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Edipo se fue a la guerra y mató al padre

junio 17, 2014

En una carta a su novia, la berlinesa Felice Bauer, fechada entre el 8 y el 9 de enero de 1913, Kafka le refiere una curiosa anécdota protagonizada por él mismo: el ataque de risa que le asaltó en el curso de una “solemne conversación” con su mismísimo jefe, el presidente del Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo del Reino de Bohemia, con sede en Praga. “Sería muy prolijo trazarte una semblanza de lo importante que es este hombre”, le dice en la carta, hasta el punto de que un empleado corriente del Instituto se lo imaginaba “no sobre la tierra sino entre las nubes”.

Hablar con él infundía la sensación de estar entrevistándose con el emperador Francisco José en persona. Claro que en el buen señor percibía también rasgos “suficientemente ridículos”. El día del ataque de risa Kafka se presentó con otros dos compañeros en el despacho del jefe para agradecerle el ascenso al que habían sido promovidos, para lo cual acudieron solemnemente vestidos con un traje oscuro. El más distinguido de los tres pronunció unas elegantes palabras de agradecimiento. El presidente escuchaba con su postura acostumbrada, que reservaba para las ocasiones solemnes, y que a Kafka le recordaba a la que el emperador adoptaba en las audiencias. Le parecía “extremadamente cómica”.

Fotografía fechada en 1885 del emperador Francisco José I de Austria-Hungría

Fotografía fechada en 1885 del emperador Francisco José I de Austria, rey apostólico de Hungría y rey de Bohemia

La postura en cuestión era la siguiente: “las piernas ligeramente cruzadas, la mano izquierda con el puño cerrado, apoyada en el extremo de la mesa, la cabeza hundida, de forma que la poblada y blanca barba se repliega sobre el pecho”. A esto había que añadir “un leve balanceo del no demasiado grande, pero, eso sí, prominente abdomen”. Kafka no se explicaba el motivo de que le sobrevinieran los breves e incontrolable ataques de risa, puesto que conocía de sobra la postura que adoptaba el presidente en estas ocasiones.

Cuando su colega terminó de hablar y el presidente inició su discurso “según las pautas imperiales, acompañado de gruesas tonalidades pectorales, totalmente desprovisto de sentido y de fundamento”, fue incapaz de contenerse. Aunque al principio se rió “a todo trapo” solamente de los pequeños y delicados chistes del presidente, su colega, que le miraba de reojo para ponerlo en guardia, estaba sobrecogido por miedo al contagio. Ante sus risas empezó a cundir el desconcierto entre los asistentes a la reunión. Sólo el presidente permanecía ajeno en su calidad de gran hombre acostumbrado a todo tipo de incidentes e incapaz de imaginar que alguien le faltase el respeto.

Sin embargo, lo peor estaba por llegar. Ocurrió cuando el segundo de los empleados empezó con otro discurso en el que trataba de expresar sus opiniones y convencer al presidente. Entonces Kafka estalló en una carcajada

“tan sonora, tan franca y tan espontánea, como tal vez les sea dado hacerlo solamente a los alumnos de la escuela pública sentados en sus bancos”.

Kafka en el balneario de Marielyst (Dinamarca), en conpañía de su amigo Ernst Weiss, en julio de 1913

Kafka en el balneario de Marielyst (Dinamarca), en compañía de su amigo Ernst Weiss, en julio de 1913

Mientras reía las rodillas le temblaban de miedo. Dándose golpes en el pecho con la mano derecha, en parte para expulsar la risa reprimida, presentó toda clase de excusas al presidente, quien salió al paso con una disculpa oportuna. Kafka fue el primero en abandonar el salón dando tropezones. Más tarde le escribió una carta al presidente. “Nunca obtuve el perdón ni lo obtendré”, le confesó a Felice.

El frenético ataque de risas de Kafka ante el jefe supremo de su empresa rebasa el rango de anécdota. Era revelador del profundo abismo que por entonces, dos años antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, existía entre los jóvenes –Kafka tenía 29 años- y sus mayores: padres, profesores, jefes, emperadores y reyes.

