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“Usted está obligado a saber, después de todo es escritor”

julio 16, 2014

Parece que cuando Theodor Wiesengrund Adorno dijo que después de Auschwitz no tiene sentido escribir poesía quiso decir que si ésta no pudo detener aquella catástrofe ni tampoco desentrañarla después de ocurrida, carece de sentido volver a escribirla. ¿Para qué la poesía, y la literatura en general, si no evita el odio que azuza las guerras, las matanzas y las tiranías? Sin embargo, no se puede negar el papel desempeñado por la literatura después de Auschwitz a la hora de indagar en esta experiencia insólita en la Historia. Los escritores, empezando por quienes sufrieron la persecución y estuvieron a punto de morir asesinados por los verdugos, no se han resignado al silencio en su afán por responder a numerosos interrogantes. Gracias a ellos sabemos un poco más.

Theodor Wiesengrund Adorno

Theodor Wiesengrund Adorno

El nazismo prohibía preguntar. “Aquí no hay porqués” (“Hier ist kein Warum”), le espetó un vigilante del campo de Auschwitz a Primo Levi cuando éste  le preguntó por qué le impedía calmar la sed con el pedazo de carámbano que colgaba de una ventana. Los nazis temían las preguntas que habrían hecho tambalear la estúpida confianza que tenían en su poderío. Los fanáticos no admiten preguntas y huyen de las dudas: podrían conducirles a una espiral de nuevas preguntas. Les repugna la conversación, en la que se pierde cuando se gana y se gana cuando se pierde. Ellos quieren ganar siempre y dárselas de ganadores. Lo suyo es el monólogo cuartelero.

En cambio, nosotros no tenemos más que preguntas en los labios y pocas respuestas que satisfagan nuestro deseo de saber. Al menos nos queda la libertad de plantearlas. En este punto el nazismo no se salió con las suyas (“Yo volví del campo de concentración con una carga narrativa incluso patológica” dijo Primo Levi). Preguntar nos ha vuelto más desconfiados, sobre todo de nosotros mismos. Auschwitz no sólo interroga a la Humanidad –esa palabra que a menudo reducimos a una abstracción nominal- sino a cada uno de nosotros, al menos para mantenernos en alerta. Escribir después de Auschwitz no ha sido en balde.

Primo Levi

Primo Levi

La esencia de la literatura, en todos sus géneros y vertientes, radica en el preguntar. Su material de trabajo es la observación y, derivada de ésta, el planteamiento de problemas para que el lector medite sobre ellos y, si llega el caso, saque sus propias conclusiones. Tal vez por esto se espere mucho del escritor. Al escudriñar los pliegues del alma humana y disponer de una amplia visión, se cree que nadie mejor que él se halla en disposición para adentrarse en la conciencia de los hombres. No es un especialista ni, por tanto, está sometido a los inconvenientes y limitaciones de la profesión, de la que Nietzsche dijo que constituye “un baluarte tras el cual puede uno replegarse cuando le asaltan escrúpulos y preocupaciones de índole general”.

En sus memorias Gente, años, vida [editadas en Acantilado, traducción del ruso de Marta Rebón], el periodista, novelista y poeta soviético Iliá Ehrenburg (1891-1967) confiesa que, pese a haber vivido una época en que la política influía en el destino de todos, afectándole a menudo las noticias de los periódicos más que los libros o los cuadros, se movía en la esfera de su oficio de hombre de letras. A continuación añade que, por el mismo carácter de su trabajo, los escritores son pocas veces profesionales en el sentido estricto del término, ya que tienen que saber penetrar en el mundo espiritual de diferentes personas. Cita los ejemplos del capitán Dreyfus, un especialista limitado que nunca logró comprender por qué Zola tomó partido en su defensa, y de Mijáilovski, teórico del narodismo que no entendía a Chéjov, aunque Chéjov comprendía muy bien a los naródniki [revolucionarios rusos populistas muy activos entre 1860 y 1880] y a los liberales.

