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La guerra de los hermanos Heinrich y Thomas Mann

mayo 13, 2014

Pocos hermanos fueron tan distintos, pese a que eran los dos mayores de cinco -dos mujeres y tres varones-, y sólo se llevaban cuatro años. Sin embargo, desde muy jóvenes los unió el amor a la literatura, de la que pronto habrían de arrancar las discrepancias que durante mucho tiempo los mantuvieron alejados. Heinrich (1871-1950) y Thomas Mann (1875-1955) eran “bastante parecidos el uno al otro, pero en el fondo muy diferentes, sus caracteres y sueños parecían ser variaciones opuestas del mismo tema”. Así los definió el hijo mayor de Thomas y sobrino de Heinrich, el también escritor Klaus Mann.

Los temas que compartían  y variaban eran la mezcla de razas, la tensión entre la herencia nórdico-germana y la herencia meridional-latina de su sangre. Había una explicación para que eligieran asuntos tan singulares: los dos eran hijos de un alemán del norte, el senador de la ciudad hanseática de Lübeck y acaudalado comerciante de cereales, Heinrich Mann, y de Julia da Silva-Bruhns, una brasileña de origen germano y aspecto latino, dotada de talento artístico, especialmente para la música.

Los hermanos Heinrich y Thomas Mann

Los hermanos Heinrich y Thomas Mann

Ellos mismos fueron el fruto de la fusión de orígenes tan dispares en una Alemania cohesionada en torno a un ambicioso proyecto, que pronto habría de revelarse irreal y desproporcionado, de expansión “cultural” –en el complejo sentido que se daba a este término en el Segundo Reich- y en su última fase, también territorial.

Pero la propensión a indagar en las contradicciones de la propia identidad y el oficio de escritor-artista se manifestó de forma más acusada en Thomas que en Heinrich, quien poco a poco se fue despegando del ensimismamiento en la identidad germánica para dejarse influir por autores foráneos y experiencias variadas, al tiempo que observaba con creciente inquietud la deriva chovinista de la sociedad alemana de principios del siglo XX.

En cambio, Thomas orientó sus obsesiones hacia el secreto descontento consigo mismo causado en buena medida por la imposibilidad de canalizar la atracción erótica que sentía hacia jóvenes guapos de su mismo estatus social, como los que amó en su adolescencia y primera juventud. Quizá esto explique sus tendencias autodestructivas, de las que se evadía por la compuerta de la imaginación literaria y de la escritura, distanciándose del dolor de lo real a través de la ironía y observándose como si fuese otro u otros: la pléyade de personajes ficticios en los que se escindió.

Heinrich Mann

Heinrich Mann

Siguiendo con el relato de su hijo Klaus, Thomas Mann cultivaba una inclinación por la “ternura nostálgica hacia los seres rubios y risueños”. “Era un bohemio con mucha conciencia, lleno de añoranza por las delicias de la normalidad”, al igual que Tonio Kröger, el joven protagonista de la bildungsroman (novela de formación) homónima que publicó en 1903 y en la que Thomas se autorretrató con la máxima fidelidad. Por entonces se sentía cómodo en el paraíso bien protegido del hogar burgués. El artista necesita la normalidad para trabajar, pero, claro, la realidad y la vida tienden a salirse de la norma y amenazan con hundirle en un caos permanente.

La relación entre los dos hermanos fue siempre problemática y ambigua incluso antes de que, tras la muerte del padre en 1891, la familia se trasladase a Múnich. En sus Memorias, la viuda de Thomas, Katia Mann, reconoció que ya en Lübeck estuvieron un año sin hablarse y que sentían una profunda aversión mutua.

Edición antigua de

Edición antigua de “Tonio Kröger”, en la editorial Samuel Fischer

En Heinrich predominaban el orgullo artístico y un menosprecio al prototipo de burgués filisteo y acomodaticio, que se mezclaba con la crítica social al imperio guillermino y su autoritarismo, como desmenuzó en su novela satírica El súbdito (Der Untertan). También las influencias literarias que recibieron fueron distintas, acordes con sus expectativas. Lector asiduo de Fontane, Storm y Turguéniev, Thomas prefería la literatura germánica, rusa y escandinava y cautivaba al burgués con medios discretos y delicados. Según Klaus, sus primeras obras están marcadas por “el tono melancólico- humorístico y la sonrisa irónica nacida de la renuncia y el deseo”. Heinrich se inclinó pronto por la literatura francesa y sentía predilección por Stendhal, Balzac, Maupassant y D´Anunnzio, “sorprendiendo y ofendiendo incluso el gusto burgués alemán con el empuje nervioso de su prosa temprana”.

