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¿Por qué al escritor le resulta más difícil escribir que a otras personas?

junio 3, 2014

“Un escritor es una persona para quien la escritura es más difícil que para otras personas”. Esta cita es de un Premio Nobel de Literatura, autor de cuatro novelas que rondan las mil páginas cada una, otras cuatro de tamaño normal, cinco novelas cortas, unos treinta relatos, una obra de teatro y varios volúmenes de Diarios, además de incontables artículos, ensayos, conferencias, discursos, alocuciones radiofónicas y una copiosa correspondencia con otros escritores destacados. Thomas Mann –éste es el autor al que me refiero- reconocía escribir con una lentitud pasmosa. Su regla básica era adentrarse en un terreno conocido desde “el orden y la simplificación”.

¿Cómo es posible que dijera en serio esto un escritor con tanta experiencia y al que se le presupone una lógica facilidad para escribir? La traductora al español de La montaña mágica, Isabel García Adánez, ha comentado que Thomas Mann hacía con el idioma “cosas dificilísimas como si fuera lo más natural”. “Podía escribir frases de más de quince líneas, pero en alemán se leen con toda naturalidad. No hay impostación en su voz, hay una fascinante claridad”. Sin embargo, esa claridad le costaba mucho esfuerzo.

Thomas Mann en 1939

Thomas Mann en 1939

Si el propósito del escritor consiste en registrar con la máxima veracidad y precisión sensaciones, intuiciones e ideas, por mínimas y triviales que parezcan, y que la mayoría deja escapar por negligencia, descuido, torpeza o por un apego incondicional al lenguaje trillado, escribir siempre será difícil porque rara vez se expresa con palabras certeras lo que se quiere decir. El lenguaje es muy exigente. En cuanto se empieza a utilizarlo, reclama un elevado tributo por ese derecho de uso. No hay forma de evitar que el usuario se manche las manos de tinta. Riesgos del oficio.

Por deslumbrantes que resulten las ideas o las imágenes que aletean en la mente, hay que pasarlas por el tamiz del lenguaje universal, con sus reglas y múltiples matices. No valen las excepciones ni las cláusulas especiales. Se trata de ajustar al máximo la correspondencia entre lo que deseamos expresar y lo que finalmente expresamos en un estilo familiar. Así fue como lo denominó William Hazlitt en un aleccionador ensayo en el que lo explica con detalle.

El genuino estilo familiar es el que “rechaza no sólo toda pompa insignificante, sino también las frases vulgares, insinceras y las alusiones vagas, inconexas, descuidadas”. “No consiste en tomar la primera palabra que se ofrece, sino la mejor del uso común”. Escribir como hablaría cualquiera en una conversación corriente, con naturalidad y con propiedad; un propósito que Hazlitt considera difícil frente a la facilidad del “estilo pomposo”, que usa dos veces una palabra tan grande como lo que se quiere expresar, en lugar de optar por la palabra que exactamente le corresponde, y del “estilo chillón y florido sin ideas”, reverso del estilo familiar.

Retrato de William Hazlitt fechado en 1802

Retrato de William Hazlitt fechado en 1802

Aunque al principio lo atractivo de cualquier texto sea el tema que aborda, es el lenguaje el que lo sobrevive. Es más probable que la posteridad se interese por el tema si está expresado en un lenguaje inteligible y atractivo, que si el autor lo encadenó al dialecto de su época, que suele coincidir con el que chilla más y más tiempo.

En una sociedad que, por decreto mercantil, ha mandado a la poesía a la última fila, el dialecto que domina el lenguaje público es una mezcla de cámara de horrores -con un aire de museo de cera-, planta industrial y aeropuerto abarrotado de viajeros. Como estoy seguro de que ninguno de ustedes siente predilección por estos lugares, tampoco creo que en sus conversaciones privadas hagan uso de semejante dialecto, representado por una lista cada vez más larga de polisílabos que sólo escritos aguantan el tipo. Dudo que superen la prueba oral.

