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Franz Kafka y Felice Bauer, desdichas de un amor epistolar

enero 7, 2014

“Señorita: Ante el caso  muy probable de que no pudiera usted acordarse de mí lo más mínimo, me presento de nuevo: me llamo Franz Kafka, y soy el que la saludó a usted por primera vez una tarde en casa del señor director Brod, en Praga, luego le estuvo pasando por encima de la mesa, una tras otra, fotografías de un viaje al país de Talía, y cuya mano, que en estos momentos está pulsando las teclas, acabó por coger la suya”.

Con estas palabras comenzaba una de las correspondencias amorosas de las que tenemos noticia más desconcertantes y sin la cual no se entiende buena parte del mundo literario de Kafka, desde su primer relato La condena, hasta La transformación (más conocido por La metamorfosis), pasando por sus novelas El proceso y El castillo.

La destinataria de la misiva, fechada en Praga el 20 de septiembre de 1912, era Felice Bauer, que aquella tarde del 13 de agosto a la que Kafka se refiere en la carta se encontraba de paso en Praga y de camino hacia Budapest para visitar a su hermana Elsa. Kafka era amigo íntimo de Max Brod, también escritor. Su hermana Sofia estaba casada con un primo de Felice.

La primera de las cartas que Kafka escribió a Felice, fechada el 20 de septiembre de 1912

La primera de las cartas (mecanografiada) que Kafka escribió a Felice, fechada el 20 de septiembre de 1912

Felice Bauer tenía veinticinco años y residía en Berlín, donde trabajaba en la oficina de una empresa de dictáfonos. Al igual que Kafka, era hija de una familia judía de clase media y vivía también con sus padres. Cuatro años mayor que ella, Franz ejercía de asesor jurídico desde agosto de 1908 en la Compañía de Seguros de Accidentes de Trabajo del Reino de Bohemia, donde permaneció hasta su jubilación por enfermedad en 1922. El horario laboral era mucho más llevadero que el que hubo de soportar en los nueve meses en los que trabajó para la filial praguense de la Assicurazioni Generali. Salía a las dos de la tarde de la oficina.

En la carta mecanografiada Kafka alude a una propuesta que le formuló en aquella reunión en casa de los Brod para viajar a Palestina en el próximo periodo vacacional. En aquel entonces Palestina era un territorio perteneciente al Imperio Otomano, al que afluían muchos judíos de la diáspora, en su mayoría originarios de Rusia y Polonia, huyendo de los pogromos.

Al parecer Felice se mostró muy receptiva a la idea. Kafka aprovechaba la carta para instarla a que se pusieran de acuerdo “desde ahora mismo” en la organización del largo viaje. A continuación le advertía que era poco puntual en su correspondencia, un defecto que paliaba la máquina de escribir. Como contrapartida, él tampoco esperaba puntualidad de sus corresponsales, aun cuando aguardase impaciente la llegada de una carta, por lo que cuando la recibía se llevaba “un buen susto”.

Felice Bauer (1887-1960)

Felice Bauer (1887-1960)

Al releer la carta, le confesó que quizá se hubiera presentado “como mucho más complicado de lo que soy”, algo que achacaba a que se había puesto a redactarla “en mi sexta hora de oficina” y con una máquina a la que no estaba muy acostumbrado. Terminaba la misiva comentándole que, aun cuando se pudieran poner reparos de orden práctico al viaje a Palestina “en calidad de acompañante, guía, lastre, o lo que de mí pueda buenamente resultar”, nada podía objetársele de antemano como corresponsal, así que podía muy bien intentarlo con él.

Esta primera carta, impregnada de un titubeante tono personal -prueba de ello es que decidiera escribirla a máquina y no a mano-, constituye sin embargo un sucinto muestrario de la personalidad de Kafka: interés por los detalles , timidez, un sentido estricto de la formalidad y la rectitud, reticencia ante la presencia física y, en contraste con ésta, confianza absoluta en la palabra escrita; también una astucia característica, como se infiere del ruego final a Felice para que aceptara su sugerencia de cartearse. Cualquiera diría: hay que ver el rodeo que da, incluyendo el plan, más imaginario que real, del viaje a Palestina, para llegar al propósito final de entablar una relación epistolar con la desconocida.

