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Las aventuras de un inglés que vino a España a propagar la lectura de la Biblia

febrero 18, 2014

Los libros de viajes tuvieron una época de esplendor en el siglo XIX, bajo la influencia del Romanticismo. El viajero europeo con sensibilidad romántica se dirige a tierras extranjeras impulsado por el deseo de escapar de la monotonía y el temor a enredarse en la telaraña de una cotidianidad gris. Por tierras extranjeras se entendía regiones o países ajenos a la civilización moderna y a su pujante industrialización.

El ennui se propagaba como una peste medieval entre los jóvenes burgueses. Había que combatir el desencanto que imperaba en casa buscando las ilusiones fuera de ella, cuanto más lejos mejor.  Una de las ensoñaciones favoritas del héroe de Noviembre, la novela que Gustave Flaubert escribió entre 1840 y 1842, con sólo veintiún años, es “volar, irme, partir para no volver, no importa a donde, con tal de dejar mi país; la casa me pesa sobre las espaldas, ¡he entrado y salido tantas veces por la misma puerta!”.

Pero ¿adónde ir? A un lugar en el que pudiera cabalgar a lomos de un camello, bajo un cielo aureolado, con la vista puesta en un horizonte infinito, sobre superficies arenosas ondulantes y sintiendo el vuelo de un águila gravitando sobre su cabeza. Flaubert vería cumplido el sueño de su personaje con el viaje que hizo a Oriente en 1849, empezando por Egipto, junto a su amigo Maxime Du Camp.

Maxime Du Camp, el amigo que compañó a Flaubert en su viaje a Egipto, donde elaboró el primer reportaje fotográfico de este país

Maxime Du Camp, el amigo que acompañó a Flaubert en su viaje a Egipto, donde elaboró el primer reportaje fotográfico de este país

Así como el viajero del siglo XVIII, influido por el espíritu de la Ilustración, observaba el país visitado con el pragmatismo propio del colonizador que pretende reformar sus lejanas posesiones con vistas a la obtención de beneficios prácticos y, de paso, mejorar la vida de la población indígena, el romántico, rehén de su subjetividad,  piensa sólo en satisfacer su imaginación y sus sentidos, deseo que en su propio país ve sofocado por los efectos de la Revolución Industrial de la que no se siente beneficiado y que percibe como un ataque contra sus gustos estéticos.

El viajero romántico busca extrañeza en la región que visita, lo que le lleva a elegir aquellas tierras de las que sabe que son las que menos se asemejan a su país.  El joven Flaubert no viaja a Oriente con la mentalidad del colonizador; por el contrario, él mismo juega a transformarse en un nativo, en un turco cualquiera, para confundirse entre ellos. Con este propósito se deja crecer la barba y se hace afeitar la cabeza, conservando únicamente el mechón prescrito por el Corán. En una carta a su madre fechada en El Cairo, en diciembre de 1849, le dice que han pasado seis días en el desierto,

“durmiendo bajo la tienda, viviendo con los beduinos, comiendo tórtolas, tomando leche de búfalo y escuchando por la noche gañir a los viejos chacales”.

Pese a las diferencias que separan al viajero ilustrado del romántico, ambos parten de su país de origen con un claro sentimiento de superioridad. Después de todo, pertenecen al club exclusivista de los colonizadores.

Fotografía de Maxime Du Camp del peristilo del palacio de Ramsés III (1850)

Fotografía tomada en 1850 por Maxime Du Camp del peristilo del palacio de Ramsés III

La afición a lo exótico del viajero romántico, su preferencia por las culturas de Oriente Medio, halló en España un singular foco de interés. No hacía falta viajar tan lejos para encontrarse con el pintoresquismo que algunos buscaban en países remotos. Bastaba con cruzar los Pirineos, esa muralla natural que mantenía a la península ibérica aislada del resto de Europa en un estado de práctica insularidad.

