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Enterrar definitivamente a Cervantes (o a Don Quijote)

mayo 6, 2014

“Buen amigo, por Jesús, abstente
de cavar el polvo aquí encerrado.
Bendito sea el hombre que respete estas piedras
y maldito el que remueva mis huesos”.

Epitafio en la tumba de William Shakespeare

 

Cuatro siglos después de la muerte y entierro de Miguel de Cervantes en el convento madrileño de las Trinitarias Descalzas, un equipo de investigadores escudriña el subsuelo del edificio con sofisticados aparatos termográficos en busca de los huesos del escritor. Su coste ascenderá a cien mil euros. Lo único que lamentan es que no haya un descendiente del escritor para verificar que, en caso de que se encuentre algún despojo, su ADN coincide con el del vivo, pues con ello se disiparían las dudas sobre su identidad y al fin se tendría la completa seguridad de que se entierra a Cervantes por los siglos de los siglos. Curiosamente, la avanzada tecnología utilizada permite que sea más fácil hallar algunos huesos del autor del Quijote que lectores que se atrevan a zambullirse por primera vez en las páginas de su famosa novela.

Lápida dedicada a Cervantes en la fachada del convento de las Trinitarias Descalzas de Madrid

Lápida dedicada a Cervantes en la fachada del convento de las Trinitarias Descalzas de Madrid

Cuando al fin se encuentre un fémur del antiguo difunto o un resto carcomido del sayal de la Venerable Orden Tercera de San Francisco con el que fue amortajado, los  investigadores del equipo darán saltos de alegría y la exploración habrá culminado con un éxito que ya quisieran para sí los escasos libreros que todavía exponen las obras del maestro por si algún lector, tan perdulario como los despojos de Cervantes, comete la excentricidad de comprarlas, puesto que se descarta la probabilidad de que un solo internauta se moleste en piratearlas.

Y eso por no hablar de los bibliotecarios, que tienen que limpiar de vez en cuando las capas de polvo que se suceden desvergonzadamente sobre los volúmenes de sus obras, cada día más intactos. Paradojas de la vida moderna: la tecnología especializada en buscar los huesos del difunto Cervantes se muestra incapaz de dar con los de un lector vivo de sus libros.

Las cadenas de televisión, los periódicos y demás medios informativos anunciarán a los cuatro vientos el sensacional hallazgo óseo, que se espera coincida con la celebración en 2015 del cuarto centenario de la publicación de la segunda parte de el Quijote, que a su vez se encadenará a los festejos previstos en 2016 con motivo del también cuarto centenario de la muerte del escritor. Imagínense el poderoso impacto que tendrán sobre no se sabe muy bien qué dos años seguidos de ceremonias oficiales y oficiosas dedicadas a ensalzar la figura de Cervantes.

Convento de las Trinitarias Descalzas

Fachada principal del convento de las Trinitarias Descalzas

A buen recaudo en una urna consistente, por si acaso, los despojos del español más universal después de Pedro Almodóvar recibirán de nuevo cristiana sepultura en la iglesia conventual y sobre la tumba se colocará una lápida de mármol con la correspondiente inscripción: “Aquí yace definitivamente Don Miguel de Cervantes Saavedra”.

Las televisiones de numerosos países inmortalizarán el solemne funeral de Estado que tributarán en su honor el gobierno y la Real Academia de la Lengua y al que asistirán autoridades nacionales e internacionales. De esta forma podrá paliarse, aunque sea con cuatro siglos de retraso, la voluntad del finado, quien, por carecer de dinero, no pudo costearse las misas por el eterno descanso de su alma.

Ahora podrá descansar un poco más en paz que estos cuatrocientos años de imperdonable extravío. Además, el brillante funeral constituirá todo un ejemplo del desarrollo alcanzado en el arte mortuorio-turístico para escritores inmortales, al menos si se lo compara con el escuálido arte de leer sus obras amenazadas por la ascendente mortandad de lectores.

Lápida

Para evitar futuros descarríos, tal vez se instale sobre la tumba una estatua de mármol o, si las arcas municipales lo permiten, siquiera un modesto medallón con su efigie. En la guía turística del Ayuntamiento de Madrid se incluirá una nueva ruta con las visitas a la tumba del gran escritor, que los interesados deberán solicitar previamente para evitar aglomeraciones.

