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El fracaso del mono aspirante a hombre

julio 23, 2013

En su original libro Historias naturales, el escritor francés Jules Renard incluyó un capítulo titulado Monos, que en realidad está dedicado a algunos de los animales que suelen exhibirse en los parques zoológicos. Junto a un grupo de ellos, a los que el autor describe en plural, empezando por los monos y seguidos por los flamencos, los cisnes, las cigüeñas, los pingüinos y las cotorras, figura otro grupo a los que prefirió describir en singular: el avestruz, el marabú, el pelícano, el yac, la jirafa, el elefante, el puercoespín, la cebra, la pantera, el oso y el león.

El capítulo comienza con una invitación a los lectores para que vayan a ver a los monos

“trepar, bailar bajo el nuevo sol, enfadarse, rascarse, pelar cosas y beber con una gracia primitiva, mientras que de sus ojos, a veces nebulosos, escapan destellos que pronto se apagan”.

El escritor francés Jules Renard

El escritor francés Jules Renard

Historias naturales (1894) prueba el interés de Renard por los animales, en los que veía “fragmentos” del paraíso “roto”. Por cierto, la palabra francesa “renard” significa “zorro”, animal ausente en su bestiario (su animal favorito era el conejo). En el Diario (1887-1910) dedica brevísimas e ingeniosas observaciones a algunos de ellos. En la entrada del 18 de agosto de 1905 recordó de nuevo a los monos, pero en esta ocasión se refirió a ellos en singular con una sentencia contundente: “Un mono: un hombre que ha fracasado”.

Algunos años después de que Renard anotara este aforismo, Franz Kafka le daba la vuelta en un breve relato titulado Informe para una academia (1917), en el que presta voz a un extraño mono, conocido con el nombre de Peter el Rojo, inmerso en un insólito proceso de humanización. La conclusión del relato podría resumirse en un aforismo opuesto al formulado por Renard: “Un hombre: un mono que ha fracasado”.

A los cinco años de su captura en la Costa de Oro por la firma de cazadores Hagenbeck, y tras recibir dos balazos mientras bebía en un abrevadero, uno en la mejilla y otro un poco más debajo de la cadera, Peter el Rojo comparece en una academia de ciencias para responder a la pregunta de cómo había ingresado en el mundo de los humanos, instalándose “firmemente en él”.

Franz Kafka

Franz Kafka

Según sus propias explicaciones, durante el cautiverio en la jaula del barco que lo transportaba a Europa, tuvo tiempo para reflexionar acerca de la búsqueda más que de la libertad, de una salida a su existencia que no fuese la fuga. La otra “salida”, la que  hubiera acabado para siempre con cualquier expectativa, era el zoológico. Fue en Hamburgo donde, al encontrarse con su primer amaestrador, se percató de que su salida sería el music-hall.

Ante las nuevas perspectivas, Peter el Rojo se deshizo poco a poco, a costa de un duro aprendizaje, de su naturaleza simiesca, y con ella de los recuerdos de su antigua libertad. Pero esto no significaba que fuese libre, puesto que la condición humana no implica una libertad real y efectiva, sino simplemente que al fin sus cazadores le dejaban en paz. Al hacerse como ellos, imitándolos, al menos le permitían llevar su misma vida anodina y absurda, semejante en tantos aspectos a la que él llevó durante su cautiverio en la jaula del barco.

De su trato cotidiano con los cazadores dedujo que los hombres son seres indiferenciados y animalescamente iguales; en otras palabras, no son libres. La libertad singulariza, es una propiedad individual y, por tanto, diferenciadora. Hombres libres son los que no se parecen a los demás, los que no se imitan unos a otros, y a esos él no los conoció, por lo menos durante su cautiverio.

Puerta principal de parque zoológico de Hamburgo, fundado por Carl Hagenbeck en 18..

Fotografía de una tarjeta postal de la época en la que se ve la puerta principal del parque zoológico Hagenbeck, en la localidad alemana de Stellingen, próxima a Hamburgo. El parque fue fundado por Carl Hagenbeck en 1907

Una vez en manos de los hombres, no tenía más remedio que integrarse en su mundo gradualmente, como no podía ser de otra manera, con la vista puesta en su completa humanización. Pero Peter no se hace ilusiones al respecto. Transformarse en hombre no libera en absoluto, ya que la libertad es un sueño humano de imposible realización, una forma de autoengaño destinada a convertirse en desengaño. Si lo que buscaba era esa libertad humana más le hubiese valido arrojarse al océano.

En el informe admite que cuando fue mono “probablemente” conoció la libertad. Pero el mono es libre también porque puede fugarse de su cautiverio, algo a lo que debe renunciar si, como en su caso, se aspira a ser hombre. Éste no conoce ni sabe lo que es la libertad, a no ser que se entienda por libertad la “turbia mirada” que él veía en aquellos cazadores. Muchos hombres la añoran, quizá porque, al igual que él, “probablemente” la conocieron en la remota época en que fueron monos, antes de que iniciaran su irreversible evolución hacia la humanidad.

