textos, desempeñando un papel parecido al que en los viejos tiempos desempeñaba la lectura ante un auditorio reducido. Pero en este periodo de rodaje quizá tampoco convenga estar demasiado pendiente de mostrar escritos recién salidos del taller. Así como todo ser vivo necesita la oscuridad mientras crece, “por muy fuerte que sea su tendencia natural hacia la luz” (Hannah Arendt), también en esta fase de iniciación y aprendizaje el joven autor necesita la sombra de la intimidad, lejos de la mirada pública. Ya tendrá tiempo de tomar una decisión al respecto y, sobre todo, de sentirse más seguro a la hora de tomarla.

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12 comentarios leave one →
  1. rachael permalink
    octubre 21, 2014 6:55 pm

    Solamente quiero hacer constar lo mucho que me ha gustado esta entrada y confesar, ya de paso, que he dicho -sin ser ni tan mayor, creo, ni tan cultivada como viene a sugerir el comienzo del artículo…-: “que ahora escribe todo el mundo” (me he sentido identificada, y lo creo firmemente, pese al juicio demoledor que, a tus ojos, ello conlleva). Yo jamás me he presentado a concurso alguno y no me ha parecido nunca una mala decisión (cobarde, puede, pero acertada, también). Y sí que me he aventurado a escribir desde bien jovencita, y lo sigo haciendo…, pero no lo hago tan bien como para publicar. Bueno, no me extiendo más. El artículo es estupendo, aunque mi opinión parezca y, en cierta forma, necesite contradecir parte del mismo. Gracias. (Disculpa la extensión y, quizá también, cierta confusión en mi comentario.) Un saludo.

    • octubre 28, 2014 10:42 pm

      Gracias, Rachael. Me parece que lo más importante es que para ti escribir sea una necesidad, aunque, al menos por ahora, no consideres oportuno publicar (o intentarlo). Mucho ánimo y, por qué no, también suerte. Un saludo.

  2. Ángel Saiz permalink
    octubre 24, 2014 1:20 pm

    Me parecen muy adecuadas y sugerentes las ideas y consejos que ofreces para los escritores noveles. Destaco dos de ellas: escribr sin pensar en el éxito y ser muy personal, tanto en el estilo como en cuanto al género. Con tu artículo, Jaime, dan ganar de lanzarse a la aventura escritora.

  3. octubre 26, 2014 6:05 pm

    Me gustan mucho los dos comentarios, he leido con mucha atención la nota, soy redactor de una revista en mi país Honduras y pienso que en verdad ahora hay mucha oferta de lecturas variadas, pero como dice el artículo mucho de ello es “baratija” y sólo un poquísimo porcentaje es “perla” que pueda publicarse. Espero escribir algún día una de estas perlas y así convertirme en verdadero escritor, no redactor periodístico como hoy.

  4. Rubén Angulo permalink
    octubre 30, 2014 9:37 pm

    “Un joven que comienza a escribir está atento a la literatura que se publica, pero siempre con el ojo puesto en los autores que superaron la prueba del tiempo.”

    Casi diría que al revés, atento a los clásicos y echándole de vez en cuando un ojo a lo que ocupa las estanterías de las librerías, que no es gran cosa. Cada vez que procuro hacerme a una idea de lo que se escribe en la actualidad, cada vez que pruebo con uno de esos autores tan alabados por la masa de los lectores, termino en una nueva decepción. Por eso vuelvo a los clásicos, una y otra vez. Procuro no hablar de mi escritura. Eso es otro cantar. Cuando hablo de mis lecturas lo hago desde el punto de vista de un lector más. Pero… me queda claro que… dado lo que se lee hoy en día, todos esos escritores con afanes de publicar, o mejoran sus lecturas o no progresarán.

    Un saludo
    Rubén
    @rangual

    • noviembre 1, 2014 1:27 pm

      Estoy de acuerdo contigo: es preciso mejorar las lecturas y visitar más a los clásicos (antiguos y modernos). Un saludo

    • noviembre 24, 2014 11:36 am

      Totalmente de acuerdo con Rubén. Azorín, Cervantes, Josep Plá, Llamazares… y esto sin salir de España. Creo que hay que leer mucho de los buenos y estar un poco pendiente de lo que sale, por si se nos escapa algo bueno. Algo difícil, por otro lado, cuando tenemos plumas como las de Belén Esteban y otras perlas, capaces de escribir un libro sin haber leído antes otro.
      Enhorabuena por el blog, Jaime. Todo un descubrimiento.

      • noviembre 25, 2014 8:37 pm

        Gracias, Carlos. No será por falta de oferta de buenas lecturas. Y más cuando disponemos de tantos medios y recursos para informarnos de libros y autores (no sólo novedades).

  5. mayo 3, 2015 10:31 pm

    Muy buen artículo, gracias!

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  1. Sobreproducción editorial

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