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El paraguas, el gran amigo de Kierkegaard y de otros paseantes por el estilo

enero 14, 2014

El paraguas parece un objeto de otros tiempos, cuando llovía más que ahora –porque llovía más, ¿verdad?- y a la gente no le importaba caminar por las calles bajo la protección de la bóveda de lona. Este sencillo pero útil objeto lleva con nosotros mucho tiempo, tanto que se pierde en la noche de los siglos y en la remota China, cuando era más remota que ahora. A alguien tenía que ocurrírsele la idea de inventarlo. La escasa variabilidad de su diseño confirma que no podía ser otro del que ha sido, es y será por otros tantos siglos y mientras haya lluvia y ésta caiga hacia abajo.

"Paraguas", de Renoir

“Paraguas”, de Renoir

Cuando todos los paraguas eran negros, quizá para distinguirlos de su hermana, la colorista y alegre sombrilla -también llamada parasol-, y acomodar la uniformidad del color enlutado al tiempo plomizo y lluvioso, fue objeto frecuente de la contemplación de los poetas, espoleando su fantasía e ingenio. Mitad bastón, mitad murciélago, una vez abierto recuerda a una cayada con alas, dispuesta a volar en cuanto abramos la mano con la que lo sostenemos.

El escritor francés Jules Renard, maestro de la brevedad, lo asoció al murciélago: “El murciélago, que vuela con su paraguas”, reza uno de sus aforismos. Una vez vio un paraguas tan grande que le pareció “un cura en el campo”. A Ramón Gómez de la Serna un paraguas puesto a secar sobre el suelo le recordaba a “una tortuga de luto”. Comparó la simple acción de abrirlo con “un disparo contra la lluvia”.

Ramón Gómez de la Serna

Ramón Gómez de la Serna

Cambian los tiempos y la interminable revolución tecnológica jubila muchos objetos cotidianos que acompañaron a cientos de generaciones, pero el paraguas permanece intacto. Como la lluvia que resbala por su lona, no le afecta el curso del tiempo. Por muchos lavados de cara que se le hagan, por distintos materiales que se apliquen para su fabricación, prevalece su simple estructura de apariencia casi artesanal que lo emparientan con esos otros objetos que hace mucho tiempo pasaron a mejor vida, y alguno que otro que sobrevive a duras penas, como el bolígrafo de muelle. Porque es precisamente el muelle y el dispositivo para sacar y ocultar la punta, que recuerda a la acción de abrir y cerrar el paraguas, lo que une a estos dos objetos.

Si al abrirse, el paraguas dispara contra la lluvia, el bolígrafo lo hace contra el papel en blanco, arrojando la tinta sobre éste, aunque no de forma tan masiva como el pulpo. Claro que algunos escritores abusan del dispositivo y, en vez de escribir, entintan el papel con palabras. El ilustrado Georg C. Lichtenberg los bautizó con el nombre de cacalibri (cagalibros) , en referencia al gramático Dídimo, el gran cacalibri del que habla Séneca y que se cree que escribió 4.000 libros, y al historiador italiano Gregorio Leti (1630-1701), cuya lista de libros publicados sólo puede terminar con un piadoso etcétera. Parece que con bastante fundamento, sus contemporáneos lo tacharon de copión y chapucero. Leti Cacalibri lo llamó Lichtenberg.

En España un ejemplo similar, aunque sin el punto débil de Leti, fue Alonso Fernández de Madrigal (1401-1455), más conocido con el sobrenombre de El Tostado (porque parece que el hombre tenía la tez muy morena) , teólogo y obispo de Ávila. La última edición de la obra completa de este erudito, fechada en 1728, abarca 27 volúmenes. De su prolífica escritura proviene la frase “escribir más que El Tostado“.  Se ve que como ya era conocido por un sobrenombre, sus paisanos no se atrevieron a añadirle otro a cuento de su grafomanía, por lo que finalmente se quedó solamente en Tostado a secas, como es natural. Está enterrado en la catedral de Ávila, en un suntuoso sepulcro de alabastro que -faltaría más- lo representa escribiendo sobre un atril.

