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A Zola le aburre mortalmente “Macbeth” y prefiere la vida al arte

septiembre 3, 2013

El 13 de enero de 1878 Émile Zola publicó un artículo en el que confesaba que, pese a reconocer la gloria de Shakespeare, no lo comprendía y su obra le resultaba indiferente porque “todo ocurre lejos de mí”. Luego añadía que se había aburrido “mortalmente” con Macbeth. En cambio, le “había arrebatado” el drama La muerte civil, hasta “ahogarme de emoción”, gracias también a la interpretación de Tomasso Salvini, de quien matiza que, después de verlo interpretando a Macbeth, no podía formarse “una opinión clara”.

No obstante, reconocía la mediocridad del drama y que su autor, el italiano Paolo Giacometti, “no tenía la pretensión de asemejarse a Shakespeare”. Entonces, ¿por qué tanta admiración? Porque era una obra de su tiempo, “se mueve en el aire que respiro, me afecta como una historia que ocurriera a mi vecino”.

Émile Zola

Émile Zola

A continuación Zola redondeaba esta opinión con una suerte de declaración de principios:

“Prefiero la vida al arte, lo he dicho muchas veces. Una obra maestra helada por los siglos no es, en definitiva, más que un hermoso muerto”.

En 1862 Giacometti había publicado la obra de teatro La muerte civil en la que abordaba el asunto de la necesidad del divorcio religioso en los casos de condena irreversible de un cónyuge. La historia se basa en una experiencia personal, ya que Giacometti tuvo que casarse después de la muerte de su esposa con la mujer con la que había tenido dos hijos para acallar las habladurías y las penurias derivadas de esta situación, en aquella época socialmente reprobable.

Sabemos que el artículo de Zola irritó a Flaubert, quien en una carta que escribió enseguida a su amigo el novelista Iván Turguéniev, le animaba a leerlo “para castigarse”. “Observe lo que ha dicho de Macbeth. Según él, ¡Shakespeare no tendría actualidad…porque no es contemporáneo!”.

El escritor ruso le respondió a vuelta de correo:

“Qué quiere que le diga. Lo compadezco. Me temo que no ha leído nunca a Shakespeare. Un pecado original del que no va a librarse nunca”.

Retrato de Turguéniev, por el pintor ruso Repin

Retrato de Turguéniev, por el pintor ruso lliá Repin

No obstante, tendremos que admitir que la opinión del autor de Germinal se ajustaba al espíritu de la época. Era moderna; tanto que ciento treinta y cinco años después es posible que sea compartida por muchos escritores y lectores. Sin ir más lejos, hace poco tiempo en España se produjo un amago de cruce dialéctico entre novelistas célebres que se reprochaban mutuamente no escribir historias en las que se tratasen los problemas de la gente que más sufre la crisis económica y, como el dedo de las estatuas de Colón, apuntaban hacia Estados Unidos: allí sí que los novelistas se ocupan de los dramas sociales. Muchos años antes ese mismo dedo –como el de las estatuas de Lenin- había apuntado hacia el “realismo social”.

Cartel de la versión para el cine de "La muerte civil", que dirigió en 1940 el italiano Ferdinando Maria Poggioli

Cartel de la versión para el cine de “La muerte civil”, que dirigió en 1940 el italiano Ferdinando Maria Poggioli

Pero lo más sorprendente de las afirmaciones de Zola es que luego las enlazara con esa otra opinión de que prefería la vida al arte. De sus palabras se deduce que para el novelista francés las obras de los autores muertos -véase Shakespeare- estaban tan muertas como ellos, aunque fuesen “obras de arte”. Poco importaba que hubiesen sobrevivido a los siglos: no eran más que hermosos cadáveres conservados en el formol del tiempo.

Desde el punto de vista de Zola, el arte heredado carece de vitalidad, no sirve de nada a los vivos y en absoluto puede compararse con el atractivo que para un escritor supone la vida. La vida es el presente, lo actual y próximo, todo cuanto puede estar sucediendo en el momento en que respiramos, aunque, al contrario que las obras de arte del pasado, carezca de hermosura. Como en un cuerpo vivo, por sus venas circula la sangre de la acción y de los hechos. Al escritor le basta con mirar a su alrededor para observar ese movimiento incesante, en su plenitud, y reproducirlo tal cual.