Cien años después del comienzo de aquella guerra se han recordado sus trascendentales consecuencias en diversos ámbitos: la geopolítica, el desarrollo tecnológico, las ideologías de masas, la economía, las costumbres, las letras y las artes. Aún hoy nos asombra la catarata de secuelas originada por una guerra que en Europa aceleró cambios sociales y que sin ella quizá también se hubiesen producido pero a un ritmo sin duda menos traumático.

Soldados checos

Fotografía de soldados de la Legión Checa en la Primera Guerra Mundial

 

Entre esas secuelas no se ha reparado en las derivadas del eclipse de la autoridad tal como se estilaba en la época y que en el periodo de Entreguerras tendría una significativa proyección en la literatura. Poco antes de la contienda, la burguesía europea, promotora del liberalismo político y económico del siglo XIX, empezaba a ser entrevista como un gigante con pies de barro. Su decadencia  coincidía con el crepúsculo del severo patriarcado que moldeó a los hombres en consonancia con las funciones asociadas tradicionalmente a la masculinidad, al tiempo que confinaba a las mujeres, el llamado entonces “sexo débil”, entre las paredes de las limitadas funciones que la tradición patriarcal asociaba a la condición femenina.

Esta decadencia evidenciaba la impotencia de la burguesía para hacer frente a las contradicciones en las que se debatía la sociedad europea y que tras la guerra explotarían por los aires. El entusiasmo con que una mayoría de ciudadanos, muchos de ellos jóvenes, acogieron el estallido de la contienda en agosto de 1914 fue indicativo del callejón sin salida en que se encontraba aquella burguesía paralizada ante los éxitos cosechados en los últimos cincuenta años de prosperidad económica y su impotencia moral para administrarlos.

De ahí que muchos de los soldados pertenecientes a esta clase social abrazasen la guerra como una liberación del corsé normativo en el que se sentían constreñidos, tomándosela como si fuese una aventura estival: “¿No soy afortunado por vivir la guerra? –se pregunta Ludwig Renn en su libro Guerra (Fórcola Ediciones, 2014), unas semanas después de enrolarse en el ejército alemán- Es como una liberación. ¡Pobres de aquellos muchachos que se la pierden!”. Cegados por este espejismo, no podían imaginar el horror que les aguardaba.

Ludwig Renn

Ludwig Renn

Sin embargo, no hizo falta que estallase la guerra para que algunos vástagos de la burguesía europea manifestaran su descontento con aquella sociedad sumida en la parálisis. Seguramente por su condición de marginados del statu quo, en ningún otro lugar como en los ambientes artísticos en los que se experimentaba una estética rupturista se tenía una conciencia tan clara de la brecha abierta entre el mundo cada vez más alejado de la realidad en el que se desenvolvían las clases influyentes de la época y uno nuevo, todavía periférico, dispuesto a despedazar aquella ficción en cuanto se le presentase la más mínima oportunidad.

El escritor ruso Iliá Ehrenburg (1891-1967) refiere en sus memorias que entre los jóvenes artistas marginales de diversas nacionalidades que antes de 1914 frecuentaban el “sombrío y sofocante” café parisino La Rotonde –Apollinaire, Max Jacob, Cocteau, Picasso, Modigliani, Chagall, Soutine o Léger, por citar algunos- se respiraba una atmósfera de fin de época. La revuelta de los pintores y poetas relacionados con ellos no sólo era contra la estética dominante, sino contra el establishment.

Iliá Ehrenburg

Iliá Ehrenburg

“La Rotonde no parecía una madriguera –comenta Ehrenburg-, sino también una estación sísmica donde las personas no sólo recibían sacudidas imperceptibles para los demás. La policía francesa no se equivocaba demasiado al considerar La Rotonde como un lugar peligroso para la paz pública”.

En su análisis del movimiento expresionista surgido en los años que precedieron a la contienda, Siegfried Kracauer observó que los personajes de las obras seguidoras de esta corriente artística, en tanto que símbolos de los acontecimientos que se desarrollaban en el propio poeta,  lanzaron “la tea incendiaria en el edificio de nuestra existencia tradicional, inflamando los espíritus para la revolución”.

“Con frecuencia -prosigue Kracauer-, en el fantasmal personaje del “Padre” adquiere forma la entera esencia de la época fenecida, y frente a él, el portador de la tradición, el sustentador de lo existente, se erige el “Hijo” preparado para el asesinato”.

