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El silencio de Don Quijote

septiembre 24, 2013

Conocemos a los personajes de la ficción literaria por las palabras que pronuncian o por los pensamientos que rumian y que normalmente el narrador se encarga de desvelarnos. Pero ¿qué sabemos de sus silencios?¿En qué piensan cuando están callados y en sus ratos de soledad? El mutismo de algunos personajes literarios, sobre todo de los más parlanchines, tiene algo de inquietante.

Si sus creadores se empeñaron en hacer que pareciesen humanos, se sobreentiende que también como nosotros piensan a solas, y que quizá sus pensamientos difieran de sus palabras. Por ejemplo, en las obras teatrales de Shakespeare a veces un personaje se dirige al público para expresar en voz alta los pensamientos que ocultó al interlocutor con quien conversaba un momento antes. En esos monólogos espontáneos parece revelar sus verdaderos propósitos.

"Hamlet", de William Morris (1884)

“Hamlet”, de William Morris (1884)

Sin embargo, el poeta W.H. Auden pensaba que al dirigirse al auditorio, esos monólogos, como los que sostiene el príncipe Hamlet, conducen a la sospecha de que el personaje

“no se está revelando a sí mismo lo que oculta a otros, sino únicamente revelándonos a nosotros aquello que considera bueno que oigamos, al mismo tiempo que oculta lo que ha elegido decirnos”.

No en todas las ficciones literarias los personajes se desnudan ante el lector, aunque el narrador de la historia, desde su posición omnisciente, parezca que lo cuenta todo de ellos y se preocupe de transmitirnos sus pensamientos.  Hubo que esperar a Ulises, la original novela de James Joyce, para que conociésemos por dentro y desde dentro a un personaje ficticio, el agente de publicidad Leopold Bloom, parodia del otro Ulises, el de La Odisea. Al lector le basta con seguir el curso de los pensamientos que serpentean por su mente para internarse en el alma del personaje.

W.H. Auden

W.H. Auden

La mente de Blomm es como un libro abierto en el que el lector puede leer las ideas, imágenes, recuerdos y ocurrencias que se le pasan por la cabeza a lo largo de la jornada del 16 de junio de 1904 en que transcurre la novela. La exposición pública de la mente del personaje, sin tapujos, a través de las palabras que piensa, hace que el lector se sienta como un voyeur. Aunque en otro sentido, constituya también un aliciente para que mire en su propia mente y lea “en el libro interior de signos desconocidos”, como había propugnado Proust.

En el último capítulo de la novela Joyce tuvo la idea genial de hacer partícipe del monólogo interior a la mujer de Bloom, Molly, parodia de Penélope, la fiel esposa de Ulises. Este pasaje recuerda al episodio de Madame Bovary en el que Charles Bovary se acuesta a deshora en el lecho junto a su mujer Emma, aparentemente dormida, y, espalda contra espalda, cada uno de ellos da rienda suelta a sus pensamientos, en consonancia con sus dispares y secretas expectativas.

¿Qué mejor escena que ésta para reflejar la soledad impenetrable del individuo, en la que se solaza con absoluta desinhibición en sus pensamientos, a sabiendas de que, si exceptuamos al lector, nadie podrá conocerlos, ni siquiera la persona que tiene a su lado y cuya espalda roza la suya?

James Joyce

James Joyce en su juventud

Pero incluso en el monólogo interior, en el que el personaje parece expresarse sin límites, tiene que haber alguna laguna de silencio tan significativa como ese torrente de palabras.  Un silencio que escape a la imaginación de su creador y que vendría a ratificar la completa autonomía del personaje, alejándolo un poco más de su condición de figura creada y, por tanto, ficticia.

Tal vez uno de los silencios más enigmáticos en la historia de la literatura sea el de Don Quijote por lo que respecta a su locura, sobre todo a raíz de la ambigüedad con que Cervantes lo dotó en la Segunda Parte de la novela y gracias a la cual el caballero andante cobra una viveza y una autonomía de las que carecía en la Primera.

Cuanto más ambiguo sea un personaje, mayores serán también las posibilidades de que lo leamos desde ángulos distintos, ensanchando de esa manera nuestra imaginación más allá incluso de los límites fijados por el narrador y hasta por el discurso del propio personaje.

Esa viveza nos incita a preguntarnos si Don Quijote estaba realmente loco o se lo hacía. Seguro que algún lector se habrá preguntado esto mismo al terminar la novela, como se lo preguntó uno de los personajes, el también hidalgo Don Diego Miranda, al que Don Quijote puso el sobrenombre de Caballero del Verde Gabán por el color del gabán de paño fino que llevaba puesto cuando lo conoció.  A Don Diego tan pronto le parecía un cuerdo loco como un loco que tiraba a cuerdo. El narrador responde a esta pregunta aclarando que si hubiese leído la Primera Parte de la historia, lo hubiese tomado al instante por un chiflado:

“Pero como no la sabía, ya le tenía por cuerdo y ya por loco porque lo que hablaba era concertado, elegante y bien dicho, y lo que hacía, disparatado, temerario y tonto”.

