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Cuando la anécdota no quiere ascender a categoría

febrero 4, 2014

Las últimas páginas de la novela de Flaubert La educación sentimental se han hecho célebres por la anécdota aparentemente banal que su protagonista, Frédéric Moreau, rememora ante su amigo de juventud Deslauriers: cuando veintisiete años atrás, un domingo, los dos se presentaron en el lupanar de una conocida prostituta, apodada la Turca. El narrador matiza que se trataba de “un lugar de perdición que proyectaba en todo el distrito un aura fantástica”.

Los dos adolescentes cogieron cada uno un ramo de flores en el jardín de la madre de Frédéric, decididos a pisar por vez primera aquella casa de turbia fama. Nada más llegar, Frédéric le ofreció su ramo a la dueña, “como un enamorado a su novia”. Pero “el calor, la inquietud ante lo desconocido, una especie de remordimiento y el placer de ver a tantas mujeres a su disposición, le emocionaron tanto que se puso pálido y permaneció inmóvil y silencioso”.

Ante semejante muestra de confusión, las mujeres se enzarzaron en una riña. Creyendo que se burlaban de él, el chico huyó, siguiéndole al instante su amigo (porque Frédéric era el que tenía el dinero). Según el narrador, a raíz de este incidente “se armó una, que tres años después aún no se había olvidado”.

Portada de la primera edición de

Portada de la primera edición de “La educación sentimental”

Una vez que los dos amigos rememoraron aquel lejano episodio, sentados ante el fuego de la chimenea, Frédéric confesó que eso “es lo mejor que nos ha ocurrido en nuestra vida”. “Sí, tal vez. Es lo mejor que hemos tenido”, asintió Deslauriers.

La anécdota encierra una doble ironía: la derivada del propio episodio –el contraste entre el lugar en el que se desarrolla y la confusión del adolescente y la posterior fuga, con el amigo corriendo tras él- y la disparidad entre ese final anodino de la novela, desprovisto de todo romanticismo, y el historial de ilusiones narrado en las quinientas páginas anteriores. En los casi treinta años transcurridos hasta ese momento, Frédéric Moreau, al igual que su amigo, no sólo se adaptaron a París –los dos provenían de la provincia- sino que vivieron amores apasionados, alimentaron aspiraciones de éxito social, participaron en debates políticos y hasta lucharon en las barricadas a favor de la Revolución de 1848, la misma a la que se opuso Schopenhauer, ofreciendo las ventanas de su casa de Fráncfort a los guardias austriacos para que abriesen fuego desde allí contra los insurrectos.

El relato inesperado de esa anécdota mínima, digna de un cuento de Maupassant, fue el golpe que completó el desmoronamiento de los sueños de juventud, y entre cuyos escombros brilló con luz propia, como esas pequeñas verdades a las que la mentira, con su falsa aureola, hace sombra mientras tiene donde sostenerse, pero que en la hora del derrumbe emergen de la oscuridad desvelando el nido de engaños que se escondía bajo su manto retórico.

Barricada en la rue Soufflot, París, 24 de junio de 1848, del pintor Horace Vernet

“Barricada en la rue Soufflot, París, 24 de junio de 1848”, del pintor Horace Vernet

Ahora bien, si aquel día en que, sentado junto al fuego de la chimenea con su amigo Deslauriers, Frédéric no hubiese rememorado el episodio de la visita que hicieron juntos al lupanar de la Turca, éste habría sucedido en vano en sus vidas y entonces sí que se habría revelado insignificante. Una anécdota que se agota en su acontecer, aun cuando se recuerde, si no se cuenta, tiene pocas posibilidades de germinar. Necesita el suelo fértil de la palabra para que fructifique, se expanda y tenga garantizada la supervivencia a través de la transmisión.

