Skip to content

La cara oculta de “King Kong”

julio 31, 2013

La entrada de la semana pasada acogió la visita de Peter el Rojo, el mono semihumano del relato de Kafka Un informe para la academia. En la de hoy el visitante es un pariente suyo, pero tan fantástico como él: el gorila gigantesco King Kong, protagonista de la legendaria película del mismo título, estrenada en Nueva York el 2 de marzo de 1933 bajo la dirección de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack.

Cartel original de la pelívula

Cartel original de la película “King Kong”, producida por RKO

Ochenta años después de su estreno, la historia que se cuenta en King Kong resulta muy sugerente. En ella subyacen algunos de los fenómenos que más han influido en la sociedad contemporánea y cuyos efectos continúan vigentes, si es que no se han acentuado.

Quizá quienes hayan  visto la cinta recuerden su argumento: el director de cine Carl Denham contrata a la joven Ann Darrow, una actriz de teatro desempleada por culpa de la crisis de 1929, para una película que pretende rodar en la remota isla de la Calavera, cerca de Indonesia. Según la documentación que obra en su poder, en la isla habita un monstruo terrible al que los indígenas mantienen a buen recaudo tras una muralla.

Durante el viaje hacia la isla en un barco, el segundo de a bordo, el atractivo John Driscoll, se enamora de Ann. Lo que no sabe ningún pasajero es que Denham pretende recrear para el cine el mito de la Bella y la Bestia. De ahí la extraña presencia de una dama en la tripulación.

El codirector de King Kong Merien C. Cooper fue aviador y combatió en Europa en la Primera Guerra Mundia, donde fue piloto de un bombardero y después de ésta participó como voluntario en la guerra polaco-soviética

El co-director de “King Kong” Merian C. Cooper fue aviador y combatió en Europa en la Primera Guerra Mundial, donde pilotó un bombardero. Después de ésta participó como voluntario en la guerra polaco-soviética

Cuando el barco arriba en la misteriosa isla, sus pasajeros se encuentran con una tribu de nativos ensimismada en uno de sus ritos y a la que el intrépido Denham se propone rodar con su cámara. Pero pronto los intrusos son descubiertos por el jefe de la tribu que, al ver a la rubia Ann, le pide al capitán canjearla por seis mujeres nativas.

Ante la negativa del capitán y de Denham a plegarse al canje, un grupo de indígenas decide secuestrarla en el barco, aprovechando la oscuridad de la noche.  Los salvajes quieren a la joven para ofrendársela al monstruo, un gorila gigante de nombre Kong.

En su tentativa por liberar a la chica de las manos de Kong, algunos de los miembros de la tripulación mueren víctimas de los ataques del gorila así como de los feroces animales prehistóricos con los que comparte la selva, una especie de Parque Jurásico sin visitas turísticas. A su vez, Kong también es atacado por estas bestias. Por fin, cuando lo dejan tranquilo, el gorila sostiene en su mano enorme a Ann, que no para de gritar y de revolverse, como una muñeca viviente, y, mientras la contempla, inicia un curioso ritual erótico: le arranca trozos de su vestido para olerlos y luego acaricia su cuerpo con su dedo.

A pesar del exterminio de casi todos sus compañeros por el despiadado Kong, el novio de Ann, John Driscoll, lo persigue hasta la cima de una montaña. Aprovechando que el gorila se debate contra el pterosuario que quiso atacar a Ann, John la rescata, deslizándose ambos por una liana hacia la orilla del mar.

Pronto  Kong los descubre y empieza a tirar de la liana a la que ambos están sujetos. Antes que dejarse atrapar por el gorila, la pareja prefiere arrojarse al mar. Enfurecido, Kong corre en busca de la chica. Finalmente John y Ann logran salir de la selva, retornando a la puerta de la muralla, donde se reencuentran con los compañeros de la tripulación que han sobrevivido, entre ellos Denham.

