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El arte de escribir cartas para quienes ya no escribirán ninguna

septiembre 9, 2014

“¿De dónde habrá surgido la idea de que las personas podían comunicarse por carta?”, le preguntaba Kafka en una carta a su amante Milena Jerenská, cuando la relación entre ellos daba sus últimos estertores. Era una pregunta curiosa en alguien que desde muy joven mantuvo una abundante correspondencia privada y autor de una de las cartas más comentadas en el siglo XX: la que escribió a su padre en 1919 –conocida como la Carta al padre– y que no se atrevió a enviarle. En la reflexión de Kafka se percibe desencanto y seguramente también desconfianza. Después de una larga y fecunda experiencia epistolar, las expectativas no se correspondían con los magros resultados que cosechaba. Una conclusión inequívocamente kafkiana.

Semejante pregunta resulta más oportuna en estos tiempos, en los que la vieja correspondencia epistolar se ha venido diluyendo entre los numerosos medios tecnológicos de los que disponemos. Porque hubo una época, no tan lejana, en que las personas que vivían separadas por la distancia geográfica se contaban por carta las incidencias de sus vidas privadas, con un amplio despliegue de detalles, o expresaban sus opiniones sobre los asuntos más dispares. También los sentimientos: las cartas de amor, de las que Rousseau dijo que “se escriben sin saber lo que se va a decir y se terminan sin saber lo que se ha dicho”. Todas estas personas se carteaban, un verbo que a día de hoy casi nadie conjuga.

“San Jerónimo leyendo una carta”, de Georges de La Tour

Pero con la propagación del teléfono fijo la correspondencia epistolar se adentró en un declive que las sofisticadas formas de comunicación telemática han apuntillado del todo. El correo electrónico suele utilizarse para intercambiar mensajes, es decir, recados y notificaciones. ¿Para qué cartearse disponiendo del teléfono fijo y el móvil y el correo electrónico? Que las escriban los escritores…En suma, nos sobran las excusas para no sentarnos a la mesa y conversar por escrito con otra persona. Así es como la carta privada, exhaustiva y detallada, a la que el corresponsal dedicaba una parte del  tiempo nocturno, ha desaparecido de nuestras vidas. Hoy por hoy, las únicas cartas que tienen el futuro asegurado son las de la baraja y las de despido.

Hace poco Antonio Muñoz Molina arremetía en un artículo contra la deshumanización de las periferias urbanas y extrarradios, ilustrando su denuncia con un recuerdo no muy lejano de la vez en que intentó buscar un paso de peatones en una calle de Los Ángeles, tan ancha como una autopista, para llegar a una oficina de correos y enviar una postal. Si ya Los Ángeles es una ciudad para peatones invisibles, cuanto más tenía que serlo hace unos años para peatones extraviados intentado echar una carta en un buzón de correos.

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Con la postal en la mano, “errante bajo el sol en aquellas extensiones de cemento y asfalto”, Muñoz Molina se sintió

“el último residuo de una civilización condenada al puro ridículo de la obsolescencia: un individuo a pie, entre torrentes de coches, buscando un buzón, después de haber escrito una postal y de pegarle un sello”.

Nada tan obsoleto como escribir una carta, guardarla en un sobre, con el sello correspondiente, y salir a la calle para echarla en un buzón de correos. Primero el teléfono, y más tarde las nuevas tecnologías y el mensaje instantáneo, sentenciaron esa venerable forma de comunicación con varios siglos de historia.

En su ardua tentativa de llevar una simple postal a un buzón de correos, Muñoz Molina personificaba el ocaso de una época en que las personas se sentían “celosas” de su intimidad. Las cartas son todo un emblema del viejo mundo sólido en el que la escritura y la intimidad se consideraban dos de los valores más apreciados de la civilización.

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Con la expansión de las redes sociales y de los teléfonos inteligentes, en la sociedad líquida la intimidad se banaliza más por el entusiasmo de quienes la exhiben que por el interés que pueda suscitar. Aun así, deberían saber que la exhibición no sale gratis. Ni la eficiente policía secreta de de la Alemania comunista habría acaparado la cantidad de datos personales que acumulan las empresas propietarias de los motores de búsqueda y de las redes sociales, y que les permiten averiguar los gustos de sus usuarios en tanto que consumidores potenciales a los que vender productos.

No resulta casual que al declive del relato de la vida íntima entre particulares, que con tanta solvencia representó en el pasado la correspondencia epistolar, le siguiera la devaluación de la intimidad propiciada por el acceso masivo a las redes sociales, en las que sus usuarios publican anotaciones telegráficas destinadas a una multitud anónima de asociados, como el mensaje que el náufrago varado en un islote solitario arrojaba al mar dentro de una botella con la esperanza de que llegase a manos de alguien. Si, como dijo Canetti, nadie es más solitario que aquél que nunca ha recibido una carta, me temo que nuestro mundo debe estar plagado de solitarios y que en el futuro lo estará aún más.

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Elias Canetti

La extinción de la carta personal comenzó en la sociedad de masas más avanzada del siglo XX, Estados Unidos, en cuyas grandes ciudades se impuso rápidamente el teléfono. Ya en 1917, al periodista español Julio Camba le llamó la atención que hasta en las casas de los más pobres de Nueva York hubiese un aparato telefónico y que se lo instalara en la cabecera de la cama. También observó con la consternación comprensible que los americanos preferían las charlas por teléfono a la conversación tête-à-tête.

En la década de los años cuarenta, en su exilio norteamericano, Pedro Salinas reparó en unos letreros colocados en los escaparates de las oficinas de telégrafos en los que se leía este eslogan telegráfico: “No escriba, telegrafíe” (“Wire, don`t write”). Salinas lo tachó de “faccioso, rebelde y satánico” y  “el más subversivo y peligroso” porque pretendía acabar con “el delicioso producto de los seres humanos” que son las cartas, símbolos de  una vida relativamente civilizada.