Ahí van algunos a modo de muestra: compatibilización, homogeneización, potenciación, factibilidad, desubicación,  extraterritorialidad, armonización, formulación, ejemplificación; verbos como visualizar, sistematizar, instrumentalizar, incrementar, vehicular, desvincular, sobredimensionar, compatibilizar, computar y posicionar, y adverbios (falsos) como tremendamente, presumiblemente o característicamente. Lo siento: aquí tengo que terminar la lista antes de que termine con la entrada.

Joseph Joubert

Joseph Joubert

Escribir es una tarea fácil hasta que uno se sienta a escribir, por lo que sólo quienes no escriben o lo hacen ocasionalmente, tampoco encuentran dificultad alguna. Hasta es posible que les resulte muy fácil y se sientan satisfechos con los resultados. “Cuando se escribe con facilidad siempre se cree tener más talento del que se tiene”, observó Joseph Joubert, quien pensaba que para escribir bien “se necesita una facilidad natural y una dificultad adquirida”. Lichtenberg desconfiaba de quienes escriben al dictado el pensamiento que acaba de ocurrírseles. ¿No era mejor que le hubieran dado más vueltas hasta encontrar giros más breves? Creía que presentar realmente limpio un pensamiento cuesta “muchos lavados y dulcificados, lo mismo que representar limpiamente un cuerpo”.

Pero el escritor nunca está seguro de saber escribir ni de lo que escribe. “El buen escritor no sabe nunca si sabe escribir”, dijo Ramón Gómez de la Serna en una de sus greguerías. Es un alumno eterno de su oficio del que jamás aprende lo suficiente como para que lo aprendido le permita dormirse en los laureles. Cada frase, cada palabra les resultan siempre nuevas, como si las escribiese por primera vez. Se parece al niño que día a día se ejercita para echar a andar pero que todavía no se siente seguro. Cuando al fin camine con soltura habrá dejado de aprender y caminar será para él una rutina sin misterio ni riesgo alguno. En cuanto se enfrenta a la hoja en blanco, retorna a la incertidumbre de los comienzos. Su labor no conoce leyes fijas ni fórmulas porque es del objeto de ésta, por lo demás variable y singular, de lo único de donde extrae su potencia creadora.

Joseph Brodsky

Joseph Brodsky

Así pues, por lo que respecta al trabajo del escritor no hay nada escrito, ningún manual –ni siquiera de primeros auxilios- o guía que lo ilumine. Tampoco la experiencia le garantiza que continúe escribiendo sine die ni que a lo largo de su carrera mantenga al menos el mismo grado de calidad en sus obras. Sobre él pesa la amenaza del silencio, que además puede sobrevenirle en cualquier momento, cuando menos la espere. La certidumbre pertenece al escritor profesional que, como cualquier otro profesional, sabe con qué se encontrará por la mañana al abrir la puerta de su despacho: el orden de la tarde anterior.

En el elogio fúnebre que Joseph Brodsky dedicó a su amigo el poeta Stephen Spencer resaltaba lo bien que siempre se había entendido con el difunto, algo que atribuía al carácter imprevisible de la mente de éste y a sus habituales cambios. Por ejemplo, había observado en él que si estando con gente a su alrededor, “un tópico  apuntaba en sus labios, lo subvertía por completo al final de la frase. Brodsky achacaba esta cualidad a la condición de poeta de Spencer, puesto que la poesía “constituye una tremenda escuela de inseguridad e incertidumbre”:

“Uno no sabe nunca si lo que ha escrito entraña algún valor, y aún menos si podrá escribir algo valioso en el futuro. Si no acaban con nosotros, la inseguridad y la incertidumbre se convierten en nuestras amigas íntimas, hasta el punto de que llegamos a atribuirles inteligencia propia”.

Mario Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa

Para un artista, el contrapeso de la exultante creatividad es la frustración que suele acarrearle el resultado concreto de ésta. Hasta Dios creador se sintió frustrado al descubrir que su criatura más querida lo traicionaba a sus espaldas; y eso que nosotros no creamos de la nada sino que lo hacemos a la sombra de la tradición, de las influencias recibidas y de creaciones universalmente reconocidas y consagradas por el tiempo.

