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La industrialización de los libros, de la lectura y hasta de los lectores

abril 22, 2014

Desterrado por el gobierno florentino bajo la acusación de conspirar contra los Médicis, en su finca de San Casciano, a quince kilómetros de Florencia, Nicolás Maquiavelo le envía una carta el 10 de diciembre de 1513 a su amigo Francesco Vettori, a la sazón embajador en Roma ante el Papa, en la que le describe un día cualquiera de su vida cotidiana. Después de una jornada que comenzaba con la revisión de los trabajos de tala que realizaban los leñadores en un bosque de su propiedad y de charlar un rato con ellos, ya avanzada la tarde, entraba en su despacho. Allí se despojaba de sus vestidos cotidianos, llenos de fango y lodo, y se vestía con ropas nobles y curiales.

“Entonces, dignamente ataviado, entro en las cortes de amigos antiguos, donde, amablemente recibido por ellos, me deleito en ese alimento que es sólo para mí, y para el yo que nací”.

Las cortes de los amigos a los que se refiere son los libros de su biblioteca. No se avergüenza de hablar con ellos- le dice a Vettori- y de preguntarles por las razones de sus acciones:

“Y ellos, por su humanidad, me responden. Y durante cuatro horas no siento ningún aburrimiento, me olvido de toda ambición, no temo la pobreza, no me da miedo la muerte: me transfiero enteramente donde están ellos”.

Retrato de Nicolás Maquiavelo, por Santi di Tito

Retrato de Nicolás Maquiavelo, por Santi di Tito

Confiesa que, siguiendo la observación de Dante, anota lo que ha sacado con la conversación con los libros. Por aquellas fechas escribía un estudio titulado De principibus.

La comparación del libro con una corte aristocrática en la que el lector es recibido después de cumplir los requisitos que permiten el acceso a ella, nos permite formarnos una idea clara del concepto que el autor de El Príncipe tenía de la lectura. El hecho de no avergonzarse de hablar con los libros de su biblioteca denota un respeto sincero que, sin embargo, no descarta la apertura de un diálogo. Después de todo, lector y libro están ligados por una humanidad común.

En unos términos parecidos, Francisco de Quevedo se refirió a la lectura en el soneto Desde la Torre, que escribió en la localidad de Torre de Juan Abad (Ciudad Real), en la que se encontraba, como Maquiavelo, en retiro forzoso tras la caída en desgracia del Duque de Osuna, de quien era su hombre de confianza. En el soneto alude a la conversación que sostiene con los libros de autores muertos que “al sueño de la vida hablan despiertos”:

“Retirado en la paz de estos desiertos, /con pocos, pero doctos libros juntos, /vivo en conversación con los difuntos/y escucho con mis ojos a los muertos./ Si no siempre entendidos, siempre abiertos, /o enmiendan o fecundan mis asuntos;/y en músicos callados contrapuntos/al sueño de la vida hablan despiertos”.

Retrato de Francisco de Quevedo

Retrato de Francisco de Quevedo

El soneto incide en la lectura como un encuentro con los libros escritos por autores muertos a los que el lector infunde vida con la conversación que mantiene con ellos mientras los lee. No es preciso que sean muchos; basta con que sean sabios y eruditos en su materia. También se refiere a dos de las condiciones externas requeridas por la lectura que permiten la deseada conversación con los libros-difuntos: el retiro y el silencio, contrarios al mundanal ruido cortesano.

En 1978, el crítico literario George Steiner publicó un ensayo breve dedicado al “lector infrecuente”, que comenzaba con un comentario del cuadro El filósofo leyendo (1734), de Chardin. Tanto el vestuario solemne del lector como los objetos que le rodean -un tintero con el cálamo dentro, seguramente para anotar en los márgenes de las páginas, un pequeño reloj de arena y unos medallones de bronce sobre la mesa, que se utilizaban para estirar las páginas de los libros- llevan a Steiner a una conclusión melancólica aunque realista: ni el lector ni la lectura son lo que fueron.  Según el escritor, el cuadro de Chardin

“nos habla de una visión clásica de la lectura, que podemos documentar y detallar en el arte occidental desde las representaciones medievales de san Jerónimo hasta las postrimerías del siglo XIX, desde Erasmo en su facistol hasta la apoteosis de le Livre de Mallarmé”.

