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El hombre pobre que se atrevió a escribir la historia de su vida

julio 9, 2013

En 1778 sucedió un acontecimiento insólito en la remota aldea suiza de Wattwil, en el valle de Toggenburgo, cantón de San Galo, cuando, a raíz de la publicación anónima de un libro de memorias, pronto se supo que su autor era uno de los paisanos, “hijo de la naturaleza”, llamado Ulrich Bräker (1735-1798). El título del libro no dejaba lugar a dudas: Historia de la vida y aventuras verdaderas del hombre pobre de Toggenburgo, ahora traducido por primera vez al castellano en una edición de Arturo Parada (Cátedra).

¿Quién demonios era este Ulrich Bräker?, tuvo que ser la primera pregunta que se formularon quienes no lo conocían. En cuanto a sus paisanos, la sorpresa fue también mayúscula. Se sabía que era aficionado a los libros, que incluso había tenido la osadía de solicitar el ingreso en la Sociedad Moral de Lichtensteig, nacida al calor de la Ilustración, hecho que algunos interpretaron como una muestra de arrogancia social, un intento de singularizarse, siendo como era tan pobre como ellos.

Retrato de Ulrich Bräker, fechado en 1793

Retrato de Ulrich Bräker, fechado en 1793

La sorpresa continuó cuando, al leer el libro, se comprobó que no contaba nada de particular, que su autor se había limitado a narrar la historia de una vida parecida a la de cualquiera de sus paisanos. Sin embargo, Bräker había escrito una obra maestra del género autobiográfico que desde la primera página envuelve al lector y no le deja en paz: el relato de un hombre sensible, sensual e imaginativo, hijo primogénito de una familia numerosa –eran once hermanos- y pobre, que abre su corazón y su inteligencia a los lectores para hacer balance de su ajetreada existencia.

En un lenguaje directo, sin concesiones a la retórica o a la autocomplacencia a que podría prestarse este tipo de escritos, Bräker hilvana con sorprendente fluidez un rosario de anécdotas sencillas pero ricas en detalles. Ya el título del libro da cuenta del carácter de la historia de la vida de este hombre que, pluma en mano y en contra de lo previsto, un día se atrevió a sentarse a la mesa de su escritorio para someter su pasado a un minucioso escrutinio en el que la introspección se solapa con un talento excepcional para narrar.

Al tildar de “verdaderas” sus aventuras parece como si hubiese querido establecer distancias con la ficción, en un intento de persuadir al lector de la veracidad de los episodios que cuenta. Pero quizá lo que más choque de ese título sea la voluntad expresa de identificarse con su condición social, la de “un hombre pobre” que al final del libro, en el borrador de una carta desesperada que escribe al filósofo suizo Johann Caspar Lavater, se transformará en un “pobre hombre”.

Johann Caspar Lavater

Johann Caspar Lavater

Más que de una tentativa de reivindicar esa categoría social, Bräker da a entender que se trata de una simple constatación. Un hombre puede ser pobre y tener conciencia de ello; un hombre puede ser pobre y escribir el relato de su vida sin avergonzarse de nada ni esperar la admiración del lector.

Bräker no aspira a presentarse como un héroe sino como un individuo de los muchos que en su tiempo pasaron por este mundo con más pena que gloria, que entraron en él con las manos vacías y lo abandonaron desnudos “como los hijos de la mar”, después de una lucha infatigable por escapar de las poderosas garras de la miseria y más en un país como Suiza, donde el clima y la orografía conspiraban a favor de la pobreza.

El retrato que ofrece de sí mismo es el de un tipo discreto, con sus virtudes y sus defectos, que reconoce sin una pizca de autocompasión. Ulrich Bräker procura adaptarse a las adversas circunstancias, sin por ello abandonar su buen juicio ni la honradez consigo mismo y con los demás. Observador perspicaz, no se engaña ni persigue engañar con sutiles argumentos, como hacen otros narradores de autobiografías.

