Skip to content

Husmeando las migajas que cayeron de la mesa del escritor

junio 24, 2014

En su libro de reflexiones literarias Leyendo escribiendo (En lisant en écrivant), el escritor Julien Gracq (1910-2007) se hacía eco de una tendencia que juzgaba propia de esta época: la predilección por aquello que los grandes autores del pasado habrían considerado “las migajas de su mesa”, o sea, todo ese material secundario compuesto por memorias, recuerdos, diarios, cuadernos, correspondencia, apuntes personales o conversaciones de sobremesa. En vez de frecuentar sus obras maestras, se leen los textos que el escritor “balbucea y charla todavía a su alrededor con libertad”. Cita algunos ejemplos: el Diario de André Gide, Cosas vistas, de Victor Hugo, Conversaciones con Goethe, de Eckermann (y no Las afinidades electivas), y la Correspondencia de Flaubert (y no La educación sentimental).

Julien Gracq

Julien Gracq

Si levantaran la cabeza, algunos escritores se llevarían una sorpresa al comprobar que la posteridad no lee sus obras más apreciadas sino las memorias que escribieron al final de su carrera y a modo de corolario. Gracq explica esta reacción de los lectores contemporáneos porque

“lo que queremos es la literatura que se mueve y que es aprehendida en el momento mismo en que parece moverse aún, así como preferimos un esbozo de Corot o de Delacroix a sus cuadros terminados. Ya no queremos la literatura monumento, todo lo que ha sentido la necesidad de tener en regla los permisos de construcción de su época”.

Desde que hace más de treinta años Gracq consignó esta tendencia, de la que él mismo se confesaba fiel seguidor, es probable que haya subido algunos grados, al menos entre la menguante legión de lectores de los autores clásicos. El gusto por las visitas a los escritos personales de éstos ha amainado los efectos de la deserción de sus obras. ¿Quién leería hoy a Chateaubriand si no fuese por las Memorias de ultratumba?

Retrato de François-René_de_Chateaubriand

Retrato de François-René de Chateaubriand

Diarios, correspondencia, memorias, recuerdos, apuntes personales o conversaciones pertenecen al género confesional, en el que quien lleva la voz cantante es el Yo. Este tipo de escritos ha encontrado siempre un amplio público. Escuchar la voz del autor, sin artificios literarios, con espontaneidad y en un lenguaje directo, para averiguar qué sintió y pensó sobre asuntos diversos a partir de sus propias experiencias y en el entorno familiar en el que vivió, despierta la curiosidad del lector. “Sólo amamos lo individual: de ahí el gran placer que nos proporcionan los relatos, confesiones, memorias, cartas   y anécdotas de personajes del pasado”, dijo Goethe en una ocasión. El reputado crítico literario Sainte-Beuve reconoció su preferencia por las  correspondencias, las conversaciones, los pensamientos y las biografías de los grandes escritores.

El éxito de los Ensayos de Montaigne se explica por  el propósito programático que detalló en su dedicatoria al lector: escribir un libro sin más fin que “el doméstico y privado” y no para “conseguir el favor del mundo”, para lo cual se habría “engalanado mejor”, mostrándose “en actitud estudiada”.

“Quiero que me vean con mis maneras sencillas, naturales y ordinarias, sin disimulo ni artificio: pues píntome a mí mismo. Aquí podrán leerse mis defectos crudamente y mi forma de ser innata, en la medida que el respeto público me lo ha permitido”.

Estatua de Montaigne, frente a la Universidad de La Sorbona de París

Estatua de Montaigne frente a la Universidad de La Sorbona de París

En uno de los ensayos reconoce que en sus “artículos descosidos” presenta las ideas sin regla alguna, “de modo general y a tientas”, en un lenguaje nada ceremonioso, “demasiado apretado, desordenado, cortado, particular, como cosa que no puede decirse de una vez y en bloque”. Es preciso recordar que Montaigne se embarcó en la exploración del yo en un clima de guerra entre católicos y protestantes, como si hubiese querido distanciarse de semejante locura y refirmar su individualidad en un momento en el que ésta era cruelmente maltratada por los contendientes.