Fotografía del compromiso de Felice Bauer y Franz Kafka

Fotografía del compromiso de Felice Bauer y Franz Kafka

En la siguiente carta le confesó que durante unas diez noches, antes de dormirse, estuvo componiendo aquella primera misiva y que una vez incluso saltó de la cama para anotar una reflexión. Pero se volvió a acostar enseguida reprochándose su nerviosismo. También le pedía que le contara muchas cosas de su vida cotidiana, a modo de diario: qué tomó en el desayuno, qué vistas se contemplaban desde la ventana de su oficina, qué trabajo se realizaba en ella, los nombres de sus amigos.

Desde hacía tiempo Franz deseaba ennoviarse. Últimamente veía con inquietud que la mayoría de sus amigos se casaban o estaban comprometidos. Hijo primogénito y con tres hermanas, una de ellas casada, comenzaba a sentir las presiones de sus padres, preocupados por el destino de un joven retraído al que le interesaba algo tan difuso para ellos como la literatura. Sobre su soltería planeaba además el precedente desalentador de dos tíos célibes, hermanos de su madre.  Uno de ellos, Rudolf, ya había sido catalogado de “loco de la familia” por el padre de Franz. Por lo visto era un solitario demasiado amable y modesto.

Aunque ni siquiera en los Diarios explicó por qué había elegido a Felice Bauer, es probable que, aparte de las posibilidades que le ofrecía aquel “rostro huesudo y vacío” que él se encargaría de llenar con su poderosa imaginación de amante a distancia, lo hiciera pensando que una muchacha perteneciente a una familia judía asimilada y de un estatus social parecido al de la suya agradaría a sus padres, sobre todo al temido Hermann Kafka.

Hermann Kafka (1852-1931), padre de Franz

Hermann Kafka (1852-1931), padre de Franz

Otro motivo le incumbía exclusivamente a él: la distancia geográfica neutralizaba, al menos de forma provisional, el principal inconveniente de la proximidad física para un empleado que a duras penas lograba compatibilizar el trabajo en la oficina con la escritura, a la que dedicaba algunas horas de la noche, aprovechando el esperado silencio en la casa familiar.

Un tercer motivo por el que eligió a Felice era que, como él mismo reconocía, y por su experiencia epistolar con los amigos más cercanos, intimaba con soltura y profundidad si se expresaba por escrito. En cuanto se sentaba a la mesa de su habitación para redactar una carta personal, se transformaba en otro distinto del joven reservado que conocían quienes tenían algún trato con él. Entonces se mostraba expresivo, espontáneo, detallista y transparente como su prosa.

Kafka sólo se sentía seguro cuando escribía. El encuentro con Felice representó un atractivo pretexto para franquearse por escrito con una mujer. El diario que alimentaba desde 1910 no era suficiente para aliviar esta necesidad; tampoco sus conversaciones con la hermana menor, Ottla, su favorita. A ambos les unía su aversión hacia el autoritarismo paterno (“Cómo Ottla y yo nos desatamos en ira ante las relaciones humanas”, anotó en los Diarios).

Ottla

Franz fotografiado junto a su hermana favorita, Ottla

Precisamente una semana después de conocer a Felice registró en los Diarios la primera impresión que le causó:

“Cuando llegué a casa de Brod estaba sentada a la mesa y, sin embargo, me pareció una criada. No mostré, además, mucha curiosidad por saber quién era, sino que me resigné a ella, sin más. Rostro huesudo y vacío, que mostraba abiertamente su vacío. El cuello descubierto. Una blusa puesta de cualquier manera. Parecía vestida como para andar por casa, aunque no lo fuese, como se evidenció después. […] Nariz casi quebrada. Pelo rubio, un tanto tieso y sin gracia; mandíbula recia. Mientras me sentaba la miré por primera vez con mayor detenimiento, cuando acabé de sentarme ya tenía acerca de ella un juicio irrevocable”.

