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Literatura contra fanatismo

junio 25, 2013

El fanatismo religioso, político o ideológico ha estado reñido tradicionalmente con la ficción literaria. Quienes creen con fe ciega en las leyendas y mitos sobre los que se asienta su religión o su ideología, no quieren que los demás lean relatos literarios, celosos de que puedan creer en historias distintas de las que ellos juzgan como si fuesen artículos de fe. Ignoran que el lector de una ficción literaria creerá en ella sólo mientras la lee, compartiendo la trama con los personajes y quizá hasta identificándose con algunos de ellos. Pero los fanáticos proyectan su fe lectora sobre el único texto que consideran digno de ser leído y desprecian tanto la variedad de textos como la de lectores que los frecuentan.

En la historia de la Humanidad abundan los ejemplos de fanatismo. Los más recientes se vivieron bajo los regímenes totalitarios, en los que sólo se autorizaba la lectura de los libros canonizados por sus gobernantes. La mayoría de la gente los leían sólo si se les obligaba a ello, principalmente en los centros de enseñanza.

Portada de una edición de la época de "Mein Kampf"

Portada de una edición de la época de “Mein Kampf”

Así debió de ocurrir con las obras completas de Stalin y en la Alemania nazi con Mein Kampf, la autobiografía programática de Hitler que los propios dirigentes nazis dieron en llamar la “biblia” del régimen, en un intento por emular la lejana  época en que la Biblia era casi el único libro que se leía en Alemania. La zafiedad de la propaganda trataba de relegar al olvido el hecho de que la Biblia, como su propio nombre indica, no es un libro único, sino un mosaico de libros de diversos géneros y temáticas.

La lectura de ficciones literarias -poemas, novelas, relatos, teatro- causaba un efecto liberador en los individuos que padecían la tiranía de la prisión mental propia de las sociedades cerradas. Un testimonio de ello es el que plasmó el escritor, poeta y crítico de arte británico Edmund Gosse (1849-1928) en su autobiografía Padre e hijo, publicada de forma anónima en 1907. Hijo del zoólogo, historiador natural y divulgador científico Philip Henry Gosse y de Emily Bowes, una cristiana muy devota y autora de siete folletos sobre el Evangelio, Gosse relata la evolución de las relaciones con su padre desde que tuvo uso de razón.

Philip Heny Gosse y su hijo Edmund, en 1857

Fotografía de Philip Henry Gosse y su hijo Edmund fechada en 1857, el mismo año en que falleció Emily Bowes

La autobiografía no pretende ser un ajuste de cuentas sino más bien la crónica  de una liberación espiritual que su autor publicó a los cincuenta y ocho años. La primera frase de la obra constituye toda una declaración de intenciones:

“Este libro es el relato de una lucha entre dos temperamentos, dos conciencias y casi dos épocas”.

La lucha concluyó en una ruptura “inevitable”, puesto que los contendientes “no hablaban ya el mismo lenguaje”; tampoco compartían las mismas esperanzas y aspiraciones. De los dos, uno “estaba destinado a quedarse rezagado” y el otro “no podía evitar ser arrastrado hacia delante”. Edmund confiesa que al menos le queda el consuelo de pensar que hasta el fallecimiento de su progenitor “conservaron mutuamente sentimientos de respeto y una melancólica indulgencia”.

Tanto Philip Gosse como Emily Bowes eran pobres, “pero de buena familia” y pertenecientes a la clase media. Desde el día de su nacimiento, el niño fue tratado de forma especial, con el título de consagrado en la limitada comunidad cristiana en la que convivían -los “hermanos de Plymouth”-, unidos “por la comunión y la explicación de las Sagradas Escrituras”.

Reunión de Hermanos de Plymouth

Reunión de una comunidad  de Hermanos de Plymouth

Los padres de Edmund, que se casaron a una edad tardía para la época -él tenía treinta y ocho años y ella más de cuarenta y dos-, vegetaban en una especie de burbuja intelectual. No habían leído una sola novela de aventuras y para ellos el último poeta británico era Lord Byron. Sólo hallaban placer en “la palabra de Dios y en las interminables discusiones de consagrarse”.

