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Robert Walser, el poeta que prefería ser nadie

mayo 28, 2013

El domingo 16 de mayo de 1943 el escritor suizo Robert Walser cumplía sesenta y cinco años. Aquel día salió del sanatorio psiquiátrico de Herisau, la capital del cantón de Appenzell Ausserrhoden, en el que estaba internado desde hacía una década, para pasear con su tutor y benefactor Carl Seelig, autor del libro Paseos con Robert Walser (Siruela, 2000), en el que recoge los recuerdos de su amistad con el poeta. Dar largos paseos solitarios por el campo era su afición favorita.

El cielo nublado le hizo sentirse dichoso. “¿Qué mas necesitamos que una pradera, un bosque y unas cuantas casas apacibles para estar contentos?”, le confesó a Seelig. Luego le rogó que viniera a visitarle mejor en domingo. Desde que había abandonado la escritura, le parecía que pasear en un día laborable era una extravagancia que alteraba el orden del sanatorio. También le dijo que estaba satisfecho con su habitación:

Robert Walser en uno de sus paseos por los alrededores de Herisau

Robert Walser en uno de sus paseos por los alrededores de Herisau

“Uno está tumbado ahí como un árbol caído, y no necesita mover ni un miembro. Todos los demás duermen como niños cansados de jugar. Uno se siente como en un monasterio, o como en una antesala de la muerte”.

Más tarde le comentó que estaba convencido de que los últimos treinta años en que el poeta Friedrich Hölderlin -con quien se lo ha comparado a menudo por su retiro prematuro de la escritura a causa de un trastorno mental- vivió como pupilo en casa de la familia de un ebanista de la ciudad alemana de Tubinga no fueron tan desdichados “como los pintan los profesores de literatura”. “Poder soñar en un modesto rincón, sin tener que responder a continuas pretensiones, no es ningún martirio. ¡Sólo la gente hace que lo sea!”, le dijo en una ocasión a Carl Seelig.

Torreón de Tübingen en el que el poeta alemán Hölderlin permaneció alojado hasta su muerte, durante treinta y seis años, hasta su muerte en 1843

Torreón de Tubinga, a orillas del río Neckar, al suroeste de Alemania, en el que el poeta alemán Friedrich Hölderlin permaneció alojado durante treinta y seis años, en un estado de locura pacífica, hasta su muerte en 1843

Pero Walser no sólo soñaba en un rincón del sanatorio. Pasaba mucho tiempo clasificando y anudando cuerdas para el correo, un trabajo que le parecía bien. El subjefe médico del sanatorio, Dr. Hans Steiner, le reveló un día a Seelig que Robert era “un paciente luchador, que despachaba concienzudamente su tarea”. Acto seguido lo calificó de “insociable”; si se empezaba a hablar de arte con él, “se volvía obstinado de inmediato”.

El paciente había ingresado en el sanatorio de Herisau en 1933, a la edad de cincuenta y cinco años, después de sufrir reiterados episodios de alucinaciones, terrores nocturnos y ataques de ansiedad. Provenía de otra clínica de Berna en la que había permanecido interno desde 1929.

Los jóvenes protagonistas de las novelas de Robert Walser cifran sus esfuerzos en el cumplimiento del deber, en la obediencia. Intuyen que obedeciendo es la única forma de escapar de  la responsabilidad de ser algo, ellos que prefieren ser nadie, “un cero a la izquierda”, acaso porque el mero hecho de tener que ser excede los límites de sus fuerzas. No les importa la inutilidad de su labor. Por eso aman el trabajo físico y manual que les permite olvidarse de sí mismos.

Fotografía de Walser fechada en 1907

Fotografía de Walser fechada en 1907

Hasta tal punto el propio Walser se identificaba también en esto con sus personajes que cuando Seelig le comunicó que le había propuesto al médico jefe del sanatorio que lo trasladasen a un departamento más cómodo, le replicó que no era ese su deseo:

“¿No sigue usted siendo cabo, sin costumbres de oficial? Yo también soy una especie de cabo, y quiero seguir siéndolo. Tengo tan pocas ganas de ser oficial como usted. Quiero vivir en el pueblo y desaparecer entre él. Eso es lo más adecuado para mí”.