Sepùlcro en forma de retablo de alabastro de Alonso Fernández de Madrigal, "El Tostado", en la catedral de Ávila

Sepulcro en forma de retablo de alabastro de Alonso Fernández de Madrigal, “El Tostado”, en la catedral de Ávila

Una de las inconfundibles señas de identidad del paraguas y del bolígrafo remite a su condición de perdularios. Ambos están ligados por el indeseable riesgo de extravío. Detrás de ese afán por perderse y dejarse perder late un común talante aventurero y el mismo deseo de cambiar de dueño, deseo que comparten con los jóvenes desarraigados de las novelas picarescas. ¿Quién no ha perdido alguna vez un paraguas o un bolígrafo, e incluso los dos al mismo tiempo?

En su ensayo literario El telón, Milan Kundera cuenta que en su juventud circulaba por Praga, la capital de los “chistes, anécdotas y chanzas”, una anécdota acerca de la relación de Albert Einstein con el paraguas. El sabio había terminado de impartir una clase en la Universidad de Praga, en la que enseñó durante algún tiempo, y se disponía a salir, cuando alguien le advirtió que llevase el paraguas porque estaba lloviendo:

Albert Einstein con el paraguas

Albert Einstein con el paraguas

Einstein contempla pensativamente su paraguas en un rincón de la sala y contesta al estudiante: “Sepa usted, amigo mío, que olvido muchas veces mi paraguas, por eso tengo dos. Uno en casa y el otro en la universidad. Sí, por supuesto, podría llevármelo ahora, ya que, como usted dice muy acertadamente, llueve. Pero en tal caso acabaría por tener en casa dos paraguas y ninguno aquí”. Con estas palabras, salió bajo la lluvia.

En el mismo comentario de la anécdota de Einstein y sus dos paraguas, Kundera recuerda que América, la primera novela de Kafka, empieza con el motivo del paraguas molesto, “que estorba, que se pierde constantemente”. Karl Rossmann, el jovencito que ha arribado al puerto de Nueva York procedente de la lejana Europa, contempla perplejo la Estatua de la Libertad esgrimiendo no una antorcha, sino una espada, un detalle nada prometedor.

Pero justo en el momento del desembarco, se percata de que ha olvidado abajo el paraguas, por lo que retrocede para recuperarlo, dejando su maleta en manos de un compañero de viaje. Como la puerta de acceso está bloqueada por el gentío, baja por una escalera y se interna en pasillos interminables. Por fin, llama a la puerta de una cabina, donde encuentra a un fogonero, con quien entabla una amigable conversación. Pero al poco tiempo Rossmann se acuerda de que arriba alguien está vigilando su maleta. El fogonero le advierte que pierda toda esperanza de rescatarla. Resulta que por querer recuperar el paraguas, perdió la maleta, no encontró el paraguas olvidado y él mismo terminó extraviándose en las entrañas del transatlántico.

Portada de una edición de 1955 de "América", ilustrada por Edward Gorey novela de Kafka

Portada de una edición de 1955 de “América”, ilustrada por Edward Gorey

De vuelta a Praga y a la tradicional afición de los praguenses por los chistes, el escritor checo Karel Čapek  le dijo a Iliá Ehrenburg en la entrevista que mantuvo con éste en 1935, que seguramente habría oído el chiste que se contaba en Praga de él: que un día soleado paseaba por Priskop con el paraguas abierto y, ante la perplejidad de los viandantes, respondía: “Está lloviendo en Londres”. El chiste estaba justificado. A  Čapek le encantaban las costumbres inglesas, según le confesó a Ehrenburg:

“Por ejemplo, me gusta que los londinenses no se empujen, que en el metro o el autobús no se abalancen unos sobre otros. Probablemente esto se deba a que me gustan los sueños del siglo pasado. Pero ahora vivimos en otra época, la sociedad oprime al hombre, unas naciones se abalanzan sobre otras”.

Por entonces estaba enfrascado en su  novela La guerra de las salamandras en la que satirizaba a las dictaduras nacionalistas que, con la Alemania nazi a la cabeza, se propagaban por Europa y que sólo cuatro años después arrastrarían al continente y al mundo a una nueva guerra.

Karel Čapek

Karel Čapek

Siendo el paraguas un objeto tan personal como el propio bolígrafo, no se lo puede separar del individuo que lo porta. Del paraguas habría que decir lo mismo que del voto: a cada cual el suyo. Dos personas a cubierto bajo un mismo paraguas sólo tocan a la mitad y al final las dos terminan mojándose. En consecuencia, y por molesto que les resulte también, lo mejor es que cada cual camine bajo su paraguas, aunque mientras avanzan bajo la lluvia no puedan sortear el choque de las lonas por las que se deslizan los chorros de agua. Por eso, si se quiere dar un paseo bajo la lluvia, lo más razonable es hacerlo solo. Un paseante, un paraguas.