Heinrich y Thomas Mann en 1902

Heinrich y Thomas Mann en 1900

Los dos hermanos vivían y viajaban juntos, formando una pareja desigual, aunque fraternal. Fueron unos años de buena convivencia. De vuelta a Múnich, después de una larga estancia en Italia, cada uno eligió un alojamiento distinto, dispuestos a continuar sus carreras de escritores independientes. El talento valiente y provocador de Heinrich atrajo pronto a un reducido grupo de entendidos, mientras que los trabajos de Thomas despertaron el interés de un público más amplio.

También sus vidas personales tomaron rumbos muy distintos. Si hacemos caso del testimonio de Katia, en la personalidad de Heinrich la discreción se alternaba con  la impetuosidad y el desenfreno. Le gustaba frecuentar los cabarets. Todo lo contrario de la contención de su hermano menor, quien se casó con la primera chica de buena familia de la que se enamoró –Katia Pringsheim, hija de un prestigioso matemático y apasionado wagneriano de origen judío-, tuvo con ella seis hijos y refrenó sus tendencias homoeróticas al tiempo que se dedicaba a la escritura con disciplina espartana.

Pero fue a raíz del estallido de la Primera Guerra Mundial cuando las diferencias entre los hermanos estallaron también por los aires. Heinrich, que hasta entonces había destacado como miembro activo de los círculos de la vanguardia literaria, tomó partido por los pocos intelectuales que se alzaron contra las demenciales pretensiones de la Alemania guillermina, manteniéndose “sereno y clarividente”, como reconoció su sobrino Klaus, quien al comienzo de la guerra tenía ocho años.

Katia Mann

Katia Mann

En aquel momento la intelectualidad alemana, pero también de otros países que participaron en la contienda, se unió casi sin excepción al coro de los entusiastas de la guerra. En 1916 las admoniciones de Heinrich contra ésta traspasaron los límites del círculo intelectual. La oposición pacifista, al principio descabezada, empezó a tomar cuerpo y a manifestarse con decisión y claridad.

Poco antes de 1914 había terminado la novela El súbdito, que se publicaría completa en 1916. En sus páginas ofrecía un retrato despiadado del prototipo de “súbdito” de la época guillermina: una especie de pre-Hitler cobarde, chantajista y miserable –“denunciando a otros purgaba sus propios pecados”- y contaminado por el virus de la sumisión, la irresponsabilidad y el apego ciego al poder.

“El súbdito alemán corriente –escribió Klaus Mann- apenas sabía algo de estas tendencias intelectuales que para él pertenecían simplemente al terreno de lo criminal. Seguía creyendo en la victoria y en la justicia de la causa alemana”.

Klaus Mann, hijo primogénito de Thomas

El escritor Klaus Mann, hijo primogénito de Thomas

Para Thomas, su hermano Heinrich se sumaba al bando equivocado, defensor intransigente de la idea occidental de civilización. Según contó su hijo, la disensión político-filosófica entre ellos “alcanzó pronto tal grado de empecinamiento emocional que cualquier contacto personal fue imposible”. Durante los cuatro años de guerra sólo se vieron en una ocasión, en la boda de su hermano menor Viktor, antes de que éste se marchase al frente. No restablecieron sus relaciones hasta 1922, a raíz de una grave enfermedad de Heinrich.

Impulsado por una febril urgencia, que le llevó a interrumpir la escritura de La montaña mágica, Thomas empezó a redactar en octubre de 1915 el imponente panfleto Consideraciones de un apolítico (Betrachtungen eines Unpolitischen), que publicaría en otoño 1918, en el momento de la derrota alemana y la revolución. En el ensayo arremete contra una figura extraña: el “literato de la civilización”, heredero de los filósofos radicales de la Ilustración francesa, y al que identifica, ridiculizándolo, con “un joven literato y colaborador periodístico de lentes de carey y picado de viruela” y con el escritor de novelas sociales. 