Sin embargo, lo extraño de esta obediencia es que no sólo no mantiene vínculo alguno con el poder sino que los personajes walserianos se sirven de ella para vivir alejados de su entorno, mejor dicho, en sus antípodas. Jakob von Gunten, el adolescente de la novela homónima que Walser publicó en 1909, se congratula de “no poder descubrir nada digno de consideración o estima en mi persona” y “ser humilde y seguir siéndolo”. Si alguna mano o circunstancia lo encumbrase hasta las alturas, “donde imperan el poder y la influencia”, él mismo se encargaría de destrozar esas circunstancias para arrojarse a las “tinieblas de lo bajo e insignificante”. “Sólo puedo respirar en las regiones inferiores”, confiesa.

En Discurso a un botón, el narrador que está cosiendo el botón que se ha desprendido de su chaqueta, le agradece los servicios prestados durante más de siete años por su “fidelidad, celo y perseverancia”.

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Propone que lo tomen como ejemplo quienes “viven acosados por la manía del aplauso permanente y podrían derrumbarse y morir de despecho y humillación si no se sintieran continuamente mimados, abanicados y acariciados por el afecto y la estima generales”. “Tú, en cambio -prosigue el narrador/costurero en su discurso al botón-, eres capaz de vivir sin que nadie se acuerde ni lejanamente de que existes”.

Walser encontró en “algo tan poco interesante” como la ceniza la metáfora que mejor define su peculiar universo. Si se sopla la ceniza, “no hay en ella lo más mínimo que se niegue a dispersarse al instante volando”. La ceniza “es la humildad, la intrascendencia y la falta de valor mismas y, lo que es más hermoso, ella misma está obsesionada con la creencia de no valer nada”. A continuación el poeta se pregunta si puede haber algo “más inconsistente, más débil y más  insignificante, más transigente y más paciente que la ceniza”. La respuesta es “no”.

“La ceniza no tiene carácter y está más alejada de todo tipo de madera de lo que lo está la depresión de la alegría desbordante. Donde hay ceniza, en realidad no hay nada. Pon tu pie sobre la ceniza y apenas notarás que has pisado algo.”

Página de los microgramas que Walser escribió entre 1924 y 1932, ogramas son el testamento literario de Robert Walser. Se trata de una colección de 526 hojas escritas con una letra minúscula y a  lápiz y que, tras quince años de trabajo, ha sido descifrada por Werner  Morlang y Bernhard Echte. Walser confesó en 1927que había empezado a utilizar el lápiz para librarse del

Página de los microgramas que Walser escribió entre 1924 y 1932. Se trata de una colección de 526 hojas redactadas en una letra minúscula y a lápiz y que, tras quince años de trabajo, fue descifrada por Werner Morlang y Bernhard Echte. Walser confesó en 1927 que había empezado a utilizar el lápiz para librarse del “tedio de la pluma”

El carácter era algo que empezaba a obsesionar a la época en que Walser anotó esta reflexión. Se decía que había que tener carácter y voluntad. Esta obsesión alcanzaría rango de doctrina política e institucional bajo el régimen nacionalsocialista. El día 10 de mayo de 1933, mientras en las plazas de las principales ciudades de la Alemania nazi los libros eran reducidos a cenizas, el ministro de Propaganda del régimen y escritor frustrado, Joseph Goebbels, afirmó a voz en grito que “el futuro hombre alemán no sería solamente un hombre de letras”, sino “un hombre de carácter”, para lo cual los alemanes recibirían la educación adecuada.

Jóvenes alemanes arrojando libros a la hoguera el 10 de mayo de 1933

Jóvenes alemanes arrojando libros a la hoguera el 10 de mayo de 1933

La otra forma con la que los personajes de Walser huyen de la responsabilidad de tener que ser se manifiesta en la existencia nómada, la fuga constante ya sea de hospedaje, de ciudad o de oficio, y el vagabundeo por los campos; todo menos  “llevar una vida ociosa y angustiada junto a la estufa de casa”, tal como anota Jakob von Gunten, pupilo en el extraño Instituto Benjamenta, destinado a formar futuros sirvientes.  Según Jakob, el alumno que no sabe que es juicioso, lo es. Pero en cuanto tenga conciencia de ello, dejará de serlo. Por cierto, el propio escritor fue alumno de una escuela similar en el castillo de Dambrau, en la Alta Silesia, cuando tenía veintisiete años.