Aún hay más preguntas pendientes de respuesta: ¿qué idea tenía de sí mismo en sus periodos de lucidez? ¿Estaría entonces tan seguro de saber quién era, como dice en la Primera Parte de la novela? ¿Qué recuerdos conservaba de su reciente pasado de hidalgo?

SAsí vio Gustave Doré la llegada de Don Quijote y Sancho a la casa del caballero del Verde Gabán

Así vio Gustave Doré la llegada de Don Quijote y Sancho a la casa de Don Diego Miranda, el Caballero del Verde Gabán

Aunque el cronista Cide Hamete Benengeli no nos informe de las dudas que debieron de rondar a Don Quijote a propósito de su espuria identidad de caballero andante, resulta reveladora la forma en que reaccionó ante la marcha  de Sancho Panza para hacerse cargo de la Ínsula Barataria. Aquella primera noche solitaria, en el dormitorio del palacio de los Duques, Don Quijote sufrió un penoso contratiempo cuando, a la luz de dos velas, descubrió que una de sus medias estaba rota. Abatido por semejante descubrimiento, no halló a mano otra cosa con la que tapar el roto que ¡con las botas de su escudero! si quería mantener intacta su “negra” honra mancillada por la abominable miseria material.

Es significativo que en semejante trance por primera vez el cronista lo designe con los prosaicos títulos de “buen señor” y “pobre caballero”. “Pensativo y pesaroso”, Don Quijote  se recostó en el lecho, abrumado por la separación de Sancho y por el recuerdo de la media zurcida con seda de otro color “que es una de las mayores señales de miseria que un hidalgo puede dar en el discurso de su prolija estrecheza”. Ahora los papeles se han invertido hasta tal extremo que es él y no el escudero quien se deja invadir por el desaliento. De pronto, el altivo caballero andante retorna a su identidad de hidalgo pobre que creía haber dejado atrás definitivamente en la aldea manchega.

Así vio Gustave Doré el nombramiento de Sancho Panza como gobernador de la ínsula Barataria

Así vio Gustave Doré el nombramiento de Sancho Panza como gobernador de la ínsula Barataria

Sin embargo, la obsesiva visión de la media rota debe interpretarse como el efecto de la verdadera causa de su abatimiento: la imprevista ausencia de Sancho. Don Quijote no podía ignorar que al fin y al cabo el escudero era el único de todos los personajes que le rodeaban que creía sinceramente en su papel de caballero, por ser también el único que desconocía la existencia de los libros de caballerías. En otras palabras, Sancho era el único espectador fiable de su teatro y el que le estimulaba a mantenerlo contra viento y marea. Los demás, en tanto que conocedores de la literatura caballeresca, le seguían el juego para acomodarse a su locura y de paso divertirse a su costa.

Mientras su identidad de caballero andante estaba al borde del colapso, el débil Sancho, completamente quijotizado, en su flamante papel de mandamás de la ínsula Barataria era recibido por sus habitantes con la pompa digna de un “perpetuo gobernador”. A esta sensación de desamparo se sumaba la desesperación derivada del hecho de que ya no encontrase consuelo alguno en la lectura de libros de caballerías. Atrapado en su propio papel, sabe que no le queda otra opción que la huida hacia delante.

Pero ni el narrador ni Cervantes sonsacaron una sola palabra a Don Quijote acerca de los turbios pensamientos que debieron de atormentarlo en aquella noche aciaga, como si hubieran preferido reservar a la imaginación del lector estas presunciones.

Grabado que representa el encuentro de Don Quijote y Sancho Panza con los comediantes de Las Cortes de La Muerte

Grabado que representa el encuentro de Don Quijote y Sancho Panza con los comediantes de Las Cortes de la Muerte

Las dudas acerca de la autenticidad de su locura se acentúan en el capítulo que narra el encuentro de Don Quijote y Sancho con los actores de la carreta de Las Cortes de la Muerte a los que, curiosamente, el caballero no confundió con personajes fantasmales, como ya había sucedido en unas circunstancias similares. Al contrario, emocionado por este encuentro, Don Quijote les confesó que desde muchacho fue “aficionado a la carátula” y en su juventud “se le iban los ojos tras la farándula”, una afición que probablemente Cervantes no sólo trasladó a su héroe, de una edad parecida a la suya cuando lo imaginó, sino que habría aprovechado para revivirla transformándolo en un personaje histriónico.

De la breve confesión de Don Quijote -casi la única que ofrece de su reciente pasado de hidalgo- podemos colegir que, al transformarse en caballero andante, satisfacía uno de sus más ocultos deseos, que en aquella sociedad sometida a severos controles de los instintos, y dada su edad y condición social, debía tapar con el velo de una locura ficticia: representar para los demás, y no sólo en sus noches de lecturas desenfrenadas, a un prototipo de caballero similar a los que pueblan los libros del género que el hidalgo leyó con fruición.

