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Las dos lenguas de Esopo

octubre 15, 2013

¿Hablar o callar? Desde tiempos remotos los hombres se han planteado este dilema. Parece como si el placer que cada cual encuentra en la expresión verbal de un sentimiento o de una simple opinión fuese anulado por el pesar que sentirá poco después, cuando recuerde sus palabras. Al evocar esa charla desde el arrepentimiento, y bajo los efectos de una timidez retrospectiva e impotente, tiene la sensación de que fue otro quien habló por él, y así es como le gustaría que hubiese sido. Ahora se pregunta qué habrán pensado quienes fueron testigos de su verborrea, dando por sobreentendido que no sólo lo escucharon con viva atención sino que no olvidarán sus palabras.

Sobre la lengua hablada pesa el cargo de incitar al hablante a decir cosas que si hubiera pensado dos veces quizá habría callado. Es en esos momentos de sombrío pesar en los que el arrepentido se promete comedimiento en el hablar y medir cada una de sus palabras antes de lanzarlas al aire.

Ilustración para el Libro de la Sabiduría, de Jesús Ben Sirach

Ilustración para el Libro de la Sabiduría, de Jesús Ben Sirach

El mismo vocablo “lengua”, referido al órgano con el que nos servimos para hablar, ha sido objeto de toda suerte de invectivas. De ella se dice que es suelta y ligera, calificativos sinónimos de imprudente. También que es doble y viperina. Las “malas lenguas” son las que difunden rumores malévolos y calumniosos.

En los libros sapienciales de la Biblia proliferan las advertencias ante los riesgos de la palabra hablada. Jesús Ben Sirach recomienda en el Libro de la Sabiduría ser rápido en escuchar y pronunciar con calma la respuesta. “Pon a tus palabras una balanza y un peso”.  También que se preste atención a los labios. “Manténte firme en el sentir y uno en tus palabras”. “En el hablar hay honra y deshonra/ la lengua del hombre es su ruina”. Aconseja no tender trampas con la lengua y rehuir los chismes. “Feliz el hombre que no resbala con su boca”.

En el Libro de los Proverbios el sabio recomienda no frecuentar “al que abre mucho los labios” porque “en el mucho parlar no falta pecado”. En cambio, quien “refrena sus labios es prudente”. “Plata escogida es la lengua del justo”, dice en otro proverbio. Compara con “aguas profundas” las palabras en boca del hombre. Más aún, “muerte y vida están en poder de la lengua: los que gustan de usarla comerán de sus frutos”.

Retrato de Jean de La Bruyère

Retrato de Jean de La Bruyère, autor de “Los caracteres”

También el refranero popular ofrece un amplio repertorio de advertencias acerca de los riesgos del habla: “por la boca muere el pez”, “en boca cerrada no entran moscas”, “la mejor palabra es la que no se dice”, “quien habla mucho, mucho yerra”.  Y habla de más.

Los hay que en cuanto toman la palabra es imposible frenarlos. Empujados por el torrente de ocurrencias que les vienen a la boca, se enredan en un torbellino de asociaciones de ideas y de entrelazamientos tortuosos. Los saltos improvisados de un asunto a otro, a cuento del hallazgo de algún nexo común entre ellos, a menudo insignificante, los alejan del argumento central de su exposición. Llega un momento en que tienen que reconocer ante su interlocutor que han perdido el hilo de su discurso.

Estos charlatanes son insaciables hablando en la misma proporción que unos negados para la escucha. Confunden a su interlocutor con una estatua ante la cual pueden soltar su lengua cuanto quieran. Pertenecen al género de hablantes de los que el moralista francés Jean de La Bruyère comentaba en su libro Los caracteres que “empiezan a hablar un momento antes de haber pensado”. Son lo que, comúnmente, tildamos de “bocazas”.