Fotograma de la película en la que King Kong intenta defender a Ann del ataque de un pterodáctilo

Fotograma de la película en el que King Kong intenta defender a Ann del ataque de un pterosaurio

Kong se resiste a perder a Ann, sana y salva tras la puerta de la muralla que el gorila consigue romper. Entonces Carl Denham arroja una bomba de gas contra la bestia, que cae en un sueño profundo. Si idea es trasladarlo a Nueva York para exponerlo ante el público y forrarse con las ganancias que piensa obtener de las entradas.

Exhibido en el escenario de un teatro abarrotado de espectadores, King Kong (pues con ese nombre es como Denham quiere que se conozca a su monstruo) se revuelve enfurecido para liberarse de los grilletes que lo mantienen inmovilizado, mientras observa a sus pies a Ann, junto a su prometido John Driscoll y a Denham, que lo presenta al público.

Los esfuerzos del animal por romper las los grilletes dieron resultado y, para espanto del público, salió del teatro internándose en las calles de Nueva York, en busca de Ann, a la que recupera en uno de los  apartamentos del Empire State Building, por el que trepa hasta la cúpula. Allí sufre el ataque de varios aviones provistos con ametralladoras que acaban con su vida.

King Kong debatiéndose a manotazos con los aviones desde los cuales los pilotos disparaban contra él

King Kong debatiéndose a manotazos con los aviones desde los cuales los pilotos disparaban contra él

Aparentemente la película oscila entre el cuento para niños y la ingenua historia de aventuras para adolescentes, aunque las escenas en las que aparecen los dinosaurios impresionasen a muchos espectadores adultos: no estaban tan acostumbrados como nosotros a las truculencias del cine. Sin embargo, el trasfondo de la historia da para mucho más.

A principios de 1933 en el mundo civilizado se tenía tal conciencia del poder del espectáculo de masas que unos guionistas de la primera potencia mundial de la industria cinematográfica decidieron convertirlo en motivo central de una película concebida precisamente para masas de espectadores.

Porque el verdadero protagonista de King Kong no es el gorila gigante ni tampoco su amada Ann, sino el oscuro y aventurero director de cine Carl Denham, un mitómano sediento de fama y dinero que se embarca en un viaje hacia el universo mitológico del colonialismo anglosajón –la isla misteriosa y perdida en el corazón de la selva- con el propósito de reconstruir el mito de la Bella y la Bestia y de paso enriquecerse y hacerse famoso.

Ann Darrow y Carl Denham

John Driscoll, Ann Darrow y Carl Denham

La Bella y la Bestia es un cuento de hadas que en 1740 publicó la escritora francesa Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve. No obstante, la versión más difundida es la abreviada de Jeanne Marie Leprince de Beaumont (1756).

Por las mismas fechas, en uno de los países más avanzados del mundo, Alemania, tomaba las riendas del gobierno un extraño partido político, al mando de Hitler, un dirigente histriónico de orígenes tan oscuros como los de Denham, devorado también por la sed de poder y fama e igualmente absorbido por la mitomanía, wagneriana para más señas. Una de las singularidades de este gobierno fue la aparatosa política de propaganda-espectáculo que desplegó para atraerse la simpatía de las masas.

En 1933 Estados Unidos era uno de los países donde la crisis económica de 1929 arreciaba con más rigor, por lo que resultaba oportuno ofrecer al público una ficción en la que se recordaba que el mundo moderno, entonces agobiado por la inseguridad en sí mismo, había superado obstáculos tan grandes como aquellos a los que se enfrentaba en el presente.

Jeanne Marie Leprince de Beaumont

Jeanne Marie Leprince de Beaumont, autora de la versión abreviada del cuento “La Bella y la Bestia”

Denham reúne las características del líder político carismático que se estilaba en la década de los años treinta en Europa, y que al parecer halló en Hitler su modelo más idóneo. En el director de cine confluyen una mezcla de cinismo, sangre fría, cálculo, audacia, ambición desmedida, aventurismo y carencia de sentimientos, que suplía con el cultivo de una mitomanía sentimental de dudoso gusto, como se infiere de la deshumanización de su mito predilecto: el supuesto amor de una bestia hacia una chica agraciada y…rubia.

