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La venganza de la imaginación

junio 4, 2013

Durante muchos años se atribuyó a Fiódor Dostoyevski el comentario “Todos nosotros venimos de El capote”, refiriéndose a los escritores rusos de su tiempo. Aunque la cita sea apócrifa, se aproxima bastante a la realidad. El capote es el célebre relato de Nikolai Vasílievich Gógol, publicado en 1842, que habría de influir no sólo en los grandes escritores rusos del siglo XIX, como el propio Dostoyevski, sino en otros, como Herman Melville, autor de Bartleby, el escribiente, y ya en el siglo XX, en Robert Walser o Franz Kafka.

También los cineastas se han sentido atraídos por el argumento del relato, que ha conocido hasta nueve versiones cinematográficas. La primera, rodada en Estados Unidos, data de 1916. Desde hace algunos años en Rusia  está en marcha una película de animación. Además, ha sido llevado al teatro en numerosas ocasiones, e inspirado a dibujantes, ilustradores y pintores.

Portada de una edición rusa de "El capote"

Portada de una edición rusa de “El capote”

El capote narra la historia del funcionario de San Petersburgo Akaki Akákievich (o sea, Akaki, hijo de Akaki), perteneciente al más bajo escalafón de la burocratizada administración zarista, soltero y de unos cincuenta años, “más bien bajo, algo picado de viruelas, algo pelirrojo, a primera vista algo cegato, algo calvo, las mejillas cubiertas de arrugas y la cara de ese color que suelen presentar las personas que padecen almorranas”.

En concreto era “consejero titular eterno”, un arquetipo del que, según nos cuenta el narrador, se mofaban a sus anchas los escritores “que tienen la plausible costumbre de ensañarse con los que no se pueden defender”.

El nombre Akaki proviene de la palabra griega Ακάκιος (Akákios) que puede traducirse como “sin maldad”. Su apellido Baschmachkin deriva de bashmak, zapato, aunque, según nos informa el narrador, todos los antepasados de Akaki usaron botas. Con este apellido Gógol pretende enfatizar los orígenes humildes del copista. El calzado es la única pieza de nuestro atuendo que roza directamente el suelo y, por tanto, la más pedestre.

Sello conmemorativo de "El capote"

Sello conmemorativo de “El capote”, fechado en 2009

Akaki Akákievich ejercía el oficio de copista y siempre se le veía en el mismo sitio, en la misma postura y en el mismo puesto haciendo lo mismo: copiando. Aceptaba los encargos de sus superiores sin rechistar. Nadie le guardaba el respeto en el departamento y los jefes le trataban “con una frialdad despótica”, como si fuese una mosca. Los empleados jóvenes se burlaban de él e incluso en su presencia se contaban historias que inventaban a su costa. Decían que le pegaba su patrona y le preguntaban con sorna cuándo pensaba casarse.

El copista permanecía impasible ante las burlas y copiaba y copiaba sin que esas desagradables interrupciones alteraran la pulcritud de sus escritos. Sólo cuando las bromas iban demasiado lejos y, por ejemplo, le empujaban con el codo, impidiéndole realizar su labor, les rogaba que le dejasen en paz: “¿Por qué me ofendéis?”.

Ilustración para "El capote" que plasma el episodio en el que los compañeros de Akaki se mofan de él

Ilustración para “El capote”

Un día un joven recién ingresado en el cuerpo de funcionarios, imitando a sus compañeros, se atrevió a burlarse de él, pero -precisa el narrador-, tras escuchar el lamento de Akaki, se detuvo “como herido por el rayo, y desde entonces todo lo vio con otros ojos. Una fuerza sobrenatural lo apartó de sus colegas, a los que había considerado personas correctas y educadas”. Durante un tiempo incluso se le aparecía la imagen del copista con su desesperado “¿Por qué me ofendéis?”. Señala el narrador que “en estas palabras se percibían otras: “Soy tu hermano””.

“Entonces el pobre joven se cubría la cara con las manos. Muchas veces en su vida comprobó con horror cuántos sentimientos inhumanos hay en el hombre, cuánta brutal grosería se oculta bajo los refinamientos de una buena educación, incluso en personas a quienes el mundo tiene por nobles y honradas…”.

