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Voltaire, el escritor de cartas en su gabinete

junio 11, 2013

En el Museo del Hermitage de San Petersburgo se conserva un cuadro firmado por Jean Huber, en el que se ve a Voltaire en su dormitorio, recién levantado de la cama, con el gorro de dormir, y poniéndose los calzones, mientras dicta una carta a su secretario. Era una de las 18.000 de su correspondencia epistolar que han sobrevivido tres siglos después de su muerte en 1778. Con la costumbre de dictar cartas se mantenía fiel a la improvisación oral que imprimía a sus conversaciones. Era otra forma de proseguir la conversación con su corresponsal, preservando de ella el ingenio, la agudeza y la precisión.

"Voltaire por la mañana", de Jean Huber, pintor que formaba parte de su  séquito en el palacete de Ferney

“Voltaire por la mañana”, de Jean Hubert, quien formaba parte de su séquito en el palacete de Ferney. En este curioso y simpático retrato el  pintor ha captado el momento preciso en que el filósofo dicta a su secretario mientras se viste en su propio dormitorio

En su magnífico ensayo La cultura de la conversación, Benedetta Craveri argumenta que “el verdadero salón de Voltaire, el lugar donde podemos admirar aún hoy todo su conocimiento mundano en acción, es la correspondencia” que mantuvo con la flor y nata de la nobleza europea y con filósofos como Rousseau, D`Alembert, Diderot, Helvétius o Vauvenargues, y hommes des lettres.

Comenta Benedetta Craveri que

“cada corresponsal es utilizado como un peón en un tablero complejo que Voltaire mueve desde lejos, según una lógica precisa (…) Además, esta conversación epistolar con media Europa es un modo de magnificar su condición de exiliado, un instrumento de desquite moral contra el Gobierno que lo ha expulsado”.

De entre sus numerosos corresponsales destacan dos figuras con las que mantuvo un trato directo: el rey ilustrado Federico II de Prusia y madame du Deffand, su amiga íntima.

En una traducción de María Teresa Gallego y Amaya  García, Hermida Editores ha tenido la excelente iniciativa de espigar una serie de reflexiones de esta copiosa correspondencia que, leídas aisladamente, se convierten en jugosos aforismos o epigramas, un género que el filósofo francés no cultivó de forma expresa, pero en el que, según se infiere de la lectura de estos textos, demostró ser un maestro consumado.

Aforismos

No tiene nada extraño, puesto que la síntesis expresiva constituía un elemento clave en la práctica literaria de los escritores franceses de la época. Prueba de ello es la nómina de autores que frecuentaron el género aforístico.

La lectura de estas perlas permitirá al lector formarse una idea cabal no sólo del pensamiento de Voltaire sino también de su compleja personalidad. En su larga vida, el hijo de notario y antiguo alumno de los jesuitas, François-Marie Arouet, más conocido con el pseudónimo de Voltaire, observó y escribió mucho (sus Obras completas constan de cincuenta volúmenes), trató a numerosos hombres y mujeres influyentes, pisó dos veces la cárcel de La Bastilla, viajó y, después de un exilio de dos años en Londres a raíz de un altercado con el caballero de Rohan, regresó a Francia.

La publicación de las Cartas filosóficas, en las que propugnaba la libertad y la tolerancia frente al fanatismo, le costaron la persecución en su país. Acogido por madame du Châtelet, cordialmente separada de su marido, en su castillo de Cirey, al norte de Francia, mantuvo con ella una larga relación amorosa. Ambos compartían la misma pasión por el estudio y los libros; también por el lujo aristocrático. A pesar de la posterior ruptura amorosa, continuaron siendo amigos.

Madame du Châtelet en su escritorio

Madame du Châtelet en su escritorio

A la muerte de madame du Châtelet en 1749, viajó a Berlín, donde Federico II de Prusia le abrió las puertas de su palacio de Sanssouci. Pero esta relación de aparente amistad con el monarca prusiano acabó mal. Voltaire no toleraba que se le tratase como si fuera un criado.

Refiriéndose a Federico II, años después comentó en una de sus cartas que, al igual que “las coquetas, los reyes y los poetas”, estaba acostumbrado a que lo halagasen. Quizá fue un tanto ingenuo al creer que el rey renunciaría a sus hábitos de autócrata en pro de la amistad con un intelectual. Al final prefirió tratarlo de lejos.

Expulsado de Alemania, y ante la negativa de Francia a acogerlo de nuevo, se refugió en Ginebra. Pasó los dieciocho últimos años de su vida en un destierro dorado en el palacete que en 1758 mandó construir en su finca de Ferney, localidad suiza fronteriza con Francia. Por fin, regresó a París, donde falleció poco después a la edad de ochenta y cuatro años.