Casa de Ulrich Bräker en Hochsteig

Casa de Ulrich Bräker en Hochsteig

No es un Lázaro de Tormes, quien tiene que contar las adversidades que lo atormentaron desde su oscuro nacimiento en un río y el accidentado ascenso en la escala social para justificar la vergonzante situación -que su mujer le engaña con un poderoso clérigo- en la que se encuentra en el momento de escribir su autobiografía. No se puede catalogar de pícaro a Bräker, aunque él mismo se considere “un pobre diablo”, ni el relato de su vida es en absoluto una historia picaresca.

Tampoco se parece a Anton Reiser, el protagonista de la novela homónima publicada en 1785 por el escritor alemán Karl Philipp Moritz, y que Bräker tuvo la oportunidad de leer, en la que se narra la liberación del personaje, a través de la lectura, del estrecho mundo dominado por el pietismo y su afán por lograr reconocimiento público que culminará cuando sea contratado por una compañía de teatro.

Al contrario que Ulrich Bräker, Anton Reiser es un personaje de una compleja psicología, desequilibrado por un obsesivo sentimiento de inferioridad que le lleva a permanecer vigilante ante el miedo a caer en el ridículo. Y también, a diferencia de Bräker -que esgrime su pobreza hasta en el título de su libro-, Reiser se ciñe a la máxima de Juvenal: Infelix paupertas, quia ridículos miseros facit (“Triste pobreza, que a los desgraciados vuelve ridículos”).

Karl Philipp Moritz, autor de

Karl Philipp Moritz, autor de “Anton Reiser”

El “hombre pobre” no se avergüenza de sus orígenes ni de su condición social. Sólo quiere dejar constancia de su paso por el mundo, contarnos sus experiencias, algunas realmente dignas de ser recordadas, las de un hombre común nacido en Scheftenau, una aldehuela próxima a la localidad de Wattwil, el 22 de diciembre de 1735 y bautizado el día de Navidad.

El padre trabajaba en la fabricación del salitre en los pueblos de alrededor y cometió la imprudencia de endeudarse con la compra de una hacienda en una comuna cercana, junto a los Alpes, con pastos para ocho vacas. La madre hilaba algodón por las noches, a la luz de una vela.

Antes de su ingreso en la escuela a los ocho años, Ulrich cuidó un pequeño rebaño de cabras de sus padres mientras la familia aumentaba y con ella las deudas. Educado en el pietismo, una secta protestante que, junto a la lectura de la Biblia, estimulaba el cultivo de la espiritualidad y del sentimiento religioso, Bräker estaba dotado de una memoria prodigiosa. Así que el niño memorizó pronto numerosos pasajes de las Sagradas Escrituras creyendo a pie juntillas, como sus paisanos, que cuanto se narraba en ellas había ocurrido.

Casa de Ulrich Bräker en su lacolalidad natal de Wattwil

Casa de Ulrich Bräker en su localidad natal de Wattwil

Rondando los veinte años tuvo su primer amor, siendo la destinataria una muchacha de su edad,  Aennchen, hijastra de un vecino tabernero, que le marcaría para toda la vida (para eso era el primero). Aennchen, una chica vivaracha que hablaba por los codos, le correspondió, aunque él se lamentaba de su timidez y de no disponer de dinero para invitarla a un vino.

La pobreza en el hogar le forzó a abandonar su aldea en busca de oportunidades, yendo a parar a la cercana localidad de Schaffhausen, donde entró en una casa como sirviente de un teniente polaco de noble cuna, de buen temple y vividor. Sintiéndose bien tratado por su amo, el joven Ulrich le servía con esmero. Pero un día se enteró por casualidad de que era reclutador de soldados. Cuando el polaco le confirmó este extremo, le tranquilizó diciéndole que no debía preocuparse por su suerte: no daba la talla.