Tras reconocer que siempre ha tenido mucha dificultad para escribir, incluso tratándose de textos breves, y que, por ejemplo, los artículos periodísticos le llevan mucho tiempo, debiendo rehacerlos, Vargas Llosa dice sentir cada vez “más inseguridad, más dudas, más incertidumbres e incluso más miedo ante la obra por hacer”, que cuando se inició en la escritura. Con los años sólo ha conseguido volverse más crítico y meticuloso.

También Paul  Auster niega que escribir sea algo placentero. “Es un trabajo duro y se sufre mucho. Por momentos uno se siente inepto: la sensación de fracaso es enorme y eso significa que no hay sentimiento de satisfacción o de triunfo”. Pero el problema se agrava si no escribe. Entonces se siente perdido y que su vida carece de sentido.

Paul Auster en 2010

Paul Auster en 2010

Al preguntarse por qué escribía, Fernando Pessoa respondía, por boca de su heterónimo Bernardo Soares,

“porque, predicador como soy de la renuncia, no aprendí todavía a llevarla a cabo plenamente (…) Tengo  que escribir como si cumpliera un castigo. Y no hay mayor castigo que el de saber que lo que escribo resulta enteramente fútil, fallido e incierto”.

No hay método para lograr la obra perfecta. Ni siquiera el Rey Lear se libra de defectos monstruosos. Esta reflexión le llevó a concluir que “sólo tenemos la certeza de escribir mal cuando escribimos” y que “el trabajo nunca da resultado” y el esfuerzo “no  llega a ninguna parte”, ya que la obra realizada “es siempre la sombra grotesca de la obra soñada”.  Pessoa lamentaba que nunca más volviese a disfrutar del falso placer de crear obras perfectas en el que, ignorante e inexperto, se regodeaba de niño ante sus poemas infantiles.

En las épocas en que la escritura era una moda entre la juventud universitaria, muchos se adentraban en el oficio con el entusiasmo propio de la edad y no tardaban en abandonarlo para siempre. Aunque al principio se sintieran estimulados por las expectativas de éxito y por la satisfacción que hallaban en sus modestos poemas o esbozos de relatos, la sensación de que el tiempo y las energías invertidas no se correspondían con los frutos que esperaban de ello, hacía que desertaran del oficio cuando apenas habían dado los primeros pasos. No sabían que la literatura y el fracaso son uña y carne y que, incluso en contra de toda lógica, este último es mejorable.

Fernando Pessoa

Fernando Pessoa

La escritura desbarata la certidumbre del cómodo “yo me entiendo” de Sancho Panza, tras el que a menudo se zafa un pensamiento esbozado, cuando no confuso que, sin embargo, damos por concluido prematuramente. ¿A quién no le ha ocurrido que una idea que creía sólidamente pergeñada en la mente se le atragantó en el momento de trasladarla al papel? Hasta las frases perfectas que memorizamos, al plasmarlas por escrito se nos antojan de una imperfección flagrante. Pocos pensamientos sobreviven intactos en el complejo trayecto que va de la mente a la letra escrita; en cuanto entran en colisión con ésta se ramifican, si es que no se disuelven en la paz de la nada.

Si el escritor se conformase  con entenderse a sí mismo mientras escribe, no sería escritor. Lo es porque espera y desea que se le entienda y se esmera para hacer realidad su deseo. De ese modo también llega a entenderse a sí mismo. Hasta entonces sólo habrá creído entenderse. La creencia se transforma en certeza cuando pone manos a la obra. El lenguaje en el que escribe pertenece a todos, aunque se arrogue el privilegio de utilizarlo de tal manera que lo entiendan sus lectores.

Ejercicio de creación, sí, pero también de resistencia contra los numerosos obstáculos cuya particularidad consiste en reproducirse a una escala infinita y pasar inadvertidos para el escritor en la misma medida que se mostrarán  visibles para los lectores. Por ello, se necesita mucha paciencia antes de escribir, mientras se escribe y después de escribir.

