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Por sus libros los conoceréis

noviembre 26, 2013

Proust enamorado es el título de un ensayo biográfico en el que William C. Carter desmenuza los episodios eróticos del novelista francés desde la adolescencia hasta la madurez, incluyendo sus amores masculinos. Si el autor de En busca del tiempo perdido hubiera sabido de la existencia de este libro y de la abundante bibliografía que se ha escrito en torno a su vida, seguramente se habría sentido molesto no tanto por el carácter anecdótico propio de estas investigaciones cuanto por su influencia en los lectores potenciales de su gran novela.

Portada de la edición británica de

Portada de la edición en inglés de “Proust enamorado”, de William C. Carter

Ante cierta corriente romántica, que establecía una línea de continuidad entre la personalidad y la vida del escritor y su obra,  Proust preconizó lo contrario. Más aún, argumentó que el escritor que se sienta solitario a la mesa ante el papel en blanco es una persona muy distinta del hombre que convive con sus congéneres –amigos, amantes, cónyuge, parientes, conocidos o saludados– y al que, por tanto, se cree conocer a fondo; tan distinta que quienes lo conozcan personalmente y luego lean sus escritos no lo reconocerán en éstos, como si fuese otro individuo.

Por ello discrepaba del crítico literario Sainte-Beuve, empeñado en juzgar la obra de los escritores por la vida que hubiesen llevado. En contra de este criterio, Proust aboga por separar vida y obra. Si en algo se diferencia el escritor de los que no escriben es que en el recogimiento de su gabinete examina por escrito cuanto ha experimentado junto a ellos a la luz de los recuerdos. Primero vivir, luego escribir, fue la divisa de Proust, como la de tantos grandes autores.

Charles-Augustin Sainte-Beuve (1804-1869)

Charles Augustin Sainte-Beuve (1804-1869)

Según Proust, un libro es el producto de otro yo distinto del que expresamos “a través de nuestras costumbres, en sociedad, en nuestros vicios”. De hecho, añade,

“el yo que produce las obras queda ofuscado ante sus compañeros por el otro, que puede ser muy inferior al yo exterior de muchas personas”.

Para probar la ineficacia del método de Sainte-Beuve, recordó que éste, después de haber conocido a Stendhal, de recopilar los testimonios de amigos del escritor y de proveerse de todos los datos que, en opinión del reputado crítico, permiten juzgar un libro con más exactitud, concluyó que las novelas del autor de Rojo y negro eran “francamente detestables”.

No reparaba Sainte-Beuve en que el oficio literario, por su idiosincrasia -la soledad en que se lo ejerce-, no puede compararse con otros y tampoco con las restantes ocupaciones del escritor. “Lo que se brinda al público es lo que se ha escrito solo, para uno mismo”, prosigue Proust, mientras que lo que se da a la intimidad, la conversación, por refinada que sea, “es obra de un yo mucho más exterior, no el yo profundo que no se halla más que haciendo abstracción de los demás y del yo que conoce a los demás”. Se trata de ese yo

“que ha esperado mientras se estaba con los otros, que se ve como el único real, y para el que sólo los artistas acaban viviendo, como un dios al que cada vez abandonan menos y al que han sacrificado una vida que no sirve más que para honrarlo”.

Proust fotografiado en 1921 después de que viera en una exposición

Proust fotografiado en 1921, después de visitar en una exposición “La vista de Delft”, de Vermeer

A juicio de Proust el trabajo del escritor es inverso del que “minuto a minuto, cuando vivimos desviados de nosotros mismos, el amor propio, la pasión, la inteligencia y también el hábito, realizan en nosotros cuando amontonan por encima de nuestras impresiones verdaderas, para ocultarlas ahora, las nomenclaturas y las metas prácticas que llamamos falsamente vida”.

“Sólo procede de nosotros lo que sacamos de la oscuridad que llevamos dentro y de la que nada saben los demás”.

El autor de En busca del tiempo perdido reinterpretó la escisión apuntada por Rimbaud, quien había escrito “Yo soy otro”, para adaptarla a sus circunstancias personales. Hijo de una pudiente familia parisina, desde su adolescencia decidió dedicarse a la escritura, como otros vástagos de la burguesía culta de la época. Su incursión en la sociedad aristocrática, que a finales del siglo XIX empezaba ser desbancada por la burguesía financiera, despertó su imaginación, deslumbrado por los ritos y costumbres de aquellas gentes tan particulares, así como por el esplendor de sus palacios y de sus vestuarios y, cómo no, por las singularidades del lenguaje en el que se comunicaban.