Recién casados llevaban una vida austera en Londres. Nunca salían de viaje, no recibían visitas ni participaban en veladas sociales. El padre dibujaba o disecaba y pasaba horas mirando por el microscopio. Los domingos predicaba uno o dos sermones casi siempre improvisados. Después de comer discutían de teología, leían juntos o traducían libros científicos franceses o alemanes. Una vida de privaciones y de trabajo.  Emily era puritana “hasta el fondo de su alma”.

Sensibles y dotados de un raro talento, los Gosse alcanzaron cierta notoriedad, él por sus obras de divulgación científica y ella por sus libros de teología. La otra cara de aquella vida de abnegación, “pureza perfecta e intrepidez indomable”, era la “estrechez de miras, el aislamiento, la carencia de perspectiva y de simpatía humana”, en la que la humildad se alternaba con cierta arrogancia. En suma,

“vivían en una celda intelectual limitada en todas partes por las paredes de su casa, pero abierta por arriba a lo infinito de los cielos”.

El naturista Philipp H. Gosse

El naturista Philipp H. Gosse

Imagínense cómo transcurría la existencia cotidiana del niño entre aquellos padres tan extravagantes. Edmund aprendió a leer a los cuatro años, aunque tardó en arrancar a hablar, hasta el día en que, al tomar un volumen de la biblioteca doméstica, dijo la palabra “libro” con asombrosa claridad. En casa se le prohibió la lectura de cuentos y no se admitía ninguna ficción religiosa o profana.

“Jamás en mi infancia oí el preámbulo: “Érase una vez…”. Me hablaban de misioneros, pero nunca de piratas; conocía familiarmente los pájaros mosca, pero nunca había oído hablar de hadas; no conocía a Jack El Matagigantes, ni a Rumplestilskin, ni a Robin Hood y, aunque conocía nociones sobre los lobos, ignoraba hasta el nombre de Caperucita Roja. Querían hacerme verídico, pero me hicieron positivo y escéptico”.

El niño leyó volúmenes de historia natural, indigestos para su edad, y alguno de viajes a los mares del Sur que le hicieron entrever vagamente “espléndidas visiones”; algo de astronomía y geografía, a la que se aficionó, y mucha teología, a la que Edmund jamás pudo hincar el diente.

Portada del cuento "Jack el Matagigantes"

Portada del cuento “Jack el Matagigantes”

La madre, que se negaba a leer los relatos caballerescos en verso de Walter Scott, alegando que no eran verdaderos, tachaba de pecaminoso el simple acto de contar una “historia”.Creía firmemente en la verdad histórica de todos los hechos relatados en la Biblia. Sin embargo, en su diario anotó que de niña  inventaba cuentos para divertir a sus hermanos y que tenía “un ingenio vivo y una imaginación activa”. Hasta que un día su institutriz calvinista la amonestó severamente y le dijo que “eso era muy malo”.

Desde entonces se persuadió de que inventar historias constituía un pecado. Aun así reconoció que en ella estaba tan arraigado su deseo de narradora nata que apenas podía resistirlo, acrecentándose incluso, de tal manera que “la locura, la vanidad y la perversidad” envilecían su corazón de cuentista en ciernes. Edmund estaba convencido de que su madre habría sido una excelente novelista si no hubiese reprimido aquella vocación literaria.

Retrato de Walter Scott, por Reaburn

Retrato de Walter Scott (1822), por el pintor Henry Reaburn

En el examen retrospectivo de su vida, concluye que sus padres carecían de imaginación, singularmente su padre, y que “profesaban el culto rígido e iconoclasta a la letra”. No se percataban de que su peculiar forma de leer la Biblia, que ellos consideraban la única posible, era un reflejo de la vida mortecina y rígida que llevaban.

Un mismo libro será leído de manera diferente por sus lectores, en consonancia con la mentalidad de cada uno de éstos, es decir, de acuerdo con su imaginación, su pasado, aspiraciones y  experiencia mundanal y también lectora, por supuesto. En tanto que acto intelectual (e individual), la lectura de una obra, ya se trate de la Biblia, de un best-seller de diseño o de En busca del tiempo perdido, delata al lector, aunque éste no se cerciore de ello. En cada página que lee se refleja su rostro, como si fuese un espejo. El pensador alemán Georg C. Lichtenberg anotó que un libro “es una especie de espejo, cuando un mono se mira en él, no descubre la imagen de un apóstol”.