Por ejemplo, considera que asociar la libertad a los ejercicios circenses de unos saltimbanquis sólo provocaría carcajadas  en la simiedad, acaso porque para los monos ese tipo de ejercicios son de lo más normal y no una demostración de libertad.

Carl Hagenbeck, fundador del paruqe zoológico que lleva su nombre, falleció en 1913

Carl Hagenbeck, fundador del paruqe zoológico que lleva su nombre, falleció en 1913

La tragedia de este antiguo simio reside en que ni es mono ni hombre del todo, una indefinición que le permite observar a ambos con imparcialidad y una atormentada clarividencia. A la simiedad la conoce por su pasado de mono libre, y a la humanidad, por la forzosa relación que entabló con los hombres a raíz de su cautiverio. En su nuevo estatus de empleado en un teatro de variedades no puede pensar en un retorno al mundo de los simios, pero tampoco concluir su evolución hacia la condición humana.

Atrapado en la soledad de su ambigua identidad, en el momento de hacer público su informe ante la academia de ciencias Peter el Rojo no dispone más que de una alternativa: ser como los hombres a través de la imitación, una cualidad por cierto genuinamente simiesca y que los humanos habrían heredado de su antecesor en la cadena evolutiva.

Pero su verdadero deseo es alargar lo más posible su transformación hacia la identidad humana, quizá para así saborear también durante más tiempo los nebulosos recuerdos que conserva de su antigua libertad simiesca, o de lo poco que le queda de ella.

El actor José Luis Gómez en el papel de Pweter el Rojo en una versión teatral del relato de Kafka para el Teatro La Abadía, de Madrid (2006)

El actor José Luis Gómez en el papel de Peter el Rojo, en una versión teatral del relato de Kafka para el Teatro La Abadía, de Madrid (2006)

En  Informe para una academia Kafka describió un proceso inverso al de La transformación, relato publicado en 1915 en el que Gregor Samsa, un joven empleado de comercio, se despierta una mañana de otoño en su lecho convertido en un monstruoso insecto. Al contrario que Peter el Rojo, Samsa no eligió su destino y su transformación súbita le conducirá a la ruptura con el mundo de los humanos, la pérdida del lenguaje y de su nombre y, finalmente, a la muerte. La única ventaja de ese desmoronamiento se traducirá en la liberación de la familia que asistió perpleja y apesadumbrada a su mutación.

Único en su especie, Samsa fue transformado en un animal extravagante no para emprender una nueva vida sino para enfermar y morir como una escoria. Peter el Rojo eligió su destino de humanoide a fin de evitar la muerte en vida que habría representado el encierro en el zoológico.

Portada de la primera edición de

Portada de la primera edición de “La transformación” publicada en la editorial de Kurt Wolff. Kafka se opuso a que se representase la imagen del insecto monstruoso en el que se transformó Gregor Samsa

Gregor Samsa sucumbió por culpa de la parte de humanidad que sobrevivió a su transformación. Si hubiese tenido el tamaño de un insecto normal y se lo hubiera privado del pensamiento, habría podido escapar del círculo de los humanos para integrarse felizmente en la comunidad animal. La frustración y tristeza de Peter el Rojo derivan de la parte de humanidad que tuvo que conquistar con mucho esfuerzo para escapar del zoológico.

La integración en la sociedad de los hombres y el rápido aprendizaje de los hábitos y códigos humanos, comenzando por el lenguaje -y un buen exponente de ello es la lectura de su informe- son indicios de una evolución a contrarreloj. Sin embargo, Peter no se siente orgulloso de su supuesto ascenso en la cadena evolutiva. Por el contrario, el camino hacia la humanización significó para él una salida forzosa más que una elección y un motivo para añorar su pasado de simio libre en la remota selva africana.

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2 comentarios leave one →
  1. julio 23, 2013 4:35 pm

    “Un mono: un hombre que ha fracasado”. La frase me ha recordado cierta hipótesis científica que afirma que los animales – el último de ellos, el mono – serían ensayos fracasados de la idea del hombre, objetivo primordial de la naturaleza. Claro que, para tenerla en cuenta, sería preciso abjurar del evolucionismo en su actual forma dogmática.

  2. junio 21, 2016 7:48 pm

    De forma más o menos similar, Daniel Keyes trata este tema en “Flores para Algernon”, novela de ciencia ficción que le valió el reconocimiento de Bradbury. No es una gran épica, pero la forma en que aborda, en este caso, el exceso de conciencia como el gran fracaso del hombre es, por decir lo menos, interesante.

    Un abrazo desde Chile.

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