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El miedo del marqués de manos demasiado largas que confraternizó con los nazis

abril 8, 2014

El jueves 16 de diciembre de 1965 la prensa española publicaba la noticia del fallecimiento el día anterior en su casa de Madrid del periodista y escritor César González-Ruano a los sesenta y cuatro años. El diario La Vanguardia lo anunciaba a página completa: En la muerte de un gran periodista. Junto a la noticia, aparecían tres necrológicas firmadas por amigos y compañeros del gremio. En un artículo contiguo a éste, el académico Joaquín Calvo Sotelo decía del difunto que había nacido “acaso fuera de su época, bueno para el Renacimiento y aun para el fin de siglo”. El XIX, naturalmente.

Según el cronista, la sala de su vivienda donde acudían quienes iban a dar el pésame a la familia tenía “aire de recogido museo”. Incluso describe algunos objetos: sobre un paño de pared, “una colección de cabezas de muñecas; luego, una cabeza de mujer firmada por Mariano Benlliure; dibujos y óleos de pintores conocidos y de otros bisoños”, una figura de bronce y un plafón decorado “con viejas llaves, herrumbrosas”.

César González-Ruano

César González-Ruano

Con el título Rodeado de muerte, el escritor Luis Romero hacía una curiosa revelación en su obituario: “Ahora que ha muerto definitivamente puedo decirlo en voz alta: Siempre le vi rodeado de muerte por todas partes (…) Sus mejores, más primorosos artículos fueron los necrológicos o aquellos en que trataba de la muerte ajena que era un poco la propia”. En otro pasaje destaca que se le adivinaba distante de las cosas y de las personas, “escritor y hombre en pretérito”.

También el periodista y amigo del difunto, Manuel Pombo Angulo, en su necrológica titulada Un perfil romántico aludía a la afinidad de González-Ruano con la muerte: “Tantas veces saludó a la muerte, que nos parece que ha muerto sin sobresalto”. Luchaba contra ella “pero sólo desde el punto de vista literario”. Pombo Angulo recordaba que escribió una biografía del marqués de Sade porque, claro, “amaba estos temas” y era “un tremendista lírico, un dramático sentimental”, un  dannunziano impregnado de malditismo, como Verlaine y Oscar Wilde. Además, cultivaba cierta tendencia “a contemplarse en el espejo” porque, como había dicho en una ocasión con una frase resultona, similar a tantas de las que escribió, los espejos “acaban siendo nuestra imagen”.

Oscar Wilde

Oscar Wilde

La afición decorativa rebasaba el lenguaje profesional, propagándose por el interior de las casas, como se deduce de los objetos que adornaban el piso donde murió. Pombo Angulo no se olvidó de subrayar esta faceta. Además de decorar su palacio de Cuenca “con sillares y escudos ajenos, pero rebosantes de personalidad y recuerdos”, tenía una amplia colección de tabaqueras de oro, que aumentaba con los años.

El periodista redondeaba el perfil romántico del finado con una confidencia. Cuando fue enviado de corresponsal a Berlín en 1942 heredó la casa de la avenida Kurfürstendamm en la que vivió González-Ruano. Era un piso “de muebles pesados y despacho oscuro, sobre cuya moqueta, según decían, se quitó la vida su antiguo dueño, un judío especializado en Schiller”.

En el tercero de los obituarios, César de la amistad, prez de una profesión, Juan Ramón Masoliver coincide con sus colegas al mencionar la colección de pitilleras de oro que lució el difunto, un comentario que le llevó a revelar que ganó mucho dinero. Pero como “tenía las manos demasiado largas, manos de marqués”, por supuesto, estaban siempre abiertas para la amistad, el capricho y “una querencia de fantasioso coleccionista”. Masoliver retornó al motivo del oro, aunque apuntando en otra dirección:  era portador de “una leyenda dorada”, si bien “de oro viejo, casi negro”.