El filósofo leyendo, de Chardin

“El filósofo leyendo”, de Chardin

Uno de los primeros intelectuales que vislumbró el declive del lector de calidad fue Paul Valéry. En 1916 consignó en uno de sus Cuadernos de notas que se estaba muriendo ese lector “cuya formación  y cuyas fluctuaciones constituirían el verdadero objeto de la literatura”. Incluso se atrevía a describir sus cualidades: “riguroso, con sutileza, con lentitud, con tiempo e ingenuidad armada”. Poco más de dos décadas después de la anotación de Valéry, Jean Cocteau, tras lamentar el culto a la velocidad que suprime la artesanía forjadora del lujo, observó que leer fue en un tiempo una actividad artesana desgraciadamente pasada de moda. “Vamos con prisa. Nos saltamos las líneas. Vamos a ver cómo termina la historia”.

Pero no sólo desde Maquiavelo, Quevedo, Chardin, Valéry, Cocteau y, por supuesto, los lectores y lectoras anónimos retratados entre los siglos XVII y XX, la lectura ha experimentado un giro radical en el aire del tiempo. También en los treinta y cinco años transcurridos desde que Steiner escribiese su ensayo ésta ha dado numerosas las volteretas y no para caer precisamente de pie.

Paul Valéry fotografiado en su estudio en 1930

Paul Valéry fotografiado en su estudio en 1930

Si hoy un pintor tuviese que retratar a un lector común, seguramente sería mujer. En lugar de una habitación solitaria y silenciosa, amueblada con estanterías llenas de libros, tendría que ubicarla en un abarrotado vagón de Metro o de tren, en la sala de embarque de algún aeropuerto o en una playa llena de bañistas, bajo una sombrilla y en bañador. El libro que lee ya no sería de papel, sino electrónico, quizá mientras escucha alguna pieza musical por los auriculares conectados a su teléfono móvil “inteligente” o Mp3.

El maestro George Steiner ha vivido lo suficiente como para conocer la revolución tecnológica y el despliegue de los nuevos artilugios que facilitan la lectura en versión digital, así que podemos imaginar qué pensará de los temores que en 1978 sugería al final de su ensayo acerca de las amenazas que, en su opinión, planeaban sobre une lecture bien faite, en palabras de Charles Péguy.

George Steiner

George Steiner

Hoy todo lo que sabemos de la lectura como fenómeno público proviene de las estadísticas que, para disipar las dudas que suscitan, tienen que terminar en decimales, no sea que alguien cuestione la precisión milimétrica de la que presumen. Y las estadísticas confirman el aumento del número de lectores de libros y, por consiguiente, de la producción editorial.

Se supone que con la expansión del dispositivo electrónico las cifras seguirán aumentando. Sin embargo, las estadísticas, tan precisas en todo lo que se refiere a la cantidad, no pueden penetrar en las arenas movedizas de la calidad, donde la individualidad de la propia lectura dificulta cualquier tentativa de comprimirla en un autocomplaciente gráfico. El criterio cuantitativo, al parecer tan determinante en otras parcelas de la vida social, como la economía, la industria o la técnica, no sirve de mucho en áreas como la lectura o la educación, en las que resulta decisiva la acción del individuo, ámbito impenetrable para la estadística.

Pero a la industria editorial sólo le preocupa la cantidad. La ventaja con la que juega es que las estadísticas ocultan la realidad pero no la modifican. Y aquí la realidad se traduce en que los lectores leen cada vez peor, aunque el empeoramiento tampoco se note puesto que, para satisfacción de los editores industriales, las estadísticas revelan que su número no hace más que engordar.

Baudelaire leyendo, por Courbet

Baudelaire leyendo, por Courbet

¿Qué significa leer peor? No, desde luego, leer poco ni menos que en tiempos pasados. “Poco” y “menos” son términos cuantitativos. Y es de calidad de lo que estamos hablando. Leer peor significa consumir, absorber, devorar y hasta digerir, funciones todas ellas fisiológicas y hasta imprescindibles, pero inútiles en el trabajo intelectual. Significa también pasividad, falta de criterio y de auténtica libertad de elección y selección.

