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Victor Hugo, el clamor de la indignación contra el déspota farsante

mayo 20, 2014

“Los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen dos veces: la primera, como tragedia y la segunda, como farsa”. Quizá hayan leído o escuchado alguna vez esta célebre cita de Karl Marx, aunque sin saber a ciencia cierta por qué o en qué contexto la escribió. Pues bien, figura en su ensayo El 18 Brumario de Luis Bonaparte, publicado en1852, en el que el filósofo analiza los sucesos revolucionarios de Francia entre 1848 y 1851. En realidad, la cita es una reinterpretación de un pensamiento de Hegel, quien observó que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen dos veces. Pessoa se hizo eco de una cita algo socarrona de Heine, que se complementa con la de Marx: después de las grandes tragedias acabamos siempre por sonarnos la nariz.

Karl Marx

Karl Marx

Marx pensaba que los hombres, rehenes de la imaginación o de la memoria histórica, actúan influidos por la herencia del pasado más de lo que creen, y que su autonomía para tomar decisiones y acometerlas, sobre todo en épocas de cambios trascendentales, se halla limitada por esta influencia inconsciente. Aunque no lo deseen, terminan emulando a personajes y acontecimientos de otras épocas, que ellos mismos convierten en modelos incluso sin proponérselo. Así que, en lugar de transformarse y transformar las cosas, creando algo realmente nuevo,

“conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal”.

Parece, pues, que en la Historia de la humanidad suele escasear la originalidad. Por el contrario, la regla general es la copia, y además de pésima de calidad. Hay un proverbio español, probablemente originado a raíz de la publicación de la Segunda Parte del Quijote, que ratifica la sentencia de Marx: “Nunca segundas partes fueron buenas”.  Aunque también podría interpretarse en el sentido en que lo hace otro viejo refrán: “El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra”, sólo que la segunda sólo le sirve para recordar el primer tropiezo. Inútilmente.

Los turbulentos cambios de regímenes políticos que sacudieron a Europa después de la Primera Guerra Mundial confirmaron la cita de Marx. La Revolución soviética fue un revival de segunda mano de la Revolución francesa, con análogos procesos de autodestrucción, y los regímenes nacionalsocialista y fascista, una grotesca emulación de las formas del Imperio romano. En lo único que estas farsas con pretensiones historicistas superaron a los modelos originales fue en crueldad.

Napoleón III, por Franz Xaver Winterhalter

Napoleón III, por Franz Xaver Winterhalter

Al formular su sentencia, Marx estaba pensando en un personaje histórico contemporáneo suyo: Napoleón III, o sea, Luis Bonaparte, sobrino de Napoleón I, presidente de la Segunda República francesa y, tras el golpe de Estado de 2 de diciembre de 1851, emperador del Segundo Imperio. El título del libro –El 18 Brumario de Luis Bonaparte– remite al primer 18 Brumario, el original, que protagonizó su tío Napoleón Bonaparte en la fecha del calendario republicano, el día 18 del mes Brumario (9 de noviembre en el calendario gregoriano) de 1799, con el golpe de Estado que puso fin al Directorio, siendo reemplazado por el Consulado, que a su vez clausuró el borrascoso cambio político iniciado tras la Revolución de 1789.

Inmediatamente después del golpe de Estado (en realidad autogolpe), Luis Bonaparte disolvió por la fuerza la Asamblea Nacional, instaurando una dictadura que, justo al año siguiente, en 1852, transformó en Segundo Imperio. Si éste comenzó con un acto violento, terminaría de la misma manera dieciocho años después, con la derrota en la batalla de Sedán del ejército francés el 2 de septiembre de 1870, a manos de Prusia. Napoleón III le había declarado la guerra al estado alemán, minusvalorando su poderío militar y sin prever las amargas consecuencias de su torpe decisión. El emperador fue capturado el 1 de diciembre de 1870 y el día 3 se proclamó la Tercera República. En Francia no habría más imperios.

Napeleón III y el canciller prusiano Otto von Bismarck

Napoleón III y el canciller Otto von Bismarck en la entrevista que mantuvieron tras la derrota de Sedán. En el grabado destaca el contraste entre la postura del vencido emperador francés y la del vencedor prusiano. El rey Guillermo de Prusia envió a su canciller para que le dijera a Napoleón III que no deseaba recibirle todavía

El golpe de Estado de 2 de diciembre de 1851 tuvo un testigo excepcional: nada menos que Victor Hugo, quien plasmó en Historia de un crimen, declaración de un testigo (que acaba de publicar Hermida Editores), la crónica de las cuatro primeras jornadas que siguieron al golpe y que concluyeron de forma sangrienta con el aplastamiento de buena parte de la oposición en la Asamblea Nacional, de la que el escritor era miembro, así como de quienes ofrecieron alguna resistencia en las calles de París, frenada por la rápida ejecución del golpe.

