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El retorno de los muertos (aunque no del todo) al mundo de los vivos

septiembre 10, 2013

“Sólo hay dos temas para un escritor: el descenso al mundo de los muertos y el regreso al hogar” . Sándor Márai

La imaginación literaria ha encontrado un sugerente motivo en la anécdota del retorno imprevisto de un personaje a su lugar de origen, después de un periodo largo de ausencia durante el cual se le había dado por muerto o desaparecido. Este retorno imprevisto se presta a una doble reacción. Por lo que respecta al retornado, lo más probable es que se encuentre con un mundo diferente del que dejó a raíz de su desaparición y se sienta como un extraño en el que hasta no hace mucho fue su hogar.

En cuanto a sus allegados, es posible que al verlo de nuevo apenas lo reconozcan, como si fuese un difunto que hubiera regresado del mundo de ultratumba. Su larga ausencia sólo sirvió para que lo olvidasen del todo, por lo que ese reencuentro supone para ellos un incordio. No saben qué hacer con él, dónde ubicarlo: el hueco que dejó tras su desaparición ha sido ocupado por otro.

“El regreso de Odiseo”, de Pinturicchio (1509)

Sin embargo, una de las primeras ficciones engendradas por la imaginación literaria describe una situación inversa a ésta. A su regreso a la isla de Ítaca, Ulises, el intrépido y astuto héroe creado por Homero, se reencuentra felizmente con su esposa Penélope que durante los veinte años de ausencia le estuvo esperando angustiada mientras trataba de esquivar a los pretendientes que la acosaban.

Penélope tarda en identificar a Ulises, quien abandonó Ítaca para combatir en la guerra de Troya, no sólo por su aspecto desaliñado sino alertada ante la sospecha de que el desconocido sea otro pretendiente. Además, después de tantos años, la mujer lo daba por muerto.

La sospecha desaparece cuando al fin Ulises le describe el lecho conyugal que él mismo talló en el tronco de un olivo y Penélope se convence de que realmente es su marido a quien tiene delante y se arroja en sus brazos. Su fidelidad, alentada por Telémaco, el hijo de ambos, y las penalidades sufridas por Ulises en su camino de vuelta a Ítaca, contrarrestaron los efectos perversos de la separación. Pese a que cada uno de ellos ignoraba el destino del otro, Penélope y Ulises lucharon cada uno a su manera contra las adversidades que hacían peligrar su alianza matrimonial. De ahí que el tiempo no mellase su amor.

“Ulises y Penélope”, de Francesco Primaticcio (1563)

También puede ocurrir que el superviviente exprese su duelo mucho tiempo después de la muerte del ser querido. Eso fue lo que le sucedió a la anciana del conmovedor relato “Reencuentro inesperado”, de Johann Peter Hebel, en el que se narra el reencuentro de la mujer con el cadáver incorrupto por el efecto del vitriolo de quien fuera su prometido, un joven minero, hallado por casualidad cincuenta años después de su muerte accidental en las profundidades de una mina en la ciudad sueca de Falun. La mujer, que le guardó fidelidad en esas cinco décadas que siguieron a su desaparición, asistió a su sepelio vestida con el traje de domingo, como si fuese el día de su boda y no el día del entierro de la persona que más había amado en su larga vida. Su duelo había concluido.  Al fin podía morir en paz con la sensación de haber saldado una deuda con la memoria del antiguo prometido.

El narrador refiere los principales acontecimientos que acaecieron en el mundo en esos cincuenta años transcurridos desde la desaparición del minero, entre ellos el terremoto de Lisboa, la Guerra de los Siete años, la Revolución francesa o la conquista de Prusia por Napoleón. Con ello se pretende subrayar el contraste entre la inmutabilidad  del difunto, por el que no pasaron los años, y el dinamismo del mundo de los vivos, en el que no dejaron de ocurrir cosas.