Al abrigo de ese techo provisional y ambulante el mundo se ve de otra manera. El limitado espacio protector y el tamborileo de las gotas de lluvia en la tela impermeable recuerdan al viandante su fragilidad. El escritor Robert Walser, curtido paseante por las calles de la ciudad y, ya en su madurez, por los alrededores boscosos de Herisau, la localidad suiza en cuyo sanatorio psiquiátrico estuvo internado hasta su muerte, pensaba que bajo un paraguas se esfuma cualquier rasgo de megalomanía.

El bueno de Walser tenía debilidad por el paraguas. Debajo de su lona se sentía como en casa. Incluso en los días soleados no dudaba en dejarse acompañar por él, llevándolo colgado del brazo, como si fuese un amuleto. Estaba convencido de que los paraguas tenían la virtud de atraer el buen tiempo, lo cual se ajusta a una ley un tanto socarrona: si no llevas el paraguas, seguro que llueve; si lo llevas, entonces lucirá un sol espléndido. En otras palabras, a aquel que no tenga un perro al que sacar de paseo, siempre le quedará el consuelo del paraguas. Nuestra borrascosa relación con él se traduce en la tradicional enemistad que mantiene con la memoria; porque una de dos, o bien olvidamos llevarlo con nosotros al salir de casa, bajo un cielo encapotado que amenaza con pillarnos descapotados, o lo olvidamos en cualquier paragüero. Así es como le agradecemos los servicios prestados.

Robert Walser en unos de sus paseos por el bosque, con el paraguas en la mano

Robert Walser en unos de sus paseos por el bosque con el paraguas en la mano

Una vez Walser imaginó a un escritor que, en su costosa tentativa por encontrar un tema para un relato, lo halló en un clavo herrumbroso y viejo de su habitación del que colgaba un paraguas. La visión de  un objeto “viejo y pesaroso” aferrándose a otro de pareja condición, “como dos mendigos que se abrazaran en su fría y desesperanzada desolación, a fin de perecer muy juntos los dos, listos para morir en cualquier momento”, conmovió al escritor, quien quiso dejar constancia de un cuadro tan desolador.

Aquel 25 de diciembre de 1956 en que Robert Walser murió mientras paseaba por un camino del bosque cubierto de nieve, unos niños encontraron su cuerpo tendido, y a poca distancia el sombrero y el paraguas. Se diría que, como un valiente guerrero, murió en combate con su querida e inofensiva arma al lado.

Para Sören Kierkegaard el paraguas era algo más que un útil compañero de correrías: un amigo singular. En una entrada de su Diario íntimo le dedicó una nota a la que puso un título efusivo, “¡Mi paraguas, mi gran amigo!”. El texto es una especie de declaración de amor, con su correspondiente reproche por un amago de infidelidad:

“El paraguas jamás me abandona, sólo una vez me ha traicionado. Soplaba un viento terrible y yo estaba a solas en Kogens Nytorv; ni un alma andaba por las calles cuando, de improviso, se me volvió del revés. No sabía si abandonarlo a su suerte por su infidelidad y volverme misántropo”.

Le había cobrado tanto afecto, que, igual que Walser, lo llevaba con él tanto si llovía como si brillaba el sol. Para demostrar que no lo apreciaba por puro interés, a veces se paseaba por su cuarto con él como si estuviera en la calle. “Me apoyo en él, poso mi barbilla en su mango, lo acerco a mis labios, etcétera”.

Caricatura de la época de Kierkegaard con su paraguas

Caricatura de Kierkegaard con su paraguas

También el poeta Antonio Machado paseaba por las calles de Baeza con un traje negro y no dejaba nunca el paraguas, aunque hiciese sol. Así se lo transmitió al cronista local Juan Pasquau una anciana del pueblo, que recordaba haberlo visto con frecuencia en los siete años, entre 1912 y 1919, en que permaneció en esta localidad de Jaén como profesor de instituto.  