El escritor Max Brod (1884-1968), amigo y albacea de Kafka

El escritor Max Brod (1884-1968), amigo y albacea de Kafka

En aquellas semanas  de septiembre, y seguramente estimulado por el encuentro prometedor con Felice, la actividad literaria de Kafka se hallaba en plena ebullición. Dos días después de enviarle la primera carta, en la noche del 22 al 23 de septiembre, escribe uno de sus relatos capitales, La condena, bajo una presión emocional de la que dio cuenta en los Diarios, considerándolo como una especie de explosión primigenia de su conflictivo mundo interior. La condena lleva la dedicatoria “Para F.”.

En el relato se narra la sublevación de un padre viudo, anciano y autoritario contra un hijo, Georg Bendemann, que poco tiempo antes había tomado las riendas del negocio familiar –abandonado por el padre tras enviudar- y que, además, acaba de comprometerse con una joven. En un arrebato de cólera, su progenitor lo acusa de prescindir de él y de menospreciarlo, por lo que al final lo condena a morir ahogado. Georg sale corriendo de casa hacia el río y se arroja desde el pretil a las aguas tras exclamar en voz baja: “Queridos padres, a pesar de todo, siempre os he amado”.

Portada de una edición de 1917del relato "La condena" en la editorial de Kut Wolf

Portada de una edición de 1917 del relato “La condena”, en la editorial de Kurt Wolff

Al terminar el relato, alrededor de las seis de la mañana, anotó:

“Cómo pueden decirse todas las cosas, cómo para todo, para las más extrañas ocurrencias, hay dispuesto un enorme fuego, en el cual se consumen y renacen”.

Desde entonces, y en los seis años siguientes, la relación con Felice estuvo marcada por una lucha feroz entre dos deseos que Kafka consideraba radicalmente opuestos: el de escribir y el de casarse en el futuro con su prometida, formando una familia con ella. Los modelos de autores en los que se miraba, como él mismo le confesó a Felice, eran Flaubert, Kleist, Grillparzer y Dostoyevski. De los cuatro, sólo este último se casó y Kleist se pegó un tiro junto al río Wannsee, abrumado por aflicciones externas e internas. También solía citar el caso de Kierkegaard y la conflictiva relación con su prometida Regina Olsen, con la que, después de muchas dudas, al final rompió para proseguir su obra filosófica, permaneciendo soltero hasta el fin de sus días. “Yo era demasiado pesado para ella y ella demasiado ligera para mí”, escribió en su Diario íntimo el filósofo danés años después de la ruptura con Regina.

Sin embargo, aquel noviazgo por correspondencia estaba abocado al fracaso desde su misma raíz, algo que seguramente tuvieron que intuir muy pronto los enamorados; Felice, cuando se convenció de que para Franz la distancia no constituía una circunstancia transitoria sino un terreno en el que jugaba con ventaja; Kafka, desde el instante en que Felice le apremió para que abandonara aquel callejón sin salida y se fijaran unas metas alcanzables con vistas al matrimonio. Fue en ese momento cuando la incompatibilidad, hasta entonces latente, se manifestó con toda su dureza.

Cubierta de la primera edición de "El proceso" (1925). Kafka había muerto un año antes.

Cubierta de la primera edición de “El proceso” (1925). Kafka había muerto un año antes.

Felice se reveló a ojos de Kafka como una mujer convencional –quizá no esperase otra cosa-, aspirante al bienestar perseguido por la clase media de la época, a sus normas y a sus pompas: muebles pesados, alfombras y palmeras en el salón. A ojos de ella, la verdadera personalidad de Franz era la de un escritor bohemio, disfrazado de funcionario nada menos que en una compañía de seguros, acaso para disimular aún más su auténtica condición. Con estos antecedentes, la ruptura estaba sellada. Sólo era cuestión de tiempo para que estallara.

Para colmo, en las tres semana en que Kafka permaneció en Riva, a orillas del lago Garda, en otoño de 1913, adonde acudió para someterse a un tratamiento en el sanatorio del doctor Von Hartunge, intimó con Gerti Wasner, una joven de dieciocho años, suiza y cristiana. En esa época  se interrumpió la correspondencia con Felice.

