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Ramón Gómez de la Serna, el buscapiés del pensamiento

octubre 14, 2014

El año pasado se cumplió el cincuentenario de la muerte de Ramón Gómez de la Serna. Pero medio siglo no es nada para un escritor que tiene la inmortalidad garantizada porque siempre habrá lectores que se regocijen con la forma literaria por la que fue, es y será más conocido: la greguería. Este vocablo tiene un significado convencional –vocerío o gritería confusa de gente–, pero desde que en 1912 Ramón empezó a utilizarlo para designar las greguerías, lo asociamos con su nombre. Ramón y greguería. Como no podía ser menos, él mismo compuso una greguería para definirla: “Una greguería es el buscapiés del pensamiento”. Para que no tengan que acudir al Diccionario de la RAE y descifrar el significado de esta palabra, les adelanto que el buscapiés es un cohete sin varilla que, encendido, corre por la tierra entre los pies de la gente. No estalla, aunque en sus enloquecidas correrías echa chispas. También se lo conoce con el nombre de “borracho”, una metáfora que Ramón hubiese encontrado apropiada para una de sus greguerías.

Ramón Gómez de la Serna

Ramón Gómez de la Serna

En el prólogo a la edición de las Greguerías de 1960, fechada en Argentina, país en el que se encontraba exiliado y donde murió tres años después, explica su origen. Dice que la palabra greguería le gustó “por lo eufónica y por los secretos que tiene en su sexo” y avanzó una nueva definición: “Lo que gritan los seres confusamente desde su inconsciencia, lo que gritan las cosas”. Incluso recordaba el día del bautizo, una tarde de junio de 1910, en el piso primero derecha de la casa número 11 de la calle de la Puebla, en la villa y corte de Madrid.

“Era un día aplastado por una tormenta de verano. Tenía hinchada la frente. Me asomaba al balcón y volvía a meterme dentro y a sentarme”.

Sobre su mesa de trabajo, las tijeras abiertas, “como cuando los pelícanos abren el pico a los días de calor”, le estorbaban la idea, así que las cerró.  Por fin, en una última llamada del balcón, dándose un golpe “contra la esquina del diván al salir a buscar lo que estaba entre cielo y tierra”, encontró la invención de la “greguería”, una palabra cuyo significado no conocía muy bien, por lo que acudió al diccionario. En Automoribundia recuerda que en aquel momento “una procesión de sol y modistillas pasaba por la acera de enfrente y yo me atrevía a desafiar la expectación”. Fue un día de escepticismo y cansancio en el que, después de mezclar todos los ingredientes de su laboratorio, frasco por frasco, surgió la greguería “de su precipitado, depuración y disolución radical”.

"La tertulia del Café Pombo", de Gutiérrez Solana. Ramón Gómez de la Serna aparece de pie

“La tertulia del Café Pombo”, de Gutiérrez Solana. Ramón Gómez de la Serna aparece de pie

Al director del periódico en el que colaboraba no le gustó el nombre. Le rogó que lo cambiase. Pero Ramón se negó terminantemente.Ya fuera porque cerró a tiempo las tijeras que había encima de su mesa o por la fe que demostró tener en su intuición, el caso es que el encuentro con la greguería le trajo suerte:

“Gracias a las Greguerías he vivido, he conferenciado, he viajado, he tenido contraseña universal […] Desde entonces, la greguería es para mí la flor de todo lo que queda, lo que vive, lo que resiste más al descreimiento”.

