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La lectura de los clásicos, una oportunidad para nosotros y también para ellos

septiembre 23, 2014

La lectura de libros catalogados como clásicos se ha convertido desde hace tiempo en una carrera de obstáculos. El primero de éstos es el nombre. La palabra “clásico” no seduce en una sociedad dominada por la cultura popular y sus mastodónticos medios de difusión, para los cuales el verbo seducir significa atraer la atención del mayor número de individuos saturados de ofertas también obsesionadas con el mismo afán seductor. La palabra provoca una especie de veneración antipática.

A pesar de la antigüedad del cliché, lo clásico se asocia a algo antiguo, trasnochado y plúmbeo. La antipatía, pero ya sin veneración, puede contagiarse incluso al territorio aliado. Como estamos hablando de libros, qué mejor aliado que las bibliotecas escolares, esos cementerios de elefantes ideales para el descanso eterno de los libros clásicos. ¿Eterno? Tampoco.

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Alguien dirá que la noticia que les relato a continuación es anecdótica; una excepción a la regla, o si prefieren asociarla a un estado mórbido, un foco aislado. Pues entonces habrá que conformarse con tildarla de sintomática. Hace unos meses se denunció ante el departamento de Educación de Wisconsin la desaparición de montones de libros de autores clásicos en las bibliotecas de centros escolares.

Como los libros no tienen alas, la denuncia apuntaba a la escasa preparación de los trabajadores que sustituyen a los bibliotecarios durante el verano. Por lo visto, estos empleados aprovechaban las vacaciones para deshacerse de libros no prestados durante el curso y de aquellos algo estropeados o que no se consideran relevantes. A este descarado auto de fe que habría irritado a Ray Bradbury, el autor de Fahrenheit 451, lo llamaban “mantener actualizada la biblioteca”. En los centros educativos un elevado número de libros considerados clásicos, como La OdiseaEl guardián entre el centeno o El gran Gatsby, ni siquiera son prestados una vez en todo el curso. Esto se traduce en la eliminación de algunas novelas clásicas de los estantes de las bibliotecas, que luego se venden o se ofrecen como donaciones.

Portada de la primera edición de

Portada de la primera edición de “El guardián entre el centeno” (1951), de J.D. Salinger

De todos modos, la desaparición de la lectura de libros clásicos en las bibliotecas escolares y públicas en general se corresponde con la labor a menudo entusiasta del propio sector para diluir las funciones tradicionales de estos admirables establecimientos. Un ejemplo. Hace unos años en las vallas publicitarias de Madrid se publicaron unos anuncios institucionales en los que se pretendía fomentar la asistencia de los jóvenes a las bibliotecas públicas con el siguiente eslogan: “Ven, mira, escucha, navega, lee”. Si ustedes se fijan, el último verbo de la lista es “lee”. En la cuña publicitaria de radio se reproducía un diálogo entre un Niño y un Padre (en otra cuña, de una catadura similar, era entre una Hija y una Madre). El Niño (aburrido) le ruega a su papá que le lleve a divertirse. El Padre le dice que sí, que ahora le lleva al parque. “¿Al parque?” -le replica el Niño- “¡Qué antiguo eres, papá! He dicho a divertirme. Vamos a la Biblioteca Pública, que tiene un montón de cosas. Cómics, vídeos, música, películas, Internet…y, por supuesto, libros. ¿Y todo gratis! Vamos que yo te llevo”.

No resulta difícil deducir el propósito de los autores de esta campaña publicitaria: que los jóvenes visiten las bibliotecas para todo menos para leer porque de otro modo no las visitarían. Pero también porque esas bibliotecas ya no lo son realmente; han sido reconvertidas en centros de ocio poblados de artilugios audiovisuales (“mira, escucha, navega”). Una vez más, el factor cantidad, expreso en el deseo de que muchos jóvenes acudan a las bibliotecas, obliga a hincar la rodilla al verdadero sentido y finalidad de éstas antes de que desaparezcan en una próxima mutación, quizá transformadas en videotecas o en alguna especie similar.

