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Soñar para contarlo

noviembre 19, 2013

El sueño es una de las experiencias más solitarias del ser humano, aun cuando soñemos con personas conocidas. Al soñar nos reencontramos con los recuerdos olvidados y, por tanto, con la conciencia. Dos amantes pueden dormir en el mismo lecho, espalda contra espalda o unidos en un abrazo, pero en el momento en que, al menos uno de ellos, se adentre en un sueño, esa unidad se habrá quebrado. Ramón Gómez de la Serna expresó esta escisión en un sugerente aforismo: “Hay matrimonios que se dan la espalda mientras duermen para que el uno no le robe al otro los sueños ideales”.

Si son los dos los que sueñan, se dará la paradoja de que, estando físicamente entrelazados, ese interludio onírico los separará durante el tiempo que dure. Es posible que cada uno de los amantes sueñe que se encuentra a miles de kilómetros del otro, que atraviesa una situación de peligro extremo en la que el ser amado no puede ayudarle, e incluso, por qué no -el camino de los sueños es inescrutable- que uno de ellos es infiel a su pareja.

Jorge Wagnensberg

Jorge Wagensberg

Sin embargo, aunque nadie pueda soñar por nosotros, podemos contarle a alguien nuestros sueños. En un hermoso poema el escritor y científico Jorge Wagensberg imaginó a una pareja que, después de compartir un sueño, al despertar comparten el relato de ese sueño:

“Quiero soñar que compartimos la misma cama,

que nos dormimos,

que compartimos un sueño,

y que luego, ya despiertos,

compartimos, riendo,

el recuerdo del sueño compartido”.

Nadie sueña lo que quiere ni elige sus sueños. Por el contrario, son ellos los que nos eligen. Saben de nosotros más que nosotros mismos, pero también más de lo que podemos saber de ellos. Sólo tenemos una certeza: es preciso escuchar el mensaje que nos dejan cada noche, por enigmático que se nos antoje.

Un sueño que aparentemente se contradice con la realidad lo más probable es que esté confirmándola, anticipándose de esa manera al pensamiento consciente del soñador. Hace falta que transcurra algún tiempo para que aquello que anticipó el sueño adquiera visos de realidad.

Al igual que los sueños revocan a menudo nuestra percepción de la realidad, también las ficciones literarias suelen encerrar algo muy distinto de lo que creemos percibir en ellas. Sus autores contaron una historia que los lectores creen haber entendido claramente porque en ella todo resulta inteligible, coherente y ordenado, como dos y dos son cuatro. Pero ¿y si el autor nos hubiese contado algo diferente de lo que leemos en su relato?

"El Sueño", de Pablo Picasso

“El Sueño”, de Pablo Picasso

Además, los tiempos cambian la mentalidad de los lectores y aunque la obra permanezca intacta, ya no lo son sus destinatarios que la leen con unos ojos diferentes de aquellos que la leyeron cuando vio la luz y eran contemporáneos del autor y hasta de los personajes de la obra. Es lo que tienen los clásicos, que nunca mueren sino que se transforman, conservando su esencia y compostura. Una obra clásica lo es porque cada generación de lectores la lee de forma renovada y cuanto se comenta de ella está sujeto a la provisionalidad. Lo único que no varía es la letra en que está impresa. A veces los mejores intérpretes de una obra son otros autores, quienes, al leerla con ojos nuevos, ellos mismos escriben una realmente original.

En La Odisea Homero compuso uno de los poemas de amor más conmovedores de la historia de la literatura. En los veinticuatro Cantos de que consta narra la extraña experiencia por la que hubieron de pasar Ulises y Penélope, padres del joven Telémaco, durante los veinte años en que permanecieron separados por circunstancias ajenas a su voluntad.

"Ulises y las sirenas", de Herbert James Draper

“Ulises y las sirenas”, de Herbert James Draper

Mientras Ulises, de vuelta a Ítaca, su patria natal y de la que ostentaba el título de rey, después de haber participado en la Guerra de Troya, se encuentra durante el viaje con un cúmulo de peripecias que dificultan su retorno, algunas poniendo en peligro su vida, su mujer, Penélope, que aguarda en el palacio su regreso, padece el acoso de los pretendientes quienes, en su tentativas por arrancarla de esa larga espera, se esfuerzan por convencerla de la muerte de su marido.