El tópico se extendió hasta tal punto que algunos viajeros retornaban a sus lugares de origen con la idea que se habían formado de España antes de cruzar la frontera. Se habían paseado por el país con la venda del lugar común en los ojos. Su testimonio sólo contribuía a afianzar el cliché que con Carmen, la novela corta de Mérimée y luego la versión operística de  Bizet, habría de universalizarse.

La literatura de viajes por España experimentó un cambio sustancial con la publicación en 1843, en Londres, de los tres volúmenes  de un libro de título un tanto extraño, además de largo: The Bible in Spain, or the Journey, Adventures, and Imprisonment of an Englishman in an Attempt to Circulate the Scriptures in the Peninsula. Su autor era el agente británico de la Sociedad Bíblica, George Borrow (1803-1881). La obra tuvo una acogida extraordinaria entre el público europeo y norteamericano. El primer año se agotaron seis ediciones de mil ejemplares en tres volúmenes y una edición de diez mil ejemplares en dos tomos. Se reimprimió dos veces en Estados Unidos, siendo traducida inmediatamente al alemán, al francés y al ruso.

Portada del segundo volumen de la edición original de La Biblia en España, fechada en Londres en 1843

Portada del segundo volumen de la edición original de “La Biblia en España”, fechada en Londres en 1843

La fuerza narrativa de Borrow, su talento para ensartar el rompecabezas de historias que componen la crónica de sus andanzas por las distintas regiones, ciudades y pueblos; la amenidad con que cuenta múltiples anécdotas, sin perder detalle, la viveza de  sus retratos, el vigor de las descripciones tanto de sucesos como de escenarios y paisajes, y  la naturalidad de los diálogos que reproduce con individuos de todo género, condición, estamento y oficio,  hacen de La Biblia en España uno de esos libros que ruedan a través de los tiempos y de las sociedades seduciendo a todo tipo de lectores. Robert L. Stevenson fue uno de ellos: lo tenía por uno de sus predilectos. Con razón suele decirse que se lee como un libro de aventuras. Además de la lectura de la Biblia, Borrow admiraba el Quijote y la popular novela picaresca del francés Lesage Historia de Gil Blas de Santillana (1715-1735).

Robert Louis Stevenson

Robert Louis Stevenson

Los otros alicientes que explican el talento narrativo de Borrow son la curiosidad y el que, como él mismo confiesa, su estudio favorito, y “podría decir único”, fuese el hombre. La experiencia viajera y en el trato con individuos de las más variadas costumbres, la aptitud para aprender idiomas -dominaba varios- y la claridad de su objetivo, lo predisponían para una observación distante que le permitía formarse un juicio cabal de la realidad, sin caer en las trampas que tiende la  subjetividad a los viajeros menos expertos.

La Biblia en España no se tradujo al castellano hasta 1921, ochenta años después de que viera la luz. Su traductor, Manuel Azaña,  futuro presidente de la Segunda República, reconoce en un clarificador prólogo que el retraso “no es muy honroso para nuestra curiosidad”. No le faltaba razón: en pocos libros se ofrece un retrato tan lúcido de la sociedad española de mediados del siglo XIX.

Para un país sometido a un aislamiento secular y ensimismado en interminables luchas intestinas, la estancia de viajeros extranjeros deseosos de observar a su población y de penetrar en su mentalidad, constituía una oportunidad en el sentido de que sus habitantes podían disponer de una visión objetiva de sí mismos que no estaban en condiciones de formarse como consecuencia del aislamiento. ¿Quiénes mejor que los de fuera para conocer a los de dentro?

Manuel Azaña, traductor de "La Biblia en España"

Manuel Azaña, traductor de “La Biblia en España”

El conocimiento se forja desde la extrañeza y, asociada a ésta, la distancia. Los españoles apenas podían conocerse por carecer de referentes externos con los que compararse, si excluimos las variantes regionales internas que a lo sumo favorecían lo que Freud denominó el narcisismo de las pequeñas diferencias y un obtuso sentido localista que, además de acentuar el aislamiento, dificultaba la convivencia. El clima de confrontación civil, ya presente en la guerra contra Napoleón entre afrancesados y partidarios de la monarquía desterrada, prosiguió su curso después de ésta, ahora bajo la forma de guerras entre los carlistas, encabezados por el infante Carlos María Isidro de Borbón, hermano del siniestro Fernando VII y partidario del régimen absolutista, y las isabelinas, defensoras de Isabel II y de la regente María Cristina de Borbón.

