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Buñuel, los perros y los molinos de viento

octubre 29, 2013

El pasado 29 de julio se cumplió el treinta aniversario de la muerte del director de cine Luis Buñuel (Calanda, Teruel 1900- Ciudad de México, 1983). Sin embargo, su obra y su figura no han sido recordadas con el interés que merecen, al menos en España. El universo de Buñuel está enclavado en el corazón del siglo XX, con sus herencias del siglo anterior. Pertenece a la generación de cineastas que mantuvo una alianza muy fructífera con la literatura y cuyas películas suplieron con creces la decadencia que se apoderó de la novela tras el largo periodo de esplendor del siglo XIX  y las tres primeras décadas del XX. Aunque parezca exagerado decirlo,  las mejores novelas de buena parte del siglo pasado se rodaron más que se escribieron.

Fotografía de Marv Newton tomada en la mansión de George Cukor en Beverly Hills en noviembre de 1972, con motivo del homenaje que el anfitrión ofreció a Buñuel y en el que aparece en el centro el director aragonés junto a otros prestigiosos  directores de la época dorada de Hollywood:  Cukor, Alfred Hitchcock, Rouben Mamoulian, Robert Mulligan, George Stevens, William Wyler, Robert Wise, Billy Wilder, Serge Silberman y Jean-Claude Carrière. John Ford tuvo que ausentarse tras sentirse indispuesto. Tampoco Frtiz Lang pudo asistir por motivos de salud.

Fotografía de Marv Newton tomada en la mansión de George Cukor en Beverly Hills en noviembre de 1972, con motivo del homenaje que el anfitrión ofreció a Buñuel y en la que se ve en el centro al director aragonés junto a otros prestigiosos cineastas de la época dorada de Hollywood como el propio Cukor, Alfred Hitchcock, Rouben Mamoulian, Robert Mulligan, George Stevens, William Wyler, Robert Wise, Billy Wilder, Serge Silberman y Jean-Claude Carrière. John Ford tuvo que ausentarse tras sentirse indispuesto. Tampoco Fritz Lang pudo asistir por motivos de salud.

La sólida formación literaria de directores y guionistas, su talento para la lectura, como muchos de ellos demostraron en las versiones de novelas que trasladaron a la pantalla, y su procedencia del teatro –Billy Wilder calificó al cine de “teatro técnico”- confluyeron en una afortunada simbiosis que, salvando algunas excepciones, hoy tenemos motivos sobrados para añorar.

El propio Buñuel confesó en sus memorias Mi último suspiro (Mon dernier soupir, París, 1982) escritas un año antes de su fallecimiento junto con su amigo y colaborador, el actor y guionista Jean-Claude Carrière, su predilección por la literatura, pese a admitir que no era “hombre de pluma”. Lamentaba que en la universidad, donde cursó Filosofía y Letras, le hubiesen ocultado grandes obras de la literatura universal. Adoraba los relatos de viajes por España escritos por viajeros ingleses y franceses, la novela picaresca, especialmente El Lazarillo de Tormes y El Buscón, de Quevedo, y Gil Blas, del francés Lesage, que reconocía haber leído una docena larga de veces.

Como a otros artistas surrealistas, le gustaba el marqués de Sade –aunque en la vejez también hubiese envejecido la admiración por sus libros-, al que descubrió en París con poco más de veinticinco años. Leyó a Galdós, hasta el punto de inspirarse en Nazarín y Tristana para dos de sus mejores películas del mismo título. Podía presumir de haberlo conocido personalmente ya muy viejo y casi ciego en su casa, al lado del brasero y con una manta en las rodillas.

Benito Pérez Galdós retratado por Alfonso

Benito Pérez Galdós (1843-1920) retratado por Alfonso

Fue asiduo de la tertulia de Ramón Gómez de la Serna en el famoso cenáculo del Café  Pombo, junto a la Puerta del Sol de Madrid, en la que de vez en cuando se dejaba caer Jorge Luis Borges, al que Buñuel profesaba poca simpatía. En aquellas reuniones los contertulios tomaban café y mucha agua mientras se iniciaban en una conversación errabunda con comentarios acerca de las últimas publicaciones literarias, de las últimas lecturas y de las noticias de carácter político. A menudo la tertulia se prolongaba fuera del café, en largos paseos por las calles hasta altas horas de la noche. Buñuel asistía también a otra tertulia de poetas ultraístas en el Café del Prado, frecuentado por el neurólogo y Premio Nobel de Medicina Santiago Ramón y Cajal.