Ilustración en una edición de la época del relato

Ilustración en una edición de la época del relato “Reencuentro inesperado”, en la que se ve el cadáver incorrupto del minero hallado cincuenta años después en la mina de Falun

Una anécdota similar a ésta es la que relata James Joyce en “Los muertos”, el último cuento de Dublineses, en el que una mujer felizmente casada y con dos hijos se ve asaltada de repente y en presencia de su marido, por el recuerdo de su primer noviazgo con un joven sensible que murió de tuberculosis cuando ella estaba en un internado de monjas y a cuyo sepelio no pudo asistir. Con la resurrección súbita de ese recuerdo sepultado durante años en su memoria era como si lo enterrase de verdad. De esa manera cancelaba el duelo aplazado hasta ese momento por los avatares de su vida, principalmente el matrimonio y el cuidado de los hijos.

Fotograma de la película

Fotograma de la película “Los muertos”, de John Huston (1987), en el que Gretta desvela a su marido Gabriel Conroy el episodio de su primer amor con un joven que murió de tuberculosis

Estas dos anécdotas ponen de relieve una extraña paradoja: mientras el tiempo no pasa para los muertos, que permanecen intactos, pese a la corrupción física de que son objeto en sus tumbas, los vivos son víctimas de la corrosión del tiempo, cuya “mano atroz” (Shakespeare) lo deforma todo hasta hacerlo irreconocible. El Espectro del rey Hamlet tuvo que apremiar a su indeciso hijo, el príncipe Hamlet, para que vengase el asesinato que perpetró contra él su hermano Claudio. Sabía que el viento del olvido soplaba a favor del culpable.

Después de muchas dudas y vicisitudes, el príncipe cumple el mandato del padre de restituir su memoria, si bien a costa de su propia vida. Fue en el trágico momento de la despedida del mundo cuando Hamlet rogó a su gran amigo Horacio que narrase su historia “a cuantos no sepan de ella”, por el mismo motivo por el que el Espectro del padre le conminó a restablecer su honor y su verdad: evitar que su nombre “quede lleno de oprobio”. Qué mejor medio que la escritura para hacer efectivo este cometido, puesto que su característica esencial es el compromiso con la perdurabilidad.

Un muerto se hallará siempre expuesto a las veleidades de la memoria. No puede esquivar el riesgo del olvido y menos aún defenderse de la devastación causada por la amnesia que día a día se propaga entre los vivos casi al mismo ritmo en que se suceden acontecimientos nuevos.

Grabado de John Gilbert que representa al príncipe Hamlet ante el Espectro de su padre, el rey Hamlet

Grabado de John Gilbert que representa al príncipe Hamlet ante el Espectro de su padre, el rey Hamlet

La experiencia nos enseña que las historias de desaparecidos que al cabo de muchos años, y después de una larga separación de sus seres queridos, retornan a su lugar de origen, suelen ir por derroteros opuestos al venturoso desenlace de La Odisea. El curso del tiempo y la evolución de la propia realidad contribuyen a abrir un abismo entre dos personas que, habiéndolo compartido todo durante años, por alguna circunstancia ajena a su voluntad se alejan una de la otra, interrumpiéndose la comunicación entre ellas. El abismo se ensancha cuando la separación las conduce a lugares, circunstancias y situaciones muy dispares. Lo más probable es que en ese periodo de ausencia se consolide el olvido mutuo y cada cual reconstruya su vida sobre nuevos afectos, intereses y objetivos.

Esta clase de rupturas también se proyecta en el ámbito público. Son numerosos los testimonios de desterrados que, al regresar a su patria después de muchos años, se sienten extraños y al final vuelven al país del exilio. Cuántas veces se ha dicho de un difunto que si se levantara de su tumba volvería a ella al imaginar su protesta ante los bruscos cambios que se han operado en su entorno desde que murió.

Honoré Balzac

Honoré de Balzac

En las novelas de Balzac abundan los personajes derrotados por el pragmatismo y los intereses mezquinos. Nacido en 1799, el autor de La Comedia humana fue testigo del profundo cambio social que representó la Restauración en Francia, tras la caída de Napoleón en 1815, un periodo oscuro en el que arribistas de toda laya hicieron su agosto. Así que no podía faltar en su prolífica obra la historia de un retornado del otro mundo.

En la novela breve El coronel Chabert desarrolló una anécdota verosímil y al mismo tiempo cargada de simbolismo para una historia de estas características: la “resurrección” de un viejo soldado de Napoleón cuando éste ya había sido derrotado en Waterloo y languidecía en la isla de Santa Elena. En la batalla de Eylau (Prusia oriental), que tuvo lugar los días 7 y 8 de febrero de 1807, el coronel Chabert fue atacado por dos oficiales rusos, uno de los cuales le asestó un fuerte golpe en la cabeza con un sable.