Hubo que esperar a los intelectuales de la Generación del 98 y a sus descendientes en el siglo XX para que por vez primera unos españoles observaran a sus compatriotas con la distancia necesaria para proyectar sobre su propio país una mirada objetiva, si bien matizada por la parcialidad de quien, además de juez, es también parte. “¡Soy español, español de nacimiento, de educación, de cuerpo, de espíritu, de lengua y hasta de profesión y oficio”, escribe uno de esos viajeros ilustrados, Miguel de Unamuno.

El espíritu regeneracionista surgió de este desdoblamiento que, ante el deplorable estado en el que se hallaba el país, resultaba doloroso para quienes lo experimentaban. Así es como hay que interpretar el lamento de Unamuno, resumido en su “me duele España”. Mientras el viajero inglés o francés volvía a su tierra, dejando atrás aquella España “parda, árida y triste en general” -como la definió Borrow-, el viajero nativo se encontraba más de lo mismo al regresar a su ciudad. 

Miguel de Unamuno fotografiado en una de sus excursiones por Castilla

Miguel de Unamuno fotografiado en una de sus excursiones por Castilla

George Borrow, o Don Jorgito el inglés, el nombre con el que se hizo popular durante su estancia en Madrid, entró en España un 6 de enero de 1836 por la frontera portuguesa con Badajoz, ciudad en la que entabló amistad con unos gitanos y donde comenzó la traducción al caló del Evangelio de san Lucas. Tenía treinta y tres años, era alto y rubio, aunque el cabello se le estaba encaneciendo muy deprisa. A menudo lo confundían con un catalán por su “áspero hablar”.

Saliendo de la localidad fronteriza de Elvas, a lomos de una mula llena de mataduras y algo coja, pero de trote rápido, ansiaba llegar a “la romántica, a la caballeresca y vieja España”. Sin embargo, nada más pisar territorio español, la primera voz que lo saludó fue la de un mendigo que, ceremoniosamente, le pedía “en el espléndido idioma de España” una limosnita por amor de Dios para que yo me compre un traguillo de vino tinto. Más tarde averiguó que el tipo era un borracho perdido que se instalaba todas las mañanas junto al vado del río para sacar unos cuartos a los viajeros y gastárselos por las noches en las tabernas de Badajoz. Pagaba con bendiciones a quien le daba una limosna y maldecía a quien se la negaba.

Retrato de Gorge Borrow, por Henry Wyndhan Phillips en 1843

Retrato de George Borrow, por Henry Wyndhan Phillips (1843)

El país romántico y caballeresco que Borrow ansiaba pisar se parecía bastante al del Lazarillo de Tormes pintado tres siglos atrás por el anónimo autor de la novela picaresca. Aunque se reponía lentamente de los estragos causados por la guerra contra Napoleón, la España con la que se encontró Borrow estaba enzarzada en la primera guerra carlista.

En aquella época los ladrones  y los carlistas se enseñoreaban por los caminos, aterrorizando a los viajeros y cometiendo todo género de atrocidades. No obstante, Borrow era un hombre joven y estaba acostumbrado a la vida aventurera. Pocas cosas lo asustaban. Su plan era hacer en España una tirada de la Biblia en castellano. Lo difícil era obtener permiso para imprimirla sin notas.

Desde la invención de la imprenta no se había editado en España ninguna traducción de la Biblia sin comentarios y notas, y, por tanto, accesible a todos. Al amparo de la fugaz libertad política instaurada por la Revolución de 1820 se imprimió en Barcelona el Nuevo Testamento, en la versión de Felipe Scío, quien había traducido la Biblia  junto con Benito Feliú San Pedro por encargo de Carlos III. Se trataba de una erudita y lujosa versión en latín y en castellano al alcance de pocos bolsillos.