Atacados por todas partes, los poderes dominantes y los ídolos venerados en otro tiempo se precipitaron de sus alturas. Lo único que quedaba de ellos era “un montón de escombros que rebosa de una cisterna de desechos putrefactos”.

Siegfried Kracauer

Siegfried Kracauer

Franz Kafka no pertenecía formalmente al movimiento expresionista que se estilaba en aquellos años, aunque se lo asocie a su estética, pero el conflicto entre padres e hijos constituye un motivo esencial en su obra. En La condena (1912), el primer relato que escribió pocas semanas después de haber conocido a la que sería su novia en los siguientes cuatro años, Felice Bauer, abordó este asunto con toda crudeza.  Su desafío al poder, al que pretende desmitificar, guarda un estrecho paralelismo con la rebelión emprendida por muchos hijos contra sus progenitores a partir de 1914. Escritos con dos años de diferencia, el hilo conductor de La condena y La transformación (más conocida como La metamorfosis) es la incompatibilidad de padres e hijos.

La súbita humillación de estos últimos discurre paralela al ascenso de aquéllos y viceversa: la dimisión de los progenitores, forzada por alguna circunstancia adversa, obliga a los hijos a desempeñar sus funciones y ascender hacia la emancipación. Los padres necesitan que los hijos dependan de ellos para reafirmarse en su paternidad, aunque la dependencia implique nada menos que la privación del derecho de los vástagos a emanciparse, obligándoles a continuar sine die en el hogar familiar. Los dos relatos de Kafka terminan con la reconquista del poder por el padre después de las frustradas tentativas del hijo por usurpárselo, al menos desde el punto de vista del progenitor.

Kafka de niño fotografiado junto a dos de sus tres hermanas

Kafka de niño fotografiado junto a dos de sus tres hermanas

En La condena, el anciano padre del joven Georg Bendemann recupera su antiguo estatus de cabeza de familia ante el hijo cuando se halla en el punto más bajo en sus funciones como padre. De esta forma desbarata la vana ilusión de George, quien creía haberse emancipado de él sólo porque consintió que llevase las riendas del negocio familiar, que abandonó tras enviudar, y obnubilado por su reciente noviazgo con una muchacha.

En La transformación la humillante metamorfosis del joven Gregor Samsa -una especie de hermano gemelo de Georg Bendemann, y no sólo por las similitudes de sus nombres de pila- en un bicho monstruoso permite al padre reconquistar su estatus de cabeza de familia cuando su paternidad estaba a punto de disolverse bajo la dependencia económica del hijo. La mutación física en un parásito gigantesco obligará a Gregor a depender no sólo del padre sino de toda la familia y en unas condiciones incomparablemente más degradantes que las sufridas por el padre cuando dependía de él. En el trueque definitivo de papeles entre padre e hijo, el perdedor en términos absolutos es Gregor, como en La condena lo es también Georg. Ambos mueren en su intento fallido de suplantar a sus progenitores como resultado del declive accidental de éstos.

Estos desenlaces concuerdan con el destino del héroe kafkiano, quien en su lucha solitaria contra la autoridad por la que acabará siendo derrotado, no propone ninguna alternativa a ésta, como si desconfiase de sus energías para vencerla o tuviese bastante con combatirla como para concebir una posible alternativa.

Fotograma de la película

Fotograma de la película “El proceso”, de Orson Welles (1963), con la escena de Joseph K. (Anthony Perkins) compareciendo en una sesión del Tribunal

Desde su infancia, Franz Kafka se sintió abrumado por las elevadas expectativas que su padre -hijo primogénito de una pobre familia numerosa proveniente del campo y cuyos vástagos emigraron a Praga en busca de fortuna- había depositado en él, en tanto que único varón y también primogénito de cuatro hermanos. Esas expectativas coincidían con las que podía abrigar cualquier padre  de la burguesía urbana de la época. Su vocación literaria, de la que tuvo conciencia en los primeros años de su juventud, corroboró la disparidad entre ellos. Para Hermann Kafka, como para su esposa, un hijo escritor no significaba en el mejor de los casos más que una anécdota banal y en el peor, un preocupante indicio de inmadurez que, no obstante, podía curarse con un matrimonio como es debido y la asunción de las obligaciones familiares que se sobreentiende introducen a los seres humanos en el mundo adulto, con su carga de obligaciones ineludibles.