Retrato de Anton Chéjov

Retrato de Anton Chéjov

Hasta tal punto se confía en la capacidad del escritor para conocer a las personas que incluso se espera de él que prevea sus comportamientos y los justifique una vez que éstos se han manifestado. El propio Ehrenburg cuenta una anécdota que ilustra esta creencia. En una ocasión fue a visitarle a la redacción del periódico en el que trabajaba un oficial de marina llamado Semion Mazur para revelarle una experiencia personal que no dejaba de atormentarle. Durante la invasión de Rusia por la Alemania nazi, tras ser herido en la batalla de Kiev y caer en una emboscada, se disfrazó, por lo que pudo llegar a la capital de Ucrania, donde vivía su mujer. En su casa no encontró a nadie. Su cuñada le persuadió de que abandonase la ciudad. Él le respondió que trataba de unirse a los suyos pero que antes quería ver a su esposa e hijo. Cuando regresaba a casa, ésta lo vio y se puso a gritar: “¡Apresad al judío!”. Mazur logró esconderse. En su huida de los alemanes, con heridas en el cuerpo, consiguió la ayuda de personas extrañas. Una mujer rusa lo escondió en Taganrog, un médico también ruso le dio un pasaporte de un muerto al enterarse de que era judío. Luego combatió en Stalingrado, donde fue condecorado y herido de nuevo.

Mazur le preguntaba a Ehrenburg por qué  unos extraños lo salvaron mientras que su esposa quiso entregarlo al enemigo.  El escritor le respondió que no sabía cómo era su vida en común con ella. El marido traicionado le dijo que vivían bien y que cuando él se marchó al frente la mujer lloró y le envió algunas cartas. Ehrenburg insistía: “Es usted quien la conoce. ¿Cómo voy a saber por qué obró de ese modo?”. Desesperado por la falta de respuesta a su pregunta, Mazur dio un puñetazo en la mesa: “Usted está obligado a saber, después de todo es escritor”.

“Los amantes”, de René Magritte

El hombre esperaba una respuesta del novelista que en sus obras diseccionaba los entresijos del alma humana. Se trata de una idea un tanto romántica de la función del escritor que, sin embargo, suele provenir más de fuera del entorno literario que de dentro. Porque, según se deduce de la anécdota, no era Ehrenburg quien albergaba la idea del escritor como un lúcido explorador del alma humana sino el oficial de marina, o sea, alguien que no se dedicaba a la escritura, pero que, por la noción que se había formado de la literatura y de quienes las profesan, esperaba del escritor que, con sus dotes de observación y su experiencia, penetrara en las causas que rigen las conductas aparentemente irracionales.

Lo cierto es que Ehrenburg estaba tan perplejo como el oficial de marina, y mientras no dispusiera de una información veraz y contrastada no se sentía en condiciones de aventurar una hipótesis al problema que acababa de plantearle. Quizá sospechara que el oficial conocía poco a su esposa, pese a los años de matrimonio con ella. Pero también podría haberse preguntado: “¿Y quién conoce a quién, si ni siquiera nos conocemos a nosotros mismos?”.

Los seres humanos no son estatuas, que permanecen inmóviles todo el tiempo. No somos los mismos de siempre. Ortega y Gasset ligó la la evolución del yo a las circunstancias para subrayar que éste se encuentra fuertemente condicionado por ellas. La experiencia demuestra que las acciones no siempre se corresponden con la expresión de los sentimientos o los principios y convicciones a los que se apela. Cada persona es un mundo, suele decirse cuando se recuerda la manera diferente con la que percibimos y afrontamos una misma realidad.

José Ortega y Gasset

José Ortega y Gasset

Como el resto de los mortales, el escritor necesita conocer con exactitud los hechos y los detalles, incluso los que parecen menos significativos, a la hora de enjuiciar un suceso. Semion Mazur reclamaba explicaciones que aclarasen el incomprensible comportamiento de su mujer a cambio de muy poca cosa. Quería saber si había gato encerrado en el asunto. Y probablemente lo había: todos esos detalles de su relación conyugal que se le escaparon a él, un hombre atareado y agobiado por las preocupaciones, pero que quizá en otras circunstancias hubiese captado o al menos intuido.

La realidad supera a veces a cualquier ficción, aunque la historia de Mazur que tanto le atormentaba bien podría haber sido imaginada por Chéjov, Maupassant, Isaak Bábel o Bernard Malamud. Sólo que el relato en el que la hubiesen narrado habría terminado donde comenzaba el tormento del personaje real: en la enigmática denuncia pública de la mujer que lo señaló con el dedo ante el enemigo invasor para que fuese arrestado y conducido a una muerte segura. Tampoco estos autores habrían hallado una explicación a esa conducta execrable, del mismo modo que no habrían sabido responder a la pregunta de por qué unas personas extrañas arriesgaron incluso sus vidas para salvarlo.