González-Ruano fotografiado por Català-Roca

González-Ruano fotografiado por Català-Roca

La página del diario en la que se publicaron estos artículos necrológicos incluía un recuadro con la publicidad de un taller de joyería en el que se fabricaban alianzas de oro, medallas en oro, pendientes de oro y pulseras de oro. Siempre con la palabra oro en letra negrita, por si quedaba alguna duda. Al insertar esta publicidad, se supone que involuntariamente, el periódico rendía un homenaje al difunto elogiado por sus amigos escritores. El oro había sido una de sus aficiones favoritas, además del coleccionismo de antigüedades, alhajas y pitilleras -era un fumador empedernido-, también de oro. Y el alcohol.

Estos tres obituarios, recargados con la retórica y las mentiras a las que el propio difunto fue proclive desde su juventud, dicen más de lo que parece de su vida y manera de ser. Precisamente para ahondar en ella, sobre todo en los años en que el periodista ejerció de corresponsal del diario Abc, entre 1933 y 1943, primero en la Alemania de Hitler,  luego en Roma (1936-1939) y en el París ocupado por los nazis, acaba de publicarse el ensayo El marqués y la esvástica (Anagrama).

Portada del libro  de Rosa Sala y Plàcid García-Planas

Portada del libro de Rosa Sala y Plàcid García-Planas

Sus autores, Rosa Sala Rose, ensayista experta en cultura alemana y el nacionalsocialismo, y el periodista Plàcid Garcia-Planas, se detienen en uno de los detalles del obituario de Pombo Angulo: aquel en el que, de pasada, refiere la anécdota del suicidio sobre la moqueta del “judío especializado en Schiller”, en el piso que ocupó al llegar a la capital alemana y en el que hasta entonces había residido su amigo González-Ruano.

Así como para quien redactó la necrológica este dato representaba un adorno, “una nota escrita en passant que liquida la existencia de un hombre”, los autores del libro se propusieron indagar en la identidad del suicida, de quien, “según decían”, se quitó la vida no sabemos cómo ni por qué, puesto que el autor del obituario omitió cualquier información al respecto, remitiéndose a la vaguedad del rumor anónimo.

“La muerte de un judío no pesa nada –comenta Rosa Sala- Ni siquiera en 1965. Sirve como complemento decorativo para honrar al muerto que verdaderamente importa, César González-Ruano, el primero que pisó la moqueta después del suicidio” del judío anónimo.

Pero como ni Ruano ni su amigo, ambos periodistas y, por tanto, profesionales de la curiosidad, se molestaron en formularse las seis preguntas básicas que mueven incluso al reportero más bisoño ante un suceso inexplorado -quién, qué, dónde, cuándo, por qué y cómo-, Rosa Sala se propuso hacerlo en su lugar.

Rosa Sala Rose y Plàcid García-Planas, autores de "El marqués y la esvástica"

Rosa Sala Rose y Plàcid García-Planas, autores de “El marqués y la esvástica”

Con este propósito viajó a Berlín para investigar en el archivo regional. Sus pesquisas no arrojaron el resultado deseado y el inquilino que más se aproximaba al perfil del suicida, un joyero  de setenta y cinco años, salvó la vida gracias a un exilio apresurado nada menos que a Shanghái, ciudad a la que fueron a parar unos diecisiete mil judíos como él, huyendo de Hitler.

Esta investigación ejemplifica el modus operandi de los autores de El marqués y la esvástica. Sin perder de vista el itinerario vital de Ruano en sus años de corresponsal, despliegan la lupa por las incidencias, a veces tangenciales pero siempre significativas, que rodearon ese itinerario confuso, ahondando en la intrahistoria de aquella Europa enloquecida por el miedo.

El título del libro alude al marquesado que Ruano arrancó al depuesto Alfonso XIII durante su estancia en Roma y su vinculación con el símbolo del régimen nazi, que identificaba a sus portadores como miembros de una nueva casta de potentados, marqueses de pacotilla que, sin embargo, se las arreglaron para convertirse en dueños de la vida y las propiedades de millones de personas, robando y asesinando a mansalva sin perder la compostura burocrática.