Se recuerda la anécdota que irrumpe en el cuadro de la normalidad cuando y donde menos se la espera, como la confusión de Frédéric en el lupanar, donde tendría que haber exhibido su audacia de seductor en ciernes ante aquellas damas naturalmente receptivas a ese papel, pero que, ante la confusión del muchacho, se sintieron desconcertadas, mirándose unas a otras sin saber cómo reaccionar. Su singularidad hace que no se la olvide y que, incluso después de años de silencio, renazca en la memoria. Por eso no hay tantas anécdotas como parece. Basta con volver la vista hacia nuestro pasado; seguro que encontraremos pocas dignas de ser rememoradas.

El escritor André Maurois debió de reparar en ello cuando observó que las anécdotas “son tan raras que los siglos se las transmiten”. Probablemente se refería a esa clase de anécdotas que exceden el ámbito del hecho histórico recopilado por el cronista. Se trata más bien de la anécdota que, narrada con la palabra, la imagen y hasta la música, ha perdurado a lo largo de los siglos en la memoria de las generaciones. Un recorrido por la historia de la pintura occidental nos sorprenderá por la reiteración de los motivos que inspiraron a los artistas -como los calvarios, por citar un ejemplo, o el limitado repertorio de leyendas entresacadas de la mitología grecolatina. En el terreno de la creación musical el tema con variaciones constituye uno de los géneros más frecuentados por los compositores.

André Maurois

André Maurois

La historia de la literatura –sobre todo el género de la ficción- se resume en un anecdotario ameno. Numerosos narradores empiezan (o terminan, como Flaubert en La educación sentimental) sus relatos con alguna anécdota a partir de la cual despliegan una historia de largo recorrido. La primera gran novela moderna, el Quijote, arranca con el relato de una anécdota inolvidable por su excentricidad que, a pesar del tiempo transcurrido desde que aconteció, fue rescatada casualmente del olvido en el que yacía: la historia de un pobre hidalgo entrado en años que, de tanto leer libros de caballerías, decide una mañana de julio transformarse él mismo en un caballero andante y abandona la anónima aldea natal con el propósito de revivir las mismas aventuras de estos personajes.

La literatura popular se nutre de un rico anecdotario, historias minúsculas por las que no pasa el tiempo, aunque lleven mucho tiempo entre los hombres, y cuya voz narradora, pese a su anonimato, transmite una impresión de cercanía y de autenticidad, como si estuviese a nuestro lado. Un exponente representativo de esta literatura es el almanaque de Johann Peter Hebel, titulado El cofrecillo de joyas del amigo renano de la casa, que comenté en la entrada de 8 de enero de 2013.

Portada de la edición de 1814 del

Portada de la edición de 1814 del “Cofrecillo de joyas del amigo renano de la casa”

En un mundo saturado de abstracciones y generalidades rimbombantes, de ideas al por mayor, de eufemismos, de estadísticas, de cifras mastodónticas, en las que los seres humanos se confunden con los números, y donde la repetición machacona de nimiedades pretende dotarlas de la importancia de la que carecen, el relato de la anécdota minúscula y llena de sabiduría reconcilia a quien lo escucha con su escueta humanidad. En la isla perdida de lo anecdótico el individuo se siente persona, reconociéndose como si regresara a su querido hogar después de un viaje largo, pesado y agotador que quizá no valió la pena emprender y del que lo mejor fue el retorno.

Una anécdota no es un suceso, ni siquiera un hecho. Es algo más reducido, más liviano también, sin un antes ni un después, y que no deja más consecuencia en la realidad que la huella de su relato, felizmente transmitido durante un tiempo. La palabra anécdota proviene del francés anecdote y parece que se introdujo en España en el siglo XVII. Su etimología deriva del adjetivo griego ἀνέκδοτον, que significa “no publicado”. Sin embargo, constituye una paradoja que, como indica su etimología griega, la anécdota suceda en el ámbito privado y termine por divulgarse, convirtiéndose incluso en vox popupli.

Un retrato poco conocido de Gustave Flaubert aproximadamente en 1850, cuando contaba 28 años. Daguerrotipo 10×8 cm.