Aunque el motivo esgrimido por Gracq resulta convincente, sospecho que el abandono por los lectores de las obras artísticas de los escritores obedece a causas de mayor  calado. Tal vez la más significativa de ellas sea la ruptura del pacto de credulidad que durante siglos el lector mantuvo con las ficciones literarias. Seguro que hubo un momento a partir del cual empezó a leerlas con cierta aprensión, mientras miraba de reojo al autor, al que las hornadas anteriores de lectores no habían hecho ni caso porque sólo prestaban oídos a la voz del narrador que les contaba las historias.

Así fue como en los viejos tiempos los lectores de todas las condiciones sociales leyeron (o escuchaban, si eran analfabetos y alguien leía para ellos) los relatos ficticios al calor del fuego del hogar o en las pausas de descanso en las faenas agrícolas. Y así es también como los niños sentados en el césped de un parque siguen con atención los diálogos vivaces que sostienen las marionetas en sus teatrillos de juguete, a sabiendas de que no son más que muñecos cuyos movimientos son dirigidos por seres humanos escondidos detrás de la cortina.

"La lectura" (1874), del pintor chileno Cosme San Martín

“La lectura” (1874), del pintor chileno Cosme San Martín

Sin esta ingenua manera de leer no se entiende la poderosa influencia de las historias bíblicas y de las leyendas populares que durante siglos circularon por las aldeas y ciudades de Europa antes y después de la invención de la imprenta. Entonces lo único que interesaba al lector era el contenido de esas historias, sin reparar en sus interioridades formales -estilo, influencias o antecedentes literarios- y menos aún en su autoría, como si el firmante de la obra no fuese más que un intermediario casual: el narrador.

Resulta llamativo que el argumento central de la primera novela moderna, el Quijote, gire en torno al binomio credulidad-incredulidad de los lectores. Pues, no debemos olvidarlo, los verdaderos protagonistas de la novela, que se agitan como sombras detrás de sus dos héroes, Don Quijote y Sancho Panza, son los numerosos lectores que desfilan por sus páginas y, por extensión, su actitud ante la lectura de ficciones literarias entonces en boga: los libros de caballerías.

Cervantes planteó el problema de la lectura confrontando a dos tipos de lectores, el primero, representado por un individuo excepcional, el viejo hidalgo Alonso Quijano, quien, tras atiborrarse de libros de caballerías en los que creía a pie juntillas, enloqueció desde el momento en que dio en decir que era un caballero andante como los que se pintaban en estos libros. El otro tipo de lector está representado por el resto de lectores cuyo rasgo común es que, al contrario que el hidalgo, distinguen con nitidez entre realidad y ficción libresca.

"Don Quijote leyendo", de Honoré Daumier

“Don Quijote leyendo”, de Honoré Daumier

Lo primero que Cervantes deja claro en su novela es que la credulidad lectora no depende de lo poco o mucho que se haya leído. Prueba de ello es que metiese en el mismo saco de personajes crédulos al leidísimo Alonso Quijano y a los analfabetos Sancho Panza, para quien Don Quijote fue el único libro de caballerías con el que tuvo algún contacto en su vida campesina, y el posadero Juan Palomeque, quien sólo los conocía de oídas, cuando en un descanso en la siega alguien leía en voz alta uno de ellos.

La diferencia que separa a Alonso Quijano de estos otros personajes es que el aislamiento de la realidad anodina le indujo a creer con una fe ciega en los libros de caballerías, sintiendo sus fantásticas historias como una prolongación de su existencia. Por mucho que Palomeque creyese también en ellas, jamás se le habría pasado por la imaginación la idea de transformarse si no en un caballero andante, como el hidalgo Alonso Quijano –semejante mudanza habría sido muy osada para un posadero-, sí al menos en un modesto escudero. Bastante tenía con ejercer su oficio con diligencia y cumplir sus deberes familiares.

Cervantes se sirvió del contra-ejemplo de Alonso Quijano para enfatizar los ejemplos de lectores que leían los libros de caballerías únicamente por distracción. Para este lector sólo merecen credibilidad las historias narradas con verosimilitud, a tono con sus conocimientos y experiencias, y que bien podrían ocurrir o haber ocurrido en un espacio y en un tiempo  reales.

