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Rebecca y Hitler, parecidos razonables

diciembre 17, 2013

El 13 de febrero de 1940 se estrenó en una sala de Santa Bárbara (California), Rebecca, de Alfred Hitchcock, basada en la novela que la escritora británica Dafne du Maurier había publicado en 1938. El rodaje comenzó el 8 de septiembre de 1939, cinco días después de que Gran Bretaña y Francia declarasen la guerra a Alemania tras la invasión de Polonia por tropas del Reich. Al fin las dos potencias democráticas trataban de frenar las ambiciones territoriales de Hitler. Había estallado la Segunda Guerra Mundial.

Cartel de la película "Rebecca", de Hitchcock, con Lawrence Olivier, en el papel del aristócrata Maxim de Winter y Joan Fontaine, en el papel de segunda esposa de éste

Cartel de la película “Rebecca”, de Hitchcock, con Lawrence Olivier, en el papel del aristócrata Maxim de Winter y Joan Fontaine, en el papel de segunda esposa de éste. La actriz falleció el pasado 15 de diciembre a los 96 años

El relato en primera persona de la jovencísima antigua dama de compañía (Joan Fontaine) que de repente ascendía al rango de esposa del aristócrata inglés Maxim de Winter (Lawrence Olivier), viudo de Rebecca y propietario de la mansión campestre de Manderley, sedujo a los lectores que vieron en esta historia una recreación del mito de la Cenicienta.

Era inevitable que en 1940 los espectadores de Rebecca siguieran con inquietud los graves acontecimientos que afligían a Europa, ocupando las portadas de los periódicos y de los noticiarios que, según se acostumbraba en la época, solían preceder a la proyección de las películas en las salas de cine. Podemos imaginar que en los primeros meses que siguieron al estreno de Rebecca quizá muchos espectadores presenciaran antes de la película un reportaje sobre el paseo-relámpago de tres horas que Hitler dio por un París desierto en la madrugada del 28 de junio de 1940.

En aquella tournée tan hitleriana la comitiva del dictador estaba formada no por jefes militares, que se habían encargado de la “ocupación” del norte y el oeste de Francia tras el humillante armisticio del 22 de junio, sino por su séquito habitual de artistas: los arquitectos Albert Speer y Hermann Giesler, el escultor Arno Breker, su camarógrafo Walter Frentz y su fotógrafo particular, Heinrich Hoffmann. Junto a todos ellos giró una visita de visto y no visto por los principales edificios y monumentos históricos de la capital francesa, como puede apreciarse en esta filmación realizada por Walter Frentz:

Por entonces los espectadores de Rebecca no disponían de la suficiente perspectiva temporal como para apreciar algún vínculo entre el  argumento de la película de Hitchcock y su personaje principal, la difunta Rebecca, y ese reportaje protagonizado por Adolf Hitler. A veces ocurre que una ficción literaria escrita sin aparente conexión con la realidad se anticipa a ésta sin que los lectores del relato ficticio se percaten de dicha conexión. Es lo que sucede con Rebecca, historia en la que Du Maurier y Hitchcock ofrecen una imagen desnuda de la tiranía, en este caso encarnada en una mujer y no en un hombre, como sucedía en la realidad histórica.

Daphne du Maurier, autora de "Rebecca"

Daphne du Maurier, autora de “Rebecca”

La novela de Daphne du Maurier llamó la atención por el contraste entre la ausencia intimidatoria de Rebecca, fallecida unos meses antes de la boda de Maxim con la joven, y la balbuciente presencia de ésta en Manderley, y entre el nombre sonoro de la difunta y el anonimato de su sucesora (en su extenso y detallado relato jamás menciona su propio nombre).

Desde la llegada a Manderley de los recién casados, tras su precipitada boda en Montecarlo, donde se conocieron, el recuerdo obsesivo de Rebecca retumba en la memoria de quienes la trataron y, hasta su desenmascaramiento por Maxim, en la imaginación de su nueva esposa, influida por los testimonios elogiosos que recibía de ella, especialmente del ama de llaves, la adusta señora Danvers, sirvienta favorita de la difunta que apenas logra disimular el desprecio que le inspira su sucesora. Al menos en Manderley, Rebecca se había convertido en una mujer inolvidable (así fue como subtitularon la película en Argentina).