Estos jóvenes soñadores no se irritan por nada, se muestran casi siempre contentos. Prueba de ello es la prosa danzarina en la que se expresan. Aunque no nos cuenten cosas relevantes, nos gusta leerlos por la gracia y la vivacidad de su expresión. No esperan ni quieren esperar, así podrán vivir alegres y tranquilos. Desconfían del pensamiento. Pensar conduce a la discusión, a la clasificación y a la conciencia de poseer cierta sabiduría. “En el hecho de abrir una puerta hay más vida oculta que en una pregunta”, dice Jakob von Gunten.

Receptivos a la experiencia cotidiana, su máximo placer se reduce a la contemplación de la naturaleza, aunque uno sospecha que detrás de ella se oculta una actitud de condescendencia hacia la realidad que les rodea. Viven en el mundo como Adán antes de la Caída, un mundo que observan con ojos inocentes como su prosa. A veces se sorprenden de su dicha y de no estar pensando en nada mientras se abandonan deliberadamente a su deber.

Fotografía de Walser tomada en uno de sus paseos

Fotografía de Walser tomada el 11 de mayo de 1942 en la excursión al monte Säntis

Bajo la mirada de Walser los valles de la campiña suiza que describe en sus relatos recuerdan a los paisajes primaverales cantados por los poetas chinos de la Antigüedad, como en este fragmento extraído de la novela El ayudante (1908, traducida por Juan José del Solar):

“Las hojas de los cerezos eran de un rojo incandescente, herido, doloroso, pero a la vez bello, que reconciliaba y alegraba. Los prados y arboledas parecían a menudo envueltos en velos y paños mojados (…) Se olían los árboles al caminar bajo ellos, se oía caer la fruta madura sobre los prados y senderos. Todo parecía doble o triplemente silencioso”.

No obstante, son conscientes de la amenaza de expulsión que puede llegar en cualquier momento. “¿Hasta cuándo durará todo esto?”, se preguntan mientras se hacen a la idea de que algún día tendrán que abandonar ese paraíso. No desean pensar en el futuro. Es la clase de pensamiento que les obligaría a temer y que más tortura a los hombres.

Al contrario que los héroes clásicos, se han propuesto no provocar a los dioses ni oponer resistencia a sus designios. Por más hostil que se muestre con ellos la realidad circundante, no se dejan influir. Quieren ser útiles a los hombres, pero como no siempre lo consiguen, se entregan a la dulce melancolía de la inutilidad. También por ello aman el trabajo manual y físico. El contacto con la tierra y  los objetos les ayuda a confiar en sí mismos.

Walser bajo una copiosa nevada. En sus paseos invernales era reacio a llevar abrigo

Walser bajo una copiosa nevada en 1954, en Gais. Incluso en sus paseos invernales era reacio a llevar abrigo

Sólo desean vivir el presente, sin perder de vista ningún detalle, ni siquiera el más insignificante (para Walser el presente carece de jerarquía). El futuro es el miedo por antonomasia: la muerte que ellos ignoran olímpicamente. Por ello se sienten a gusto en compañía de niños y mujeres-madres, las personas más enraizadas en la inmediatez de la vida, los primeros por la infancia y las segundas por la maternidad.

A los adultos los observan con cierto distanciamiento irónico. Está claro que el mundo adulto ni es ni será el suyo. Donde hay un adulto, hay pensamiento en el futuro, lucha, ansia de reconocimiento, ilusiones vanas, ambición y poder. “Los éxitos tienen por única e inseparable compañía la dispersión y unas cuantas cosmovisiones baratas”, nos dice Jakob, para añadir a continuación que

“cuando los hombres empiezan  a contabilizar éxitos y reconocimiento se ponen casi gordos de autosatisfacción saturadora, y la fuerza de la vanidad los va inflando hasta convertirlos en un globo irreconocible. ¡Libre Dios a un hombre honrado del reconocimiento de la masa! Si no lo vuelve malo, sólo servirá para confundirlo y quitarle fuerzas”.

