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Al criminal nazi Adolf Eichmann no le gustó “Lolita”

octubre 1, 2013

El estreno de la película Hannah Arendt, de Margarethe von Trotta, ha reabierto el debate en torno al concepto “banalidad del mal”, acuñado por la pensadora Hannah Arendt. La película narra el episodio de la vida de ésta en que cubrió para la revista New Yorker el juicio contra el criminal de guerra y exteniente coronel de las SS, Adolf Eichmann, celebrado en Jerusalén en 1961. A raíz de este acontecimiento Hannah Arendt publicó el libro Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal, en el que recopiló los reportajes publicados en la revista norteamericana.

Cartel de la película "Hannh Arendt", de Margarethe von Trotta

Cartel de la película “Hannh Arendt”, de Margarethe von Trotta

En escritos posteriores, Arendt insistió en que la expresión “banalidad del mal” no aludía a una teoría o a una doctrina, sino a algo “absolutamente fáctico, al fenómeno de los actos criminales, cometidos a gran escala, que no podían ser imputados a una particularidad de maldad, patología o convicción ideológica” y cuyo único rasgo distintivo era “una extraordinaria superficialidad”.

En 1963, año de la publicación de su libro, sólo habían transcurrido veinte años desde la masacre de los judíos en Europa y de los procesos de Núremberg (1945-46) que dieron a conocer al mundo las atrocidades del nazismo. Por ello se acogió con extrañeza que Arendt asociara a uno de los máximos responsables de las matanzas con “la banalidad del mal”. Quizá se esperaba un dictamen más severo y acorde con la catadura moral del reo y de los gravísimos delitos que se le imputaban y por los que fue condenado a la horca por un tribunal de Israel, siendo ejecutado el 31 de mayo de 1962.

Los testimonios de quienes presenciaron a Eichmann coincidían en la misma apreciación. Por ejemplo, Peter Malkin, miembro del grupo del Mossad que participó en su captura en Buenos Aires, se sorpendió al encontrarse con un hombre que “no era un monstruo, sino un ser humano, un hombrecito suave y pequeño, algo patético y normal, que no parecía que hubiese podido matar a millones de los nuestros”. Su abogado defensor declaró antes del juicio que su cliente tenía la personalidad de “un vulgar cartero”.

Adolf Eichmann en una sesión del juicio en Jerusalén

Adolf Eichmann en una sesión del juicio en Jerusalén

También al escritor y Premio Nobel de la Paz en 1986, Elie Wiesel, que asistió al juicio en calidad de periodista, le llamó la atención la insignificancia del acusado. Después de observarlo con detenimiento tras los cristales de la cabina, comprobó que se comportaba como un hombre ordinario, “impenetrable e imperturbable”, mientras tomaba notas y los delitos de los que se le acusaban “parecían resbalar por sus rasgos sin afectarlos”. Se defendía “con bastante habilidad y ni el procurador ni los jueces conseguían llevarle al límite de sus razonamientos”. Además, comía con apetito y dormía con normalidad.

A Wiesel le molestaba que Eichmann fuese humano. Hubiera preferido que “tuviese una cabeza monstruosa, a lo Picasso, con tres orejas y cuatro ojos”. A pesar de que entre las paredes de cristal de la cabina no presentara peligro alguno, aquel individuo anodino le inspiraba miedo. Trató de explicarse la causa de ese temor. ¿Sería porque “existe un mal ontológico encarnado en un ser que ni siquiera necesita actuar, salir de sí mismo para hacer sentir su maléfica potencia”?

Siendo adolescente, Elie Wiesel sobrevivió al infierno de Auschwitz y de Buchenwald, después de presenciar la muerte de su padre en este último campo de exterminio. Recordaba haber visto a Eichmann en Sighet, la localidad rumana de la que procedía el escritor, mientras supervisaba la deportación de los ciudadanos judíos. Se preguntó si sería aquel hombre que vio en la estación “sombrío y triste porque no había ya más convoyes para salir de aquella ciudad vacía de judíos”.

Elie Wiesel

Elie Wiesel

Durante su estancia en la cárcel, Eichmann leyó Lolita, la novela de Nabokov. Pero al cabo de unos días la devolvió. Quizá alguien le preguntase por qué. Sabemos cuál fue su respuesta: le pareció “malsana por completo”. Lolita se había publicado en París, en 1955. Cuenta la historia del profesor europeo Humbert Humbert, que se casa con una viuda para así poder poseer a su hija de doce años, Lolita. El argumento escandalizó a legiones de puritanos, entre ellos al reo que estaba siendo juzgado en Jerusalén.