Pero Penélope daba largas a los pretendientes que deseaban desposarla con el ardid de que se casaría con uno de ellos el día en que acabase de tejer un enorme lienzo que debería servir de sudario a su suegro, el anciano Laertes, cuando éste muriese. Gracias a esta argucia pudo soportar la espera, tejiendo por el día el lienzo que deshacía por la noche.

Penélope ante el telar, Museo de Chiusi el telar,

Penélope ante el telar (Museo de Chiusi)

Veinte años después de su marcha, Ulises se presentó en su antiguo hogar con un aspecto de “viejo y miserable mendigo que se apoyaba en un bastón y llevaba feas vestiduras”. Ninguno de los moradores del palacio creyó que se tratase del dueño y señor de la casa. Pero él se reveló ante Penélope, que al principio lo confundió con un nuevo pretendiente, mostrándole el interior del grueso tronco del olivo en el que él mismo labró el lecho conyugal. Pronto Ulises se hizo con un arco y flechas y disparó contra los pretendientes, matándolos en el acto.

El Canto XXIII narra que, después de que los esposos hubieron disfrutado del “deseable amor”, se entregaron al deleite de la conversación. Penélope le refirió  los sufrimientos que le infligieron los pretendientes en sus intentos por seducirla y Ulises a su vez le relató los “males que había inferido a otros hombres y cuántas penas había arrostrado en sus propios infortunios”. Cuando el héroe terminó su relato, los dos se durmieron plácidamente.

"La masacre de los pretendientes de Penélope por Ulises y Telémaco", de Louis-Vincent-Léon Palliére (1812)

“La masacre de los pretendientes de Penélope por Ulises y Telémaco”, de Louis-Vincent-Léon Palliére (1812)

Esta es la historia que nos transmitió Homero. Pero los lectores podemos tomarnos la licencia de leerla de otra manera sin apartarnos del texto original, y con el mero recurso de la imaginación. Empecemos por algunas preguntas: ¿Y si en realidad Ulises no hubiese salido jamás de Ítaca y Penélope no se hubiera sentido en realidad acosada por los pretendientes? ¿Y si las peripecias que se contaron el uno al otro, tumbados en el lecho conyugal, fuesen el relato del sueño que habría tenido cada uno de ellos esa misma noche?

Siguiendo el hilo de esta hipótesis, Ulises habría soñado que, después de combatir diez años en la guerra de Troya, y de otros diez de camino hacia su patria natal, le ocurrían la serie de percances que se narran en La Odisea. Por su parte, Penélope habría soñado que mientras Ulises combatía en la Guerra de Troya, era acosada por los pretendientes. Hasta que al fin su marido volvía a casa y, tras ser reconocido por ella, mataba a los pretendientes con su potente arco.

Así que al despertar y reencontrarse  el uno al otro después de esas pesadillas, compartiendo el mismo lecho, se sintieron muy dichosos, “riendo el recuerdo del sueño compartido”, como se lee en el poema de Wagensberg.

Arthur Schnitzler en 1912

Arthur Schnitzler en 1912

Aunque no dejara constancia de ello, es posible que el novelista austríaco y médico de profesión Arthur Schnitzler se inspirase en La Odisea al escribir en 1925 Relato soñado (Traumnovelle). Esta novela corta cobró celebridad en 1999 tras la versión cinematográfica de Stanley Kubrick con el título  Eyes Wide Shut , protagonizada por la también célebre pareja de actores Tom Cruise y Nicole Kidman, en aquella época todavía casados.

La historia comienza con una conversación nocturna entre Fridolin, médico vienés de treinta y cinco años y de posición acomodada,  y su esposa Albertine, ambos padres de una hija de seis años, en la que comentan los pormenores del baile de Carnaval del día anterior al que acudieron por primera vez. Lo que parecía una charla ligera deriva pronto en un intercambio de confidencias sobre los deseos escondidos de cada uno de ellos, alentados por las posibilidades de seducción erótica que palparon durante el baile.