No será Carl Denham quien se enamore de Ann Darrow, por más que reuniese las condiciones que hubieran favorecido una aventura con la joven actriz, sino su subalterno, el guapo John Driscoll, antítesis del horrendo Kong. A Denham no le interesan esas cosas sino alcanzar su objetivo: rodar una versión  sui géneris de la Bella y la Bestia, con una bestia de verdad y en el lugar apropiado. Ante la imposibilidad material de llevarlo a cabo, optará por atrapar al monstruo a fin de transformarlo en objeto de atracción para las masas de la civilizada Nueva York, en un espectáculo teatral bajo el reclamo kitsch de “Octava Maravilla del Mundo”. Ni más ni menos.

Si el alemán Carl Hagenbeck fue capaz de recrear una selva artificial en un parque zoológico situado a pocos kilómetros de Hamburgo, en un país que jamás pudo hacer realidad su sueño de competir con el Reino Unido en la hegemonía colonial, en King Kong el norteamericano Carl Denham aspiraba a impresionar a sus compatriotas, y se supone que al mundo, con la exhibición de King Kong en un teatro neoyorquino mientras hacía caja.

De izquierda a derecha, John Driscoll, el capitán del barco, Ann Drow y Carl Denham

De izquierda a derecha, Carl Denham, el capitán del barco, Ann  Darrow y John Driscoll a su llegada a la isla de la Calavera

Pero es Peter el Rojo, el mono del relato de Kafka que, tras ser capturado por Hangenbeck en la selva africana, decide imitar a los hombres para así evitar el zoológico, quien presenta algunas notorias similitudes con el gorila gigantesco de King Kong. Tanto en la película como en Informe para una academia subyace la fantasía de trasladar sentimientos humanos al animal más próximo al hombre en la cadena evolutiva, aunque el intento concluya en fracaso. Ni Peter el Rojo completa su proceso de humanización ni King Kong logra seducir a la bella Ann. El destino final de los dos simios es convertirse en carnaza para el público de los teatros de variedades.

La ambigüedad de Peter el Rojo, plasmada en su condición jamás superada de semi-mono y semi-humano, hace que lo percibamos como una caricatura de ambos, del mono, por la forzada e inconclusa carrera hacia la humanización, y del hombre, por el turbio parecido que guarda con éste.

En la fatal atracción erótica que King Kong siente hacia Ann percibimos una caricatura grotesca del amor entre un hombre y una mujer con unas características similares, como por ejemplo, las que unían a John Driscoll y Ann Darrow. En definitiva, ni al mono ni al gorila gigante les sienta bien su vaga semejanza con el hombre, al que nunca podrán alcanzar.

Apresada en la mano de King Kong, Ann lo mira asustada

Atrapada en la mano de King Kong, Ann lo mira asustada

King Kong permitió a los guionistas confrontar la selva primitiva y remota, por la que no pasa el tiempo, con la ciudad moderna por antonomasia, la dinámica Nueva York, y contrastar la Historia, en la que los seres humanos dominan la naturaleza gracias  a su portentosa civilización, con la Prehistoria, en la que, a falta de hombres, el mono, su antecesor, reina entre animales tan salvajes como él y con los que sostiene una lucha constante por la supervivencia.

En cuanto el colono blanco y anglosajón hace acto de presencia en la isla de la Calavera, se enfrenta sin miedo al monstruo temido, gracias a sus pistolas, rifles y bombas, no como los nativos, encallados en sus extravagantes ritos milenarios y en sus poco eficaces flechas. Hasta Kong sucumbe a los encantos de la rubia neoyorquina, maquillada y con zapatos de tacón, y deja a un lado a la indígena de piel oscura que sus jefes suelen ofrecerle en sacrificio para calmar su libido.