Tampoco ayudaba a mejorar la relación entre padre e hijo el antagonismo de sus sensibilidades. Hermann tenía un carácter enérgico, autoritario, irascible y vitalista. Sensible, tímido, observador y taciturno, Franz sufría en silencio los desagradables efectos de ese temperamento apenas contrarrestado por la sensatez de la madre.

Hermann Kafka (1852-1931), padre de Franz

Hermann Kafka (1852-1931), padre de Franz

La realidad familiar determinó la trayectoria vital y artística de Kafka, que su imaginación literaria se encargó de moldear, cristalizando en la creación de un universo fantástico dominado por las relaciones de poder. El núcleo de este universo hay que buscarlo en la contradicción entre la imagen de arrogancia que el poderoso pretende transmitir a sus súbditos y la verdad que oculta.

Tal como Kafka concebía la figura paterna -por lo demás acorde con la mentalidad de su tiempo-, ésta personifica a la autoridad heredada, la cual a su vez espera transmitirla a su vástago. Es el depositario y transmisor de unas normas incuestionables, que los hijos han de conocer primeramente para luego obedecerlas con absoluta fidelidad.

No obstante, desde muy pronto Kafka se percató de la contradicción existente entre la letra de la norma y la realidad. ¿Cómo tomársela en serio cuando el encargado de transmitirla era el primero en incumplirla? ¿Desde cuándo quien ostenta el poder necesita de las opiniones ajenas para alimentar las propias? A partir de esta verificación emprendió la dura tarea de desmitificar tanto la norma como a su representante, atacándolo por su flanco más débil, pero también el más decisivo para su identidad: la imagen de superioridad que trataba de proyectar hacia el exterior. castillo_franz_kafka Kafka descubrió por la conflictiva relación que mantuvo con su padre que lo enigmático de los tiranos reside  “en su persona, no en su pensamiento”. En la ficción kafkiana la verdadera naturaleza de la autoridad se reduce a la imagen de poderío con la que ésta trata de sobrecoger a sus súbditos más que a su condición de transmisora de la ley, que, por lo demás, utiliza con el único fin de justificar la arbitrariedad con que ejerce el poder. Se mire por donde se mire, esa ley no es más que un montículo de palabras rutinarias, letras muertas pero momificadas por la transmisión repetitiva.

También en 1914 el escritor expresionista alemán Walter Hasenclever (Aquisgrán, 1890) publicó el drama en cinco actos El hijo, en el que un hijo ansioso de libertad se enfrenta a un padre despótico. La obra, estrenada en Praga en 1916, refleja la tormentosa relación que el autor mantuvo con su progenitor, consejero de sanidad prusiano deseoso de que su hijo estudiase la carrera diplomática. En el prólogo de la pieza, Hasenclever declara que ésta pretende cambiar el mundo, lo que entrañaba la liberación de los hijos de la tiranía paterna. “Una revolución del espíritu frente a la realidad”.

Walter Hasenclever

Walter Hasenclever

El personaje del Hijo se libera de las ataduras del Padre –un hombre que se rige por los principios de la energía, el deber, la responsabilidad, la lealtad y el honor-, negándose a llevar una vida entregada al estudio. Tras iniciarse en el amor con una prostituta y conocer las pasiones mundanas, retorna al hogar y mata al Padre. Después de su crimen puede acceder al amor de la Muchacha y fundar una religión universal destinada a restablecer la unidad entre los seres humanos.

Litografía para El hijo, de la obra teatral

Litografía para “El hijo”, de Walter Hasenclever

Aquel mismo año de 1916, Kafka escribía en su Diario el borrador de una carta a su novia Felice en la que le confesaba que casi nunca había sido independiente:

“Tengo un deseo infinito de autonomía, de independencia, de libertad en todos los aspectos. Prefiero llevar los ojos vendados y seguir mi camino hasta el final, que ver la noria familiar girando a mi alrededor e impidiéndome la visión”.