Sin embargo, la baja estatura no libró a Bräker del temible destino. Tras fracasar en su misión en Rottweil, una localidad del suroeste de Alemania, el teniente fue reclamado por sus jefes para que se presentara en Berlín y sumarse como un soldado más al ejército prusiano. Ulrich le siguió.

Torre negra de la localidad alemana de Rotweil

Torre negra de la localidad alemana de Rottweil

En la capital prusiana se encontró con la desagradable sorpresa de que, habiendo perdido a su amo, fue reclutado por el ejército en el que convivían soldados “de cuatro continentes, de todas las naciones y religiones, de todos los caracteres y de todas las profesiones”.

La dura disciplina militar y la menguada paga que recibía por sus servicios fue sólo el preámbulo de los padecimientos que le aguardaban. Después de una penosa marcha en pleno mes de agosto, su regimiento acampó en Pirna. De aquí partió en septiembre hacia el valle cerca de Lobositz, donde tuvo lugar la batalla del mismo nombre el 1 de octubre de 1756, entre las seis de la mañana y las cuatro de la tarde, y en la que se enfrentaron 28.000 soldados prusianos contra 34.000 del ejército del Imperio Austrohúngaro. En la batalla, enmarcada en la Guerra de los Siete Años, murieron 2.800 hombres.

Bräker describe conflicto con una tensión que anticipa el relato vertiginoso de las batallas de la Guerra civil americana que relató Stephen Crane en su novela La roja insignia del valor. Ulrich logró escapar a tiempo de aquel infierno de sangre y fuego que años más tarde habría de evocar en su autobiografía:

Grabado del siglo XIX de la batalla de Lobositz, en la que participó por la fuerza Ulrich Bräker

Grabado del siglo XIX de la batalla de Lowositz, en la que participó Ulrich Bräker

“Caballos que arrastraban a sus jinetes enganchados por un estribo, o sus propias vísceras por el suelo (…) En el suelo se mezclaban sin orden ni concierto los cuerpos prusianos y pandures; allí donde alguno de estos últimos aún daba señales de vida, se le atizaba con la culata del fusil o se le metía la bayoneta en el cuerpo.”

El episodio del regreso a su hogar es uno de los más conmovedores del libro. En una “bonita tarde de otoño”, y ataviado con un sombrero con las alas caídas, el macuto a la espalda y un buen mostacho, Ulrich se presentó  en la sala de la casa sin que fuese reconocido por ninguno de sus hermanos (sus padres no estaban en ese momento). Los más pequeños se asustaron y echaron a correr. Ulrich no quería descubrirse hasta que volvieran sus padres.

Cuando al fin llegó la madre, le preguntó si tenía acomodo para pasar la noche. La mujer puso muchos reparos y le dijo que no estaba el señor en casa. Pero en ese momento, Ulrich se descubrió, tomando la mano de su madre. Seguro que al evocar esta anécdora conmovedora tuvo en mente el episodio narrado en el Libro del Éxodo, 45, que relata la emotiva escena de reconocimiento de José y sus hermanos.

A partir del retorno a su patria chica, la vida de Ulrich se desliza por un sendero jalonado de baches. Aun así nunca perderá la esperanza en un futuro halagüeño. Su desdichada boda el Día de los Difuntos (en realidad fue el día 3 de noviembre, pero él quiso ubicarla en esa fecha quizá para remarcar su triste simbolismo) en 1761 con Salome Ambühl significó un antes y un después en la vida de Bräker.  Aunque reconozca sus méritos como mujer práctica y vital, son numerosas las quejas que dirige contra ella. Curiosamente nunca menciona su nombre sino que prefiere llamarla “mi compañera de cama” , “mi Dulcinea, “Poldranius femenino”, “señora hucha” y “mi maestro severo”. Incluso expresa su deseo de vivir separados en el otro mundo.