Por más que algunos se jacten de su virtualidad para aislarse incluso en recintos superpoblados y ruidosos, la lectura bien hecha requiere unas condiciones ambientales que ninguna tecnología puede mejorar aunque sí empeorar. Nos guste o no, nuestra capacidad de atención y de retención tiene sus límites. Una frase no es una pista de hielo sobre la que los ojos patinan velozmente sino un terreno cultivable ante el que hay que agacharse para removerlo hasta las entrañas.

La lectura superficial y constantemente interrumpida puede hacer que algún día terminemos de leer un libro, pero eso es a lo más que podemos aspirar. La lectura de textos breves o fragmentarios, y a menudo ilustrados con imágenes fijas o en movimiento, a la que habitúa la navegación por las redes sociales, aleja a muchos de la lectura “bien hecha” de libros, tal como la entendía Péguy.

Charles Péguy (1873-1914) murió combatiendo en la Primera Guerra Mundial, en la batalla del Marne

Charles Péguy (1873-1914) murió combatiendo en la Primera Guerra Mundial, en la batalla del Marne

A pesar de la euforia de los sociólogos, de los planificadores, gestores y políticos, la impresión es que la lectura está contaminada hasta sus raíces por el carácter líquido, según la pertinente metáfora acuñada por Zygmunt Bauman, que impregna casi todas las áreas de la vida social. El hábito lector de las nuevas generaciones (y no tan nuevas) empieza a estar cada vez más condicionado por la lectura en el dispositivo electrónico en el que las páginas leídas se suceden, pero sin vuelta de hoja. Y si las páginas no vuelven y se esfuman una vez leídas, más difícil será que lo hagan los libros que se leyeron.

Un reciente estudio estadístico -¡faltaría más!- indica que la mitad de los estadounidenses posee un lector electrónico o tableta, aunque sólo el 28% lee exclusivamente los libros en ellos. A finales del año pasado esta cifra era del 23%.  Otra encuesta anterior revela que los usuarios de dispositivos electrónicos leen más libros que los lectores tradicionales y que el 30% de los “consumidores de contenido digital” –con este pomposo nombre y apellidos es como se los cita-  pasa más tiempo leyendo ahora que en el pasado.

La lectura es una conversación, no un monólogo. Un libro tiene que decirnos algo para que podamos responderle. Si no nos dice nada es que al menos falla uno de los dos, o nosotros o él. Como toda conversación, se fundamenta en una regla básica: escuchar a nuestro interlocutor. La escucha se afina con lecturas merecedoras de ser escuchadas, como un oído se vuelve selectivo escuchando músicas complejas. Con lectores exigentes estará garantizada la calidad literaria. En cambio, aquellos que se conforman con leer cualquier texto, maleducan a los escritores y los incitan a abandonar la exigencia.

"Don Quijote", por Celestino Nanteuil (1813-1873)

“Don Quijote”, por Celestino Nanteuil (1813-1873)

Leemos para olvidar lo conocido y viajar a lo desconocido, como Ulises, quien, al igual que Don Quijote, regresó a su tierra natal después de haber vivido en el país de la extrañeza y quizá para recordarlo hasta el final de sus días. No merece la pena haber leído un libro para quedarnos igual que estábamos antes de leerlo. Eso sería como volver a nuestra casa después de una cita con un amigo y concluir que hemos perdido el tiempo, que ese encuentro nos ha dejado igual que antes.

Leer exige una conciencia despierta. El autor de un libro nos transmite conocimientos que para nosotros pueden tener algún valor en ese momento, o que pueden tenerlo en el futuro, cuando recordemos lo leído o retornemos al libro que leímos hace tiempo. Leer bien, dice Steiner, es “participar en una reciprocidad responsable con el libro, embarcarse en un intercambio total”. En otras palabras, “es ser leídos por lo que leemos”.