"Die Tafelrunde" es el título de este cuadro en el que el pintor alemán Adolph von Menzel (1815-1905) imaginó una reunión de miembros de la Academia Prusiana de Ciencias reunidos con Federico el Grande, en el pabellón de mármol en Sanssouci.  Voltaire es el hombre vestido con la casaca de color morado.

“Die Tafelrunde” es el título de este cuadro en el que el pintor alemán Adolph von Menzel (1815-1905) imaginó una reunión de miembros de la Academia Prusiana de Ciencias en torno al rey Federico el Grande, en el pabellón de mármol del palacio de Sanssouci. Voltaire es el hombre vestido con la casaca de color morado.

Tenía razón Melchior Grimm, uno de sus corresponsales, cuando le comentó que podía decir del siglo XVIII lo que más le placiera:

“pues vos lo habéis creado, pues no llevará otro nombre que el vuestro, la posteridad os concederá de buen grado el derecho de honrarlo y de hablar de él peor de lo que se merece”.

Voltaire fue un hombre de su tiempo que, sin embargo, remó también en contra de la corriente. Pertenece a esa rara minoría de personas que en cada época contribuyen a que el mundo no sea peor y que con su influencia ayudan a derribar viejas costumbres, prejuicios y formas de pensar que sin sus críticas se hubiesen prolongado dolorosamente.

Su activa defensa de la tolerancia y su combate contra el fanatismo y la intransigencia han hecho historia. El Tratado de la tolerancia permitió la revisión de la sentencia que, bajo la acusación de haber asesinado a su hijo por convertirse al catolicismo,  condujo al cadalso al protestante Jean Calas, rehabilitado tras el alegato de Voltaire.

Jean Calas

Jean Calas

El sentido que dio a la palabra “tolerancia”, de uso tan frecuente como poco practicada a veces por quienes más la tienen en los labios (y en alguna ocasión el propio Voltaire fue un triste ejemplo de ello), está claramente recogido en la definición que ofrece de ella en su Diccionario filosófico, donde dice que

“debiéramos tolerarnos mutuamente unos a otros porque somos débiles, inconsecuentes, volubles y víctimas de los errores”.

Voltaire encarnaba como pocos las aspiraciones de la Ilustración: la lucha contra la superstición y los dogmas, la defensa de los perseguidos por el poder civil o eclesiástico, y de la independencia de juicio, la apuesta por un modo de vivir epicúreo y una visión irónica de la existencia, empezando por la suya. La risa desdentada de Voltaire, volteriana, que Houdon esculpió en sus bustos, bastaba para derretir la rigidez y el formalismo hierático en el que se escudaban los poderosos de su época.

El pensador ruso Alexander Herzen decía que  la risa entraña algo de revolucionario. No se ríe en las iglesias, tampoco en los palacios, al menos abiertamente, y los siervos están privados de sonreír en presencia de sus dueños. Sólo los iguales ríen entre ellos. Así que no le extrañaba que la risa de Voltaire haya destruido “mucho más que los llantos de Rousseau”.

Retrato de Alexander Herzen (1867)

Retrato de Alexander Herzen (1867)

Benedetta Craveri aventura que con Voltaire el homme de lettres “dejaba de invocar la protección de los grandes y se convertía en un numen protector de los perseguidos y de los inocentes”. Con su creciente autoridad sobre la opinión pública “el estatuto del intelectual cambia de signo y se crean premisas de aquel proceso de sacralización del escritor que alcanzará su culminación en la época romántica”.

En la selección de aforismos extraídos de su correspondencia están ampliamente representados los principales motivos que guiaron su vida y obra. Por ejemplo, le maravilla que “haya hombres que prohíban leer a los demás hombres”. Esto lo decía alguien que no podía vivir sin libros y que pensaba que una quinta de recreo sin ellos sería como una cárcel.

En su defensa de la independencia intelectual, en una época en la que el escritor, como los artistas en general, debía someterse al yugo del mecenas, cuando no de los poderes fácticos, alaba la libertad personal, el vivir para sí, “sin bailarle el agua a nadie”. La independencia le lleva a huir de cualquier encasillamiento ideológico: “ni jesuita, ni jansenista ni parlamentario”. ¿Qué mejor consuelo en esta vida que “decir lo que pensamos”? A uno de sus corresponsales le confesará que

“inestimable dicha es vivir libre y en casa de uno, sin estar sujeto a la conducta molesta, para tener amigos que piensen y te hablen libremente”.