Portada de la reciente edición completa de "Los caracteres!, de jean de La Bruyère, publicada por Hermida Editores

Portada de la reciente edición completa de “Los caracteres”, de Jean de La Bruyère (1645-1696), publicada en Hermida Editores

Pero no hay cara sin cruz, y aquel que se desfoga hablando por los codos pronto hallará algún motivo para arrepentirse de sus palabras. Una vez que se dice algo, las palabras echan a volar con un destino incierto y a menudo indeseado por quien las pronunció. “La palabra y la piedra suelta no tienen vueltas”.

El propio La Bruyère sentenció que “rara vez hay que arrepentirse de hablar poco”, pero “muy a menudo de hablar demasiado”, por más que esta máxima sea conocida por todos. Lamentaba que se carezca de talento para hablar y de juicio para callar, faltas que originan la impertinencia. Su contemporáneo Baltasar Gracián aconsejaba hablar “como el testamento, que a menos palabras, menos pleitos”.

Grabado con el retrato de Baltasar Gracián

Grabado con el retrato de Baltasar Gracián

No sólo habla de más quien habla mucho, sino que también se expondrá más fácilmente a la mentira o, como poco, a la tentación de perorar acerca de asuntos irrelevantes para así mantener a buen recaudo los esenciales. El escritor Joseph Joubert alertaba contra “esos insoportables parlanchines que os hablan siempre de lo que saben y no os hablan jamás de lo que piensan”.

Para colmo, la improvisación y la inmediatez hacen que nuestras palabras se presten al malentendido. “Cada cual oye lo que le parece”, esgrimirá aquel que dice no haber dicho lo que dicen que dijo. Ya lo advirtió Montaigne: la palabra es mitad del que habla y mitad del que escucha, por lo que el riesgo del malentendido es muy elevado. Esto lo decía quien consideraba la conversación “el más fructífero y natural ejercicio del espíritu”, hasta el punto de mostrarse dispuesto a perder antes la vista que el oído o el habla.

La responsabilidad de la lengua hablada tiende a diluirse en su carácter efímero. Las palabras se las lleva el tiempo, al albur de las veleidades de la memoria y del curso del acontecer. Mientras en la escritura el autor no puede abjurar tan pronto de ellas y sus errores están documentados y rubricados por su pluma, en el habla resulta fácil desdecirse de las propias palabras: el tiempo juega a favor del hablante. En este sentido, el ingenio del refranero español afinó con la sentencia “donde dije digo, digo Diego”.

Manuscrito de la edición de Burdeos de los "Ensayos", anotada por el propio Montaigne

Manuscrito de la edición de Burdeos de los “Ensayos” anotado por el propio Montaigne

Luego están los que hablan a destiempo, los inoportunos; a estos se remite el refrán de la boca cerrada y las moscas. Refiriéndose a ellos, La Bruyère cita a uno que se jactaba de la propia salud delante de enfermos y a otro que se extendía acerca de una magnífica comida que acababa de hacer ante personas reducidas a economizar su pan.

Las críticas despiadadas de que ha sido objeto el habla se explican en buena medida por la comparación con su oponente, el mutismo. Desde este punto de vista, callar se convierte no sólo en una posibilidad sino en una alternativa plausible con la que, además, se pretende ridiculizar al habla. “La palabra es plata, el silencio oro”, reza una vieja sentencia profusamente glosada incluso por quienes se atrevieron a refutarla.

Cervantes hace decir a Clodio, uno de los personajes de su novela Los trabajos de Persiles y Sigismunda, que “contra el callar no hay castigo ni respuesta”. Mark Twain sostenía que, aun siendo efectiva la palabra precisa, ninguna lo ha sido tanto “como un silencio preciso”. Con su habitual socarronería y agudeza, Lichtenberg asoció el antagonismo entre el habla y el silencio con la locuacidad de las vendedoras de pescado y la mudez de los peces que venden.