Lo ocurrido en aquellas tres fechas fatídicas formaba parte de un drama en cinco actos que, según Victor Hugo, “ni el mismo Esquilo habría soñado”. Estos actos son los capítulos que componen Historia de un crimen: “La Encerrona”, “La Lucha”, “La Matanza”, “La Victoria” y “La Caída”. En poco más de quinientas páginas, el autor describió detalladamente la tentativa desesperada de un puñado de hombres, los representantes legítimos del pueblo que se negaron a doblegarse al golpista, para salvar los valores éticos de la causa republicana -la democracia, la civilización y la dignidad de las personas-, frente al despotismo, la violencia y la corrupción.

Portada de la edición española de "Historia de un crimen"

Portada de la edición española de “Historia de un crimen”

Hugo logra imprimir tensión a su relato, en el que el primer plano del hecho y la anécdota narrada con toda minuciosidad se alternan con la descripción del levantamiento popular en las calles de París y de los distintos escenarios en los que se desarrollaron aquellos trágicos acontecimientos. En algunos pasajes decisivos recurre incluso al fogonazo impresionista y a la metáfora, rasgando la estructura lineal de la frase.

En estos pasajes se adivina la técnica cinematográfica que Serguéi Eisenstein aplicaría casi un siglo después en la recreación de los sucesos revolucionarios de Octubre de 1917. Un ejemplo de ello es el comienzo del capítulo titulado “La matanza”:

“Bruscamente, se abrió una ventana.
Sobre el infierno.
Dante, desde lo alto de las sombras, hubiese podido ver en París el octavo círculo de su poema; el fúnebre bulevard de Montmartre.
París, presa de Bonaparte; espectáculo monstruoso”.

Con un calculado sentido de la oportunidad, Hugo intercala reflexiones a menudo sentenciosas y siempre perspicaces en las que despliega sus dotes incomparables para la denuncia de la injusticia. Es la voz de la indignación y el clamor contra la arbitrariedad y la tiranía. Su elocuencia inspirada cautiva al lector desde la primera página.

Victor Hugo, fotografiado por Étienne Carjat

Victor Hugo, fotografiado por Étienne Carjat

En Historia de un crimen quiso legar a la posteridad el testimonio vivo de un episodio histórico, pero que puede servir de matriz para cualquier experiencia similar de lucha contra la tiranía, independientemente de los resultados, que, por desgracia, en este caso fueron adversos para los resistentes.

De ahí que veintiséis años después del golpe de Estado abriese su obra con la siguiente cita: “Este libro es más que actual; es urgente. Lo publico”. Sabía que en cualquier época y lugar del mundo siempre habrá algún déspota dispuesto a imponerse sobre la voluntad popular y aplastar sin miramientos a quienes se opongan a sus turbios planes.

Luis Bonaparte justificó el derrocamiento de la Segunda República que él mismo presidía alegando que la Asamblea Nacional se había convertido en “un foco de maquinaciones” y acusándola de promover la guerra civil, atentar contra su autoridad y alentar “las malas pasiones”. El asesino de la República esgrimía que sus enemigos deseaban atarle las manos para derrocar la legalidad republicana; aquel que masacraba a la gente, proclamaba que el único soberano al que reconocía era el pueblo, al que pedía autorización para protegerlo de “las pasiones subversivas”.

Alphonse Baudin aleccionando a los sublevados desde una barricada

Pintura de la época que representa a Alphonse Baudin dirigiéndose al pueblo en una barricada del bulevard de Sain-Antoine el 3 de diciembre de 1851

Lo cierto es que, como subraya Marx y apunta el propio Hugo, el golpe de Estado fue siempre la idea fija de Luis Bonaparte. Con ella volvió a pisar el territorio de Francia. Incluso se le iba de la lengua. Meses antes del golpe había tratado en vano de reformar la Constitución de 1848, que prohibía la reelección presidencial, con el propósito de prorrogar su mandato, cuyo final estaba previsto para 1852, tal como establecía la Carta Magna.

Precisamente en julio del año anterior, Victor Hugo había denunciado la conspiración desde la tribuna de la Asamblea. En los círculos demócratas, especialmente en la emigración, se esperaba que en estos comicios los partidos recibiesen el apoyo popular necesario para obtener la mayoría parlamentaria. Pero desde hacía tiempo los parisinos estaban familiarizados con el espectro de un violento viraje pilotado por el Elíseo.