Retrato de Ulrich Bräker con su mujer

Retrato de Ulrich Bräker con su mujer Salome Ambühl, por el pintor Joseph Reinhart (1793)

Por iniciativa de Salome, Ulrich abandonó el sucio oficio del salitre por el del  algodón y el lino. La mujer exigió, además, vivir en casa propia, por lo que con grandes esfuerzos y quebraderos de cabeza, Ulrich logró construir una vivienda familiar.

La penurias se agudizaron con el advenimiento de los “años del hambre” que se desencadenaron a partir de 1770, prolongándose a lo largo de la década. Para colmo, los Bräker perdieron a los dos hijos mayores en una epidemia de disentería. Aun así, jamás cayó en el desaliento,

“pues creer y esperar siempre lo mejor es propio de mi manera de ser y, si así se quiere, un resultado de mi inconsciencia que tengo de nacimiento”.

Por ello encontraba insoportable “ese arrastrarse, quejarse y preocuparse de la gente de mi alrededor” ni veía provecho alguno en “imaginarse permanentemente lo peor”.

Su ingreso por una feliz casualidad en la Sociedad Reformada y Moral de Toggenburgo le permitió acceder a su bien dotada biblioteca en la que, junto a obras religiosas, había muchas de autores clásicos como Homero, Cicerón, Plutarco, Shakespeare, Cervantes, Molière, Voltaire, Goethe, Kleist, Lessing y Rousseau. De este último leyó las Confesiones, pero Bräker subraya que su libro no persigue un propósito similar al del autor ginebrino.

Retrato de Jean Jacques Rousseau, de Maurice Quentin La Tour

Retrato de Jean Jacques Rousseau, de Maurice Quentin de La Tour

Si ya ante el ingreso en la Sociedad se encontró con la oposición de algunos socios, que lo consideraban demasiado pobre y recordaban su pasado de mercenario, sus vecinos, conocidos, amigos, y cómo no, los acreedores, empezaron a mirarle con desconfianza y una sonrisa burlona. Con la rudeza habitual en ella, su mujer le reprochaba amargamente que leer y escribir no les sacarían de la pobreza ni les librarían de los acreedores.

Aparte de la singularidad del caso, la autobiografía del “hombre pobre” de Toggenburgo se explica en buena medida por la influencia del pietismo que, al propiciar el autoanálisis y el cultivo de la expresión de los sentimientos, abría la puerta a todos los fieles, previamente formados en el conocimiento de la Biblia, al libre examen de sus vidas. Al escribir la historia de la propia vida, el sujeto perfilaba su individualidad, ahondando en el conocimiento de sí mismo y, con un poco de suerte, se protegía del olvido después de su muerte.

Pero el rasgo característico de la empresa literaria acometida por Bräker es que por primera vez un hombre pobre se atrevía a contar su vida de su puño y letra, cuando hasta entonces habían sido otros, escritores de oficio y no precisamente de extracción social “pobre”, quienes se habían ocupado de ello, alternando la observación con la imaginación y el conocimiento de la tradición literaria del género.

Página manuscrita del

Página manuscrita del “Diario” de Bräker

Ahora el testimonio coincidía con el testigo, haciendo prescindible no sólo el recurso de la ficción sino el de la verosimilitud, propios de un relato imaginario. Se imponía el realismo de la experiencia vivida, sin adornos ni retórica, y con los únicos límites que señalaba la memoria selectiva del sujeto de la autobiografía y sus posibles silencios.

Ulrich Bräker no necesitó inventar nada; él mismo fue su campo de pruebas. Le bastó la sinceridad, un factor aparentemente extraliterario que pretendía sustituir a la verdad o mentira poética, según se mire -el ambiguo “átomo de la verdad” al que se refiere Cervantes en el Quijote– y que el novelista esgrimía ante el lector para dotar de verosimilitud a su ficción y suscitar su credulidad.