Portadilla de la versión de la Biblia de Felipe Scío, fechada en 1846

Portadilla de la versión de la Biblia de Felipe Scío (1846)

Borrow sabía que, en calidad de protestante, propagar la lectura de la Biblia, ofreciéndola en un formato sencillo y accesible, en un país mayoritariamente analfabeto y católico, era una empresa arriesgada, digna de un Don Quijote british. Empeño y coraje no habrían de faltarle. Las adversas circunstancias se encargarían de poner a prueba estas virtudes en las que Don Jorge estaba suficientemente entrenado por su experiencia en países y regiones tan lejanas como Rusia, donde vivió una temporada antes de visitar España.

En la versión del Nuevo Testamento que publicó Borrow en “un hermoso volumen  en octavo”, basada en la traducción de Scío, se omitieron las notas. Ahora bien, si quería que los libros se expandiesen por el país, no podía limitarse a confiar los ejemplares a los libreros de Madrid. Su objetivo era depositar unos cuantos ejemplares en las librerías madrileñas y luego montar a caballo, con el Nuevo Testamento en la mano, y “emprender la propagación de la palabra de Dios” entre los españoles no sólo de las ciudades, sino también de las aldeas. Borrow  argumentaba a favor de su empresa que allí donde se leían las Escrituras no duran mucho la superchería clerical ni la tiranía. Para ello citaba el ejemplo de Inglaterra, “cuya prosperidad y libertad se deben a la Biblia”.

Lo primero que hizo fue comprar un caballo entero andaluz, “de pelo negro, de mucha fuerza”, capaz de realizar un viaje de cien leguas en una semana con las remesas de biblias sobre sus costillas.  Luego contrató a un criado que lo acompañase. El elegido fue Antonio  Buchini, un hombre inteligente  de origen griego, cuarentón, casado y con hijos. Además de español, Antonio hablaba francés. De este modo podían conversar entre ellos “sin que nos entendieran los curiosos”. Al fin Don Quijote había encontrado a su Sancho Panza.

"La Biblia en España" en una edición de Alianza Editorial

Portada de “La Biblia en España” en una edición de Alianza Editorial

Como confiesa en el prólogo de la obra, no vino a España para hacer turismo ni se consideraba un escritor de libro de viajes. Más aún, si hubiese visitado el país por mera curiosidad o para pasar unos o dos años agradablemente, jamás hubiese dado cuenta detallada de sus  actos. La Biblia en España no era un libro común de viajes, uno más en la lista de los que se publicaron por aquellos años, sino el relato de una “peregrinación” personal. También advierte que, pese a ello, los lectores no encontrarán noticias relacionadas con la religión o la propaganda religiosa.

En efecto, la escritura de La Biblia en España es el resultado de la recopilación de fragmentos del diario que llevó  durante su estancia en el país, así como de las cartas a sus amigos de Inglaterra y a la Sociedad Bíblica, quienes se las prestaron para que hiciera uso de ellas. La idea de escribirlo fue de su amigo el hispanista Richard Ford, quien le aconsejó prescindir de descripciones vagas y erudiciones librescas y que fuese al grano de los hechos y las observaciones. Ford, que conocía bien a los españoles por su estancia de tres años en el país, había escrito un Manual para viajeros por España y lectores en casa, en el que criticaba los tópicos sobre España difundidos por el Romanticismo.

Desde el principio hasta el fin, su travesía por tierras españolas fue “a la deriva”, mezclándose con sus gentes y comiendo el pan y el bacallao con campesinos, pastores, arrieros, carreteros, posaderos, vendedores ambulantes y bandoleros y tratando a pobres maestros de paupérrimas escuelas rurales y, cómo no, a curas de pueblo, algunos hostiles a su misión religiosa. Incluso tuvo la rara oportunidad de conocer a algunos criptojudíos que se atrevieron a revelarle su secreto. Así fue como forjó unas condiciones favorables para penetrar en los “extraños secretos y peculiaridades” de sus gentes y describir sus “maravillas y misterios”.