A Fernando Pessoa, otro poeta solitario de la estirpe de Walser y de Machado, la lluvia le sugería reflexiones melancólicas. Una tarde en que su alter ego en Libro del desasosiego, Bernardo Soares, bajaba por la calle lisboeta de Nueva de Almada, se fijó de repente en la espalda del hombre que caminaba delante de él: “Era la espalda vulgar de un hombre cualquiera, la chaqueta de un traje modesto en una espalda de transeúnte ocasional. Llevaba una cartera vieja bajo el brazo izquierdo, y ponía en el suelo, al ritmo de ir andando, un paraguas cerrado, que cogía por el puño con la mano derecha”.

Pessoa, para quien sus sueños eran un refugio estúpido, “como un paraguas contra un rayo”, sintió de repente por aquel hombre algo parecido a la ternura. La ternura

“que se siente por la común vulgaridad humana, por lo trivial cotidiano del cabeza de familia que va a trabajar, por su hogar humilde y alegre, por los placeres alegres y tristes de que forzosamente se compone su vida, por la inocencia de vivir sin analizar, por la naturaleza animal de aquella espalda vestida”.

Aunque no lo comentase, es muy probable que fuera el paraguas cerrado con el que aquel hombre marcaba el paso lo que alumbró en la imaginación de Bernardo Soares/Fernando Pessoa el amago imprevisto de ternura ante una estampa humana tan vulgar.

Fernando Pessoa fotografiado en una calle de Lisboa

Fernando Pessoa fotografiado en una calle de Lisboa

La imaginación más bien peleona de Robert L. Stevenson le llevó a asociar el paraguas a un instinto pacífico. Nacido y criado en Edimburgo, el lugar “con el peor clima del mundo” como lo calificó en una ocasión, estaba familiarizado desde su infancia con la humedad y la lluvia. Así que no tiene nada de extraño que titulase su primera novela El paraguas rojo y que años después escribiera el ensayo La filosofía del paraguas, en el que observó que este objeto constituía una figura simbólica de la civilización moderna, “el Urim y Tumin de la respetabilidad”. Ante la perplejidad del lector, aclaro que Urim y Tumim eran unos objetos que se utilizaban en el antiguo Israel para determinar cuál era la voluntad de Jehová sobre ciertos asuntos relacionados con la nación o sus líderes (Libro del Éxodo, versículos 15-30).

Llevar un paraguas, según Stevenson, era un “síntoma de sobriedad, de juiciosa atención por el bienestar corporal y de desprecio por el simple adorno exterior: en una palabra, todas esas virtudes simples y sólidas que implica la palabra respetabilidad”. Stevenson pensaba que el portador de un paraguas -“esa estructura tan complicada de ballena, seda y caña que se convierte en el propio microcosmos de la industria moderna”- es “un hombre de paz”. Para justificar esta afirmación, argumentó que así como

“un bastón de media corona puede aplicarse a la cabeza de un ofensor ante una provocación muy moderada, una seda de veintiséis chelines es demasiado valiosa para arriesgarla en el fragor de la batalla”.

Robert L. Stevenson

Robert L. Stevenson

Al contrario que Robert Walser, Emily Dickinson no era andariega y tenía por único “compañero de juegos” la escritura de los 1.775 poemas que dos siglos después siguen sorprendiéndonos por su belleza y misterio. Una tarde lluviosa, encerrada, como de costumbre, en el piso de arriba de su casa de Amherst, en Massachusetts, confesó en una carta a uno de sus amigos corresponsales que aquel día estaba sola, “sin mis pájaros, porque llueve mucho y los pequeños poetas no tienen paraguas”. Las alas nunca podrán sustituir al paraguas, objeto pedestre donde los haya y sujeto a la ley de la gravedad, como la lluvia que cae sobre su lona.

Disidente del régimen comunista que gobernaba en Checoslovaquia, Milan Kundera bien podía haber asociado el paraguas a uno de los episodios más tristes y crueles que se conocen en la normalmente amistosa relación del paraguas con el escritor. Que el 7 de septiembre de 1978 el máximo dirigente de Bulgaria, Todor Zhivkov, cumpliese sesenta y siete años  no tuvo que importar mucho ni a los propios búlgaros, para la mayoría de los cuales seguro que fue una jornada poco memorable. Zhivkov, tipógrafo de profesión, gobernaba con mano dura su país, por entonces perteneciente a la órbita del imperio soviético. Pero esa fecha resultó fatal para el compatriota y enemigo político del dictador, el escritor disidente Georgi Markov.