Bräker aclara que él no quiso embellecer su figura, ni mucho menos presentarse como un tipo intachable, dotado de “rasgos buenos y piadosos”, como hizo Johann Heinrich Jung-Stilling en su autobiografía (1777-1804), sino permanecer fiel a la “pura y simple verdad”. Esta declaración lo aleja del propósito de mejora personal que impregna las autobiografías influidas por el pietismo. Además, duda del resultado de su labor de autoconocimiento. Al final del libro confiesa que si bien cree conocerse en parte, gracias también a la labor de correctora desempeñada por su mujer, sigue siendo un extraño para sí mismo, algo que achaca a su alocada imaginación.

Johann Heinrich Jung-Stilling

Johann Heinrich Jung-Stilling

En uno de los capítulos últimos del libro, titulado Mis confesiones, Ulrich hizo un alto para revelar a sus descendientes que todos los días de su vida había tenido que “librar una dura batalla contra las pasiones”. A sus amores con la primera novia, la nunca olvidada Aennchen, siguieron otras dos aventuras juveniles. En la localidad cercana de Herisau mantuvo una relación fugaz con una joven llamada Cäthchen, pero la cosa no pasó de unos leves escarceos sentimentales.

Sin embargo, Ulrich jamás olvidó aquel romance. Veinte años después recordó el episodio con tal intensidad que trató de averiguar el destino de Cäthchen. Al igual que el relato del regreso al hogar tras la batalla de Lowositz, el de este reencuentro con el antiguo amor está también determinado por la simulación.

Ulrich se presentó en casa de Cäthchen, en Herisau, con el pretexto de que buscaba una habitación. Pero la mujer no le reconoció. Pronto entabló conversación con ella hasta que le preguntó si no se acordaba  de un tal U.B. Cäthchen le miró fijamente a la cara, “puso su mano sobre la mía y grandes lágrimas rodaron por sus mejillas”. Luego se sentó a su lado y ambos se contaron sus vidas. A la hora de dormir evocaron “aquellas benditas horas” con unos cuantos besos. Cuatro años después la mujer murió. También su matrimonio había sido desdichado.

Busto de Ulrich Bräker, en el Bräkerplatz de Wattwil

Busto de Ulrich Bräker, en el Bräkerplatz de Wattwil

La dedicación de Ulrich a la literatura –su obra consta de cuatro volúmenes y cuatro mil páginas manuscritas, incluyendo un Diario– trascurrió en medio de muchas dificultades. Además de soportar la oposición de su mujer, que jamás creyó en su vocación literaria ni en su gusto por la lectura, tuvo que hacer frente a la suspicacia de sus vecinos y conocidos y a la marginación de los círculos literarios y artísticos.

No obstante, hay que destacar el respaldo que recibió de “nuestro querido pastor Imhoff”, verdadero descubridor de su talento y promotor de la publicación de la Historia del hombre pobre. Después de la magnífica acogida que tuvo el libro, numerosos lectores provenientes de diversos lugares acudieron a su pueblo para conocer en persona al admirado autor.

La presión del entorno tuvo que ser tal que al final de la obra incluyó un apéndice, en el que, como Cervantes en el Quijote, clasifica a los potenciales lectores de su libro en seis grupos. Al último de éstos, “los jueces cercanos y lejanos de mala intención, que ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el suyo”, le dedicó un jugoso diálogo imaginario entre dos personajes, Peter y Paul.

Retrato de Ulrich Bräker

Retrato de Ulrich Bräker

Mientras Peter se queja de la Historia del hombre pobre, porque teme que agrandará la mala fama que tienen los de Toggenburgo, y reprocha al pastor Martin Imhoff que la hubiese publicado, Paul, que no ha leído el libro, aunque espera leerlo en el futuro, pese a dudar de que contenga algo que merezca la pena, niega que, como dice su interlocutor, “el Uli” persiguiera “convertirse en un personaje”.

Pero Peter insiste: Ulrich  no es más que un saco de arrogancia, un sabelotodo, autor de “una gansada que no tiene nombre”, un “bobalicón”, a cuyos padres los llamaban “los de Näbis” porque procedían de un lugar miserable, poblado con dos tristes chozas, una familia errante a la que poco le faltó para mendigar.  A continuación desgrana los principales episodios de su biografía, tomando como referencia los que Bräker desvela en su libro, pero dándoles la vuelta.