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El poeta Pedro Salinas

Tuvo que ser este desafortunado encuentro el que le incitó a escribir el ensayo Defensa de la carta misiva y de la correspondencia epistolar (1948). Sí, había mucho que defender. Con la extinción de la carta privada no sólo peligraba un baluarte de la libertad individual sino un espacio que, gracias a la escritura, contribuía a enriquecer el diálogo entre los individuos. Las amenazas que acechan a la comunicación verbal -superficialidad, negligencia, imprecisión, irresponsabilidad- se reducen en la escrita.

A fin de facilitar las cosas a los clientes, se les ofrecían fórmulas confeccionadas para las ocasiones en las que tuviesen que hacer uso del telegrama -pésames, felicitaciones, concursos deportivos, etc.-, emulando con ello a las cartas enlatadas, redactadas en un lenguaje rudimentario y con un menú de despedidas a gusto del consumidor. Estas cartas artificiales estaban pensadas para los que no tenían tiempo de escribir las naturales. Lo único natural en ellas era la firma del pseudocorresponsal.

Por entonces se empezaba a dar más importancia a la brevedad del tiempo en el envío de los mensajes que a su contenido. Presos de las prisas, los hombres prefirieron pagar para que sus palabras llegasen lo antes posible a su destino a cambio de reducir su número a la mínima expresión.

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“Mujer escribiendo una carta y una criada”, de Johannes Vermeer

La decadencia de la carta privada se palió con la moda de las tarjetas postales, asociada a los viajes y a las vacaciones turísticas, y en la que la imagen fotográfica de la ciudad o del monumento célebre servía de pretexto para garabatear unas líneas a modo de saludo y, de paso, perpetuar el recuerdo del viaje. El espacio reservado a la escritura no daba para mucho más. La acumulación de tarjetas postales en el hogar y el piadoso afán por conservarlas favoreció la expansión de un nuevo objeto decorativo: el tarjetero. Pero ese afán conservacionista no podía disimular la rápida transición hacia la nada en la que nos hallamos.

A estas alturas no tenemos a quien escribir cartas –las de los Reyes Magos nos pillan lejos- ni tarjetas postales, aunque los bancos y las compañías de las que somos clientes no se olviden de enviarnos las notificaciones previsibles. Hemos perdido la cuenta del tiempo transcurrido desde que los buzones caseros despertaban nuestra curiosidad y los abríamos con emoción contenida.

Ahora los abrimos perezosamente, con la desilusión acostumbrada, al igual que las cartas que nos envían con rigurosa periodicidad los bancos y las empresas suministradoras de servicios domésticos. Los llamativos buzones de Correos languidecen por las calles y plazas de las ciudades, sin poder presumir de su espléndido pasado, cuando se multiplicaban por las esquinas. Presiento que sus bocas se abren cada vez menos –como no sea de aburrimiento- y que sus estómagos están semivacíos.

Dos cuadros del pintor holandés Gabriël Metsu que representan a un hombre escribiendo la carta que en el siguiente cuadro lee la mujer que la ha recibido

Dos cuadros del pintor holandés Gabriël Metsu que representan a un hombre escribiendo la carta que en el siguiente cuadro lee la mujer que la ha recibido

Aunque a los amantes de la literatura les entristezca la extinción de la correspondencia epistolar, tan querida por los escritores, no hay que olvidar que ésta surgió de una necesidad: era el único medio de comunicación con el que se podía sortear la distancia geográfica. Si entonces se le hubiese dado a elegir al común de las gentes entre comunicarse por escrito con sus seres queridos o hablar con ellos a través de algún mecanismo, sin duda habrían optado por este último.

En el ámbito de la comunicación en todas las épocas la tendencia ha sido, es y será la economía de medios y la rapidez, lo que significa otorgar prioridad a la palabra hablada sobre la escrita. La carta no dejaba de ser un artificio sugerente para los escritores, les hommes de lettres, pero incómodo para la mayoría de los mortales. De ahí que el teléfono acabase con ella. El uso del móvil y el envío simultáneo de mensajes de texto telegráficos no hacen más que redundar en su extinción.

El origen de la correspondencia epistolar se pierde en la noche de los tiempos. La más antigua, una carta de amor, está fechada en Babilonia. Su anecdotario debe rozar lo infinito, y más todavía si nos remitimos a la evolución de los medios materiales que la hicieron posible. Las cartas privadas que han llegado intactas hasta nosotros constituyen un valioso testimonio de las entrañas de la Historia, que escapan al acontecimiento registrado por el cronista. Sus protagonistas no son los personajes históricos sino unos particulares que conversaban acerca de sus intereses y preocupaciones.

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Carta de Burnaburiash II de Babilonia (1375-1347) a Amenofis IV. Museo Británico

Gracias a la universalización del servicio postal, la carta abrió las puertas del mundo a todos, rompiendo así el aislamiento de quienes, separados por la distancia geográfica, no tenían otro medio para comunicarse que la correspondencia epistolar. Amantes que combatían la separación con apasionadas cartas de amor, esas que a Fernando Pessoa se le antojaban ridículas, ya que, de lo contrario, no serían cartas de amor. Soldados que se carteaban con sus novias y familiares mientras cumplían el servicio militar o, lo que era aún peor, desde el frente de guerra. Emigrantes y exiliados que narraban sus peripecias a la familia que habían dejado en sus países de origen. Presos que desahogaban sus penas en las cartas, y hasta condenados a muerte que, antes de ser ejecutados, pudieron despedirse por escrito de sus seres queridos.

El escritor ruso Vladimir Korolenko recopiló numerosas cartas de hombres y mujeres de todas las edades y profesiones, condenados a la horca por su oposición al régimen zarista. En 1954 Thomas Mann prologó una selección de cartas de condenados a muerte de diversos países europeos por luchar contra el nazismo.