En la lluviosa mañana de aquel 7 de septiembre, Markov, exiliado en Londres, estaba esperando en el puente de Waterloo, sobre el Támesis, el autobús que debía conducirle a la sede de la BBC, donde trabajaba en calidad de periodista en un programa crítico con la dictadura comunista. Entonces un hombre que estaba su lado le pinchó en una pierna con la contera de un paraguas. Tras disculparse con pocas palabras que delataban su acento extranjero, el desconocido se alejó y tomó un taxi.

Georgi Markov

Georgi Markov

Al llegar a las oficinas de la emisora, Markov notó, además del dolor del pinchazo, que en la piel se le había formado un grano rojo. A las pocas horas sufrió una fiebre alta, por lo que tuvo que ingresar en un hospital, donde murió tres días después a la edad de 49 años. La causa de su muerte fue envenenamiento por ricina. Desde el principio Markov sospechó que había sido envenenado, como luego demostró la autopsia.

El autor material del asesinato fue un italiano al servicio de la policía secreta de Bulgaria que, con la ayuda del KGB soviético, ideó aquella estrategia tan retorcida y peliculera, hasta el punto de inspirar al director de cine Gerard Oury para rodar El golpe del paraguas (Le coup de parapluie).

En el exilio Markov se volcó en denunciar las mentiras y la corrupción del régimen. Sus programas en Radio Europa Libre y en la emisora alemana Deutsche Welle alcanzaron una audiencia notable en la propia Bulgaria, por lo que el gobierno de  Zhivkov lo declaró enemigo número uno, fue incluido en la lista negra de disidentes y sus obras fueron proscritas en Bulgaria. Además, recibió amenazas de muerte.

Ceremonia en una iglesia de Sofia en septiembre de 2013 para recordar el 35 aniversario del asesinato en Londres de Markov

Ceremonia en una iglesia de Sofia en septiembre de 2013 para recordar el 35 aniversario del asesinato en Londres de Markov

En su libro La verdad que mató –otro título inquietante tratándose de Markov- describe la vida cotidiana bajo un régimen totalitario:

“Hemos visto cómo se desvanece la personalidad, cómo se destruye la individualidad, cómo se corrompe la vida espiritual de todo un pueblo con el fin de convertirlo en un rebaño de ovejas apático”.

En 2002 a Markov se le otorgó a título póstumo la más alta distinción de Bulgaria, la orden Stara Planina, por sus brillantes contribuciones a la literatura nacional, la dramaturgia y el periodismo y por su oposición al comunismo.

A pesar de su instinto solitario y de su tendencia a lo unipersonal, el paraguas y la vida urbana en un atardecer lluvioso sugieren la imagen de una multitud de sombras negras deambulando por la calle. Sombras sin rostro, como la del hombre multitud caminando entre la densa cortina de lluvia en medio de la noche que Allan Poe, por boca de un solitario aún convaleciente, describió en su relato del mismo título:

“Había cerrado ya la noche y sobre la ciudad caía una densa niebla, que no tardó en convertirse en una lluvia constante y copiosa. Este cambio de tiempo produjo un raro efecto sobre la multitud, que se agitó toda ella inmediatamente con una nueva conmoción y quedó un poco oculta por una nube de paraguas. La oleada, los empellones y el zumbido aumentaron diez veces más”.

Edgard Allan Poe

Edgar Allan Poe

Como el cine, el paraguas fue primero negro y de color metálico (varillas y contera). Hoy los paraguas son multicolores y muchos se fabrican poco menos que para usar y tirar, como tantas películas y programas televisivos. Ni siquiera tienen tiempo de extraviarse. Un simple chaparrón acompañado de una ventolera basta para derrotarlos y acabar con sus huesos de alambre barata en la papelera de cualquier calle. Siempre será un espectáculo algo melancólico un paraguas despatarrado en medio de la acera, vencido por la lluvia y una racha de viento, con las varillas derrengadas y la tela maltrecha, después de un día de lluvia pertinaz.