"Don Quijote leyendo libros". Adolf Schrödter (1834)

“Don Quijote leyendo libros”. Adolf Schrödter (1834)

Por insólita y extravagante que fuese la historia de Don Quijote y Sancho Panza, en ella todo resultaba verosímil y, por tanto, creíble. De ahí que en la Segunda Parte de la novela Cervantes diera vida a personajes que habían leído con absoluta credulidad la Primera, por lo que al encontrarse con el caballero y el escudero, comprueban que son idénticos al retrato que el narrador ofrece de ellos. Habían creído con fundamento, no como Alonso Quijano. De modo que la locura que atacó al pobre hidalgo puede interpretarse como una especie de castigo que se le infligía por haber creído en lo que no debía. Más que contra las novelas de caballerías en general, Cervantes escribió el Quijote contra esas otras que, al pintar personajes y escenarios falsos, espantaban a los lectores, aunque siempre hubiera algún chalado que las leyese al pie de la letra.

Los lectores del Quijote desertaron de la lectura de los libros de caballerías porque encontraron en la novela de Cervantes una historia que les resultaba más familiar y entretenida que éstos. Desde que la leyeron esperaban con ansia más historias de ese tenor, como intuyó Avellaneda al plagiar la idea de Cervantes. Lo que satisfacía su apetito de lectura era que una historia como aquella, pese a su singularidad, hubiese podido suceder en la realidad, no como las que leían en los libros de caballerías.

Pero quizá lo inquietante es que Cervantes se hizo eco de un problema mucho más profundo: el declive de la inocencia de unos lectores que, sin ser unos estrafalarios ni unos locos, estaban dispuestos a creer en ficciones siempre que fuesen verosímiles y amenas. No es casual que situase la historia de Don Quijote en un tiempo pasado (“no ha mucho tiempo”), impregnándola de cierta atmósfera de añoranza.

"Mujer leyendo", de Corot

“Mujer leyendo”, de Corot

Parece que a medida que progresaba la alfabetización y aumentaba el número de lectores, se fue debilitando el pacto de credulidad entre éstos y la ficción literaria, una tendencia que llamó la atención a autores como Samuel Johnson, al vincular la propagación de la imprenta con la decadencia de la literatura, y Heinrich Heine, a quien la Edad Media le recordaba “los tiempos de la fe, sin imprenta y sin periódicos”.

La excepcionalidad de Don Quijote, al igual que en el siglo XIX lo sería otra lectora ficticia, Emma Bovary, no confirma la regla. Ambos casos deben considerarse tan patológicos como novelescos. Versos sueltos en el monótono poema de la realidad. A fin de cuentas se trata de lectores que se evadieron del mundo real, en el que no creían, por la puerta de atrás de las fantasías literarias. ¡En algo tenían que creer si querían seguir viviendo! Pero, quién sabe, si hubiesen dispuesto de otros recursos distintos para evadirse, quizá los hubiesen preferido a los libros.

George Steiner ha señalado el siglo XIX como el fin de la etapa clásica de la narración, siendo sus últimos representantes –narradores puros los llama- Heinrich von Kleist, Edgard Allan Poe, Robert L. Stevenson, Nikolái S. Leskov y Prosper Mérimée. En el blog he dedicado una entrada a otro escritor de esta misma estirpe: Johann Peter Hebel, autor de Cofrecillo de joyas del amigo renano de la casa. Con ellos habría desaparecido el antiguo arte de narrar historias sin más pretensiones que deleitar e instruir, y en las que la voz narradora, que el lector no asociaba al autor del relato, contaba un suceso extraordinario con sencillez, ciñéndose a los hechos y prescindiendo de interpretaciones psicológicas. Si acaso el narrador sólo intervenía para mostrar al lector la enseñanza moral que podía extraerse de la historia.