Amigo del poeta García Lorca desde su etapa en la legendaria Residencia de Estudiantes de Madrid, le hizo descubrir la poesía, en especial la española, y otros libros. Además, Lorca le animó a leer la Leyenda áurea, donde tuvo la primera noticia de san Simeón el Estilita en el que años después se inspiró para su película Simón del desierto. Él mismo escribía poesías, como sus amigos, que publicaba en la prestigiosa revista La Gaceta Literaria. Le apasionaba la literatura rusa.

"Tertulia en el Café del Pombo" (1920), de José Gutiérrez Solana. Ramón Gómez de la Serna de pie, en el centro de la escena

“Tertulia en el Café del Pombo” (1920), de José Gutiérrez Solana. Ramón Gómez de la Serna de pie, en el centro de la escena

A Luis Buñuel la ciencia le parecía “presuntuosa, analítica y superficial”. “Yo he elegido mi lugar, está en el misterio. Sólo me queda respetarlo”, confesaba al mismo tiempo que criticaba “la manía de comprender y, por consiguiente, de empequeñecer, de mediocrizar”. Nunca le atrajeron la psicología, el análisis y el psicoanálisis. Detestaba a los “poseedores de la verdad”.

Confiaba en el azar, que “no actúa más que una vez y no rectifica casi nunca”.

“En alguna parte, entre el azar y el misterio, se desliza la imaginación, la libertad total del hombre. La imaginación es nuestro primer privilegio, inexplicable como el azar que la provoca. Es la felicidad de lo inesperado”.

Buñuel pasaba mucho tiempo solo, conversando con sus fantasías. En una ocasión, en uno de los últimos años de su vida, calculó que en seis días, o sea 144 horas, no había tenido más que tres horas de conversación con sus amigos. El resto del tiempo permaneció solo, con sus ensoñaciones y la única compañía de un vaso de agua o un café, el aperitivo dos veces al día, “un recuerdo que me sorprende, una imagen que me visita, y, luego, una cosa lleva a la otra, y ya es de noche”.

Escena de la película "La Edad de oro", de Buñuel, que se estrenó en París en 1931 en medio de un gran escándalo

Fotograma de la película de Buñuel “La edad de oro”, que se estrenó en París en 1930 en medio de un gran escándalo

La ensoñación, los sueños y el disfraz están estrechamente ligados a su cine: son los últimos reductos en los que se expresa la libertad personal,  al margen de prejuicios y convenciones sociales. En los sueños somos realmente nosotros. No nos engañan ni podemos engañarlos y son inaccesibles a la “manía de comprender”.

El disfraz no sólo nos hace sentirnos otros sino que, al distanciarnos provisionalmente del yo habitual, nos permite percibirlo con ironía. Ocultos bajo el disfraz, nos desdoblamos ante los demás, quienes, al tomarnos por el que creen que somos, nos tratan como si ésa fuese nuestra verdadera identidad.

A Buñuel le atraían los disfraces desde la infancia. Le parecían “una experiencia apasionante”. Una vez en que se disfrazó de obrero observó que nadie se fijaba en él, era como si no existiese. En una ocasión se dejó fotografiar ataviado con un hábito de monje y en otra con una mitra de obispo.

Buñuel con una mitra de obispo

Buñuel con una mitra de obispo

Aborrecía el exceso de información, los periódicos con grandes titulares, el sensacionalismo periodístico. Le angustiaba la lectura de la prensa. No obstante, fantaseó con la idea de levantarse de entre los muertos cada diez años, acercarse a un quiosco y comprar varios periódicos, y regresar al cementerio “para leer los desastres del mundo”. Luego se echaría a dormir otros diez años “en el refugio tranquilizador de la tumba”.

Su descubrimiento de la relación entre el lenguaje y la vida se produjo de manera fortuita, como casi todo en el mundo de Buñuel. Ocurrió estando solo en un cabaret chino de París. Una de las animadoras se sentó a su mesa y se puso a hablar con él. “Aquella mujer se expresaba admirablemente y poseía un sentido de la conversación sutil y natural”. Por supuesto que no hablaba de filosofía ni de literatura sino de vinos, de París y de las cosas de la vida diaria, “pero con fina naturalidad, sin asomo de afectación ni pedantería”.

Buñuel en su juventud

Luis Buñuel en su juventud

No se acostó con la mujer, de la que no supo su nombre y a la que no volvió a ver, pero fue su primer contacto con la cultura francesa. Porque respetaba la conversación mostró su desprecio a la proliferación de palabras malsonantes que observaba en las obras y en las charlas de los escritores. Pensaba que esa pretendida libertad verbal “no era más que una vil adulteración de la libertad”.