Virginia Woolf

Virginia Woolf

Virginia Woolf pensaba que es casi siempre “una hazaña de prodigiosa dificultad” por los innumerables obstáculos que impiden el trabajo del escritor. Eso sin contar con la indiferencia con la que el mundo acogerá sus escritos. La concentración necesaria para desplegar un argumento a partir de una metáfora seminal, de una idea todavía en mantillas, de una imagen abocetada, tiene que abrirse paso contra la inseguridad que acecha al escritor, el temor a no estar a la altura de las expectativas que él mismo ha forjado en torno a ese embrión de futuro incierto y al que debe alimentar constantemente para que no desfallezca.

A todo ello se suman los problemas con el tiempo, sobre todo cuando no puede dedicarse por completo a la escritura y necesita realizar un trabajo ajeno a ésta para poder subsistir. Otro inconveniente son las condiciones externas que redoblan las dificultades para concentrarse. Kafka luchó toda su vida contra los ruidos que le obligaron a mudarse varias veces de casa y Proust forró con corcho las paredes de la habitación en la que escribía a fin de aislarse de los ruidos de dentro y fuera del apartamento parisino.

Incluso como actividad física escribir es una tarea ingrata. Al menos el pintor o el escultor pueden sentirse como artesanos que ejercitan sus músculos, trabajan con la materia y perciben los progresos concretos de sus obras. Norman Mailer lamentó que escribiendo

“aumentas de peso, pones tu barriga en tensión, te aparecen la gota y los sabañones. Estás solo y cada día tienes que enfrentarte a una hoja en blanco”.

Norman Mailer

Norman Mailer

La escritura clara y concisa se consigue después de haber destilado mucha oscuridad farragosa. En última instancia, escribir bien se reduce a un incorregible ejercicio de corrección, después del cual siempre quedará alguna palabra que logró escapar al lápiz rojo. El pensador colombiano Nicolás Gómez Dávila aseveró en uno de sus aforismos que escribir sería fácil “si la misma frase no pareciera alternativamente, según el día y la hora, mediocre y excelente”.

Philip Roth reconoce que su larga y prolífica carrera literaria se ha reducido a “poner las frases del revés”, a darles la vuelta. Luego tomaba un té y volvía a voltearlas. A continuación se tumbaba en el sofá y pensaba. Se levantaba, las tiraba a la papelera y comenzaba desde el principio. “Y, si dejo esta rutina durante un día, me desespero de aburrimiento y por cierta sensación de pérdida de tiempo”.

Philip Roth

Philip Roth

El escritor que aprende a corregirse, y se corrige de forma abundante, va aprendiendo a escribir, lo que no significa que haya aprendido o que aprenda en el futuro. Sobre su conciencia pesará el remordimiento de que todo cuanto ha publicado podría haberlo expresado con menos palabras. Stefan Zweig experimentaba un extraño placer cuando suprimía líneas de sus escritos. Cierta vez su esposa notó que se levantaba de la mesa de trabajo visiblemente satisfecho, por lo que le preguntó si había tenido alguna inspiración feliz. Ufano, Zweig le respondió:“Si, he conseguido tachar un párrafo entero, y así he logrado una transición más rápida”. Atribuía los elogios a su rapidez de expresión no “a una vehemencia íntima”, sino a su “método de excluir todo lo secundario y superfluo”.

“Si domino alguna forma de arte, es la de renunciar, pues no me lamento cuando, de mil páginas escritas, van a parar ochocientas a la papelera, y sólo doscientas quedan como esencia destilada”.

Stefan Zweig

Stefan Zweig

Escribir constituye un ensayo interminable. El libro terminado, y no digamos ya publicado, es como un estreno prematuro, que adolece de los defectos propios de una obra inmadura, siempre necesitada de más ensayos. El escritor nunca da por concluido un texto. Simplemente lo interrumpe y olvida para embarcarse en otro. El olvido lo libera de una asfixiante dependencia. No obstante, puede que el texto abandonado le persiga aun cuando esté trabajando en otro nuevo.