Mark Twain

Mark Twain

En el elogio del silencio se suele argüir que éste es más difícil de manejar que la palabra, siempre dispuesta a soltarse. Hemingway anotó que se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar. Pitágoras decía que “no sabe hablar quien no sabe callar”. Quizá por ello impuso dos años de silencio a los seguidores de su secta. Más estricto aún, La Bruyère, que conocía bien los vicios de la Corte,  advierte que “si se prestase una seria atención a todo lo frío, lo vano y lo pueril que se dice en las conversaciones corrientes, se avergonzaría uno de hablar o de escuchar y se condenaría quizá a un silencio perpetuo”.

Callar no compromete, al contrario, aparentemente otorga ventaja sobre el que habla. Quien guarda silencio no se delata y se ahorra el peligro de declarar contra sí mismo. Tampoco se contradice. No da motivos para discutir. La reserva zanja disputas a menudo estériles, pero también peligrosas. Hay que saber callar a tiempo. Un silencio oportuno puede ser más elocuente que mil palabras.

Shakespeare encarnó las virtudes del enmudecimiento en Cordelia, la hija menor de las tres que tenía el caprichoso rey Lear. En la hora en que éste se disponía a repartir su herencia entre ellas, condicionando la porción que recibiría cada una a las palabras de amor que le prodigasen, Cordelia respondió con dos sílabas: “Nothing”. No tenía nada que decir, razón por la que su padre decidió desheredarla sin saber que con ello se buscaba su ruina.

Cordelia ante el rey Lear, del pintor John Rogers Herbert (1876)

Cordelia ante el rey Lear, del pintor John Rogers Herbert (1876)

En cuanto recibieron la herencia, las otras dos hijas y sus maridos se encargaron de destronarlo y de expulsarlo de su reino. En la desgracia que se abatió sobre Lear, Cordelia, también desterrada por éste, acudió a socorrerlo, pagando con su muerte la fidelidad incondicional al padre.

Sin embargo, no es oro todo lo que reluce en el mutismo. En sus impagables Glosas de Sabiduría o Proverbios morales, el rabino Don Sem Tob de Carrión (Carrión de los Condes, Palencia, c.1300) puso en una balanza el hablar y el callar, evocando el versículo del Libro de Cohélet en el que se dice que cada uno de ellos tiene su tiempo.

Partiendo de la idea de que no hay cosa del todo mala ni del todo buena, Don Sem Tob matiza que, pese a las ventajas del callar frente a los inconvenientes del habla -y aquí remite al célebre símil del oro y la plata citado por el Sabio-, si “malo es hablar mucho, peor es estar mudo”. “No se hizo la lengua para callar”. Argumenta que si no hablásemos, no valdríamos más que los animales.

Manuscrito del siglo XV de los de Proverbios morales, del Rabí Don Sem Tob de Carrión, que forma parte de la  colección de manuscritos de la Geniza de El Cairo

Manuscrito del siglo XV de los de Proverbios morales, del Rabí Don Sem Tob de Carrión, que forma parte de la colección de manuscritos de la Geniza de El Cairo

El problema es que hay pocos que sepan usar el silencio como es debido, diciendo lo que corresponde en el momento adecuado y eludiendo lo demás. Las metáforas que utiliza en su juicio sobre el hablar y el callar son de una expresividad meridiana. Merece la pena transcribirlas (versión de Agustín García Calvo):

“El hablar es claridad, oscuridad el callar; el hablar es generosidad y avaricia el callar; el hablar es prontitud y lentitud el callar; el hablar, riqueza; el callar, pobreza. El callar es necesidad; el hablar, sabiduría; callar, ceguera; hablar, tener visión. Cuerpo es el callar y el hablar su alma; hombre es el hablar y el callar su cama; el callar es dormir, el hablar, despertar; el callar es reprimir y rebajar, el hablar, liberar y levantar; callar es tardanza y el hablar, enseguida; el hablar es espada y el callar su vaina. Una bolsa es callar, y el dinero que hay en ella es hablar, que no aprovecha para nada en tanto que en ella esté encerrado (….) El callar no es nadie, que no merece nombre; el hablar es alguien: por él es hombre uno. El hablar representa al callar y a sí mismo; no sabe el callar ni de otra cosa ni de sí mismo”.