Akaki cumplía con algo más que celo su trabajo; lo hacía con amor. En el oficio de copiar entreveía un mundo variado y atrayente y su rostro se inundaba de placer. Tenía sus letras favoritas y cada vez que las encontraba se convertía en otro hombre. Entonces sonreía, guiñaba un ojo, movía los labios. En esos cambios de semblante se reflejaba la variedad de las letras que copiaba con su pluma.

Cartel de una película rusa basada en el relato de Gógol

Cartel de la película soviética basada en el relato de Gógol que en 1926 dirigieron Grigori Kózintsev y Leonid Trauberg

Si por casualidad no tenía nada que copiar, copiaba por mero deleite, para sí, documentos que le parecían notables “no por la belleza de su estilo sino porque estaban dirigidos a algún personaje nuevo e importante”.

Un superior quiso confiarle una tarea diferente: resumir un expediente, cambiando el encabezamiento, y modificar algunos tiempos verbales. Akaki llevó tan mal aquella novedad que  pidió que le dieran algo para copiar.  Quizá presintiera que con la nueva tarea saldría perdiendo, porque ¿cómo se iba a comparar la complejidad de las letras del alfabeto con la simpleza de un resumen o de un cambio en los tiempos verbales?

Absorbido por su trabajo de copista, Akaki era muy despistado. Caminaba por la calle con las letras bailándole en la memoria. Apenas sentía los movimientos  de su cuerpo, que paseaba un poco a ciegas, como si no fuese suyo, sin reparar en las consecuencias que ello pudiera acarrearle.

No participaba de las diversiones propias de sus compañeros ni de sus repetitivos chascarrillos. Tampoco se dejaba ver en ningún cenáculo. Después de copiar se acostaba sonriendo al pensar en el día siguiente. Se conformaba con los cuatrocientos rublos anuales.

Dostoiewski comentó en una ocasión que "todos venimos de "El capote"", para refirise a la fuerte influencia del relato de Gógol en los escritores rusos de su tiempo

Dostoyevski comentó en una ocasión que “todos venimos de “El capote””

Akaki no se parecía a ninguna de las personas que le rodeaban, aunque sólo fuese porque nadie quería parecerse a él. Sobrellevaba su singularidad ignorándola.  El muro que le separaba de los demás era visible para éstos, no para él, al menos mientras no le ofendiesen con bromas de mal gusto. Era como el objeto perdido que nadie reclama, como el olvidado antes de la ausencia, el prescindible y reemplazable, el último entre los últimos y el insignificante en una sociedad en la que cada cual pugna por significarse y exhibir una singularidad exclusiva, con lo cual todos terminan por asemejarse.

La paradoja de El capote reside en que el protagonista del relato, el humilde copista Akaki Akákievich de aspecto anodino, y al que la emulación y la repetición le vinieron dadas por las circunstancias –desde su nombre, copiado del que llevó el padre, hasta su oficio, consistente en copiar escritos de otros- era el más original de todos (de ahí que el narrador nos cuente su vida). En cambio, el resto de los compañeros de su oficina que se creían más que él, se asemejaban entre ellos como muñecos fabricados en serie.

Retrato de Gógol

Retrato de Gógol

A propósito de las cosas que tachamos de corrientes, sin molestarnos siquiera en observarlas, quizá porque se nos antojan insignificantes y desprovistas de singularidad, Gógol comentó que

“cuanto más corriente es un objeto, más por encima de él ha de estar el artista para obtener de él lo no-corriente, para que eso no-corriente llegue a ser verdad completa”.

El otro personaje del relato que podría equipararse al copista en su originalidad, aunque en este caso invisible (excepto para el lector), es el joven empleado que, imitando a sus colegas de oficina, también se burló de Akaki hasta que, tras escuchar las palabras lastimeras del humillado, se detuvo “como herido por el rayo”.

Desde el momento en que prestó oídos a la voz de su conciencia, emancipándose del mimetismo cobarde y brutal por el que se regían sus colegas de la oficina, este joven pudo atisbar la realidad desde un punto de vista nuevo. Había dejado de parecerse a los demás.