Algo tan resistente no podía encerrarse en una definición más o menos formal, por lo que Ramón encontró para la greguería nuevas definiciones. Ahí van algunas: “Una mirada fructífera que, después de enterrada en la carne, ha dado su espiga de palabras o realidades”. “Consigna breve para saber los tópicos que se llevan matados y lo lejos que se está del último lugar común”. “Lo único que no nos pone tristes, cabezones, pesarosos y tumefactos al escribirla, pues su autor juega mientras la compone y tira su cabeza a lo alto, y después la recoge”. “Lo más casual del pensamiento, al que hay que conducir, para encontrarla, por caminos de serpiente, de hormiga o de carcoma, hasta ese punto de casualidad”. “El nombre más apropiado de las cosas”. “Es el atrevimiento a definir lo que no puede definirse, a capturar lo pasajero, a acertar o a no acertar lo que puede no estar en nadie o puede estar en todos”. “Revolución serena y optimista del pensamiento, la más poética broma de la vida” y “repaso estricto y poético de la vida”.

[En el siguiente vídeo, Ramón Gómez de la Serna, en una curiosa grabación rodada en 1928 por Feliciano Vítores, interpreta un monólogo dedicado al “orador”, una sátira contra los políticos populistas que proliferaban en aquellos años convulsos:]

A pesar de estas definiciones, Ramón tuvo que concluir de forma un tanto inconclusa que “nunca se sabe qué cosa es greguería, cuántas quedan posibles, dónde se encuentran las buenas” porque “todo lo que merece ser dicho tiene que ser secreto y no hay nada que cueste más sacar a la vida que sus secretos”. Después de las definiciones, nos previno acerca de lo que no es la greguería. No es una frase célebre y menos aún lapidaria (“la greguería no sale de debajo de ninguna lápida de tumba”). Ni una de esas sentencias que figuran en el reverso de las hojas de los almanaques. No es un paradigma ni un apotegma. Tampoco un veredicto, ni un aforismo (“lo aforístico es enfático y dictaminador. No soy un aforista”).

Las greguerías no son reflexiones ni tienen nada que ver con ellas. Humildes y traviesas por naturaleza, se encuentran a años luz de las máximas “duras como una piedra, como los antiguos rencores contra la vida”. Son silvestres, encontradizas, audaces y tímidas. “La manera sin amaneramiento”. “Nunca pueden ser rebuscadas. Hay que esperarlas deambulando o sentados. Ni un paso voluntario hacia la imagen”. Deben estar libres de “sentimentalismo rabilargo y de cursilería rabicorta”. Y de descripciones.

Ramón, fotografiado en su exilio en Argentina

Ramón, fotografiado en su exilio en Argentina

Son numerosas y variopintas las propiedades de la greguería. Para empezar, desinfla, baja los humos y sube el humor, alegra el día y aclara la noche, desentumece los músculos, sobre todo los de la cara, abre ventanas, ventila el alma y alivia el peso del yo y, sin perder la compostura, manda a hacer gárgaras al tedio. Ramón añadió otras propiedades de su cosecha:

“Resarce, consuela, es un refrigerio inesperado” y “sacia como un cuscurro de pan entre planes y planes, o como un vaso de agua entre la sed falsa de los negocios o de las especulaciones incurables”.

No tuvo reparos en hacer pública la fórmula nada secreta de la greguería: “Humorismo + metáfora = greguería”. De las virtudes de la metáfora auguró que es “lo único que quedará y que en realidad ha quedado, de unos tiempos y de otros”. Mientras las ideas “serán verdaderas una temporada, las glosas serán aburridas, las tesis se quedarán tontas, las acertadas metáforas serán florecillas de los siglos”. Ramón pensaba que “todo lo material y lo inmaterial pueden ser objeto de metáfora” y que las palabras y las frases mueren por su origen correcto y literal. Sólo alcanzan la gloria cuando son metáforas, “porque la metáfora las hace abstractas y embalsamadas”. Además, “multiplica el mundo, no haciendo caso al retórico que prohíbe enlazar cosas sólo porque él es impotente para lograrlo”.