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Retrato del escritor Vladímir Galaktiónovich Korolenko

Más extrañas fueron las cinco cartas que en la mañana del 21 de noviembre de 1811, pocas horas antes de que consumaran su pacto de suicidio a la orilla del lago Wannsee, cerca de Berlín, escribieron Heinrich von Kleist y su amiga Henriette Vogel, enferma terminal de un cáncer de útero, a sus familiares y amigos. Ya el día antes habían escrito otras tres. En ellas les explicaban sucintamente los motivos de su trágica decisión y las indicaciones que debían seguir cuando acudieran al lugar en el que hallarían sus cuerpos. Kleist estaba familiarizado con la escritura de cartas, que desde muy joven envió a sus amigos, a su hermanastra Ulrike y a su prima Marie von Kleist, en las que se franqueaba con ellos mostrándoles su atormentado mundo interior.

En raras ocasiones se recurría a la carta para revelar alguna noticia o sentimiento que el corresponsal no se atrevía a contar en persona al destinatario de su misiva, aunque viviesen cerca uno del otro. Así, en la reglamentada sociedad burguesa era bastante común que el hombre que pretendía a una mujer le pidiera el matrimonio por carta, para que la joven le respondiera en un sentido o en otro, después de meditar la petición y de consultar su decisión con la familia y los amigos más próximos.

Jane Austen (1775-1817)

Jane Austen (1775-1817)

En la novela de Jane Austen Emma, la amiga de ésta, la joven Harriet Smith, recibe la carta de Robert Martin, un granjero dotado con cierta formación, en la que le propone casarse con él. Sin embargo, Emma no considera que Martin sea el hombre adecuado para Harriet, pese a ponderar el estilo en que estaba redactada la carta, mucho mejor de lo que había esperado. No sólo no contenía errores gramaticales, sino que su autor se expresaba en un lenguaje sencillo, vigoroso y sin afectación.

También existían las denominadas cartas muertas, que los empleados de Correos devolvían a un establecimiento oficial ante la imposibilidad de localizar a los destinatarios y a los remitentes. En el relato de Herman Melville, Bartleby, el escribiente, se alude a la Oficina de Cartas Muertas de Estados Unidos, con sede en Washington, en la que trabajó el propio Bartleby.

Oficina de Cartas Muertas de Estados Unidos, en Washington (1876)

Oficina de Cartas Muertas de Estados Unidos, en Washington (1876)

En los siglos XVII y XVIII el intercambio de cartas privadas entre personas ilustradas cuajó en libros memorables. Si Montaigne hubiese encontrado al corresponsal adecuado, es probable que, en lugar de los Ensayos, nos hubiese legado una copiosa correspondencia. Pero, tras la muerte temprana del mejor amigo que tuvo en su juventud, el poeta y humanista Étienne de La Boètie, no halló una persona que le atrajera y en la que sostenerse. Admite que habría estado más atento y seguro dirigiéndose por carta a un interlocutor “consistente y amigo” que mirando los diversos rostros de una multitud, como al escribir los Ensayos. Lo suyo no era “andar conversando con el viento”, como hacían otros, ni inventar nombres vanos para tratar algo serio.

Montaigne reconocía tener talento para escribir cartas. Él mismo fue un lector devoto de correspondencias, apreciando principalmente las editadas por los italianos, como las de Annibale Caro, autor de Lettere familiari. Su estilo coloquial se prestaba al cultivo del género epistolar, no así a la escritura de cartas ceremoniosas, que eran las que más le costaba redactar. Las suyas estaban redactadas “a la carrera y precipitadamente”.

La caligrafía insufrible no le impedía escribirlas de su puño y letra, antes que dictárselas a otro. Nunca las pasaba a limpio, por lo que acostumbró a sus corresponsales a las tachaduras y los borrones. Lamentaba haber extraviado las misivas que en su juventud envió a mujeres de las que estuvo enamorado, pues entre ellas se habría espigado “alguna página digna de darse a conocer a la ociosa juventud que anda encandilada por ese furor”.

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Michel de Montaigne

Dos de las obras epistolares más leídas fueron las Cartas a la hija, de Madame de Sevigné, y las Cartas a su hijo, de Lord Chesterfield. En la primera, Marie de Rabutin-Chantal (1626-1696), marquesa de Sevigné, despliega sus artes de amor de madre hacia su hija Françoise Marguerite, futura condesa de Grignan, que al casarse se vio obligada a abandonar París para seguir a su marido a Provenza, donde desempeñaba un cargo militar. Proust encumbró más aún esta obra al hacer del personaje de la Abuela de En busca del tiempo perdido una lectora entusiasta de ella. En Cartas a su hijo, el conde de Chesterfield (1694-1773) muestra su faceta de padre y preceptor experimentado con su hijo natural Philipp Stanhope, el único que tuvo,  estudiante en París y que moriría cinco años antes que él.

En la historia de la correspondencia epistolar la mujer de familia aristocrática o burguesa desempeña un papel estelar. Era de los pocos reductos en los que se desahogaba con libertad, sin los prejuicios sociales que minusvaloraban las cualidades intelectuales de las mujeres. La joven leyendo o escribiendo una carta en una habitación se convirtió en todo un subgénero en la pintura holandesa. ¿De quién eran esas misivas que leían? ¿De su prometido o del marido, enfangado en alguna guerra? ¿De algún familiar cuya presencia se añoraba, como Madame de Sevigné a su hija, o Jane Austen a su hermana Cassandra?

Pedro Salinas observó que ningún artista como Johannes Vermeer ha expresado con tanta sensibilidad la sutil relación de la mujer con la carta. De los cerca de cuarenta cuadros del pintor holandés, seis tratan del tema. De ellos destacan dos en los que retrata a sendas mujeres leyendo alguna, de pie y de perfil. Salinas los define como “dos poemas magistrales a la ausencia, dos monumentos a la atención”.