El súbito despertar de su conciencia lo alzó a ese punto, accesible a pocos, en el que la persona es ella misma, identificable por sus rasgos específicos, que habla y actúa conforme a su razón y criterio, sin necesidad de mirar de reojo a los otros para luego imitarlos.

Imagen de Akaki, del ilustrado ruso Yuri Norstein, quien trabaja desde 1981 en una película de animación basada en el relato de Gógol

Así es como ha visto a Akaki el ilustrador ruso Yuri Norstein, quien trabaja desde 1981 en una película de animación inspirada en “El capote”

Hasta que caló en su corazón el lamento de Akaki, el joven empleado no tenía una noción clara de lo que pudiera ser el prójimo, un concepto con el que los cristianos están familiarizados porque, según la doctrina de esta religión, el amor al prójimo constituye el segundo gran mandamiento que han de seguir sus fieles.

Pero, bien porque, de tanto repetirla, la palabra “prójimo” haya terminado por diluirse en la lejana nube de lo conceptual -en contraste con el significado literal de la palabra-, o porque la idea que se tiene del prójimo sea tan ambivalente como los sentimientos que nos inspiran los demás, el caso es que el joven tuvo que pasar por esa experiencia inesperada para captar su significado.

Por más que los compañeros de la oficina presenciaran las protestas de Akaki ante las burlas con las que le mortificaban, a ninguno se le ocurrió percibirlo como un prójimo. Al contrario, lo veían como si hubiese venido de otro planeta. Para ellos no era más que un estereotipo, el de copista aplicado, solterón, desprovisto de carácter, poco agraciado, ridículo y sin perspectivas de futuro, que se tomaba en serio algo que, en su opinión, carecía de sentido.

Si lo percibían de esa manera es porque en lo más profundo de su adormecida conciencia ellos también se veían a sí mismos de igual forma. El sujeto estereotipado, que jamás se percibirá como tal, suele juzgar a los demás como si fuesen estereotipos. Al amparo de los muchos que comparten con él su anonimato, no puede mirar al otro a cara descubierta ya que ello le obligaría a desprenderse de su máscara y a mostrarse tal cual es.

Emmanuel Lévinas

Emmanuel Lévinas

Los hombres sin rostro están incapacitados para apreciar el rostro del prójimo, del que sólo perciben una máscara, copia exacta de la que cubre el suyo. Por eso lo tratan sin consideración alguna. Como dejó escrito el filósofo Emmanuel Lévinas, “la relación con un rostro es desde un principio ética”. De ahí que la visión del rostro del otro sea “lo que nos prohíbe matar”. En la rectitud que encierra -matiza Lévinas- el prójimo al que miramos no es “un personaje en un contexto”, sino una persona íntegra.

Akaki Akákievich y el joven empleado contrito, cuyo nombre se reservó para sí el narrador -¿acaso porque se trataba de él mismo?- , son rebeldes a su manera. El copista lo es por obra de la imaginación, que le permite vislumbrar en su aparentemente monótona labor más variedad y riqueza que toda la que puedan encontrar los faltos de imaginación en las fábricas de la moda.

La rebeldía del joven empleado se manifiesta en la reacción a un estímulo externo –la inquietante queja del ofendido- que le induce a abrir la puerta de su conciencia y a ser por fin el mismo, apartándose de la borrosa fila en la que se han acomodado sus colegas, como hormigas disciplinadas.

Fotografía de Leon Tolstói

Fotografía de Lev Tolstói

La presencia de los antagónicos modelos de humanidad que encarnan estos dos personajes de El capote dejará una honda huella en la obra de los dos gigantes de la literatura rusa del siglo XIX, Dostoyevski y Tolstói. En las novelas y cuentos del autor de Pobres gentes y Humillados y ofendidos conviven dos  prototipos opuestos: los humillados, descendientes del copista Akaki, y aquellos otros que representan a sus ofensores, individuos caracterizados por una pertinaz insensibilidad moral y que utilizan el poder de que disponen para humillar a quienes pueden.