Cartel de la película "Eyes wide shut", de Stanley Kubrick (1999). , de Stanley Kubrick (1999). La película está ambientada en la época actual, en Nueva York, y los guionistas sustituyeron los nombres de Fridolin y Albertine por los de William "Bill" Harford y Alice

Cartel de “Eyes wide shut”, de Stanley Kubrick (1999). La película está ambientada en la época actual, en Nueva York, y los guionistas sustituyeron los nombres de Fridolin y Albertine por los de William “Bill” Harford y Alice

El tono confidencial llega al extremo de confesarse las ocasiones en que ambos bordearon la infidelidad cuando ya estaban comprometidos. No era la primera vez que intercambiaban este tipo de confidencias. Sólo que ahora Fridolin sufrirá las secuelas de esa peligrosa práctica suscitada por la curiosidad de Albertine: la desconfianza en ella y el temor de que no le hubiese revelado toda la verdad acerca de sus flirteos  con otros hombres.

Por cierto, al igual que la pareja de Relato soñado, e inducidos por un afán análogo de imprimir la máxima transparencia a su relación, Tolstói y Sonia Behrs acordaron poco después de su boda darse a leer sus respectivos Diarios, por lo que enseguida anidaron en ellos la sospecha y el rencor. Según el biógrafo del escritor ruso, Henri Troyat, las confesiones se volvían acusaciones y requisitorias:

“Demasiado a menudo lo que no se atrevían a decirse a la cara, lo ponían en el papel. Después, habiendo liberado sus conciencias, aguardaban con curiosidad malsana el resultado. En virtud de este acuerdo, la vida doméstica se desarrollaba sobre un doble plano, el de la palabra dicha y el de la escrita. Las batallas ganadas en el primer estadio quedaban postergadas  en el segundo. Lo milagroso es que su unión resistió  a esta sobrecarga de sinceridad”.

Fotografía de Sonia Bers junto a su marido Lev Tostói

Fotografía de Sonia Bers junto a su marido Lev Tostói

La confesión de las infidelidades nunca consumadas de Albertine  desató en la imaginación de Fridolin un huracán de turbios sentimientos. Soliviantado por el fantasma de los celos, se apoderó de él un repentino deseo de desprenderse no sólo de las ataduras conyugales sino de la forma de vida que había llevado hasta entonces. Incluso acarició la fantasía de desaparecer por una larga temporada o de llevar una existencia doble, como Wakefield, el personaje del relato del mismo título de Hawthorne que una tarde de otoño se marchó del hogar conyugal con el pretexto de un viaje y que, tras anunciar a su esposa que quizá regresara el viernes a la hora de la cena, no vuelve hasta después de veinte años, durante los cuales vivió en un apartamento próximo a su antigua casa.

Fridolin se regodea en el deseo de ser otro, desde luego muy diferente del que los demás creían que era: el médico responsable, fiel marido, padre ejemplar y modélico ciudadano burgués. No sabía hasta qué punto su deseo se haría realidad en un breve periodo de tiempo.

Una experiencia similar a ésta fue descrita trece años antes por Thomas Mann en La muerte en Venecia, novela en la que el escritor maduro Gustav von Aschenbach se siente repentinamente embargado por un deseo de aventuras insospechadas en una Venecia decadente, agobiada por el calor húmedo portador del virus del cólera. El destinatario de su fantasía de extravío será un bello adolescente, hijo de una familia de la aristocracia polaca, al que conoce en el mismo hotel en el que se alojaba.

Gustav von Aschenbach en "Muerte en Venecia", la película de Visconti inspirada en la novela de Thoman Mann
Gustav von Aschenbach en “Muerte en Venecia”, la película de Visconti inspirada en la novela de Thomas Mann

También Aschenbach rompe con las cadenas que lo ataban a su pasado de escritor áulico, alabado por el poder y leído por burgueses que se identificaban con sus libros y con su autor, al que consideraban de su misma condición, sensibilidad y pensamiento. No sospechaban que el atildado y exitoso Aschenbach ocultase un escritor bohemio, en las antípodas del “buen gusto” burgués y de sus recias costumbres.