Los autores franceses tienen la particularidad de haber sido muy críticos con su trabajo, quizá porque la lengua francesa es, como señaló Maupassant, “un agua pura que los escritores amanerados no han logrado ni lograrán jamás enturbiar” y cuya naturaleza consiste en ser “clara, lógica y nerviosa”. Uno de los casos más llamativos de dificultad ante la escritura es el de Gustave Flaubert, un novelista lento –tardó cuatro años y medio en escribir Madame Bovary-, que se sentía torturado por la búsqueda de le mot juste, la palabra exacta.

Este “mártir del estilo”, como lo llamó Walter Pater, destripó casi día a día la escritura de su novela en la correspondencia que mantuvo en esos años con su amante Louise Colet, legándonos todo un testimonio del tormento físico y psicológico que representó para él aquella hazaña. En una de las cartas le confesaba que se había pasado cuatro horas sin poder construir una frase. Aquel día no había escrito una línea, más bien había garabateado cien:

“¡Qué trabajo atroz! ¡Qué aburrimiento! ¡Oh! ¡El Arte! ¡El Arte! ¿Qué es esta quimera rabiosa que nos muerde el corazón, y por qué? ¡Es una locura padecer tanto!”.

Gustave Flaubert en una fotografía de Nadar

Gustave Flaubert en una fotografía de Nadar

Aconsejado por su amigo Louis Bouilhet demolía frases, reiniciaba párrafos enteros. Se pasaba noches enteras en reelaborar cinco o seis veces una página. Después de dos años de trabajo en su novela le confesó a su amante que “la literatura es un vejigatorio que me escuece, me rasco hasta hacerme sangre”.

En una carta a George Sand, que estaba en las antípodas de su forma de trabajar, le reveló que se pasaba todo el tiempo tratando de escribir “frases armoniosas y evitando asonancias”. Le aterraban los clichés y las repeticiones (los fantasmas gramaticales de Flaubert no eran tan distintos de los que nos acechan a nosotros).

Escribir con claridad significa derribar los obstáculos que dificultan la lectura. Para el maestro de la concisión Jules Renard el estilo puro, “como el agua clara”, se logra a fuerza de trabajo, “a fuerza de rozarse con las piedras”. Nicolás Gómez Dávila sostenía que “el escritor que no tortura sus frases tortura al lector”. De hecho, su propósito inicial es que los lectores lo entiendan con la misma claridad con la que se entendió a sí mismo mientras escribía. Para ello tendrá que facilitar la lectura de sus escritos, de tal manera que quienes lo lean no se percaten de las dificultades que hubo de sortear en el proceso de reflejar con la máxima claridad un pensamiento o una sensación. El lector tiende a suponer que el texto salió de la pluma del escritor tal como él lo lee. Esa suposición dice mucho a favor de éste, siendo el mejor elogio que puede recibir del lector.

Nicolás Gómez Dávila (1913-1994)

Nicolás Gómez Dávila (1913-1994)

Al lector no le interesan los intríngulis de la expresión verbal sino que ésta le permita entender el mensaje que el autor ha tratado de transmitir con mayor o menos fortuna.  Después de todo, ¿no debería ser éste el objetivo básico del lenguaje en cualquiera de sus manifestaciones? Sin embargo, es posible que al escritor concienzudo el deseo del lector de saber de qué trata lo que escribe, sin valorar la forma del texto, le parezca un tanto simple y hasta injusto; una reacción inmerecida que recuerda al refrán del burro y la miel. Molesto por esta actitud, el autor portugués Vergílio Ferreira se preguntaba si tenía sentido trabajar un libro “hasta la minucia de una palabra” para que el lector “lo engulla a toda prisa” en su afán por saber de qué trata. Concluía su reflexión acudiendo a una metáfora apropiada: “¿Vale la pena mimar un vino para que se beba como un tintorro?”. Pienso que sí vale la pena, aunque sólo sea para insuflar algunas dosis de oxígeno al lenguaje público, vapuleado sin piedad por los desaprensivos habituales.