Con la excepción de las arañas, a Buñuel le fascinaban los animales de toda especie, particularmente las culebras y las ratas. Le gustaba observar sus costumbres. Se arrepentía de haber cazado en su juventud. A propósito de animales, voy a hacer un alto en un detalle de Viridiana (1961) que avala la sabiduría del director aragonés. En una narración literaria o cinematográfica los detalles lo son todo, puesto que los argumentos de las historias suelen variar poco. En las películas de Buñuel el espectador tiene que permanecer en guardia porque en el momento menos pensado irrumpe uno de esos detalles que resultan determinantes en la historia que nos está contando.

Cartel anunciador de "Viridiana"

Cartel anunciador de “Viridiana”

Película vagamente inspirada en Halma, una novela de Galdós en la que reaparece el cura Nazarín, Viridiana se rodó a pocos kilómetros del palacio de El Pardo, por entonces residencia oficial del dictador Franco. En contra de las previsiones, fue premiada con la Palma de Oro en el Festival de Cannes. El Vaticano la condenó y el régimen franquista secundó diligentemente la condena, aunque al principio pasó los filtros de la censura.

Ambientada en la España de finales de los años veinte, cuenta la historia de Viridiana (Silvia Pinal), una monja novicia -con semejante nombre no podía ser más que eso- que sale del convento para visitar en su casa solariega a su tío y tutor Don Jaime (Fernando Rey), quien le ha pedido que se vean antes de profesar en la orden religiosa. Propietario rural, el hombre vegeta desde la muerte de su esposa en la noche de bodas en una atmósfera propicia no sólo para la reproducción de las arañas, sino para la desilusión, la apatía y ensueño.

Según le revela a la sobrina, en su juventud estuvo lleno de ideales y quiso hacer algo grande en beneficio de los demás, algo que demostrara su “amor a la Humanidad”. Pero en cuanto ponía manos a la obra, temía hacer el ridículo y que se burlaran de él. Su buena acción se limitó a recoger a una pobre madre soltera y contratarla como sirvienta. En una escena se le ve salvando a una abeja que ha caído en un barreño lleno de agua.

Don Jaime sostiene en brazos a su sobrina Viridiana vestida con el traje de boda y dormida tras dormirla con un somnífero

Don Jaime sostiene en brazos a su sobrina Viridiana vestida con el traje de boda de su difunta esposa y tras dormirla con un somnífero

Atraído por la belleza de Viridiana, que le recuerda a su esposa, intenta retenerla a su lado, hasta que, impulsado por el deseo y la imaginación erótica, le ruega que se vista con el traje de boda de su mujer. A continuación la adormece con un somnífero y, tumbándola en su cama, la abraza y la besa con delicadeza. Después de este perturbador incidente, Viridiana regresa al convento. Incapaz de soportar el sentimiento de culpa, Don Jaime se suicida ahorcándose en un árbol.

A raíz de la muerte repentina de su esposa, Don Jaime se encadenó al recuerdo de su frustrado sueño filantrópico en la misma medida que al de la fatal noche de bodas que no pudo consumarse, como muestra el episodio en el que abre el baúl donde guarda el vestido de boda de su mujer y se calza uno de los zapatos de tacón.

El fetichismo y la necrofilia van de la mano en ese ritual nocturno dominado por la voluptuosidad de la impotencia que el espectador observa como si se tratase del sueño de un sonámbulo, aunque la sonámbula de verdad sea Viridiana, que en pleno éxtasis onírico interrumpe el ritual de Don Jaime, apareciendo de repente en su habitación. También en este punto, y no sólo en la vena altruista, la sobrina se parece a su tío.

Don Jaime contempla unos de los zapatos de tacón que calzó su dofunta esposa el día de la boda y que, junto con el traje, guarda  en un baúl

Don Jaime contempla unos de los zapatos de tacón que calzó su difunta esposa el día de la boda y que, junto con el traje, guarda en un baúl de su dormitorio

Don Jaime pertenece a la estirpe  de hombres más bien maduros creados por Buñuel, dotados de una imaginación poderosa. Son personajes solitarios, bondadosos, románticos, presos de sus obsesiones, de un ascetismo casi conventual, aunque en algún caso atormentados por instintos criminales, que no encuentran un lugar en el mundo, y en ocasiones afligidos por el recuerdo de una fatal experiencia primigenia, como la noche de bodas en que Don Jaime vio morir a sus esposa entre sus brazos, o la melodía de la caja de música de su infancia que el protagonista de Ensayo de un crimen, Archibaldo de la Cruz, asocia a las muertes casuales de personas de su entorno, lo que le induce a tomarse por un criminal peligroso.