Cartel de la campaña publicitaria para fomentar el uso de las bibliotecas públicas en Madrid

Cartel de la campaña publicitaria para fomentar el uso de las bibliotecas públicas en Madrid

Un libro clásico se convierte en tal después de haber visto pasar muchos cadáveres de libros. El tiempo, en vez de avejentarlo, como ocurre normalmente con la mayoría de las cosas, lo rejuvenece. Decimos de un libro que “ya es un clásico” cuando ha conquistado merecidamente semejante estatus, superando las pruebas y requisitos necesarios para alcanzarlo. Ha ascendido al Olimpo de la Inmortalidad, cada vez más lejano en estos tiempos de obsolescencias al por mayor. Sin embargo, es a los mortales a quienes debe la inmortalidad. El día en que éstos decidan lo contrario, tendrá que abandonar por su propio pie el Olimpo y compartir con el resto de los libros su nueva condición de mortal. No debería extrañarnos que esto suceda alguna vez. Como escribió Proust en El tiempo recuperado, en este mundo ni a los hombres ni a los libros se les promete ya la duración eterna.

Por su perdurabilidad, el libro clásico constituye un patrimonio común que a lo largo de los siglos, y en países y culturas diversas, une a los muertos con los vivos, a pesar de las diferentes lecturas que todos hayan hecho de él, normalmente bajo la influencia de las inquietudes propias de la sociedad en la que vivieron. Generaciones de lectores de distintas épocas, muy alejadas de nosotros no sólo en el tiempo sino en mentalidad, han leído las mismas páginas con unos ojos nuevos.

Hasta el siglo XVIII, el Quijote se leyó con la ingenuidad y malicia con la que leyeron la Primera Parte de la novela los personajes-lectores que aparecen en la Segunda, publicada diez años después. Pero el gusto lector tomó un rumbo distinto a partir de entonces, siendo los autores de tendencia romántica quienes trazaron el nuevo camino que llega hasta nosotros. Uno de esos lectores innovadores fue el español ilustrado José Cadalso, quien en sus Cartas Marruecas observó que probablemente el sentido literal de la novela de Cervantes “es uno, y el verdadero es otro muy diferente”. Bajo las extravagancias del loco caballero andante y de los refranes que profiere su escudero Sancho Panza, adivinaba materias “profundas e importantes”. Hasta ahí sus sospechas.

José Cadalso, por Castas Romero (1855)

José Cadalso, por Castas Romero (1855)

Fueron los románticos alemanes e ingleses, los escritores rusos y franceses y algunos pensadores del siglo XIX quienes demolieron el cliché, percibiendo al viejo caballero como un solitario que, con su portentosa imaginación y su entusiasmo, se sublevaba contra el racionalismo romo imperante. Todos ellos se identificaron con Don Quijote, en quien vieron una especie de precursor de la revolución romántica.

Pero el reverso del estatus de clásico conquistado por un libro es que amenaza con volverlo intocable. El tributo que suele pagar por ese ascenso merecido se traduce en el ostracismo. Después de haber vencido al tiempo, tendrá que vencer la pereza de los lectores. No se sabe qué es peor.

Si algo distingue a un clásico de los libros contemporáneos es que su lectura parece condenada de antemano a un continuo aplazamiento. A su propietario le basta y sobra con tenerlo en la biblioteca, en la estantería más alta si es posible, a expensas del polvo y de los ácaros, que no saben leer, sometido a una espera ilimitada. Está ahí como un invitado de lujo (y de piedra) que tiene que presenciar la llegada de cientos de invitados mediocres a los que el anfitrión rinde pleitesía mientras a él lo olvida ahí arriba, bajo las capas de polvo, aguardando su hora que no parece llegar nunca. Ahora bien, un día puede suceder lo imprevisto: que la casualidad nos conduzca a un clásico del que estuvimos huyendo durante años, pero que, después de leerlo con admiración y asombro, elevaremos al rango de libro de cabecera.