Poco importa que el resultado de su labor no sea precisamente una obra de arte. Lo importante es que el lector o el espectador, si se trata de una pieza teatral como la que presenció Zola (hoy sería una película), no se aburra “mortalmente” y, si es posible, se “ahogue de emoción”, algo que no puede esperarse de una tediosa obra de arte que, como todas las de su categoría, rezuma una belleza estatuaria por los cuatro costados.

Fotografía del actor Tomasso Salvini

Fotografía del actor Tomasso Salvini

El máximo representante del Naturalismo pensaba que la vida y el arte son como el fuego y el agua. El arte puede ser hermoso pero, ¡ay!, está muerto y enterrado; pertenece a un pasado que no dice nada a los contemporáneos y permanecerá para siempre mudo ante el futuro. No así la vida, que, pese a su posible fealdad, transcurre en el presente, respira por los poros, suda, jadea, grita, se mueve de un lado para otro, y, lo que quizá sea más importante, como todo lo vivo, se halla inmersa en la incertidumbre: nadie sabe lo que ocurrirá en el segundo siguiente.

¿Por que preocuparse por los destinos de Macbeth o del rey Lear, personajes lejanos e irreales, de cuyas peripecias truculentas lo sabemos todo? ¿Qué le pueden decir a un empleado que trabaja en un puesto inseguro, que reside en el cuarto piso de una torre de una ciudad dormitorio, que está casado con una mujer en paro, tiene una hipoteca de larga duración, dos hijos y un automóvil viejo?

Siempre será mucho más interesante cualquier historia de un empleado de estas características -que bien puede ser nuestro vecino-, que las de unos héroes desenterrados del panteón de la Historia, cuyas vicisitudes dejan a los espectadores igual que estaban antes de verlos en el teatro interpretados por actores inverosímiles.

Orson Welles en el papel de Macbeth, en la película que dirigió en 1948 basada en la obra de Shakesperae

Orson Welles en el papel de Macbeth, en la película que dirigió en 1948 basada en la obra de Shakespeare

Curiosamente, Zola asocia arte con belleza (una obra de Shakespeare es “un hermoso muerto”), pero también con trascendencia, aunque en el sentido de “conservación”, como si se tratase de una antigüedad. Para el escritor la suma de estos tres elementos –belleza, conservación y antigüedad- se traduce en falta de vida.

A pesar de su pertenencia a la corriente naturalista y de su defensa del realismo más pedestre, con esta manera de pensar Zola se mostró como un romántico empedernido, no sólo por el tono contestatario de sus opiniones sino por su concepción del arte, muy parecida a la postulada por los primeros románticos que se sublevaron contra el viejo orden heredado de la época clasicista y preconizaban la ruptura con el formalismo y los cánones establecidos, a favor de la espontaneidad creadora.

No se trataba de una cuestión de diferencia generacional. En una carta a Turguéniev, fechada el 16 de noviembre de 1880, Guy de Maupassant, discípulo de Flaubert, le comentó que tenía que “encontrar hombres nuevos y sobre todo vivos” para una serie de estudios sobre escritores extranjeros que estaba preparando para el periódico Le Gaulois. “Los muertos no están ya de actualidad y casi seguro que me los prohibirán. Hasta ese punto llega la tontería”, añadía en la carta.

Guy de Maupassant

Guy de Maupassant

Si bien Flaubert y Turguéniev eran casi veinte años mayores que Zola, Maupassant era diez menor que éste. La disparidad de criterios obedecía, pues,  a una forma de enjuiciar la creación literaria no ya distinta sino diametralmente opuesta.

Los opiniones que Zola vierte en su artículo están trufadas de la misma escayola verbal que impregna su opinión sobre Macbeth (le había aburrido “mortalmente”) y la obra de Giacometti (“le había arrebatado” hasta “ahogarme de emoción”). Pero la fama de que gozaba le permitía expresarlas en un periódico de cierta tirada y hasta conquistar la aprobación de un buen número de lectores que seguramente pensaban como él: que la historia de un vecino tenía más interés para el espectador actual que una obra del difunto Shakespeare por el simple hecho de ser también actual. Ya lo había comentado Paul Cézanne en una conversación: Zola “vivía bajo la influencia de los acontecimientos”.