 En cuanto a Tolstói, en sus obras da vida a personajes que recuerdan al anónimo empleado, colega de Akaki: un prototipo de hombre todavía joven y perteneciente a un estamento social privilegiado que, merced al súbito despertar de su conciencia, se desvía de la corriente por la que transita la mayoría. Renacido de las cenizas de un pasado moralmente reprochable, este individuo se adentra en su nueva vida arrepintiéndose de las ofensas que infligió a otros.
"Eligiendo el nombre de Akaki Akákievich", (1937), ilustración del artista ruso Nathan Altman

“Eligiendo el nombre de Akaki Akákievich” (1937), ilustración del artista ruso Nathan Altman

A Akaki Akákievich el destino lo privó de atractivo físico, de una lengua fluida y florida, del encanto y de la supuesta capacidad seductora de otros, de la desenvoltura para atraerse la simpatía de los demás y, por supuesto, de sentido práctico. Hasta su nombre carecía de cualquier asomo de originalidad. Una vez descartados los del santoral del día de su nacimiento, por considerarlos extravagantes y feos, su madre se decantó por ponerle el nombre del padre.

En El capote los nombres de las personas significan mucho porque realmente son propios y las distinguen de aquellas que no lo tienen, la mayoría: los indistinguibles que, incapaces de ser ellos mismos, únicos e irrepetibles, se asemejan entre sí como fotocopias. A ellos se refería Fernando Pessoa al anotar que “el único vicio negro consiste en hacer lo que hace todo el mundo”.

Sin ser lo que se dice tartamudo, cuando Akaki trataba de hablar, su verbo balbuceaba y se atascaba. La lengua renqueante lo iguala con Moisés, también tartamudo, con algunos grandes profetas judíos –perspicaces escribas- y con Kafka y Pessoa, quienes reconocieron que se desenvolvían mejor escribiendo que hablando.

Estatua de Gógol en San Petersburgo

Estatua de Gógol en San Petersburgo

Es cierto que era poco sociable, pero en aquel microcosmos de chupatintas fatuos y charlatanes tampoco necesitaba serlo.  Pese a disponer de tan pocos recursos, se sentía satisfecho consigo mismo y no se lamentaba de su suerte ni daba la lata a los demás con quejas, excepto cuando sus colegas se mofaban de él, torpedeando su maravillosa tarea de escribiente. Sin duda con esas burlas expresaban su irritación ante el entusiasmo con que ejercía su labor en la que ellos no veían ningún motivo para entusiasmarse porque todas las letras se les antojaban iguales.

La ventaja que lo distanciaba de ellos radicaba en su poderosa imaginación, que le permitía descubrir un fascinante universo en algo tan pequeño como las letras del alfabeto (en este caso ruso), y apreciar en ellas una variedad que los colegas que se pitorreaban de él no hallaban en sus tediosas veladas vespertinas en las que todos vestían de la misma manera, se comunicaban con las mismas palabras y hablaban de lo mismo. Una vida social tan limitada y roma como ellos.

Un día Akaki cayó en la cuenta de que su capote no le abrigaba. Después de muchos años de uso, se había desgastado y el viento invernal de San Petersburgo no hacía excepciones con nadie. Así que acudió a su sastre Petróvich (hijo de Pedro)  para que se lo reparase.

Escena de un teatro de marionetas con muñecos de varillas en la que se ve a Aakaki con el sastre Petróvich

Marionetas de la compañía Teatro Milagros con muñecos de varillas que representan a Akaki con el sastre Petróvich

Petróvich se llamaba Grigori antes de emanciparse de la servidumbre. Fue después de la emancipación cuando empezó a empinar el codo, o sea, cuando, además de prescindir de su nombre original, empezó a parecerse a tantos rusos, sastres y no sastres, aficionados en exceso a la bebida. Miraba por un solo ojo, tenía el humor variable y su mujer, que lo conocía muy bien, lo llamaba “tuerto diablo”.

El diagnóstico del sastre fue contundente: la prenda en cuestión no tenía arreglo. La idea de comprar un nuevo capote aterró al pobre copista que, ante las palabras del sastre, emprendió un meticuloso plan de ahorro para reunir el dinero necesario y encargar un capote nuevo.