Al día siguiente del golpe de Estado, el 3 diciembre, una veintena de diputados republicanos, entre ellos Hugo, intentaron con poco éxito trasladar el espíritu revolucionario a los barrios populares de París.  Finalmente, se levantaron unas setenta barricadas en el arrabal de Saint-Antoine y en los distritos del centro de la capital. En uno de ellos el diputado y maestro de escuela Alphonse Baudin fue asesinado a tiros por los soldados. En la tarde de ese mismo día el número de insurrectos no pasaba apenas de mil o mil quinientos hombres.

Tumba del diputado Alphonse Baudin (1811- 1851) en el Cementerio de Montmartre

Tumba del diputado Alphonse Baudin (1811- 1851) en el Cementerio de Montmartre

El día 4 por la tarde, alrededor de 30.000 soldados fueron desplegados en las zonas tomadas por los insurrectos que plantaron cara al golpe contra la República. Los soldados de la división Canrobert abrieron fuego, provocando la matanza de entre cien y trescientas personas y centenares de heridos. Aquella noche la mayor parte de los rebeldes fueron aplastados. El balance de estas jornadas en París ascendió a unas 400 personas asesinadas -hombres, mujeres, niños y ancianos-, y 184 heridos entre los soldados.

En las provincias, el golpe de Estado se difuminó de forma progresiva. El ejército dispersó las manifestaciones callejeras que se convocaron en algunas capitales importantes, como Marsella, Lille, Burdeos, Dijon o Estrasburgo.  El movimiento de la resistencia se desarrolló principalmente en ciudades pequeñas y en zonas rurales del sureste y del valle del Ródano y en algunos departamentos del centro.

Desde el 8 de diciembre se declaró el estado de sitio en treinta y dos departamentos, en los que las autoridades militares se hicieron con el poder. En los quince días siguientes se reprimieron los conatos de rebelión y los insurrectos fueron fusilados mediante ejecuciones sumarias. Hasta enero de 1852 se produjeron arrestos masivos no sólo en los departamentos rebeldes sino en todo el territorio nacional.

Cartel difundido por el Gobierno de Luis Bonaparte el 2 de diciembre de 1851

Cartel difundido por las calles de París con el decreto en el que se anunciaban las primeras medidas adoptadas por Luis Bonaparte tras el golpe de estado del 2 de diciembre de 1851

La derrota de la oposición por las tropas gubernamentales obligó al Victor Hugo a exiliarse a Bélgica. Tenía cuarenta y nueve años, era un autor muy conocido y respetado y académico. Al día siguiente del golpe comenzó a redactar Historia de un crimen, aunque no vería la luz hasta 1877.

En 1852 publicó el panfleto titulado Napoleón, el Pequeño, a raíz del cual el gobierno de Bélgica lo expulsó del país. Entonces buscó refugio en la dependencia británica de Jersey, de donde también sería expulsado por criticar la visita de la reina Victoria a Francia. Por fin se instaló en Guernesey.

Estatua de Victor Hugo en Guernesey

Estatua de Victor Hugo en Guernesey

Victor Hugo no quiso acogerse a las amnistías de 1859 ni de 1869. Sólo regresará a Francia en septiembre de 1870, después de la derrota del ejército francés de Napoleón III en Sedán, para participar en la defensa del sitio de París. En 1871 fue elegido diputado por Burdeos, dimitiendo poco después en señal de protesta contra la invalidación de Garibaldi.

“El destino no tiene prisa, pero siempre llega”, anotó años después. Hugo aventuró que el desastre de Sedán hubiese podido evitarlo cualquiera menos Luis Bonaparte. Pero “no sólo no lo evitó, sino que fue en su busca, de manera que lo que se ató el 2 de diciembre de 1851, se desató el 2 de septiembre de 1870”. La carnicería del bulevar de Montmartre y la capitulación de Sedán habrían sido premisas de un silogismo. De este modo se cerraba el círculo y la caída de Luis Bonaparte se revelaba como una farsa de la tragedia protagonizada por su tío Napoleón I después de la derrota de Waterloo el 18 de junio de 1815.