A estas lúcidas metáforas podrían añadirse otras: el silencio es un castillo hermético que se alza en la colina inaccesible; la palabra, un poblado abierto que se extiende en la llanura. El silencio es uno, las palabras muchas y variadas. La “palabra en el tiempo” (Antonio Machado), el silencio intemporal. La palabra es fértil, el silencio estéril. Una palabra lleva a otra, el silencio no lleva a ninguna parte. Las palabras abren puertas; el silencio las cierra.

Por la palabra hablada nos revelamos a los demás y también tratamos de ocultarnos; mentimos y decimos verdades, nos equivocamos y acertamos; rectificamos y volvemos a equivocarnos. ¿Y qué? Ninguna ley establece que el habla tenga que ser perfecta. Con la boca cerrada es imposible errar, pero errar es de humanos, como lo es hablar.

Antonio Machado

Antonio Machado

El silencio carece de nombre, permanece en un anonimato que sólo el habla puede revertir. Da la espalda al futuro y apenas se sostiene sobre el suelo del presente. Únicamente los muertos no hablan y las tumbas guardan toneladas de silencio.

Los hombres no hemos venido a este mundo para encerrarnos en el silencio, por mucho que algunos hagan de él un ejercicio de ascesis, una forma de renuncia a las pompas y vanidades que acechan al yo. Se nos ha dado la palabra para hacer un buen uso de ella, para contar el mundo tal como lo percibimos y que los demás conozcan nuestro testimonio.

Hay quien guarda silencio por pura avaricia. Cada vez que abre la boca parece que se le debiese algo. Más que elocuente, ese silencio peca de arrogante. Emboscado en el enigma, exige que se lo interprete. Pero esa tarea resulta agotadora, además de estéril. Otros lo utilizan para mostrar su enfado, a modo de castigo, con los seres queridos: padres contra hijos, hijos contra padres, cónyuges y enamorados. Algunos amantes se encastillan en el mutismo para mortificar al amado, a sabiendas del dolor que le infligen con su silencio.

Caroline Tilette en el papel de Albertine, y Michel Lescot, en el papel del Narrador, en una adaptación cinematográfica de la novela de Proust

Caroline Tilette en el papel de Albertine, y Micha Lescot, en el papel del Narrador, en una adaptación cinematográfica para la televisión de la novela de Proust

El Narrador de la novela de Marcel Proust En busca del tiempo perdido, enamorado celoso de Albertine, da cuenta del suplicio que le ocasionaba el silencio de ésta, comparándolo incluso con una cárcel, y cuyo efecto más inmediato era afianzar los lazos con ella en la misma medida que acrecentaba su ansiedad. A propósito de esta experiencia, confiesa el Narrador que:

“no hay nada que nos incite tanto a acercarnos a una persona como aquello que nos separa de ella y ¿qué barrera hay más infranqueable que el silencio? Se ha dicho también que el silencio era un suplicio, capaz de desquiciar a aquellos a quienes se lo imponían en las cárceles. Pero ¡qué suplicio —mayor que guardar silencio— es que nos lo imponga la persona a quien amamos! […] De hecho, más cruel que el silencio de las cárceles, esta clase de silencio es ya en sí una cárcel”.

Las rupturas amorosas no se consuman mientras los enamorados tengan alguna palabra más que decirse. Sólo el día en que uno de ellos o ambos se embarquen en el silencio sin pasaje de vuelta, y ninguno de los dos espere una palabra del otro, la ruptura será definitiva.

A finales del siglo XIX, en el entorno de los pensadores vieneses irrumpió con fuerza la crítica del lenguaje. Uno de sus pioneros, el filósofo y escritor Fritz Mauthner, publicó un ensayo, hoy desgraciadamente olvidado, Contribuciones a una crítica del lenguaje, en el que arremetía contra los propagadores de las bondades del silencio, como el poeta belga Maurice Maeterlinck, al que acusaba de convertir la devoción al mutismo en una suerte de religión.