El capitán, Driscoll y Denham, con un rifle en la mano, tras la caza de King Kong en la selva de la isla de la Calavera

Driscoll , otros dos miembros de la tripulación del barco y Denham, con un rifle en la mano, tratan de rescatar a Ann de las garras de King Kong en la selva de la isla de la Calavera

Si se tiene en cuenta la represión sexual que los poderes públicos ejercían sobre la sociedad civilizada de la época, y de la cual no se escapaba el cine, severamente controlado por el Código Hays, los guionistas se sirvieron de King Kong para reflejar en el animal la libido que la censura prohibía a los seres humanos. Qué duda cabe que la escena en la que el gorila le arranca a Ann trozos de su vestido, para luego olisquearlos, transmite una desconcertante sensación de erotismo.

Una escena análoga entre un hombre y una mujer sólo habría sido concebible en una película tan rompedora como La Edad de oro, de Luis Buñuel, cuyo estreno en 1930, en París, fue acompañado de un enorme escándalo público y amenazas por parte de grupúsculos ultraconservadores y antisemitas. Buñuel aclaró en sus memorias Mi último suspiro que

“se trataba también –y sobre todo- de una película de amor loco (amour fou), de un impulso irresistible que, en cualesquiera circunstancias, empuja el uno hacia el otro a un hombre y una mujer que nunca pueden unirse”.

Cartel de

Cartel de “La Edad de oro”, estrenada en París en 1930. La mano gigante del hombre sujetando la cintura de la joven ofrece una sorprendente similitud con la imagen de Ann apresada en la mano de King Kong

Pero, así como La Edad de oro debe verse como un sueño, en el que los rígidos controles de la razón se han diluido, King Kong se presenta como el reverso de ese mismo sueño: un cuento en el que los buenos -los seres humanos- derrotan al malo, el gorila gigante aquejado de la extraña manía de “enamorarse” de mujeres, preferentemente rubias.

El desembarco de Kong en Nueva York repercute incluso en su nombre cuando al astuto Denham se le ocurre añadirle a Kong la palabra King, rey, justamente en el momento en que el gorila ha sido desterrado a la fuerza de su reino y degradado a la condición de esclavo y objeto de un espectáculo humillante. Pero, aparte del significado de la palabra, seguramente Denham pensaba en el efecto sonoro que resultaba de la conjunción del vocablo King y el enigmático Kong.

La imagen del gorila, ahora apodado con un burlesco King por sus enemigos, con los brazos en cruz y las extremidades atadas con cadenas de acero, impotente ante el público curioso, recuerda a la de Cristo crucificado en el monte Gólgota (cuya traducción es “el sitio de la Calavera”, el mismo nombre de la isla natal del gorila), y al que también sus poderosos enemigos endosaron el apodo grotesco de “Rey de los Judíos”.

exhib3

La comparación de King Kong de pie sobre una plataforma metálica y atado de pies y manos, con la imagen de Cristo en la cruz, me ha recordado una fotografía de Joel-Peter Witkin titulada “Salvador de los Primates”. En las puestas en escena elaboradas por Witkin la blasfemia y la perversidad se alternan con una turbadora naturalidad que sume al espectador en el desasosiego.

“Saviour of the Primates”, fotografía de Joel-Peter Witkin, fechada en 1982

Excitado por los estampidos de las cámaras fotográficas que lanzan los periodistas convocados por Denham, King Kong se revuelve impotente contra la pared del escenario teatral. Pero fue al ver a Ann Darrow abrazada a su prometido John ante la nube de periodistas gráficos cuando el gorila, fuera de sí, rompió las cadenas, provocando el espanto entre los espectadores y la huida masiva.

En esta escena King Kong recuerda a Sansón, el héroe bíblico de estatura gigantesca y musculatura de acero, en el instante en que, poseído de nuevo por el aliento divino, extendió sus brazos sobre las dos columnas del templo y lo derribó matando a los tres mil filisteos que se divertían a su costa.