Chabert cayó al suelo inconsciente, siendo dado por muerto y sepultado con vida en una fosa común junto a otros compañeros. Al recobrar la conciencia, el pobre hombre consiguió salir de la fosa debatiéndose como pudo contra la pila de cadáveres que empezaban a descomponerse. El aspecto que ofrecía era el de un auténtico desenterrado. A partir de ese momento su suerte sería la de un desterrado en el mundo de los vivos.

Gérard Depardieu en el papel de coronel Chabert, en la versión cinematográfica de la novela que se estrenó en 1995

Gérard Depardieu en el papel de coronel Chabert, en la versión cinematográfica de la novela que se estrenó en 1995

Recogido por unos campesinos que le curaron las heridas, pasó varios años de hospital en hospital, lejos de Francia. Después de enviar cartas a su mujer Rosine notificándole su regreso al mundo de los vivos, no recibió respuesta alguna. A los diez años de su falsa muerte volvió a París, donde se presentó en el despacho del procurador Delville para exponerle su situación, con la cabeza cubierta con un sombrero que ocultaba una peluca, que a su vez tapaba la profunda cicatriz del cráneo.

Allí se enteró de que Rosine se había vuelto a casar “por amor, por dinero y por ambición” con un joven conde y consejero de Estado, enriquecido al calor de las oportunidades que ofrecía la Restauración. Además había tenido dos hijos con él. Su antigua casa había sido vendida y demolida. Al poco tiempo supo también de la derrota de Napoleón en Rusia y de su abdicación. Al igual que él, el antaño poderoso y temido emperador se había convertido en un despojo, en un muerto viviente.

Con la ayuda del procurador, que se tomó en serio su increíble historia, emprendió acciones legales para recuperar no sólo su fortuna, ahora administrada por su ex esposa, sino incluso su rango de coronel de la Guardia Imperial. Para ello tendría que debatirse nada menos que contra un acta de defunción, un acta de matrimonio y unas actas de nacimiento.

Cartel de la versión cinematográfica que en 1943 se hizo de la novela

Cartel de la versión cinematográfica que en 1943 se hizo de la novela

En el primer encuentro con Rosine, ésta no quiso reconocerlo pero, seguramente intimidada por el afán de Chabert por recuperar lo que le pertenecía, lo engatusó y engañó, amenazándolo a sus espaldas con encerrarlo en un manicomio. Hastiado de las mentiras, de la avaricia y crueldad de la mujer, a la que él había sacado de los bajos fondos para desposarla, y de los penosos trámites judiciales que le aguardaban si quería rescatar su patrimonio, decidió internarse en una especie de asilo. “¿Hacen mal los muertos en volver?”, le había preguntado a Rosine en la segunda entrevista que mantuvo con ella y resignado a la pérdida del afecto de ésta.

Finalmente, renunció a su identidad de coronel Chabert para transformarse en Hyacinthe, el nombre de pila con el que se le bautizó en el hospicio en el que fue abandonado por sus padres poco después de nacer. Peor aún, como él mismo le dijo al procurador con un temor “de viejo y de niño”:

“Ya no soy un hombre, soy el número 164, séptima sala del asilo”.

La rueda del destino había dado la vuelta completa y aquel niño abandonado por sus padres en la inclusa regresaba a un asilo para viejos olvidados. Se habían cumplido sus peores presagios, cuando su nombre oficial se le antojaba desagradable y quería “no ser yo” para borrar de su memoria los recuerdos del pasado. El relato concluye con unas palabras sombrías del bienintencionado procurador:

“Todos los horrores que los novelistas creen inventar están siempre por debajo de la verdad”.

Fotograma de la película, con Chabert y su antigua esposa Rosine

Fotograma de la película, con Chabert y su antigua esposa Rosine

Para Chabert el reloj de su vida se detuvo el día en que lo dieron por muerto y su nombre fue inscrito en el libro Victorias y Conquistas, en el que se anotaban las guerras emprendidas por Francia entre 1792 y 1815. Para sus allegados, las manecillas de ese reloj ya sólo giraban hacia atrás, hasta que se parasen o la maquinaria del reloj se desgastara por desuso.

