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La Rueda de la Locura

marzo 11, 2014

Al menos desde Freud el término locura está asociado a un cúmulo de enfermedades mentales con nombres de etimología griega. Hace tiempo que pasó a mejor vida aquella generalización que estigmatizaba a las personas con algún trastorno mental, arrinconándolas en la marginación a la que iban a parar quienes se salían de la norma y de su racionalidad visible.

Cuando se conocía la locura exclusivamente por sus manifestaciones más peculiares, y hasta se buscaba su causa en una piedra que nacía dentro del cerebro, por lo que sólo se la curaba si se conseguía extraerla, filósofos y escritores construyeron alrededor de ella una metáfora con la que se intentaban explicar las tendencias irracionales en el comportamiento de los hombres. La locura servía para interpretar los vaivenes incomprensibles de la sociedad humana.

"Extracción de la piedra de la locura," de El Bosco

“Extracción de la piedra de la locura,” de El Bosco

En el siglo XVII se cultivaba una visión del hombre en la que sabiduría y locura se entreveraban. Cien años atrás, en su influyente ensayo Elogio de la locura, Erasmo de Rotterdam se había sublevado contra la arrogancia de la sabiduría escolástica postulándose a favor de la docta ignorancia.

Erasmo recordaba las palabras del apóstol Pablo en la Carta a los Corintios: “Que nadie se engañe a sí mismoSi entre vosotros alguno cree ser sabio en este mundo, hágase loco para llegar a ser sabio, porque la sabiduría de este mundo es locura ante Dios”. También describe una modalidad de demencia consistente en un “alegre extravío mental” que, al mismo tiempo que “libera al espíritu de cuitas angustiosas, lo deja empapado de múltiples placeres”.

Cita el ejemplo de un ciudadano de Argos tan sumamente loco “que pasaba los días enteros él solo sentado en el teatro riéndose, aplaudiendo, divirtiéndose, porque creía que allí se estaban representando asombrosas tragedias, cuando no se representaba nada en absoluto, aunque en los demás quehaceres de la vida se comportaba perfectamente”. Curado de su enfermedad, reprochó a sus amigos que le hubieran arrancado de aquel placer, privándole por la fuerza de “un gratísimo trastorno”.

Esta folía, basada en un aire español, del compositor francés del siglo XVII  Henri du Bailly, recoge la idea de la locura que Erasmo plasmó en su libro:

Yo soy La Locura/ la que sola infundo/ placer y dulzura/ y contento al mundo./ Sirven a mi nombre/todos mucho o poco/ y no, no hay hombre/ que piense ser loco.

Aquí pueden escucharla en la versión del grupo Nova Schola Labacensis:

 

 

Un contemporáneo del célebre humanista de Rotterdam, Michel de Montaigne, se había adelantado a la desconfianza en la razón humana al aseverar que “nuestro velar está más dormido que el dormir; nuestros sueños valen más que nuestras razones”, idea que le conduce a una conclusión inequívoca: “el peor asiento  que podemos ocupar está en nosotros”. Con esta observación, Montaigne se anticipó nada menos que cuatro siglos a Freud al otorgar prioridad a los sueños sobre los razonamientos.

Si la Rueda de la Fortuna simbolizaba la fuerza del azar y del destino, frente a la impotente voluntad de los hombres para transformar la realidad de acuerdo con sus deseos, la locura se erige en doloroso símbolo del trastorno de esa voluntad, que por su arbitrariedad parece emular a la misma Rueda de la Fortuna. Ésta podía golpear a los hombres, pero al menos les quedaba el frágil consuelo de que la voluntad no pudo hacer nada para evitar el golpe.

Estatua de Montaigne, frente a la Universidad de La Sorbona de París

Estatua de Montaigne, frente a la Universidad de La Sorbona de París

Ante la Rueda de la Locura, en la que el azar que movía la de la Fortuna se posesiona de la mente humana, haciéndola funcionar arbitrariamente, los hombres ya no son dueños de sus impulsos y ni siquiera pueden gobernar sus sentidos; de ahí que las sensaciones que experimentan no coincidan con las que sienten la mayoría de los cuerdos.