Heinrich von Kleist

Heinrich von Kleist

La desaparición de este narrador corrió paralela a la del prototipo de lector que leía (o escuchaba) con la memoria despierta. Eran historias en las que un suceso extraordinario (Historias extraordinarias es el título de un libro de Allan Poe) irrumpía en un entorno anodino, en el que jamás había ocurrido nada de particular ni se esperaba que ocurriese, dejando una huella imborrable en la memoria del lector. A menudo este tipo de relatos eran las únicas novedades que llegaban de fuera al lugar en el que se leían, por lo que sus destinatarios los vivían como experiencias reales, por fantásticos que fuesen sus argumentos. Lo atractivo de ellos residía justamente en ese contraste.

Pero todo esto cambió cuando hasta el lugar más remoto podía llegar la última noticia sensacional acaecida en el lugar también más lejano. En su ensayo El narrador (1936), dedicado a la obra del escritor ruso Nikolái S. Leskov, Walter Benjamin argumenta que el final de la narración, tal como la practicaron este autor y aquellos otros citados por Steiner, se debe a la muerte de la experiencia en tanto que material susceptible de ser narrado, y apunta a la información como culpable del desastre:

“La escasez en que ha caído el arte de narrar se explica por el papel decisivo desempeñado por la difusión de la información que cada mañana nos instruye sobre las novedades del orbe”.

Retrato de Nikolái Leskov

Retrato de Nikolái Leskov, por Valentín Serov (1894)

En cuanto a la muerte de la experiencia a la que alude Benjamin, quizá uno de los autores que ha vislumbrado con más nitidez el significado de esta afirmación haya sido el Premio Nobel Imre Kertész, quien ha observado que “la no elaboración de las vivencias, y en algunos casos, la imposibilidad incluso de elaborarlas, es la vivencia característica e incomparable del siglo XX”. La causa de ello se corresponde con la perfilada por Benjamin: el intento de borrar la personalidad del individuo al amparo de ideologías totalitarias o, simplemente, bajo la tempestad de acontecimientos, como la guerra, la persecución y las matanzas, en los que la persona no es más que un número.

El papel que hasta entonces había desempeñado el relato de un suceso fantástico, en su propósito de sorprender e incluso sobrecoger al lector, a partir de ese momento pasaría a desempeñarlo la difusión de noticias sobre sucesos singulares pero reales –“un hombre muerde a un perro”- a través de medios cada vez más sofisticados. Julio Verne, quien predijo algunos de los avances tecnológicos con los que hoy estamos familiarizados, aventuró que las novelas serían suplantadas por los diarios, aduciendo que los escritores de prensa habían aprendido “a colorear los acontecimientos cotidianos tan bien que su lectura entregará a la posteridad una imagen más veraz y vívida que la de la novela histórica o descriptiva”. Tenía razón Elias Canetti al observar que “ningún poema puede ser la verdadera imagen de nuestro mundo” porque “la verdadera, la aterradora imagen de nuestro mundo es el periódico”.

Julio Verne

Julio Verne

Curiosamente, la noticia que por primera vez se expandió al mismo tiempo por los cinco continentes del mundo reunió los ingredientes propios del relato extraordinario: el advenimiento del cometa Halley en mayo de 1910. El pánico con el que incluso las personas cultas acogieron la noticia –se esperaba que la cola del cometa chocase contra la Tierra- y su desenlace insignificante contrastaron con otra información también de alcance planetario pero de consecuencias radicalmente opuestas a las del cometa Halley: el estallido de la Primera Guerra Mundial cuatro años después.

Al contrario que en el relato tradicional, al que sólo los más ingenuos otorgaban veracidad y el resto leía como si hubiese podido ocurrir, en la noticia periodística se busca ante todo la verdad de los hechos y al periodista que la redacta se lo denomina “notario de la realidad”, o sea, un intermediario fiable entre el hecho y el relato que ofrece de éste. Una noticia falsa, por bien narrada que esté, sólo merecerá el desprecio y la acusación de fraudulenta.