Retrato poco conocido de Gustave Flaubert, fechado aproximadamente en 1850, cuando contaba 28 años. Daguerrotipo 10×8 cm.

Después de muchos años, Frédéric Moreau rememoró con alegre espontaneidad ante su amigo y testigo el episodio prostibulario de su adolescencia, pero seguro que al principio lo recordaría avergonzado, esperando que jamás traspasara las fronteras del lugar y del momento en que sucedió. El inconveniente de las anécdotas, de natural indiscretas, es que no hay manera de evitar su propagación. Siempre habrá algún testigo inoportuno que se ocupe de divulgarlas a los cuatro vientos para disfrute de quienes las escuchen o lean.

Esto me trae a la memoria otra anécdota entresacada de la película Bananas, de Woody Allen. Se trata del episodio en el que un cliente con pinta de intelectual (papel interpretado por un juvenil Woody Allen) se dispone a comprar una revista pornográfica en un quiosco de prensa. Abochornado por la adquisición, intenta camuflarla entre otras cuatro revistas sesudas para que el vendedor apenas repare en ella.

Pero he aquí que en el momento de cobrarla, el hombre no se acuerda de su precio, por lo que tiene que preguntárselo al compañero que se encuentra en la otra punta de la tienda, mencionando a voz en cuello el temido nombre de la revista en cuestión: Orgasmo, por supuesto. Como en esta vida todo es susceptible de empeorar, la inoportuna sordera del interpelado le obliga a precisar a voces que un cliente está interesado en adquirir la revista de marras. Sintiéndose delatado, el comprador salió del apuro con una excusa más o menos intelectual, adobada con la previsible dosis de puritanismo.

Para el vendedor del quiosco el que un cliente comprase una revista pornográfica era algo relativamente normal; para éste (y para muchos como él) representaba una experiencia fuera de la común, rayana en el delito, por lo que no podía comprender la naturalidad con la que era tratado por el vendedor en el momento de hacer aquella arriesgada compra. Sin duda, de los dos, el más afectado por la disparidad de los juicios y sensaciones que los separaba, era el cliente, aunque sólo fuese porque era también el único en percatarse de semejante disparidad.

No hay forma de silenciar una anécdota jugosa que echa a volar en contra del deseo de sus protagonistas. Que no esperen su retorno. Ya no les pertenece. De ahí que muchas de ellas se adentren en la nebulosa del rumor, de la “leyenda urbana” y de la mentira que, de tanto repetirse, se transforma en artículo de fe.

Durante años en España circuló la anécdota de que en su remota juventud de anarquista, Azorín –entonces conocido por su nombre de pila, José Martínez Ruiz-  salía a la calle luciendo un paraguas rojo (se supone que sólo cuando llovía) para manifestar su inconformismo con la sociedad burguesa y provinciana. Mirando las fotografías que se le hicieron de viejo cuesta imaginarlo con el dichoso paraguas rojo en la mano, por más que la reiteración de la leyenda obligara a creerla. Pues bien, para decepción de quienes la creyeron, el propio Azorín tuvo que desmentirla. En su vida jamás lució un paraguas rojo, aunque en la memoria de las generaciones se grabase esa imagen que nadie pudo ver con sus ojos.

Azorín retratado por Ramón Caas

Azorín retratado por Ramón Casas

Qué juego daba comparar al Azorín viejo, doméstico y domesticado, posando para el fotógrafo en su casa del Madrid provinciano de los años sesenta, sentado en un sillón de orejas con paños de ganchillo en el respaldo, y entre tediosos muebles de salón de burguesía castiza, con aquel imaginario Azorín juvenil e indócil que se paseaba por las calles con un paraguas rojo. Esta anécdota espuria demuestra que la anécdota no tiene por qué ser auténtica. Puede tratarse de una invención con visos de verosimilitud. Es suficiente con que resulte creíble. Al contrario que el hecho, no necesita de la demostración, aunque, como hizo Azorín, si los afectados lo desean, pueden desmentirla.