“Mujer de azul leyendo una carta”, de Vermeer

Los tres últimos siglos fueron prolíficos en correspondencias entre escritores de ambos sexos. Escribir cartas alcanzó la categoría de arte que sus autores cultivaban con esmero, como una continuación de la obra publicada. La nómina es larga: Voltaire (firmó 18.000 cartas, muchas de ellas remitidas desde su exilio en Ferney a la flor y nata de la nobleza europea, filósofos y hommes des lettres), Jane Austen, las casi dos mil cartas que se escribieron Goethe y Schiller en sus once años de amistad, Emily Dickinson (1.049 cartas, todas ellas emparentadas con sus 1.775 poemas), Keats, Flaubert, Tolstói, Chéjov, Turguéniev, Rilke, Gide, Thomas Mann, Stefan Zweig, Hesse, Hofmannsthal, Kafka, Joseph Roth, Proust, Joyce y Samuel Beckett (más de 15.000), por citar sólo algunos.

Rilke se carteó con un joven poeta durante un tiempo. Sus misivas cristalizaron en un hermoso libro sobre la iniciación en la escritura de la poesía: Cartas a un joven poeta. La muerte de la correspondencia al menos no podrá privarnos del consuelo de leer las cartas que nos han legado los maestros del arte epistolar.

En la edad moderna, el cultivo de la correspondencia privada repercutió en la ficción literaria. Uno de los primeros ejemplos de ello es El Lazarillo de Tormes, publicada en España un siglo después de la invención de la imprenta. Su argumento consiste en la carta que un pobre diablo, Lázaro de Tormes, escribe a una persona, cuya identidad desconoce el lector, y a la que se dirige con el título de “Vuestra Merced”, para ofrecerle explicaciones destinadas a despejar las habladurías que circulan en torno a la sospechosas relaciones de su mujer, una criada, con el amo de ambos, el arcipreste de San Salvador de Toledo.

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Portada de “El Lazarillo de Tormes”, fechada en 1554

El género tuvo su esplendor en los siglos XVIII y XIX. Quizá la novela epistolar más célebre incluso por motivos extraliterarios sea Las desventuras del joven Werther, publicada por Goethe en 1774. Pero el autor que más recurrió al género fue Samuel Richardson, quien escribió tres novelas epistolares, Pamela (1740), Clarissa (1747-48) y Sir Charles Grandison (1753). Entre las obras del mismo género muy leídas en su época destacan La nueva Eloísa (1759), de Rousseau, Las amistades peligrosas, de Choderlos de Laclos, y Oberman (1804), de Sénancour.

Algunos escritores se sirvieron del género epistolar para plasmar en unas cartas ficticias sus opiniones sobre asuntos públicos y ofrecer una visión crítica de la sociedad a la que pertenecían desde una perspectiva foránea, como Montesquieu en Cartas persas o José Cadalso en Cartas Marruecas. Voltaire y José María Blanco White aprovecharon su exilio en Inglaterra para publicar cartas en las que, al tiempo que elogiaban el régimen de libertades del país de acogida, criticaban la estrechez del gobierno y de la sociedad de su tierra natal.

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José María Blanco White

La carta privada era una forma de conversación civilizada entre personas que compartían un común deseo de saber la una de la otra cuando estaban separadas por la distancia y se viajaba bastante menos que en estos tiempos. La periodicidad del intercambio epistolar variaba en función de la intensidad del sentimiento que las uniese. Las hubo que se escribían casi diariamente, de manera que las cartas se convertían en un sucedáneo de diario íntimo destinado a su particular lector. El monólogo enriquecedor se alternaba con el diálogo.

A menudo las confidencias epistolares eran un desahogo para aquellos que no hallaban en su entorno social una amistad que les inspirase verdadera confianza. Nietzsche tuvo que percatarse de esta virtualidad de la correspondencia al observar que un buen escritor de cartas “no escribe libros, piensa mucho y vive en compañía insuficiente”.

Mientras escribe una carta, el corresponsal se siente acompañado por su destinatario, aunque a ambos los separen cientos o miles de kilómetros. Se trata de un acompañamiento virtual, puesto que en el momento en que redacta la carta es muy probable que su destinatario ande ocupado en cualquier asunto. De igual modo, cuando éste la lea, su remitente estará ocupado en cualquier asunto. Más raro sería que en el momento en que imaginase que el destinatario lee su carta, realmente la estuviese leyendo.

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Charles Louis de Secondat, Señor de la Brède y Barón de Montesquieu

En cambio, en la comunicación telefónica o por cualquier otro medio telemático -el chat, la videoconferencia o la conversación simultánea en alguna red social-, los dos interlocutores se sienten físicamente acompañados no sólo porque se vean las caras o se escuchen, sino por el hecho de que los dos tienen la certeza de estar haciendo lo mismo.

Al contrario que la conversación directa, condicionada por la inmediatez y la espontaneidad, la carta juega con las ventajas que aportan la distancia y la reflexión. Por regla general, antes de escribirla uno había meditado cuanto deseaba transmitir a su destinatario. A la carta manuscrita le precedía la carta ensayada en la mente. Ello no era óbice para que, mientras la redactaba, diese rienda suelta a sus pensamientos y una idea le condujese a otra, como sucede también en las conversaciones presenciales. Sin querer, se transformaba en un escritor con todas las de la ley. De hecho, para muchos autores el intercambio de cartas a una edad temprana representó un instructivo ritual iniciático en la escritura, además de un ejercicio de introspección.

La correspondencia constituía una oportunidad para explayarse por escrito, más amena que el diario íntimo, y también más rica que éste, aunque desempeñasen funciones distintas. En vez de escribir sobre uno mismo y para uno mismo, se escribía para otro. Cada uno de los corresponsales era para el otro su primer lector, un lector entregado. El cruce de noticias, anécdotas, observaciones, ideas y pensamientos avivaba las mentes de los dos, algo que no siempre se consigue en soledad, ni siquiera cuando se conversa con un libro.

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“Voltaire por la mañana”, de Jean Huber, pintor que formaba parte de su séquito en el palacete de Ferney

La libertad para expresarse con plena confianza estimulaba la conciencia y la observación. Aunque uno no escribiese sobre sí mismo, se retrataba en la prosa que vertía en el papel, embarcándose en sugerentes asociaciones de ideas, al compás que marcaba la imaginación y a sabiendas de que ofrecía un material ameno al lector de la carta.