(Escena que recoge el momento en que Maxim de Winter y su nueva esposa son recibidos en Manderley, tras su boda en Montecarlo, por el ama de llaves, la señora Danvers -soberbiamente interpretada por Judith Anderson- y el resto de los criados de la mansión)

Al casarse con la burguesa Rebecca, Maxim de Winter creyó que el propósito de ésta de restaurar el viejo esplendor de su mansión no escondía algún interés bastardo. Se entregó a ella sin sospechar que sólo cinco días después de la boda le desvelaría sus verdaderas intenciones: destrozar el compromiso matrimonial que acababa de firmar a cambio de esa restauración, preservando de cara al exterior la fachada de una pareja envidiable.

Privado de pruebas con las que justificar una petición de divorcio, Maxim de Winter no tenía otra alternativa que sobrellevar ese matrimonio legalmente correcto pero corrompido por la infidelidad, el chantaje y la sombra de la usurpación. La única satisfacción que podía obtener del doloroso pacto que le impuso Rebecca fue comprobar el éxito de su labor restauradora en Manderley, hasta que un día averiguó que el verdadero motivo por el que se había casado con él era arrebatarle la mansión.

La señora Danvers (Judith Anderson), ama de llaves de Manderley, junto a la segunda esposa de Maxim de Winter

La señora Danvers, ama de llaves de Manderley, junto a la segunda esposa de Maxim de Winter

Procedente de la clase media, Rebecca explotó su indiscutible belleza física y sus artes seductoras para medrar en la escala social y casarse con un aristócrata decadente, como otros muchos en la Inglaterra posterior a la Primera Guerra Mundial, con el fin de desplumarlo mientras engañaba a sus admiradores exhibiendo la imagen de mujer y esposa perfecta. Su egolatría, ambición desproporcionada, perversidad, cinismo y la temeraria confianza en sí misma prosperaron en un clima de fragilidad alentado por la ruptura de viejas convenciones morales que funcionaban sólo por inercia.

En el río revuelto de la confusión del periodo de entreguerras, la estética del lujo a la que se acogió una arribista como Rebecca representaba el camino más corto para alcanzar objetivos que las generaciones anteriores sólo pudieron paladear a costa de sacrificios y renuncias. En estas condiciones, la propia “casa” adquiría un significado que superaba los escuetos límites del hogar utilitario. Era el refugio sagrado en el que el advenedizo, emulando al monarca absolutista o al aristócrata, desplegaba su deseo de representar ante los demás el estatus de poder recién adquirido.

Durante su reinado en Manderley, Rebecca devolvió a la mansión la suntuosidad de los viejos tiempos, organizando bailes  y fiestas memorables a mayor gloria de su persona, y propagando por los utensilios y objetos las letras iniciales de su nombre, a modo de señal distintiva con la que pretendía simbolizar su poder. En cambio, ni en la novela ni en la película se alude a la existencia de un solo retrato suyo. La nueva esposa de Maxim tiene que conformarse con la descripción verbal que hacen de Rebecca quienes la conocieron personalmente.

La difunta Rebecca procuró dejar huella de su presencia en Manderley esparciendo hasta por los objetos más cotidianos la letra inicial de su nombre

La difunta Rebecca procuró dejar huella de su presencia en Manderley esparciendo hasta por los objetos más cotidianos la letra inicial de su nombre

Después de asegurarse de que Maxim silenciaría el tormento psicológico al que lo sometió, aspiraba a hacer de Manderley la mansión más famosa de Inglaterra, de manera que todo el mundo deseara visitarla y hablase de sus propietarios -principalmente de ella- con admiración y envidia.

La estética del lujo que adornaba su estilizada figura la hizo también extensiva a Manderley, transformando la mansión en un apéndice de sí misma, semejante a un espejo en el que mirarse. La afinidad de Rebecca con ésta fue tal que un año después de su muerte seguía viva la huella de su relativamente breve paso por sus estancias, haciendo sombra a los ilustres propietarios que la precedieron.