Ilustración de Argent para el capítulo "La victoria", de "Historia de un crimen"

Ilustración de Ernest Dargent para el capítulo “La victoria”, de “Historia de un crimen”

Pero ¿quién era Luis Bonaparte? Para Victor Hugo, un político “de gran seriedad, agradable compañía, encerrado en sus pensamientos; sin impulsos, sin ir jamás más allá de lo permitido, sin brusquedades, sin palabras altisonantes; discreto, correcto, sabio, podía hablar suavemente  de una carnicería que considerase necesaria, y se mostraba dispuesto a ordenar una matanza si lo creía conveniente para sus propósitos. Todo ello sin pasión y sin cólera”. Era uno de esos hombres “que han sufrido el profundo enfriamiento de Maquiavelo”, cuyo  libro El Príncipe leyó cuando estuvo preso en Ham. “No le interesaba más que una cosa, su ambición”.

“Ayer presidente de la República, hoy asesino. Ha jurado, sigue jurando; pero el acento ha cambiado. Ayer decía que era virtuoso, hoy se mete en un prostíbulo, y se ríe de los imbéciles. Imaginaos a Juana de Arco confesando ser una Mesalina. Eso ha sido el 2 de diciembre”.

Una curiosa entrada de Kierkegaard en su Diario íntimo sobre “los acontecimientos en Francia de 1851”, coincide con el juicio de Hugo:

“No es un héroe, no es necesario demostrarlo. Una prueba existe, sin embargo; en la víspera del golpe de Estado, entre las dos y las cuatro de la madrugada, se paseaba inquieto y preguntaba al asistente y a los centinelas. Si habían oído algo, es decir, la señal que aguardaba”.

Sören Kierkegaard

Sören Kierkegaard

En cambio, el otro Napoleón -prosigue Kierkegaard- “podía dormir en vísperas de una batalla” porque un héroe “soporta intensamente su misión con tranquilidad, sin dejar traslucir cuánto le pesa”. Pero “el nuevo Napoleón carece de calma intensiva, es como un jugador y demuestra la tensión de un jugador: no descansa en sí mismo como un héroe”.

Alexis de Tocqueville lo retrató en una frase certera y con una metáfora perspicaz: “Aquel disimulo tan grande como el de un hombre que ha pasado la vida de conjura en conjura contribuía de forma singular la inmovilidad de los rasgos y la insignificancia de la mirada: porque los ojos eran apagados y opacos, como esos cristales gruesos que iluminan la cámara de los barcos y dejan pasar la luz, pero a través de los que no ves nada”.

Alexis de Tocqueville

Alexis de Tocqueville

A juicio de Marx, Luis Bonaparte no era más que un aventurero al que le gustaba rodearse de individuos “con equívocos medios de vida y de equívoca procedencia, vástagos degenerados y aventureros de la burguesía, vagabundos, licenciados de tropa, licenciados de presidio, huidos de galeras, timadores, saltimbanquis, lazzaroni, carteristas y rateros, jugadores, alcahuetes, dueños de burdeles, mozos de cuerda, escritorzuelos, organilleros, traperos, afiladores, caldereros, mendigos; en una palabra, toda esa masa informe, difusa y errante que los franceses llaman la bohème”.

Estos elementos conformaron la denominada Sociedad del 10 de Diciembre, anteriormente conocida como “Comité de Napoleón”. Fue creada en 1849 por el prefecto de policía de París para luchar contra los republicanos y servir al golpe de Estado bonapartista. Marx no dudó en apodarla Sociedad de beneficencia, puesto que “sus componentes sentían, al igual que Bonaparte, la necesidad de beneficiarse a costa de la nación trabajadora”.

Algunos historiadores han creído ver en esta amalgama aparentemente informe un precedente de los camisas negras y pardas que tanto contribuyeron al ascenso al poder de Mussolini y a Hitler. Gentes sin rostro surgidas al calor del resentimiento social, del victimismo y de la venganza.

Caricatura de Luis Bonaparte tras el golpe de Estado

Caricatura de Luis Bonaparte tras el golpe de Estado

Nacido en Burdeos en 1808, Carlos Luis Napoleón Bonaparte era hijo de Luis Bonaparte, rey de Holanda, el hermano más joven de Napoleón I, y de Hortensia de Beauharnais. A raíz de la derrota de su tío, su madre se exilió a Suiza con sus hijos. En 1830 se alistó al ejército suizo, obteniendo el grado de capitán de artillería en 1834. Residió en Alemania e Italia, donde participó en las protestas de los carbonarios contra la dominación austríaca.

Heredero del bonapartismo en 1836, intentó un golpe de Estado desde Estrasburgo, que resultó fallido. En agosto de 1840 repitió la intentona, cruzando el Canal de La Mancha con algunos soldados de Boulogne-sur-Mer. Esta vez fue apresado y encarcelado en la ciudad de Ham. En mayo de 1846 se evadió de la prisión exiliándose en Southport, Reino Unido, donde residió hasta la Revolución de 1848 que destronó al rey Luis Felipe I de Orleans, estableciendo la Segunda República francesa.