El sastre borrachín y malcarado, de ojo único, como el gigante Polifemo, fue el diablo del pobre Akaki, quien le abrió los ojos del deseo, sirviéndole en bandeja la manzana apetitosa, en forma de capote nuevo, que tras probarla, habría de llevarlo a la tumba, si bien provisionalmente, hasta su resurrección en forma de fantasma vengador.

El narrador se detiene en un detalle que asocia al sastre con su condición diabólica: la uña del dedo gordo del pie “deformada y gruesa como la concha de una tortuga” que siempre llamaba la atención del copista.

"Akaki Akákievich visitando a Petróvich", de Boris Kustodiev (1905)

“Akaki Akákievich visitando a Petróvich”, de Boris Kustodiev (1905)

En la tradición literaria el sastre tiene fama de sisar a los clientes, de darles gato por liebre, cambiando el tejido que presupuestó inicialmente por otro de inferior calidad, y de cobrar por su trabajo más de lo que debería.

Al igual que el diablo, a Petróvich le gustaba impresionar  a criaturas tan cándidas como Akaki, poniendo precios exorbitantes a sus trabajos de sastrería. Por eso le dijo al principio que el capote le costaría 150 rublos, cuando finalmente no excedió los 80, como calculó el propio copista.

El objetivo de ahorrar para el capote nuevo distrajo a Akaki de su trabajo. El narrador precisa que fue

“como si tuviera a alguien a su lado, como si se hubiese casado, y otra persona le acompañase en todo momento, como si no estuviese solo y una agradable compañera hubiese accedido a recorrer con él la senda de la vida”.

Se volvió más animoso y firme de carácter, “como el hombre que se ha marcado ya un fin definido”. Se deshizo de “la duda y la indecisión, de todos los rasgos vacilantes e imprecisos”. Hasta concibió “ideas temerarias y atrevidas”. Una vez, mientras estaba copiando algo, “estuvo a punto de cometer un falta, exclamó un ¡ay!, y se persignó”.

Así que Akaki Akákievich se salió de su propia fila, desviándose del curso de los renglones en los que copiaba las letras y las palabras. Ya que el narrador alude al matrimonio, puede decirse que saltó del ministerio sacerdotal de escribiente, con sus reglas estrictas, sus mandamientos y códigos –entre los que figuraba el celibato-, al sacramento del matrimonio, en el que domina la dispersión, enemigo acérrimo del copista (y del escritor, como intuyeron los solteros Kierkegaard, Proust, Pessoa o Kafka, entre otros).

Desde que la idea del capote nuevo copaba su imaginación, Akaki estaba en otra cosa. El futuro, que hasta entonces había mantenido lejos de sí, bien atado con la cadena de las letras que copiaba afanosamente sobre el papel, se instaló en su existencia.

Escena de la película "Il capotto", de Alberto Lattauada (1952), basada en el relato de Gógol, en la que se ve al sastre en su taller hablando con el copista

Fotograma de la película italiana “Il capotto”, de Alberto Lattuada (1952), en el que se ve al sastre en su taller hablando con el copista

Ese futuro prometedor venía acompañado de sus habituales compinches: las ilusiones y las expectativas, muchos más seductoras que la actividad de copista, en la que el futuro se limita a la letra siguiente de cada palabra y el riesgo de equivocarse es permanente, por lo que uno ha de estar muy concentrado en la tarea, sin tiempo para idear planes ni siquiera a corto plazo.

La esperanza echó raíces en Akaki Akákievich. Y cuando se alberga una esperanza, ya no se está solo. El matrimonio con ella suele durar toda la vida, a pesar de las innumerables frustraciones que acarrea.

Como un nuevo Adán, el copista sucumbió a la tentadora propuesta del diabólico Petróvich. El día en que éste le trajo el flamante capote fue “el más solemne de su vida”, según detalla el narrador, al menos tan “solemne” como la expresión que puso el sastre cuando se lo entregó, orgulloso del resultado de su trabajo. Tanta solemnidad no podía traer nada bueno.

Con el inédito capote sobre los hombros, el copista “caminaba con aire de fiesta”, hasta el punto de que “la íntima satisfacción de que estaba poseído le hizo sonreír repetidas veces”. Cuando en la oficina se enteraron de la novedad, alguien sugirió que había que celebrarlo. Ante el mutismo de Akaki, un colega ofreció su apartamento para una velada festiva. Aquel día fue para él la “festividad más solemne”.