Cartel anunciador de la versión para el cine de la

Cartel de la versión para el cine de “El súbdito” que se estrenó en 1951 bajo la dirección de Wolfgang Staudte

En sus obras de ficción el “literato de la civilización” está representado por el progresista y masón Ludovico Settembrini, de La montaña mágica, frente a Gustav von Aschenbach, el escritor ensimismado en sus obsesiones estéticas y homoeróticas, de La muerte en Venecia.

Sin embargo, aunque no se lo llama por su nombre, el anonimato del menospreciado “literato de la civilización” es sólo aparente. Los extensos pasajes que se citan en Consideraciones de un apolítico están extraídos de un ensayo biográfico que Heinrich Mann publicó sobre Émile Zola en 1915, en la revista pacifista Weisses Blätter, que se editaba en Suiza, en el que ensalzaba el compromiso político del escritor francés, al que definía como “genio inconsciente de la democracia”, sobre todo ante el caso Dreyfus que dividió a la sociedad francesa en el tránsito del siglo XIX al XX. Además, atacaba al nacionalismo, al militarismo y a la estructura autoritaria de la sociedad alemana.

Gustav von Aschenbach, interpretado por Dirk Bogarde, en

Gustav von Aschenbach, interpretado por Dirk Bogarde, en “Muerte en Venecia”, la película de Visconti inspirada en la novela de Thoman Mann

Zola tuvo la valentía de levantar la voz de la verdad y la justicia frente al poderoso bando de reaccionarios antisemitas que pedían la condena para el capitán Alfred Dreyfus, un alsaciano de origen judío al que se acusó injustamente de haber entregado documentación secreta a los alemanes. Juzgado por un tribunal militar, el capitán fue condenado a cadena perpetua y confinado en una colonia penitenciaria de la isla del Diablo, en la Guayana francesa. Hasta 1906 no se reconoció la inocencia de Dreyfus, quien finalmente fue rehabilitado y reintegrado en el ejército francés.

La herida causada en la sociedad francesa por el caso Dreyfus tuvo su réplica a escala europea en la Primera Guerra Mundial, dividiendo a los ciudadanos de los países continentales en germanófilos –antiliberales, partidarios de un sistema autoritario y de viejas tradiciones- y aliadófilos –demócratas confesos, liberales y partidarios de la modernidad. Bajo la Ocupación nazi, en Francia se reabrió la herida, esta vez también con el antisemitismo de telón de fondo.

Retrato del capitán Alfred Dreyfus

Retrato del capitán Alfred Dreyfus

Thomas Mann  interpretó el libro de su hermano como un ataque contra algunos intelectuales alemanes, entre ellos él mismo. Katia Mann tildó de claramente ofensivo hacia su marido el tono que destilaba el comienzo mismo del ensayo:

“Aquellos que están destinados a marchitarse temprano suelen comportarse con suficiencia y arrogancia cuando apenas cuentan veinte años”.

En abril de 1920 le confesó por carta a un amigo que se sintió enfermo durante semanas tras la lectura del libro de Heinrich; también, que rechazó la posterior tentativa de éste de restablecer las relaciones:

“Una querella como la que hay entre nosotros ha de mantenerse con honor, sin pretender despojarla de su carácter ferozmente serio. Quizá, así, separados, seamos mucho más hermanos el uno del otro de lo que seríamos sentados juntos en la mesa de un festín”.

Primera edición de

Primera edición de “Consideraciones de un apolítico”, en 1918

El enfado con el hermano franqueó los límites de la consciencia, adentrándose incluso en el sueño. En la entrada de  los Diarios del 30 de septiembre de 1918, un mes antes de la publicación de Consideraciones de un apolítico, Thomas anotó que la noche anterior había soñado con que él y Heinrich eran muy amigos y que, por cariño, le dejaba comer solo una gran cantidad de pasteles y de los pequeños à la crême, y dos trozos de tarta, renunciando él a su parte.