“Don Quijote y Sancho Panza”, grabado de Gustave Doré

La lectura de los clásicos no conoce edad. Se puede haber leído mucho y descubrir en la madurez un libro que, por las razones que fueren, se dejó pasar. Sin embargo, es posible que ese descubrimiento tardío resulte más enriquecedor que si se hubiese producido años atrás. También se puede releer con entusiasmo renovado un libro que se leyó en la juventud y del que se conserva un recuerdo difuso. Las lecturas juveniles de los clásicos no tendrían que ser ni mucho menos definitivas. Seguro que la experiencia vital y las diversas lecturas acumuladas en los años posteriores harán que se los lea con más atención y profundidad, revelando detalles cruciales que entonces pasaron desapercibidos en parte debido a esa doble inexperiencia.

No deberíamos avergonzarnos de leer a destiempo un libro clásico que se sobreentiende han leído mucho antes personas tan cultivadas como nosotros, pero cuya lectura fuimos postergando, a veces confundidos por algún prejuicio recibido, por la opinión de una persona en cuyo criterio confiamos demasiado, por miedo a que nos decepcionase o nos aburriera.

Gustave Flaubert en una fotografía de Nadar

Gustave Flaubert en una fotografía de Nadar

En el Diccionario de tópicos,  Flaubert dedicó una entrada sucinta a la palabra clásicos: “Hay que conocerlos”. No creo que las cosas hayan cambiado mucho desde que el novelista francés anotara esta definición, que bien podría haber puesto en boca de Monsieur Homais, el laborioso y taimado farmacéutico de Yonville que retrató en Madame Bovary. “Hay que leer a los clásicos” suena a obligación más de índole social que individual, como se infiere de ese verbo impersonal. Al tratarse de una obligación de cuyo incumplimiento tampoco se espera que acarree consecuencias para nadie, se deja en suspenso, a merced del tiempo y de las ganas. Pero como tiempo no se tiene nunca, sobre todo para lo que no se quiere tener, y las ganas, al menos en este caso, ocupan el último puesto en la lista de espera, la lectura de los clásicos se perpetúa en un indolente y tramposo “hay que”. Además, ya se sabe que cuando se llama a la puerta del “Hay que” no contesta nadie, simplemente porque tras ella reina el vacío.

El libro y el autor clásico sobreviven a pesar de los clichés idiotas que se les han endilgado. Flaubert se acordó de plasmar algunos en el Diccionario de tópicos. En la voz “Chateaubriand” se lee lo siguiente: “Conocido sobre todo por el bistec que lleva su nombre”. Diderot: “Seguido siempre de D`Alembert”. Retrocedamos en el tiempo, casi al primero de todos, Homero. La entrada del Diccionario dice sobre éste: “No ha existido jamás. Célebre por su manera de reír (una risa homérica)”. Ilíada: “Siempre seguida de la Odisea”. Un clásico de la literatura francesa, La Fontaine: “Sostener que no se han leído nunca sus cuentos. Llamarle “el bueno de La Fontaine, el inmortal fabulista”. Maquiavelo: “No haberlo leído, pero considerarlo como un hombre siniestro”. Voltaire: “Célebre por su “rictus” espantoso. Ciencia superficial”.

Jean La Fontaine

Jean de La Fontaine

A partir del juego sarcástico de Flaubert pueden fantasear con los estereotipos que pesan sobre otros autores españoles. Propongo algunos ejemplos. Cervantes: “El manco de Lepanto, ingenio lego y muerto de hambre”; El Quijote: “Novela inmortal. Todos los idealistas son unos quijotes luchando contra molinos de viento”. Quevedo: “Poderoso caballero es Don Dinero”; Unamuno: “Famoso por las frases Que inventen ellos y Venceréis pero no convenceréis”. Uno de los estereotipos más célebres fue difundido por un escritor también célebre: cuando Valle-Inclán acuñó aquello de “Don Benito el garbancero”. Don Benito es Benito Pérez Galdós, autor de grandes novelas y de los Episodios Nacionales que quizá sobrevivan en muchos hogares españoles sin que sus moradores se hayan molestado en abrir uno solo de los libros que los componen.