Retrato de Alfonso XIII en el que se aprecia un notable parecido físico con su devoto admirador González-Ruano

Retrato de Alfonso XIII

Aunque para el propio Ruano y para quienes redactaron sus necrológicas, el marquesado de Cagigal –tal era el nombre del título nobiliario- respondía a una pose literaria, en realidad constituía una pieza importante en la construcción del personaje público en la que, asaetado por el deseo de fama, se embarcó, o más bien se enredó, desde sus comienzos en la carrera periodística y literaria.

A lo largo de su vida, Ruano escribió unos 30.000 artículos, crónicas y entrevistas. Del oficio periodístico decía que era como “tocarle los cojones a los ángeles”. “Mañana habrá que levantarse y escribir seiscientas pesetas siquiera. Y pasado, lo mismo. Tal vez sea esto el verdadero estilo literario”, anotó en el Diario íntimo. Estaba convencido de la volatilidad de sus columnas. Resumió su concepto del periodismo en una frase amarga para alguien que persiguió el éxito a toda costa y sin mirar a quien le pagaba: “Esta profesión lleva en el tuétano la maldición del olvido”. Él sabría por qué lo decía. ¿Qué quedaba de esa obra prolífica, escrita entre café y café, con la premura de la necesidad de dinero para costearse sus lujos de sibarita?

Casi cuarenta y cinco años después de su muerte, González-Ruano es un autor poco leído en España. La prosa de campanillas, elaborada a base de frases alambicadas y efectistas, tiene sus admiradores y coleccionistas. Menos de los que ellos creen, por suerte para la literatura.

Ruano en 1932

César González-Ruano en 1932

La posteridad literaria encierra paradojas que escapan a los interesados en promocionarla. Por lo que respecta a Ruano, la leyenda de su vida parece haber succionado su obra, pero no aquella “leyenda dorada, de oro viejo, casi negro”, a la que aludía su amigo Pombo Angulo, sino la otra, la negra y real que escamoteó a los lectores en sus Memorias y Diario en los últimos años, aunque la alimentara con los rumores que hacía circular en reducidos ámbitos literarios, con la certeza de que nadie le recriminaría nada y que, a lo sumo, se correría el tupido velo que las circunstancias históricas hacían aún más tupido.

Es posible incluso que quienes a principios de los años sesenta escuchaban sus testimonios observaran con admiración a aquel personaje con aires de cosmopolita, que había estado en el ojo del huracán de la Europa de los años treinta y cuarenta, llevando una vida de marqués intrigante. Quizá ninguno de sus contertulios se atreviera a preguntar.

Mientras en un país tan próximo como Francia la leyenda misteriosa que rodeaba al periodista famoso hubiese desembocado con toda probabilidad en una investigación policial y el pertinente enjuiciamiento criminal, en la España de Franco, donde antiguos gerifaltes nazis se instalaron cómodamente en la Costa del Sol, se veía normal que Ruano jugueteara con su leyenda ante amigos y contertulios.

Rosa Sala y Plàcid García-Planas sí han descorrido en su libro el velo ciertamente tupido que cubría esa leyenda a partir de los interesantes testimonios recabados y de algunas preguntas. Para ello han visitado veinte archivos de ocho países europeos.

Leon Degrelle fue uno de los dirigentes nazis que murió en España

El dirigente nazi Leon Degrelle fue juzgado en Bélgica “in absentia”, siendo condenado a muerte por colaborar con los alemanes. Protegido por Franco, murió en Málaga en 1994 a los 87 años

El punto de salida de su investigación es el periodo en el que, durante su estancia en París, el marqués de manos demasiado largas desvalijaba las casas de judíos que habían huido de la persecución nazi, vendiendo en el mercado negro los muebles y obras de arte para pagar sus caros vicios. Pero las fechorías no terminaban ahí. Bajo un nombre tan falso como su marquesado y sus crónicas periodísticas, captaba a judíos deseosos de escapar de la Francia ocupada, haciéndose pasar por agregado cultural de la embajada española.

