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Malos tiempos para la realidad (no virtual)

marzo 4, 2014

Hace poco me llamó la atención una fotografía difundida en una red social, acompañada de este comentario: “Hecho insólito: un hombre fue sorprendido mirando al mundo real en el andén de una estación”. La foto recoge el momento en el que un grupo de personas, la mayoría jóvenes, aguardan la llegada del tren en el andén de un apeadero con las cabezas inclinadas y la mirada atenta a las pantallas de sus teléfonos móviles que sostienen en la mano. Al fondo, otro joven mira con la cabeza erguida hacia un punto indefinido. Alguien ha tenido el detalle de hacer notar lo insólito de su actitud trazando un círculo rojo alrededor de su cabeza. “¿Qué vería?”, preguntaba con ironía un internauta. La respuesta es fácil: veía la realidad que lo circundaba.

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Han transcurrido veintitrés siglos aproximadamente desde que Platón concibiera su célebre alegoría de la caverna, más conocida como el Mito de la caverna, que se describe en el Libro VII de La República. El filósofo griego imaginó en un antro subterráneo o caverna a unos hombres encadenados desde su infancia y que, ante la imposibilidad de cambiar de lugar y volver la cabeza, sólo pueden mirar al frente. A su espalda, a cierta distancia y a cierta altura, arde un fuego en un camino escarpado en medio del cual se alza una valla “semejante a la que los charlatanes ponen entre ellos y los espectadores para ocultarles los trucos de las maravillas que les muestran”. Unos hombres pasan a lo largo de la valla portando objetos de todas clases, figuras de seres humanos y animales de madera o piedra, de suerte que todo ello aparece por encima de la valla. Los portadores de estas figuras hablan entre sí o callan.

Lo único que pueden ver los prisioneros son las sombras de esas figuras que, al desfilar a sus espaldas e iluminadas por la luz del fuego, se reflejan  en la pared que tienen delante. Como no han visto otra cosa en su vida, las toman por reales, sin sospechar que pueda existir algo distinto de ellas.

¿Qué ocurriría si se liberara de las cadenas a uno de esos prisioneros y se le obligara a salir fuera de la caverna y mirar hacia la luz solar? En primer lugar, quedaría deslumbrado, tapándose instintivamente los ojos con las manos. Necesitaría tiempo para acostumbrarse a mirar las cosas de una manera completamente opuesta de como las estuvo mirando durante los muchos años en que sólo vio las sombras desfilar ante el muro de la cueva. Al recordar la situación de los compañeros que ha dejado atrás, en la cueva, se sentirá feliz con el cambio que se ha operado en él y apenado por el error de percepción en el que viven aquellos.

Alegoría de la caverna, de Platón, grabado de Jan Saenredam (1604)

“Alegoría de la caverna, de Platón”, grabado de Jan Saenredam (1604)

Platón imaginó la posibilidad de que este antiguo recluso regresara a la caverna para comprobar la reacción de sus antiguos compañeros. Cree que, ante el relato que les hiciera de su nueva experiencia, se reirían de él, reprochándole además haber perdido la vista por abandonar la amada cueva. Más aún, concluirían que si alguien los forzara a salir fuera del recinto para trasladarlos al exterior, habría que apoderarse de él y asesinarlo.

Siempre resulta incómodo que alguien nos altere nuestra visión de las cosas, que nos demuestre con su experiencia que hay formas distintas de percibirlas, como también que hay otros mundos que ver y mirar. Después de mucho tiempo sin tener que elegir entre dos o más opciones, en la creencia de que lo único de lo que disponemos es también lo único que hay en el mundo, cuando un día se nos propone una elección, somos reacios al dilema y preferimos continuar como estábamos.

Con la alegoría de la caverna, Platón quiso exponer su concepto de la condición humana. El antro subterráneo es el mundo visible; el fuego que lo ilumina, la luz del sol; el cautivo que sube a la región superior y la contempla, es el alma que se eleva hasta la esfera de lo inteligible, donde reside la idea del bien que se percibe con esfuerzo, “pero que no puede ser percibida sin concluir que ella es la causa primera de cuanto hay de bueno y de bello en el universo”.