Viñeta en la que se caricaturiza el pánico que sembró la reaparición del cometa Halley en mayo de 1910

Viñeta en la que se caricaturiza el pánico que sembró la reaparición del cometa Halley en mayo de 1910

La adaptación para la radio en la tarde del domingo 30 de octubre de 1938, en víspera de Halloween, del relato de ciencia ficción de H.G. Wells La guerra de los mundos, por Orson Welles, causó entre los oyentes una oleada de pánico sólo comparable a la que en mayo de 1910 provocó la noticia del advenimiento del cometa Halley. El hecho que se contaba desde el estudio de la CBS era la caída sobre la Tierra de unos meteoritos que contenían naves de marcianos. Tras aterrizar en Nueva Jersey, estos seres extraterrestres provistos de terroríficos tentáculos pretendían derrotar a las fuerzas norteamericanas mediante una especie de rayo de calor y gases venenosos.

El truco del programa consistía en que cada cierto tiempo se advertía a la audiencia de que aquella historia era una ficción. Pero quienes se incorporaban tarde creían que se trataba de la retransmisión en tiempo real de un acontecimiento extraordinario. Al día siguiente los periódicos pidieron la cabeza de Orson Welles, quien tuvo que disculparse públicamente. No se le perdonaba que durante casi una hora hubiera narrado una ficción como si fuese una noticia, cuando sólo las noticias merecen ser creídas, nunca las ficciones. La anécdota demostró que la realidad le había ganado el pulso a la ficción y que si ésta quería ganárselo, tendría que disfrazarse de realidad.

Orson Welles durante la emisión radiofónica de La guerra de los mundo y la portada del New York Times del día siguiente en la que se informaba de las repercusiones del programa de radio

Orson Welles durante la emisión radiofónica de “La guerra de los mundos” y la portada del New York Times del día siguiente, en la que se informaba de las repercusiones del programa de radio

Antiguamente los lectores leían ficciones literarias que se parecieran a la vida real para así poder comprenderlas sin esforzarse demasiado. Que se tratara de ficciones les traía sin cuidado. Lo esencial era que participaban de ellas por el mero hecho de entenderlas. La ficción rara vez superaba a la realidad, por truculenta que fuese. El lector se interesaba por una novela con la condición de que la historia que se contaba en ella resultara lo bastante verosímil como para pensar que bien habría podido suceder en el mundo real. “Hay que ilusionar al lector hasta el punto de que pueda creer que lo que se le cuenta ha sucedido de verdad”, observó Balzac.

Hoy la ficción literaria está de capa caída porque la gente encuentra en los medios de comunicación historias que superan a la realidad inmediata que la rodea y que, además, transcurren en “tiempo real”, con la incertidumbre también real como añadidura. La certeza de que se trata de hechos veraces, que han sucedido o están sucediendo, les otorga a sus ojos un prestigio que ninguna ficción soñaría con alcanzar.

Honoré de Balzac

Honoré de Balzac

El lector moderno sabe que las historias que le sirven los programas informativos por los distintos canales de comunicación son reales. Si no lo fueran, dejarían de interesarle. Las historias fantásticas se las reservan a los niños  y adolescentes. Allá ellos con su imaginación. ¿Qué best-seller puede sustituir a la retransmisión en directo de un suceso como, por ejemplo,  la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001? Este acontecimiento planetario reunía las tres condiciones exigidas por el lector de hoy: era real, transcurría en tiempo real y rebasaba los límites de lo imaginable.

Los relatos de sucesos acaecidos en el pasado no interesan, tanto si son ficticios como reales, cuando la realidad presente ofrece tal variedad de sucesos y tan sorprendentes. Por eso los presentadores de los telediarios que se disponen a relatar las noticias del día las llaman historias, y el lector que está leyendo el best-seller de turno abandona el libro y se planta ante el televisor para seguir con atención la “historia” que se le ofrece, como si fuera un manjar apetitoso. Se diría que el espectáculo de la realidad ha vencido al relato de la representación de la realidad, del mismo modo que el presente, con su variopinto desfile de prometedoras novedades, ha vencido al pasado.

Las Torres Gemelas de Nueva York en el momento del ataque en la mañana del  11 de septiembre de 2001

Las Torres Gemelas de Nueva York en el momento del ataque en la mañana del 11 de septiembre de 2001

Al no hallar experiencia alguna de interés en la que detener su foco de observación, para luego volcarla en un relato, el novelista moderno no dispone de otra alternativa que volverse hacia sí mismo, hacia su yo y el reducido círculo en el que se mueve, escarbando en su pasado y en los recuerdos de sus sensaciones. Sólo que ese yo, pese a sus semejanzas con el autor, es parcialmente ficticio, una invención novelesca.