El hispanista Richard Ford retratado por A. Chatelain en 1840

El hispanista Richard Ford retratado por A. Chatelain en 1840

¿Por qué eligió España, “tierra de olvido”? En primer lugar porque, pese a la catolicidad de su población, sólo el cinco por ciento sabía lo que era el Nuevo Testamento. La lectura de la Biblia se asociaba a tres palabras malditas: protestantismo, judaísmo e ilustración, que los poderes fácticos se encargaban de anatematizar mientras fomentaban la ignorancia, la superstición, el fárrago escolástico y las corridas de toros. Naturalmente, esos mismos poderes tampoco se libraron de los efectos del veneno que inoculaban a la población. La corrupción, la torpeza y la indolencia azotaban por igual a la aristocracia, a los terratenientes y a buena parte del clero.

Al contrario que en los países protestantes, donde la lectura de la Biblia dejó una profunda huella en las conductas sociales y en la creación literaria, en España influyó poco. No obstante, las notables excepciones de Cervantes, Calderón, Pérez Galdós y Unamuno alivian el vacío. La principal fuente de inspiración para algunas de las obras de estos autores -entre las que hay que incluir nada menos que el Quijote– fue el Nuevo Testamento.

Pero, aparte de esta razón práctica, España ocupó siempre un lugar considerable en las ensoñaciones infantiles de Borrow, lo que le animó a aprender su “noble” lengua y conocer su literatura “apenas digna” del idioma, su historias y sus tradiciones. Con este bagaje, reconoce que al entrar por primera vez en el país se sintió  como en casa.  Los cinco años que pasó aquí fueron accidentados, pero también los más felices de su vida.

Cuando escribe el prólogo del libro, lejos del país añorado, siente por él una admiración ardiente, hasta el punto de reconocer que es “el más espléndido del mundo, el más fértil y con toda seguridad el de clima más hermoso”. No se pronuncia sobre si sus hijos son “dignos o no de tal madre”.

Las alforjas [or The bridle roads of Spain], de George John Cayley (1853)

Las alforjas [or The bridle roads of Spain], de George John Cayley (1853)

Entre muchas cosas reprensibles, encontró virtudes heroicas y austeras, y crímenes “de horrible salvajismo”  (decía esto casi un siglo antes de que Antonio Machado escribiera su trágico poema La tierra de Alvargonzález). España era “tierra predilecta de estas dos furias: el asesinato y el robo y de la facilidad con la que los viajeros fatigados e inermes podían ser víctimas suyas”. No faltan agrios reproches a los gobernantes, desde los Austrias, “brutales y sensuales”, a la “estupidez” de los Borbones, haciendo hincapié en la “tiranía espiritual” y en la avaricia de la curia romana. A pesar de ello, alaba la independencia del país.

Su opinión de los españoles en aquellas circunstancias adversas es que “aún no son esclavos fanáticos ni mendigos rastreros”, una situación a su juicio  incomparable con la que sufría Nápoles. En contra de la opinión extendida en la época, desmiente que fuera un país fanático, aunque durante casi dos siglos ejerciese de “Verduga de la malvada Roma”. Fue entre los campesinos donde Borrow halló sus defensores más acérrimos, aunque el Papa siguiera creyendo “que los labradores españoles eran amigos suyos y le querían”.

"La Torre del Oro", David Roberts (1796-1864)

“La Torre del Oro de Sevilla”, por David Roberts (1796-1864). “Yerto, yerto debe estar el corazón que permanezca insensible ante ese paisaje mágico, al que apenas podría hacer justicia el pincel de Claudio [de Lorena]mismo.¡Cuántas veces he vertido lágrimas de arrobamiento al contemplarlo!”, escribió Borrow

La repulsión hacia “la crueldad y la ferocidad que han arrojado sobre su historia un mancha de infamia indeleble”, no le impide reconocer que

“ningún pueblo del mundo muestra en el trato social un aprecio más justo de la consideración debida a la dignidad de la naturaleza humana, ni comprende mejor el proceder que a un hombre le importa adoptar respecto de sus semejantes”.