Proust junto a Madame Strauss y otros amigos

El joven Marcel Proust (primero por la izquierda) junto a Madame Straus (née Geneviève Halévy) y otros amigos. Antes de su matrimonio con Émile Straus, estuvo casada con Georges Bizet y era madre de Jacques Bizet, amigo de Proust. Fue uno de los modelos reales de la duquesa de Guermantes. Mantuvo abierto un salón entre 1886 y 1925  frecuentado por escritores y artistas como Degas, Charles Gounod, Maupassant, Jules Renard, Paul Bourget, Charles Haas, Montesquiou o el propio Proust

Sin embargo, los hubo que miraban de reojo a aquel joven dandi, tachándolo de esnob, es decir, un burgués con ansias de medrar y de hacerse un hueco en los salones. No barruntaban quienes lo juzgaban así que, tras esa fachada de frivolidad o de aparente arribismo, pudiera ocultarse un escritor imaginativo, irónico, agudo observador y con unas dotes extraordinarias para el análisis y la introspección.

El “pequeño Marcel”, como lo llamaban sus amigos salonnières, no se parecía al escritor que, a la vuelta de una velada en determinado salón aristocrático o de una ronda nocturna por algún burdel de hombres, se encerraba en la habitación de su apartamento, regentado por la eficaz ama de llaves Céleste Albaret, para proseguir con la escritura de su novela en la que el Narrador –alter ego del escritor- incorporaba a su relato algún fragmento, adobado con cierta dosis de ficción, del espectáculo que acababa de presenciar.

Fotografía de Céleste Albaret en la época en que ejerció de ama de llaves de Proust

Fotografía de Céleste Albaret en la época en que ejerció de ama de llaves de Proust

No le faltaba razón  a André Gide cuando dijo que Proust era un maestro del disimulo. Hasta llegar a la “almendra” del novelista que por las noches se entregaba en cuerpo y alma a la escritura de En busca del tiempo perdido es preciso arrancar las distintas capas que lo recubren.

En primer lugar, la capa del personaje que, con fama de esnob y dandi, se movía como pez en el agua por los ambientes mundanos de París; la capa del amigo afable de damas y caballeros de la alta sociedad -“le petit Marcel”. Luego estaba la  capa casi invisible del homosexual que frecuentaba hoteles de dudosa reputación y que en la penumbra doméstica mantenía a amantes ocasionales, prisioneros de su obsesión erótica.

Por fin estaba la capa más visible de todas, la del Narrador, también de nombre Marcel, que en su condición de memoralista describe a la alta sociedad parisina de finales de siglo así como sus inquietudes de escritor en ciernes, sus relaciones familiares y amistosas y sus amoríos heterosexuales. Pocos amigos suyos estaban al corriente de su oficio nocturno con el que saldaba la deuda contraída con sus padres, ya fallecidos, y especialmente con su exigente y culta madre, Jeanne Weil, quien hasta su muerte le reprochó que perdiera el tiempo en banquetes y veladas en los salones. Hasta que en noviembre de 1913 publicó Por donde vive Swann, costeándose la edición de su bolsillo. En 1919, seis años antes de morir, recibiría el Premio Goncourt por el segundo volumen de su ciclo novelístico, A la sombra de las muchachas en flor.

André Gide

André Gide

Proust era un artista porque creó personajes y ambientes que, aun cuando se inspirasen en la realidad, tienen una personalidad propia e inconfundible. No sólo no se retrató en su novela sino que incluso se ocultó detrás de su alter ego. Tampoco retrató a ninguno de los modelos reales en los que se inspiró para crear a sus personajes. Como él mismo reconoció, cada uno de ellos era el resultado de la combinación de varias facetas de distintos modelos reales.

En su novela dio vida a un escritor célebre, Bergotte (al parecer reúne algunas características de Anatole France), por quien el joven Narrador se siente fascinado después de haber leído sus libros. Pero cuando se lo presentan y tiene la oportunidad de tratarlo, sufre una desilusión al percatarse de la distancia existente entre la idea que se había formado de él antes de conocerlo y la que le ofrece la persona real, con sus defectos prosaicos.

El escritor Anatole France fue uno de los modelos reales en los que Proust se inspiró para crear al también escritor Bergotte modelo principal de

Anatole France fue uno de los modelos reales en los que Proust se inspiró para crear al también escritor Bergotte

A partir de este desengaño, el Narrador toma conciencia de que el escritor como sujeto social puede diferir bastante del autor que se encierra en su gabinete, distanciándose del personaje al que todos conocen. Para ahondar aún más en este motivo, y de paso reflejar su discrepancia con el método crítico de Sainte-Beuve,  Proust creó en su novela a la marquesa de Villeparisis, una anciana que se jactaba de haber conocido a Chateaubriand, a Balzac y a Victor Hugo porque frecuentaron la casa de sus padres cuando era una niña.  Al preguntarle el Narrador por la opinión que se tenía de ellos, la buena dama le comentó que carecían de “esas prendas de la opinión moderada y la sencillez” que, según le habían enseñado a ella, eran “la culminación del mérito auténtico”.