Las inquietantes reflexiones del filósofo del Barroco acerca de la extrema subjetividad en la percepción de la realidad por el individuo solitario, sumiéndolo en la incertidumbre, encuentran su justificación en la locura humana. El loco es el ser más desdichado porque no puede compartir las sensaciones, sentimientos, impulsos, pensamientos o fantasías que le embargan. Cuando intenta compartirlas con los cuerdos lo toman por demente y procuran alejarse de él o aislarlo ante un imprevisible acceso de locura.

La Rueda de de la Fortune. Imagen de las miniaturas de "L'Hortus Deliciarum", de Herrade de Landsberg, siglo XII, que se conserva eb la Biblioteca Nacional de París

La Rueda de la Fortuna. Imagen de las miniaturas de “L’Hortus Deliciarum”, de Herrade de Landsberg, siglo XII, que se conserva eb la Biblioteca Nacional de París

Sin embargo, en otro sentido la locura puede servir de máscara en situaciones en las que peligra la vida, como por ejemplo, bajo el yugo de una tiranía política (no así en una dictadura totalitaria, en la que el loco es un desecho humano, siendo exterminado antes incluso que el enemigo político y racial). Se trata del viejo truco de hacerse el loco para sobrevivir. Más vale simular que uno anda mal de la cabeza a que otros se la hagan volar por algún procedimiento taxativo.

El emperador Claudio, enfermizo, tartamudo y desde la infancia considerado estúpido incluso por su propia madre, escapó de las mortales conjuras cortesanas alimentando la fama de chalado que le endosaron desde su juventud, aunque parece que finalmente sucumbió al veneno de su última esposa, Agripina, la cual prefería ver a su hijo Nerón en el trono antes que al hijo de Claudio, Británico. También el príncipe Hamlet tuvo que hacerse el loco para huir de las garras de otro Claudio de talante muy distinto de su homónimo romano: su ambicioso y feroz tío, y padrastro del joven después de asesinar a su padre, el rey Hamlet, y desposarse con su viuda madre, Gertrudis.

Busto del emperador Claudio

Busto del emperador Claudio

En la literatura del Barroco la locura se presenta casi siempre como una fatalidad con visos de castigo moralizante que sobreviene a los individuos por haberse encastillado en algún prejuicio sin molestarse en contrastarlo con la experiencia, hacia la que manifiestan un rechazo radical. Entonces la locura los ataca para liberarlos de las energías reprimidas por una realidad ante la cual no pudieron enfrentarse desde la lucidez.

A Cervantes tuvo que atraerle el motivo de la locura lo bastante como para convertirlo en el centro del Quijote. En sus personajes locos la demencia se manifiesta a través de una monomanía consistente en la repetición extemporánea de palabras, gestos e incluso acciones alrededor de una especie de leitmotiv, fundamentalmente cuando el individuo encuentra en una circunstancia externa alguna asociación, por remota que sea, con el objeto de su monomanía. El motivo más frecuente de ésta era el derivado de un amor no correspondido.

Así les sucedió a los cuatro ejemplares de locos a los que Cervantes dio vida en sus obras: Tomás Rodaja, en la Novela Ejemplar El licenciado Vidriera, y en el Quijote, Cardenio –un “desengañado” que sufre virulentos accesos de locura mezclados con su monomanía-, Grisóstomo –otro “desengañado” que termina suicidándose por no ver satisfecho su deseo de ser correspondido por Marcela, una joven que sólo desea llevar una vida independiente-  y el propio Don Quijote, quien amó durante doce años, si bien de forma platónica, a una tosca vecina de su aldea, Aldonza Lorenzo,tratándose, por tanto, de una relación no correspondida.

Entierro del pastor Grisóstomo, por Manuel García "Hispaleto" ( Sevilla, 1836- Madrid, 1898)

“Entierro del pastor Grisóstomo”, por Manuel García “Hispaleto” ( Sevilla, 1836- Madrid, 1898)

En El licenciado Vidriera el joven estudiante de Leyes Tomás Rodaja enloquece tras ingerir un hechizo que le suministró la mujer que se había enamorado locamente de él, en señal de venganza por haberla rechazado. La monomanía de Tomás Rodaja, que puede interpretarse también como un castigo por eludir los caprichos del amor, manteniéndose firme en su “rocosa voluntad”, como un nuevo José ante la mujer de Putifar, se manifestó en la absurda creencia de que estaba hecho de vidrio y en el consiguiente temor a fracturarse alguna parte de su cuerpo por el efecto de un golpe fortuito proveniente del exterior.