La noticia de que padecía un cáncer galopante de ovarios, que procuró ocultar a sus allegados, incluso a la señora Danvers, la fiel ama de llaves y confidente, azuzó su odio contra Maxim, hasta entonces adormecido por los beneficios que extraía del matrimonio y por las expectativas de adueñarse pronto de Manderley. Ese odio habría de materializarse en el tortuoso plan que tramó para hundirlo cuando ella hubiese muerto. Aunque éste no resultara como previó, su muerte aparentemente accidental en un naufragio hizo aún más efecto en Manderley que si hubiese fallecido  a causa del cáncer.

La sucesora de Rebecca sentada en la mesa de trabajo de l estudio donde la difunta escribía sus   cartas

Sentada en la mesa de trabajo del estudio donde la difunta Rebecca escribía las cartas, la nueva señora de Winter escucha las indicaciones del ama de llaves que mira con malos ojos a la intrusa

En realidad, Rebecca murió del disparo que Maxim le descerrajó en el curso de una discusión en la que ella le confesó, sólo con el fin de humillarlo, que estaba embarazada de otro hombre, lo que no era cierto, puesto que por entonces un médico de Londres le había diagnosticado el cáncer. Remató su humillación revelándole que el hijo que esperaba sería el heredero de Manderley. Con estas mentiras Rebecca consiguió los dos efectos que perseguía: que Maxim la matara de un tiro -con lo cual se libraba de la muerte dolorosa que le ocasionaría el cáncer- y que fuese juzgado y ajusticiado por ello.

La señora Denvers muestra con orgullo el dormitorio de Rebecca que ella se encarga de cuidar tal como lo dejó la difunta

El ama de llaves de Manderley muestra a la señora de Winter el dormitorio intacto de su antecesora, la difunta Rebecca

A pesar del afán de la señora Danvers por preservar con la diligencia de un cancerbero el legado de Rebecca, ahí estaba Maxim para desmentir la opinión laudatoria que tenían de ella quienes sólo contemplaron su cara amable. Él había tenido que padecer las secuelas de la otra Rebecca, antítesis de la añorada en Manderley. Sin embargo, no fue el único. Había alguien más, sólo que su testimonio pasó inadvertido, excepto para la nueva esposa de Maxim. Era el mendigo Ben, que merodeaba por los alrededores de Manderley.

A Rebecca no le gustaba la presencia de aquel hombre, de quien se decía que no estaba bien de la cabeza, porque era como una mancha en el entorno de la mansión regentada por una dama tan exigente. Según le reveló a la segunda señora de Winter, a menudo Rebecca le había amenazado con internarlo en un asilo, donde no podría escapar de las palizas. Intimidado todavía por su ominoso recuerdo, Ben decía de la difunta que tenía los ojos de culebra.

El actor Leonard Carey en el papel de Ben

El actor Leonard Carey en el papel de Ben

Antes de que Maxim desvelase a su nueva esposa la verdad sobre Rebecca y salieran a la luz los pormenores que rodearon su muerte -Maxim trasladó el cadáver de la muerta a su velero para luego hacerlo hundir, simulando que se había tratado de un naufragio-, se sintió abrumado por los amargos recuerdos de su matrimonio con ella y que por poco lo empujaron al suicidio.

Temía con razón que mientras su joven esposa permaneciera cautiva de la propaganda de la señora Danvers, ambos se hallarían expuestos al peor de los peligros, lo que suponía una victoria póstuma para Rebecca y el ama de llaves. Pero cuando al fin decidió descubrirle la verdad a su esposa, el peligro se esfumó al mismo tiempo que la herencia malsana de la difunta, calcinada en el incendio de Manderley que, significativamente, Hitchcock atribuyó a la señora Danvers, a la que además hace perecer en el fuego.

Del mismo modo que Maxim de Winter se casó con Rebecca seducido por la promesa que le hizo ésta de devolver su antiguo brillo a Manderley, millones de alemanes se entregaron a un advenedizo de la política como Hitler, alentados por sus rimbombantes promesas de restaurar la gloria nacional desaparecida después de la derrota de 1918 y de restituirles la condición de vencedores. Pero apenas un mes después de su ascenso al poder, y aprovechando el misterioso incendio del Reichstag del que culpó a los comunistas, erradicó las libertades y derechos constitucionales mientras empujaba a los ciudadanos no nazificados al torbellino de una propaganda desquiciante que poco a poco habría de hurtarles cada vez más terreno a sus vidas privadas.