Gerty Wasner, la muchacha suiza de dieciocho años con la que Kafka intimó durante su estancia en Riva

Gerti Wasner, la muchacha suiza de dieciocho años con la que Kafka intimó durante su estancia en Riva

Como no podía ser de otra manera, la crisis resultante del choque frontal entre los novios desembocó en la ruptura del compromiso, escenificado en la cita del 12 de julio de 1914, en el hotel Askanischer Hof de Berlín, ante los padres de ambos y con testigos seleccionados por cada uno de ellos. A Kafka le pareció que el encuentro tenía todas las trazas de un juicio en el que él comparecía en calidad de acusado. En los interrogatorios, Felice dijo “cosas que ha pensado a fondo, cosas largo tiempo guardadas, hostiles”, anota en la entrada del día 23 de los Diarios. “Tú lo has querido”, le reprochó la novia. Aquella dolorosa experiencia fue el germen del argumento de El proceso.

El 2 de agosto de 1914 Alemania declaraba la guerra a Rusia y estallaba la Primera Guerra Mundial, de la que Kafka se libró por su débil constitución física. Ese mismo mes abandona el piso de sus padres, al que su hermana mayor se había trasladado con los dos hijos pequeños mientras durase la guerra, y alquila un cuarto independiente. Escapando de los ruidos, pronto se muda a otra vivienda.

El 15 de agosto anota en los Diarios que lleva escribiendo varios días y que encuentra por fin una justificación a su vida “reglamentada, vacía, alienada, propia de un soltero”, que le permite “entablar un nuevo diálogo conmigo mismo” y no contemplar “el vacío absoluto con los ojos fijos”.

Anuncio del compromiso entre Felice Bauer y Franz Kafka publicado en la edición del 21 de abril de 1914 en el Berliner Tageblatt

Anuncio del compromiso entre Felice Bauer y Franz Kafka publicado en la edición del 21 de abril de 1914 en el Berliner Tageblatt

A pesar de la posterior reconciliación con Felice, todavía hubo otra ruptura, esta vez la definitiva, en diciembre de 1917. Según su propia versión, ambas minaron su salud. En agosto de ese año se le diagnosticó una tuberculosis pulmonar de la que habría de morir el 3 de junio de 1924, justo un mes antes de cumplir cuarenta y un años.

La necesidad de expresarse por escrito acuciaba a Kafka desde su temprana juventud. En una carta a su amigo Oscar Pollak, fechada el 9 de noviembre de 1903, se lamentaba de que hacía tiempo no escribía:

“Con ello me pasa lo siguiente: Dios no quiere que escriba, pero yo tengo necesidad de hacerlo. Así se produce un constante tira y afloja, pero, en definitiva, Dios es el más fuerte, y hay en ello más desgracia de lo que puedas imaginarte. Pero con quejas no se desprende uno de ruedas de molino, y menos aún cuando uno les tiene cariño”.

Kafka con 23 años, en 1906.

Kafka con 23 años, en 1906.

El deseo de escribir sólo encontraba una abierta hostilidad a su alrededor, comenzando por su propia familia, sus padres. En una carta de Max Brod a Felice lamentó que no entendía cómo la madre de Franz había podido decirle que la literatura era un pasatiempo para su hijo, de quien sabía que se dedicaba a escribir las horas que le dejaba libre su trabajo, hasta el punto de creer que estaba minando su salud. “¡Dios mío! Como si no nos devorara el corazón”, exclama Brod, a quien tenía que parecerle normal que un escritor sacrificara incluso su salud en aras de la obra.

Para Kafka las únicas palabras válidas eran las que escribía en sus relatos, novelas, cartas o los Diarios. Al igual que éstos, la correspondencia epistolar que mantuvo con sus amadas le permitía exteriorizar sus sentimientos y reflexionar exhaustivamente. También en una extensa carta, que nunca se atrevió a enviar a su destinatario, desentrañó la atormentada relación con su padre.