Tras cobrarles muy caro el pasaje, los ponía en contacto con una falsa red de evasión, cuyos miembros transportaban a los fugitivos en camiones desde Toulouse a Andorra y ahí, en plena noche, los masacraban para robarle sus pertenencias.  Rosa Sala y Plàcid García-Planas, que comenzaron su investigación a raíz del testimonio del ex miembro del maquis e historiador Eduardo Pons-Prades,reconocen no haber podido demostrar que Ruano actuase de esta manera, a sabiendas de que los judíos a los que engañaba serían asesinados o capturados por la Gestapo.

Después de la guerra, el gobierno francés lo condenó a veinte años de trabajos forzados “por inteligencia con el enemigo”. Pero González-Ruano no cumplió esa pena. En 1943 regresó a España y retomó su brillante carrera como cronista.

González-Ruano en su domicilio

González-Ruano en su domicilio

En cuanto a su actividad periodística, no dudó en violar los códigos deontológicos, trabajando al dictado del Ministerio de Propaganda nazi, del que cobraba. Sus artículos destilaban un antisemitismo furibundo que en España resultaban chocantes hasta para la propia Falange. En el diario Abc describió a Hitler como “hombre simple y genial, encarnación exacta de nuestro tiempo, como un ángel con gabardina y bigote que se coge las alas todos los días en la puerta de las cervecerías de Múnich”. Parece que la palabra “ángel” era una de sus predilectas. Angel en llamas es el título de un libro de sonetos que publicó en 1941.

En otro artículo exigía a la embajada de España en Berlín que denegara el visado a los miles de “mangantes de Israel” que, asustados por la esvástica, empezaban a hacer maletas. El desvalijador de casas ajenas tildaba de mangantes a los judíos propietarios de esas mismas casas que habían tenido que huir de sus poderosos perseguidores. También en este punto Ruano demostró ser un alumno aventajado de sus jefes nazis, habituados a acusar a sus enemigos de las fechorías que ellos cometían a lo grande y con absoluta impunidad.

Ante la  primera quema de libros organizada por Goebbels frente a la Universidad de Berlín, escribió: “Otros lamentarán que ardieran [Erich Maria] Remarque y [Emil] Ludwig. Yo no”. “Inquisidores rubios y risueños” llamó en sus Memorias (1950)  a las hordas de jóvenes nazis que arrojaron los libros a las piras.

Los autores de El marqués y la esvástica recuerdan que en sus cuatro años italianos, Ruano siguió cultivando “la cursilería totalitaria”. Eran artículos que rebasaban la prestación de los servicios por los que le pagaban sus jefes en el Ministerio de Goebbels y en la legación alemana en Madrid. Ese antisemitismo brutal en un momento en que la vida de los judíos europeos pendía de un hilo, revelaba mucho más que la condición de un tipo sin escrúpulos morales.

Jóvenes alemanes arrojando libros a la hoguera el 10 de mayo de 1933

Jóvenes alemanes arrojando libros a la hoguera el 10 de mayo de 1933

En las crónicas antisemitas de Ruano se percibe la misma convicción que en otros contemporáneos suyos –intelectuales o no- a los que la judeofobia imperante les sirvió de chivo expiatorio para neutralizar la inseguridad personal que procuraban encubrir con mistificaciones de diverso pelaje. Desde la segunda mitad del siglo XIX, la ideología antisemita calaba en individuos procedentes de la burguesía en declive, la misma a la que pertenecía el periodista, que acusaban a los judíos asimilados de intrusismo social.

Los cambios socioeconómicos que siguieron a la Primera Guerra Mundial acentuaron el sentimiento de desarraigo en muchos de estos individuos. El violento resurgir del antisemitismo en aquellos años dentro y fuera de Alemania se explica por el poder del que, lamentablemente, disponían para difundir su discurso imprimiéndole respetabilidad con la excusa del miedo al bolchevismo.