Cuando en las sesiones del proceso se le preguntó a Eichmann por su participación en las matanzas, en calidad de responsable de los transportes de los judíos que eran conducidos a los campos de la muerte, su respuesta no fue tan desabrida como la que le mereció la lectura de Lolita: él se limitó a obedecer órdenes, sometiéndose a la ley vigente en el Estado nacionalsocialista.

Portada de la primera edición de "Lolita", fechada en París en 1955

Portada de la primera edición de “Lolita”, fechada en París en 1955

En suma, había cumplido con su deber, aunque en el juicio se demostró que con un exceso de celo. En sus intervenciones ante el tribunal evitó mencionar su antisemitismo, que en el régimen nazi era el visado imprescindible para acceder a su compleja maquinaria. Tampoco dijo que, una vez instalado en ésta, la forma más segura de escalar puestos era incrementando el nivel de productividad, lo que desde el estallido de la guerra significaba contribuir de alguna manera al exterminio del mayor número de enemigos del régimen -los judíos en primer lugar- en las fábricas de la muerte.

Si bien conocía perfectamente los métodos criminales empleados por la administración nazi, no vio mucho. Esgrimió a su favor que había tratado de ahorrar “sufrimientos innecesarios” a las víctimas antes de que fuesen asesinadas, como si la misión que él mismo desempeñaba con rigor burocrático no estuviese encaminada precisamente a asesinarlas.

El cumplimiento de órdenes fue la excusa en la que se ampararon todos los que tuvieron alguna responsabilidad en las masacres, creyendo que de esa manera escaparían de la justicia. Con ello daban a entender que no tuvieron más remedio que obedecerlas, por lo que merecían comprensión por quienes ahora los juzgaban. Parece que trataban de vender la idea de que la obediencia había significado para ellos una especie de penalidad que se les impuso, mientras silenciaban los muchos beneficios personales que obtuvieron de ella.

Resulta llamativo que a la hora de rendir cuentas por sus atrocidades, los antiguos verdugos se refugiasen en un victimismo cuando menos cínico. Es como si el asesino que cosió a a cuchilladas a su víctima inerme alegara en su defensa las agujetas que le causaron los esfuerzos que tuvo que hacer con los brazos mientras la acuchillaba.

Fotografía de Eichmann fechada en la sala de sesiones del juicio el 7 de agosto de 1961

Fotografía de Eichmann tomada el 7 de agosto de 1961 en la sala de sesiones del tribunal que lo juzgaba

Hannah Arendt señala en Eichmann en Jerusalén que en las comparecencias ante el tribunal, éste se mostraba incapaz de expresar una sola frase que no fuera un cliché. En una ocasión confesó que el único lenguaje con el que estaba familiarizado era el burocrático, que lo protegía de cualquier tentativa de acceder a su conciencia y de pensar y hablar por sí mismo. Nunca fue aficionado a la lectura de libros, aunque devoraba los periódicos.

Al contrario que los jueces, Arendt no creía que la vacuidad de las palabras del imputado fuera amañada y que ocultaran pensamientos horribles, sino que el personaje era realmente vacío, aunque no estúpido. “Siempre dijo lo mismo, expresado con las mismas palabras” y “cuanto más se le escuchaba, más evidente era que su incapacidad para hablar iba estrechamente unidad a su incapacidad para pensar, particularmente, para pensar desde el punto de vista de otra persona”.

Añade que no era posible establecer comunicación con él, no porque mintiera,

“sino porque estaba rodeado por la más segura de las protecciones contra las palabras y la presencia de otros, y por ende contra la realidad como tal”.

Hannah Arendt

Hannah Arendt

También apunta que aceptó  incluso que aquello que, bajo el régimen nazi, para él significó un deber, una vez desaparecido ese régimen fuese catalogado de crimen. Eichmann interpretó este nuevo código de juicio como otra regla de lenguaje distinta de la anterior.

Según Hannah Arendt, el antiguo gerifalte nazi era un amasijo de “tópicos, frases hechas, adhesiones a lo convencional, códigos estandarizados de conducta y de expresión”, cuya función es protegernos “frente a los requerimientos que sobre nuestra atención pensante ejercen todos los acontecimientos y hechos en virtud de su misma existencia”. Observó que durante el proceso judicial añadió algunas frases nuevas a la provisión de estereotipos que almacenaba.

Al analizar la conducta del reo, Arendt se preguntó si la incapacidad para pensar coincide con el fracaso de la que comúnmente denominamos conciencia. El riesgo de no pensar y de eludir el examen crítico fomenta una suerte de pedagogía perversa al enseñar a la gente a “adherirse inmediatamente a cualquiera de las reglas de conducta vigentes en la sociedad”.