Todo cuanto experimentaba en su vida cotidiana tenía que transformarlo en material literario mediante una concienzuda labor de interpretación análoga a la que hacemos de los sueños. Empezó con los trece cuadernos de los Diarios, continuó con la abundante correspondencia epistolar con Felice Bauer -seis intensos años- y con la amiga de ésta, Grete Bloch, y en la última etapa de su vida, ya enfermo de tuberculosis, entre 1920 y 1922, con la escritora, periodista y traductora Milena Jesenská. Al mismo tiempo, escribía sus tres novelas que se publicaron póstumamente junto con un copioso legado de cuentos,  esbozos y aforismos.

Milena Jerenska (1896-1944)

Milena Jesenská (1896-1944)

Pensaba que las formalidades externas despojaban a la lengua oral de seriedad. Al comparar la preferencia de Felice por el trato inmediato, frente a la escritura que, a su juicio, sería para la joven un simple “sucedáneo”, le confiesa que a él le pasa “exactamente lo contrario”.

“A mí lo que me repele absolutamente es hablar. Todo cuanto digo me resulta falso. A mis ojos el habla lo despoja de toda su seriedad e importancia. Y en mi opinión no puede ser de otra manera, puesto que sobre el habla incide constantemente un sinfín de formalidades e instancias externas. Si soy callado no es sólo por necesidad, sino también por convicción. La única forma de expresión que me va es la escritura. No soy más que literatura”.

También dudaba de que hubiese alguna coherencia entre palabra y sentimiento. Un mes después de que en una carta a Felice manifestara su discrepancia con quienes sostienen que “alguna vez pueda no darse la facultad necesaria para expresar perfectamente aquello que se quiere decir o escribir” y que “invocar la endeblez del lenguaje o comparar la limitación de la palabra y la infinitud del sentimiento es una gran falacia”, ya que “lo infinito del sentimiento sigue siendo igual de infinito en el seno de la palabra que en el seno del corazón en el que había surgido”, en otra carta rebate esta aseveración que extrajo cuando se hallaba sumergido en el trabajo literario y “en pleno vivir”.

Páginas de los "Diarios" de Kafka

Páginas de los “Diarios” de Kafka

Ahora le comenta que tal vez no fuera cierto “que todo sentimiento verdadero no busca las palabras apropiadas, sino que se topa con ellas, e incluso se ve empujado por ellas”.

Dejó constancia en los Diarios del sinsentido del lenguaje de comunicación al detenerse en una escena de un día cualquiera en el hogar familiar, a la que él, encerrado en su cuarto, asistía como oyente involuntario e invisible de las palabras que pronunciaban otros:

“Cuando me hallaba tendido en el canapé, y en las habitaciones que tengo a ambos lados hablaban en voz alta, a la izquierda sólo mujeres, a la derecha hombres, tuve la impresión de que son seres rudos, negroides, imposibles de aplacar, que no saben lo que dicen y que sólo hablan para poner el aire en movimiento, que levantan la cara cuando hablan y siguen con la vista las palabras que pronuncian”.

En una ocasión, mientras su madre charlaba en el cuarto contiguo al suyo con un matrimonio -hablaban “de cucarachas y de callos”-, consignó en los Diarios que “fácilmente se observa que tales conversaciones no favorecen un verdadero progreso. Son comunicaciones que ambas partes olvidan enseguida y que ya en su momento se producen distraídamente, sin sensación de responsabilidad”.

Julie Lowy, madre de Franz Kafka

Julie Löwy, madre de Franz Kafka

Añadía que “precisamente porque tales conversaciones son impensables sin tener la mente en otra parte, presentan espacios vacíos que, si uno insiste, sólo pueden llenarse con reflexiones, o mejor, con sueños”. Seguramente uno de esos sueños fue el que habría de cristalizar en el relato de La transformación.

En la carta que escribió al padre de Felice, y que reprodujo parcialmente en los Diarios, admitía que en los últimos años no había hablado con su madre “más de veinte palabras diarias, por término medio”. Con su padre apenas si había intercambiado alguna vez un saludo y con las hermanas casadas y con los cuñados “no hablo en absoluto, sin por eso estar enfadado con ellos”. Seguidamente reconocía carecer “del sentido de la convivencia familiar”. La causa de ello era que “simplemente no tengo ni una sola palabra que decirles. Todo lo que no es literatura me aburre y lo odio, porque me demora o me estorba, aunque sólo me lo figure así”.