Turistas nativos e internacionales podrán fotografiarse junto al sepulcro y luego colgar las fotos en las redes sociales para dar testimonio de que también ellos estuvieron allí, junto a la tumba del ilustre difunto parcialmente desenterrado y vuelto a enterrar esta vez como es debido, con carácter definitivo. La fotografía los disculpará de no haber leído sus obras ni por el forro, alejándolos así de cualquier tentación de leerla en el futuro. Al fin la mala conciencia de estos lectores nonatos podrá dormir en una paz análoga a la que disfrutarán los huesos del muerto perdido y hallado en el convento.

En estos tiempos de racionalidad tecnológica y de culto idólatra al presente y a la presencia física, se inventan aparatos para fines aparentemente muy racionales, como el de buscar los huesos de un escritor muerto hace cuatro siglos, mientras se olvida lo principal: leer los libros que escribió –pues fue para escribirlos por lo que vivió- y conocer a fondo a las criaturas a las que dio vida con su imaginación y su pluma. Porque sin éstas no sería nadie. Es a ellas a las que debe su inmortalidad.

Supuesto retrato de Cervantes atribuido a Juan Jáuregui

Supuesto retrato de Cervantes atribuido a Juan de Jáuregui

Un artista, y como en el caso de Cervantes, autor de ficciones literarias, no crea su obra para alimentarse de ella como un parásito, sino para que se emancipe de su persona y cobre vida propia, de tal manera que incluso se lo confunda con alguno de sus personajes ficticios.

Hasta el mismo Dios se retiró del escenario al crear a Adán y Eva y permitió que, seducidos por las palabras engañosas de la Serpiente, infringieran la prohibición de probar el fruto del Árbol de la Ciencia. Tuvieron que desobedecer el mandato divino para que fuesen expulsados del Paraíso –de las faldas de Dios- y al fin se convirtieran en criaturas autónomas, con todas las consecuencias, como los personajes ficticios a los que el novelista insufla vida y que desde ese momento dejan de pertenecerle.

Pero el positivismo ramplón al que quieren malacostumbrarnos, y que suele meter la nariz donde no le mandan, jamás entenderá la verdad de las mentiras de la obra de arte –las mentiras de verdad- ni el juego de espejos que Cervantes puso ante el lector, de naturaleza similar  al que Velázquez puso ante el espectador en Las Meninas.

Las Meninas, de Velázquez (Museo del Prado)

Las Meninas, de Velázquez (Museo del Prado)

Tampoco entenderá que el arte no es que imite a la vida, como se dice a menudo a la ligera, sino que crea una vida alternativa a la real para que así podamos comprender mejor el caos en el que vivimos, ofuscados por la inmediatez, la superficialidad, la repetición y la incertidumbre. Como no hay interés alguno en entender una cuestión tan sencilla, menos todavía se entenderá que Don Quijote y Sancho Panza –imposible separarlos- viven en Cervantes y, por extensión, en los lectores de la novela, sin los cuales creador y criaturas languidecerán como almas en pena que aguardan ser rescatadas del limbo de la ignorancia mediante la lectura de la obra.

Pero a costa de no leer los libros de Cervantes, se deja de creer en las maravillosas historias que nos relata en ellos y, por supuesto, en sus personajes, a los que se percibe lejanos, abstractos, artificiales, cuando no muertos y momificados en las páginas de los libros.

Miguel de Unamuno, que calificó a Cervantes de “genio temporero”, como Colón, y “enormemente inferior a su obra”, estaba convencido de que el inmortal es Don Quijote y no su creador, al que de hecho daba por muerto. Hasta tal punto lo creía  así que incluso le negaba la autoría del Quijote para atribuírsela al narrador ficticio de la novela, el arábigo Cide Hamete Benengeli, quien, siguiendo la fantástica tesis de Unamuno, se la habría dictado al oído.

Miguel de Unamuno

Miguel de Unamuno

Así lo expresó en su ensayo Vida de Don Quijote y Sancho:

“Muchas veces tenemos a un escritor por persona real y verdadera e histórica por verle de carne y hueso, a los sujetos que finge en sus ficciones no más sino por de pura fantasía, y sucede al revés, y es que estos sujetos lo son muy de veras y de toda realidad y se sirven de aquel otro que nos parece de carne y hueso para tomar de ellos ser y figura ante los hombres”.

En el prólogo a la segunda edición del libro generalizaba esta tesis argumentando que los personajes de ficción “tienen dentro de la mente del autor que los finge una vida propia, con cierta autonomía, y obedecen a una íntima lógica de que no es del todo consciente ni dicho autor mismo”.