Marcel Proust entendía la lectura como una oportunidad para que los lectores se reconozcan en lo que leen y que no habrían tenido si no hubiesen hallado el libro apropiado. Además, esto constituye una prueba de la verdad que encierra el libro. “Todos y cada uno de los lectores son, cuando leen, lectores de sí mismos”, escribió en El tiempo recobrado.

Marcel Proust retratado por Jacques-Emile Blanche

Marcel Proust retratado por Jacques-Emile Blanche

Una lectura banal, basada únicamente en la búsqueda del entretenimiento, no sólo no ayuda a formar la conciencia sino que supone un despilfarro de una valiosa oportunidad para formarla. Al menos quien no lee la mantiene intacta, aunque sea por falta de uso. Se aprende a pensar viviendo y leyendo, porque no se vive por la mañana y se lee por la tarde, en una forzada y absurda contigüidad, sino que se piensa lo que se vive y lo vivido se relaciona con lo que se ha leído. Pero pensar y vivir no son verbos antagónicos, como tampoco deberían serlo vivir y leer, y menos todavía pensar y leer.

Algunos escritores nos han legado testimonios acerca de la responsabilidad que conlleva la creación literaria. Por ejemplo, Flaubert, y uno de sus más escrupulosos seguidores, Kafka, expresaron sus vicisitudes y dudas mientras escribían sus obras o, como el propio Kafka, mientras deseaban escribirlas y observaban que algo muy superior a sus fuerzas se interponía entre ellos y el papel, como si quisiera impedírselo. Seguramente intentamos comprender esos testimonios, pero tenemos la sospecha de que sólo lo conseguimos en parte. Nos cuesta ponernos en su lugar.

Franz Kafka, en 1904, cuando estudiaba Derecho en la Universidad de Praga

Franz Kafka, en 1904, cuando estudiaba Derecho en la Universidad de Praga

Aun siendo grande y de una intensidad desproporcionada la responsabilidad del escritor ante la página en blanco, también el lector que se compromete con la lectura de un libro se siente responsable ante la palabra escrita desde el momento en que toma conciencia del tesoro que esconde, y que él tendrá que desentrañar con tenacidad, paciencia y, cómo no, con un poco de suerte. En su vejez, Goethe le confesó a Eckermann que aprender a leer exige tiempo y esfuerzo y que a él le habían hecho falta ochenta años, “y ni siquiera hoy podría afirmar que he alcanzado mi objetivo”. Josep Pla decía que leer bien es difícil y doloroso, y que seguir un texto pausadamente supone un esfuerzo, algo que requiere observación, y el ser humano tiende a la dispersión.

El resultado de una lectura superficial no es peor que el de un texto escrito con premura. El lector no debe dejarse engañar por el hecho de que, al contrario que el escritor, sólo rinda cuentas ante sí mismo. ¿Qué mejor escuela para la vida -y no sólo para el intelecto- que una lectura atenta? Despierta el espíritu de observación, aviva la memoria y nos familiariza con las complejidades de la lengua escrita.

"Inseparables" (1900), de la pintora sudafricana- australiana Florence Ada Fuller (1867-1946)

“Inseparables” (1900), de la pintora sudafricana- australiana
Florence Ada Fuller (1867-1946)

El enemigo principal de la lectura no es el aburrimiento –una sensación demasiado subjetiva como para convertirla en criterio básico al enjuiciar un libro- sino una lectura mal hecha; es decir, la lectura rápida, devoradora, compulsiva y, lo que es peor, definitiva. Al menos cuando se trate de un libro que no se la merezca (y hay tantos, que no debiéramos desperdiciar el tiempo ni el esfuerzo que exige la lectura en libros insustanciales). Esos libros merecedores de una lectura digna son los que enseñan a leer, o deberían enseñar, aunque para ello haya que olvidarse de la obsesión por el aburrimiento y la diversión.

La crisis de la lectura que sufren los libros catalogados de clásicos –los muertos bien vivos con los que conversaba Quevedo- se debe en parte a que sus lectores, generaciones enteras, probablemente no estuvieron a su altura y los leyeron porque eso era lo correcto social o culturalmente, o porque se trataba de libros que entretenían y hacían reír a mandíbula batiente, como ocurría con el Quijote. Hasta que lectores de otra época distinta de aquella en la que se escribió el libro, e incluso de otros países y religiones, lo leían también con otros ojos.