Ante la perplejidad que le causaba  pensar cómo se compaginaba esa amistad con la publicación de Consideraciones, se dijo que “esto era un absurdo, una situación insostenible”. Al despertar de aquel sueño sintió una sensación de alivio. El infantil deseo de reconciliación del soñador fue sofocado por su voluntad racional. Así de disciplinado era Thomas Mann hasta cuando soñaba.

Fotografía de Thomas Mann en su infancia

Fotografía de Thomas Mann en su infancia

Para evocar la disputa ideológica entre los hermanos Mann, la Buddenbrookhaus de Lübeck, la ciudad natal de  ambos, ha organizado una muestra bajo el título Guerra de hermanos. Heinrich y Thomas Mann durante la Primera Guerra Mundial, que permanecerá abierta hasta el 30 de agosto. En la exposición pueden verse las primeras ediciones, cartas y documentos sonoros de las actitudes encontradas de los dos escritores ante la contienda, de cuyo inicio se conmemora este año el centenario.

En un escrito fechado en 1914, Pensamientos en la guerra, Thomas Mann estableció una clara distinción entre la “Kultur” germánica, que identificaba con el sentimiento del deber y la elevación del espíritu, y la “Zivilisation” de la vecina Francia, superficial y prosaica. En Consideraciones de un apolítico incide en las diferencias que separan ambos conceptos, denunciando la confusión existente, según él, entre moral y humanitarismo.

Sede de la Buddenbrookhaus, en Lübeck

Sede de la Buddenbrookhaus, en Lübeck, que perteneció a la familia patricia de los Mann y donde nacieron Heinrich y Thomas

Thomas apostaba por la victoria de Alemania que, a su juicio, supondría la derrota no sólo de la alianza coyuntural en torno a Francia, sino también de las ideas heredadas del Siglo de las Luces y de la Revolución francesa, que tachaba de decadentes e inoperantes, asociándolas a los países Aliados.

También defendía la cultura germánica, que había dado nombres como los de Lutero, Goethe, Eichendorff o Kleist, hasta llegar a Schopenhauer, Nietzsche y Wagner, frente a la supuesta debilidad de la civilización occidental, con su democracia y su política. Otorgaba superioridad al arte y la estética sobre la literatura y a la moralidad sobre el intelectualismo de la civilización. Thomas Mann se define burgués, es decir, un individualista romántico, “producto espiritual de una época suprapolítica o por lo menos prepolítica”, impregnado de aristocratismo “en cuanto clima y sentimiento de vida”, nacionalista y formado en la ética protestante, con su idea ascética del deber profesional.

En cuanto a la confesión explícita de “apolítico” que insertó en el título de su ensayo, también tiene un precedente en Alemania, donde el término politish era sinónimo de epítetos como “taimado” o “hipócrita” y se contraponía a la honradez y franqueza que se atribuía la apolítica burguesía nacional.

En su esclarecedor estudio El proceso de la civilización (1936), el sociólogo Norbert Elias analiza la sociogénesis de la oposición entre “cultura” y “civilización” en Alemania, que se remonta al siglo XVIII, y cuyo renacimiento en los años anteriores a 1919  se explica porque la guerra contra este país se hizo precisamente en nombre de la “civilización”.

Norbert Elias (1897-1990)

Norbert Elias (1897-1990)

Elias matiza que en el ámbito germano-hablante, “civilización” significa algo muy útil, pero con un valor de segundo grado, que sólo afecta a la superficie de la vida humana. Por el contrario, en el concepto “cultura” se refleja la conciencia de sí misma que tiene una nación que ha de preguntarse siempre: “¿En qué consiste en realidad nuestra peculiaridad?”. Había que buscar un hecho diferencial -como se dice en España- que confirmase la superioridad de Alemania como nación sobre Francia e Inglaterra.

Fue Kant el primero que estableció una línea divisoria entre ambos conceptos al señalar que “la idea de la moralidad pertenece a la cultura” y que el uso de la idea en la civilización “se reduce exclusivamente al cultivo del pundonor y de las buena maneras, que sólo tienen un parecido externo con la moral”.