Habiendo heredado una parte de la casa y de la hacienda de su difunto tío, Viridiana abandona la orden religiosa para dedicarse en cuerpo y alma a la caridad cristiana. Para ello acoge a los mendigos de los alrededores, como si de esa forma quisiera hacer realidad la fantasía filantrópica que el tío no se atrevió a cumplir. Hasta que llega el joven Jorge (Francisco Rabal), hijo natural de Don Jaime, con su amante y, en calidad de copropietario de la heredad, se embarca en sucesivas reformas tanto del viejo caserón como de la finca adyacente.

El choque entre lo primos es inevitable. Mientras Viridiana se empeña en mejorar la vida de los mendigos, que se burlan a sus espaldas de su beatería, Jorge desprecia esa concepción de la caridad y, guiado por su sentido práctico, se propone levantar la hacienda familiar. Es un hombre productivo, mundano, de su tiempo, que ama los placeres de la vida y no entiende las renuncias de su prima y menos aún su misticismo religioso.

Fotograma en el que Viridiana reza el Ángelus con sus mendigos en la finca de su tío

Fotograma en el que Viridiana reza el Ángelus con sus mendigos en la finca de su tío

En una escena que se desarrolla en la finca, en el momento en que Jorge conversa con su prima, aparece un carromato en la carretera que se para ante ellos, bajándose de él una pareja de la Guardia Civil. La cámara se detiene en el perro atado bajo el carro porque Jorge también ha reparado en el animal. Según contó la hermana de Buñuel, Conchita, Luis había sido testigo de la cruel costumbre de los campesinos españoles de atar a los perros debajo de los carros e hizo cuanto pudo para remediarla. Pero fue como luchar contra molinos de viento.

En la película Jorge decide comprar al perro para liberarlo de aquella tortura. Cuando el dueño del carromato se aleja, el animal, que Jorge mantiene atado a la misma cuerda que hasta poco antes lo ataba al carro, ladra a su antiguo amo, como si lo echara de menos. Entonces Jorge se vuelve hacia su prima y le dice que es inútil que se ocupe de los mendigos porque con todos los que hay en el mundo no acabaría nunca.

Instantes después de este comentario aparece otro carro en la carretera que circula en sentido contrario del que acaba de marcharse. De nuevo la cámara se detiene en un perro que va atado debajo del carro. Aunque en esta ocasión Jorge no repara en el animal, el espectador piensa que el reproche que acaba de formular a su prima acerca de los mendigos se ha vuelto contra él en lo que respecta a la liberación de los perros maltratados por los amos de los carromatos.

Forograma en el que se ve a Jorge (Francisco Rabal), el hijo de Don Jaime y primo de Viridiana, comprándole el perro Canelo al dueño del carromato

Forograma en el que se ve a Jorge (Francisco Rabal), el hijo de Don Jaime y primo de Viridiana, comprándole el perro Canelo al dueño del carromato

Moraleja de la anécdota: los reformadores tendrán que poner límites a sus aspiraciones, hacerse a la idea de que su labor no es más que un grano de arena y que en absoluto lograrán erradicar el mal que combaten. Es un recordatorio útil para aquellos que, con la inocencia propia de todo comienzo e impulsados por el furor reformista, se extravían, como Viridiana, en sueños de redención universal.

El espectador intuye que, después de cierto tiempo y con una mayor experiencia sobre sus espaldas, la desilusión que en el pasado se apoderó de Don Jaime, se adueñará también de su entusiasta sobrina y hasta de su hijo. A fin de cuentas Viridiana no es más que la crónica de un desengaño sobre el que planean la sombra de Nazarín, otro desengañado de la caridad cristiana, y, cómo no, la de Don Quijote, el príncipe de los idealistas.

El fracaso de Viridiana en su piadoso afán por aliviar la miseria de los mendigos es un reflejo de la impotencia del ilustrado Don Jaime para hacer realidad su noble aspiración de acometer una obra grande por la Humanidad. Con semejantes antecedentes podemos sospechar que el reformismo secular, pragmático y aparentemente exitoso del señorito Jorge no tardará mucho en estrellarse contra la realidad. Pero eso ya es otra película.

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3 comentarios leave one →
  1. octubre 29, 2013 7:42 pm

    Deliciosa tu recreación de Viridiana; y como si los personajes se encontraran 52 años después en otra película: admirable. Yo imagino a Viridiana y Jorge habiendo aprendido e inseparables.

  2. octubre 29, 2013 9:17 pm

    Gracias, José Luis. El final de la película se presta a algunas conjeturas, entre ellas la reconciliación de los primos Viridiana y Jorge. De todos modos lo llamativo son las tendencias incestuosas que laten en la familia: primero, el tío atraído por la sobrina, y luego el primo con la prima…Los tres son unos tipos originales, con imaginación e idealistas a su manera. Un saludo

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