Desde la indefinición de su singular estatus, Chabert pudo sopesar el antagonismo entre dos periodos históricos colindantes: el inmediato pasado, en el que participó en calidad de actor, y el presente, en el que figuraba como espectador incómodo del súbito ascenso de los oportunistas, para quienes encarnaba la memoria viva de un pasado en el que ellos no habían sido nadie y que por eso mismo preferían relegar al olvido.

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La extrañeza de su situación y el afán frustrado por reivindicar su extinta condición de coronel del antaño victorioso ejército napoleónico, hace que en la memoria de Chabert resucite la olvidada identidad que precedió a la del respetable militar: la de aquel juvenil y remoto Hyacinthe, hijo de la inclusa que, sin oficio ni beneficio, se adhirió a la feria de oportunidades que para muchos de su condición representó el proyecto conquistador de Napoleón y cuyo éxito le permitió hacerse con un nombre, el mismo con el que murió para la posteridad en el campo de batalla de Eynau y que los supervivientes arrojaron a esa fosa común de nombres que era el libro Victorias y Conquistas, instituido a modo de homenaje póstumo a los soldados que dieron su vida por la patria.

El destino de Chabert sólo podía cuadrar en una sociedad semejante a un engranaje en el que las piezas están ajustadas a su función, de manera que si una de ellas se rompe o resulta inservible, se tira a la basura y es sustituida de inmediato por otra. En esa sociedad los supervivientes inútiles, como el viejo coronel, estaban abocados al asilo o al manicomio, lugares marginales donde se perdía el rastro de sus inquilinos, cuyos nombres eran despojados de las vestiduras que los identificaban públicamente.

Un destino parecido al del coronel Chabert, aunque en esta ocasión el hecho fue real, sucedió en Rusia, en tiempos del zar Pablo I (1754-1801). Da cuenta de la esta triste historia Alexandr Herzen en sus memorias El pasado y las ideas, con la idea de desenmascarar la crueldad de la burocracia de los gobiernos autócratas, que obligaba a las personas a someterse a sus errores garrafales, sin importarles los derechos, la salud e incluso la vida de aquéllas. Todo empezó cuando un coronel de la Guardia Imperial consignó como fallecido en el informe mensual a un oficial que estaba ingresado en el hospital.

Retrato del zar Pablo I (1754-1801)

Retrato del zar Pablo I (1754-1801)

En consecuencia con esta notificación, el zar dio de baja al falso difunto de la lista de oficiales. “Pero, por desgracia, el oficial no murió –relata Herzen- y se recuperó de la dolencia que padecía”. El coronel le rogó que desapareciera en su aldea durante uno o dos años, hasta que se encontrara la forma de arreglar el entuerto. El oficial aceptó, pero sus deudos leyeron la noticia de su muerte y se negaron a aceptar que seguía con su vida, mientras, “desolados por la grave pérdida, se disputaban la herencia con uñas y dientes”.

El muerto vivo se presentó en San Petersburgo para elevar una queja al mismísimo Pablo I. El zar le denegó la petición alegando que su situación ya había sido regulada por un decreto firmado por Su Majestad. El burdo  testimonio de la existencia de un hombre no podía contradecir un decreto avalado por la firma del zar. “Pablo I-concluye Herzen en su relato- demostró ser todo un poeta y un dialéctico de la autocracia”. Pero ¿qué fue del pobre oficial al que se daba por muerto? Pues que terminó muriendo de hambre.

Contemporáneo de Balzac, el novelista norteamericano Nathaniel Hawthorne (1804-1864) publicó un breve cuento titulado Wakefield, en el que relata una historia aún más extraña que la de Chabert y que el narrador dice haber leído en un periódico: la de un hombre que, al contrario que el coronel francés, se hizo el muerto para observar a cierta distancia las reacciones de sus allegados, empezando por la de su mujer.