Tampoco están pensados para hacer las veces de bastón, como en los viejos tiempos. Además de paticortos, pueden encogerse a gusto del usuario para guardarlos en un bolso de mano o en una cartera. Hoy los paraguas nacen, se reproducen y mueren de mala manera, como murciélagos fabricados en serie. Mucho me temo que Kierkegaard se vería privado de su gran amigo y no podría dedicarle unas palabras de agradecimiento. Haga sol o llueva, hoy los poetas y los paseantes -reconvertidos en sufridos peatones- están un poco más solos sin los paraguas de antaño.

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10 comentarios leave one →
  1. Maia L.B. permalink
    enero 14, 2014 8:23 pm

    Esta es la entrada más hermosa de todas las que te he leído.
    Un saludo

  2. enero 15, 2014 12:46 am

    Muchas gracias, Maia. El paraguas es muy tentador para la imaginación literaria, como lo fue para Walser y Kierkegaard, por supuesto. Un saludo

  3. enero 16, 2014 9:00 pm

    Magnífico recorrido. El paraguas tuvo horas difíciles en la Francia del s. XIX, durante la monarquía burguesa de Louis Philippe. “La monarquía del paraguas” ironizaba la prensa satírica. El paraguas adquirió en aquella época una connotación negativa: demasiado útil (comparado al bastón), un tanto grosero, burgués o comerciante. El paraguas desacreditado trasparece en algunos textos de Balzac por ejemplo. He rescatado este curioso texto de la época, una especie de genealogía del paraguas: “La physiologie du parapluie par deux cochers de fiacre”. http://gallica.bnf.fr/ark:/12148/btv1b85302581.
    También me has hecho pensar en el cuento humorístico de Maupassant “El paraguas” en el que este objeto se convierte en personaje central de la historia.
    Pero sobre todo me quedo con el paraguas poético que nos has descrito, un motivo apasionante. Darte las gracias por conferirle relieve a nuestro cotidiano. Un saludo Jaime

  4. enero 16, 2014 9:24 pm

    Gracias, Kim, por tu excelente comentario. No conocía ese lado oscuro de lo que podríamos llamar sociología histórica del paraguas. Sabemos que en el siglo XIX fue un objeto que rebasaba su aspecto estrictamente utilitario. Como dice Stevenson: era el símbolo de una mentalidad, de una conducta social, “la respetabilidad” burguesa o de la pequeña burguesía urbana, del tipo monsieur Homais (un Homais urbano, claro está) .
    Pienso que el paraguas es uno de esos objetos que asociamos a la sociedad urbana del siglo XIX. Recuerdo los cuadros de Pissarro, con los viandantes paseando bajo la lluvia por el Boulevard de Montmartre y la Rue Saint-Honoré por la tarde. Parece que los pintores, singularmente franceses, hallaron en los paseantes con los paraguas un sugerente motivo para sus cuadros.
    Sí, tuve en mente el cuento de Maupassant mientras escribía el artículo.
    Un saludo y gracias de nuevo por tus observaciones y la siempre oportuna erudición que complementa el artículo.

  5. enero 23, 2014 12:06 am

    Kierkegaard era un personaje tan tremendo que acabaron hasta persiguiéndole los niños de su ciudad natal para atormentarle, no es broma. dejo más abajo la URL de mi blog por si alguien quiere echarle un vistazo. saludos

  6. febrero 28, 2014 11:18 am

    Alguien dice por aquí que ésta es la entrada más hermosa que te ha leído. No sé si será cierto, pero hay en este texto una gracia y un sentido de la diversión que alumbra que provoca gran alegría en el lector. Lúcido como muchos otros que tienes por aquí, éste tiene además en evidencia ese don de la belleza bien observado por el anterior comentarista. Es como para agradecértelo.

  7. febrero 28, 2014 12:26 pm

    Muchas gracias a ti por la lectura y el comentario. Un saludo

  8. enero 19, 2015 12:50 am

    sólo agrego que Joyce, a propósito de paraguas— dijo alguna vez :”Love me, love my umbrella”

  9. enero 19, 2015 12:53 am

    estoy absolutamente fascinada con estas lecturas– amplitud y criterio–al seleccionar las obras-¿-qué sería de mí sin la literatura? Gracias—decididamente quisiera saber quienes hacen estas selecciones—

    • enero 19, 2015 8:53 am

      Gracias, Dora. Me alegro de que le gusten las entradas del blog, del que, como seguramente habrá visto en la columna de la derecha, soy el autor, el que “selecciona” las obras, como usted dice, escribe los textos y los ilustra con las fotos o vídeos.

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