Alrededor de 1760, el escritor José Cadalso, un hombre formado en Francia e Inglaterra y con una visión lúcida de la España de su tiempo, fue uno de los primeros en dudar del concepto que se tenía del Quijote. “No deja de mortificarme la sospecha –confiesa en sus Cartas marruecas– de que el sentido literal [del libro] es uno, y el verdadero es otro muy diferente”. Cadalso adivinaba un conjunto de materias “profundas e importantes” debajo de la “serie de extravagancias de un loco, que cree que hay gigantes, encantadores, etcétera”, de las sentencias “proferidas por un necio” y de “muchas escenas de la vida bien criticadas”.

osé Cadalso, por Castas Romero (1855)

José Cadalso, por Castas Romero (1855)

La sospecha de Cadalso barruntaba la cristalización de un segundo grupo de lectores, localizado fundamentalmente fuera de España y adscritos al cada vez más influyente movimiento de reacción contra el autocomplaciente racionalismo ilustrado. Eran los autores prerrománticos y románticos ingleses y alemanes y pensadores individualistas que habrían de arrojar una luz nueva sobre el muy positivista siglo XIX, y entre los que destacan Heine, Dostoyevski, Turguéniev, Flaubert o Kierkegaard.

Este selecto grupo de lectores reinterpretó la locura de Don Quijote en un sentido opuesto al de los lectores que los precedieron. Ahora percibían al caballero como un luchador solitario contra una realidad racional avasalladora, incapaz de comprender la variedad inherente a los seres humanos y, menos aún, la singularidad del individuo frente a un modelo de vida y de pensamiento monolítico. Fue a partir de esta innovadora percepción de la novela de Cervantes cuando la figura flaca y desaliñada del caballero andante resucitó de su tumba, dispuesta a embestir contra los malandrines y gigantes del racionalismo de nuevo cuño.

Un libro debe golpearnos como un puñetazo en el cráneo, ser el hacha que rompa el mar de hielo que llevamos dentro, y no sólo no hacernos felices, sino tener en nosotros el efecto de una desgracia, escribió un joven Kafka, lector también él, de lo contrario no nos haremos merecedores del tesoro que esconde. En algunas ocasiones los libros también pueden defendernos de una realidad hostil. Montaigne los consideraba “el mejor viático” que había encontrado “para este humano viaje”. En el caso de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, hacían las veces de escudo protector y consuelo. Su viuda comentó que “nunca salía de casa sin un ejemplar de Shakespeare en su bolsa con el que poder consolarse si veía algo desagradable”.

Giuseppe Tomasi di Lampedusa

Giuseppe Tomasi di Lampedusa, autor de “El Gatopardo”

Leer por diversión es kitsch, falso y tendencioso en una sociedad cuyo ocio está dominado por la industria del entretenimiento, preferentemente audiovisual, con sus inverosímiles ofertas. Si alguien quiere divertirse de verdad, que no lea, que se siente ante la televisión de pago, que vaya al cine, a pasear, a la playa, a la montaña o a Disneylandia. Las campañas publicitarias que pretenden incitar a la lectura con el señuelo-eslogan de que “leer también divierte” son ridículas. Leer no divierte, como no divierte que a uno le asesten un puñetazo en la cara. Pero he aquí la raíz del problema de la lectura: que se ha leído y se lee para divertirse, para matar el tiempo. Todo… menos para leer.

Cartel pulicitario de una campaña oficial para promocionar la lectura

Cartel publicitario de una campaña oficial para promocionar la lectura

La industrialización de la lectura, su ingreso forzado en los laboratorios de la estadística, la conversión de determinados libros en productos de consumo, han generalizado la costumbre de leer para olvidar lo leído y hasta el título del libro. Quienes leen de esta manera -lectores más vacacionales que vocacionales y más voraces que veraces- no pueden llegar muy lejos. Con sus lecturas no salen nada más que un momento fuera de su estrecha provincia, el breve tiempo que les lleva leer ese libro. En consecuencia, tampoco regresan a parte alguna, permaneciendo donde estaban antes de que lo leyesen. No tienen nada que recordar de su viaje libresco.