Sin embargo, el Licenciado Vidriera, que es como Tomás Rodaja fue apodado por sus paisanos, pronto empezó a proferir sabias sentencias durante sus paseos por las calles y plazas de Salamanca, su ciudad natal, que asombraban a los cuerdos y lo hicieron famoso. Como en Don Quijote, en Tomás los negros nubarrones de la locura son iluminados ocasionalmente por los deslumbrantes rayos de la lucidez.

Pero no era esa clase de fama, entre respetable y sarcástica, la que había buscado. Parecía como si el destino se estuviese burlando de él al mostrarle una caricatura de todo lo que había deseado para sí cuando se hallaba en sus cabales y creía controlar no sólo su presente sino su porvenir, gracias a la confianza que le inspiraba el dominio que ejercía sobre la razón y que le llevaba a conducirse con mesura y en concordancia con la promesa que se había forjado: eternizarse en el ejercicio de las letras.

Grabado de la Novela Ejemplar "El licenciadro Vidriera", en una edición de 1816l

Grabado de la Novela Ejemplar “El licenciado Vidriera”, en una edición de 1816

Hasta que un buen día el joven se curó de su dolencia por la intervención de un fraile especialista en estos casos, reincorporándose posteriormente a la universidad, donde terminó la carrera de Leyes. Tomás Rodaja recupera la razón, pero le persigue la fama de sabio tocado por el genio de la demencia. Quiere ser el de antes, pero nadie le hace caso, al contrario que cuando estaba loco y llenaba las plazas. En su condición de letrado adopta un apellido nuevo, Rueda, sinónimo del anterior y también significativo para una vida tan azarosa como la suya.

Como el recuerdo de su pasada identidad de Licenciado Vidriera estaba ya firmemente arraigado en la memoria de quienes lo conocieron como tal, no tiene otra alternativa que la huida, una nueva -la tercera- metamorfosis que no recuerda en nada a las anteriores.

El azar le deparará otra sorpresa, esta vez en forma de regalo, cuando descubre la salida que anhelaba en el recuerdo de su encuentro con el capitán de infantería Valdivia, quien, al relatarle las ventajas de la milicia -ocultándole los duros inconvenientes-, le hizo dudar de la utilidad de las letras como instrumento infalible para alcanzar la inmortalidad. Una vez más el personaje halla la solución a su vida donde no la ha buscado, casualmente, como antaño la locura.

Incendio del Ayuntamiento de Amberes en 1576 durante el saqueo de las tropas españolas en Flandes

Incendio del Ayuntamiento de Amberes en 1576 durante el saqueo de las tropas españolas en Flandes

Así pues, decide enrolarse en el ejército y marchar a la guerra de Flandes, hastiado de las injusticias que encuentra en la Corte y renunciando, como Don Quijote, a los libros, a las tertulias y a las disputas literarias. Al menos en el ejercicio de las armas puede mostrar vivamente sus virtualidades sin la trampa ni el engaño de la retórica, la hipocresía, el servilismo, la corrupción o las peleas bizantinas. En Flandes muere valientemente. Después de semejante itinerario, Tomás Rueda revive el dicho popular que circulaba entre los españoles de los siglos XVI y XVII: “España, mi natura; Italia, mi ventura, y Flandes, mi sepultura”.

Es al final de su agitada vida cuando se comprende el cambio de apellido Rodaja por el sinónimo de Rueda, y que resume el sentido de la historia: la biografía de un individuo nacido para criado, pícaro o vagabundo, pero al que el destino reservó numerosas mudanzas: desde servidor de los poderosos protectores que lo acogieron y le pagaron sus estudios en la Universidad de Salamanca, luego el viaje por varias ciudades de Italia, alentado por el capitán Valdivia, pasando por su fatal relación con la vengativa joven enamorada, hasta su posterior locura, curación, estancia en la Corte y, a raíz del desengaño que le produjo ésta, su participación en las guerras de Flandes, donde habría de morir combatiendo como un valiente soldado.