Decimos de algo que es anecdótico cuando no se puede insertarlo en un todo coherente y cerrado. Desde este punto de vista, la anécdota sería como un eslabón perdido. Así fue como el historiador de la literatura Arnold Hauser interpretó el episodio final de La educación sentimental:

“La nulidad absoluta de esta experiencia, su perfecta trivialidad y vaciedad, significan que siempre falta un eslabón en la cadena de nuestra existencia, y que cada pormenor de nuestra vida está lleno de un sentido puramente subjetivo”.

Para Hauser esta es la explicación de que Flaubert extrajese al azar un recuerdo anecdótico del pasado de su héroe y que incluso lo calificase como lo mejor que probablemente tuvo en su vida. Con estas palabras seguramente quiso decir también que esa experiencia olvidada hasta entonces por su aparente trivialidad era lo único que merecía la pena que perdurase en el recuerdo, al contrario que las pasiones grandilocuentes que tanto le hicieron sufrir para nada y que más le valía olvidarlas porque hasta carecían de un relato ameno.

“Boulevard Montmartre”, de Camille Pissarro

Después de todo, Frédéric Moreau no sólo rescató la anécdota de la memoria sino de la marea del tiempo en la que se extravían tantos recuerdos. No somos dueños absolutos de nuestros recuerdos, como tampoco lo somos de los sueños que tenemos dormidos. La memoria es caprichosa. Los recuerdos afloran espontáneamente, al albur de alguna asociación de ideas. La anécdota evocada por Moreau a su amigo revela que a menudo los hechos que dejan una huella más profunda en nuestra memoria son aquellos en los que menos intervino nuestra voluntad racional y que probablemente fueron moldeados por alguna circunstancia imprevista.

Todo eso que perseguimos con denuedo y que deseamos alcanzar con la ayuda de nuestra voluntad y algo de suerte, nos consume en la misma medida que el tiempo que invertimos en perseguirlo, sin que nuestros esfuerzos se correspondan con los resultados. Esto explica que las pasiones juveniles se extingan prematuramente, como la propia juventud, en el vértigo de las fatigas y el desgaste, mientras que la anécdota trivial y antirromántica prevalece, presta para ser rescatada del olvido en el momento menos esperado. Porque de jóvenes pensamos que el drama de la vida reside en el frenesí del acontecer vital, hasta que un día nos percatamos de que el verdadero drama es el tiempo en el que transcurre. Sin tiempo no es posible la vida ni las historias que la recorren. La vida termina con el tiempo y éste termina a su vez con ella.

Además, tendemos a creer que las experiencias que más influyen en nosotros son aquellas que zarandean nuestros sentimientos, sobre todo durante la juventud. Tiene que transcurrir bastante tiempo para que nos percatemos de su trivialidad y abramos paso a esas otras que en su día relegamos al olvido por considerarlas insignificantes y, para qué vamos a engañarnos, porque frustraron las irreales expectativas que depositamos en ellas.

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“Salón de la Rue des Moulins”, de Henri de Toulouse-Lautrec (1894)

Sólo sobrevive a la desilusión la periferia menospreciada por la ilusión, la anécdota liviana que floreció azarosamente bajo su sombra, en el último rincón, lejos de su resplandor artificial. Como le dijo Flaubert a su amante Louise Colet, ni las grandes desgracias forjan la desgracia, ni las grandes felicidades hacen la felicidad, sino “el tejo fino e imperceptible de mil circunstancias banales, de mil detalles tenues, que componen toda una vida de paz radiante o de agitación infernal”.

Al igual que en Madame Bovary, en La educación sentimental el novelista expresó a través del itinerario vital de Frédéric Moreau que el sentimiento verdadero no se encuentra en las pasiones románticas, normalmente imitadas de novelas baratas -como las que leía Emma Bovary-, y que cuando abren la boca lo hacen en un lenguaje de escayola. En ambas novelas el sentimiento verdadero está personificado en adolescentes impresionables, como lo fue el propio Flaubert en su pubertad.