Nathaniel Hawthorne

Nathaniel Hawthorne

Después de diez años de feliz matrimonio en Londres, Wakefield, un hombre “que se encontraba en el meridiano de la vida”, de temperamento intelectual, corazón frío y propenso al ensueño, abandonó una tarde de otoño el hogar tras anunciar a su esposa que se marchaba unos días de viaje y que quizá regresara el viernes a la hora de la cena.

Pero su plan era otro. Alquiló un apartamento en una calle vecina, se compró en una ropavejería una peluca roja y ropas muy distintas de la que vestía y no se movió de su nueva casa durante veinte años, el doble de los que llevaba casado. Pasaron las primeras semanas de su desaparición, luego los meses y por fin vino el recuento de los años. Como es lógico, su mujer le dio por muerto y aceptó su papel de viuda. Se repartió la herencia y el nombre de Wakefield fue borrado de la memoria. Él mismo espió los movimientos previsibles en su casa ante una circunstancia tan singular.

“Ventanas de noche, 1928”, de Edward Hopper

El narrador matiza que su falsa viuda lo recordaba a veces con una sonrisa mientras se preguntaba si realmente habría enviudado. La mujer lo conocía demasiado bien: era astuto, aunque sin consecuencias, egoísta con discreción, aficionado a guardar secretos triviales, de una vanidad inquietante, y todo ello adobado con lo que ella misma calificaba de “pequeña rareza”. Pero no tardó en habituarse a su pérdida. Como afirma el narrador,

“es peligroso crear abismos en los afectos humanos, no porque sean tan anchos y profundos, sino porque vuelven a cerrarse tan pronto”.

Wakefield era un hombre de costumbres, por lo que a menudo sus pasos le llevaban hasta la puerta de su antigua vivienda. Sólo en el momento en que se disponía a dar el salto definitivo, retrocedía. Antes de alejarse, espiaba a su esposa que pasaba junto a la ventana. Entonces echaba a correr, aterrado ante la posibilidad de que lo reconociese. Cada vez que contemplaba la fachada de la casa observaba que algo había cambiado en ella. Sin embargo, sólo se trataba de una impresión derivada de la larga ausencia. De vuelta al apartamento de alquiler sentía la cabeza aturdida y el corazón alegre.

“Escalera en el 48 de la rue de Lille de París” (1906), de Edward Hopper

En medio de la confusión de ideas, comprendía vagamente que se había abierto un abismo casi insalvable entre su nueva casa y el antiguo domicilio, aunque sólo estuviesen separados por unas manzanas. “Está en otro mundo”, asevera el narrador. Peor aún, los muertos tenían casi el mismo poder de visitar sus casas en la tierra que Wakefield, “el hombre que se exilió de sí mismo”.

¿Por qué cometió la locura de “separarse del mundo, desvanecerse, renunciar a su lugar y sus privilegios entre los vivos sin ser admitido entre los muertos”? El motivo que más salta a la vista es la “vanidad enfermiza” a la que alude el narrador. Wakefield quiso hacer realidad su deseo de presenciar las reacciones que provocaría su desaparición tanto en su mujer como entre los seres más cercanos a él. Se trataba de una fantasía, propia de un narcisista incapaz de salir de sí mismo y al que le traía sin cuidado el dolor que los demás pudieran sentir ante su muerte.

“Domingo”, (1926), de Edward Hopper

El otro motivo que explicaría su estrambótica decisión apunta en un sentido opuesto. Wakefield necesitaba distanciarse de su yo conyugal para contemplar desde fuera y con ojos de extraño el pasado que había dejado atrás, aunque fuese en la esquina de la calle, incluyendo en éste a su mujer y su casa.

Quizá confiase en que de las cenizas del hombre casado y hogareño renaciera un individuo nuevo o al menos diferente del que había sido hasta entonces. De hecho, el disfraz que adoptó en su nueva condición de “difunto marido de” era mucho más que un recurso para que no fuese reconocido por su esposa ni por los vecinos del barrio. No previó que la ruptura con su vida anterior pudiera empujarlo al extremo contrario: la disolución.

Como un Ulises doméstico, Wakefield regresó al dulce hogar a los veinte años de su misteriosa ida. Fue una tarde desapacible de otoño, no como aquella otra tarde también otoñal en que lo abandonó sine die. Una vez más, merodeaba alrededor de su antigua casa, sólo que en esta ocasión, y ante la lluvia y las ráfagas de viento que golpeaban su cuerpo, se le hizo insoportable el contraste de aquel tiempo de perros con el calor del hogar que fisgaba por la ventana.