Aunque la visión del lecho matrimonial de sus padres, la ropa blanca usada y las camisas cuidadosamente dobladas le irritaran “hasta el vómito”, tenía que admitir que sus padres eran “componentes de su personalidad” que siempre le proporcionaban nuevas fuerzas, porque le pertenecían “no sólo como obstáculo, sino también como algo esencial”. Puede que hubieran destruido su voluntad, pero, a pesar de todo, quería ser digno de ellos.

En 1920, un año después de que Kafka escribiese la Carta al padre (que jamás le envió), su amigo Franz Werfel -a su vez amigo de Hasenclever-, publicó el relato El culpable es la víctima, no el asesino, en el que se consuma la rebelión del hijo contra el padre. El historiador Peter Gay recuerda un testimonio del escritor Willy Haas, también nacido en Praga y amigo de Kafka, quien se hizo eco del fenómeno de la revuelta contra los padres. Haas refiere que Werfel sufrió enormemente por el odio a su padre y que soñaba “con una mirífica conciliación entre padre e hijo en niveles más altos”. Al igual que Kafka.

De izquierda a derecha, Kut Pinthus, Franz Wrfel y Walter Hansenclever en una foto tomada en 1912 en Leipzig, donde Kafka tuvo la ocasión de conocerlos a través de su amigo Max Brod

De izquierda a derecha, Kurt Pinthus, Franz Werfel y Walter Hasenclever en una foto tomada en 1912 en Leipzig, donde Kafka tuvo la ocasión de conocerlos a través de su amigo Max Brod

El dramaturgo alemán Carl Zuckmayer recordó muchos años después que en aquella época el conflicto padre-hijo “era un imperativo para todo buen escritor joven”. Consciente de este fenómeno, Kurt Wolf, editor alemán que publicó obras de Kafka, Hasenclever y Werfel, concluyó que el hijo fue, con su argumento del conflicto paterno-filial, “material explosivo” para la generación  nacida en torno a 1890. La misma de Hitler y Mussolini.

Después de la Primera Guerra Mundial, para muchos este conflicto era más profundo que un simple antagonismo personal: simbolizaba la situación política e incluso el destino del mundo. La solidez que antes de la guerra parecía impregnar el edificio burgués, con sus leyes fijas, su inmovilidad, su gusto por el decoro y la decoración, su Estado nacional y su ejército listo para el combate, se derrumbó a partir de 1918 como un castillo de naipes. El rígido pacto social que imperaba en la sociedad de la preguerra se hizo añicos. Había empezado el ajuste de cuentas. Los hijos se alzaron contra los padres, los obreros contra los patronos, los súbditos contra sus gobernantes. El mundo de ayer descrito por Stefan Zweig en su autobiografía se reveló como una farsa y su seguridad como una falacia.

Carl Zuckmayer

Carl Zuckmayer

La Revolución soviética de 1917 se erigió en un símbolo universal de la violenta ruptura con el statu quo que hasta entonces había regido en las relaciones de poder tanto en el ámbito privado como en el público. Las conmoción mundial causada por el derrocamiento de la milenaria y corrupta autocracia zarista -rememorado por Eisenstein diez años después en su película Octubre– y la toma del poder por los bolcheviques levantaron en Occidente oleadas de esperanza en unos casos y de miedo en una mayoría.

Algo tuvo que influir en el clima de desobediencia a la autoridad establecida que siguió a la guerra de 1914 la sangría de jóvenes ocasionada por la contienda, a la que éstos se precipitaron con un enloquecedor entusiasmo inducido en buena parte por la irresponsabilidad de quienes la prepararon, sus padres. Dolidos por un profundo sentimiento de derrota, aquellas heridas tardarían en cicatrizar más que las físicas causadas por la propia guerra, como lo corrobora el hecho de que sólo al final de la década de los años veinte numerosos excombatientes con vocación literaria empezasen a publicar los testimonios sobre su experiencia en el frente.

“Lisiados de guerra” (1921), del pintor alemán Otto Dix

El desplome de las anacrónicas monarquías de los tres imperios continentales de Europa y el posterior asalto al poder perpetrado por los hijos de la revolución, los virtuales parricidas, en calidad de sucesores de las testas coronadas, se producía al mismo tiempo que Kafka, Werfel, Hasenclever y los artistas expresionistas desmitificaban en sus obras el poder de la autoridad sin que ello redimiera de un final trágico a los héroes que participaban en la tarea desmitificadora. El ataque en toda regla de que fue objeto el patriarcado burgués, anticipado por Nietzsche con su simbólico anuncio de la muerte de Dios, significó un salto más en el ya avanzado proceso de secularización.