Entonces regresó a Francia, ocupando un escaño en la Asamblea Nacional. Al amparo de la nueva Constitución, se presentó a las elecciones presidenciales, que ganó mediante sufragio universal y directo por una abrumadora mayoría contra el republicano Cavaignac. Se esperaba que restaurase el orden tras las convulsiones de la Revolución de 1848.

Napoleón III, junto a su esposa, Eugenia de Montijo y su hijo

Napoleón III, junto a su esposa, la española Eugenia de Montijo y su hijo

El Segundo Imperio que presidió fue en realidad un régimen autoritario, cuyas leyes, hábitos y métodos se reducían, en palabras del historiador Benedetto Croce, “a la sencilla operación de atar las manos y tapar las bocas para imponer su propia y unilateral voluntad”. Con la desaparición del sistema liberal, vinieron las prácticas propias de los autoritarismos:

“servidumbres voluntarias, perjurios, rápidas conversiones de encendidos demócratas, restricciones mentales, actitudes acomodaticias, temores, terrores, abandonos de amigos y vileza de denuncias, insensibilidad ante la justicia violada y atropellos cotidianos”.

Hugo despachó con una frase su opinión de la corte de Luis Bonaparte/NapoleónIII: “un almacén de bajezas, pozo de reptiles y herboristería de venenos”, en la que no podía faltar el ornamento literario, encabezado por Prosper Mérimée (“el Bufón de la emperatriz”). El Segundo Imperio funcionó como una farsa despiadada en la que el farsante se sostuvo gracias a los muchos que se beneficiaron de las prebendas que se encargó de repartir con astucia para que lo sostuvieran, hasta que él mismo, empujado por su ensoberbecimiento, fraguó su perdición. En suma, todo demasiado visto y de segunda mano, como su imperio segundón.

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8 comentarios leave one →
  1. mayo 20, 2014 5:54 pm

    Hola. Llevo un tiempo siguiendo este blog, aunque hasta ahora nunca he dejado comentario. Hoy me decido después de leer esta magnífica entrada precisamente ahora que estoy leyendo una obra de Victor Hugo: El último día de un condenado a muerte.
    Y tras leer aquí sobre su compromiso político, su convicción democrática y la firmeza de su postura y su pensamiento, entiendo más si cabe su rotunda oposición a la pena de muerte y que dedicara su talento de escritor a combatirla.

    Seguiré leyendo.
    Un saludo.

    • mayo 21, 2014 1:48 pm

      Gracias por la lectura de la entrada y el seguimiento del blog. En “Historia de un crimen” está reflejado el mejor Hugo.

  2. mayo 20, 2014 7:56 pm

    Sigo embelesado con tus artículos que me parecen magistrales
    Un abrazo
    Ramón

  3. Ángel Saiz permalink
    mayo 21, 2014 1:13 pm

    Jaime, muy oportuno el recordatorio de la publicación de “Historia de un crimen”. Toda la aventura de Napoléon III, efectivamente, parece que está vaticinando la tragedia de Europa en la dos grandes guerras del siglo XX. No olvidemos la historia del convulso siglo XIX europeo, para que no se repitan las tragedias del siglo XX. Que no estamos libres de volver a otra etapa totalitaria si la olvidamos.

  4. mayo 21, 2014 1:50 pm

    Gracias, Ángel.

  5. mayo 23, 2014 12:28 am

    “C’est un dindon qui se croit un aigle, c’est un crétin qu’on mènera” dijo Adolphe Thiers hablando de Luis Napoleón Bonaparte. Subestimaron al “pavo” y nació uno de los regímenes autoritarios más longevos del siglo XIX. Toda la sociedad pasó por la apisonadora.
    Como no se atacó a la cultura “decapitando” el Collège de France (Michelet) y la Sorbona (Guizot); suprimió “l’agrégation” de filosofía y de historia, dos disciplinas que podían poner de manifiesto su nulidad…
    “Cesarismo democrático”, ja, parece una broma de Orwell. No he leído esta obra de Hugo. Otro gran artículo Jaime!

  6. mayo 23, 2014 9:52 am

    Muchas gracias, Kim, por tus oportunas referencias. La Historia ha demostrado que estos personajes segundones, como Luis Bonaparte, que son minusvalorados o menospreciados por quienes los conocen, pueden resultar sumamente peligrosos. A este respecto, el caso de Hitler es bastante significativo. El régimen cesarista de Napoleón III fue un precedente de numerosas dictaduras del siglo XX, también promovidas por el poder establecido.

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