En este punto el novelista francés no distaba demasiado de Dimitri Písarev, el pensador populista ruso que por esas mismas fechas había sentenciado que para un hombre del pueblo un par de botas valía más que todas las obras de Shakespeare. En ambos casos se trataba de relativizar en perjuicio de quien ostentaba el prestigio, para bajarlo del pedestal. Mejor un par de botas que Shakespeare; mejor La muerte civil, drama contemporáneo que abordaba un asunto de actualidad, que Macbeth, obra de una celebridad antigua que aborda un tema aún más antiguo; mejor la historia del vecino de abajo que la del remoto príncipe Hamlet. Más vale un vivo cualquiera que cien muertos célebres. ¡Adiós Shakespeare! ¡Viva Paolo Giacometti!

Paolo Giacometti

Paolo Giacometti

Pero a la luz de la confesión lapidaria de Zola -“prefiero la vida al arte”-, habría que preguntarse qué entendía por arte un hombre que se dedicaba a escribir novelas, o sea, obras que requieren cierto artificio. Parece que la principal objeción que plantea a las obras de arte, hasta el punto de oponerlas a lo que él entiende por “vida”, es que, además de serlo, lo parezcan, y para Zola la característica que distingue a una obra artística de la vida, su antítesis, es la belleza.

La vida no es bella –parece decirnos-, ni falta que hace, pero es real, pisa el suelo por donde caminan los vivos, y deja en paz a los muertos, sepultados por el paso de los siglos en sus hermosas tumbas. Como señala Turguéniev en su carta: se ve que no leyó a Shakespeare.

Un año antes de este cruce de opiniones a propósito del artículo de Zola, Flaubert le había comentado a Turguéniev que discrepaba del criterio de “nuestros amigos” –se refería a Zola, Daudet y Goncourt- para quienes la realidad por sí sola “constituye todo el arte”.

Edmund de Goncourt fotografiado por Nadar en 1882

Edmund de Goncourt fotografiado por Nadar en 1882

En su opinión “la Realidad sólo debe ser un trampolín” para el artista. A renglón seguido confesaba que ese “materialismo” le indignaba, por lo que

“casi todos los lunes tengo un ataque de irritación leyendo los folletones del buen Zola. Tras los realistas, ahora tenemos a los naturalistas y a los impresionistas. -¡Qué progreso! Hatajo de farsantes que quieren convencerse y convencernos de que han descubierto el Mediterráneo!”.

La realidad como trampolín, pero nunca como finalidad. Para eso están el periodismo o el ensayo especializado en sociología y crítica social. El autor de Madame Bovary y Turguéniev pensaban que con la literatura de imaginación tenía que hacerse arte y en todo caso utilizar la realidad como instrumento. Las obras de ambos escritores son un excelente ejemplo de esta visión de la literatura.

Turguéniev se enfrascó en la escritura de Padres e hijos tras conocer a un joven médico de provincias, un “hombre extraordinario” que, a ojos del novelista, encarnaba el principio que luego se conoció con el nombre de nihilismo. De aquel modelo real surgiría Bazárov, el protagonista de la novela.

Al dar vida a su Emma Bovary, Flaubert se inspiró en la historia de Delphine Delamare, una mujer de treinta y seis años, casada con un médico y residente en un pueblo cerca de Ruán, que el 8 de marzo de 1848 se suicidó ingiriendo ácido prúsico. Hastiada de su matrimonio, en los últimos tiempos había mantenido relaciones adúlteras con varios amantes. Este episodio fue noticia en un diario regional.

Gustave Flaubert

Gustave Flaubert

Sin embargo, el mismo Flaubert expresó en una carta a su amante Louise Colet su “profundo asco” por los periódicos, “es decir, por lo efímero, lo pasajero, lo que es importante hoy y no lo será mañana”. A medida que producía menos, tenía la impresión de que gozaba más “contemplando a los maestros”. Incluso encontraba más sensato “descubrir obras nuevas bajo las antiguas” que escribir una obra.