La espontaneidad y la distancia daban alas a la audacia de los corresponsales, que se decían aquello que en las charlas con sus allegados quizá no se hubieran atrevido a decir. Las cartas despertaban en ellos ideas que se les habrían escapado estando solos. Es posible que, después de un vehemente intercambio de confidencias epistolares, algunos se sintieran ligeramente azorados al encontrarse de nuevo en persona, conscientes de que la presencia física les obligaría a aminorar la tensión expresiva que imprimieron a su correspondencia.

No era lo mismo recibir una carta que esperarla. Una carta esperada satisfacía por partida doble si llegaba a su debido tiempo a su destino. Madame de Sevigné confesó que en cuanto recibía una carta de su hija, ya estaba pensando en recibir otra nueva. “Sólo vivo para ellas”. Los dos repartos diarios de correos tensaban la espera. Si fallaba el de la mañana, aún quedaba el de la tarde. Esperar cartas era un verdadero ritual para quienes se escribían con regularidad.

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Retrato de Madame de Sevigné

Si los corresponsales eran amantes, al ritual había que añadir la ansiedad: nuevas dosis de palabras de amor de quien más se deseaba recibirlas. Aunque el enamorado adivinara el contenido de la carta, siempre la abría con las manos temblorosas, como si fuese la primera vez.

Cuando terminaba de leerla, todavía con el corazón trémulo, la doblaba cuidadosamente, guardándola en el bolsillo más secreto, a manera de amuleto protector o de salvoconducto para la eternidad. Mientras recordaba las palabras y las frases, y sobre todo la despedida, se sentía acuciado por el deseo de releerla. ¡Qué acto de amor más puro esperar una carta de amor y recibirla cuando se la esperaba!

Para los amantes el servicio de Correos era una institución sagrada, como una divinidad, su particular dios Mercurio, el de los pies alados, que mediaba entre ellos para transportar sus cartas a una velocidad que deseaban que fuese en aumento. Como todas las divinidades, Correos no siempre se comportaba con los criterios de racionalidad burocrática que se esperaban de sus servicios. Las misivas se extraviaban, no llegaban a su destino o se retrasaban inexplicablemente. A veces sus reacciones rayaban en el misterio. Acostumbraba a dar sorpresas, unas agradables y otras desagradables, azuzando la desconfianza y los malentendidos entre los amantes.

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Muchacha leyendo”, de Vermeer

En aquellos tiempos los carteros ejercían de celestinos involuntarios, aunque a menudo los enamorados deseaban que fuesen también voluntariosos. Si una carta se retrasaba, culpaban a Correos. Si llegaba cuando la esperaban, lo tomaban por un aliado incondicional. Lo último que se les habría ocurrido era culpar del retraso al corresponsal. Aun así, cuántas incidencias del servicio postal avivaba la suspicacia de los amantes inseguros, obligados a rememorar frase por frase la última carta que enviaron, para averiguar si descubrían algún motivo, alguna expresión o palabra que hubiese podido herir la susceptibilidad de quien se aguardaba una pronta respuesta.

La carta va siempre unida al secreto. Se introduce en un sobre cerrado -antiguamente incluso lacrado- y el destinatario tiene que recibirla en el mismo estado. Aunque no encierren secretos, la privacidad era un reflejo del individualismo que en la sociedad burguesa constituía toda una seña de identidad. Los corresponsales podían contarse cuanto quisieran, seguros de que nadie abriría el sobre, por más que la carta hiciese un largo recorrido en distintos medios de locomoción. La censura postal sólo se aplicaba en tiempos de guerra, cuando el desorden cundía alrededor. Tuvieron que venir las dictaduras totalitarias para que degenerase en una práctica cotidiana.

Lector ávido de escritos autobiográficos, confesiones, cartas y diarios, Franz Kafka fue un adicto a la correspondencia epistolar y autor de un diario que alimentó hasta dos años antes de su muerte. Sus cartas a la primera novia que tuvo, Felice Bauer, y luego a su amante Milena Jerenská, son una de las cimas de las correspondencias que nos legó el siglo XX. Su opinión sobre esta forma de comunicación interpersonal era un tanto ambigua, quizá a la luz de los efectos contraproducentes que le causaron. Sin embargo, la cultivó con fruición casi hasta el final de su vida, algo comprensible en quien, como le confesó a Felice, no se entendía a sí mismo salvo cuando escribía.

Fotografía del compromiso de Felice Bauer y Franz Kafka

Fotografía del compromiso de Felice Bauer y Franz Kafka

En los cuatro años de noviazgo con Felice, que vivía en Berlín, temió los silencios de ésta. Al principio acordaron “la hermosa regularidad de una carta diaria”, si bien a veces se escribían dos. Cada uno de ellos se hizo adicto de las cartas que esperaba del otro. La espera misma se convirtió en una suerte de adicción. Muchas cartas de Kafka comienzan describiendo la sensación que le embargó al recibir la última misiva de Felice en la casa de sus padres en Praga -un cuarto piso sin ascensor-,  o en su oficina del Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo del Reino de Bohemia, donde llegaban antes por hallarse más céntrica que aquella.

Las reacciones oscilaban entre la alegría, la satisfacción, la angustia y el miedo. Cuando Felice callaba y no respondía a su última carta, se echaba a temblar. Un día se pasó volando por los pasillos de la oficina cada cuarto de hora, mientras escudriñaba “todas las manos”, para ver si portaban alguna de ella. Y en casa, nada de nada.

En uno de los periodos de  mutismo, le replicó que si no le había podido escribir ni en la oficina ni en el tranvía era porque no sabía a quién debía hacerlo. “Yo no soy un destino para cartas”. También Felice recibía las suyas en la oficina de la empresa de dictáfonos en la que trabajaba como ejecutiva o en la casa familiar. Ante las quejas por los retrasos en recibirlas, Kafka le manifestó su sospecha: ¿no sería que “alguna de las damitas de tu oficina, movida por la curiosidad o la codicia,” escondía las cartas y no se las entregaba hasta última hora de la tarde?