El resultado es una biografía en negativo, paralela a la real, contada por su peor enemigo que, sin embargo, resulta ser…el propio Ulrich Bräker. Así, según Peter, de niño todo el mundo se reía de Uli, un palurdo medio salvaje que se quedaba pasmado mirando los pájaros, por lo que iba tropezando de piedra en piedra. Luego, huyendo de casa, se largó al ejército, hasta que pronto escapó del olor de la pólvora. De vuelta al hogar, se hizo un señorito, un vago que no quiso trabajar de campesino y se metió a comerciante sin un céntimo en el bolsillo.

Portada de una edición antigua de

Portada de una edición antigua de “Historia del hombre pobre de Toggenburgo”

Tras ganarse a los hilanderos con zalamerías, se casó con una mujer –“¡lástima de ella!”-que quiso meterlo en vereda. Pero el muy terco siguió a lo suyo y “comenzó a darle por los libros” y “dándoselas de sabio”, aunque “sus ocurrencias le importen un bledo” a la gente y no se traduzcan en ninguna ganancia económica para su necesitada familia.

Pero ante tanto insulto, Paul sale en defensa del ausente y hasta critica a su interlocutor devolviéndole las acusaciones que arroja contra Ulrich. La discusión termina mal. Peter reprocha a Paul que sólo se preocupe por el dinero y menosprecie al que no lo tiene y éste le responde con un burdo insulto, con lo cual cada uno se va por su lado.

En sus más de dos siglos de supervivencia, el recorrido de la obra de Bräker, y de la Historia del hombre pobre en particular, ha sido irregular, siendo ignorado en algunos manuales académicos de literatura germánica. El prestigioso germanista Hans Mayer, que le dedicó un ensayo, se interrogó por los motivos de esta indefinición, así como por la indiferencia que mostraron hacia su obra los grandes escritores alemanes de la época. A pesar de todo, en 2010 concluyó la publicación de sus obras completas.

Hans Mayer

Hans Mayer

En una carta a Hofmannsthal, otro admirador suyo, Walter Benjamin escribía que, después de haber leído por primera vez la Historia del hombre pobre, le conmovió “la belleza del conjunto y ese final indescriptible”, en referencia al diálogo imaginario entre Peter y Paul. Benjamin pudo haber comentado lo mismo que en su día dijo del maravilloso almanaque Cofrecillo del tesoro del Amigo renano de la casa, de Johann Peter Hebel, también relegado al olvido por el canon literario: que “los escritores populares ocupan en el escalafón un lugar inferior al de cualquier “poeta” dejado de la mano de Dios”.

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4 comentarios leave one →
  1. Sonia Guzmán Romero permalink
    julio 9, 2013 8:30 pm

    Hermosa la historia de este personaje, es una literatura exquisita. En todos los tiempos hubo gente perversa, que sólo les interesó el bien propio, sin importar nada en absoluto el de los demás; siempre reinó el dinero y el rango y apellido, los pobres siempre fueron marginados. No soy escritora, ni poeta, pero me encanta la literatura y todo lo que concierne en ella. Gracias.
    Sonia Guzmán Romero

  2. Lenin Valdez permalink
    julio 9, 2013 10:06 pm

    Muy Interesante. Invita a conocer esa lectura.

  3. Monica permalink
    julio 21, 2013 10:47 am

    Felicitaciones. Bräker se reinventó con su obra, acabando con la pesada losa de la pobreza y del anonimato que el destino parecía tenerle reservado.

  4. julio 22, 2013 7:59 pm

    Muchas gracias, Mónica. Es un libro muy curioso de un “hombre pobre” que, sin embargo, se hizo rico en sabiduría y muchas más cosas, todas excelentes.

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