Voltaire, por el pintor Nicolás de Largilli (1656-1746)

Voltaire, por el pintor Nicolas de Largillière (1656-1746)

Voltaire era un hombre práctico. Sabía que la independencia, y más si va acompañada de lujo, se conquista con dinero. En este sentido, en una carta al duque de Choiseul admite que “un punto importante es tener mucho dinero” citando ejemplos de monarcas y estados que se engrandecieron gracias a él. Hábil en el arte de amasar fortuna, obtuvo buen provecho de las rachas de suerte que le salieron al paso y se aventuró en empresas y negocios a menudo poco claros.

Su concepción de la vida práctica y cotidiana se asienta sobre una sensualidad explícita que resume en una máxima sencilla: “saber padecer, envejecer y morir, socorriendo a la naturaleza sin forzarla”. Con buena salud y los cinco sentidos en perfecto estado “se disfrutan todos los placeres y se suavizan las penas”.

Busto de Voltaire, de Houdon

Busto de Voltaire, de Houdon

Los consejos que imparte a sus corresponsales concuerdan con esta forma de pensar. Así, a la marquesa de Bernières le sugiere que todos los médicos le resultarán inútiles si no sigue un régimen estricto: “amad y comed menos”. Tener el vientre despejado es fundamental para que lo esté la cabeza. Por ello, concluye Voltaire, “nuestra alma inmortal necesita del retrete para pensar bien”.

La mejor filosofía práctica es tener “una salud práctica y nuestra forma de pensar estará siempre determinada por la digestión”. “Lo que hace personas felices es el estómago”. Incluso tiene una receta médica, extremadamente simple: “sobriedad y ejercicio”.

El buen vivir pasa por reírse de uno mismo y no tomarse las cosas por la tremenda. “Cuanto más viejos y enfermos estemos, más debemos reírnos”. La vida es demasiado corta, así que mejor “beber juntos que maltratarnos unos a otros”. “Dichosos los filósofos que pueden reír e incluso hacen reír”. Sus armas son “el silencio, la paciencia y la amistad entre hermanos”. De ahí que deteste a los que “no saben dejar de fruncir el ceño” y recele de la “austeridad” que califica de “dolencia”.

Retrato de Voltairea los 41 años, del pintor Maurice Quentin La Tour

Retrato de Voltairea los 41 años, por el pintor Maurice Quentin de La Tour

En las cartas reitera los elogios a la amistad, de la que dice que “es el bálsamo que sana todas las heridas que causan continuamente al hombre la suerte y la naturaleza”. “Nada bueno se hace, ni en las artes de la imaginación ni en las del gusto, sin la ayuda de un amigo”.

Propone “vivir con uno mismo y con los amigos”, evitando crearse una segunda existencia en la mente de los demás hombres. La reputación no es más que una quimera, al contrario que la felicidad o el dolor. Después de todo, en este mundo se está de paso. Él mismo se postula como ejemplo cuando reconoce que:

“me he considerado en el paisaje de esta vida como un viajero a quien nada de la taberna en que se hospedó pertenece”.

Sus reflexiones sobre la muerte apuntan en la misma dirección. Lo importante es no sufrir, puesto que al morir se pierde la conciencia igual que al dormirnos. Por ello arremete contra quienes “la anuncian con ceremonias”, tachándolos incluso de “enemigos del género humano”. ¿”De qué sirve que vengan a comunicarnos nuestra sentencia?”, le escribe en una misiva a su amiga madame du Deffand, en la que alude a “la barbarie de la extremaunción”. Considera que se equivoca quien piense que a su muerte dejará un vacío en el mundo y que lo echarán de menos.

Fachada principal del palacete de Voltaire en Ferney

Fachada principal del palacete de Voltaire en la localidad suiza de Ferney-Voltaire. Foto de Kasparek Kassandra

Las observaciones acerca del oficio de escribir -ese “perro oficio con sus encantos”-, del que comentó que le había granjeado numerosos enemigos, rezuman la sagacidad que otorga una larga y acreditada experiencia. La claridad por encima de todo. “Las expresiones sólo son confusas cuando lo son las ideas” y una inteligencia “es atinada y recta” si se expresa con claridad.

Para Voltaire el conocimiento de la poesía y de la elocuencia requieren una vida entera. “La vida de literato es un combate perpetuo y morimos con las armas en la mano”. A uno de sus corresponsales le confiesa que a la edad de cincuenta y cinco años aprendía a diario de la escritura.