Cuando eran artistas, intelectuales, como Ruano, o personas cultivadas, estos individuos tendían a identificarse con tiempos pasados en los que ellos imaginaban que habrían brillado con luz propia. Así se entiende el comentario necrológico de Joaquín Calvo Sotelo cuando dice de Ruano que debería haber vivido en los años del decadentismo literario europeo o, mucho más atrás aún, en el Renacimiento; o sea, el lugar común que alimentaba la estética del caballero renacentista o del artista lánguido de fin de siècle, que, como un niño mimado, vivía de las rentas familiares, lucía un marquesado y cultivaba vicios de adolescente caprichoso y perverso.

González-Ruano junto a la duquesa de Alba

González-Ruano junto a la duquesa de Alba

Pero esto es lo que Ruano daba de sí, más la pedrería literaria y un ingenio al servicio del lucimiento y la malevolencia que buscaba ovaciones a la derecha y pataleos a la izquierda. Creo que Rosa Sala se aproxima al meollo del “caso Ruano” cuando argumenta que para éste el antisemitismo y la hidalguía eran inseparables:

“Ruano tiene miedo. Necesita el antisemitismo para reforzar la seguridad en su superioridad innata, en la nobleza natural de su sangre. Y cuanto más reafirmada siente esta convicción, en sus años romanos, más ferviente se vuelve su antisemitismo. Las veleidades de falso marqués y su odio racial se retroalimentan. Esa mecánica psicológica desvela un temor inconsciente a la propia insignificancia”.

La investigadora cita un pasaje de sus Memorias que avala esta tesis. Al recordar su encarcelamiento en la prisión de Cherche-Midi por la Gestapo en 1942, creyendo que con el tráfico de salvoconductos ayudaba a los judíos a escapar de Europa, Ruano anotó que, a medida que contactaba con los policías de la Gestapo, lo que le atemorizaba era

“mi condición intelectual, mi debilidad física, mi ninguna fuerza social y mi ingenio descubierto como un nervio con el bisturí, porque el alemán, que no teme a los adversarios fuertes y elementales, tiene el pánico de la inteligencia en un ser débil, y ese miedo supersticioso y extraño les lleva fácilmente a aplastar a ese individuo al que empiezan a admirar involuntariamente y del que temen que les pueda vencer desde su aparente debilidad. Esto es gran parte lo que les pasaba con los judíos. Este peligro me hizo temer seriamente por mi suerte.”

Tropas alemanas desfilando por los Campos Elíseos

Tropas alemanas desfilando por los Campos Elíseos en junio de 1940

Rosa Sala cree que la proximidad de la muerte volvió a Ruano más reflexivo y menos radical. Fue entonces cuando se preguntó por su identidad bajo la sombra de la duda, como se desprende de un pasaje de su Diario íntimo que no había destinado a la publicación:

“¿Y uno qué es? Yo conozco bien mi genealogía. Subo por mis árboles genealógicos bastante lejos (…) Hay en mis gustos circunstancias sospechosas: el horror a la sangre que me hace huir de la mujer si pienso en ciertas cosas, la cobardía mezclada con la audacia, esta necesidad casi morbosa de gustar, de ‘caer bien’ a quien sea”.

Esa constante indagación en “la dignidad orgullosa del origen”-como escribió en su ensayo dedicado a Baudelaire- concuerda con el narcisismo patológico del que adolecía el personaje, tan preocupado por el prestigio de su identidad como por explotar a los demás en cuanto se le presentaba la ocasión.

Por cierto, Ruano salió intacto de la prisión de Cherche-Midi, después de delatar a sus compañeros de cárcel -presos antifascistas-, fingiendo un trato amigable con ellos. Una vez que se hubo aclarado el malentendido, la Gestapo lo tachó de simple estafador de judíos, coincidiendo así con un informe de la policía política de Mussolini. La maquinaría criminal de Hitler reprobaba las interferencias de marrulleros como Ruano, por mucho entusiasmo ideológico que manifestaran. Había que robar y matar con seriedad germánica. Las manos demasiado largas del marqués tenían poco que hacer ante las garras afiladas y también largas de la Gestapo, que, a pesar de todo, lo puso a su servicio.