En suma, la burguesía alemana halló en la “Kultur” un instrumento eficaz para distinguirse de los franceses e ingleses, no digamos ya de los pueblos mediterráneos, y forjar una elevada percepción de sí misma que sería de gran utilidad en el largo camino hacia la recuperación de un estatus de potencia hegemónica en Europa.

Posteriormente, Thomas Mann comentó que Consideraciones de un apolítico había constituido “un arduo trabajo de conciencia, una movilización del pensamiento”. Fueron dos años abriéndose camino “entre la maleza” y en los que se debatió solitario “en su tormento”, bajo la presión de la guerra misma. “El problema del ser alemán era mi propio problema. En esto consistía el nacionalismo del libro”.

Thomas Mann

Thomas Mann

Consideraciones es una obra compleja y de una exhaustividad agotadora para el lector, en la que Thomas Mann muestra la faceta que probablemente más le caracterizaba, su genio para la mistificación. Como dejó patente en sus novelas y relatos, no necesitaba vivir grandes experiencias para alimentar su imaginación literaria. Cuando se disponía a escribir con la lentitud habitual, le bastaba con recordar las experiencias vitales más nimias -esas que pasarían desapercibidas para quien careciese de su genio mistificador- transformándolas en algo distinto de lo que fueron. De esta manera cobraban trascendencia no sólo para los personajes de sus ficciones sino también para el propio lector.

Aunque en sus escritos autobiográficos reconociera que las anécdotas que atribuye a los protagonistas principales de sus novelas él mismo había tenido la ocasión de vivirlas, los lectores sabemos que entre unas y otras mediaba una distancia que sólo el propio Thomas Mann podía conocer.

Para el autor de ficciones literarias la exageración constituye un recurso primordial. Como intuyen los novelistas, la mayoría de las verdades se ocultan en la exageración, cuya lupa de aumento permite percibir nítidamente detalles cruciales que sin ella se difuminarían. De hecho, los personajes ficticios de los relatos más influyentes son el resultado de la exageración imaginativa de sus creadores, desde Ulises hasta Gregor Samsa, pasando por Don Quijote o Emma Bovary. Es la exageración verosímil la que hace de ellos criaturas únicas, capaces de sobrevivir a quienes les dieron vida, con plena autonomía.

En 2008 se estrenó la versión cinematográfica más reciente de

En 2008 se estrenó la versión cinematográfica más reciente de “Los Buddenbrook”, dirigida por
Heinrich Breloer

Tonio Kröger, Thomas Buddenbrook, Gustav Aschenbach y Hans Castorp, por citar a algunos de los héroes de las novelas de Thomas Mann, son personajes absolutamente ficticios y autónomos, por más que se inspiren en determinados recuerdos y experiencias vividas por su autor. Y lo son porque no responden a una imitación de modelos reales sino que, como cualquier ser humano, son únicos e irrepetibles.

Si hay un personaje de su universo literario que guarda una mayor semejanza con Thomas Mann es el también escritor Gustav Aschenbach de La muerte en Venecia, quien, impulsado por su imaginación y los dilemas de orden estético que le atormentan, hace todo un mundo de las peripecias aparentemente triviales que le suceden desde la tarde soleada de primavera en que cruzó la mirada con el misterioso desconocido en la puerta del cementerio de Múnich y que le empujaría a viajar a Venecia.

Objetivamente, al solitario Aschenbach no le ocurre nada de particular interés, pero por el relato del narrador sabemos que le ocurre de todo, incluida la muerte a la que, herido por el virus del cólera, se abandona plácidamente en la playa del Lido, en una especie de suicidio, y de cuyas verdaderas motivaciones el mundo exterior no sabrá nada.

Fotograma de

Fotograma de “Muerte en Venecia, con Aschenbach agonizando bajo los efectos del cólera en la playa del Lido de Venecia

Lo desconcertante, aunque no inverosímil, es que Thomas Mann alimentara una fantasía de esta índole. Si al menos hubiese concedido a Aschenbach la oportunidad de imaginar su autodestrucción, sin que llegara a consumarla, quizá lo sintiéramos más próximo a nosotros. Pero en 1911, cuando escribió La muerte en Venecia, se encontraba atrapado en el torbellino ideológico que plasmó cuatro años más tarde en Consideraciones de un apolítico y que era de una naturaleza similar a aquel en el que se hallaba sumida buena parte de la sociedad alemana, con cuyos valores se identificaba.