Fritz Mauthner

Fritz Mauthner

En un ensayo Maeterlinck había comentado que el lenguaje no sirve ni siquiera para la verdadera comunicación entre los seres:

“Hablamos únicamente en las horas en que no vivimos, en los momentos en que no queremos reparar en nuestros hermanos y en que nos sentimos a una gran distancia del mundo real (…) La mayoría de las amistades no tienen otro fundamento que el odio al silencio (…) Si quieres entregarte realmente a una persona, calla; si tienes miedo de estar callado ante ella, huye (…) Las almas se pesan en el silencio, como el peso del oro y de la plata se prueban  en agua pura; y las palabras que emitimos deben su sentido únicamente al silencio en que se bañan”.

Mauthner reprochaba a Maeterlinck que no se le ocurriera ni remotamente que el lenguaje pueda expresar conocimiento. Concluye su crítica afirmando que el poeta “no tiene el suficiente orgullo de callar lealmente, y, en cambio, es lo bastante vanidoso para hablar del silencio (…) No fanfarrón, sino más bien inútil”. ¿Es que los poetas de todos los tiempos no han dejado oír o leer sus mejores cosas entre las palabras?

Maurice Maeterlinck

Maurice Maeterlinck

No obstante, Mauthner sostenía, como Hemingway, que lo difícil no es aprender a hablar sino aprender a callar. La facultad de callar –“la mentira pasiva”- ante una fuerte impresión nos distingue de las bestias, aunque sea precisamente el lenguaje el que identifica al hombre como el mejor embustero de todos los animales. Menciona a varios poetas alemanes que desde la Edad Media hasta el Romanticismo elogiaron el “divino silencio”. Para estos autores la “verdadera canción” (Justinus Kerner) proviene únicamente del corazón humano, no de la boca.

En 1892 el poeta Constantinos Cavafis publicó el poema titulado La palabra y el silencio en el que tilda de blasfemia la máxima “El silencio es oro y plata la palabra”. Cavafis se deshace en elogios a la palabra, que califica de “don divino” en el que cabe todo: “el entusiasmo, la aflicción, la alegría y el amor”, siendo “lo único humano en nuestra naturaleza animal”.

Constantinos Cavafis

Constantinos Cavafis

Para el poeta el silencio insensible “es una enfermedad grave,/ mientras que la Palabra, cálido afecto común, es salud. /Sombra y noche es el Silencio; día, la Palabra./La Palabra es verdad, vida, inmortalidad”.

El poema termina instando a hablar:

“Hablemos, hablemos –no nos va el silencio

desde que a semejanza de la Palabra fuimos creados.

Hablemos, hablemos –desde que en nuestro interior

habla el divino pensamiento, discurso inmaterial del alma”.

Antes que Cavafis, y contra quienes advertían que todo cuanto se dice, por el mero hecho de decirlo, está abocado a la muerte, Emily Dickinson había reivindicado en un poema la vitalidad de la palabra:

“Algunos dicen

la palabra muere

al ser dicha.

Yo digo que empieza

a vivir

ese día”

La escritora italiana Natalia Ginzburg acusó a nuestra época de incurrir en el vicio del silencio, para el que pedía que se lo juzgase desde un punto de vista moral “porque, como la pereza y la lujuria, es un pecado”. Pensaba que, por más que fuese “el fruto amargo” de estos tiempos, no nos exime “del deber de reconocer su naturaleza, de llamarlo por su verdadero nombre”.

Natalia Ginzburg

Natalia Ginzburg

Pero tal vez sea la anécdota de las dos lenguas de Esopo la que ofrezca una respuesta más convincente al eterno dilema del hablar o callar. En lugar de recaer en el manido antagonismo entre palabra y silencio, propone una solución salomónica al distinguir entre una lengua buena y otra mala.