Ramón Gómez de la Serna presidiendo una tertulia en el Café Pombo, en la calle Carretas de Madrid

Ramón Gómez de la Serna presidiendo una tertulia en el Café Pombo, en la calle Carretas de Madrid

Si por casualidad Ramón hubiese ido a parar a la Luna, a la que dedicó tantas greguerías como espectador terrícola, seguro que habría sacado punta a sus cráteres cenicientos, a sus desiertos sin huellas ni camellos y a sus aburridos mares de la tranquilidad. Otro tanto habría sucedido de haber pisado una celda carcelaria como las que se estilaban en su época, con la escueta compañía de un lavabo, el camastro mal vestido, una triste bacinilla y el típico ventanuco enrejado en lo alto del muro. En ese encierro semidesnudo su imaginación habría vagado en busca de una metáfora. Y la habría encontrado, por supuesto.

Claro que la greguería no se reduce a una esquemática fórmula literaria. Es mucho más que eso: una manera de mirar distinta de todas las maneras que conocemos. Guiado por su imaginación e ingenio, Ramón tiene el don de penetrar en el corazón de las cosas. Es como un niño grande para quien “los juguetes del mundo” son siempre nuevos, gracias a su facultad portentosa para mirar todo por primera vez (“en realidad, me dedico a la greguería desde mi niñez, y al ama de cría ya le lanzaba greguerías”, confesó), extrayendo de cada cosa la impresión que encuentra en ella. O al menos la impresión que nos ofrece a los lectores después de desechar las restantes. Pero eso es algo que no queremos averiguar ni nos interesa.

Esa impresión surge muchas veces de la asociación de imágenes, recuerdos o ideas que establece con el objeto de su observación. El resultado de ello es que buena parte de las greguerías ofrecen dos cosas por una, por ejemplo, un camello y una nuez (“El camello tiene  la nuez en la joroba”), un hipopótamo y un baúl (“El hipopótamo hace vida de baúl”), una cebra y la caligrafía (“La cebra es un modelo de caligrafía”), una pistola y un grifo (“La pistola es el grifo de la muerte”), un gallo y  un paraguas (“El gallo se sacude las alas como si sacudiese un paraguas mojado”), la Dama de Elche y unos auriculares (“La Dama de Elche es la primera dama que gastó auriculares”).

Portada de la primera edición en 1914 de las "Greguerías"

Portada de la primera edición en 1914 de las “Greguerías”

Una cosa le recuerda siempre a otra de naturaleza muy distinta –ahí reside buena parte de la gracia-, y en dos líneas, y a veces en una sola, se las arregla para unirlas en una feliz alianza que, al mismo tiempo que sorprende, persuade. Nunca fuerza la ligazón, como si el destino de esas dos cosas tan dispares hubiese sido unirse y Ramón hubiera estado ahí para facilitar la unión. Al emparejar de forma tan convincente dos cosas dispares, percibimos el objeto original desde un punto de vista inédito. También el objeto con el que se lo compara se nos aparece de una forma diferente de cómo lo veíamos antes. Percibiéndolos desde una nueva perspectiva llegamos a conocerlos mejor, con más precisión y cercanía.

Ramón le da vueltas a las cosas, buscándoles las pulgas (¡cuánto le hubiera gustado esta expresión!). Pone los cinco sentidos en su búsqueda. Mira, olfatea, tantea, escucha (“tenemos que poseer muy sutil oído para oír las cosas”) y si es preciso saborea. No se olvida del sexto sentido, el sentido común, sin el cual no se entiende la mayoría de sus metáforas.

Ramón Gómez de la Serna en su estudio en Madrid, antes de la Guerra Civil

Ramón Gómez de la Serna en su estudio en Madrid, antes de la Guerra Civil

Pues lo único que hacen las greguerías es anticiparse a nosotros, sus lectores, o mejor dicho, dar forma verbal a algo que, antes de leerlo en la greguería, ya se nos había pasado por la cabeza, sólo que Ramón, con su ojo avizor y su imaginación receptiva, lo captaba al vuelo y aún en estado embrionario, hasta que lo sacaba a la luz. De manera que sus metáforas se nos antojan naturales, como si hubiesen caído del cielo. Es posible que hasta nos preguntemos por qué no se nos habrían ocurrido antes. Naturalmente, estamos ante una ilusión óptica.