Eichmann en la cabina de cristal en la sala de sesiones del tribunal

Eichmann interviniendo en una las sesiones del juicio en Jerusalén

Entonces puede ocurrir que los individuos se habitúen menos al contenido de las reglas que a la posesión de éstas, lo que se traduce en un absentismo radical a la hora de tomar decisiones morales. Esta actitud –prosigue Arendt en su razonamiento- allana el camino para una hipotética abolición de los viejos valores o virtudes, como sucedió bajo los regímenes totalitarios, donde a los tiranos les resultó fácil abolir los mandatos de “No matarás” y de no levantar falsos testimonios.

En este sentido, las ideologías políticas de masas que se propagaron como la peste por Europa en el periodo de entreguerras (1918-1939) propiciaron en millones de personas la inhibición del pensamiento autónomo. Sus seguidores se conformaban con que esas ideologías pensaran por ellos, aunque al mismo tiempo extrajeran de éstas las dosis necesarias para configurar sus opiniones, que defendían muriendo y matando como si fuesen propias.

Una vez sofocada la capacidad para pensar, el sujeto estaba a plena disposición de los gobernantes para involucrarse en las acciones que les encomendasen. No importaba que la naturaleza de éstas fuese abiertamente criminal siempre que obtuviesen algún beneficio personal de su participación en ellas.

Adolf Eichmann con el uniforme de teniente coronel de las SS

Adolf Eichmann con el uniforme de teniente coronel de las SS

Arendt observó que cada vez que Eichmann sentía la tentación de pensar por sí mismo se preguntaba: “¿Quién soy yo para juzgar si todos los que  me rodean piensan que es correcto asesinar a personas inocentes?”. Dicho en otras palabras, cada vez que bordeó la posibilidad de pensar “inmediatamente le vino a la cabeza su carrera, que hasta el final fue lo más importante en su mente”.

Después de ocho meses de juicio, al ser interrogado por un policía, Eichmann le explicó compungido el motivo por el que no había podido ascender en las SS, alegando que no había sido culpa suya, como si las SS fuesen las Hermanitas de la Caridad. Según Arendt, las palabras “SS”, “carrera” o “Himmler” ponían en marcha en él “un mecanismo que había llegado a ser invariable en su funcionamiento”. En los interrogatorios, declaró que consideraba a Hitler un ejemplo plausible de ascenso meteórico. El éxito del Führer había sido “una razón suficiente  para obedecerle”.

Tras la derrota del régimen para el que trabajó tan eficientemente, en mayo de 1945, descubrió consternado que por primera vez tendría que llevar una vida individualista, sin un jefe que lo guiara y sin reglamentos que consultar. Hasta entonces, desde que sus padres lo alistaron a la Asociación de Jóvenes Cristianos, siempre había pertenecido a alguna organización.  De hecho, cuando su jefe, el austríaco Ernst Kaltenbrunner, amigo de su padre, le propuso que ingresara en las SS estaba a punto de afiliarse a una logia masónica.

Ernst Kaltenbrunner

Ernst Kaltenbrunner

A juicio de Arendt el mal que encarnaba Eichmann “carece de toda profundidad y de cualquier dimensión demoníaca”. Simplemente, es un “desafío al pensamiento” porque éste pretende alcanzar cierta profundidad, ir a la raíces”, por lo que al ocuparse del mal, “se siente decepcionado porque no encuentra nada”. “Sólo el bien tiene profundidad y puede ser radical”.

En este punto coincide con la pensadora francesa Simone Weil, quien consideraba que el mal, por ilimitado que sea, es “no finito”, además de monótono: “todo en él es equivalente”. Tampoco está pegado a la realidad, sino que “todo en él es imaginario”.

Justamente por su monotonía, la cantidad desempeña en el mal un papel decisivo. Una vez hecho, ya no se lo conoce y “rehúye la luz”. “Cuando se está en el ámbito del mal –matiza Simone Weil- uno no lo siente como mal, sino como un deber”, lo que explicaría su extraña facultad para reproducirse, para reincidir.

Simone Weil (1909-1943)

Simone Weil (1909-1943)

En su análisis de la personalidad de Eichmann, Hannah Arendt afirma taxativa que como mentir era uno de sus principales vicios, hasta el último momento negó que hubiese sido responsable de las matanzas. “Jamás he matado a un ser humano”, respondió a las preguntas que se le formularon al respecto.  Pero Arendt estaba convencida de que si se lo hubieran ordenado, habría matado a su propio padre.

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6 comentarios leave one →
  1. pablo Scasso Rossi permalink
    octubre 1, 2013 1:38 pm

    Una verdad: el riesgo que implica que cabezas vacías detenten el poder. Hitler y toda la SS al igual que los dictadores latinoamericanos del siglo XX y sus cohortes de alcahuetes y torturadores. Banalidad no como una caracteristica solo de superficialidad y ausencia de cultura sino también de inhumanidad o mejor de bestialidad. Seres que no existen si no se respaldan en manadas. ¿Cómo pedir que entiendan o aprecien la literatura cuando responden mediante clichés? ¿Cómo pedir que sientan, piensen,reflexionen si son incapaces de abstraer? Mucho menos pedirles compasión.