Refiriéndose a esos célebres escritores, la señora de Villeparisis le dice también al Narrador que, como sostenía Sainte-Beuve, había que creer “a quienes los vieron de cerca y pudieron calibrar con exactitud lo que valían”. En suma, la marquesa pensaba que había que juzgar las obras de Chateaubriand, Balzac y Victor Hugo por la opinión que se habían formado de ellos quienes los trataron. Esto significaba ni más ni menos que, al igual que sus personalidades, los libros que escribieron carecían de “la culminación del mérito auténtico”.

Victor Hugo

Victor Hugo

En otro pasaje, la señora de Villeparisis le confiesa al Narrador, admirador de las novelas de Stendhal, que su padre se habría sentido muy extrañado de tanta admiración, ya que el autor de La Cartuja de Parma era ingenioso pero “espantosamente vulgar”, al contrario que Prosper Mérimée, al que el padre de la dama tenía por “un hombre de talento”.  En una línea de pensamiento similar a la de Proust, su contemporáneo Oscar Wilde dejó escrito que

“los buenos artistas existen sólo en lo que hacen, y por tanto son absolutamente anodinos en lo que son. Un gran poeta, un poeta grande de verdad, es la criatura más prosaica. Pero los poetas de índole menor son absolutamente fascinantes. Cuanto peores son sus rimas, más pintoresco es su aspecto”.

Wilde argüía que el poeta mediocre “vive la poesía que no puede escribir”, mientras que los otros “escriben la poesía que se atreven a convertir en realidad”.

Oscar Wilde

Oscar Wilde

Un poeta que parece poeta no lo es, aunque quizá lo fuese cuando no lo parecía, del mismo modo que un sentimiento que se vuelve comunicable es porque ha perdido su esencia y ya sólo se lo describe desde el recuerdo. El proceso de creación literaria o artística se realiza bajo dos condiciones básicas: la distancia y la separación. Distancia del objeto real en el que se inspira la obra que se está creando y separación de aquel individuo que estuvo en contacto con dicho objeto de este otro individuo que, ya en calidad de artista, un tiempo después se encierra en su taller para crear la obra de arte. También contemporáneo de Wilde, Nietzsche propugnaba separar al artista de su obra, de modo que “no se le tome a aquél con igual seriedad que a ésta”.

No conviene medir a un artista según el criterio de su obra, mucho más valiosa que él. El autor no es más que una suerte de intermediario, “la condición preliminar de su obra, el seno materno, el terreno, a veces el abono y el estiércol sobre el cual y del cual crece aquélla”. Si se quiere gozar de la obra misma, más vale olvidarse de su creador. Para Nietzsche, indagar en los orígenes de una obra sólo puede interesar “a los fisiólogos y vivisectores del espíritu: ¡nunca y en ningún caso a los hombres estéticos, a los artistas!”

Friedrich Nietzsche

Friedrich Nietzsche

Ya Flaubert había pedido al artista que se esmerase para hacer creer a la posteridad que no vivió, evitando introducir en su obra cualquier sentimiento personal. “Mientras menos me imagino a los artistas, más grandes me parecen; no quiero suponer nada sobre la persona de Homero, de Rabelais, y cuando pienso en Miguel Ángel, sólo veo la espalda de un viejo de estatura colosal esculpiendo la noche a la luz de las antorchas”.

Antes que Flaubert, Balzac planteó en Modeste Mignon la escisión entre la persona y el artista a través de uno de los personajes de la novela, el poeta Melchior de Canalis, cuya naturaleza era poética “únicamente por la expresión literaria”. Balzac afirma que el proverbio “el hábito no hace al monje” es aplicable a la creación literaria, donde resulta raro encontrar correspondencia entre el talento  y el carácter. La explicación que ofrece de esta dicotomía es que todo cuanto alberga la mente “florece en una completa independencia de los sentimientos y de lo que se llama virtudes del ciudadano, del padre de familia y del hombre privado”.

Cita a modo de ejemplo a Virgilio, “el pintor del amor que no amó jamás a ninguna Dido”. Y Lord Byron y Goethe fueron dos colosos de la poesía y del egoísmo. Los poetas “tienen demasiadas vanidades y demasiados ángulos hirientes”, por lo que no son los candidatos ideales para esas mujeres que “bajo las bóvedas de clemátides meditan sobre las poesías” sin “percibir el olor del cigarro que despoetiza los manuscritos”. La mujer del poeta deberá haberle amado durante mucho tiempo antes de casarse con él.