Guy de Maupasannt fotografiado por Nadar

Guy de Maupasannt fotografiado por Nadar

En lugar de ofrecerle una respuesta tranquilizadora y sobre todo definitiva, que acabara con su impaciencia, Ehrenburg no hacía más que acosarlo con preguntas. Se supone que sólo la esposa traidora estaba en posesión de la respuesta deseada. Y aun así, quién sabe, quizá ni ella misma hubiese sabido articularla, al menos en un primer momento. Cuando el instinto destruye la razón, la conciencia se queda en blanco y enmudece. Podemos sospechar que el pánico a compartir con su marido un destino doloroso venció en ella, derrotando al amor.

La otra respuesta, insatisfactoria por supuesto, además de difusa, es que aquello que en esta vida nace como misterio está destinado a morir como misterio, sin posibilidad de que un ser humano, por muy escritor y novelista que sea, pueda descifrarlo. El corazón tiene sus razones que la razón no conoce, escribió Pascal; incluso un corazón de piedra, como el de esa mujer que entregó al enemigo al hombre con el que hasta poco antes compartía lecho y padre de su hijo.

Retrato de Blaise Pascal

Retrato de Blaise Pascal

Los límites del escritor coinciden con los de eso que entendemos por realidad (además de los establecidos por el lenguaje).El resto son conjeturas, o sea, preguntas sin respuestas plausibles. Iliá Ehrenburg tuvo la ocasión de cruzarse de nuevo con otra pregunta a la que tampoco halló una respuesta. Fue poco después de terminar la guerra, durante las sesiones de los Procesos de Núremberg. En el banquillo de los acusados se sentaban veinte individuos insignificantes con cincuenta millones de muertes a sus espaldas. Un día, en un gélido pasillo del Palacio de Justicia de la ciudad alemana, estuvo conversando con el escritor Vsévolod Ivánov, al que aún conocía poco, quien le preguntó: “¿Cómo se hace para comprender todo esto?”. “No lo sé” le respondió Ehrenburg. Y añade:

“Para los jueces, en cambio, resultaba fácil: el delito era flagrante. Pero nosotros los  escritores, queríamos entender otra cosa: ¿cómo habían sido  capaces aquellos hombres de llegar a perpetrar aquellas atrocidades y cómo habían podido otros hombres cumplir sus órdenes sin rechistar? Queríamos comprenderlo, pero no podíamos”.

Vsévolod Ivánov

Vsévolod Ivánov

Ehrenburg había presenciado juicios contra campesinos ignorantes y desesperados. Recordaba a Landrú, el célebre asesino francés de mujeres, encarnación del mito de Barba Azul, y al paranoico Paul  Gorgulov, un médico ruso que en 1932 asesinó al presidente de Francia Paul Doumer. Pero en Núremberg sólo vio “una contabilidad sanguinaria”. Imaginó que si aquellos individuos estuvieran celebrando en un restaurante las bodas de plata del viajante Ribbentrop [ministro de Asuntos Exteriores del último gobierno de Hitler] o la jubilación del funcionario bávaro Wilhem Frick [ministro del Interior], nadie se dignaría mirarlos. “Aquí acaba el mundo de Dostoyevski y comienza el de los robots”, concluye Ehrenburg.

Principales dirigentes nazis sentados en el banquillo de los acusados en una de las sesiones del Proceso de Núremberg

Principales dirigentes nazis sentados en el banquillo de los acusados en una de las sesiones del Proceso de Núremberg

En la sala donde se celebraba el juicio, cada vez que miraba el rostro de Goering, “un vividor insulso, un arribista, un hombre de negocios corrupto, un don nadie”, pero uno de los responsables de la muerte de cincuenta millones de personas, tropezaba con el mismo interrogante. Mientras redactaba sus memorias, a mediados de los años sesenta, tuvo que reconocer que incluso ahora, cuanto más reflexionaba sobre ello, menos lo entendía. ¿Cómo explicar los hechos que se dirimieron en Núremberg sólo por la crisis económica o por la competencia entre las potencias imperialistas? Nada. No había respuesta.