Por cierto, la reducción de la experiencia individual al yo y su círculo más inmediato fue vislumbrada con una lucidez sorprendente por Alexis de Tocqueville tras su viaje a Estados Unidos en 1831. Entre las perspicaces  observaciones que extrajo de aquella expedición al futuro, plasmadas en La democracia en América, destaca una cuyo radio de acción se extiende por todos los países que se incorporan a lo que entendemos por sociedad avanzada. Al imaginar el arquetipo de sociedad que se estaba fraguando en Estados Unidos, y que a nosotros nos resulta familiar desde hace un siglo, no encontró un nombre apropiado que lo designara porque no se parecía a nada de lo conocido en su tiempo. Tocqueville lo describió en estos términos:

“Una multitud de hombres parecidos y sin privilegios que los distingan, incesantemente girando en busca de pequeños y vulgares placeres (…) Cada uno de ellos apartado de los demás, ajeno al destino de los otros; sus hijos y amigos acaban  para él con toda la especie humana y por lo que respecta a sus conciudadanos, están a su lado y no los ve; los toca y no los siente; no existe más que para él mismo”.

Es en este mundo cada más uniformado por los “pequeños y vulgares placeres” de las multitudes -el amplio escalafón de las clases medias- y por el aislamiento de los individuos, en el que debe abrirse paso la imaginación literaria del novelista.

Alexis de Tocqueville

Alexis de Tocqueville

La sustitución de la impersonal y omnisciente voz narradora de la novela tradicional, en la que se contaba qué hacían, cómo vivían, qué pensaban o qué sentían los otros, por el Yo narrador que nos habla de sí mismo, de sus fragilidad, de sus inseguridades, reavivó el interés por la ficción en el lector común, que ahora podía si no identificarse con ese personaje que se desnudaba ante él, al menos sentirlo como un igual, un amigo, un confidente, tenerlo a su lado, compartir y discrepar de sus sentimientos e ideas como si fuese también un alter ego. Además, con el Yo narrador la verosimilitud del relato está aparentemente garantizada, hasta tal punto que muchos lectores se sienten tentados a buscar en éste las huellas que el autor haya podido dejar en él.

Si ya detrás de los personajes principales de las novelas de Tolstói se percibe claramente la sombra de éste y en sus monólogos advertimos la voz de la conciencia del propio escritor, el caso más notorio de identificación del novelista con su héroe es el de Marcel Proust. Desde la primera página de En busca del tiempo perdido, el Narrador, cuyo principal deseo es convertirse en escritor, se embarca en el relato pormenorizado de las sensaciones que le suscitan las variadas experiencias que tiene en el medio social en el que se desenvuelve.

Marcel Proust, retratado por Blanchard

Marcel Proust, retratado por Jacques-Émile Blanche

Aunque su nombre (y su oficio) es el mismo que el del novelista, se encargará de advertir en un pasaje de la obra que en realidad no es él, sino un alter ego, como si tratara de evitar malentendidos con el lector. La voz de este narrador que, como una conciencia en movimiento, nos acompaña en todo momento, alienta la lectura de una novela que si por algo se caracteriza es por la ausencia de acción.

James Joyce daría un paso más en el proceso de recreación novelística del Yo al crear en Ulises a un personaje, el publicista judío Leopold Bloom, que se desnuda ante el lector, revelando los pensamientos variopintos que se le pasan por la cabeza en su trajinar por las calles de Dublín el día 16 de junio de 1904. Al igual que Montaigne, también Proust y Joyce prestaron voz al Yo para que nos revelase las pequeñas y a menudo vulgares incidencias de la vida cotidiana, en un siglo en el que las catástrofes humanas empezaban a sucederse sin tregua al calor de unas ideologías tan pomposas y malignas como las que en tiempos de Montaigne provocaron las guerras de religión.