George Orwell comentó que en Inglaterra, para las jóvenes generaciones de la inmediata postguerra las creencias oficiales se desmoronaron como castillos de arena, principalmente la fe religiosa. El antagonismo entre los jóvenes y los adultos adquirió tintes de verdadero odio. Aquellos que sobrevivieron a la guerra se encontraron con que sus mayores continuaban anclados en los eslóganes de 1914, mientras una generación de muchachos algo más jóvenes “se retorcía bajo la férula de los maestros de escuela célibes y con mentalidad de cloaca”.

Pese a su dosis de retórica, el anuncio fue formulado algunos años antes de que Freud inventase el concepto de complejo de Edipo, expresión del deseo irracional del hijo de asesinar el padre para acostarse con la madre. Edipo renace de las cenizas del olvido a principios del siglo XX, el de las rebeliones de los hijos contra los padres y de las jóvenes repúblicas nacidas de la disolución de los viejos tronos. Las consecuencias inesperadas de este resurgimiento nada metafórico en el escabroso terreno de la política serían mucho más complejas de lo que insinuaban.

Representación pictórica de Edipo y la Esfinge

Representación pictórica de Edipo y la Esfinge

El ascenso del fascismo y del nazismo en la Europa convulsa de los años veinte y treinta, ambos movimientos encabezados por dos antiguos combatientes en la Primera Guerra Mundial, Hitler y Mussolini, y el culto a la personalidad que se desplegó en torno a ellos, convertidos en “camaradas” aduladores de masas, obedeció al vacío dejado por el patriarcado burgués y sus decadentes estamentos directivos.

Estos “camaradas” cuarentones se deshacían en elogios a la juventud y a lo nuevo, por oposición a lo viejo, para así llevarla al molino de sus demenciales ideologías, mientras adoptaban los peores defectos del patriarca depuesto: el culto a la personalidad, el militarismo, los gritos y la coacción violenta.

Mussolini y Hitler

Mussolini y Hitler combatieron en la Primera Guerra Mundial

El auge del antisemitismo envidioso, localizado principalmente en la pequeña burguesía maltratada por la crisis económica, no podía ocultar que la causa latente en la posterior aniquilación de los judíos en Europa decretada por el poderoso régimen nacionalsocialista residía en el desprecio hacia la autoridad moral que encarnaban y materializada en la ley escrita del Antiguo Testamento.

A diferencia de lo ocurrido con la revolución romántica, la novedad es que esta rebelión contra la autoridad establecida se quedaría por bastante tiempo en el imaginario social. Con ello la figura del hijo rebelde y virtual huérfano-de-padre alcanzaba un estatus social y cultural propio, del que a lo largo del siglo XX se nutrirá una fecunda literatura. Así fue como del impotente hijo del siglo XIX, tal como lo describió Alfred de Musset en sus Confesiones de un hijo del siglo (1836), relegado por “los soberanos del mundo” a la fría y húmeda sombra del tedio, se pasó al siglo del hijo en la centuria siguiente.

Pero si el hijo del siglo XIX, aquejado del mal del siglo –la desilusión- se limitó a plasmar en un libro sus cuitas de “gladiador ungido para el combate” en el que jamás participaría, el hijo rebelde del siglo XX, después de estrellar contra el suelo el plato vacío de la resignación, como hizo el marinero hambriento de El acorazado Potemkin (1925) con el plato ornado con las palabras del Padrenuestro alusivas “al pan nuestro cada día”, se puso a hablar igual que un poseso, sin que nadie pudiese conminarlo al silencio.