Grabado de una edición de El Licenciado Vidriera que representa a Tomás Rueda despidiéndose de la Corte y de camino hacia Flandes

Grabado de una edición de “El licenciado Vidriera” que representa a Tomás Rueda despidiéndose de la Corte y de camino hacia Flandes

La entreverada locura de Tomás Rodaja-Rueda se parece un poco a su vida: un revoltijo de experiencias contradictorias. Por tanto, locura como símbolo de mudanza, aventura, peregrinación, aprendizaje, paradoja e ironía del destino, y tal vez de la vida misma, en la que las circunstancias y el azar gobiernan la existencia del individuo, más que su voluntad y raciocinio. Tomás quería ser dueño de su destino en todo momento, pero al final el destino se adueñó de él. Cuando intentó adelantarse a éste por medio de la “rocosa voluntad”, el resultado fue nada menos que la pérdida (parcial) del juicio. Ansiaba perpetuar su memoria por el ejercicio de las letras; sin embargo, será en el ejercicio de las armas donde deje un recuerdo imborrable. Si durante la primera parte de su vida representó el papel de sabio-loco, en la segunda representará el de respetable hombre de acción.

En Tomás Rueda y en Alonso Quijano la milicia, símbolo de la vida activa, constituye un fin, y los libros, en tanto que símbolos de la representación de esa vida, un medio, e incluso un accidente. Pero así como en El licenciado Vidriera el personaje logra la fama por sus hazañas bélicas en Flandes, donde muere batallando como un héroe, en el Quijote, el que fuera la caricatura de un valeroso caballero andante en las postrimerías de su existencia, muere de viejo en su lecho, reconvertido en el anodino hidalgo Alonso Quijano, aunque consciente de la fama inmortal alcanzada en un libro por su ficticio alter ego y fundada no en hazañas reales sino en las imaginadas por su mente enloquecida. ¿Presintió Cervantes que él también alcanzaría una fama análoga a la de su criatura, gracias también a un libro, justamente aquél en el que le dio vida?

"Muerte de Don Quijote", grabado de Gustave Doré

“Muerte de Don Quijote”, grabado de Gustave Doré

Al igual que en Don Quijote, en Tomás Rueda subyace una profunda desilusión. Después de todo, su proyecto de eternizarse por las letras ha fracasado, como Don Quijote fracasó en su anhelo de triunfar como caballero andante en una época en la que éstos ya no existían más que en los anacrónicos libros de caballerías y en la imaginación de sus lectores.

Cervantes transfiere a su personaje la añoranza de los años en la milicia, como si hallara en la aventura guerrera un contrapeso a los fracasos en el mundo pacífico, con sus juegos de intereses mezquinos. En el Quijote retorna a la nostalgia de la vida aventurera, asociada a la milicia, aunque esta vez dependiente de la ficción literaria. De ahí la singular mezcolanza de aventura y metaliteratura que se aprecia en la novela  y que nos invita a reflexionar acerca de los vínculos entre la realidad y la ficción, la vida y su representación artística, el realismo y la fantasía literaria.

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4 comentarios leave one →
  1. Ángel Saiz permalink
    marzo 11, 2014 6:59 pm

    ¡Qué interesantes tus reflexiones, Jaime, sobre la lectura, la locura, la metaliteratura, la ficción y la realidad! Así como en tu anteiror artículo llamabas la atención sobre lo absurdo del mundo virtual de las nuevas tecnoloogías (a las que tan enganchados estamos hoy en día) en éste incides en la gran dosis de evasión (evasión supeditada a la imaginación) que subyace en la lecutra de libros literarios, para volver a la realidad después de su lectura. Pero, preguntas (o pareces preguntar): “¿Vuelta a la realidad o a la ficción de realidad”. Porque, corrigiendo a Quevedo, “la vida es un sueño”. NOTA: Si fuera “sueño” estaríamos todos agotados, más que dormidos. ¿Pero, es que no estamos dormidos? ¿Dormidos o locos? Gracias por abrirnos la mente a tantas posibles interpretaciones.

  2. marzo 12, 2014 8:53 pm

    Gracias Ángel, por el comentario. La Rueda de la Locura y la Rueda de la Fortuna, tal para cual, nos recuerdan los límites de nuestra voluntad. Buen ejemplo de ello es la vida azarosa de Tomás Rueda.

  3. marzo 20, 2014 1:09 am

    Hola:

    Me he tomado la libertad de nominar tu blog al premio Dardos. Si te interesa, puedes ver la nominación aquí: http://pablotassani.wordpress.com/2014/02/21/nominado-al-premio-dardos/

    Saludos desde Uruguay.

  4. marzo 20, 2014 10:13 am

    Muchas gracias, Pablo, por la nominación del blog al Premio Dardos. Un saludo desde Madrid.

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