Algunos años antes, Nietzsche había planteado la hipótesis del “gran desasimiento” que se apodera de un individuo, quien, tras haber permanecido “atado” y “encadenado para siempre a su rincón y su columna”,  asiste al despertar de “un ansia de irse a cualquier parte, a toda costa”. Esta persona súbitamente desinhibida “vaga con una avidez insatisfecha” y “merodea alrededor de lo más prohibido”. En sus sentidos “flamea y azoga una vehemente y peligrosa curiosidad por un mundo ignoto”, que se manifiesta en un

“repentino horror y recelo hacia lo que amaba, un relámpago de desprecio hacia lo que para ella significaba “deber”, un afán turbulento, arbitrario, impetuoso como un volcán, de peregrinación, de exilio, de extrañamiento, de enfriamiento, de desintoxicación, de congelación, un odio hacia el amor”.

Sin duda Aschenbach y Fridolin encajan en el prototipo descrito por Nietzsche. Al igual que en La muerte en Venecia, en Relato soñado Eros y Tánatos se dan la mano en esa noche turbulenta en la que Fridolin, aseteado por la revancha contra su esposa,  se echa a la calle en busca de aventuras desconocidas, de las que ni él mismo tiene una idea de lo que le depararán, adentrándose en una confusión de sensaciones y experiencias que no sabe si algún día será capaz de confesar a Albertine. El ritmo trepidante con el que vivirá estas experiencias recuerda al de los sueños, como si se sintiera poseído por una fuerza muy superior a su voluntad.

Friedrich Nietzsche

Friedrich Nietzsche

Todo comenzó un atardecer, a principios de la primavera, por los Carnavales, al recibir un aviso para que acudiese al domicilio de un alto funcionario gravemente enfermo al que encuentra ya muerto. Cuando iba a despedirse de la hija del difunto, Marianne, públicamente comprometida con un profesor de Historia de la Universidad, ésta le declara su amor. Aturdido por tan inesperada reacción y en semejante circunstancia, Fridolin abandona la casa. Marianne no es su tipo.

Ya en la calle, ante la perspectiva de una noche apacible, en vez de volver a su hogar, la presencia de las sombras de unas parejas de novios abrazándose en un parque y el encuentro con un mendigo andrajoso tumbado sobre un banco le trajo el recuerdo del difunto, sujeto a las “leyes eternas de la descomposición”. Poco después choca con una pandilla de estudiantes uniformados, uno de los cuales le asesta un codazo. Pero Fridolin elude la provocación.

De pronto reparó en que se había alejado del barrio próximo a su casa, yendo a parar a una callejuela de mala nota. Una joven prostituta lo invita a su apartamento. Al rato se ve a sí mismo en una habitación extraña ante una chica de diecisiete años medio desnuda, que sólo le inspira ternura y ganas de conversación. ¿Quién se lo iba a haber dicho tan sólo hace una hora? Estaba cansado y quería que le hablasen.  Quizá por su mente pasara el miedo a la sífilis. Al fin se despidió de la chica, ofreciéndole dinero que ella rechazó.

Fotograma de "Eyes Wide Shut": Bill Harford en la tienda de disfraces

Fotograma de “Eyes Wide Shut” con Bill Harford en la tienda de disfraces

De nuevo en la calle, paseó sin rumbo hasta que fue a parar a un café de poca categoría. Entre los pocos clientes apreció la presencia de un antiguo compañero de estudios, Nachtigall, que se ganaba la vida tocando el piano en locales nocturnos y fiestas privadas. Informado por éste de los pormenores del baile de máscaras al que pensaba acudir esa noche, Fridolin se empeña en acompañarle en el coche de caballos de aspecto fúnebre que deberá trasladar al pianista a la mansión en la que se celebrará el baile. Para ello compra en una tienda de disfraces una cogulla de monje y una máscara negra.