Además, un escritor no puede esperar que los lectores lean los libros, incluidos los suyos, de la misma forma en que él los lee, como un pintor o un cineasta tampoco espera que el espectador común mire un cuadro o una película con el mismo criterio que el suyo. No resulta casual que los lectores más acendrados de las obras maestras hayan sido los propios escritores.

Vergílio Ferreira

Vergílio Ferreira

No escribimos para esperar del lector unas palmaditas en la espalda. De ahí que el escritor agradezca más que comenten el contenido de sus escritos que los elogios por la forma de escribirlos. Es como si los viajeros de un taxi ponderaran la destreza del taxista para conducir el automóvil -que tampoco está mal, por supuesto-, en lugar de agradecerle que los haya llevado por el itinerario adecuado y en un tiempo prudencial al destino que le pidieron que los condujese.

Tal vez el peor de los adversarios del escritor sea la complacencia en el trabajo acabado, la falsa percepción a que induce lo leído desde el prejuicio de la satisfecha subjetividad creadora. Esta autocomplacencia deriva de la fijación narcisista con lo escrito, del flechazo con las propias palabras, y por suerte, no es más que una manía normalmente pasajera. Por ello lo escrito tiene que leerse con una desconfianza insobornable, como si fuera otro quien lo lee. En cuanto el autor se lea con sus propios ojos, empezará a escribir mal. Basta con que se distancie de sus palabras para que las vea con otros ojos, por lo menos no tan ciegos como al principio, en el momento del ridículo flechazo. Los ojos más lúcidos suelen ser los de los demás. No cabe duda de que la desventaja del escritor ante el lector reside en haber escrito lo que éste lee.

Ahora bien, antes de mostrar a alguien un escrito recién salido de la pluma conviene dejarlo en reposo por un tiempo. Isaak Bábel  aconsejaba a los autores que, después de escribir un cuento, eviten leérselo inmediatamente a otra persona, empujados por el entusiasmo desbordante. “No hay que apresurarse a dar la gran noticia de que se ha dado a luz”.

Isaac Babel en 1933. Foto:  Georgii Petrusov

Isaak Bábel en 1933. Foto: Georgi Petrusov

La satisfacción es la tumba del escritor, su forma de renunciar al oficio, aunque continúe escribiendo. Admirador de Flaubert, Kafka procuraba precaverse de cualquier tentativa de sobrevalorar lo que había escrito. “Con ello sólo hago inalcanzable lo que quiero escribir”. Seguidamente confesaba que su vida consistía y había consistido desde siempre “en intentos de escribir, por lo general malogrados”.

Todo escrito necesita reposo, es decir, tiempo, o sea, olvido. Gómez Dávila opinaba que cuando se deja reposar un texto “se le desprenden solas las palabras sobrantes”. La relectura permite enjuiciarlo con ojos nuevos, como si lo hubiese escrito otra mano distinta de la nuestra. No importa que al volver a él no lo reconozcamos con tal de que nos resulte legible.

PD.: Los lectores interesados en el asunto tratado en la entrada que acaban de leer, pueden visitar esta otra: “¿Por qué tantos quieren escribir si es tan difícil?”

 

 

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41 comentarios leave one →
  1. junio 3, 2014 2:11 pm

    Me has hecho recordar estas líneas de Scott Fitzgerald a Maxwell Perkins:
    “No tengo ninguna facilidad. O más bien, la tendría para lo mediocre, si me escuchara… Pero cuando decido ser un escritor serio, trato de superar los obstáculos uno a uno, de modo que me he convertido en una especie de torpe y jadeante Behemoth, y así será para el resto de mi vida.”
    Brillante entrada Jaime. Un abrazo.

    • junio 3, 2014 5:33 pm

      Estas palabras de Fitzgerald que citas coinciden con el sentir de los escritores que toman en serio de trabajo y para quienes la escritura no es mas que una auténtica carrera de obstáculos. Muchas gracias, Kim. Un abrazo

  2. Horacio Beascochea permalink
    junio 3, 2014 2:32 pm

    Brillante entrada. Un placer leerte. Saludos

  3. junio 3, 2014 3:52 pm

    Magnífica entrada. Por cierto, tanto en el contenido como en la forma. Saludos.