A partir de esta interpretación tendremos que concluir que Alonso Quijano interiorizó su papel de caballero andante hasta fundirse en el personaje, relegando al olvido su identidad verdadera, a la que sólo regresará poco antes de morir. Puede afirmarse, por tanto, que la verdadera y secreta vocación de Don Quijote fue más que la de caballero andante, la de actor, aunque la proyectase exclusivamente sobre su amado universo caballeresco.

"Don Quichotte", de Honoré Daumier

“Don Quichotte”, de Honoré Daumier

Don Quijote y Sancho irrumpen en la uniformidad de la estepa castellana como dos aves exóticas. De ahí que se conviertan en un objeto de deseo; un deseo que contagiaron a otros personajes de la novela, también lectores de libros de caballerías.  Con sus sabrosos diálogos y las enloquecidas ocurrencias del caballero, ambos reavivaron la entumecida imaginación de todos ellos,  amenizando el mediocre presente con su fantástico viaje al pasado.

Escena de la ópera de Jules Massenet "Don Quichotte"

Escena de la ópera “Don Quichotte”, de Jules Massenet

Más que a un viaje en busca de aventuras, lo suyo se parece a una gira de actores tragicómicos en la que el caballero aporta la “tragedia” y el escudero, la “comedia”. Ellos mismos acaban asumiendo esa función cuando, de vuelta a la aldea natal, después de la derrota que el caballero de la Blanca Luna inflige a Don Quijote en la playa de Barcelona, éste propone a Sancho disfrazarse de personajes de novelas pastoriles y el escudero acepta la sugerencia con regocijo. Se han enamorado de su arte dramático. Después de todo, ¿no es más seguro y cómodo ejercer de actores que de personas reales? Y eso que en la vida del actor no faltan los sobresaltos ni las desdichas.

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8 comentarios leave one →
  1. septiembre 25, 2013 7:39 am

    Preguntarse por lo que piensa un personaje de ficción durante sus silencios revela una fe inconmovible en la literatura. Y peligrosa. Uno puede acabar como aquel que insulta a un a un actor que se encuentra en la calle porque reconoce en él al “malo” de de la serie de televisión que le tiene atrapado.

  2. septiembre 25, 2013 9:35 am

    Cuando una ficción sale del cajón del escritorio y echa a volar, nadie puede saber su destino porque la imaginación humana es imprevisible. No sé qué peligros puede encerrar el que un lector imagine cuanto desee acerca de una ficción y de sus personajes. Si no hubiese sido por esa imaginación, la mayoría de las ficciones que admiramos estarían muertas desde hace tiempo. En cuanto al ejemplo que citas, pienso que no viene al caso: se puede tener imaginación y no por ello ser un sandio. Precisamente Cervantes retrató en el “Quijote” a un prototipo de individuo carente de imaginación y ejemplo perfecto de sandio: el eclesiástico de los Duques, tan racional y grave como áspero y ridículo, que increpa amargamente
    a Don Quijote por haberse transformado en caballero andante.

  3. septiembre 25, 2013 1:12 pm

    De acuerdo, mi ejemplo está mal buscado. Lo que quiero decir es que, si la imaginación no tiene un límite, uno pueda acabar como el bueno de Quijano.

  4. octubre 7, 2013 8:21 pm

    El ejemplo citado en el comentario me hace pensar más bien en los fanáticos carentes de imaginación. A mí me encanta que el silencio de un personaje pueda llevarme a imaginar en qué estará pensando. Por eso me gusta este post.

    • octubre 7, 2013 10:44 pm

      Gracias por la lectura y el amable comentario. Como habrá comprobado por la cita, Auden incluso iba más lejos en este asunto. Por cierto, enhorabuena por su excelente blog “Estética existencia”.
      Un saludo

      • octubre 9, 2013 11:49 am

        Auden lleva razón en lo que el personaje calla. Quizás por eso ha dado tanto juego el “silencio de Dios”. Y agradezco mucho tus ánimos; estoy empezando.

  5. octubre 13, 2013 2:26 am

    Don Quijote no calla, pregunta. Porque todo silencio, y mucho mas en literatura, lleva implícita una pregunta… Al menos yo lo veo así.
    Y en realidad, más que el silencio, es el espacio entre las palabras el que te provoca, porque sin contexto el silencio es estéril. Es cuando das forma al abismo cuando este te mira, y esa mirada no es mas que tu propia mirada espejada.
    Un saludo desde Plaza Castilla.

  6. octubre 14, 2013 6:38 pm

    Gracias por la lectura y el comentario. Es una sugerente idea la que planteas: el silencio como un interrogante, como una forma de preguntar, y también esa otra del silencio que subyace en el espacio vacío entre las palabras que lo contextualizan.
    Un saludo

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