En la tienda se cruzó con dos hombres disfrazados que aparentemente trataban de seducir a la hija del dueño –una niña todavía- disfrazada de pierrot. Pero el padre ordena a la pequeña en tono amenazador que se vaya a la cama mientras espera a la policía para que se lleve a los dos hombres. Al llegar a la mansión, en compañía de su amigo, Fridolin se cuela en la fiesta gracias a la contraseña que le ha facilitado Nachtigall.

Fotograma del ritual de la mascarada en la mansión neoyorkina con William "Bill" Harford (Tom Cruise), de la película "Eyes wide shut", de Stanley Kubrick

Fotograma de “Eyes Wide Shut” que recoge un momento del ritual de la mascarada en la mansión neoyorkina

En aquella fiesta -una orgía sexual- contempla perplejo los ritos extraños que ejecutan los enmascarados bajo sus disfraces de monjes y monjas en un salón revestido con sedas negras, mientras Nachtigall toca el piano con los ojos vendados. Luego las mujeres desaparecen, reapareciendo al poco rato en otro salón desnudas y tocadas con velos oscuros y máscaras de encaje.

Una de las mujeres le advierte a Fridolin de que debe marcharse de inmediato si no quiere poner su vida en peligro. Pero el joven está decidido a quedarse, fascinado por la desnudez de aquellos cuerpos. Hasta que es descubierto y le piden que se identifique. Justo en ese momento la misma mujer que poco antes le aconsejó que abandonara la casa, ahora vestida de monja declara estar dispuesta a sacrificarse por Fridolin si lo dejan salir.

Con el disfraz bajo el brazo, el médico regresa a su domicilio a las cuatro de la mañana. En el dormitorio se encuentra a Albertine dormida, pero, inducida por algún sueño, de pronto ríe. Fridolin la despierta. Entonces le cuenta el largo sueño que acaba de tener y en el que ella le era infiel mientras él, atrapado por unos desalmados,  se negaba a ser indultado por una princesa que, a cambio del perdón, le pedía que se comprometiera con ella.

William "Bill" Harford vagando por las calles de Nueva York

William “Bill” Harford vagando por las calles de Nueva York

Al venir el día, el médico sale de nuevo para repetir el tortuoso itinerario de  la noche anterior, en un intento por comprender lo ocurrido y de atar cabos, pero también dolido por la infidelidad onírica de Albertine. Sin embargo, la luz diurna no le responde a los misterios que le deparó la noche. Abrumado por las dudas y los interrogantes, retorna a casa con las manos vacías para desvelar a Albertine las extrañas aventuras de las últimas horas, no muy distintas de las que le asaltaron a ella durante el sueño que le contó la noche anterior.

Fridolin se siente insatisfecho sin saber con certeza de qué. Intuye que la seguridad que halla en el amor de su mujer está a punto de desmoronarse. De ahí que se precipite en busca de lo incierto, de alguna aventura, por peligrosa que sea, pero que al menos le ayude a olvidar su pasado y alivie su insatisfacción. En realidad, Fridolin confunde la búsqueda con la huida. Porque es de sí mismo de quien escapa. Por ello cada experiencia nueva le resulta frustrante y la búsqueda infructuosa. El deseo erótico que pretende satisfacer, herido por la infidelidad de su mujer -más imaginaria que real-, se transforma en compasión bajo el influjo de las circunstancias en las que podría satisfacerlo.

En cuanto a Albertine, su situación es inversa a la de Fridolin: aunque no busca nada, siempre se encuentra con algo que, sin embargo, tampoco le procura satisfacción alguna. En su sueño comprueba que su marido le es fiel hasta el autosacrificio al mismo tiempo que se siente seducida por un hombre y observa con desasosiego la lucha desigual que sostiene Fridolin contra los obstáculos que le salen al paso. Los dos son víctimas de una suerte de maleficio que tiende a separarlos, como a Penélope los pretendientes y a Ulises el cúmulo de obstáculos que le asaltan durante su viaje de regreso a Ítaca.