En El marqués y la esvástica sus autores han desenterrado la historia de un periodista al que podríamos calificar de anti-Ruano. Su nombre: Antonio Bermúdez Cañete, expulsado de Berlín por los nazis cuando era corresponsal del diario católico El Debate, bajo la acusación de no informar en la dirección adecuada. El día en que Hitler se hizo con la Cancillería envió a Madrid una crónica en la que definía el nacionalsocialismo como un movimiento “que lucha por un ideal enraizado en la patria”.

El periodista Antonio Bermúdez Cañete

El periodista Antonio Bermúdez Cañete

El embajador alemán en Madrid catalogó a Bermúdez Cañete de “extraordinario amigo de Alemania”. En otra crónica comentaba que “viendo que la campaña semítica mundial sigue contra Alemania, los ciudadanos del Reich, poco hechos a sufrir las calumnias de la Internacional de Sión, anuncian esta noche por bocas oficiales que se defenderán de los judíos boicoteando sus negocios”.

Pero el fervor ideológico se vino abajo ante la realidad insobornable que Bermúdez presenciaba con sus ojos. Pronto denunció cada vez con más fuerza el hostigamiento de los nazis al sector crítico de los católicos alemanes. “Y, a partir del dolor católico, entendió el dolor judío”, concluyen los autores de El marqués y la esvástica.

Bermúdez no sólo no se calló sino que empezó a denunciar también el acoso a los judíos y las calumnias que se propagaban contra ellos. El 2 de enero de 1935 reveló en una crónica haber sufrido constantes ataques de los “extremistas del racismo”. En la embajada estaban nerviosos.

Bermúdez Cañete con su mujer y su hijo

Bermúdez Cañete con su mujer y su hijo

La gota que colmó el vaso se produjo a raíz del artículo en el que afirmaba que, como a Hitler se le notaba la voz muy ronca, “la gente anda diciendo que padece un cáncer en la garganta”. A la semana siguiente un policía se presentó en su domicilio para entregarle la orden de expulsión en ocho días, por “actividades contra el Estado”. Todavía en su última crónica informaba de que Goebbels manipulaba a las masas y denunciaba que en Múnich se promovía una campaña demagógica de boicot contra los judíos.

En 1933 el periodista antinazi había ayudado a Ruano a situarse en Berlín. Pero la amistad no impidió que éste se prestara ahora a desacreditarlo a cambio de dinero. El mismo día en que Bermúdez Cañete dictaba por teléfono su última crónica desde Berlín, Ruano publicaba en el diario madrileño Informaciones el artículo encargado en su contra por la embajada alemana, firmado con el pseudónimo César de Alda y bajo el título “Cuentos de los corresponsales de todos los países en cualquier país”.

González-Ruano se quejaba de que en los últimos tiempos se hacía “prácticamente imposible la imparcialidad, el puro amor y el alegre deber de lo objetivo”. A renglón seguido afirmaba que sobre “el esfuerzo y triunfo del nacionalsocialismo alemán, en cuya victoria tenemos que ver los occidentales siquiera el levantamiento de una barrera o bastión frente al avance soviético, se cierne una labor interesada que procura el descrédito del régimen que libremente se dio Alemania”. Entre los culpables señalaba sin nombrarlo a Bermúdez Cañete, es decir, “la oposición equivocada (…) de quienes con un expediente personal irreprochable combaten el régimen nacionalsocialista”.

Portada del diario madrileño "Informaciones" en la que se informaba del derrumbamiento del régimen nazi en abril de 1945

Portada del diario pronazi “Informaciones” con la noticia del suicidio de Hitler

Diputado de la CEDA, una coalición de derechas, el 20 de agosto de 1936, a un mes del estallido de la Guerra Civil, Antonio Bermúdez fue asesinado en una calle céntrica de Madrid, tras resistirse a las patrullas republicanas que se disponían a ejecutarlo. Entretanto, González-Ruano se paseaba por la Roma fascista tratando de arrancarle un marquesado al destronado Alfonso XIII y escribiendo loas al régimen de Mussolini.