Entre las objeciones que plantea al matrimonio, una de ellas es el odio “a todo lo que no tiene que ver con la literatura”. “Me aburre sostener conversaciones (aunque sean sobre literatura), me aburre ir de visita; las penas y las alegrías de mis parientes me llenan el alma de aburrimiento”. Y concluye: “Las conversaciones quitan la importancia, la seriedad, la verdad a todo lo que pienso”.

Tumba de los Kafka en el cementerio de Praga

Tumba de Franz Kafka y sus padres en el cementerio judío de Praga

Su situación más adecuada para él era “escuchar una conversación entre dos personas que hablan de un asunto que les afecta muy de cerca, en tanto que a mí me concierne de una manera muy remota, que además es completamente ajeno a mis propios intereses”.

En la entrada de los Diarios del 6 de agosto de 1914 observó que, “contemplado desde el punto de vista de la literatura, mi destino parece bastante simple. El deseo de representar mi fantástica vida interior ha desplazado todo lo demás, y además la ha agotado terriblemente, y sigue agotándola. Ninguna otra cosa podrá jamás conformarme”.

En otra carta especula con que la mejor forma de vida para él consistiría en “encerrarse en lo más hondo de una vasta cueva con una lámpara y todo lo necesario para escribir”. La presencia de la luz artificial en esa cueva hace pensar en una atmósfera nocturna, propicia para fraguar fantasías. “Me traerían la comida y me dejarían siempre lejos de donde yo estuviera instalado, detrás de la puerta más exterior de la cueva”. Su único paseo sería “ir a buscarla, en camisón, a través de todas las bóvedas”. Luego regresaría a su mesa, “comería lenta y concienzudamente, y enseguida me pondría de nuevo a escribir. ¡Lo que sería capaz de escribir entonces! ¡De qué profundidades lo sacaría! ¡Sin esfuerzo! Pues la concentración extrema no sabe lo que es el esfuerzo”.

Fotograma de la película "El proceso", de Orson Wells (1963), con la escena de Joseph K. (Anthony Perkins) compareciendo en una sesión del Tribunal

Fotograma de la película “El proceso”, de Orson Wells (1962), con la escena de Joseph K. (interpretado por Anthony Perkins) compareciendo en una sesión del Tribunal

Incluso le detalla a Felice el plan de vida matrimonial que regiría en el hogar, al menos durante algunos meses al año, y según el cual el marido regresaría de la oficina “hacia las 2.30 horas o las 3, come, se acuesta y duerme hasta las 7 o las 8, cena rápidamente, pasea durante una hora, y luego comienza a escribir hasta la 1 o las 2 de la madrugada”. “¿Serías capaz de aguantar todo esto? –le pregunta a Felice- ¿No saber nada del marido, sino que está en su cuarto escribiendo? ¿Y pasar así todo el otoño y el invierno? ¿Y hacia la primavera recibir a ese hombre medio muerto junto a la puerta del escritorio, para tener que contemplar durante la primavera y el verano cómo se recupera para el otoño y el invierno?”.

Sólo deseaba pasarse las noches “escribiendo como loco (…) Y que ello me haga derrumbarme aniquilado, o volverme loco, eso lo quiero también, porque es la consecuencia necesaria y por largo tiempo presentida”. Le advierte que no le espera

“la vida de esa mujer feliz que tú ves caminar ante ti, no te espera la alegre charla, tomados del brazo, sino una vida monacal al lado de un hombre afligido, triste, callado, descontento, enfermizo, quien -cosa que podría parecerte una locura- está atado con cadenas invisibles a la literatura y que prorrumpe en gritos cuando uno se acerca a él, porque según afirma, se tocan sus cadenas”.

Antón Chéjov, que era médico de profesión, comentó una vez que estaba casado con la medicina pero que su amante era la literatura. Kafka era monógamo con todas las consecuencias. Finalmente, renunció al matrimonio por la literatura, aunque ello le costase muchos disgustos y la salud. Él lo prefería todo por escrito.