Sin caer en el radicalismo de Unamuno -caricaturizado por Borges en Pierre Menard, autor del Quijote-, Cervantes no tendría por qué ensombrecer a sus personajes, como  parece que se pretende con esa tentativa de explorar el subsuelo y los muros de un convento en busca de sus despojos. Basta con la discreta presencia nominal, como lo fue en los siglos en que sus obras se leían más y sus personajes se paseaban por la imaginación de los lectores.

Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges

Al contrario que ahora, entonces los lectores solían acordarse antes del título de la novela o del nombre de sus personajes que del nombre de su autor. Quizá fuesen más ingenuos que los lectores modernos, pero también  es cierto que su credulidad no habría funcionado sin el ingenio -reverso de la ingenuidad lectora- de los novelistas, entre los cuales descuella el propio Cervantes.

De igual modo que Don Quijote se entendía mejor con los caballeros andantes de los libros de caballerías que con sus parientes y amigos, también esos lectores percibían a los personajes ficticios como sujetos casi igual de reales que las personas de carne y hueso con las que compartían su existencia. El conocimiento que tenían de sus sentimientos, deseos, sueños, temores y demás pasiones imprimía profundidad a sus vidas, como la imprime el juego de espejos en una habitación pequeña.

Es verdad que Cervantes fue más lejos que ningún novelista al arrancar a Don Quijote de su biblioteca para confrontar el universo caballeresco que descubrió en los libros del género con el mundo real y mostrar al lector de la novela los efectos múltiples y contradictorios resultantes de ese choque. Pero al mismo tiempo nos reveló la estrechez de lo que entendemos por realidad racional. Resulta que aquellos que, dándoselas de listos, se burlaban del caballero o lo menospreciaban por su locura libresca, no por eso demostraban estar más en sus cabales que él.

Don Quijote y Sancho Panza, por Gustave Doré

Don Quijote y Sancho Panza, por Gustave Doré

Hay motivos para sospechar que detrás de la costosa operación de rastreo de los restos mortales de Cervantes en un momento en que sus libros y, particularmente su gran novela, se leen poco, subyace el propósito de suplantar la ignorancia de la obra por el ensalzamiento de su autor. Más aún, si se dispusiera de una máquina del tiempo, de buena gana se lo resucitaría para que, al albur de la fama de su nombre, hiciese sombra a las inmortales criaturas que brotaron de su imaginación, contando muchas anécdotas de su vida, expresando en público sus opiniones sobre cualquier asunto de moda o impartiendo conferencias a diestro y siniestro. Todo lo contrario de lo que aconsejaba Fernando Pessoa a los autores:

“No rebajarse nunca a dar conferencias, para que no se crea que tenemos opiniones, o que nos rebajamos hasta el público para hablar con él. Si quiere, que nos lea”.

Pessoa comparaba al escritor-conferenciante con un actor, o sea, “un merodeador del Arte”.

Retrato de Fernando Pessoa, de Almada Negreiros (1954)

Retrato de Fernando Pessoa, de Almada Negreiros (1954)

Como, por suerte, la resurrección física de Cervantes no es posible, los buscadores de sus huesos pretenden que al menos esté localizable en una tumba, con la certeza de que algo de él, de lo que fue, se encuentra ahí, debajo de la lápida. Estamos ante una muestra  más del excelente estado de salud de que goza la afición –triste herencia del Barroco peninsular- por coleccionar reliquias venerables, ahora mezclada con la persecución de intereses alrededor del negocio de la fama, otro fenómeno que se remonta también a la cultura del Barroco en la que permanecemos atrapados.

Estoy seguro de que si se leyese más a Cervantes y sus personajes estuvieran vivos en la imaginación de los lectores, no haría falta buscar sus despojos en el subsuelo de un convento para sepultarlos en una tumba vistosa. Cuánta razón tenía Elias Canetti al anotar que “los escritores cuyas tumbas visitamos se carcajean parapetados detrás de sus obras”.

Elias Canetti

Elias Canetti

Mucho me temo que cuando un autor sube en la escala de preferencias del público lo hace en detrimento de sus ficciones y de sus personajes. De ahí que se encumbre a tantos escritores mientras sus obras malviven como zombis y el autor se preocupa de promocionarlas esgrimiendo su afamado nombre, que corre de boca en boca, y su celebérrima cara, que rueda de foto en foto o de televisión en televisión. En otras palabras, se limita a alimentarlas artificialmente con la sonda de su presencia. Pero cuando muera, morirán con él, compartiendo su destino.