Tras la fachada de la autodefensa encendida de esos valores nacionales y morales –de acuerdo con la peculiar idea de moralidad que se barajaba en la Alemania Guillermina- se ocultaba el callejón sin salida del peligroso narcisismo que en la guerra de 1914 condujo al país al borde del suicidio y que los enloquecidos descendientes de quienes lideraron esa tendencia culminarían tres décadas después. Pero, al contrario que muchos de sus compatriotas, por entonces Thomas Mann ya había escapado de aquel callejón.

Su proverbial facultad para sublimar sus inquietudes estéticas o intelectuales en una ficción creíble lo convierte en un novelista comparable a cualquiera de los maestros de la narrativa moderna a los que leyó con fruición y que dejaron en su trayectoria literaria una huella profunda.

Thomas Mann en la época en que publicó

Thomas Mann en la época en que publicó “Los Buddenbrook” (1901), novela por la que le fue concedido el Premio Nobel de Literatura en 1929

Pero no es lo mismo trabajar sobre el mapa de la ficción, donde el novelista mueve las piezas y esparce sus obsesiones entre sus personajes, en una afortunada multiplicidad, siguiendo los designios de su imaginación literaria, que sobre el mapa de la realidad, donde lo más probable es que esos movimientos tengan repercusiones que escapan a su control. Y eso fue lo que le ocurrió a Thomas Mann en Consideraciones de un apolítico. Pese a la riqueza argumental del ensayo, la unilateralidad ideológica del ensayista asfixió al novelista. De ahí que años después admitiera que en su prosa había sido más europeo que en sus ideas políticas. En aquel contexto, más europeo significaba más literario.

Al contrario que su hermano, Heinrich se desenvolvía mejor sobre el suelo de la realidad, aunque quizá careciese del genio para la mistificación de aquél. Por ello, en una circunstancia tan peligrosa para su país y para Europa como lo fue la Primera Guerra Mundial, se orientó también mejor que Thomas, eligiendo el sendero acertado. El estilo directo, el trazo rápido y los temas realistas de sus novelas, en las que, a menudo en un registro que oscila entre la sátira y el sarcasmo, muestra el lado oscuro de la burguesía alemana de la época, contrastan con el tono pausado y prolijo y las preocupaciones estético-filosóficas y el simbolismo de las obras de Thomas.

El dispar rumbo literario de cada uno de ellos demostró la fragilidad de Heinrich para manejarse en el terreno de la ficción, en las antípodas de la energía de Thomas, creador de un universo literario con una fuerte personalidad. Después de la Primera Guerra Mundial éste fue tomando conciencia del cambio radical que había experimentado la realidad sociopolítica, en un proceso de adaptación que habría de cristalizar en 1922, cuando pronunció un discurso a favor de la democracia y de los valores de la civilización que unos años antes había denostado.

Los hermanos Heinrich y Thomas Mann

Los hermanos Heinrich y Thomas Mann

A partir de entonces no sólo se convirtió en un sincero defensor de la República de Weimar sino que admitió su error ante su hermano, al que en 1928 calificó de “representante clásico del genio artístico germano-mediterráneo”. Pese a reconocer por aquellas fechas el antagonismo entre la atracción por lo estético y la responsabilidad ética, su confianza en el poder transformador de la cultura permaneció intacta. Así, en otra conferencia dictada en 1929 se refirió al papel que ésta debía desempeñar en la solución de los grandes problemas de la época.

Sólo cuatro años después esa confianza ingenua voló por los aires cuando, ante la fachada de la universidad de Berlín y en numerosas ciudades alemanas, miles de libros prohibidos por el régimen nazi ardieron en las hogueras. El adalid de semejante demostración de barbarie no era un tipo inculto sino un doctor en Filología alemana por la Universidad de Heidelberg (y novelista frustrado), Joseph Goebbels, a la sazón ministro de Propaganda del gobierno de Hitler.