Hitler aprovechó el incendio del Recihstag el 27 de febrero de 1933 para decretar la suspensión de los derechos y libertades. El gobierno nazi culpó a los comunistas del incendio

Hitler aprovechó el incendio del Reichstag el la noche del 27 de febrero de 1933 para decretar la suspensión de los derechos y libertades. El gobierno nazi culpó a los comunistas del incendio

Hasta el comienzo de la guerra en septiembre de 1939 trató de hacer de Alemania una potencia renacida de las cenizas de la decadencia económica y militar. La escalada de éxitos militares, que habrían de culminar con la ocupación de media Europa sin apenas resistencia, la convirtieron en una nación temida fuera de sus fronteras.

Para celebrar sus victorias, el régimen desplegó un imponente espectáculo de concentraciones masivas de efectivos paramilitares, salpicadas de banderas e himnos triunfales, que avivaban el entusiasmo de quienes las contemplaban extasiados.  En los doce años de tiranía nazi la vida pública y privada de millones de ciudadanos alemanes llevó grabada con fuego la marca de Hitler, y a partir de las primeras ocupaciones territoriales, la temible esvástica se propagó por Europa.

El régimen nazi organizaba regularmente espectáculos propagandísticos como éste que aparece en la foto en los que se ensalzaba a Hitler

El régimen nazi organizaba regularmente espectáculos propagandísticos como éste que aparece en la foto en los que se ensalzaba el nombre de Hitler

El peculiar estilo “artístico” que, con su correspondiente carga simbólica, singularizó al Estado nacionalsocialista se inspiraba en la estética neoclasicista admirada por Hitler desde su juventud y en su malograda vocación de arquitecto. No escatimó los ingentes recursos de que disponía para que se identificase a Alemania con él incluso después de su muerte, levantando edificios y monumentos pétreos con los que, además de  impresionar a propios y extraños, se conmemoraba a sí mismo y su movimiento político.

Pero ese estilo artístico encerraba otra faceta distinta de la ostentosa vistosidad que imprimió a las construcciones diseñadas, bajo su supervisión, por los arquitectos y escultores del régimen: el que habría de aplicar a lo que él mismo denominó el “arte de guardar silencio”, materializado en el secretismo con el que la cúpula del régimen envolvió las matanzas masivas de aquellas  personas a las que Hitler y su régimen tacharon de “no arias”, al abrigo de una guerra de aniquilación.

Al igual que Rebecca en Manderley, Hitler procuró que tanto quienes lo admiraban como a quienes repugnaba su figura y la ideología que personificaba, lo recordasen a cada instante. El culto a la personalidad del Führer y la inconfundible esvástica rebasaban los límites del espacio público, penetrando incluso en los hogares.

Fotografía del Día del Partido Nazi de 1934 en Núremberg

Fotografía de la celebración del Día del Partido Nazi de 1934 en Núremberg

La excepción a la orgía de fervor nacional, en la que, bajo el emblema de la cruz gamada, Hitler oficiaba de sumo sacerdote, eran aquellos a quienes la dictadura declaró enemigos a batir porque con su mera existencia manchaban la belleza aria de su imperio: judíos, gitanos, homosexuales, deficientes mentales o individuos “improductivos”, además de oponentes políticos. Tampoco éstos podían olvidar ni un minuto a Hitler, quien los hostigó al comienzo con diversas modalidades de terror, luego persiguiéndolos y en el momento en que se inició el declive del Tercer Reich en el frente del Este, acorralándolos para consumar su exterminio.

Al contrario que muchos de sus admiradores, que presumían de sucumbir a la mirada hipnotizadora de Hitler, uno de los perseguidos por su temible policía, el escritor judío Joseph Roth, se atrevió a publicar en su exilio parisino y dos meses antes de su muerte, en marzo de 1939, que aquel hombre tenía los ojos de basilisco.