Robert Walser el 23 de abril de 1939, en uno de sus paseos por Herisau-Wil

Robert Walser el 23 de abril de 1939, en un paseo por Herisau-Wil

Walser escribió esta reflexión muchos años antes de que unos individuos pretenciosos fuesen aupados al poder por las masas y, tal como había advertido el poeta, desencadenasen el mal que tanto horror y destrucción habría de causar a millones de personas.

Sin embargo, en su actitud no hay nada de irresponsable. Por el contrario, los “héroes” de Walser son los individuos más despiertos y vivos que cabe imaginar. Las fuerzas que la mayoría de los hombres invierten en medrar y en conquistar, ellos las emplean para cumplir con sus modestas obligaciones, prestar oídos a la vida y dedicarse a la contemplación. No juzgan, observan.

Incluso el poder forma parte también del cuento de hadas que imaginan que es la vida de los hombres, un cuento en el que ellos desempeñan el papel de escuderos o vasallos fieles de algún señor o dama a los que sirven con absoluto desinterés personal, libres del deseo de encumbrarse. Nada más lejos de sus objetivos que la acción enérgica y rápida, basada en el endurecimiento por el esfuerzo y la lucha por la vida. Todo eso constituye para Walser una “fraseología sabihonda”. Las emociones fuertes le dejaban “un frío glacial en el alma”.

Foto de Robert Walser

Foto de juventud de Robert Walser

Los personajes walserianos no necesitan buscar aventuras ni adentrarse en acciones ostentosas. Ya tienen bastante con permanecer atentos a las cosas menudas que les rodean. “Todo es mucho para mí, hasta las cosas más ínfimas”, admite Jakob von Gunten, para quien “conocer perfectamente a dos o tres personas exigiría una vida entera”.

A Walser las ciudades le parecían especialmente encantadoras cuando la gente se sentaba a comer en sus casas. A esa hora el silencio de las calles se le antojaba “amable y misterioso”.

En uno de sus paseos con Carl Seelig le dijo que

“cuanta menos acción hay y más pequeño es el entorno que precisa un poeta, tanto mayor suele ser su talento (…) Las cosas cotidianas son lo bastante bellas y ricas como para poder sacar de ellas chispazos poéticos”.

En una ocasión el editor Samuel Fischer le propuso visitar Polonia para escribir un libro sobre el viaje. “¿Para qué? ¡Berlín me gusta igual!”. Fischer no se rindió: ¿Y Turquía? Pero Walser le replicó con una respuesta digna de Groucho Marx: “A uno le puede ir como a un turco en otros sitios, quizá incluso más que en Turquía”.

El prestigioso editor alemán Samuel Fischer

El prestigioso editor alemán Samuel Fischer

Aunque el editor hubiese insistido, la respuesta habría sido la misma:  “¿Para qué necesitan viajar los escritores mientras tengan imaginación?”. Su contemporáneo, el portugués Fernando Pessoa era de la misma opinión.

A Walser le gustaba pasear por el bosque. En Los cuadernos de Fritz Kocher (1904), el muchacho que al morir dejó unas meditaciones personales sobre asuntos diversos, se lee que el bosque “sólo despierta la sensibilidad en el hombre, no el entendimiento, y en modo alguno la tendencia a calcular”. Las personas que sufren, “visitan con gusto el bosque”, del que aprenden la calma que les ayudará a soportar su padecer.

Walser en uno de sus paseos

Walser en uno de sus paseos

Quien sufre puede aprender del bosque que “está mal amargar la vida a los otros con continuos lamentos huraños y molestar con augurios inútiles”. Además, el bosque “es solicitado por poetas porque es silencioso y en su sombra puede uno despachar un buen poema”.