Como autor exigente con su propia obra, se avergonzaba de sus libros, admitiendo incluso que cuantos más años cumplía, mejor conocía su “culpas”. Aun así, pensaba que debía escribirse por placer y que era un desdichado quien lo hiciese guiado sólo por el sentido del deber. A los escritores les aconseja que no se precipiten ni se dejen seducir por su subjetividad. “El autor no es el más indicado para corregir las hojas de su propia obra: siempre lee lo que escribió y no lo que está impreso”.

Portada del "Tratado de la tolerancia", en una edición de 1763

Portada del “Tratado de la tolerancia”, en una edición de 1763

Tachó de “ridícula” la república de las letras, denunciando la sempiterna enemistad entre los escritores. De ellos dijo que la mayoría “no son sino Caínes”, por lo que les recomendó que pusieran la probidad por encima del amor propio.

Confiaba en que el público lector  y el tiempo enjuiciarían las obras literarias con un criterio justo. “No hay más medallas que las que otorga la posteridad”. En cambio, desconfiaba del público contemporáneo, que “hoy aplaude, mañana se desilusiona y pasado mañana lapida”. En cuanto al estilo literario, era partidario de recortar “en la prosa y en los versos”, no así en las finanzas. Su prosa llana y directa constituye un buen ejemplo de ello.

Como en todas las personalidades complejas, en Voltaire se aprecian algunas contradicciones que descomponen el cliché. Pese a expresar su deseo de “volver nacer republicano”, rehabilitó a Luis XIV, el monarca que encarnaba el Absolutismo, al escribir su monumental estudio El siglo de Luis XIV. Voltaire tenía veintiún años cuando murió el Rey Sol y no ocultó su descontento con la regencia del duque de Orléans y su hija, la duquesa de Berry, a quienes dedicó una sátira que pagó con un año de cárcel en La Bastilla.

El zar Pedro I el Grande (1672-1725), modernizó la Rusia tradicional mediante un severo plan reformas

El zar Pedro I el Grande (1672-1725) modernizó la Rusia tradicional mediante un severo plan reformas

Admiró a los monarcas autócratas y centralizadores como el zar Pedro I el Grande, Catalina II -cuyos crímenes silenció- o Enrique IV. Partidario del despotismo ilustrado, abogaba por el gobierno de una minoría selecta “que hace trabajar a la mayoría y que es alimentada por ésta”. Para Voltaire el pueblo carece de ingenio, es crédulo y ovejuno y con frecuencia cómplice de los fanáticos. El pueblo es “la canalla”.

Fue clarividente al vaticinar en abril de 1764 que “todo cuanto veo arroja las simientes de una revolución, que sucederá irremediablemente”, pero se equivocó al aseverar que el siglo XVIII sería “la tumba del fanatismo”. Sí lo fue en cambio de la vieja aristocracia con la que se codeó después de un fulgurante ascenso social no exento de tropiezos (como la paliza que le propinaron los matones del caballero de Rohan).

La revolución pronosticada por Voltaire favoreció el ascenso de la burguesía en Francia y del liberalismo político y económico basado en los dos principios que, a su juicio, son básicos “para la opulencia de un estado”: la libertad de conciencia y la libertad de comercio. ¿Qué habría opinado de su ferviente admirador, el boticario monsieur Homais al que Flaubert dio vida en Madame Bovary, personificación del pequeño burgués provinciano, pedante, secretamente ambicioso, manipulador, anticlerical y entusiasta de la ciencia y el progreso?

Grabado que muestra la prisión de La Bastilla en la que estuve preso Voltaire y que en 1789 se convirtió en un símbolo nefasto del Antiguo Régimen, por lo que fue asaltada y destruida

Grabado que muestra la prisión de La Bastilla en la que estuvo preso Voltaire y que en 1789 se convirtió en un símbolo nefasto del Antiguo Régimen, por lo que fue asaltada y destruida

El pragmatismo volteriano, tan seguro de sí mismo, la apología de “los hechos”, la confianza en el progreso y en el bienestar de la humanidad y el cultivo de las pequeñas virtudes asociadas a una “vida sana”, encajaban en el nuevo modelo de burguesía que, necesitado de una moral laica con la que distinguirse de la predicada por la iglesia católica, halló la horma de su zapato en la filantropía volteriana. Sin embargo, como intuyó Flaubert, este modelo se prestaba a un tartufismo de corte secular similar al que representa la figura de Homais, y del que encontramos tantos exponentes en nuestros tiempo.

También así tuvo que percibirlo Baudelaire cuando confesaba en su Diario íntimo que se aburría en Francia, “más que nada porque todo el mundo se parece a Voltaire”, al que tildaba de “antipoeta” y “rey de los papanatas, príncipe de los superficiales, antiartista, predicador de las porteras, Perogrullo de los redactores de Le Siècle”.