Otro viejo cliché que acompaña al libro clásico es que resulta ilegible y sólo apto para eruditos y académicos retrógrados; también, que ya se ha escrito y dicho de ellos todo cuanto se podía escribir y decir. Imposible aportar alguna visión distinta de las conocidas. Desde este disparatado punto de vista, no merece la pena leerlos. Que el polvo continúe posándose sobre sus páginas.

Benito Pérez Galdós, fotografiado por Alfonso

Benito Pérez Galdós, fotografiado por Alfonso

Uno de los reproches más duros que se suele formular contra ellos es que han perdido actualidad, que pertenecen a su época, aunque se les otorgue el privilegio de que fuesen unos pioneros. Pero en el presente ya no tienen nada que aportar. Ignoran nuestros problemas, ansiedades, incertidumbres y preocupaciones. Se encuentran tan lejos de nosotros, como nosotros de ellos.

Nos hablan en un lenguaje extraño porque no hablan para nosotros y, en consecuencia, tampoco podemos interpelarlos. La mentalidad que destilan difiere por completo de la nuestra, se encuentran en otra órbita de la historia, casi son hasta de otro mundo. Sus autores creían en cosas en las que nosotros no creemos –para eso somos más modernos-, sus temores y anhelos se parecen poco a los nuestros y las sociedades en las que vivieron apenas guardan semejanza alguna con la nuestra. Son aburridos.

Antes de formular juicios de esta índole, el lector debería verificar si no será él quien está leyendo al clásico con las anteojeras de su limitado presentismo. Los clásicos siempre serán una oportunidad para mirar más allá del tiempo presente, con una perspectiva amplia, y penetrar en la intemporalidad que impregna sus obras y gracias a la cual han sido reconocidos como inmortales por las generaciones de lectores que los han frecuentado durante tantos años, a algunos incluso durante siglos.

Los clásicos han tenido defensores muy persuasivos. Uno de ellos fue Borges, para quien un libro clásico es aquel

“que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término. Previsiblemente, esas decisiones varían”.

Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges

Y en otro pasaje reitera la idea: clásico “no es un libro que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad”.

Italo Calvino abundó en esta definición en el ensayo Por qué leer a los clásicos, en cuyo prólogo expone catorce posibles definiciones de un libro clásico. Quizá la número seis sea la más completa:

“Un clásico es un libro que  nunca termina de decir lo que tiene que decir”.

Italo Calvimo (1923-1985)

Italo Calvino (1923-1985)

Autor de Una historia de la lectura, Alberto Manguel ha subrayado que son los lectores quienes deciden qué obras serán recordadas y se convertirán en clásicos, no los escritores. “Todos los escritores quieren convertirse en clásicos y ser recordados, pero son los lectores los que eligen”. Manguel remite a Borges cuando decía que los lectores tienen una enorme ventaja sobre los autores porque el escritor “escribe lo que puede, pero el lector lee lo que quiere”.

Pero uno de los defensores más combativos de los clásicos fue un filósofo del siglo XIX, Arthur Schopenhauer. Con su estilo de sabio cascarrabias criticó el afán de los lectores por las novedades, en detrimento de las obras perdurables. Los libros no son como los huevos –escribió-, que hay que consumirlos frescos. ¡Cuántos de los recién publicados habrán desaparecido en el corto plazo de diez años! (Si hubiese vivido hoy, habría tenido que reducir ese plazo considerablemente).

Para Schopenhauer los malos libros se propagan como las moscas en verano. Son como la mala hierba de la literatura que chupa la savia al trigo, acaparando la atención del público con el único fin de conseguir dinero y fama.