Se ha dicho con buen criterio que el arte imita a la vida. Habría que añadir: y también la delimita. La vida que tanto halagaba Zola no es más que un caos  por la sencilla razón de que sucede en el presente, un tiempo incierto en el que actuamos impulsados por la inmediatez de los acontecimientos y al dictado de previsiones siempre frágiles. Al intentar reproducirla, como pretendía Zola, es inevitable que se tome de ella un fragmento minúsculo e inconexo y en absoluto representativo, aunque sea por el simple hecho de que ese fragmento actual pronto perderá su actualidad para ser desbancado por otro, que a su vez correrá la misma suerte.

La obra de arte constituye un intento de hacer legible algún fragmento de la realidad, ininteligible y caótica por naturaleza; de imprimirle una apariencia de orden. Por eso el arte resulta artificial, dialéctico e inteligible, al contrario que esa jaula de grillos que es la vida. La realidad y la muerte, su expresión más trágica, no son artistas. Son arte cuando se las representa.

Además de establecer la distancia necesaria para contemplar la realidad en su amplitud, desde un ángulo distinto del habitual, el arte acota el caos inherente a la vida forjando en un lenguaje inteligible y universal una realidad paralela a la que, pese a su artificialidad, el artista tiene que dotar, mediante su buen hacer, de una verosimilitud comparable a la que apreciamos en la vida real en la que se inspira. Eso no obsta para que a menudo la realidad resulte bastante más inverosímil que cualquier obra artística, algo que confirma su naturaleza caótica.

El historiador del arte Arnold Hauser escribió que la grandeza de éste consiste en

“una interpretación de la vida que nos permite dominar mejor el caos de las cosas y nos ayuda a extraer de la existencia un sentido también mejor, es decir, más imperativo y más cierto”.

Arnod Hauser

Arnod Hauser

Hauser pensaba que el arte no reproduce algo que ya tenemos y conocemos, sino que, por el contrario, descubre algo que desconocemos, creando “un mundo de objetos que, sin el arte, no existiría para la experiencia ni para la conciencia”.

En las reflexiones sobre el sentido del arte que Proust plasmó en El tiempo recobrado, el último volumen de su ciclo novelístico En busca del tiempo perdido, se pregunta si valdría la pena sacrificar algo por el arte si éste no fuese más que una prolongación de la vida, como preconizaban los escritores adscritos al naturalismo y al realismo. ¿No es tan irreal como la vida misma?

En otro pasaje del libro observa que el artista tiene que deshacer en su obra lo que en la vida hicieron el amor propio, la pasión, el espíritu de imitación, la inteligencia abstracta o las costumbres, con el fin de recuperar la propia vida que no pudo observar mientras la vivía. Al construir su obra se limita a traducir las apariencias que la envuelven, observándolas del revés, con ojos nuevos y desde un ángulo también diferente. Como resultado de esa visión inédita,

“en vez de ver un solo mundo, el nuestro, lo vemos multiplicarse y tenemos a nuestra disposición tantos mundos como artistas originales hay, unos mundos más diferentes unos de otros que los que giran en el infinito”.

Marcel Proust

Marcel Proust

Toda obra de arte encierra una posibilidad, casi una promesa, no para el mundo exterior sino para la imaginación de quienes la acogen con los brazos abiertos. Don Quijote no existió ni nos interesa averiguarlo, pero desde que leímos la novela de Cervantes hemos abrigado la fantasía de cambiar de identidad, de salir de nosotros mismos para ser otros distintos de los que creemos ser y somos para los demás.

El Quijote fue la primera novela que abrió las puertas de la imaginación a la hipótesis de un desdoblamiento de la personalidad, de escapar de la cárcel de un yo único y definitivo, y más en una sociedad empeñada en uniformar a los individuos en una identidad tan indivisible como visible.

Desde entonces la imaginación literaria ha perseguido el sueño de resquebrajar la unidad identitaria de los individuos con un empeño similar al de la sociedad por afianzarla. Hemos de reconocer que la humanidad sería mucho más pobre si un puñado de escritores no hubiese alentado este sueño en sus ficciones literarias.

Retrato de Cervantes, por Jáuregui

Retrato de Cervantes, por Jáuregui

Si se tuviese que definir la función esencial del arte sería ésta: ensanchar el horizonte de la imaginación hacia posibilidades difícilmente realizables en el ámbito de lo real. Porque el arte no sirve para transformar la realidad -necesariamente ubicada en el presente-, como deseaban Zola y sus sucesores, ni  para cambiar el mundo (se sobreentiende que para mejorarlo), pero sí para abrir la imaginación a nuevas hipótesis y más en un mundo sometido a una organización férrea y un severo código de costumbres que tienden a reducir la individualidad a un complejo mecanismo de conductas alienantes. “El arte tiene valor porque nos saca de aquí”, anotó Pessoa, y Proust dejó escrito que “sólo mediante el arte podemos salir de nosotros mismos”.