Portada de la revista

Portada de la revista literaria y política “Die Sammlung”, que dirigía Klaus Mann desde el exilio

Años más tarde, Heinrich y Thomas Mann se unieron en su repudio al nacionalsocialismo. Otra vez fue Heinrich el primero en expresarlo abiertamente, en un artículo publicado en 1933 en la portada de la revista Die Sammlung, órgano de expresión de los intelectuales alemanes en el exilio que dirigía Klaus Mann.

Exiliado en Suiza desde 1933, al principio Thomas se mostró reacio a manifestar en público su rechazo al régimen nazi, temiendo que sus libros desapareciesen de las librerías de Alemania. No llegó a hacerlo hasta febrero de 1936, en parte animado por su mujer Katia y sus hijos Klaus, Erika y Golo. Ya instalado en Estados Unidos, junto a Heinrich –los dos residían en California, a pocos kilómetros de distancia-, aprovechó su fama internacional para denunciar durante la guerra las atrocidades del régimen nazi.

Thomas y y Heinrich Mann en Nueva York, en 1940

Thomas y y Heinrich Mann en Nueva York, en 1940

La relación entre los hermanos mejoró. El afecto de Heinrich hacia su hermano menor aumentó con los años, reconociendo su superioridad como escritor. En sus Memorias Katia Mann desveló que fue muy desgraciado en América, donde no conocía a nadie. La publicación de la primera parte de novela histórica La juventud del rey Enrique IV le deparó cierto éxito, pero no se repitió en la segunda parte, La madurez de Enrique IV. Para colmo de males, su esposa, la actriz Nelly Kröger, una mujer depresiva treinta años más joven que él, terminó suicidándose. Thomas y Katia trataron de paliar la pobreza en la que vivió, ayudándole cuanto podían.

http://buddenbrookhaus.de/de/46/asid:144/ausstellung.html

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11 comentarios leave one →
  1. mayo 13, 2014 9:45 pm

    Me encantan tus admirables artículos que me sirven de amenas lecciones para paliar mi ignorancia, por lo que espero tus entradas que siempre me sorprenden.
    Un abrazo
    Ramón

  2. Ángel Saiz permalink
    mayo 13, 2014 11:59 pm

    Con qué maestría nos introduces a todos en los entresijos de la literatura y de la vida, de la historia y de las relaciones humanas, haciéndonos más entusiastas de la afición a la lectura. Gracias por todo ello, Jaime.

  3. mayo 14, 2014 6:20 pm

    Muchas gracias, Ángel.

  4. mayo 14, 2014 11:41 pm

    Excelente post que demuestra no solo un alto conocimiento de la biografía de ambos hermanos sino también del entorno cultural, social y político del tiempo (arduo) que les tocó vivir. Me vienen ganas de ponerme a releer sus obras y de volver a visionar el DVD “Los Mann. La novela de un siglo” dirigida por Henrich Beloer.

    • mayo 15, 2014 7:21 pm

      Gracias, Lluis. Sí, fue una época muy compleja. Las distintas visiones que los hermanos Mann tenían de la literatura y de la realidad sociopolítica y cultural son indicativas de esa complejidad. Pero lo admirable es la veneración de la familia por la literatura. Como dijo una vez Katia Mann, que fue la única que no escribía (sus Memorias son una transcripción de las conversaciones con su hijo Michael y Elisabeth Piessen): alguien en la familia no tenía que dedicarse a la literatura.
      Un saludo

  5. mayo 26, 2014 10:19 pm

    Muy grande Thomas Mann. Sólo he leído La montaña mágica pero Hans Castorp y el hospital me dejaron absolutamente fascinado. Sobre su familia conocí tangencialmente a sus hijos, los “terribles gemelos” Klaus y Erika, a través de la magnífica novela de Melania G. Mazzuco ‘Ella, tan amada’. Cuenta la vida de una de sus amigas, la excepcional Annemarie Schwarzenbach.
    Muchas gracias por la entrada, magnífica. Un saludo.

  6. mayo 27, 2014 12:45 pm

    Gracias, Javier. Un saludo

  7. Héctor permalink
    junio 22, 2014 1:31 pm

    Fantástico texto. Es muy enriquecedor encontrarse cosas así, tan bien escritas.

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