El escritor Joseph Roth publicó desde su exilio en París, y hasta su muerte en mayo de 1939, numerosos artículos desenmascarando los crímenes del nazismo

El escritor Joseph Roth publicó desde su exilio en París, y hasta su muerte en mayo de 1939, numerosos artículos denunciando los crímenes y mentiras del nazismo

El quimérico imperio de los mil años que Hitler prometió a sus compatriotas terminó su breve y sanguinaria trayectoria incendiado por las bombas que los enemigos arrojaron sobre el país ante su negativa a rendirse. Entretanto, el déspota ordenaba desde su búnker en Berlín que se aplicase en todo el territorio alemán el principio de “tierra quemada” para que los invasores se encontraran con un país arrasado, del que no pudiesen extraer ningún beneficio.

Vista aérea de Berlín tras los bombardeos que sufrió al final de la Segunda Guerra Mundial

Vista aérea de Berlín tras los bombardeos que sufrió al final de la Segunda Guerra Mundial

Hitler quiso que su Manderley limpia de judíos (“judenrein”) muriese con él, aunque arrastrase a su pueblo, el mismo al que en los tiempos en que sólo cosechaba conquistas regaló la condición de “raza aria” para que secundara sus planes de dominación y exterminio y al que en la hora de la derrota empujó al abismo para que no le sobreviviese.

De este modo se encargó de que en la hora de la derrota los destinos de la comunidad adulada y de la comunidad perseguida hasta el exterminio convergiesen en un desastre similar. Cuando él y su régimen se difuminaron en el caos y la destrucción, y el símbolo del poder nazi erigido en lo alto del edificio de la Cancillería estallaba bajo las bombas, su perniciosa influencia se difuminó como una pesadilla.

Uno de los símbolos nazis derribado en el suelo tras el bombardeo de los aliados sobre Berlín

Uno de los símbolos nazis derribado en el suelo tras el bombardeo de los aliados sobre Berlín

Como el Tercer Reich, Manderley acabó convertida en escombros tras el incendio causado por la señora Danvers, para quien perdió el sentido su función de cancerbera del legado de Rebecca al descubrir que ésta le había ocultado que padecía un cáncer mortal en el mismo momento en que asistía a la victoria de los enemigos de su difunta señora y a quienes ella misma, en tanto que emisaria de ésta, había tratado de derrotar. Ante semejante panorama, más valía quemarlo todo, incluidas las reliquias de Rebecca, y morir en el incendio, que permitir a los vencedores que disfrutasen de su victoria en la mansión.

Pero habrá que preguntarse si, al prender fuego a la mansión, el ama de llaves no estaría cumpliendo el deseo de Rebecca de impedir que Maxim y su segunda esposa disfrutasen de Manderley. La astucia con que la difunta lo dejó todo preparado antes de morir asesinada por su marido y su conocimiento de la psicología del ama de llaves y del propio Maxim hacen pensar que el incendio de la mansión a manos de la señora Danvers era el lógico desenlace de sus previsiones.

En la novela la narradora insinúa que el recuerdo de la destrucción de Manderley, en la que el matrimonio De Winter pensaba disfrutar de su vida conyugal después de las duras pruebas a las que fueron sometidos por el fantasma de Rebecca, planea sobre la memoria del aristócrata como la victoria póstuma de la difunta. Era la clase de victoria que tanto estuvo temiendo desde que ésta se despidió de él con una sonrisa vengativa, segundos antes de que muriese abatida por la bala que le descerrajó en el pecho.

Rebecca y Hitler, el personaje ficticio y el real, encarnaron en sus respectivos ámbitos de acción el brutal oportunismo de quienes, aprovechando el vacío de poder dejado por los representantes de los viejos valores morales vigentes hasta la Primera Guerra Mundial, se hicieron con sus riendas mediante engaños, imponiendo su despiadada visión del mundo y de las relaciones humanas.

(La película “Rebecca” comienza con la evocación por la esposa de Maxim de Winter de los acontecimientos que desembocaron en el incendio de Manderley. Resulta sorprendente la similitud de las imágenes de la mansión destruida con las de Berlín en abril de 1945) 

Sin embargo, pese a las similitudes entre ellos, los separa una diferencia sustancial. Rebecca triunfó en vida, sus sueños de poder se realizaron casi al mismo tiempo que los fraguaba en su imaginación. Ningún obstáculo frenó su cumplimiento. Más que un enemigo, Maxim fue para ella el instrumento mediante el cual consumó su sueño de ascender al rango de señora De Winter y apropiarse en el futuro de la mansión.