Escena de la película de Balatov en la que Akakiasiste a la velada festiva en cada del colega de la oficina en la que festejaron el estreno de su nuevo capote

Fotograma de la la versión de “El capote” que en 1959 dirigió el cineasta soviético Aleksey Balatov, en la que Akaki asiste a la velada festiva en casa del colega de la oficina para celebrar el estreno de su capote

Por la tarde, después de comer, no copió papel alguno. De camino hacia la casa del compañero le distrajo el cuadro de un escaparate en el que se veía a una mujer que se quitaba un zapato para mostrar una pierna, mientras un caballero patilludo atisbaba desde la puerta de la habitación contigua.

Se trataba de una señal clara de la nueva vida en la que Akaki había entrado. Expulsado del selecto club de los copistas genuinos -un paraíso sin erratas ni deslices ortográficos-, ahora se parecía al común de los mortales, la patria superpoblada de sujetos pletóricos de esperanzas, deseos y sueños imposibles.

Después de la cena en el apartamento del amigo, empezó a aburrirse y, coincidiendo con la hora en que acostumbraba a irse a la cama, sintió sueño. Luego aprovechó un descuido del anfitrión para abandonar la velada. De vuelta a casa, paseaba por la calle de buen ánimo, e incluso “echó una carrerilla tras los pasos de una dama que pasó de largo como un rayo y se contoneaba en todas sus partes”.

Ilustración de C. Brodsky para "El capote". Akaki de noche y en la plaza desierta, poco antes de que le arrebataran el capote

Ilustración del artista soviético Sava Brodsky para “El capote”. Akaki de noche y en la plaza desierta, poco antes de que le arrebataran el capote

Pero, como en cualquier historia que relata una caída, también en ésta al copista infractor le aguardaba el correspondiente “castigo”. No se sabe cómo, en su deambular nocturno, y medio ebrio por la cascada de novedades que le deparaban los días desde que estrenó el capote, Akaki fue a parar a una plaza enorme y desierta. De repente, en medio de la oscuridad, le asaltaron dos hombres, uno de ellos con un bigote enorme. Mientras éste le arrebataba el capote, el otro le tapaba la boca “con un puño grande” para que no gritase.

Akaki se desmayó y cayó al suelo. El capote se había esfumado, como ocurre con todas las ilusiones y las esperanzas. El copista descapotado llegó a la pensión con el ánimo por los suelos. La patrona le recomendó que acudiera al comisario, al que fue a visitar después de una noche atroz. El hombre le hizo esperar un buen rato. En la cita se limitó a preguntarle qué hacía a aquellas horas paseando por la plaza y si no habría estado “en alguna casa de mal vivir”.

Al día siguiente se presentó aturdido en la oficina con el capote viejo. Ante la noticia del robo, que enseguida corrió por los despachos, un compañero le aconsejó que visitara a un personaje, o sea, una “persona importante”. En esta parte del relato, el narrador describe con detalle las características de este arquetipo que excede las fronteras del ámbito de la Rusia zarista.

Ilustración del Colectivo Colectivo Kukryniksov, Goslitizdat (1952). que describe la escena en la que Akaki se presenta ante el "personaje"

Ilustración del Colectivo Kukryniksy (1952). Akaki comparece ante el “personaje”

El personaje es la viva encarnación del poder en su acepción más primaria. En el catálogo de procedimientos y fórmulas a las que recurre para parecer poderoso, destaca su propósito de impresionar a quienes acuden a su despacho para solicitarle algún favor, midiendo las distancias con sus palabras y gestos fatuos. Gógol desmitifica al personaje al apuntar que esos procedimientos no eran más que una copia de los que utilizaban otros como él con un propósito análogo.

Esta “persona importante” despachará al pobre Akaki con cajas destempladas, desplegando el aparato verbal y gestual de su ostentoso poderío. El copista regresó a la pensión desconsolado. Su sensibilidad no soportó el golpe de aquella humillación, por lo que enfermó de unas fiebres que en pocos días acabaron con su vida. Su fallecimiento pasó desapercibido y en la oficina pronto encontraron un sustituto, más alto que él pero cuya letra no era tan regular como la del copista difunto, “sino mucho más torcida y contrahecha”.