Alice (Nicole Kidman) y Wlliam "Bill" Hardford en "Eyes wide shut", de Stanley Kubrick (1999). La película está ambientada en la época actual, en Nueva York, y los guionistas sustituyeron los nombres de Fridolin y Albertine por los de William "Bill" Harford y Alice

Alice y Wlliam “Bill” Harford en “Eyes Wide Shut”

Pero con las cartas boca arriba y los sueños nocturnos disueltos pacíficamente en la luz del día, el maleficio se esfuma y las piezas del rompecabezas que se extraviaron en la oscuridad de la noche recobran su lugar originario. El relato de sus respectivos sueños -el que ella tuvo dormida y él despierto- deshizo los fantasmas del miedo y de la desconfianza, esos hijos de la noche que ellos mismo invocaron temerariamente, perturbando su amor.

Fue entonces cuando parece que ambos recapacitaron para sus adentros que los secretos deben regresar a la oscuridad de la que nunca tendrían que haber salido. El sueño les ayudó a escapar del laberinto en el que se internaron con la osadía propia de la ignorancia y la bisoñez. De este modo Relato soñado termina casi como empezó, aunque con un resultado inverso.

En el diálogo que mantienen al final de la novela, poco antes de que un “rayo victorioso” se colase por la rendija de la cortina anunciando la llegada del día, Fridolin le pregunta a Albertine qué harán a partir de ahora, a lo que ella le responde, “tras una breve vacilación”:

“Dar gracias al Destino, creo, por haber salido tan bien librados de todas esas aventuras… de las reales y de las soñadas.

¿Estás segura? –le preguntó él.

– Tan segura que sospecho que la realidad de una noche, incluso la de toda una vida humana, no significa también su verdad más profunda.
– Y que ningún sueño – suspiró él suavemente – es totalmente un sueño”. (Edición de El Acantilado y traducción de Miguel Sáenz, 1999).

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10 comentarios leave one →
  1. noviembre 19, 2013 3:27 pm

    Siempre me pregunto si no les damos demasiada importancia a los sueños (“Los sueños son espuma”, dice el personaje de Hoffmann). También me pregunto lo contrario..

  2. noviembre 19, 2013 5:14 pm

    Pienso que más bien ocurre lo contrario: no se da a los sueños la importancia que merecen. Son la otra cara de nuestra conciencia. Nada menos.

  3. noviembre 19, 2013 7:22 pm

    Es interesante en la medida de que en el sueño son posibles situaciones que en la realidad física serían dudosas o incluso increíbles, lo que aumenta la libertad de quien cuenta y la ensoñación de quien lee y viceversa.

  4. Maia L.B. permalink
    noviembre 20, 2013 9:42 pm

    No sé si debían tener o no más trascendencia en lo cotidiano pero a nivel literario adoro los libros que incluyen movimientos oníricos y relatos de sueños. Admiro tu capacidad para escribir artículos.

    • noviembre 21, 2013 11:42 am

      Los sueños son el reverso de situaciones reales, por lo que habría que leerlos también al revés. Ante ellos el lector tiene que cambiar de punto de vista y mostrarse también más activo. Son un desafío para su imaginación (como también lo fueron para el escritor).
      Gracias, Maia, por tu comentario final y por la lectura de unos artículos quizá demasiado extensos para este formato de lectura en pantalla, pero que trato de “amenizar” y complementar con las imágenes.
      Un abrazo

  5. noviembre 21, 2013 4:40 am

    Estupendo artículo, coincido con Maia. Hablando de sueños, acabo de terminar “El vendedor de pasados” de José Eduardo Agualusa, estupenda novela en la que los sueños, la vida, lo real, lo imaginado, lo que se desea y lo que se oculta, se entremezclan como en uno solo.
    “Que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”-Calderón de la Barca

  6. noviembre 21, 2013 11:45 am

    Gracias por el comentario. Aunque no he leído la novela que citas, es cierto que parece muy sugerente.

  7. diciembre 1, 2013 9:30 pm

    Hay sueños que nos hacen revivir un pasado que creíamos superado. Y otros que no llegamos nunca a comprender.

    • diciembre 2, 2013 10:33 am

      Los sueños son una experiencia tan personal que bien podría decirse: “Allá cada cual con los suyos”. Un saludo.

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