Fotograma de

Fotograma de “El acorazado Potemkin” (1925), de Serguéi Eisenstein , en el que se ve a los marineros comprobando que el rancho de carne que les sirven para comer está agusanado

Su estilo ya no se parecía al de su padre, el pequeño burgués charlatán aborrecido por Flaubert y Léon Bloy, quien peroraba en los ratos de descanso que arrancaba a su próspero oficio de tendero para maquillar su cinismo con una capa parlante de filantropía universal. El hijo del nuevo siglo, tan imbuido de literatura como su predecesor, hablaba y hablaba para quejarse de todo, en un lamento interminable, salpicado de acusaciones con las que creía eximirse de cualquier responsabilidad.

El alud de ideologías del periodo de entreguerras en torno a los destructivos ismos políticos y artísticos –casi siempre peligrosamente ligados- absorbió a buena parte de aquella generación que no sabía hacer otra cosa que desfilar detrás de una bandera o, si algunos de ellos tenían vocación artística, se sumaban a las corrientes de vanguardia en boga, en busca de un lenguaje que rompiera los moldes desgastados del que heredaron de los padres y reivindicando todo lo que se opusiera al mundo de éstos: sueño, en lugar de razón; juego, en lugar de trabajo; espontaneidad, en lugar de disciplina; anarquía, en lugar de norma y jerarquía; revolución, en lugar de reforma. ¿Qué representó a fin de cuentas el surrealismo sino una sublevación en toda regla contra el padre?

Manifestación de estudiantes en París, durante las revueltas de  mayo de 1968

Manifestación de estudiantes en París, durante las revueltas de mayo de 1968

Desde entonces la Inmadurez se ha convertido en uno de los temas de nuestro tiempo que recorre tantas novelas de la generación norteamericana del yo-hijo, siendo su expresión pública más notoria las revueltas juveniles de finales de los años sesenta en Europa y Estados Unidos.

Testigo de la revolución parisina de mayo del 68, Witold Gombrowicz, en cuya obra literaria la Inmadurez ocupa un lugar central, pensaba que el auge del juvenilismo obedece a un debilitamiento del hombre maduro frente al joven, a una tentativa de comprender su rebeldía que sólo conduce a una idea irreal y caricaturesca de la juventud; a perpetuar y propagar la inmadurez. En esas estamos.

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7 comentarios leave one →
  1. junio 17, 2014 2:25 pm

    La entrada me recuerda un precedente literario que ridiculizó a la autoridad establecida y, siniestramente, anticipó el fascismo: Ubu Rey de Alfred Jarry, estrenada en París en 1896.

  2. junio 18, 2014 10:04 am

    En la Rusia de 1880, Dostoievski orquestó uno de los parricidios más destacados (triple/cuádruple parricidio?). Freud diría más tarde que “Los hermanos Karamazov es la novela más imponente de la literatura”. Interesantísimo motivo el que nos haces descubrir. La inversión del título de Musset es todo un hallazgo – me ha encantado.

    • junio 18, 2014 10:48 pm

      Gracias, Kim. Freud fue un atento lector de Dostoyevski, en cuya obra se vislumbran los horrores del siglo XX, incluido el parricidio. Comparto su opinión sobre Los hermanos Karamazov. Imponente. Un abrazo

  3. Guido Finzi permalink
    junio 18, 2014 10:25 am

    Kracauer, Hasenclever, Zuckmayer, Werfel…gente de extraordinario talento de la que hoy apenas nadie se acuerda. Como Ernst Weiss, Lion Feutchwanger y tantos otros…

    Un placer leerte, Jaime, como de costumbre.

    • junio 25, 2014 12:23 pm

      Gracias, Guido. Sin los libros de estos autores no se comprenderá del todo la atormentada época en la que vivieron.

  4. Guido Finzi permalink
    junio 18, 2014 10:39 am

    La euforia que hubo en Austria con la I GM (después también con el Nazismo)…hasta a los Witgenstein alcanzó la hemorragia de patriotismo…

  5. junio 20, 2014 5:05 am

    Parece norma necesaria que el hijo aborrezca lo que viene del adulto, lo importante es darle lugar de expresión y respetar estas expresiones, luego, con el tiempo, la madurez lo hará renunciar y retornar a “lo necesario”, “lo que debe de ser”, acaso no lo hicieron al final aquellos que iniciaron la vanguardia, los extremos del arte contra lo establecido, el tiempo los hizo ver que la juventud es una etapa, solo eso, que no es posible irse contra el mundo, sino seguir con él..

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