“Cartas de amor” (1950), de Stanley Spencer

Se sentía más inspirado cuando le escribía después de haber “garabateado” algo para sí, al contrario que si lo hacía tras despedirse de su familia por la noche para encerrarse en su habitación. También le enviaba muchas cartas imaginarias tumbado boca arriba encima de la cama, con los pies apoyados en los montantes de las patas, y por supuesto, en sus largos paseos por el centro de Praga.

Felice, en cambio, solía escribirle acostada en la cama. Una vez le confesó:

“Tú y yo tenemos talentos diferentes. Yo soy un gran orador en la cama, tú eres una gran escritora epistolar en la cama”, por lo que le pedía que le describiese la naturaleza de “esa correspondencia camera”.

Milena Jerenska (1896-1944)

Milena Jerenská (1896-1944)

En una carta a Milena Jerenská le confesó que toda la desdicha de su vida provenía de las cartas o de la posibilidad de escribirlas. Las personas nunca le habían traicionado, pero las cartas siempre, y no las ajenas sino las suyas:

“La sencilla posibilidad de escribir cartas debe de haber provocado –desde un punto de vista meramente teórico– una terrible desintegración de almas en el mundo. Es en efecto una conversación con fantasmas (y para peor no sólo con el fantasma del destinatario, sino también con el del remitente) que se desarrolla entre líneas en la carta que uno escribe, o aun en una serie de cartas, donde cada una corrobora la otra y puede referirse a ella como testigo (…)  Escribir cartas, sin embargo, significa desnudarse ante los fantasmas, que lo esperan ávidamente. Los besos por escrito no llegan a su destino, se los beben por el camino los fantasmas. Con este abundante alimento se multiplican, en efecto, enormemente”.

Como todo lo escrito de nuestro puño y letra, la carta puede convertirse en una prueba documental. Quizá por ello algunos se han mostrado reacios a escribirlas. Por ejemplo, Josep Pla, que publicó dos libros de viajes –Cartas de Italia y Cartas de lejos-, aconsejó a los lectores en uno de sus cuadernos de notas que se abstuvieran de escribir cartas privadas.

Aunque frecuentó la correspondencia de autores consagrados, reconocía su incapacidad para redactar cartas. En su vida había escrito la menor cantidad posible de ellas y esas pocas carecían de interés. Alegaba que para alguien que escribe públicamente, resultan algo “embarazoso y pesadísimo”. Además, escribir cartas interesantes exige audacia y él había sido “un tímido sin audacia”, lo que explicaba “la inanidad” de su correspondencia.

El consejo de Pla obedece a un espíritu previsor. Desde esta perspectiva, las cartas pueden convertirse en hijos inesperados renaciendo del olvido por algún extraño azar para reclamar la paternidad a sus autores. Lo escrito, escrito queda, y mientras no se borre, siempre será susceptible de reaparecer tal como se escribió, con la letra intacta, por más que su autor la considere letra muerta. Una carta en la que se vierten opiniones o sentimientos, se expone al juicio del tiempo, pues mientras éstos cambian de piel, las palabras en las que los expresamos permanecen indelebles.

Josep Pla

Josep Pla

Pocos meses antes de morir, Proust le confesó a su ama de llaves y confidente, Céleste Albaret, el temor a que los destinatarios de su correspondencia no tuviesen escrúpulos en publicarla. Le remordía haber escrito tantas cartas. Pero su condición de enfermo crónico -era asmático- había favorecido esa forma de comunicación con amigos y conocidos. A pesar de los intentos por arreglar las cosas de tal manera que nadie pudiese publicar la correspondencia, se convenció de que no podía hacer nada para evitarlo. Compungido, le dijo a Céleste que había proporcionado a todas esas personas flechas que se volverían contra él.

El propio Kafka fue también víctima de sus cartas. En la borrascosa reunión del 12 de julio de 1914 el hotel Askanischer Hof de Berlín, en la que se escenificó la ruptura de su compromiso con Felice en presencia de la amiga de ésta, Grete Bloch, del novelista y médico Ernst Weiss, amigo de Franz y “enemigo” declarado de la novia, y de una hermana de Felice, Erna, Grete, que era amiga de los novios, esgrimió cartas que le había escrito Franz en las que se mostraba crítico con Felice. Hasta había subrayado algunas frases comprometedoras.

Grete Bloch

Grete Bloch

Kafka redactó a máquina la primera carta que envió a Felice a su casa de Berlín. Entonces sólo se conocían por la velada en la que un mes antes coincidieron por casualidad en casa de la familia de Max Brod, en Praga. Cuando uno se presentaba por escrito ante una persona con la que aún no había intimado, se abstenía de escribir a mano, evitando el riesgo de que el destinatario de la carta no entendiese esa letra extraña.

La escritura impersonal de la máquina suponía una especie de preámbulo necesario que, en el caso de que la relación epistolar desembocara en cierta intimidad, debía de conducir a la escritura manual. Hasta tal punto esto era así que, una vez franqueadas las puertas de la extrañeza, los corresponsales se disculpaban si en alguna ocasión hacían uso de la máquina.

El salto de la letra de la máquina a la caligrafía se producía cuando la confianza mutua había echado raíces y cada uno de los corresponsales se esforzaba por habituarse a la letra del otro, deduciendo incluso de ella su estado de ánimo. Pedro Salinas alegaba a favor de la escritura manual que

“el papel insigne de la pluma es personalizar la carta, es representar al que la escribe, inventarle algo como un rostro, en el cual las facciones fisonómicas son transportadas a rasgos caligráficos”.

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Jules Renard

Reflexionando acerca de las cartas que escribía, Jules Renard plasmó en el Diario sus dudas acerca de la sinceridad en la correspondencia de los grandes hombres. Él mismo confesó que con todas las cartas que escribió, pero no envió, podría componer un volumen.

Tratándose, además, de escritores reconocidos, las dudas se aproximaban peligrosamente a certezas. Cabe sospechar que mientras redactaban una carta quizá estuviesen pensando no sólo en su destinatario sino en los hipotéticos lectores que algún día las leerían, del mismo modo que ellos leyeron las de otros autores consagrados. Renard dejó constancia de la costumbre de los escritores de su tiempo de hacer copia de las cartas que enviaban “para que la posteridad pueda reunir su correspondencia sin demasiado trabajo”.