Retrato del pensador alemán George C. Lichtenberg

Retrato del pensador alemán Georg C. Lichtenberg

Naturalmente, la Biblia no tenía la culpa de que Philip y Emily la leyeran con una credulidad que hoy se nos antoja tan ingenua como grotesca, anteponiendo la supuesta historicidad de los hechos que se narran en sus páginas a una interpretación moral adaptada a su vida y a la sociedad en la que vivían. Los Gosse debían de pensar que si los relatos bíblicos no hubiesen sido verdaderos, o sea, que nunca hubiesen acontecido en el mundo real, tampoco habría merecido la pena tomárselos en serio.

¿Eran conscientes de que con ello incurrían en una incredulidad análoga a la de Tomás Dídimo, el apóstol que no creyó en Jesús resucitado hasta que palpó las heridas de su cuerpo? Involuntariamente, y a pesar de la tosquedad subyacente en su creencia, Philip y Emily cayeron en la trampa del positivismo que imperaba en la sociedad industrial de la segunda mitad del siglo XIX, en la que se otorgaba prioridad a los hechos fidedignos -los “hechos” a los que apelaba insistentemente el boticario Homais, el personaje de Madame Bovary– sobre cualquier otra consideración.

Retrato de Edmund Gosse, por John Singer Sargent

Retrato de Edmund Gosse, por John Singer Sargent

La peculiar concepción que los Gosse tenían de la lectura y de los libros se traducía en una curiosa mezcolanza de simpleza de juicio y arrogancia que les hacía sentirse superiores a  quienes consideraban que, al contrario que ellos, carecían de sus dotes para penetrar en la sacralidad de los textos bíblicos. Los dogmáticos se creen dotados de dones extraordinarios que deben distinguirlos del resto de sus congéneres. Sientan sus dogmas para no levantarlos nunca, como si fuesen montañas. De ahí el hieratismo, la rigidez estatuaria y la solemnidad engreída que los caracteriza.

En su infinita soledad entre aquellos padres estrictos, Edmund encontró en sí mismo a “un compañero y confidente” con el que hablaba a menudo. Así fue como descubrió el sentido de su individualidad. Su lugar predilecto en la casa familiar era el granero, de bajo techo y sin muebles, excepto un baúl vacío con el interior de la tapa que alguien se había preocupado de forrar ¡con las páginas de una novela de aventuras! Cuando el niño se encontró con semejante sorpresa su reacción fue como la del sediento que descubre una humedad en una pared:

“Era sólo un fragmento; pero lo leí de rodillas, con indescriptible deleite. El niño creyó en la narración fragmentaria. Se imaginaba que era el relato de una noble dama obligada a huir de Inglaterra, y a la que perseguían en países extranjeros enemigos conjurados para perderla”.

Tras el fallecimiento de su madre  a causa de un cáncer de mama en febrero de 1857, Edmund, que entonces tenía ocho años, pasaba las horas muertas junto a la ventana, con la frente pegada al cristal, en su casa de Islington, como si el tiempo se hubiese detenido para él. La calle era su teatro. Padre e hijo apenas se dirigían la palabra. Nunca hablaban de la madre.

Lápida de la tumba de Emily Gosse

Lápida de la tumba de Emily Gosse en el Abney Park Cemetery, al noreste de Londres

Una tarde Philip tomó de su biblioteca un libro de Virgilio, “el más evangélico de los poetas antiguos”, que le había acompañado en sus viajes. En la hora del crepúsculo, empezó a recitar unos versos del poeta latino que arrancaron a su hijo de su ensimismamiento. “Se me había revelado un milagro: la incalculable, la maravillosa belleza que existe en el sonido de los versos”, recordó Edmund muchos años después.

El conocimiento de la ficción literaria se produjo también por casualidad. Un día el padre le mostró a Edmund un extraño libro de su biblioteca: la obra maestra del novelista escocés Michael Scott (1789-1835) Tom Cringle`s Log. El chico comenzó a leerla  sin sospechar que aquellas historias de aventuras amorosas no fuesen verídicas. Tuvo que ser el padre quien le revelase que se trataba de pura invención. Para Edmund aquel libro fue como “un vaso de aguardiente puro a quien sólo hubiese conocido la dieta láctea”. La novela picaresca de Scott le abrió una ventana que al fin ventilaba la estrecha estancia de la torre en la que el niño permanecía encerrado.