Las circunstancias soplaron a su favor hasta que el cáncer truncó esa línea ascendente. A partir de entonces la indiferencia hacia Maxim se transformó en odio. La idea de que éste rehiciera su vida con otra mujer y acariciase la felicidad que ella le hurtó con sus artimañas la torturaba tanto como la inminencia de su muerte. Sólo que el plan que maquinó para destruir a Maxim cuando hubiese muerto se malogró en parte gracias a la rapidez de reflejos de éste y al respaldo incondicional de su nueva esposa.

Maxim de Winter y su joven esposa

Maxim de Winter y su joven esposa

En la vida de Hitler las cosas no discurrieron con tanta uniformidad como en la de Rebecca antes de que un médico de Londres le notificara su enfermedad. Duros fracasos precedieron a los triunfos soñados en la adolescencia y en la turbulenta juventud. A la vista de los obstáculos contra los que se estampaban sus fantásticas expectativas de éxito, la semilla del odio germinó pronto en él. Al primer enemigo lo encontró en los judíos, el cuerpo extraño en la idealizada comunidad nacional sobre el que la pequeña burguesía a la que pertenecía el propio Hitler arrojó su xenofobia y sus reprimidos deseos de usurpación.

Ya como agitador político, la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial, en la que combatió con una firme esperanza en la victoria, le ofreció en bandeja los enemigos que necesitaba para alimentar ese odio. De todos ellos, dirigió de nuevo su animadversión contra los judíos, siguiendo la ola antisemita desatada en Alemania después de los brotes revolucionarios de noviembre de 1918. En ese odio personalizado se agazapaban la envidia, el rencor y la venganza que compartía con muchos de sus compatriotas y que, en contra de lo previsto por quienes le abrieron las puertas del poder, se manifestaría con toda su crudeza en cuanto las circunstancias se lo permitieron.

Los botines territoriales que obtuvo con su brutal diplomacia y la torpeza y lentitud de quienes habrían podido detenerle, le animaron a dominar Europa. Sin embargo, esa escalada de victorias militares albergaba la semilla de su derrota.  Con la invasión de Rusia y la declaración de guerra por Estados Unidos, la estrella de Hitler comenzó a apagarse.  Apenas había saboreado los primeros frutos de las anheladas conquistas, proyectando incluso la construcción de su monumento funerario ante el que se postrarían millones de adoradores, las derrotas se arrojaron sobre él.

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Maqueta de Welthauptstadt Germania

Pero Hitler guardaba una última carta que habría de resarcirle de sus fracasos. No fue casualidad que, al amparo de una guerra de destrucción, el régimen nazi activase el exterminio sistemático de los millones de judíos retenidos en los campos de concentración. Aunque éstos agonizaran o hubiesen sido masacrados, no cesó de proferir acusaciones contra ellos, culpándolos otra vez de su fracaso postrero. El fantasma antisemita que alimentó desde su frustrada juventud le acompañó hasta el suicidio en el búnker de Berlin.

Dafne du Maurier sugiere en su novela que el incendio de Manderley significó para Maxim de Winter una victoria póstuma de la difunta Rebecca. Sobre la felicidad de su reciente matrimonio con la antigua dama de compañía planea el sombrío recuerdo de esa victoria que quizá sólo borre parcialmente el paso del tiempo y la futura reconstrucción de la mansión sobre sus cenizas.

También la derrota del nazismo y del atroz mundo encarnado por su fundador conviven junto a la amarga sensación de que  su recuerdo nos persigue así sea en forma de advertencia. No podemos quitarnos de la cabeza que Hitler y el nazismo sentaron un precedente imborrable en la historia de la Humanidad; tampoco el temor de que en cualquier momento la sombra de la imitación asome su garra sangrienta. Por mucho que nos pese admitirlo, es nuestro contemporáneo, como la sociedad en la que emergió.

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2 comentarios leave one →
  1. diciembre 25, 2013 10:03 pm

    Nunca se me habría ocurrido el paralelismo, aunque ahora no dejaré de verlo, pero aunque hace muchísimo que leí la novela, fue una lectura juvenil estando todavía en el instituto, y no he vuelto sobre ella (sí sobre la película, mi preferida de Hitchcock) me gustaría matizar algunas cosas:

    Como he dicho no he vuelto sobre la novela, pero dado que la película sigue muy de cerca la novela algunas veces tendré sólo a la película como referente.