Bajo la tiranía del utilitarismo y la inmediatez, el arte es la única puerta por la que pueden colarse experiencias tan poco prácticas como el sueño, el recuerdo del pasado, la belleza, el disfraz y el misterio. ¿Hay algo menos alejado de la vida que estas experiencias?

Los grandes relatos literarios suelen estar ambientados en un tiempo pasado. Desde el “Érase una vez” de los cuentos tradicionales hasta el “No ha mucho tiempo” del Quijote, pasando por la recreación histórica que hizo Tolstói en Guerra y paz de la invasión de Rusia por Napoleón, numerosos novelistas localizaron sus historias en alguna época anterior a aquella en la que vivían.  Con el empleo del tiempo pretérito, el narrador omnisciente da a entender que sólo algo que ya ha sucedido se conoce al completo y se halla libre de las interferencias del presente.

Lev Tostói

Lev Tostói

Además, la recreación del pasado traslada a los lectores a una época distinta de la suya. Leemos para salir de nosotros, pero también de lo que se nos asemeja y nos resulta familiar. Como observó Proust, “al leer se intenta salir del propio ambiente”. Contradiciendo los postulados de Zola y los autores realistas, fue aún más lejos al confesar que sólo se sentía vivir y pensar

“en un cuarto donde todo es creación y lenguaje de vidas profundamente distintas de la mía, de un gusto opuesto al mío, donde no encuentro nada de mi pensamiento consciente, donde mi imaginación se exalta sintiéndose inmersa en el seno del no-yo”.

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12 comentarios leave one →
  1. septiembre 3, 2013 12:24 pm

    Comentaré, si me es posible, dentro de unos días. La entrada lo merece.

  2. septiembre 3, 2013 12:50 pm

    Gracias por la lectura, Hesperetusa. Los profesores tienen que demostrar todos los días a sus alumnos que los autores que enseñan están bien vivos, aunque lleven muertos varios siglos.

  3. Maia L.B. permalink
    septiembre 3, 2013 1:56 pm

    De todos los nombrados me quedo con Zola; por su libro Nana, que disfruté al leerlo como se debe disfrutar -a mi entender-, una obra de arte, y por cómo se la jugó en el caso Dreyfus.
    Un saludo.

  4. septiembre 3, 2013 2:16 pm

    Como se suele decir, una cosa no quita la otra: Zola es un gran escritor y ciudadano valiente y ejemplar cuando la valentía y la ejemplaridad brillaban por su ausencia.
    Además, no sabemos si en los años siguientes cambió de opinión en lo que respecta al asunto tratado en el artículo.
    Un saludo Maia

    • Maia L.B. permalink
      septiembre 4, 2013 7:37 am

      Respecto al tema del artículo, te responderé con una cita de George Steiner de su ensayo Presencias reales: “¿Por qué tiene que existir el arte? ¿Por qué tiene que existir la creación poética? La pregunta es idéntica a la planteada por Leibniz: ¿por qué ha de haber ser y sustancia?, ¿por qué no hay bien nada? Aunque es una pregunta más restringida. La abundante prodigalidad del mundo fenoménico, su inagotable despliegue (su “estar –allí”) de energías y formas, sensorias, comunicativas, es tal que sacia incluso el más hambriento apetito de percepción, incluso las más amplias capacidades de recepción. Los colores, las metamorfoseantes formas y sonoridades de lo real exceden de modo inconmensurable las capacidades humanas para el registro y la respuesta. La lógica animada de las simetrías congruentes¸ de los motivos orgánicos en el cuerpo humano, es un prodigio designado – un prodigio de diseño tal como lo vemos en el famoso icono del hombre frontal y cósmico de Leonardo-capaz de abrumar la comprensión. Y es en esta tensa cesura entre la inteligibilidad analítica y la percepción, cuando la cognición contiene su aliento, y nuestro sentido del ser se hace anfitrión de la belleza. ¿Por qué, entonces, el arte? ¿Por qué el reino creado de la ficción?
      Obligada a tomar la apariencia de una proposición verbal, de una reivindicación abstracta, ninguna respuesta puede ser la adecuada para enfrentarse a la fuerza de lo obvio. …hay creación estética porque hay creación…” En casos como éstos, me interesa más la pregunta que la respuesta, no necesito respuesta; es el análisis en sí lo que confirma que nuestra existencia.
      Un abrazo.