Busto de Platón. Esta pieza data del siglo IV d. C. y es una copia romana de un original griego. Actualmente se encuentra en el Museo Pio-Clementino del Vaticano.

Busto de Platón. Esta pieza data del siglo IV d. C. y es una copia romana de un original griego (Museo Pio-Clementino del Vaticano)

Sin embargo, el uso masivo de las modernas tecnologías audiovisuales parece acomodarse a una interpretación literal de la alegoría platónica, transportándonos a distopías tan inquietantes como las descritas por Ray Bradbury en Fahrenheit 451 (1953) y Aldous Huxley en Un mundo feliz (1932). Imaginemos una sociedad en la que los hombres tienen la mirada encadenada a las micropantallas de sus terminales de telefonía móvil y, para completar el aislamiento de la realidad, se han taponado los oídos con unos auriculares a través de los cuales escuchan la música o las palabras que acompañan a las imágenes que ven en las pantallas.

Nada de lo que ocurre a su alrededor despierta su interés o les llama la atención. Están con un pie en la realidad virtual que perciben en las pantallas y con otro en el mundo real, pero sólo sienten en consonancia con aquella. Por ejemplo, si en las imágenes que les transmite la terminal electrónica se desata la lluvia, abrirán el paraguas, por más que en el mundo real el cielo esté despejado y brille el sol. Si nieva o hace frío, se protegerán con un grueso abrigo, aunque afuera el sol abrase.

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Lo bueno de las distopías es que se puede salir de ellas en cuanto queramos. Pasemos, pues, de la exageración imaginativa a la normalidad de la vida cotidiana. Si usted se encuentra en la calle, paseando, de compras o sentado en la terraza de un café, lo más probable es que a su lado alguien esté haciendo uso de su móvil. Mientras esta persona mantiene la mirada atenta a la pantallita del smartphone y pulsa con las puntas de sus dedos, a una velocidad admirable, las minúsculas teclas, no observa la realidad, “lo que pasa en la calle”, como habría dicho el avispado discípulo de Juan de Mairena. Menos aún estará en disposición de contemplar nada. Ni siquiera sentirá la presencia de otro individuo a poca distancia de ella. Hasta es probable que se esté comunicando con alguien que se encuentra en la otra orilla del océano. Es lo que tienen las modernas tecnologías: al mismo tiempo que nos aproximan a entornos y personas muy distantes, nos  alejan de las que se hallan a unos metros de nosotros.

Por si no lo sabían, esta pericia de los usuarios del móvil para ausentarse de la realidad, incluida la humana, ya tiene un nombre: phubbing. Es una palabra del inglés formada a partir de los vocablos phone snubbing (“desaire”), y que consiste en restar atención a quien nos acompaña para prestársela más al móvil u otros aparatos electrónicos. Antiguamente, semejante actitud recibía un nombre un poco más largo (¡qué se le va a hacer!): falta de educación. A quien la cometía, se le tildaba de maleducado.

Pero los tiempos cambian que es una barbaridad, y un neologismo surgido de la boda desigual entre un término extraído de la tecnología más puntera y un vocablo de los de toda la vida puede hacer que lo que antes era una falta de educación ahora se presente como un código de conducta más. En el haber de los adelantos que experimentamos últimamente figura el arte de conjugar el neologismo con el eufemismo de tal manera que éste casi ni lo parezca. Como hay encuestas para todo, ya disponemos de una a cuento del dichoso nelogismo, según la cual el  67% de los jóvenes reconoce haber hecho phubbing. Además, un 13% de los encuestados confiesa -se supone que sin pudor alguno- que se trata de una práctica habitual para ellos.

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El phubbing ha provocado la aparición de una suerte de liga antiphubbing. Sus promotores aseguran que casi el 90% de los adolescentes prefiere el contacto vía texto que cara a cara y que los restaurantes experimentan exactamente treinta y seis casos de phubbing en cada sesión de cena. También alertan de que este fenómeno puede acabar reduciendo las relaciones sociales al intercambio de mensajes virtuales.