Se cuenta que para probar las cualidades de su esclavo, el feo Esopo, su amo Janto le ordenó que comprase en el mercado el manjar necesario para preparar la mejor comida del mundo. Esopo volvió con un plato cubierto con un fino paño. Janto se sorprendió de que fuese una lengua. ¿Por qué había escogido una lengua?:

“porque nos une a todos cuando hablamos. Sin ella no podríamos entendernos, es la llave de la verdad y de la razón. Gracias a la lengua se construyen ciudades y podemos expresar nuestro amor. Es el órgano del cariño, de la ternura, del amor, de la comprensión. Es la lengua que torna eternos los versos de los poetas, las ideas de los grandes escritores. Con la lengua se enseña, se persuade, se instruye, se reza, se explica, se canta, se describe, se elogia, se demuestra, se afirma”.

Más tarde, Janto volvió a darle dinero para que fuese al mercado a comprar el peor ingrediente para una comida. Seguro que ya se imaginan qué trajo Esopo. En esta ocasión, su amo reaccionó indignado. ¿Otra vez lengua? ¿No había dicho que era lo mejor para una comida?

"Esopo", por Velázquez

“Esopo”, por Velázquez

Pero Esopo tenía la respuesta preparada:

“La lengua es lo peor que hay en el mundo. Es la fuente de todas las intrigas, el inicio de todos los procesos, la madre de todas las discusiones. Es la lengua la que divide a los pueblos, la que usan los malos políticos cuando quieren engañar con sus falsas promesas y los pícaros cuando quieren estafar. Es el órgano de la mentira, de la discordia, de los malos entendidos, de las guerras, de la explotación.
Es la lengua la que miente, la que esconde, que engaña, que blasfema, que insulta, que se acobarda, que mendiga, que provoca, que destruye, que calumnia, que vende, que seduce, que corrompe”.

Si, de acuerdo con el consejo de Esopo, la lengua puede ser el manjar más exquisito para la mejor comida y el más repulsivo para la peor, basta con elegir adecuadamente. Un plato exquisito siempre será un buen pretexto para una jugosa conversación entre los comensales. Por cierto, ¿no fue un viejo sabio quien dijo que somos lo que comemos?

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17 comentarios leave one →
  1. Maia L.B. permalink
    octubre 15, 2013 1:53 pm

    “Cuanto más trato de explicarme, menos me comprendo”, escribió Ionesco en su Diario. Y George Steiner lo nombra en su maravilloso libro “Lenguaje y silencio”, en el que también dice (porque escribir es decir): “…porque el poeta ha hecho del habla un dique contra el olvido, y los dientes agudos de la muerte pierden el filo ante sus palabras”.

    Habrá que cuidarse, como siempre, de los excesos. En este caso, del habla o del silencio. Lo que es también la manera adecuada de escribir una historia: no expliques demasiado porque hará sentir a tu lector menospreciado. Ni guardes información necesaria, pues eres tú quien debe contar la historia, no él.

    Un abrazo. Excelente artículo.

    • octubre 15, 2013 6:21 pm

      Gracias, Maia. La cita de Steiner es atinada. Hay un tiempo para el habla y otro para el silencio (Cohélet), pero, como dice Steiner, la palabra nos permite combatir el olvido y tiene posibilidades de sobrevivir a la muerte y al tiempo. Ahí están los admirables proverbios de los sabios que cito en la entrada. En este sentido al menos, con el silencio no vamos a ninguna parte.

      • Maia L.B. permalink
        octubre 15, 2013 6:39 pm

        Y el silencio, en ocasiones, nos convierte en cómplices.

      • octubre 19, 2013 2:37 pm

        Mentir es decir lo contrario de lo que uno piensa. Por lo contrario, es forzoso reconocer que es difícil mentir en silencio.

        Abordar el silencio y el habla, es abordar el complicado asunto del antagonismo entre pensamiento y palabra. Schoenberg arroja luz en su ópera ‘Moisés y Aarón’ en la que Moisés sabe pensar pero no hablar -reducido al silencio- y Aarón es pura palabra y acción. A Moisés le prohiben la música, Aarón es la vedette de la orquestra; Moisés entiende el mensaje divino pero no sabe cómo expresarlo, Aarón se encarga pero traiciona completamente el sentido del mensaje.