De vuelta a los obituarios publicados por los tres amigos de Ruano al día siguiente de su fallecimiento, ¿cómo interpretar las menciones que se hace en ellos a la familiaridad del finado con la muerte? Muerte, museo, coleccionismo de petacas de oro, atracción por las antigüedades –muebles, cuadros, armaduras y joyas-, llaves herrumbrosas, “escritor y hombre en pretérito”. Se percibe en esa atracción por objetos muertos, que para él tenían mucho más valor que las personas, algo que excede la simple manía.

Esta peculiar faceta suya me ha recordado al cuento de Maupassant La cabellera. Narra la historia de un hombre “roído por un Pensamiento, como una fruta por un gusano” y una locura “obstinada, agobiante, devoradora”. Hasta se parecía físicamente a Ruano: “muy delgado, el pecho hundido y el vientre plano”, sólo que sin las manos demasiado largas del falso marqués. Siendo rico de joven, se aficionó a tantas cosas que no se “podía apasionar por nada”. A pesar de haber tenido amantes, “jamás  sintió su corazón enloquecido de deseo o su alma herida de amor después de la posesión”.

González-Ruano, en la cama de su casa, rodeado de algunas de las antigüedades que le gustaba coleccionar

González-Ruano en la cama de su casa, rodeado de algunas de las antigüedades que le gustaba coleccionar

Buscaba muebles antiguos y objetos viejos. Podía pasarse horas mirando un reloj del siglo XVIII. “¡Era tan bonito, como su esmalte y su oro cincelado!” Le atraía el pasado y le hubiese gustado detener el tiempo. Le asustaba el presente “porque el futuro es la muerte”. Cada vez que compraba una antigüedad, se entregaba “a la luna de miel del coleccionista”.

Intuyo que, al igual que este personaje, Ruano se sintió desde muy pronto asediado por el miedo y que la obsesión de su vida fue defenderse de él a cualquier precio. En sus Memorias describe un sueño repetitivo que le perseguía desde hacía años: se encuentra dentro de un castillo o fortaleza, o en su propia casa, defendida con “fosos, grandes muros, puertas con muchos cerrojos, barricadas” y “gentes adictas, como guerreros”, que montan guardia. Se siente “poderosamente defendido. Voluptuosamente defendido”. Sería “casi imposible” asaltar la fortaleza donde duerme.

Cuando el instinto de defensa nacido del miedo se transforma en obsesión, no hay límites que frenen sus secuelas en quienes caen en sus redes: mezquindad, felonía, atrofia moral, en definitiva. Ante la presencia de una tiranía instigadora de ese ruin instinto, no dudarán en ponerse a su servicio. Un ejemplo lamentable de ello fueron los numerosos casos de artistas y escritores, como González-Ruano, que colaboraron con el régimen nazi.

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6 comentarios leave one →
  1. abril 8, 2014 8:12 pm

    Interesantísimo y serio artículo. Enhorabuena.
    Un saludo
    Ramón

  2. abril 8, 2014 10:49 pm

    Muchas gracias, Ramón. Un saludo

  3. Ángel Saiz permalink
    abril 10, 2014 6:27 pm

    Muy bueno tu artículo, Jaime. ¡Cuántas “personalidades” podrían ser apeadas de su pedestal oficial, gracias a investigaciones serias como la de Rosa Sala Rose y Plàcid García-Planas, autores de “El marqués y la esvástica”. Y eso, en todos los paises, en todos los tiempos y dentro de todas las ideologías. Gracias por este artículo.

  4. abril 10, 2014 7:17 pm

    Muchas gracias, Ángel. Las “personalidades públicas” y publicadas se exponen a lo que buscan.

  5. abril 22, 2014 12:32 pm

    Era un piso “de muebles pesados y despacho oscuro, sobre cuya moqueta, según decían, se quitó la vida su antiguo dueño, un judío especializado en Schiller”.
    Prometedor para la ficción, atroz para la realidad.

  6. abril 22, 2014 7:05 pm

    Ese “según decían” lo dice todo de quien lo escribió y para quien lo escribió.

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