A mediados de los años cincuenta del siglo pasado el escritor británico William Somerset Maugham leyó varias colecciones de cartas de escritores que se publicaron por entonces. Se preguntaba si éstos no las habrían escrito con la idea de que un día pudieran publicarse. Al enterarse de que habían guardado copias, la sospecha se mudó en certeza.

William Somerset Maugham

William Somerset Maugham

A modo de ejemplo, cita la respuesta de André Gide a Paul Claudel, tras comunicarle su deseo de publicar la correspondencia que había mantenido con él. Como Claudel, probablemente contrario a semejante deseo, le dijera que esas cartas habían sido destruidas, Gide le respondió que no importaba: había conservado las copias.

Por lo visto, según cuenta Maugham, el propio Gide lloró durante una semana al enterarse de que su esposa había quemado las cartas de amor que él le escribió, al considerarlas la cumbre de su obra literaria y su principal reclamo para la posteridad. “Tartufo de la carta” llamó Pedro Salinas a un compatriota de Gide, el escritor Jean Louis Guez de Balzac, treinta años mayor que Madame de Sevigné. Este personaje se labró su reputación literaria enviando cartas a la imprenta mientras se quejaba de que circulasen por calles y plazas.

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André Gide

En la carta a Milena que cité antes, Kafka le decía que para eliminar en lo posible lo fantasmal entre las personas, o sea, las cartas, y lograr una comunicación natural, “que es la paz de las almas”, se habían inventado el ferrocarril, el automóvil, el aeroplano. Pero, a renglón seguido, desmontaba este optimismo recordando que el otro bando, el de los fantasmas de las cartas, “tanto más calmo y poderoso”, no se cruzó de brazos sino que inventó “el telégrafo, el teléfono, la telegrafía sin hilos”. “Los fantasmas no se morirán de hambre, y nosotros en cambio pereceremos”.

En la era de Internet y del teléfono móvil  habría visto confirmados sus temores. Basta con mirar a los viandantes hablando por la calle con sus invisibles interlocutores, como locos con sus fantasmas. Éstos continúan vagando por los nuevos medios electrónicos. Me temo que les aguarda una vida eterna, aunque no quede nadie que les escriba cartas de dos páginas, como las que Kafka remitía a algunos de sus corresponsales. Un aburrimiento.

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21 comentarios leave one →
  1. septiembre 9, 2014 1:59 pm

    Felicitaciones, buenísimo el artículo y además abre un ángulo interesantísimo para considerar el imaginario decimonónico y su herencia literaria, hoy a la vez vigente y trasnochada. Es notable que sea justamente Kafka el que realiza la inflexión mayor en sus comentarios sobre este aspecto: ve el “mal” de la carta aun cuando él mismo cultiva el hábito. Y este “mal” -la fantasmagoría implícita en su retórica, que hoy aparece condensada en fórmulas al uso que la vuelven mucho menos legible- convivía con su cura, del mismo modo que el despliegue de ese imaginario excesivo en novelas de volumen también excesivo permitía ver lo que se alojaba en su interior. Agrego dos “casos” literarios (o ficticios) muy interesantes a los mencionados en el texto: las cartas de amor ya escritas -prefabricadas- que Julien Sorel enviaba a Matilde y una novela que hoy debe ser ya inencontrable: “La carta en el taxi”, de Louise de Vilmorin.

    • septiembre 10, 2014 9:21 am

      Gracias, Ricardo, por la lectura y el excelente comentario. El declive de la carta corre paralelo al ascenso de la superficialidad y de una escritura descuidada y torpe.

  2. Maia L.B. permalink
    septiembre 10, 2014 8:25 am

    Soy afortunada: aún tengo quien me escriba y reciba mis cartas. Me hace bien escribirlas, más que cualquier otro tipo de texto, y recibirlas es uno de los más maravillosos regalos que me pueden hacer. Allí, como tan maravillosamente lo explicas en esta entrada, uno abre el alma de un modo que no tiene parangón con ninguna otra forma de comunicación. Uno escribe lo que no sabe decir o no se atreve. La ficción jamás ocupará el sitio de lo epistolar ni la autobiografía escrita para el futuro ayuda a conocernos como el intercambio de cartas con una persona querida. Una entrada entrañable, Jaime. Gracias.

    • septiembre 10, 2014 9:25 am

      Gracias, Maia. Sí, eres una afortunada, al igual que tus corresponsales. Hay que mimar esta grata costumbre del intercambio epistolar. Y estoy de acuerdo contigo en que las cartas íntimas (como también se decía antes, para distinguirlas de las formales) nos ayudan a escarbar en nosotros mismos tanto o más que la ficción o la autobiografía. Un abrazo.

  3. septiembre 10, 2014 4:02 pm

    Fantástico artículo. Ojalá volviera el tiempo de las cartas, con su olor y sus esperas, aunque mucho me temo que el epidérmico whatsapp y los gélidos e-mail, ya no lo permitan. Muchas gracias por el post.

    Un saludo.

    • septiembre 10, 2014 6:54 pm

      Mucho me temo que el declive de las cartas privadas sea irreversible. No se quiere tener tiempo para escribirlas ni paciencia para esperarlas. Ahora todo tiene que ser instantáneo, como el cola-cao. Instantáneo y frío, como bien dices. Gracias a ti por la lectura y el comentario. Un saludo, Iñaki.