  4. junio 3, 2014 5:34 pm

    Muchas gracias, Javier.

  5. junio 3, 2014 6:43 pm

    Magnifica entrada, como siempre.Gracias por compartir, pues para mí son magníficas clases con extraordinaria solvencia crítica y literaria.
    Un abrazo
    Ramón

  6. junio 3, 2014 8:28 pm

    Muy buena la entrada.

  7. junio 3, 2014 8:50 pm

    Gracias, Jaime, por haber escrito esta entrada. Esta mañana me levanté pensando que el mejor amigo del escritor es la papelera (o al menos uno de ellos). Saber que esos sentimientos de ineptitud y de fracaso los tuvieron tan grandes escritores no me va a tranquilizar cuando escriba, pero algo consuela. Y una cosa más: es curioso que el mejor paliativo de esos sentimientos sea precisamente escribir.

    • junio 4, 2014 12:51 pm

      Es cierto, la papelera (y el bolígrafo rojo) son los viejos amigos del escritor. Gracias a ti por la lectura.

  8. junio 3, 2014 9:01 pm

    Reblogueó esto en sara33ia.

  9. junio 3, 2014 10:15 pm

    Me llegan tus palabras oportunas cuando tengo el lapiz rojo en la mano desbrozando, recortando, y afinando cada párrafo de mi primer libro. Seguro que no te sorprende que las suscriba. Gracias.

  10. junio 3, 2014 11:11 pm

    Magistral como siempre, Jaime. Entrando en el tema, he de decir que, en principio, ni entiendo ni me gustan los escritores que afirman que sufren mucho escribiendo. Ni los que se pasan la vida para decidir si “La marquesa salió a las cinco de la tarde” o si “A las cinco de la tarde salió la marquesa”. Prefiero y admiro a los que gozan con la escritura – la “tragedia”de hallarse bloqueado ante el papel en blanco se soluciona no escribiendo – y que no practican otro modo de autocorrección que eliminar lo superfluo, como el bueno de Stefan Zweig.

    • junio 4, 2014 12:54 pm

      Estoy de acuerdo con tu reflexión, aunque supongo que en este oficio, como en casi todos, “cada maestrillo tendrá su librillo”. Gracias, Antonio.

  11. ivanbonet permalink
    junio 4, 2014 12:06 am

    Reconforta saber que no eres el único que suda sangre para encontrar el maldito y deseado “mot juste”, que, a veces, después de pasar tantas horas escribiendo, te olvidas de que hay otros que están igual. Fascinante artículo. Muchas gracias. ¡Y muy bien escrito!

    • junio 4, 2014 12:40 pm

      Gracias por la lectura. A la vista de lo mucho que se escribe sobre el asunto y del interés que suscita, parece que la dificultad para escribir se ha convertido casi en un subgénero literario con entidad propia.

  12. Leticia González Jaime permalink
    junio 4, 2014 1:32 am

    Brillante y atinado artículo
    Gracias Jaime

  13. junio 4, 2014 4:15 am

    Reblogueó esto en El Arte De Escribir.

  14. Rubén permalink
    junio 4, 2014 11:58 am

    Excelente análisis…Un tremendo placer su lectura.

    Tres son las reglas para escribir :
    Tener algo que decir,
    leer malos escritores para no imitarlos,
    y leer buena literatura para superarla.

  15. Ángel Saiz permalink
    junio 4, 2014 9:18 pm

    Gracias, Jaime. A raíz de la lectura de tu artículo voy a tener siempre muy encuenta el esfuerzo que existe en todo autor a la hora de darnos sus obra. Porque cuando leemos, lo hacemos de corrida, sin percatarnos del esfuerzo que ha tenido que hacer antes el escritor. De todas formas, podemos decir tambien que los lectores nos lo merecemos. Las obras de arte, sin esfuerzo, pueden resultar mamarrachadas. Y los destinatarios de toda obra de arte nos merecemos mucho respeto.