El actor italiano Renato Rascel en el papel del copista, en la película "Il capotto", de Alberto Lattauada (1952), basada en el relato de Gógol

El actor italiano Renato Rascel en el papel del copista, en la película italiana “Il capotto”

El sorprendente epílogo del relato es la resurrección de Akaki Akákievich, pero en el cuerpo de un fantasma que, cómo no, se dedicaba a arrebatar los capotes de los viandantes. El copista no quiso morir en vano por culpa de un burócrata con ínfulas de poderoso. Así que aprovechó la ocasión en que éste se dirigía en coche a la casa de su amante para arrebatarle el capote.

El incidente causó una honda impresión al personaje, matiza el narrador. De hecho, aflojó, sin abandonarlos del todo, los procedimientos habituales que empleaba para intimidar a quienes acudían a su despacho para pedirle algo.

Al poco tiempo las apariciones del funcionario difunto se desvanecieron. Sin embargo, anota el narrador, el fantasma continuó haciendo de las suyas en los barrios extremos de la ciudad: era el mismo que le robó el capote a Akaki.

Akaki Akákievich convertido en fantasma cadavérico en la película rusa que en 1959 dirigió el director soviético Aleksey Batalov

Akaki Akákievich convertido en fantasma cadavérico en la película de Balatov

Resulta que hasta como fantasma el copista fue original, puesto que desempeñó esta función exclusivamente para bajar los humos del personaje y darle una buena lección. Una vez cumplido su cometido, desapareció. En cambio, el fantasma habitual, el bigotudo y alto que le robó el capote, continuaba asaltando de forma rutinaria a los viandantes, sin distinguir entre infelices como Akaki Akákievich y personajes.

Los lectores podemos tomarnos la licencia de interpretar el desenlace fantástico de la historia -en contraste con el realismo del resto-, como una fantasía que el propio Akaki concibió poco antes de morir y con la que habría tratado de vengarse del personaje, su antítesis. Era la venganza de la imaginación de quien, al contrario que sus burladores, no necesitaba imitar a nadie, ni siquiera en su forma de resarcirse de las humillaciones que recibió.

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8 comentarios leave one →
  1. Guido Finzi permalink
    junio 4, 2013 12:54 pm

    Un personaje totalmente kafkiano; de ésos que llevan una vida anodina, bajo la cual laten pulsiones que tarde o temprano encuentran la forma de manifestarse.

    Un texto excelente, como siempre.

  2. Mijail000 permalink
    junio 4, 2013 12:57 pm

    Muy interesante, como siempre.
    Sobre el film de animación (maravilloso), he encontrado esto:

  3. junio 4, 2013 1:52 pm

    Muchas gracias por esta aportación. Un documental estupendo.

  4. junio 4, 2013 2:20 pm

    Ayer se inició el juicio al soldado Manning, y a él me ha llevado también su magnífica explicación sobre el protagonista de El Capote. No conocía este relato de N.Gogol y sí que son claros sus “descendientes”. Creo que quizás algún “ascendiente” puede tener en el Sartor Resartus, el sastre resastreado, de Th. Carlyle, en relación con esa importancia del nombre “propio” y a la crítica de la vana sociedad, como primeras evocaciones que se ocurren sobre la marcha.
    Un cordial saludo
    karmen

  5. junio 4, 2013 6:42 pm

    Gracias por su comentario. La descendencia de “El capote” y de su protagonista es numerosa en la literatura universal, por lo que no resulta extraño que influyese también en el relato de Carlyle que menciona.

    Un cordial saludo

  6. junio 4, 2013 8:36 pm

    Siempre es un placer leerte, Jaime. Por cierto, el de El capote es un típico caso de bullying, una de esas cosas que inventaron los humanos mucho antes de ponerle nombre.

  7. junio 4, 2013 9:53 pm

    Gracias a ti, Antonio, por la lectura y el comentario. Es cierto, Akaki fue víctima de eso que ahora conocemos como acoso psicológico en el trabajo. Ser el garbanzo negro siempre se ha pagado caro…

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