También observa que en España “nunca se insulta a la pobreza ni se la mira con desprecio”, siendo de los pocos países en los que la riqueza “no es ciegamente idolatrada”. Ni los mendigos besan pies ni los aristócratas encuentran aduladores –excepto algún criado francés- que les recuerden lo importantes que son. Pese a su credulidad, cuando sospechan que los han engañado y que se han reído de ellos, “su sed de venganza no conoce límites”.

Portada del Evangelio según san Lucas traducido en España por Borrow al caló

Portada del Evangelio según san Lucas traducido en España por Borrow al caló

Borrow se percató pronto de que el español genuino no se encontraba  en los puertos ni en las grandes ciudades, sino en los pueblos solitarios y apartados:

“Allí encontrará la gravedad en el porte y la caballeresca disposición de ánimo que se dan como destruidas  por la sátira de Cervantes; y allí oirá, en la conversación de cada día, esas expresiones grandiosas, que son objeto de mofa, como exageraciones ridículas, al encontrarlas en los libros de caballerías”.

En contra de la afirmación de Lord Byron, según la cual la sátira de Cervantes ahuyentó de España el heroísmo, alega que no se conoce mejor a los españoles por haber presenciado una corrida de toros  en Madrid o en Sevilla, o por alojarse en una posada de estas capitales regentada por un genovés o un francés. De su temperamento destaca la “gravedad y calma” y su reserva. Hasta el ladrón puede ser “cortés y afable”, excepto cuando comete el delito. Le llamó la atención el sentido localista de sus gentes, el apego entusiasta a su ciudad del vecino de Pontevedra, que aguarda la menor ocasión para expresar su menosprecio hacia el de Vigo, a riesgo de que la disputa termine en pelea.

Retrato de Lord Byron

Retrato de Lord Byron

En Madrid abrió un despacho en cuyo escaparate colgó un rótulo con el nombre de la Sociedad Bíblica británica, lo cual llamó mucho la atención. Le aconsejaron que lo quitara. Los obispos “ultrapapistas” denunciaron la Biblia, a la Sociedad Bíblica y al propio Borrow, aunque no lograron que fuese expulsado de la capital y de España. Lo acusaron de brujería, de ir en compañía de gitanos y hechiceras, algo que no negaba, por supuesto. Con frecuencia recibía en su alojamiento a gitanos, a los que daba de comer y leía el Evangelio en su propia lengua.

Muchos curas lo tildaban de hereje, acusándolo de “envenenar las almas con libros luteranos”. Hasta fue amenazado por uno de los rufianes de Madrid, los llamados Manolos, con clavarle un cuchillo en el corazón si seguía vendiendo “sus libros judíos”.

El presidente del Gobierno, conde de Ofalia, con el que se entrevisto George Borrow

El presidente del Gobierno, conde de Ofalia, con el que se entrevistó George Borrow

A instancia del embajador británico sir Jorge Villiers, Borrow fue recibido por el presidente del Consejo de Ministros, el conde de Ofalia, quien le confesó que se sentía presionado por la gran masa del clero, rogándole que tuviese calma y paciencia mientras trataba de buscar una solución que le complaciera. También le dijo que los obispos odiaban más a un sectario que a un ateo. Tanto por el aspecto como por la actitud temerosa que mostraba, Ofalia le recordó a un ratón.

A sabiendas de la demanda de la traducción al caló del Evangelio de san Lucas, y en menor medida de la versión al eusquera de Oteiza, poco tiempo después una tropa de alguaciles se presentó en su despacho con la orden de secuestrar los ejemplares en venta. Pero ¿qué creen que hicieron con los libros? Revenderlos a un precio más elevado, convirtiéndose sin querer en agentes de la Sociedad Bíblica.