Esa lectura sólo los entretuvo, mató su aburrimiento y de paso los encadenó a la fila millonaria de lectores del libro en cuestión, subiéndolos a la línea ascendente de la estadística, para satisfacción de la industria editorial beneficiada y del ministro de Cultura que, en premio por sus éxitos ante el aumento porcentual de lectores, quizá al año siguiente lo sea de Industria, naturalmente.

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11 comentarios leave one →
  1. abril 22, 2014 9:06 pm

    Te felicito por tu artículo tan definitivo, cargado de razón y bien hilvanado, pero mucho más aún por tu valentía, pues lo que dices, que me parece difícilmente refutable, va a contrapelo del “común” por abrumadora mayoría de la “atrevida ignorancia”, que, para refrendar su razón, terminarán con la nauseabunda frase, “es políticamente incorrecto”, que vale para todo, y todos los que la dicen piensan que automáticamente, como por arte de magia, se llenan de razón. De hecho, en alguna tertulia de amigos, me he tenido que armar de valor para decir que me gusta La Divina Comedia, La tempestad, etc, pues te miran como si fueras de otro planeta. Otro tanto me ocurre si no estoy al día de los Best Sellers que nos imponen los anuncios y los escaparates de librerías y grandes almacenes. Todo esto, la verdad, es que da un poco de pena.

    Un saludo

    Ramón

  2. abril 24, 2014 10:56 am

    Muchas gracias, Ramón. Tienes toda la razón. No hay nada más opuesto a la tiranía de las mayorías que la lectura, un acto individual, además de intelectual. Péguy añadía: “una lecture bien faite, une lecture honnête”). Un saludo

  3. abril 24, 2014 1:24 pm

    Todo muy cierto y elegantemente expuesto, Jaime, como siempre. Yo añadiría un aspecto, en apariencia negativo, que señala Schopenhauer: leer es pensar con la cabeza de otro…
    Lo que nos advierte de lo importante que es que el autor de lo que leemos no la tenga de chorlito, por ejemplo.

  4. abril 24, 2014 2:09 pm

    Muchas gracias, Antonio. La observación de Schopenhauer parece que excluye la posibilidad de la conversación, en la que se da por sobreentendido algún grado de discrepancia con el texto. Responde a una visión “autoritaria” de la lectura, por la que el lector absorbe incondicionalmente lo que lee, sin réplica. Un saludo

  5. abril 27, 2014 11:13 pm

    Me ha gustado mucho el artículo, para mí define perfectamente la profundidad del acto de leer. ¡Saludos!

  6. abril 28, 2014 12:08 pm

    Gracias, Carlos. Un saludo

  7. Ángel Saiz permalink
    abril 30, 2014 10:53 pm

    Muy interesante tu artículo, Jaime. Como decía Cervantes, la lectura debe divertir e instruir, entretenar y enseñar. Cuántas novelas “best-seller” de nuestros días nos divierten pero nos dejan como antes. Por otra parte, cuantos lectores, como tú mismo dices, hoy en día alimentan sus mentes a base de “cómics” insustanciales y de periódicos y revistas intrascendentes. Mi padre decía: “El libro es el mejor amigo”, con lo cual quería inculcarnos a todos sus hijos que la lectura es tan vaiiosa y enriquecedora como lo es la verdadera amistad.

  8. mayo 1, 2014 10:28 am

    Gracias, Ángel. “Deleitar enseñando”. En la época de Cervantes no se estilaba el verbo “entretener”, que es un poco bobo, como tampoco “divertir”, que de tanto uso, casi mejor tirarlo a la papelera. Claro que muchos no habrán escuchado (o leído) en su vida el verbo “deleitar” y, si lo escuchan alguna vez, seguro que no se molestarán en buscar su significado en el diccionario.

  9. junio 3, 2014 12:28 am

    Muy buen artículo. Tienes una mente brillante.

  10. junio 3, 2014 10:05 am

    Gracias, Rafael. Un saludo.

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  1. La industrialización de los libros, de la lectura y de los lectores

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