Llamador

Así que al fin franqueó el umbral de la vivienda con “la sonrisa astuta, precursora de la pequeña broma que desde hace tanto tiempo le ha estado gastando a su esposa” y se convirtió en un marido amante el resto de sus días. Parece que su Penélope, más gruesa y lógicamente más vieja, no tuvo nada que objetar, como si le hubiese estado esperando.

Ante este  desenlace poco verosímil, el lector sospecha que la huida de Wakefield de su hogar fue más que un hecho insólito, propio de la página de sucesos de un periódico local, una fantasía secreta urdida por su imaginación en una noche de insomnio. ¿Acaso no es en la imaginación donde nos atrevemos a dar rienda suelta a esa clase de fantasías en las que nos desprendemos de todas las responsabilidades y compromisos que hemos contraído con el mundo para satisfacer los deseos más íntimos?

La imaginación es un lugar abierto, sin puertas ni fronteras, del que se puede entrar y salir cuando se quiera, no como la realidad, de la que sólo se sale una vez sin posibilidad de retorno, como el coronel Chabert tuvo la desgraciada ocasión de comprobar. Al liberarnos de las cadenas de la realidad, nos permite forjar sueños en los que se desea ser otro muy distinto del que se es en lugares alejados de aquel en el que uno se encuentra habitualmente.

Casa de Hawthorne en Lemington

Casa de Hawthorne en Leamington

Si Wakefield pudo volver a su antiguo hogar se debe a que sólo lo abandonó en la imaginación y nunca del todo, como lo demuestra la vecindad del apartamento que alquiló y la costumbre de merodear alrededor de la casa de su mujer. Si se hubiese marchado de verdad, habría sido para siempre, sin posibilidad de retorno, y no precisamente a la calle de al lado.

Su deseo de aventura se redujo al misterio que imprimió a su huida, aunque no para buscar experiencias excitantes (o encontrarse con ellas, como Ulises), que lo arrancaran de la monotonía conyugal. No, Wakefield sólo se mudó de celda, ni siquiera de cárcel. Sus pinitos en la aventura se limitaron a esos escarceos ocasionales en torno a la antigua casa y a la excitación que le causaba exponerse a que la esposa y falsa viuda lo descubriese un día merodeando por allí. Por lo demás, todo ello cuadraba con su gusto por guardar secretos triviales y con la vanidad mórbida que le atribuía su mujer: pequeños vicios propios de un temperamento imaginativo en constante ebullición.

Como si tratara de prevenir al lector de una tentación similar a la que sucumbió Wakefield, el narrador termina su relato advirtiendo que

 “en medio de la aparente confusión de nuestro mundo misterioso, los individuos se hallan tan exactamente ajustados al sistema, y los sistemas tan ajustados entre sí y en relación al conjunto, que con sólo apartarse un instante, el hombre se expone al terrible riesgo de perder su lugar para siempre. Como Wakefield, puede convertirse, por así decirlo, en el Paria del Universo”.

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9 comentarios leave one →
  1. septiembre 14, 2013 8:40 pm

    marvilloso…gracias Majo por llevarme en estos senderos de la literatura del autoconocimiento y comprensión de lo inexplicable ,gracias por indicarme desde tu sitio…el camino de “formarse” para no perderse..para no ausentarse..

  2. Guido FInzi permalink
    septiembre 15, 2013 12:08 pm

    – Me hiciste acordar un libro, también hicieron película, de Isaac Bashevis Singer: “Enemigos, una historia de amor”.
    – Por otro lado, el tema de la desaparición ha sido bastante socorrido en la literatura aunque, por regla general, referido a escritores que “se borran” (el caso de Salinger es muy conocido, pero hay muchos otros). Un caso curioso de desaparición, fue el de Ettore Majorana, un singular científico italiano.
    – Los románticos, ante la desaparición del ser amado, tomarían la vía del suicidio. Salvo los poetas, nadie muere mejor que un romántico.

    Como siempre, un texto excelente, Jaime. Un abrazo.