En Madame Bovary, Justin, el mancebo de la botica de Homais, siente por Emma Bovary una admiración secreta, muda y no exenta de delicadeza, en las antípodas del falso y charlatán amor que le profesaron sus amantes. En La educación sentimental, la inocencia y el atolondramiento del bachiller Frédéric dejaron fuera de juego a las mujeres del prostíbulo, acostumbradas al trato interesado con hombres.

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Louise Colet

En su autobiografía Poesía y verdad, Goethe desveló una anécdota divertida de su infancia protagonizada por él mismo. Una hermosa tarde en la que toda la casa familiar permanecía en silencio, el pequeño Johann Wolfgang jugaba con los cuencos y potes que le compraron sus padres para que jugara con su hermana, un año mayor que él, en el zaguán enrejado que daba a la calle. No se sabe cómo al muchacho le dio por lanzar una pieza al pavimento, por lo visto con el único propósito de alegrarse al ver cómo se rompía. Los tres hermanos de una familia que vivía enfrente empezaron a palmotear gritándole: “¡Más!”.

Ante semejante estímulo, el chico fue recogiendo uno tras otro los diminutos cuencos, cazuelas y jarras para arrojarlos a la calle. Los vecinos no cejaban en su entusiasmo, que animaba al niño a proseguir con su destructiva tarea. Como la provisión de objetos se acabó y los vecinos seguían jaleándole con sus “¡Más!”, fue corriendo a la cocina y trajo los platos de loza que, al estrellarse, “ofrecían un espectáculo aún más divertido”. El niño iba y venía con un plato detrás de otro, dando al traste con toda la vajilla.

Hasta que en algún momento apareció alguien en la casa dispuesto a frenar aquella orgía de destrucción. Pero el mal ya estaba hecho. Goethe concluye su relato, recordando que, a cambio de tanta alfarería rota, “se consiguió al menos una anécdota divertida con la que sobre todo sus pícaros causantes se deleitaron hasta el final de sus días”.

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Casa natal de Goethe en Fráncfort, reconstruida tras la Segunda Guerra Mundial.

También en el ámbito intelectual, en apariencia poco propicio para la anécdota -no así para el sarcasmo o el ridículo-, ésta puede hallar su momento oportuno. De nuevo el protagonista, si bien en esta ocasión en calidad de oyente, fue Goethe. En una de sus frecuentes visitas a la casa del maestro en Weimar, Johann Peter Eckermann, autor de Conversaciones con Goethe, se encontró un día con el consejero áulico Johann Heinrich Meyer, amigo del ya anciano escritor.

Mientras evocaba su estancia juvenil en Roma, Meyer contó en presencia de Goethe y del propio Eckermann una anécdota jugosa. Una apacible noche de luna llena en que volvía del Vaticano con tres amigos, decidieron cruzar el Tíber con la idea de acortar la ruta hacia la Villa de Malta, donde residían los artistas. Por el camino se enzarzaron en la típica discusión acerca de quién era mejor, si Rafael o Miguel Ángel.

Retrato de Johann Heinrich Meyer

Retrato del consejero áulico Johann Heinrich Meyer, amigo de Goethe

Sin abandonar su animada charla, subieron a una barcaza para cruzar el río. Pronto llegaron a la otra orilla y la discusión continuaba. Entonces uno de los cuatro amigos propuso que no bajasen de la barcaza hasta que las dos partes contendientes se pusieran de acuerdo. El barquero tuvo que dar la media vuelta hacia la orilla opuesta. Pero la discusión se animó aún más, por lo que cada vez que alcanzaban la otra orilla ordenaban al barquero que volviese.