Sansón destruye el templo de los filisteos, grabado del pintor holandés Maerten Van Heemskerck (1498-1574)

“Sansón destruye el templo de los filisteos”, grabado del pintor holandés
Maerten Van Heemskerck (1498-1574)

La similitud de Sansón con King Kong se aprecia aún mejor en esta escultura erigida en la ciudad israelí de Ashdod, que representa al juez del antiguo Israel derribando las dos columnas del templo de los filisteos:

Escultura de Sansón derribando las columnas, de Einat Tzilker

Escultura de Sansón derribando las columnas, de Einat Tzilker

Los guionistas se preocuparon de expresar la cólera que se apodera de King Kong en la escena siguiente en que éste rompe el puente por el que pasan las vías del tren suburbano y se ensaña con los vagones de un convoy repleto de viajeros. Había que justificar el posterior exterminio del gorila y, de paso, contrarrestar la admiración que hubiera podido suscitar en algunos espectadores su debilidad por Ann.

En la selva urbana poblada de rascacielos, semejantes a los árboles de su selva, King Kong trepa por el Empire State, inaugurado dos años antes, en 1931, mirando a través de las ventanas de los apartamentos. Casualmente en uno de ellos se encuentra Ann con su novio (ambos piensan casarse al día siguiente). Pero he aquí que King Kong, que acaba de descubrirla, introduce su enorme brazo por la ventana y se la lleva, sin que John pueda hacer nada para evitar el rapto.

Con Ann apresada en su puño, el gorila continúa trepando por el rascacielos hasta llegar a la cúpula. Las imágenes del animal gateando por la fachada del edificio tienen algo de humillante: a pesar de su estatura no es más que un enano al lado del rascacielos. Una vez en la cúpula de éste, y tras depositar cuidadosamente a Ann en la cornisa, es atacado por una banda de aviones que disparan contra él hasta matarlo.

En aquella época la escena de los aviones acosando al gorila y arrojando las balas con sus potentes ametralladoras tenía que evocar a las fotografías de la Primera Guerra Mundial, en la que por vez primera también intervino la aviación. Pero más recientes aún, el espectador conservaba las imágenes de Kong (todavía no era King) debatiéndose a manotazos con los pterodáctilos que lo atacaban en su selva y a los que siempre terminaba derrotando. En esta ocasión, sería al revés. Por muy gigante y fortachón que fuese, no se libraría del merecido castigo que le infligían los hombres enanos provistos de una mortífera tecnología de guerra. 

King Kong defendiéndose de los ataques de los aviones

King Kong defendiéndose de los ataques de los aviones

En la calle el cuerpo exánime de King Kong es rodeado por una muchedumbre de curiosos. En ese momento el jefe de la policía le recuerda a Denham que, gracias a los aviones, la bestia pudo ser exterminada. Pero éste le corrige diciendo que

“no fueron los aviones, sino la belleza la que mató al monstruo”.

Contra la verdad prosaica pero verificable del jefe de la policía, Denham impuso su mistificación, mucho más susceptible de ser vendida y comprada en el mercado de las creencias baratas con las que estaba acostumbrado a comerciar. De esta manera cerraba el círculo con el que arrancó la película: reconstruir para el cine su versión del mito de la Bella y la Bestia, aunque el objetivo verdadero hubiese sido enriquecerse con el espectáculo del gorila gigantesco expuesto a las miradas ávidas de los espectadores.

En 1934, el escritor austríaco de origen judío Joseph Roth publicó en su exilio en Ámsterdam El Anticristo, un alegato contra la barbarie moderna, en el que dedicó un capítulo al cine titulado La patria de las sombras. De la llamada “Meca del cine” y “fábrica de sueños” comentó que era “el lugar donde impera el infierno, es decir, donde los hombres son dobles de sus propias sombras”. Añadía que allí

“se reúnen los portadores de sombras útiles, las venden por dinero y se sienten y son considerados dichosos en función de la importancia de sus sombras”.

Parece que hubiese escrito esta reflexión pensando en Carl Denham, el personaje que interpreta el papel de director de cine en King Kong.

Anuncios
One Comment leave one →
  1. agosto 4, 2013 8:54 pm

    Comparto en FB, muchas gracias. -Coincido con la escena erótica, perturba-.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s