La metáfora ramoniana nos parece tan apropiada, tan traída a colación, que al leerla tenemos la sensación de haberla encontrado. Y es que el ingenio y la imaginación que proyecta Ramón en cada greguería incitan al lector a continuar su juego asociativo, algo que a él no le importaba en absoluto. Al contrario, decía alegrarse de una greguería ajena más que de una propia, “entre otras razones de desinterés, porque no me ha costado andarla buscando por el Imposible o estarla esperando en el quicio de una ventana como araña paciente”.

La greguería tiene el encanto de lo cotidiano, de las cosas pequeñas con las que estamos familiarizados, que usamos todos los días y que trenzan nuestras costumbres, pero que dejamos de mirar, amodorrados por la certeza de que las encontraremos en el mismo sitio de siempre. Pues bien, son esas cosas intrascendentes, que tienen la particularidad de disuadirnos “de todas las accidentales aspiraciones insensatas”, las que atraen la mirada incisiva de Ramón: un paraguas (“Abrir un paraguas es como disparar contra la lluvia”), una bicicleta (“Lo más bonito de la bicicleta es su sombra”), una máquina de coser (“Es el aparato cinematográfico de la sábana blanca”), una cucharilla (“Mete tanto ruido al caer porque es el niño de los cubiertos que se ha caído”), los carteles luminosos de las calles (“Están neurasténicos”), la jaqueca (“Esa señora pesada a la que no se quiere recibir, pero que se cuela diciendo: “Sé que está en casa”), la tos (“Es muchas veces trasnochadora, se esconde, no se sabe dónde, hasta que llega la noche”), los carteles de cine (“Invitan al crimen y al amor”), las letras del alfabeto (“La q es la p que vuelve del paseo”), las moscas (“Se andan en las narices”), el agua de Colonia (“El whisky para la ropa”) los perros (“Nos enseñan la lengua como si nos hubiesen tomado por el doctor”), una pelota (“Volveríamos a la infancia si encontrásemos la pelota que se nos quedó en el tejado hace muchos años”). 

Retrato cubista de Ramón Gómez de la Serna, por Diego Rivera (1915)t

Retrato cubista de Ramón Gómez de la Serna, por Diego Rivera (1915)

El lector actual observará que algunas de las cosas que desfilan por las greguerías ya no existen, desaparecieron por el desuso, sin dejar descendencia. Como ocurre con los apellidos de tantas personas que corrieron una suerte similar, fueron borradas de la memoria colectiva y hoy son historia. Sin preverlo, estas greguerías pobladas de cosas anacrónicas –los baúles, la máquina de coser, el teléfono negro y de rin-rin, la máquina de escribir, la “máquina lavarropas”- son mucho más que una visita a un museo: un viaje a un pasado redivivo.

La greguería no es un género aislado en su tiempo, como tampoco Ramón lo estaba de las vanguardias artísticas que nacieron antes de la Primera Guerra Mundial y prosiguieron su avance después de ésta, dando luz incluso a otras nuevas, como el Surrealismo. Se inscribe en la literatura del fragmento, del rompecabezas, del mosaico, tres sinónimos que expresan una ruptura con la tradición del discurso narrativo de profunda raigambre en el siglo XIX. Ramón atisbó enseguida el nuevo signo de los tiempos:

“Antes se hacía un discurso vano con ocasión de cualquier cosa, se hacía una moral, una hilada de conceptos; ahora sólo basta con una frase para revelar que se está más allá de los horizontes pasados”.

Por ello se opuso a las “construcciones de mazacote” y al “terrible granito que se usaba antes en toda construcción literaria”. Contra quienes criticaron que el cultivo del género fragmentario era un indicio de vagancia y de anarquía, objetó que “sólo un maldito” podía haber dicho semejante barbaridad, ignorando que es lo más costoso de encontrar, y que “en el entretanto del hallazgo de dos buenas greguerías se pueden escribir con facilidad los más largos ensayos o estudios históricos”.