En la tranquila mañana del 25 de diciembre de 1956, Robert Walser salió a pasear por el bosque, vestido con ropa de abrigo, “a la luz cristalina del paisaje nevado”. Según el relato de Carl Seelig, entre hayedos y abetos ascendió por la ladera del monte Schochenberg, a un paso demasiado rápido para un hombre de su edad. Alrededor de la una y media, los latidos de su corazón empezaron a renquear. Se mareó, cayendo de espaldas sobre la nieve.

“Se lleva la mano derecha al corazón, y se queda quieto. Con la quietud de los muertos. Un poco más arriba está el sombrero. Tiene la boca abierta; es como si el puro y frío aire del invierno aún penetrara en él”.

Así lo encontraron poco después dos niños que bajaron patinando en sus trineos de madera desde la granja Burghalden.

Fotografía tomada por la policía del cadáver de Robert Walser tumbado en la nieve el 25 de diciembre de 1956

Fotografía tomada por la policía suiza del cadáver de Robert Walser tumbado en la nieve el 25 de diciembre de 1956

Parece como si Robert Walser se hubiese anticipado a su muerte sobre un campo nevado al describir en la novela Los hermanos Tanner (1907) al difunto joven poeta Sebastian, a quien Simon Tanner halló una tarde tumbado sobre la nieve. Al verlo de lejos pensó que estaba dormido, aunque la idea de que un hombre se acostase en medio de un frío terrible y en el rincón solitario de un abetal le parecía un tanto extraña. Además, su rostro estaba cubierto por un sombrero, un detalle que a Simon se le antojó siniestro.

Sebastian llevaba puesto un traje de verano de color amarillo, “suavemente ligero y raído”. Al levantar el sombrero de su cara, Simon descubrió que estaba muerto. Sin duda se había congelado. Seguramente llevaba muchas horas allí pues a su alrededor no se veían huellas en la nieve.

Simon Tanner pensó que debió de haberse desplomado “víctima de un cansancio enorme que ya no pudo soportar”. Al verlo “se intuía que no estaba hecho para afrontar la vida y sus duras exigencias”. A modo de improvisada oración fúnebre, el joven Tanner se dijo para sus adentros:

“¡Con qué nobleza ha elegido su tumba! Yace en medio de espléndidos abetos  cubiertos de nieve. La naturaleza se inclina a contemplar a su muerto, las estrellas cantan dulcemente en torno a su cabeza y las aves nocturnas graznan: es la mejor música para alguien que ya no tiene oído ni sensaciones. Yacer y congelarse bajo unas ramas de abeto, sobre la nieve: ¡qué espléndido reposo! Es lo mejor que pudiste hacer. La gente está siempre dispuesta a hacerles daño a las aves raras como tú, y a burlarse de sus sufrimientos”.

NOTA: Esta entrada se ha publicado en mi libro “El poeta que prefería ser nadie” (Hermida Editores).

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56 comentarios leave one →
  1. mayo 28, 2013 11:34 am

    interesantísimo,gracia pr compartir un saludo

    • enero 19, 2015 12:17 am

      estoy leyendo “El Ayudante” de Walser– Me interesa indagar la vida de los creadores que han tenido problemas siquiátricos–si alguien quiere compartirlo– los escucho…

      • diciembre 27, 2015 2:30 pm

        Estudiad la vida de cualquier gran creador literario: todos tienen, han tenido, o tendrán, problemas psiquiátricos.

      • diciembre 27, 2015 4:09 pm

        si me contestan que “cualquier” autor está en la lista de los afectados por problemas siquiátricos–perdonen, pero es absurda y casi insolente la respuesta— Hay una lista de gente interesante, sin duda pero creí que Uds, que son los letrados y versados en la materia podrían dar una respuesta más amable!

      • Alvaro permalink
        enero 11, 2016 4:56 am

        Estimada Dora, te sugiero investigues sobre Antonin Artaud, quien terminó sus días en un hospital psiquiátrico. O Ernest Hemingway, que se suicidó tras ser sometido a 15 sesiones de electroshock… Muchos saludos!

      • enero 12, 2016 12:56 am

        Gracias, Alvaro– tengo varios autores además de los que nombras en mi lista–podrías, si quieres buscar “The shaking woman” deSiri Hustvedt un caso muy interesante y poco común… y si te interesa te envío la lista que tengo…
        Feliz Año!