Así estuvieron durante horas, navegando de una orilla a otra del Tíber para satisfacción del barquero que veía cómo se incrementaba su paga. El hombre iba acompañado por un hijo de doce años que le ayudaba en su tarea. Hasta que, extrañado por lo que estaba ocurriendo, éste le preguntó a su padre qué pasaba que aquellos viajeros se negaban a desembarcar. “No sé, hijo mío. Creo que se han vuelto locos”, le respondió. Por fin, para no seguir yendo y viniendo toda la noche, lograron un acuerdo provisional y al fin decidieron poner pie en tierra.

Fachada de la casa de Goethe en Weimar

Fachada de la casa de Goethe en Weimar

Esta anécdota encierra una ironía y una comicidad análogas a las que se aprecian en la que Frédéric Moreau rememoró a su amigo. Hay que imaginarse a esos cuatro artistas alemanes enzarzados a la luz de la luna en una discusión erudita y en un lugar tan poco apropiado como una barcaza destinada a transportar a los viajeros de una orilla a otra de un río, y al barquero y su hijo, que no podían entender el contenido de la discusión que sostenían los viajeros ni la absurda y reiterada instrucción de que cuando alcanzasen la orilla diesen la media vuelta. Su lógica de barquero experto chocaba con la ilógica de sus clientes que, sin embargo, al menos se mostraron lógicos al pagarle el porte de aquel extravagante viaje fluvial.

La inestabilidad de la barcaza sobre el agua era un reflejo de la inestabilidad de las opiniones y juicios sobre la obra de Rafael y Miguel Ángel de quienes viajaban en ella. La dificultad, al parecer insalvable, de que se pusieran de acuerdo se manifestaba en el constante ir y volver de una orilla a otra del río que ellos mismos se impusieron a modo de coacción.

El río Tíber, con la basílica de San Pedro, en el Vaticano, al fondo

El río Tíber a su paso por Roma, con la basílica de San Pedro al fondo

La anécdota rememorada por Meyer a Goethe y Eckermann me lleva a otra: la que describe  Buñuel en su película El ángel exterminador, en la que los invitados a una fiesta privada son incapaces de salir del salón en el que están reunidos, a pesar de que las puertas permanecen abiertas. Ambas situaciones simbolizan la impotencia interior de sus protagonistas; en el caso de los personajes de la película, para desprenderse de sus estúpidos prejuicios de burgueses sin personalidad ni criterio; en el caso de los cuatro viajeros de la barcaza, para conciliar sus opiniones artísticas.

Eugenio d`Ors abogó por elevar la anécdota a categoría, es decir, tomándola como punto de partida para transformarla en una categoría de pensamiento. Quizá pensara que la anécdota peca de limitada e insular, por lo que, si no quiere extinguirse entre sus propias fronteras, deberá ascender al respetable rango de categoría; o que, al tratarse de un relato suelto, sin precedentes y sin consecuencias, con la anécdota no se va a ninguna parte mientras no forme parte de un todo, para lo cual debe diluirse fervientemente en el imperio de una generalización. No se planteó que tal vez la categoría resida en la anécdota, siendo innecesario buscarla más allá de sus límites. ¿Qué sentido tiene utilizarla como medio para un fin distinto que encender la imaginación, hacer reír e incluso dar que pensar?

Eugenio D´Ors

Eugenio D´Ors

Otro escritor también catalán, Josep Pla, discrepaba de la fórmula de D´Ors. No entendía que un autor formado en el siglo XVIII francés defendiera en la literatura la superioridad de la categoría sobre la anécdota, cuando, a su juicio, lo más fascinante de la literatura y la historiografía francesas es la anécdota. “La literatura sin anécdotas no tiene ningún valor”, anotó en su dietario El cuaderno gris.

Pla argumenta que los grandes autores franceses, desde Rabelais hasta Montaigne, pasando por La Bruyère y los moralistas, no han hecho más que contar anécdotas, y Flaubert, Chéjov y Mérimée teorizaron sobre su importancia literaria. Precisamente este último sentenció en una ocasión que de la Historia sólo le interesaban las anécdotas.