        Schoenberg dejó la obra inacabada -deliberadamente- y la precipitó en el silencio. Un silencio significativo. Paul Claudel escribe en el ‘Soulier de Satin’: “Il est écrit que les grandes vérités ne se communiquent que dans le silence.”

        El arte es tal vez esto : un silencio lleno de significado o bien una palabra habitada por el silencio.

  2. octubre 15, 2013 1:57 pm

    Admiro la erudición y templanza con la que está escrito, seguramente por ser virtudes de las que yo carezco.
    Tan solo añadiré que todas las palabras, incluso las más justas, separan más que el peor de los silencios; pero que es tan solo a partir de esa distancia que generan las palabras desde donde se puede llegar a transcender, a empatizar con el otro.

  3. octubre 15, 2013 6:11 pm

    Gracias por tu comentario. El problema es que no tenemos otra cosa que las palabras y el silencio es mudo como un muro y con frecuencia sordo como una tapia.

  4. octubre 16, 2013 9:05 am

    Me ha dejado sin palabras. Enhorabuena.

  5. octubre 16, 2013 12:10 pm

    Gracias, José Luis.

  6. octubre 17, 2013 1:54 pm

    muy interesante, Wittgestein en su tractatus filosoficus, finaliza con “de lo que no se puede hablar mejor callar”

    • octubre 17, 2013 5:16 pm

      Gracias por el comentario. Sí, me acordé del célebre aforismo con el que concluye el “Tractatus”, pero luego pensé que el contexto en el que está escrito difiere del contenido del artículo. Me gusta más el planteamiento de Mauthner, pensador al que leyó Wittgenstein y en el que probablemente se inspiró.

    • José María Villanueva permalink
      octubre 17, 2013 9:03 pm

      Pero es que precisamente yo me posiciono justo en contra de eso. Yo nunca me atrevería a hablar de lo que puedo, tal vez porque tema que me comprometan las palabras, o porque intuyo que es inútil para el conocimiento del mundo (acabo de leerlo en la página de Mauthner, no pretende ser impostura).
      Para mi las palabras son una forma de comunicación, no pretendo usarlas como un instrumento para construir ideas. Lo importante son los sentimientos que transmiten las palabras, porque las ideas son vanas.
      Es verdad que a veces es difícil marcar una frontera entre ambos mundos.

  7. octubre 18, 2013 8:45 am

    Hay un refrán que, según lo interpreto, incluye las virtudes de hablar y de callar a la vez: “Dos no discuten si uno no quiere”. Me encantó el artículo. Saludos.

  8. octubre 18, 2013 10:01 am

    Gracias, Santiago. Es curioso comprobar cuántos refranes se han ingeniado para el dilema hablar/callar. Larga vida a los refranes, sobre todo en estos tiempos de olvido.
    Un saludo

  9. octubre 20, 2013 9:42 pm

    Para Kim, de Calle del Orco (ignoro por qué el sistema no me permite responderte desde tu respuesta): Gracias por tus observaciones. Ciertamente en la entrada no se aborda la antinomia silencio/habla como reflejo del antagonismo entre el pensamiento y la palabra porque al escribirla pensaba más en lo que entendemos por lenguaje de comunicación. Pero el planteamiento de tu comentario, ilustrado con el ejemplo tomado de la ópera de Schönberg “Moisés y Aarón”, da mucho que pensar y sería motivo de otra reflexión, por supuesto.

  10. Jorge Martín permalink
    octubre 30, 2013 1:17 pm

    Diré lo justo: un gran comentario. Un tesoro para tener a mano.

  11. octubre 30, 2013 1:32 pm

    Gracias, Jorge.

  12. José Raúl permalink
    abril 15, 2015 7:02 pm

    La palabras es la mejor manera de comunicarnos . Hay verdades que hieren y ofenden hay mentiras que halagan y estimulan , lamentablemente recurrimos a las dos , pero prefiero las palabras verdaderas. Muchas gracias Robleda

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