Por si alguien pensaba que la greguería surge de la improvisación, aclaró que era lo único que no improvisaba nunca.

“Me las concede esa adolescencia de la vida que es pareja de nuestra adolescencia o de nuestra vejez… Tienen que ser lentas y naturales”. Más aún, “se puede improvisar una novela, pero no una greguería”, porque resulta muy costoso “trabajar para que todo resulte un poco deshecho”.

Ilustración del propio Ramón para una de sus greguerías

Ilustración de Ramón para una de sus greguerías

La constancia no implicaba que la cosecha de sus greguerías fuese constante, sino que sólo brotaba raras veces, “pues para hallar la greguería hay que estar en un estado de gracia profano y difícil”.  Ramón se imaginaba tan pronto como un verdadero pescador de greguerías, que se pasaba los días esperándolas mientras arrojaba de nuevo al agua “las que son sólo sardinas”, como un “atrapamoscas de la greguería”, que tenía que pasarse muchas horas “con el brazo extendido y haciendo gestos como detenedor de aviones en un campo de aterrizaje”. Porque “se está siempre cerca de una greguería, pero nunca se la toca”.

Tiene en su haber la singularidad de mostrarse tenaz y perseverante con su ingenio, al contrario que la mayoría de sus colegas, en un país donde a menudo el ingenio se cansa en cuanto ha lanzado algunas chispas al aire y, al igual que éstas, se apaga para siempre. Se agosta sin llegar a septiembre. No se da tiempo para crecer, perpetuándose en el infantilismo. Entonces se pone a engordar y, finalmente, se ahoga en su propia grasa.

La greguería encuentra su cauce natural de transmisión en la prensa diaria que cada mañana ofrece al lector una novedad resumida en una noticia breve, en un despacho de agencia. La literatura de la píldora que el lector urbano puede leer sin los inconvenientes de la literatura discursiva, principalmente la novela, en las pausas de una sala de espera o entre estación y estación si se trata de medios de transporte. Por eso la greguería transpira el aire revuelto de las ciudades modernas, con su tráfago insomne.

Greguería ilustrada por Ramón Gómez de la Serna

Greguería ilustrada por Ramón Gómez de la Serna

Ramón olfateó pronto su capacidad “para captar por un nuevo lado el mundo que nace”. Se trata del mismo mundo en el que vivimos: atomizado, difuso y nada aristotélico, consumido por lo efímero y, huérfano de creencias en vidas de ultratumba, consciente de su corrupción. Un mundo sumido en la plenitud de la incertidumbre, en el que todo son pasajes, en el sentido literal y literario de la palabra, por los que paseamos nosotros, pasajeros de lo pasajero sin un pasaje fijo hacia parte alguna. En un mundo de estas características, Ramón se conduce también como un pasajero entre los breves pasajes que escribe lejos del escritorio oficial,  “en los bancos públicos, en los pretiles de los puentes, en las mesas de los cafés, al ir solos en los coches lentos que van acompañando a los entierros, en las mesas de las cocinas, en los fogones, etc.”.

Presiento que se hubiera sentido cómodo en la era de los medios de transmisión electrónicos y de las redes sociales, con sus mensajes tasados. Ramón se subió al tren de las greguerías para no apearse nunca más de él, mientras en cada estación en la que hacía una parada se le sumaban nuevos vagones. El resultado de cincuenta años de viajes fue un tren larguísimo, un verdadero Transiberiano de greguerías, en el que el lector puede viajar cómodamente todo lo lejos que quiera. Jamás le faltarán vagones por los que pasearse. En ellos hallará una “diversión pura y diáfana, que defiende la vida y la aúpa”.