      • septiembre 4, 2013 11:33 pm

        Cierto. Las posibles respuestas no hacen más que generar nuevas preguntas, lo que demuestra la vida que encierra el arte, la obra artística, que, como todo lo que está vivo, no encaja en ninguna respuesta, por compleja y convincente que parezca. Cuando leemos un libro, miramos un cuadro, vemos una película o escuchamos una pieza musical, sentimos que algo vivo ha penetrado en nosotros y nos transforma. Ya no somos los mismos que éramos antes de conocer la obra.
        Hace poco estuve en la exposición antológica de Pissarro en Madrid. Pues bien, uno sale del museo en el que se exponen los 79 cuadros del pintor mirando las cosas de otra manera, como si la transparencia (iba a escribir “evidencia”) con que mira cuanto le rodea -árboles, casas, calles, viandantes- transmitiese una sensación de pobreza.
        En la gran novela de Proust, el Narrador se siente, tras escuchar el septeto de Vinteuil, como “un ángel que, arrojado de las delicias del paraíso, cae en la más insignificante realidad”. A continuación se pregunta si no será la música “el ejemplo único de lo que hubiera podido ser la comunicación de las almas de no haberse inventado el lenguaje, la formación de las palabras, el análisis de las ideas”.

        Un abrazo, Maia, y Shaná tová umetuká.

      • Maia L.B. permalink
        septiembre 6, 2013 2:35 pm

        Gracias !

  5. septiembre 3, 2013 8:59 pm

    Stevenson te secunda en un artículo llamado A Humble Remonstrance (Una humilde reconvención) publicado en 1884 en respuesta a un texto de Henry James “El arte de la ficción”. Stevenson escribe:

    “La vida es monstruosa, ilimitada, absurda, profunda y áspera; en comparación con ella, la obra de arte es ordenada, precisa, independiente, racional, fluida y mutilada. La vida se impone por la fuerza, como el trueno inarticulado; el arte seduce al oído, en medio de los ruidos infinitamente más ensordecedores de la experiencia, como una melodía construida artificialmente por un músico discreto […]. La novela, obra de arte, no existe por sus semejanzas con la vida, forzadas y materiales, como ese zapato que sigue siendo un trozo de cuero, sino por su diferencia inconmensurable, significativa y reelaborada, y que es a la par el método y el significado de la obra.”

    En cuanto a la opinión de Zola acerca de los muertos pasados de moda, es cómica. Kafka escribió lo que escribió a principios de los años 20, murió en el 1924 y anticipó todo lo que ocurriría 20, 30, 40, 50 años después.

    “Parece pues que lo kafkiano representa una posibilidad elemental del hombre y de su mundo, posibilidad históricamente no determinada, que acompaña al hombre casi eternamente.” Milan Kundera

    Y así pasa con toda la literatura. Excelente artículo Jaime.

  6. septiembre 3, 2013 11:11 pm

    Maravilloso y clarividente el comentario de Stevenson. La reflexión de Kundera vuelve a dar en la diana. Son unas citas más que apropiadas. Gracias, Kim.

  7. octubre 8, 2013 6:56 pm

    Extraordinario ensayo. Tras leerlo (con sus comentarios) ¿quién se atrevería a decir que el arte esté muerto? Stevenson: Es que lo que estéticamente se mutila, crece. Y Hauser, el arte para comprender lo nuevo de la realidad en curso, que se oculta tras su complejidad aparentemente caótica y sin sentido. Es difícil detenerse…

  8. octubre 11, 2013 6:45 pm

    Gracias, José Luis. A mí me gusta mucho la breve cita de Pessoa: que el arte tiene valor porque nos saca de aquí.

  9. abril 21, 2014 6:18 pm

    Reblogueó esto en Contemporáneos de V.M. de la Tejera.

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