Resulta más fácil conectarse al mundo virtual que adentrarse en las complejidades del real. En éste lo primero con lo que nos encontramos es con nosotros mismos y con el Tiempo (“el Tiempo y yo”, del verso de Antonio Machado). Luego, con los rostros de los demás. Estos encuentros requieren esfuerzo, paciencia, quizá algunas incomodidades y tiempo, por supuesto. Siempre tiempo, nada de “ahora mismo”.

Con la comunicación virtual no hace falta molestarse en mirar el rostro de los demás ni exponer el nuestro a sus miradas. El intercambio instantáneo de mensajes a través del celular ahorra la tensión derivada de la inmediatez, la improvisación y la incertidumbre implícitas en el encuentro personal. No tenemos que rendir cuentas ante el interlocutor de carne y hueso que nos interroga con su mirada, como si atravesara las paredes de nuestra intimidad sin nuestro permiso.

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Julio Camba

En 1917, durante su estancia en Nueva York, el periodista Julio Camba se percató de que el teléfono tenía tiranizada a la ciudad. “No hay aislamiento, no hay tranquilidad, no hay reposo posibles con un aparato telefónico a la cabecera de la cama”. Camba observó el contraste entre las escasas dotes de los americanos para la conversación tête-à-tête y su extraordinaria capacidad para pasarse horas enteras al teléfono. De ahí que concluyera que su forma natural de hablar era telefonear y que su voz no sonaba con auténtica naturalidad más que por teléfono.

El teléfono en Nueva York no era un medio, sino un fin. Nunca se hablaba mientras se pudiese telefonear. Camba confesaba que se había vuelto loco en la ciudad buscando una habitación que no tuviera teléfono. Fue imposible.

“El teléfono es, como si dijéramos, la laringe del americano. No hay habitaciones sin teléfono, como no sea en casas extraordinariamente pobres; así es que uno no puede dormir nunca solo. Duerme con el aparato y, generalmente, el aparato le despierta en lo mejor del sueño”.

A propósito de nuestra relación con el rostro del Otro, el filósofo Emmanuel Lévinas comentó que

“desde el momento en que el otro me mira, yo soy responsable de él sin ni siquiera tener que tomar responsabilidades en relación con él; su responsabilidad me incumbe. Es una responsabilidad que va más allá de lo que yo hago”.

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Emmanuel Lévinas

Lo cierto es que ninguna conversación virtual puede sustituir a la conversación real, cara a cara, en la que el juego de las miradas, de los gestos y de las expresiones no verbales desempeña un papel crucial, siendo lo que probablemente se recuerde más de ella, más incluso que las propias palabras.

El mundo virtual se inicia sólo con pulsar una tecla. A partir de ahí podemos administrar una variedad de recursos. Su principal atractivo es que entretienen al yo y le llenan el tiempo hasta el punto de hacer que nos olvidemos de él. De este modo las micropantallas se convierten  en la ocasión para desentenderse de uno mismo, para enajenarse y darle unas vacaciones al yo cada vez que alguna circunstancia nos recuerda que todavía sigue ahí. La circunstancia más común tiene nombre propio: aburrimiento. Estos artilugios de uso personal e intransferible son los juguetitos diseñados para combatirlo al parecer con garantías de éxito. Se acabó el peligro de encontrarse en una sala de espera, en un vagón de tren o en un autobús de largo recorrido con los brazos cruzados, sin nada que mirar, ni siquiera el paisaje ameno que se estira en el horizonte más allá del cristal de la ventanilla.

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Es verdad que antes de la expansión de las tecnologías audiovisuales, en la era de la imprenta, uno podía encontrarse un vagón de tren abarrotado de viajeros con las páginas del periódico abiertas,  concentrados en la lectura de las noticias. Los trenes eran más lentos que los de ahora y los diarios, por muchas páginas que tuviesen o por numerosas secciones de pasatiempos que incluyeran, se terminaban de leer antes del final del trayecto. Otro tanto ocurría con los libros. Son objetos de duración limitada incluso para los lectores más lentos o distraídos. Pero los productos audiovisuales que ofrecen las micropantallas carecen de límites. Más que oceánico, el mundo de Internet es sideral.