Ramón fotografiado junto a un maniquí

Ramón fotografiado junto a un maniquí en su estudio madrileño de la calle Velázquez

He espigado un puñado de greguerías. Que las disfruten:

-El hambre del hambriento no tiene hache. ¡Con filigranas al ambre verdadera! El ambre, si es verdadera ambre, se ha comido la hache.

-La tragedia de la gota de agua cayendo en el cubo del lavabo toda la noche es una tragedia de asunto lacónico, pero espeluznante, que conocen las pobres criaturas humanas, en las que no todo ¡ni mucho menos!, es heroico…

-Hay matrimonios que se dan la espalda mientras duermen para que el uno no le robe al otro lo sueños ideales.

-Nuestra verdadera y definitiva propiedad  son los huesos. -El mar sólo ve viajar. Él no ha viajado nunca.

-El que bebe en taza, hay un momento en que sufre eclipse de taza.

-El que pide un vaso de agua en las visitas es un conferenciante fracasado.

-Las lágrimas desinfectan el dolor.

-Los ríos no saben su nombre.

-Las conchas de las playas son los restos de los arroces que se come Neptuno.

-La muerte es hereditaria.

-El buen escritor no sabe nunca si sabe escribir.

-Lo malo de la primera cana es que los demás pelos se contagian.

-Los faroles de la ciudad están muy ofendidos con los perros. ¡Yo sé por qué!

-La vida es así: “¿Se ha acomodado bien? Pues entonces, ¡fuera!”.

-En resumidas cuentas, el Pensador de Rodin será el hombre que más tiempo ha estado sentado en el retrete.

-La manzana de Adán y Eva tenía gusano dentro, el gusano de la muerte.

-El lector –como la mujer- ama más a quien le ha engañado más.

-Frente al “yo” y el “superyó” está el “qué sé yo”.

-Lee y piensa, que para no pensar tienes siglos.

-El amor es como una manía, pero la más terrible de todas.

-El amor nace del deseo repentino de hacer eterno lo pasajero.

-Si hay una miga en la cama, el sueño estará lleno de promontorios y peñascos.

– Cuando anuncian por el altavoz que se ha perdido un niño, siempre pienso que ese niño soy yo.

-El viento es torpe: el viento no sabe cerrar una puerta.

-El sueño es un depósito de objetos extraviados.

-Si el hombre tiene tanto miedo a la muerte, ¿por qué se mata? –Porque al quitarse la vida se quita el miedo.

-El cisne mete la cabeza debajo del agua para ver si hay ladrones debajo de la cama.

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7 comentarios leave one →
  1. octubre 14, 2014 2:09 pm

    Es curioso el profundo respeto que inspira Don Ramón. Y las ganas de vivir.

  2. Rubén permalink
    octubre 15, 2014 10:13 am

    OH, Dios! es responsable de gran parte de los ODIOS…..
    Para agregar otra greguería…

  3. Ángel Saiz permalink
    octubre 15, 2014 10:46 am

    Muy interesante e ilustrador tu artículo de esta semana, Jaime. Recuerdo otra greguería de don Ramón. “El jabón es el pez más difícil de coger en el agua” (quizá sea también la más conocida). Yo añado una ocurrente: “Los smartphone de nuestro tiempo son las pizarras de nuestra infancia”. Buen homenaje a este gran escritor español.

  4. noviembre 8, 2014 12:01 pm

    Gran artículo. Me quedo con las ganas de vivir y de mirar de Don Ramón. El juego que subyace ne las greguerías deberíamos incluirlo en nuestro día a día, esa actitud profundamente atenta pero desenfadada… aire fresco, sólo de pensar en Gómez de la Serna y sus greguerías.

  5. noviembre 9, 2014 12:52 am

    Gracias, Víctor. Era un escritor lleno de vitalidad e imaginación. La lectura o relectura de las greguerías transmite ambas cosas al lector.

  6. marzo 10, 2017 11:56 pm

    Buena selección de greguerías!

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