  2. mayo 28, 2013 8:57 pm

    Y sin embargo, hay algo de extrañamente perverso en la actitud de Walser. Por naturaleza, un artista busca la gloria, la fama, o por lo menos no la rechaza. ¿Para qué crea, si no? ¿Para consumírselo él mismo? Quizá por eso Walser fue consecuente: dejó de escribir. Compaginar la creación con el rechazo de la fama me parece, si no imposible, el colmo de la hipocresía.

    • Oswaldo permalink
      mayo 11, 2014 5:26 pm

      Walser intentó llegar a los demás tratando de publicar, pero no encontró eco, y muchos nos alegramos de que así fuera. No creo que su actitud ante el éxito cambiase en caso de haberlo alcanzado. ¿Algo extrañamente perverso? ¿Por naturaleza, el artista busca la gloria? Es precisamente el éxito, la gloria, lo que ha demacado la literatura de nuestro tiempo, porque el escritor ya no la busca, se vende a ella. El público actual, igual que el del tiempo de Walser, es un público que no comprende a aquellos que hablan de la vida, sino a los que sólo quieren ganársela.

    • Teo permalink
      diciembre 30, 2014 4:27 am

      El creador crea para sí mismo.

  3. mayo 28, 2013 9:46 pm

    Gracias por el comentario. Pienso que una cuestión es la “fama” o la “gloria” y otra el deseo del artista de que su obra sea conocida. Como dice el Diccionario de la RAE, la fama es “la opinión que las gentes tienen de alguien”. Por tanto, el creador no es responsable de ella. Otra cosa es el afán de algunos por buscar la fama, por hacerse famosos y que su nombre ruede de boca en boca (ya comenté en otra entrada el caso de Wagner y las penosas secuelas de su avidez de fama).
    Walser publicó libros (y en revistas) porque esperaba que alguien leyera sus escritos. Y vaya que tuvo lectores, y muy devotos: Kafka (era uno de sus autores predilectos), Musil, Thomas Mann, Zweig, Hofmannsthal (al que le preguntó en una ocasión si “no podría olvidarse un poco de que es famoso”), Walter Benjamin, Hermann Broch, Elias Canetti, J. M. Coetzee, W. G. Sebald, C. Magris, entre los más conocidos. Nunca fue ni es autor de grandes públicos, pero ¿eso qué importa? A él, desde luego, le importaba un comino.

  4. mayo 28, 2013 9:54 pm

    Ha sido una maravillosa forma de conocer a Robert Walser; ahora solo falta leerlo. Gracias por la entrada.

  5. mayo 28, 2013 10:27 pm

    Gracias por la lectura y el comentario. Un buen comienzo para entrar en el mundo de Walser es su novela “Jakob von Gunten”.

  6. Osado delfin permalink
    mayo 30, 2013 12:23 am

    Gracias por hacermelo conocer.

  7. mayo 31, 2013 11:00 am

    Una delicia leer estos magníficamente documentados cruces de vida y obra.
    Walser o la humildad, Walser siempre a la orden, a la orden de todas las cosas,pero a su vez todas las cosas, “se dejaban” también ser escritas por él. Pocos autores han conseguido ese “permiso”.
    Gracias por el paseo
    karmen

    • Ramón de Juan permalink
      enero 15, 2017 12:26 pm

      Muy acertada vuelta de tuerca.

  8. mayo 31, 2013 11:16 am

    Gracias a usted por la lectura y el comentario. Me gusta esa idea -tan walseriana- de que las cosas se dejaban “escribir” por Walser porque le concedían “el permiso” oportuno. Creo que encaja perfectamente en su talento excepcional para la observación.
    Un saludo

  9. septiembre 15, 2013 2:35 pm

    Reblogueó esto en pretextosdeaguay comentado:
    Robert Walser. Me llamo nadie.