En vez de combatir el aburrimiento con medios propios, haciendo uso cada cual de sus capacidades y de su inventiva -observación, imaginación, pensamiento y memoria-, se espera que sean otros quienes nos arranquen de él. La lucha contra algo tan personal como el aburrimiento –nadie puede aburrirse por nosotros- se ha transformado en un negocio de masas, en el que unos pocos ofertan productos diseñados contra el tedio para ser consumidos por una masa de espectadores en un estado permanente de expectación rayano en la ansiedad.

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Como es lógico, la despersonalización del aburrimiento conduce a la despersonalización  de los medios para combatirlo. Si todos se aburren de la misma manera, se podrá liberarlos del aburrimiento con métodos también similares. El caso es que se habitúen al uso de las terminales y que a la menor ocasión se apresuren a conectarse para comprobar si tienen algún mensaje en el buzón o navegar por la red echando un vistazo a los sitios que comparten con otros muchos internautas. Con ello la adicción está casi garantizada, si bien con los ineludibles límites temporales.

Hace muchos años, en 1935, el filósofo e historiador holandés Johan Huizinga, conocido principalmente por su ensayo Homo ludens, comentó que la mecanización y la organización habían traído “la vida y la muerte”. Si por un lado, “han establecido contacto en todas partes”, creando “la posibilidad de la colaboración, de concentración, de mutuo entendimiento”, a la vez “han provocado la sujeción, la paralización, el entorpecimiento del espíritu”. La por entonces incipiente expansión del cine sonoro le hizo reflexionar acerca del nuevo “arte de contemplar”, del que dijo que “se transforma en habilidad para observar y comprender rápidamente imágenes visuales que cambian a cada momento”, lo que constituye un medio eficaz “para paralizar en la juventud el pensamiento y mantenerla en estado de puerilidad y, además, probablemente, sumergirla en un profundo aburrimiento”.

Johan Huizinga

Johan Huizinga

En una línea de pensamiento crítico que recuerda a la de su contemporáneo Ortega y Gasset, afirmó que

“el hombre se encuentra en un mundo maravilloso, exactamente como un niño de un cuento de hadas. Basta apretar un botón para que la vida venga hacia él (…) El mundo se ha convertido en un juguete para el hombre”.

A la vista de esta realidad, no había que extrañarse de que el hombre se condujese como un niño. Finalmente se preguntaba si esa vida que se le ofrece con tanta facilidad le traería cordura. No, respondía, al contrario.

Volviendo a la fotografía del andén del apeadero que glosaba al principio de la entrada, a mí ese joven que, con la cabeza erguida, mira a su alrededor, rodeado por espectadores concentrados en la pantallas de sus móviles, me recuerda al hombre que abandonó a sus compañeros de la caverna platónica para ascender a la superficie de la realidad y pasear libremente su mirada por los objetos de los que éstos sólo podían ver sus sombras. Desde su privilegiada posición, él es también quien, ante la irrupción de cualquiera de los peligros que, nos guste o no, planean sobre la realidad, puede poner en guardia a sus compañeros. Sin proponérselo, cumple la valiosa función de vigía.

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3 comentarios leave one →
  1. marzo 4, 2014 12:07 pm

    He marcado el post para leerlo con cierta tranquilidad porque el tema me aterra y me fascina a un mismo tiempo. Un saludo.

    ERA…

  2. Ángel Saiz permalink
    marzo 4, 2014 11:42 pm

    No cabe duda de que las nuevas tecnologías de bolsillo están deshumanizando y despersonalizando a los humanos. Antes de ellas, disponíamos de largos ratos para estar en silencio andando, viajando, descansando. Nos oburriríamos o no, pero éramos más humanos porque poníamos en juego capacidades de observación, memorización, análisis… e incluso de conversación con nuestros semejantes. Ahora, “gracias” a estas tecnologías, no solo,nos estamos deshumanizando, sino también despersonalizando: carecemos de contacto con nuestros semejantes (deshumanizando) y perdemos conciencia de nosotros mismos (despersonalizando). El futuro nos dirá hasta qué punto.

  3. abril 19, 2014 11:19 pm

    Reblogueó esto en Los escritos de GatoFenix: su vida.y comentado:
    En algun momento he hechi referencia a esto. Excelente artículo.

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