    • octubre 2, 2013 10:14 am

      Gracias por su comentario. Sin embargo, estas “cabezas vacías” actúan de esa manera para obtener beneficios personales y hacer carrera, aunque para ello tengan que mancharse las manos con sangre ajena. Eichmann fue un exponente deplorable de ello.

  2. Maia L.B. permalink
    octubre 1, 2013 9:23 pm

    No sé por dónde empezar a comentar esta extraordinaria entrada. Ya me habían hablado de esta película que aquí en Israel creo que aún no se ha estrenado y no sé si se hará. Hanna Arendt era una gran pensadora y, sin embargo, ella misma parece haber sido capaz de perder gran parte de su inteligencia manteniendo un romance con uno de los filósofos más vinclulados a las ideas nazistas, Martin Heidegger. Siendo ella una gran libertaria y activista en la causa judía.
    Lo que ocurrió en Alemania puede volver a ocurrir y ocurre en otras zonas del planeta. Creo también que los judíos nos hemos “apoderado” del nazismo como si solo nosotros hubiésemos sido afectados. En los campos de exterminio se le dio muerte a homosexuales, comunistas y personas que, no como Eichmann, se opusieron al sistema dominante. El holocausto debe ser un asunto mundial, no judío. Eso por un lado.
    Por otro, en la Alemania nazi todos eran sospechosos, nadie confiaba en nadie, todos estaban en peligro y la paranoia era total.
    Hubo judíos que cumplieron órdenes y mataron a otros judíos para salvar, o intentar salvar la vida de sus hijos o familiares. Ante una situación desesperada, ¿quién sabe qué es uno capaz de hacer? Pero, al parecer, la postura de Eichmann se debía a la incapacidad de pensar por sus propios medios, como otros hoy en día buscan desesperadamente un dogma en otros sitios y son capaces de hacer cualquier cosa en nombre de ese algo intangible, que trasciende a nuestra comprensión. La libertad es para los valientes y Eichmann era un cobarde. La combinación cobarde, ambicioso, “impenetrable e imperturbable” (sobre todo esto último) puede ser terrible.
    Y Argentina, ¿cómo fue capaz de dar asilo a tantos nazis a cambio de dinero? ¿No debería Argentina ser juzgada también por ello? ¿No es eso un delito? Fue la misma Evita -que tantos hoy admiran- la que los dejó entrar a cambio de una limosna nada despreciable. La historia se burla de los hombres sensatos una y otra vez.
    Y, para no extenderme más, creo que al final solo nos queda la frase del mismísimo Ellie Wiesel cuando dijo “Yo que estuve allí, aún no lo comprendo”.
    Un saludo.

    • octubre 2, 2013 10:04 am

      Gracias, Maia, por tu comentario. La pregunta que planteas, -“ante una situación desesperada, ¿quién sabe qué es uno capaz de hacer?”- me parece crucial porque es entonces cuando hay que demostrar la coherencia con los principios en los que se cree y puede que la complejidad de las circunstancias choque con ellos.
      Es evidente que para el régimen nazi los judíos eran el principal enemigo y el que mejor se “ajustaba” a su paranoia. Se permitía que un comunista cambiase de chaqueta y pasara a militar en el partido nazi (y algunos dirigentes del partido se jactaban de ello), pero a un judío le estaba prohibida esa militancia, Y sin embargo, para el régimen hitleriano comunistas y judíos eran igualmente enemigos. Sólo que el comunista podía “convertirse” en nazi (como en España, tras la expulsión de los judíos por los Reyes Católicos, los judíos eran tolerados si se bautizaban, aunque sobre ellos pesara la etiqueta de “conversos”) y al judío se lo “encerraba” en su identidad para que no escapase de ella y fuese fácilmente identificable. Así es como funciona la paranoia: el enemigo tiene que ser uno y bien visible.
      En cambio, al menos hasta la implantación de las Leyes raciales, en el partido fascista de Mussolini militaban judíos.

      Un saludo

      • Maia L.B. permalink
        octubre 2, 2013 12:25 pm

        Sí, Jaime, estoy de acuerdo en todo menos en un pequeño detalle (obsesiva, la mujer…): en lo de la paranoia. Cuando uno se vuelve paranoico, los enemigos están en todos lados.
        Un abrazo.

  3. Mário de Oliveira Pinheiro permalink
    octubre 28, 2013 12:25 am

    Um inepto. Um medíocre “eficiente”.

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