  10. septiembre 15, 2013 6:01 pm

    ¡Qué espléndida forma de recorrer el paisaje walseriano! No aprecio, como he entendido –quizá erróneamente– la incompatibilidad entre el desprecio de la fama y la producción literaria. Está claro que uno lee para ser leído, pero no necesariamente para ser reconocido por una ingente cohorte de lectores. Veo más bien un deseo de llegar al lector que aprecia la levedad, la potencia del chispazo poético y lo nimio en la narrativa. Gracias por la entrada.

    • septiembre 15, 2013 11:08 pm

      Gracias por la lectura y difusión de la entrada. En la respuesta a Antonio Priante lo comentaba: como la mayoría de los escritores, Walser aspiraba a que su obra fuese leída y afortunadamente lo fue por lectores atentos. Tú lo expresas muy bien en la última frase de tu comentario. Un saludo.

  11. jose permalink
    septiembre 15, 2013 7:03 pm

    “Donde otros proponen obras yo solo trato de explicar mi mente. La vida es arderse en las preguntas. Yo no concibo la obra como separada de la vida…” Que decía Artaud. (En relación al comentario de porqué escriben los poetas, que mi entender, vaya uno a saber porqué será; pero agradecidos que les estamos)

  12. septiembre 15, 2013 11:10 pm

    Creo que Robert Walser habría compartido esta sabia cita de Artaud.

  13. Maia L.B. permalink
    octubre 16, 2013 3:16 pm

    Tengo por costumbre tomar notas de los libros que me gustan (quizá tengo algo de Bartleby y soy más copista que escritora). Ahora me encuentro leyendo, entre otros dos, “El paseo”, de Robert Walser.

    He rescatado para mis apuntes este fragmento:

    “¿Qué hombre honrado no ha estado desvalido nunca en su vida, y qué ser humano ha mantenido por completo intactos a lo largo de los años sus esperanzas, planes, sueños? ¿Dónde está el alma cuyos anhelos, osados deseos, dulces y elevadas concepciones de la felicidad se cumplieron, sin tener que hacer descuentos en ellas?”

    Y es esta una pregunta que no me deja en paz, que da lugar a otro sinfín de preguntas e interrogantes.

    Un saludo.

  14. Yerba permalink
    noviembre 10, 2013 1:41 pm

    Walser afronta la humildad con tal escarnio que te duele, y alerta de los peligros deshumanizantes de plantearse la vida como suma de logros y el desprecio por la sensibilidad y otras formas de lucha por la vida.

  15. walter permalink
    diciembre 18, 2013 5:57 pm

    Muy buen artículo. Ya me prometí Jakob von Gunten. Saludos

  16. Maia L.B. permalink
    diciembre 24, 2013 3:00 pm

    He vuelto a leerlo y a conmoverme. ¿Sabés qué me conmueve? la primera foto, lo grande que le queda el saco del traje me recuerda a mi abuelo cuando ya, envejecido, se negaba a comprarse ropa y, de tan delgado, todo le quedaba grande. La vida empezaba a quedarle grande para sus empequeñecidas fuerzas. Dice mi padre que murió casi ciego pero nunca dijo nada. Sólo caminaba por la casa a tientas, movido más por sus manos que por sus pies.

  17. dianne espinoza permalink
    mayo 25, 2014 9:48 pm

    de perverso—nada. que a nadie le importe que existes es el deseo de muchos–déjelo en paz y siga creyendo lo que cree Ud. —- Walser sufría ese trastorno mental que suele darse en los Grandes de la literatura y la música—siempre en la poesía…

  18. stephanie permalink
    julio 21, 2014 6:17 am

    ¿Cual es la clasificación de la obra?

    • Leo Castillo permalink
      julio 15, 2016 10:42 am

      R w. No escribió para clasificadores, ¿eres por ventura entomóloga? ¿En qué especie clasificas a Gregorio Samsa?

  19. Martín permalink
    agosto 13, 2014 12:12 am

    Excelente, es una lástima que por aqui (Uruguay) sea imposible conseguir el libro de Carl Seelig. He leído El Paseo, y ha sido un descubrimiento maravilloso.