  3. septiembre 15, 2013 11:20 pm

    Gracias, Guido. Lo complicado de las “desapariciones” es cuando les sigue el retorno. Me temo que el caso del coronel Chabert es más común que el de Ulises. Un lector añadía a la casuística asociada al fenómeno de los retornos después de una “muerte en vida”, los muchos casos de retornados de los campos de exterminio nazis al mundo de los vivos. Primo Levi escribió también sobre este asunto en “La tregua” y “Los hundidos y los salvados”. Un abrazo, Guido.

  4. febrero 16, 2014 4:56 pm

    La decisión de Balzac de cambiar el nombre del cuento de “La transacción” al de “El coronel Chabert” fue un verdadero acierto ya que el lector -el del siglo XXI incluido- no dudaría nunca de la identidad de un héroe epónimo. Ese nombre ha recorrido siglos, estantes de bibliotecas y pantallas de cine, no el de Hyacinthe, no el de “Monsieur, dit l’homme mort”, tampoco el número 164. No existe palabra en el lenguaje humano para describir un ser como Chabert, escribió una vez el propio Balzac.

    Tengo que leer Wakefield de Hawthorne, qué argumento tan disparatado y sugerente. Un abrazo.

    • febrero 16, 2014 7:07 pm

      Gracias por tu atinado comentario. Es cierto, Chabert no pertenece en la práctica al mundo de los vivos, aunque tampoco es un ser de ultratumba, por más que “resucitara” casualmente de una tumba de verdad.
      El cuento “Wakefield” ha sido reinterpretado por Doctorow en un relato homónimo, traducido en una selección del propio autor, titulada “Todo el tiempo del mundo” (editorial Miscelánea, 2012). Un abrazo

      • junio 11, 2015 12:04 am

        Estoy leyendo el brillante “Austerlitz” de Sebald, y he topado con esta escena en la que Vera encuentra “casualmente” dos fotos de pequeño formato disimuladas en el Coronel Chabert de Balzac. El narrador (Vera, Austerlitz, Sebald?) apunta que este libro cuenta la historia de “una gran injusticia”. En Camposanto Sebald escribe: “Hay muchas formas de escribir; pero sólo en literatura, por encima del registro de los hechos y de la ciencia, puede intentarse la restitución”. Restituir el recuerdo de aquellos a los que se hizo mayor injusticia como este niño que aparece en la foto vestido de paje, el propio Austerlitz, que perdió a sus padres en la segunda guerra mundial, como “los noventa y nueve hombres de todas las edades que fueron ahorcados de las farolas de las calles y de las barandillas de los balcones del barrio Souilha” en junio de 1944, o como nuestro querido Coronel.

        “No me parece, dijo Austerlitz, que comprendamos las leyes que rigen el retorno del pasado, pero cada vez me parece más como si no hubiera tiempo, sino diversos espacios, imbricados entre sí, entre los vivos y los muertos, según el talante en que se encuentran, van de un lado a otro, y cuanto más lo pienso tanto más me parece que nosotros, los que todavía nos encontramos en vida, a los ojos de los muertos somos irreales y sólo a veces, en determinadas condiciones de luz y requisitos atmosféricos, resultamos visibles. Hasta donde puedo recordar, dijo Austerlitz, siempre he tenido la impresión de no tener lugar en la realidad, como si no existiera, y nunca ha sido esa impresión tan fuerte como en aquella velada en la Sporkova, cuando penetró la mirada del paje de la Reina de las Rosas.”

        Unos fragmentos que me han hecho pensar en tu entrada sobre el retorno de los muertos al mundo de los vivos. Un abrazo Jaime.

  5. junio 11, 2015 12:52 pm

    Gracias, Kim, por compartir esta hermosa y oportuna referencia literaria. El coronel Chabert es todo un símbolo del siempre conflictivo retorno de los muertos (aunque no del todo) al mundo de los vivos: la deuda de la memoria que los vivos contraen con los muertos y que suelen ser reacios a pagar más por el efecto del olvido y el transcurso del Tiempo, verdadera carcoma de la memoria, que por una voluntad deliberada de rehuir esa obligación. La escritura es el medio más idóneo para plasmar la restitución del recuerdo precisamente por su compromiso de perdurabilidad. Un abrazo

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