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12 comentarios leave one →
  1. enero 9, 2014 12:13 pm

    Muy interesante tu blog

  2. enero 9, 2014 4:08 pm

    Jaime, he dicho y lo repito que siempre es un placer leerte. Pero en esta ocasión un aspecto me ha llamado especialmente la atención: la impresión de que el tratamiento del personaje refleja certeramente la realidad de la persona viva que se llamó Kafka, tan lejos de los tópicos y simplificaciones de cuantos escriben sin apenas saber nada. Ni sobre él, ni sobre nada.

  3. enero 9, 2014 10:03 pm

    Muchas gracias, Antonio, por tu comentario. Kafka es de los pocos escritores de los que disponemos de una ingente información personal, precisamente porque escribiendo es como creía que podía expresarse con más profundidad: el Diario, la correspondencia con sus amigos, sobre todo con Max Brod, y con Felice y Grete Bloch, por supuesto, y Milena. Además, están los testimonios recabados de personas que tuvieron algún trato con él y las numerosas biografías, estudios monográficos, tesis doctorales, artículos, etc.
    Basta con leer estos documentos vivos para conocer al personaje, y más si tenemos en cuenta su gusto por los detalles, por la vida “mínima”. Es cierto que se escribe mucho sobre él repitiendo los lugares comunes, pero es el peligro al que, por desgracia, se exponen los autores más conocidos.

  4. enero 10, 2014 1:46 pm

    Muy interesante

  5. Guido Finzi permalink
    enero 13, 2014 11:12 am

    Hubiera sido curioso ver en el Oriente Medio de entonces, donde había que realizar tanto trabajo manual para domar a la naturaleza (drenar aguas, arar campos, etc.), a Franz Kafka con un azadón en la mano sufriendo el calor bíblico. Justamente él, que siempre fue un espectro en medio de otros seres humanos….

    Excelente entrada, Jaime. Como siempre

    • enero 13, 2014 11:48 am

      Muchas gracias, Guido. Yo también me he imaginado a Kafka como pionero en aquel pre-Israel: un personaje como los que retrata Amos Oz en su novela autobiográfica. Fue otra de las “posibilidades” del Kafka que, desgraciadamente, no pudo ser, que él mismo seguramente imaginó en muchos momentos de su vida y que ahora nosotros imaginamos por él. Además a Kafka le gustaba mucho el trabajo manual. De hecho se inició en la jardinería y trabajó en una explotación agrícola de Zürau junto a su hermana Ottla. Allí escribió los “aforismos de Zürau”. También en 1917 comenzó a estudiar hebreo. Era como si no hubiese abandonado la idea de emigrar a Palestina, a pesar de que ya estaba enfermo de tuberculosis.

  6. Miriam Martínez permalink
    febrero 24, 2014 9:00 pm

    Un artículo más que interesante. Tanto en la elección de textos de Kafka como en las fotografías que los acompañan, y, por supuesto, el análisis que haces de los mismos. Estupendo trabajo.

  7. febrero 25, 2014 10:21 am

    Gracias, Miriam, por tu comentario.

  8. delio permalink
    marzo 18, 2014 7:53 pm

    SIN TENER NINGUNA AUTORIDAD LITERARIA, SOY INGENIERO EN ELECTRÓNICA, SÍ PUEDO COMPRENDER LO MÁS SUBLIME DE NUESTRO AMIGO FRANZ: AMAR CON LOCURA Y DOS AMORES INCOMPATIBLES: LA MUJER Y LA LITERATURA. QUÉ MARAVILLA DE AMOR Y TENACIDAD PARA DECIDIRSE, AUNQUE ERA MÁS FÁCIL DEJAR A LA MUJER. CONOCIÓ (CON PASIÓN), EN EL SENTIDO BÍBLICO, A GERTI WASNER Y AMÓ CON LOCURA(ESPIRITUAL) A FELICE BAUER: CUMPLIÓ SU OBJETIVO. EN CAMBIO LA LITERATURA ERA LA VIDA MISMA DE SU VIDA. ENVIDIABLE VIVIR Y MORIR ASÍ.

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