    Lo primero que me ha llamado la atención es la insistencia en el origen “burgués” de Rebecca. En la película (y creo que en la novela pero quizá aquí me equivoque) Maxim de Winter y Rebeca pertenecen al mismo mundo aristocrático. Maxim de Winter cuando cuenta la historia alude a las felicitaciones que le hicieron por su boda, que Rebeca tenía: linaje (sangre limpia creo que aparecía en la edición que yo leí) inteligencia y belleza. Lo que contrasta es que una mujer con esas cualidades resulte una depravada. Ella sabe llevar a Manderley a su esplendor porque es el mundo en el que ha nacido y se ha educado. Que luego sea una cínica, y una infiel es algo que sabe ocultar muy bien. Si hacemos un paralelismo con Hitler eso no funciona pues la sabemos cual era su origen social, su mínima educación y sus burdos gustos literarios y artísticos. Por lo demás el paralelismo en los otros aspectos se da bastante bien: Manderley = Alemania y Maxim de Winter = Europa cobarde y conciliadora que calla la depravación que sabe con tal de no llegar a la guerra.

    Otra matización es con la adaptación cinematográfica. En efecto en la novela, eso la recuerdo perfectamente, es Maxim de Winter quien mata de un tiro a Rebeca, por las razones que se han expuesto en la entrada. Sin embargo en la película ella muere accidentalmente durante la discusión con su marido y a él le extraña que siga riendo, porque no sabá cual era el plan de su mujer. De todos modos los acusarían igual de asesinato, pero hay un matiz: Maxim de Winter siempre será inocente. El cine de la época, y casi el de esta, no podía tolerar que un asesinato por muy justificado que estuviera quedara sin castigo, como sí ocurre en la novela. el incendio de Manderley tiene que ver a la larga con los planes de Rebeca a través de su espíritu que queda en la señora Danvers.

    Para mí Rebeca es la versión sin final feliz, en el siglo XX, de Jane Eyre, novela con la que tiene muchos paralelismos. Pero aquí no hay un personaje dinámico y decidido como Jane, sino que es una narradora sin nombre y el fantasma de la primera señora Rochester acaba con la felicidad que ambos personajes (Rochester-Maxim de Winter y Jane-narradora sin nombre) buscaban.

    Un saludo y Feliz Navidad.

  2. diciembre 25, 2013 10:57 pm

    Gracias por el comentario. En efecto, en la película Rebecca muere accidentalmente porque el código Hays no permitió que fuese Maxim quien la matara y los guionistas tuvieron que alterar el argumento de la novela en este interesante matiz. No he añadido esa anécdota porque he preferido centrarme en la novela.
    En cuanto al origen social de Rebecca, es evidente que no pertenece a la nobleza y tampoco proviene de la pequeña burguesía provinciana, como Hitler.
    Por ello indico que su origen es burgués, si bien en la novela no se detalla este aspecto. Sobre el canon estético de la burguesía internacional, al menos hasta 1914, a la que suponemos que pertenecía Rebecca, está determinado por la emulación del modelo aristocrático. Pero Rebecca pretende restaurarlo en la década de los años treinta, cuando ese estilo estaba sumido en una crisis irreversible. En suma, la estética de Rebecca se ciñe al modelo convencional de estilo aristocrático que en la época resultaba anticuado y propio de una esnob y pretenciosa como ella.
    La estética de Hitler y de sus arquitectos (principalmente Speer, miembro de una familia de la clase alta, propietaria de una mansión) y escultores es de un neoclasicismo elemental, en el que prima la cantidad sobre la calidad, y no aporta novedad alguna, como el propio Speer reconocería años después.
    Los edificios y monumentos levantados por el régimen nazi, bajo las órdenes de Hitler e inspirados en sus gustos estéticos, tienen algo de agobiante e incluso carcelario. Esa monumentalidad estaba concebida para el engrandecimiento del tirano y de su régimen. También el estilo que Rebecca impuso en Manderley respondía a un propósito similar.

    Un saludo y feliz año 2014.

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