“Nueve décimas partes de toda nuestra literatura actual –sentenció- no tiene otra finalidad que sacar algún dinero del bolsillo del público y autores, editores y críticos están coaligados con este fin”.

En cambio, las obras de los espíritus superiores de todos los tiempos y países sólo se conocen de nombre. Como en lugar de leer lo mejor de todos los tiempos, sólo se lee lo más nuevo, “la época se hunde cada vez más hacia abajo, en el propio fango”.

Retrato de Arthur Schopenhauer

Retrato de Arthur Schopenhauer

Ante este panorama, el filósofo concluyó que “el arte de no leer es de los más importantes”, o sea, tener buen ojo a la hora de excluir libros superfluos. El que escribe para necios encuentra siempre una gran audiencia. Sólo instruyen realmente los grandes espíritus de todos los tiempos y todos los pueblos que la voz de la fama designa como tales y que se elevan por encima del resto de la humanidad. “Nunca se lee demasiado la buena literatura y nunca demasiado poco la mala. Los malos libros son veneno intelectual: destruyen el espíritu” y “para leer lo bueno existe una condición: no leer lo malo, pues la vida es corta y el tiempo y las fuerzas limitadas”.

Schopenhauer no encontraba nada tan reconfortante para el espíritu como la lectura de los antiguos clásicos.

“Apenas hemos tomado uno en las manos, aunque sólo sea durante media hora, enseguida nos sentimos refrescados, aligerados, purificados, con el espíritu más elevado y reforzado”.

Pensaba que esto se debía a la perfección de las lenguas antiguas y a la alta calidad de los autores, cuyas obras perduran intactas a través de los siglos.

Se dice que los autores clásicos se defienden por sí mismos, que no necesitan defensa alguna. Me temo que en los tiempos que corren las tornas hayan cambiado. Si queremos que sean una oportunidad para sus lectores potenciales, tendremos que empezar por darles la oportunidad de ser leídos, eliminando los obstáculos que impiden acceder a sus obras. Sin lectores sobrevivirán, pero no mucho mejor que las estatuas que en tantas ciudades del mundo se les erigieron en el pasado precisamente para recordarlos.

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2 comentarios leave one →
  1. septiembre 23, 2014 7:08 pm

    Creer que los libros caducan es tener una noción reductora de la historia de la literatura. La historia de la literatura no funciona de manera lineal sino que da saltos; no hay una historia sino varias historias de la literatura. El siglo XX, a través de sus propias inquietudes, redescubrió la “llamada del juego” de las novelas de Diderot y Sterne, ocultada casi completamente por la literatura de la verosimilitud en el siglo XIX. El siglo XVIII parecía de repente mucho más moderno que el XIX. Como lo comenta Jaime, el Quijote se empezó a leer “nuevamente” dos siglos después de su publicación.
    La literatura funciona como un sistema de redes. Infinitas redes, redes tan fascinantes como las que conforman por ejemplo Rabelais-Flaubert-Verne-Perec-Eco-Vila-Matas, o bien Stevenson-Schwob -Poe-Borges, o bien etc… Cuanto más un autor pertenezca a diferentes redes/cruces más será relevante para la literatura. Mi punto es que problemáticas similares aparecen en diferentes épocas, tal vez con otros atuendos pero prácticamente idénticas.
    Aprender a leer es aprender a reconocer estas problemáticas y su evolución. Como diría Virginia Woolf: “El mejor método es leer lo antiguo y lo nuevo uno al lado del otro, compararlos y así desarrollar poco a poco un criterio propio.”

    Borges llegó a proclamarse antihistórico alegando que algunos versos de Virgilio eran eternamente bellos:
    “Alguna vez tengo el coraje y la esperanza suficientes para pensar que puede ser verdad: que, aunque todos los hombres escriben en el tiempo, envueltos en circunstancias y accidentes y frustraciones temporales, es posible alcanzar, de algún modo, un poco de belleza eterna.”

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