Finalmente, fue encarcelado en la prisión de la Corte. Al pasar por la plaza Mayor de Madrid recordó que allí se celebró el último gran auto de fe presidido por el rey Carlos II, quien, después de quemar a treinta herejes, preguntó impávido: “¿No hay más?”, mientras era aplaudido por curas y confesores. Borrow acató su suerte con flema británica e incluso como una oportunidad para conocer el mundo carcelario y de paso propagar el evangelio.

"Auto de fe", de Francisco Ricci (1683)

“Auto de fe”, de Francisco Ricci (1683). El auto de fe representado en este cuadro que se conserva en el Museo del Prado estuvo presidido por Carlos II y su esposa María Luisa de Orléans. Fueron juzgados 118 hombres y mujeres, siendo ejecutados 21, unos estrangulados con el garrote y otros quemados. Los restantes reos fueron condenados a diversas penas

La Biblia en España pertenece a ese género de libros que por cualquier página que se abran siempre despiertan la atención del lector. La forma de contar de Borrow, amena, sencilla, detallada y muy rica desde el punto de vista humano, así como su relato sumario de los hechos y del ambiente en el que se desarrollan, le han asegurado un lugar privilegiado en la historia de la literatura universal.

Como decía Juan Palomeque, el ventero del Quijote, a  propósito de los libros de caballerías, también la lectura de La Biblia en España “quita mil canas”, transportándonos a aquellos tiempos en que la simple narración de historias y anécdotas bastaba para que el lector, contagiado por la curiosidad y el espíritu de observación del narrador, olvidase momentáneamente sus preocupaciones, rejuveneciendo incluso.  Tiempos aquellos en los que el relato escrito convivía con el oral, de tal manera que un analfabeto como Palomeque podía disfrutar de una narración en la misma medida que quien, alentado por el gusto de compartirla, se la leía en voz alta.

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6 comentarios leave one →
  1. Ángel Saiz permalink
    febrero 18, 2014 9:30 pm

    Precioso el escrito, Jaime. Yo he leído el viaje de España de Richard Ford, en una edición facsímil (creo que son 5 libros) de una edición del S. XIX, y está escrito en la línea de George Borrow. Es una delicia leer a esos viajeros del S. XIX. Precisamente por lo que dices: que nos permite vernos con los ojos de un observador imparcial, venido de fuera. Gracias por “descubrirme” a George Borrow, buscaré su edición de “La Biblia…” de Alianza Editorial

  2. febrero 19, 2014 8:46 pm

    Muchas gracias, Ángel. Richard Ford fue el mejor consejero que pudo encontrar Borrow para su plan de escribir un libro sobre su estancia en España. Creo que “La Biblia en España” es un libro de viajes extraordinario porque no nació con esa intención. Borrow no vino a España para escribir el típico libro o diario de viaje. Es que donde menos se espera, salta la liebre.

  3. Javier de Navascués permalink
    febrero 23, 2014 11:22 pm

    Muchas gracias; tenía noticias de Borrow por la reseña que hace de él Menéndez y Pelayo, que lo habla leído todo, en su Historia de los heterodoxos. Claro que don Marcelino lo hace desde su posición particular, pero es muy divertido cómo lo expone.

  4. febrero 24, 2014 9:58 am

    Acertó al decir que la obra era “tesoro de recreación y mina de pasatiempos”. Como los libros que perduran, pienso que la clave de “La Biblia en España” reside en el relato mismo, en el lenguaje, más que en sus opiniones sobre la sociedad española de la época, aunque hay que reconocer que algunas son muy atinadas. No hay más que mirar a nuestro alrededor para comprobarlo. Un saludo.

  5. marzo 7, 2014 1:33 pm

    Very well done, Mr Fernandez! It rarely happens that an article on George Borrow is practically faultless. In the name of the George Borrow Society (yes, that exists in eccentric England! See http://georgeborrow.org/home.html), my gratitude for the promotion of a wonderful book.

  6. marzo 7, 2014 8:48 pm

    Thank you very much.¡Larga vida a Don Jorge y a “La Biblia en España”!

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