  4. Ángel Saiz permalink
    septiembre 10, 2014 11:48 pm

    Jaime, tu artículo invita a “recuperar el tiempo perdido”, aquel en el que escribíamos cartas, comunicábamos sentimientos y novedades. Eran algo vivo, como eran los contenidos de las cartas y epístolas de los escritores de cartas que tu mencionas. Hoy he echado una carta al buzón, iba destinada a un amigo… que no tiene internet, ni ordenador, ni los quiere tener. ¿Quieres creer que me ha molestado, en cientro sentido, tener que usar el buzón de correos para llevar el mensaje a mi amigo? Si bien entiendo que quizá se deba a que él hace años que tampoco escribe a nadie ninguna carta. Ese es el futuro que nos espera si no ponemos fin al uso indiscriminado de las tecnologías, que no sirven para otra cosa, como bien dices, que “para transmitir mensajes”. Gracias por animarnos a recuperar la expresión escrita… y a deleitarnos con ella.

  5. ivanbonet permalink
    septiembre 12, 2014 8:11 pm

    Hola. En el párrafo en que se enumeran algunos de los autores más prolíficos en materia epistolar, Proust se repite dos veces (por si interesa corregirlo).

    La carta actual puede ser perfectamente el correo electrónico. Que muchos lo usen como medio de comunicación veloz no significa que otros no lo usemos como antes se usaban las cartas. Si quiero hacer un comentario, utilizo algo rápido. Pero si quiero tratar un tema en el cual necesito pausa y reflexión y extenderme en su explicación, el correo funciona a las mil maravillas.

    Quién, si no Kafka, para explicarlo mejor: “Me opongo por completo a todo lo que sea hablar. Cualquier cosa que diga, está equivocada en mi sentido. Para mí, el discurso quita toda seriedad e importancia a cuanto digo. Por ello soy callado; no sólo por necesidad, sino también por convicción. Sólo el escribir es la forma de expresión apropiada a mi persona, y lo seguirá siendo incluso cuando estemos juntos.” (Cartas a Felice)

    Saludos.

    • septiembre 12, 2014 9:16 pm

      Gracias por la lectura, el comentario y la advertencia. Ya está corregida la repetición. Por supuesto, el correo electrónico puede funcionar como la carta tradicional. En fin, por experiencia propia y por la que conozco, el parecido es más bien remoto. Un saludo

  6. septiembre 22, 2014 6:49 pm

    Ha sido una entrada impresionante, Jaime.

    Te lo dice alguien que escribía cartas muy extensas diariamente. Y lo hacía con tal regularidad, que las oficinas centrales de correos de Alemania me tomaron como referencia para medir la puntualidad del funcionamiento del servicio de envío de misivas internacionales entre España y Alemania. Algo típico alemán, por cierto.

    No te imaginas lo que he disfrutado leyéndote. Me encanta la manera que tienes de expresarte.

    Un saludo,
    Livia

    • marzo 11, 2015 5:38 pm

      Muchas gracias, Livia. Disculpa el retraso en contestarte, pero al recibir un nuevo comentario, me he encontrado con el tuyo. Qué curiosa tu experiencia alemana, aunque todavía más llamativa es la tuya como corresponsal y sin la cual los alemanes no te habrían convertido en referencia. Espero que alguna vez reanudes la saludable costumbre de escribir cartas, siempre que encuentres corresponsal apropiado.
      Un saludo

  7. gemma permalink
    octubre 12, 2014 9:52 pm

    Hola, despues de mucho buscar en la red, me he dado cuenta que no existe ( o quizás yo no lo he encontrado) , alguna pagina donde puedas mantener correspondencia real, ( ni via mail) es una lástima, echo de menos escribir y recibir cartas a mano….da que pensar.
    Saludos
    Gemma

  8. marzo 11, 2015 5:30 pm

    Yo vivo con mi pareja lesbiana, yannet y sin embargo, cuando ella viaja yo le escribo tres cartas diarias…Este es un buen articulo, gracias por publicarlo. Elida Aponte sanchez

  9. angeles fresneda permalink
    marzo 24, 2015 2:13 am

    excelente articulo, me ha gustado muchisimo y me ha servido para viajar en el tiempo y recordar esa caja roja llena de cartas que descansa en lo alto de una repisa.

    • marzo 24, 2015 12:20 pm

      Muchas gracias, Ángeles. Sí, por lo visto ahora las cartas sólo nos sirven para viajar en el tiempo. Hacia el pasado, naturalmente.

  10. Antonio Pazmiño permalink
    julio 23, 2015 4:02 am

    Una lectura muy interesante, desde hace seis o siete meses que inicié la costumbre de escribir cartas y enviarlas a personas de distintas partes del mundo, las cuales se han vuelto verdaderas amigas; es muy cierto que uno siente una enorme emoción al llegar a casa y ver que ha llegado la correspondencia, también es cierto que uno se vuelve loco esperando a que llegue, contado los días, pensando en la posible razón por la que no llega la tan esperada carta, que si se perdió, que los de la oficina de correos dejan que se acumule una montaña enorme de otras misivas sobre ella, que la otra persona nunca la envió, etcétera, etcétera.

    Muchas gracias

    Antonio

  11. pablo permalink
    septiembre 1, 2015 5:11 am

    Hay un cortometraje que realizare este mes, que trata sobre esto.. cuando este listo, les enviare el link de la plataforma en donde lo subire para que puedan verlo y votar. Gracias!
    Desde Chile.

  12. Eugenia Toledo permalink
    enero 9, 2016 4:22 pm

    Me encantó este artículo, gracias Jaime. Me encantaría recibir de nuevo una carta …hay dos personas que nos han mandado tarjetas de Navidad en 2015, eso también se fue. No creo que el emial se asemeje a recibir a una carta, no es totalmente igual. Es más bien una conversación, en las cartas había confesiones. reflexiones, etc. Tengo una caja de cartas que en mis 30 y tantos años de vivir afuera de mi país alcancé a escribirles a mis padres…tengo las pocas cartas de mi madre de mi padre y una carta mi abuela italiana!!!!perdí muchas otras, eran sagradas para mí. Un género perdido??????me encantaría recibir cartas de don Antonio Pazmiño…..aquí da un comentario. Eran textos de importancia…..Pablo por favor mándenos ese cortometraje. Gracias,

    • enero 9, 2016 8:17 pm

      Gracias por la lectura, Eugenia. Parece que las cartas se extraviaron para siempre y no por culpa de Correos.

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