Josep Pla

Josep Pla

A juicio de Josep Pla, lo difícil es “describir los hechos, las personas, dar el aire del tiempo”, por lo que aconsejaba que no se prodigasen demasiado las disquisiciones psicológicas, “siempre que no sean ilegibles”. Mencionaba como ejemplo de anécdota la pieza teatral de Molière El avaro, en la que el dramaturgo francés sólo utiliza una vez la palabra “avaro” aunque la avaricia del personaje se desprende de la obra. En otro pasaje de El cuaderno gris anotó que es “mucho más difícil describir que opinar” y que por eso opina todo el mundo.

Después de estas indagaciones en torno a la anécdota, se me ocurre que bien podrían aplicársele las cualidades que Chesterton atribuyó al plomo, “el más humilde los metales”,  que no aspira a ascender a la categoría de oro ni se mira en la plata resplandeciente, pero que “siempre está allí donde  menos se lo ve y donde es más indispensable”, como la quilla de los barcos.

Sustituyan la palabra “plomo” por “anécdota” y verán cómo le cuadra la descripción:

“El grisáceo resplandor  de las tuberías de plomo es verdaderamente hermoso aunque, por lo general, no es frecuente encontrar a ningún esteta contemplándolas”.

Gilbert Keith Chesterton

Gilbert Keith Chesterton

Chesterton prefería este metal porque “no puede doblarse como el acero ni arder como el oro”, cualidades propias “de una parte incansable de la humanidad que no es ni astuta  ni pretenciosa,  que se hunde y desciende con demasiada facilidad, y cuya querencia es, en cierto sentido, hacia abajo”.

Además de estas virtudes, le atribuyó otras: “robusto y  maleable, se dobla  y resiste”. Justamente como la anécdota, que sobrevive durante mucho tiempo en la memoria de las gentes gracias al relato que se hace de ella, transmitiéndose de unas generaciones a otras, sin perder por ello la chispa que entusiasmó a los primeros que la escucharon o la leyeron.

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4 comentarios leave one →
  1. Maia L.B. permalink
    febrero 4, 2014 5:59 pm

    No sé qué decir porque comentar algo así, tan perfecto, es inútil. Yo sólo puedo hacerte una reverencia por esa capacidad brutal que tenés de hacer literatura comparada, a un nivel pocas veces visto, por ese manejo de los meandros de los textos con una maestría que me deja boquiabierta y muda, que me hace sentir ignorante a la vez que me abre el apetito de nuevas lecturas. Impresionante…Un abrazo.

  2. febrero 4, 2014 7:43 pm

    Muchas gracias, Maia, por la lectura y el comentario. Me alegro de que estos textos te lleven a nuevas lecturas o relecturas. A mí también me ocurre algo parecido cuando los escribo. Creo que entre tantas noticias que recibimos por múltiples canales de información, en el fondo estamos necesitados de anécdotas que, como se dice ahora, “pongan rostro” a las personas y a los hechos. Un abrazo.

  3. Ángel Saiz permalink
    febrero 4, 2014 8:39 pm

    Muy bonito tu artículo sobre la anécdota, Jaime. Estoy de acuerdo con Josep Pla (me estaba dando vueltas su opinión acerca de las anécdotas desde qué empecé a leer tu artículo) ” Lo difícil es “describir los hechos, las personas, dar el aire del tiempo”. Efectivamenbte, habrá anécdotas graciosas en si y las habrá anodinas, pero la maravilla está en saber narrarlas con gracia y con técnica narrativa. El Quijote, narrado por un patán… ¿te imaginas? Por eso el Quijote, en teatro o en cine carece de garra. En definitiva, que creo que la anécdota, más que en su contenido, su valor se encienra en saberla contar. ¡Casi nada!

  4. febrero 5, 2014 12:33 pm

    Gracias, Ángel. Pienso que tan necesario es que la anécdota tenga jugo, sustancia, y no se limite al mero chascarrillo, como narrarla con detalle y cierta gracia. Un abrazo

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