Primera edición de la novela "Ulises", publicada entre 1922

Primera edición de la novela “Ulises”, publicada en 1922

Ya en la segunda mitad del siglo XX, una de las novelas más populares está narrada por su protagonista en primera persona. Para numerosas generaciones de jóvenes de todo el mundo, la iniciación a la vida adulta del adolescente Holden Caulfield, de The Catcher in the Rye (1951) [El guardián entre el centeno], de J.D. Salinger, ha sido un modelo en el que se sentían reflejados. El lenguaje coloquial en el que el chico da cuenta de sus peripecias y de las conflictivas relaciones que mantiene con el universo adulto explica la identificación de muchos lectores con su inconformismo y modo de pensar.

Siendo el Yo el material más disponible que encuentra el novelista para su obra, si quiere mantenerse fiel al arte de novelar y sus reglas tendrá que desvirtuarlo, distribuyéndolo entre distintos personajes, como hizo Proust, y mezclando la ficción con la realidad. De lo contrario, su novela se limitará a una tentativa de autoconocimiento y habrá utilizado su talento exclusivamente para la terapia, un objetivo que, como ha recordado Norman Mailer, puede estar “más cerca de la inanición creativa que del arte”.

Por ello es un error prescindir de las obras para leer solamente los diarios, cartas o notas personales. Es como si en la visita a un edificio histórico no pasáramos del vestíbulo, aunque se nos hayan abierto las puertas de sus estancias para recorrerlas sin prisa; o también como si al encontrarnos con un amigo al que nos vemos desde hace algún tiempo, tuviésemos muchas ganas de contarle una anécdota y nos interrumpiese para decirnos que no le vengamos con cuentos y que le hablemos de nosotros mismos.

J.D Salinger en 1950. Foto de Lotte Jacobi

J.D Salinger en 1950. Foto de Lotte Jacobi

El escritor que se muestra en sus documentos personales difiere del artista que escribe novelas o poesías, por más que la mano que empuña el bolígrafo sea la misma y hasta se observe un notable parecido en el estilo. Esos apuntes pueden facilitarnos algunas pistas para distinguir a la persona del artista, lo que tampoco significa que con ello completemos el puzzle. Las piezas del autorretrato no siempre cuadran con las del retrato.

El conocimiento exhaustivo de la vida de un novelista o de un poeta a través de sus diarios y cartas no tiene por qué arrojar más luz sobre su obra que si careciésemos de ese conocimiento. La obra de arte goza de plena autonomía y es así como  hay que leerla y no como un sucedáneo de los escritos personales. Al preferir la lectura de éstos se da a entender que la obra artística es algo así como una copia del original. ¿Para qué leer unas novelas narradas en primera persona, en las que el autor relata sus experiencias vitales, eso sí, con algunas modificaciones, cuando disponemos de un manjar de apuntes personales en los que nos revela jugosos detalles que se abstuvo de descubrirnos en sus novelas? En otras palabras, ¿para qué leer la copia si se dispone del original?

Gustave Flaubert

Gustave Flaubert

Sin embargo la lectura de los apuntes privados de un autor nunca podrá sustituir a la de sus novelas o poemas. Deben leerse por separado, respetando sus peculiaridades. En todo caso, la lectura de las cartas nos permitirá apreciar la diferencia entre la prosa espontánea de éstas, redactadas como quien dice a vuelapluma, y la minuciosamente calculada de su novela. Una sola frase de Madame Bovary no tiene parangón con cualquiera de las que Flaubert escribió en sus cartas, aunque estén redactadas por la misma mano e incluso el mismo día y tengan un sabor parecido. El autor de la novela y el de las misivas no es el mismo.

En su correspondencia, Flaubert era Gustave; en sus novelas era Flaubert. En las cartas escribía para sus corresponsales; en las novelas, para el lector anónimo al que ofrendaba lo mejor que creía dar de sí como artista de la palabra. El tiempo que dedicaba a la redacción de una carta extensa, y Flaubert solía extenderse bastante, podía ser el mismo que invertía en componer una sola frase de su novela.