BalzacModesteMignon

Ilustración de la época para “Modeste Mignon”

William Somerset Maugham observó que si en algún autor se plasmaba la dicotomía entre el hombre y el escritor ése era Dostoyevski. Los sentimientos de piedad y compasión que destilan las páginas de sus novelas se contradecían con su temperamento “vanidoso, pendenciero, envidioso, fanfarrón, desconfiado, rastrero, egoísta, informal, desconsiderado, cerrado e intolerante”. Parece que el novelista ruso era consciente de su dualidad. Quizá el personaje que más se le parezca sea el protagonista de Memorias del subsuelo, un funcionario fracasado, que cree que los demás lo consideran un ser insignificante, como una mosca, y que, semejante a un insecto, se abría paso “del modo más vil” entre los transeúntes.

Aunque la dicotomía se aprecie en todos los artistas, Maugham pensaba que es más acusada en los escritores porque, al trabajar con la palabra, la contradicción entre sus conductas y lo que comunican resulta también más llamativa. En un sentido contrario al antagonismo entre el hombre Dostoyevski que sufrieron sus allegados y las novelas y cuentos del escritor que leemos, Jules Renard temía que se le recordarse más por su talante conciliador que por la calidad de su obra. Así dejó constancia de ello en el Diario, en el que confesó que no le halagaría mucho que en el futuro, cuando hubiese muerto, “algún imbécil” dijese de él: “Yo que lo conocí, considero que era muy superior a su obra”.

Fiodor Dostoyevski

Fiodor Dostoyevski

Quien busque al artista en su obra sólo porque simuló que se autorretrataba en ella,  lo más probable es que encuentre a un personaje distinto -en realidad ficticio- del real. Tenemos motivos para sospechar que ni siquiera el Velázquez que vemos en Las Meninas pintando en la penumbra el cuadro que mira el espectador (aunque ¿no será el cuadro el que mira al espectador?) es el Velázquez de verdad, de carne y hueso.

Tampoco el lector encontrará al escritor cuyos libros ha leído con verdadero interés en la biografía que se haya publicado de él. Esto me recuerda al diálogo entre el autor portugués Vergílio Ferreira y un lector y que reproduce en su cuaderno de notas Pensar:

-“Me ha gustado estar con usted, pero me gusta más leerlo. -Pero es conmigo con quien ha estado cuando me leía. No ahora que lo ha estado”.

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6 comentarios leave one →
  1. noviembre 26, 2013 5:07 pm

    Es evidente que un artista lo es por su obra, no por su vida social. Y la obra de arte es producto de la libertad, mientras que la vida social lo es de la necesidad. Es natural – y habitual – que el conocimiento directo de un gran artista decepcione, y es que el más grande de los genios puede ofrecer, en sociedad, el aspecto de un “pobre hombre”. A la inversa, cualquier charlatán pagado de sí mismo puede brillar como un astro de primera magnitud en la más buena sociedad.

  2. Maia L.B. permalink
    noviembre 27, 2013 7:52 pm

    Me gusta e incluyo al comentario de antoniopriante. Que cada cual viva su obra como le plazca pero me inclino por pensar que el hombre debe superar a su obra en lo que a su actuar respecta y la obra debe superar al hombre y sus defectos para llegar a convertirse en arte. Un saludo.

    • noviembre 28, 2013 9:59 am

      Gracias por tu comentario. Pero es curioso que alguien tan influyente en su tiempo como Sainte-Beuve pensara que la obra del artista tenía que juzgarse por su vida porque no podía existir separación alguna entre vida y obra, y que el artista que componía su obra era el mismo que “hacía vida” fuera de su taller.
      La refutación parece fácil, pero parte de la idea de que el artista es una especie de esquizofrénico, que se comporta de una forma cuando está con los demás y de otra distinta cuando está solo, trabajando en su obra. Son dos personalidades en una.
      Para Sainte-Beuve no había tal “esquizofrenia” al entender que el artista es el mismo continuamente, tanto cuando estaba con los demás como cuando trabajaba solo en su taller. Un saludo

  3. Lafcadi permalink
    febrero 4, 2014 7:58 pm

    Qué difícil traducir DU CÔTÉ DE CHEZ SWANN. Vd, se acerca,se acerca,pero…

  4. diciembre 13, 2017 4:16 pm

    “Tengo un disco de Céline que escucho de vez en cuando. Las primeras páginas de “El viaje al fin de la noche” (leídas por Michel Simon) producen físicamente (carne de gallina) la impresión del genio en estado puro. Es perturbador. Luego viene una larga entrevista al autor, que desvaría y repite machaconamente banalidades. Es deprimente. ¿Céline y el doctor Destouches habrían sido, pues dos individuos diferentes?”

    – Simon Leys

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