    • junio 4, 2014 10:30 pm

      Por supuesto. Ortega y Gasset decía que la claridad es la cortesía del filósofo. Yo diría que también del escritor.

      • junio 5, 2014 3:41 am

        “… la dificultad para escribir se ha convertido casi en un subgénero literario con entidad propia”.— Cierto, muy cierto, yo le llamaría “un taller permanente de estudiantes en rebeldía perpetua, contra el lenguaje”, …Bendita ignorancia la de los sabios escritores… leer estas confesiones nos salva del “suicidio literario” que tanto pulsa ante las dificultades que trae el ejercicio de la expresión escrita… gracias, todo el post fue una muy valiosa experiencia, armonioso el engarce de tanta joya literaria en un mismo escrito, mil bendiciones..

      • agosto 4, 2014 6:31 pm

        Sí, pero el escritor oscuro tiene derecho a prescindir de esta cortesía.

  16. Amadeo permalink
    junio 5, 2014 5:19 pm

    No tiene desperdicio. Gracias 1000. Lo comparte y me lo guardo.

  17. Ana Lucía permalink
    julio 21, 2014 4:27 am

    Qué gusto encontrar artículos como éste. He disfruta todo, incluidos los comentarios.

  18. agosto 4, 2014 6:28 pm

    Interesante y divertido ensayo sobre la trastienda del arte de escribir. Me permito dos licencias: ¿no son estos maestros unos llorones?¿y puede fiarse uno de lo que dicen? Gracias Jaime.

    • agosto 4, 2014 11:44 pm

      Pienso que hay que ser indulgente con estas “quejas”, como lo somos con las que suscitan otros oficios y que no dejan de ser, valga la redundancia, gajes del oficio . Ahora recuerdo que Josep Pla calificaba el trabajo del escritor de “oficio sanguinario”.
      Gracias por la lectura y los comentarios.

  19. Javier permalink
    agosto 6, 2014 7:44 pm

    ¡Qué gusto da leer, aunque sea de tarde en tarde, artículos bien meditados y escritos!

  20. agosto 15, 2014 2:35 pm

    qué profesional, no se me ocurre otro calificativo, me he leído el artículo de pe a pa y me he sentido identificado en muchos pasajes. debo tener poco talento, o tanto que no me lo creo ni yo, pues no soy amigo de reescribir los textos, reescribir elimina parte de lo que podría llamarse “la primera intención” de cuando nos sentamos a escribirlos. dejo mi blog y te mando un saludo cálido, volveré a pasarme.

  21. junio 3, 2015 8:00 am

    Sencillo: medianamente maravilloso. En definitiva, se debe resolver el problema evitando soluciones.

  22. junio 20, 2015 9:22 pm

    Si estos grandes despreciaban su trabajo…..a los aprendices solo nos queda el gusto de escribir..

  23. Marino E. Cedillo permalink
    junio 30, 2015 5:05 pm

    Nada más cercano a la verdad que este magnífico artículo sobre las penurias del escritor. Comparto la idea de que jamás el escritor estará satisfecho con su creación. Y aunque el lector termine de leer su obra, el escritor nunca lo habrá hecho. Un libro siempre será una creación inmadura que sale a la luz sin la certeza de poder sobrevivir un día. Pero el autor que comprende su imperfección seguirá escribiendo con deleite subjetivo porque es un masoquista de la palabra, es un adicto a esa droga que le hace delirar sonidos en una playa de papel vacío o en una pantalla de fotones ilusorios.

  24. Jorge Morales Prince permalink
    octubre 19, 2015 1:36 am

    Solo pasaba por aquí buscando cómo ordenar palabras para expresar con claridad un pensamiento y me encontré con que también los célebres escritores tienen las mismas batallas. Gracias, me parece un buen artículo.

  25. Iván ruiz permalink
    noviembre 12, 2015 4:20 pm

    Eres un literato muy excelente tu artículo

  26. Raghda permalink
    febrero 19, 2017 3:53 pm

    Genial

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