“Nuestros contemporáneos saben exactamente en qué órbita recorrerá un satélite lanzado al cosmos, pero no sabemos aún por qué órbitas giran los sentimientos y los actos humanos”.

Johann Wolfgang von Goethe

Johann Wolfgang von Goethe

En una de sus conversaciones con Eckermann, Goethe le dijo que en el transcurso de su larga vida se había dedicado a toda clase de cosas, haciendo realidad muchas de las que bien podría ufanarse. Pero, se preguntaba a continuación, qué tenía él que fuera suyo excepto la capacidad y la afición de ver y escuchar, de distinguir y de escoger, dando vida con cierta inteligencia a lo previamente visto y oído y reproduciéndolo con cierta habilidad. Se había limitado a prestar atención a las personas y a las cosas que le habían ofrecido el material para escribirlas.

“Prácticamente lo único que me quedaba por hacer era extender el brazo y cosechar lo que otros habían sembrado por mí”.

Goethe pensaba que  el artista debe hacer lo posible para “atraer los medios que nos ofrece el mundo exterior y ponerlos al servicio de nuestros fines más elevados”. Así que esperar del escritor y de su obra más de lo que él mismo recabe de sus observaciones quizá sea pedir lo imposible. Bastante tiene con preguntar.

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8 comentarios leave one →
  1. julio 16, 2014 8:36 pm

    “¿Para qué la poesía, y la literatura en general, si no evita el odio que azuza las guerras, las matanzas y las tiranías?”

    ¿Y quién ha dicho que la poesía y la literatura en general ha de evitar todo eso? La opinión de Adorno, como otra semejante de Sartre, me asombra por su ingenuidad. O quizá es una manera de confesar que el endiosamiento intelectual, que de alguna modo ambos practicaban, no sirve en realidad para nada práctico. Cosa que los no “intelectuales” siempre han sospechado.

  2. julio 17, 2014 12:04 am

    Gracias por tan interesantes reflexiones
    Ramón

  3. julio 17, 2014 11:21 am

    Gracias a ti por la lectura. Un saludo

  4. Ángel Saiz Pérez permalink
    julio 17, 2014 11:46 pm

    Muy bien, Jaime, por este artículo, que nos hace penetrar en el mundo interior del escritor, el cual tiene esa capacidad de análisis para observar el comportamiento humano y expresarlo en sus escritos.
    Cuando los leemos, nos olvidamos, efectivamente, de que lo que se narra como ficción es eso, ficción y no realidad. Y esa ficción nos encandila, nos atrae, nos subyuga… a pesar de toda su desconexión con el mundo real.
    Dices, bien, al escritor no hay que pedirle más, no podemos exigirle la explicación de todo lo que ocurre en el mundo, ni siquiera las razones profundas del comportamiento de sus protagonistas.
    Paradójicamente, a pesar de esa limitación de la narrativa, es cierto que la lectura nos enriquece, nos permite alcanzar cotas de mayor imaginación y nos anima a observar la realidad con más espíritu crítico.

  5. julio 23, 2014 4:23 am

    Tal vez nos cueste asimilar que cuando terminamos de leer la obra, las luces se apagan tanto para los personajes, como para los lectores, como también para el autor de esa obra específica, el autor vive y vibra dentro de ese universo y luego desde el universo de sus otras obras, pero en cada una es otro, como el agua del río que nunca es el mismo, eso tal vez lo resentimos, un poco, un tanto como un fraude, el hecho de que aquel que asiste a conferencias a hablarnos de su obra, resulta, generalmente, salvo que esté utilizando sus propias y personales anécdotas y aún mas allá de ello, un ser un tanto ajeno al autor con el que convivimos en la obra, porque su involucramiento y compromiso con sus personajes, su universo inventado lo hace otro, no puede ser indiferente a esa esencia de humanidad con la que lucha y crea; que buen artículo, porque resalta lo humano de la Literatura, lo que permanece y la hace Universal….

  6. julio 28, 2014 7:04 pm

    Si hubiera una explicación, una respuesta a tantas preguntas cuya respuesta desconocemos, poetas, narradores, ensayistas tendrían que cambiar de oficio, no habría materia prima. Toda obra de arte explora lo desconocido y expone los resultados de esa exploración, sin que se llegue a resover el misterio.
    Interesnate, como siempre. Saludos.

  7. noviembre 15, 2015 3:32 pm

    Reblogueó esto en Literaria.

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