En su lucha incansable contra los dogmas religiosos, Voltaire incurrió en el  antijudaísmo ignorante y malicioso practicado por sus adversarios ideológicos. No obstante, un día se le presentó la oportunidad de reconocer su error. Harto de sus invectivas judeófobas, Isaac de Pinto, comerciante, banquero y erudito judío residente en Ámsterdam, publicó un libro en 1762 titulado Apología de la nación judía o reflexiones críticas, cuya copia manuscrita envió a Voltaire, quien le dio las gracias.

“Casa de Pinto” en Amsterdam, donde nació Isaac de Pinto, comerciante, banquero y erudito judío de origen portugués Isaac de Pinto

“Casa de Pinto” en Ámsterdam, donde nació Isaac de Pinto, comerciante, banquero y erudito judío de origen portugués

En una carta fechada el 21 de julio de ese año, el filósofo le respondió:

“Cuando estamos en un error, necesaria es la reparación, y yo he errado al atribuir a toda una nación los vicios de varias personas particulares”.

A continuación afirmaba que la superstición “es la plaga más espantosa de la tierra” y que por su culpa “en todos los tiempos se han degollado a tantos judíos y a tantos cristianos”.

Chapeau, Voltaire.

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4 comentarios leave one →
  1. junio 11, 2013 3:01 pm

    En mi opinión y a pesar de la tolerancia que se le adjudica, Voltaire no fue un escritor tolerante. O dicho de otro modo, fue tolerante con lo que quiso.

    Como bien dices, el gran defensor de la libertad religiosa era ignorantemente antijudío: algunas de sus cartas inglesas son de un simplismo desolador. En estas mismas cartas ataca a Pascal y le hace decir cosas que Pascal nunca dijo, para convencer a los lectores de su tesis. A eso se le llama, si no mentir, tener una gran “mauvaise foi”.

    Es divertido que dijera que “No hay más medallas que las que otorga la posteridad”. En cambio, desconfiaba del público contemporáneo, que “hoy aplaude, mañana se desilusiona y pasado mañana lapida” ya que él mismo fue capaz de soltar animaladas como que las obras de Shakespeare eran « des farces monstrueuses qu’on appelle tragédies », y añadía que Shakespeare había «perdido al teatro inglés ».

    Siempre pensó que pasaría a la posteridad por su tragedia Zaïre –actualmente ya nadie la lee-, y no por sus increíbles cuentecillos de salón.

    Rousseau lo dijo perfectamente: « Je vous (Voltaire) hais, enfin, puisque vous l’avez voulu ; mais je vous hais en homme plus digne de vous aimer si vous l’aviez voulu. De tous les sentiments dont mon cœur était pénétré pour vous il n’y reste que l’admiration qu’on ne peut refuser à votre beau génie, et l’amour de vos écrits. »

    Voltaire persiguió con vehemencia a Rousseau, y nunca entendió la novedad de obras como Les Confessions y La Nouvelle Héloïse.

    Voltaire es el ejemplo de la horizontalidad brillante. La verticalidad siempre escapó.

  2. junio 11, 2013 6:12 pm

    Tu reflexión última es rotunda, pero me parece acertada. Es el ejemplo de escritor “brillante”, que persigue sorprender (y está seguro de que sorprenderá) con sus agudezas, pero más bien superficial.
    En un comentario dedicado a Sartre, Canetti señala que, si bien su “lenguaje regular y lógico” podría compararse con el de Voltaire, éste “era más duro, porque era ávido”. Añade Canetti que “quizá Voltaire sea más perdurable gracias a esa dureza, pero tampoco mucho más”. Creo que Canetti da en el clavo al caracterizar a Voltaire con esas dos palabras: dureza y avidez.

    Gracias por tu comentario y por el texto de Rousseau, que no conocía.

  3. junio 26, 2013 12:14 pm

    Excelente introducción a Voltaire, aguda y abarcadora a la vez. Muy útil en una época en la que hasta sus obras se hacen difíciles de encontrar fuera de Francia, cuando se trata de un universal. Esto me hace pensar que, si lo que vale es el juicio de la posteridad, más vale que esa posteridad no sea nuestra época.

    • junio 26, 2013 1:41 pm

      Gracias, Ricardo, por tu comentario. Sí, vivimos en una posteridad olvidadiza e ignorante. Y como la ignorancia es muy osada, los resultados están a la vista. Este libro intenta recuperar al Voltaire escritor de cartas, un género que en los viejos tiempos se cultivaba con auténtico amor y que al mismo tiempo que estimulaba el diálogo del individuo consigo mismo, alentaba el diálogo entre los corresponsales.

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