Anuncios
5 comentarios leave one →
  1. junio 24, 2014 1:25 pm

    Curiosidad, está claro que siempre queremos conocer ese algo que se niega en la superficie, pero, cierto, la obra es lo del lector, lo otro se acerca a simple sin razón, en la obra hay otra esfera, un mundo donde ni siquiera el autor domina, es, traer “realidades” que se mueven y funcionan en un mundo paralelo, del cual solo algunos privilegiados tienen acceso, a contrasentido de ellos mismos, es un calco pero para el que hay que tener un plus de sensibilidad, la obra no ha sido hecha solo por el autor, es una mística de la vida, pero en estos tiempos lo místico se desbraza hasta convertirlo en otra forma de lo cotidiano porque no se acepta lo incognoscible, lo inmaterial. y no hablo de espíritus que pululen por allí, hablo de ideas, de conceptos que cobran vida, que quieren darnos luz, escribir es un don…al cual solo brinda Dios acceso a unos cuantos privilegiados, sino, qué mínima la lista de grandes escritores en relación a los millones de seres que poblamos desde sus inicios este nuestro mundo….

  2. junio 25, 2014 10:54 pm

    “Quiero que me vean con mis maneras sencillas, naturales y ordinarias, sin disimulo: pues píntome a mí mismo.”
    Rousseau lo reformularía dos siglos más tarde:
    « Je forme une entreprise qui n’eut jamais d’exemple, et dont l’exécution n’aura point d’imitateur. Je veux montrer à mes semblables un homme dans toute la vérité de la nature; et cet homme, ce sera moi.
    […] qu’ils écoutent mes confessions, qu’ils gémissent de mes indignités, qu’ils rougissent de mes misères. Que chacun d’eux découvre à son tour son cœur au pied de ton trône avec la même sincérité, et puis qu’un seul te dise, s’il l’ose : Je fus meilleur que cet homme-là. »
    Espero que mi blog no colabore en esa deserción de lectores que apuntas. La educación sentimental antes que la correspondencia de Flaubert, estamos de acuerdo.

    • junio 25, 2014 11:38 pm

      Fíjate que Rousseau ya menciona esa palabra tan moderna: “sinceridad”. Semejante confesión de sinceridad creo que hubiera desagradado a Montaigne. Ya me lo imagino diciendo: “Mal empezamos”. Mal empezamos declarándonos sinceros.
      No, Kim, tu blog es una joya de citas, que muchos seguimos con interés. En este mismo blog abundan también las citas de cartas y diarios de grandes autores, muchos de los cuales fueron a su vez lectores atentos de las cartas, diarios, apuntes y biografías de otros escritores consagrados. Por cierto, muchas gracias por la estupenda cita de Rousseau.

  3. Maia L.B. permalink
    julio 6, 2014 8:35 am

    En lo personal, creo que siempre han existido lectores y escritores para todo. Lo que ha cambiado es el ritmo que el lector exige de la obra. Ya no más novelas de mil páginas, ya no más el texto por el texto. Somos seres más prácticos e impacientes. (Lamentablemente.)
    Pero los lectores de memorias no son los mismos lectores que los que consumen novelas eróticas o leen las noticias cada media hora. Y si me arriesgo a dar una opinión, llevándome siempre, a falta de conocimientos, por mis sensaciones, te diría que el auge de los libros de memorias y diarios se debe a la necesidad de intimidad, de una amistad profunda, de alguien con quien compartir nuestros más profundos secretos y temores. La amistad está en declive pero no su necesidad. El espacio íntimo ha dejado de ser íntimo. Sin embargo, el desnudo del cuerpo, tan a mano hoy en día, nunca suplantará la necesidad de desnudar el alma.
    Una entrada hermosa. Un saludo, maestro.

  4. Lupaforero permalink
    julio 24, 2014 4:24 am

    Cada día tendremos dentro de nosotros un Quijote, un Sancho, o tal vez un periodista predador de intimidades queriendo encontrar respuestas acerca de cada palabra que digan los otros; y aunque nunca estaremos satisfechos, el vicio de los cuentos seguirá impulsando nuestras ansias de entendernos a través de lo que digan ellos, los que ya dieron sus voces, a lo mejor sin pensar qué diríamos nosotros…. Qué buen ejercicio ¡Maestro!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s