Mientras redactaba estas líneas, me encontré casualmente con una entrevista al editor de Gallimard que confirma el comentario anterior. Tras manifestar su preocupación por la pérdida de continuidad del hábito de lectura que se observa en las nuevas generaciones, afirma que para paliar el problema las editoriales suelen invitar “en cada festival, feria e incluso en encuentros más pequeños” a los autores extranjeros traducidos, “porque con el escritor en vivo y en directo, ya han comprobado que venden más ejemplares”.

Claro que vender y comprar un libro no es lo mismo que leerlo. Pero a las empresas editoriales, y por lo que se ve a bastantes escritores, lo único que realmente les importa es vender los libros que fabrican para que el lector los consuma, como cualquier otro producto de los que se exhiben en el supermercado.

Placa conmemorativa de la edición príncipe de el Quijote em el edificio  donde estuvo la imprenta de Juan de la Cuesta

Placa conmemorativa de la edición príncipe del “Quijote”, en el edificio donde estuvo la imprenta de Juan de la Cuesta

Creo que si Miguel de Unamuno se hubiese enterado de la tentativa de recuperar los despojos de su tocayo, habría puesto el grito en el cielo para exclamar que es un error porque lo que debería rescatarse es el sepulcro de Don Quijote. Sí, como lo leen. Rescatarlo “del poder de los bachilleres, curas, barberos, duques y canónigos que lo tienen ocupado”. En definitiva, liberarlo “del poder de los hidalgos de la Razón” que lo guardan para que no resucite.

El día en que los investigadores den con los huesos de Cervantes y se los inhume en una tumba bien visible, escucharemos las carcajadas del escritor, aunque nadie sabrá de dónde provienen. Que se sepa, hasta la fecha todavía no se ha inventado un aparato que localice las risas de ultratumba. Aunque todo es cuestión de tiempo.

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9 comentarios leave one →
  1. mayo 6, 2014 12:36 pm

    Tu artículo constituye una deliciosa lectura, en mi opinión. Enhorabuena.

  2. mayo 6, 2014 9:06 pm

    Solo me queda, después de leer tan enjundioso artículo, felicitarte, aprender, y asentir en la mayor parte de tus interpretaciones. Y pedirte que no sucumbas al desánimo, “con la que está cayendo”
    Un abrazo
    Ramón

    • mayo 7, 2014 10:00 am

      Muchas gracias, Ramón. Claro que no hay que desanimarse, algo que, por otra parte, encaja en una entrada en la que se cita a Don Quijote y a Unamuno. Un abrazo

  3. Issa García Cabrera permalink
    mayo 6, 2014 10:53 pm

    Lo comparto .

  4. mayo 7, 2014 12:55 am

    ¡Qué importan los huesos! Lo que me hace falta es volver a encontrar en librerías el Quijote del Instituto Cervantes (Editorial Critica), porque mi hijo se quedó con mi ejemplar y no piensa devolverlo. ¡Queremos la palabra viva, no los huesos!

    • mayo 7, 2014 10:06 am

      Es una señal excelente que su hijo no le quiera devolver “su” ejemplar del “Quijote”. Eso sí que es un buen indicio de que la palabra de Cervantes está viva en estos tiempos en los que se quiere olvidarla, puesto que matarla es imposible. Un saludo y gracias por la lectura.

  5. Ángel Saiz permalink
    mayo 7, 2014 10:49 pm

    Desde luego, te preguntas (y nos preguntamos todos) si lo que de verdad está muerto es Cervantes o su obra. Y nos seguimos preguntando si detrás de la busqueda de sus huesos está el fenómeno consumista del eventual y momentáneo interés por un aumento de venta de sus obras, negocio para los editores. Incremento de ventas, como tú bien, dices, que no de su lectura. ¡Cuántos “charlistas” de Cervantes y del Quijote sin haber leído la obra!

  6. mayo 8, 2014 9:55 am

    No me resisto a reproducir la respuesta de Alberto Manguel cuando le preguntaron qué libro había leído durante su internamiento en un hospital tras sufrir una embolia cerebral:

    “–Don Quijote . Pienso que para el hospital necesitamos un libro cuyo recorrido ya conocemos, cuyas sorpresas son consoladoras y cuyo autor es un viejo amigo”.

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