Busto del poeta Virgilio Publio Maron

Busto del poeta Virgilio Publio Marón

Philip Gosse volvió a casarse. Edmund tuvo suerte. La madrastra aportó una colección de libros insólitos a la biblioteca de su padre. Entre ellos figuraban los poemas de Walter Scott, a los que incluso sucumbió el adusto Philip, leyéndolos en voz alta “con un sentimiento profundo de la medida y del ritmo”.

Ante la pasión del muchacho por la poesía épica del escritor escocés, la madrastra propuso a su marido que le diera a leer novelas de Waverley, pero Philip las descartó por entender que daban a la vida “una pintura falsa y turbadora”, distrayendo la atención del niño “de las cosas del cielo”. Privado de las novelas de Scott, un día le permitió, de forma “casi caprichosa”, que leyese las novelas de Dickens porque, a su juicio, exponía la pasión amorosa “bajo un aspecto ridículo”. Pronto Edmund se sintió cautivado por Los papeles póstumos del Club Pickwick, que leía entre carcajadas, lo que le valió algunos regaños del padre.

Pintura inspirada en el grabado de  Seymour y Phiz  para "Los papeles del Club Pickwick"

Pintura inspirada en el grabado de Seymour y Phiz para “Los papeles del Club Pickwick”

A los quince años cayó en sus manos La tempestad, de Shakespeare, una obra que llenó todo su ser “de armonía y novelería”. Este libro era su tesoro secreto. Pronto saltó a otras piezas del dramaturgo británico: El mercader de Venecia, Cimbelino, Julio César y Mucho ruido y pocas nueces, obras que para el adolescente significaron lo suficiente “como para bañar mi horizonte con todos los colores del sol de levante”.

Por esos años Edmund estaba ocupado en aumentar su vocabulario, descubriendo para las cosas los términos apropiados.

“Aquí también el estudio se adelantaba a la práctica -recuerda en su autobiografía-, puesto que estaba preocupado en proveerme de palabras antes que tener ideas que expresar con ellas”.

Después de leer La tempestad, reparó en su parecido con Calibán, el salvaje que habitaba en la isla a la que arribó el sabio Próspero con su hija Miranda.  Edmundo sintió como propio el recordatorio que Próspero le hace a Calibán cuando le dice que no tenía pensamientos hasta que él le enseño las palabras.

Grabado que representa a Próspero, su hija Miranda y Calibán

Grabado que representa a Próspero, su hija Miranda y Calibán

Por aquella época, Edmund observó que la literatura le invitaba

“a caminar por innumerables senderos, cuyos meandros conducían a lo opuesto del camino recto y seguro que conduce a la salvación”.

Otro paso más hacia la liberación a través de la lectura de ficciones literarias fue el encuentro con el poema de Christopher Marlowe Hero y Leandro, en el que narra el amor secreto de la sacerdotisa Hero con el joven Leandro. Cuando, llevado por el entusiasmo, empezó a recitárselo a su madrastra y llegó al episodio de la languidez de Cupido y la descripción de Leandro, ésta se puso nerviosa y le pidió que le diese el libro. Aquella noche su padre se presentó en su cuarto para acusarle de poseer y traer a casa “un libro abominable” que su diligente madrastra decidió quemar.

"La última mirada de Hero", cuadro en el que el pintor británico Frederic Leighton se inspiró en el poema de Marlowe "Hero y Leandro"

“La última mirada de Hero”, cuadro en el que el pintor británico Frederic Leighton se inspiró en el poema de Marlowe “Hero y Leandro”

En la autobiografía Edmund sostiene que su padre no sólo había ahogado la  imaginación, al dar absoluta veracidad a las Escrituras y aplicar a su interpretación unos métodos análogos a los de la ciencia, sino que también asfixió “el sentido de la justicia moral y su ternura de corazón”, de la que, sin embargo, observa que era “profunda e instintiva”.

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