  20. Claudia permalink
    agosto 20, 2014 6:25 am

    Llegué navegando por casualidad o mejor dicho paseando… Hoy, en mi recorrido las coincidencias parecían flores indicando el camino!… leí a Pessoa (Desasosiegos) en el jardín, logré averiguar que el libro “En un metro de bosque” del biólogo David George Haskell, tan buscado por un joven desconocido con quien me topé el domingo en dos librerías del Barrio Lastarria (Santiago de Chile) y su interés despertó mi curiosidad, lo venden muy cerca de aquí! (Cierto, existe en internet pero adoro el papel) y luego, aparece el poeta que prefería ser nadie.
    En común? todos al igual que Walser pudieron o pueden ver lo magnifico en una cosa, el universo de lo simple.
    Un agrado leerte Jaime Fernandez
    y como el título de una película que me gustó: “Gracias, más por Favor”!
    Claudia

    • enero 5, 2015 8:57 pm

      Claudia! Acabo de ver por segunda vez ese film “Más, por favor” y es excepcional–de algún modo se topa, como bien dices con lo que se ve sin los ojos–lo que va más allá de la mirada … un saludo!

      • enero 6, 2015 6:26 am

        Dora! hola, recién tengo el gusto de leer tu comentario y me alegra que fuera de tu agrado. Quizás te gustaría también “Amor a la Carta” (titulo original “Lunchbox”) la vi por internet o “Final de Partida” (“Departures” Jojiro Takita) mi saludo y una sonrisa para ti también. Claudia

  21. agosto 20, 2014 6:32 pm

    Muchas gracias, Claudia.

  22. Matías Emanuel permalink
    enero 5, 2015 5:42 pm

    La fotografía final le quitó el encanto a su relato, o lo convirtió en real. Tal vez no sea justo hablar de una fotografía cuando lo que escribió sobre Walser sea tal vez justo, o no. Aprecio su artículo como un todo. Walser me recuerda a un poeta argentino, Jacobo Fijman, “¿A quién llamar?/ ¿A quién llamar desde el camino /tan alto y tan desierto?”, escribió. Estos poetas transitan por donde el hombre no se atreve, de ahí la pureza de su poesía. ” Demencia: el camino más alto y más desierto.”, también escribía Fijman, inaugurando su vida literaria.

    Un Saludo.

    • enero 5, 2015 8:54 pm

      alto y desierto— cruda y veraz descripción de esa llamada locura–escribe más—me interesa mucho…chapeau!

    • Dora Goldemberg permalink
      enero 5, 2015 9:43 pm

      me he encantado con la lectura sobre Walser– muchos puntos en común— toca el nervio… lo leeré y les seguiré comentando-¡ -no dejen de escribirme y enviarme estos magníficos textos! dora Date: Mon, 5 Jan 2015 16:42:58 +0000 To: doragold39@hotmail.com

  23. charli permalink
    enero 18, 2015 8:01 pm

    El artista crea por convicción propia, si tiene principios, no en base a que le guste al mercado o le deje de gustar.

  24. bubú permalink
    julio 25, 2015 7:59 pm

    A lo mejor… todos los paseos por la nieve, en una ecuación ensimismada, se redujeron a uno solo… o dos (el sombrero no le tapaba la cara)

  25. julio 25, 2015 8:17 pm

    Claudia! un saludo para ti!
    buscaré esos films— y no ha llegado uno de esos comentarios largos que nos envía Jaime–para nuestro deleite— lo esperamos! saludos a todos!

  26. arturo araujo permalink
    diciembre 28, 2015 6:35 pm

    He leído todo hasta el final y me ha sabido a poco. Cuando leí El Paseo, por mandato de la profesora de relato breve, me pareció una forma de escribir original. Tuve que imitar su forma y me resultó difícil. No cabe duda que Walser fue único, divergente y único. Único por su sencillez y porque, solo hay que mirar alrededor por ejemplo en la feria del libro, los escritores brillantes en general no son sencillos sino todo lo contrario.
    Hará alrededor de dos años que leí “El Paseo” creo que volveré a leerlo

  27. enero 12, 2016 1:17 am

    Claudia, tomo nota– mil gracias! quién escribió “Lunch Box”? seguimos en contacto Feliz Año!

  28. enero 12, 2016 1:20 am

    Maia I B– me conmueve tu relato sobre el abuelo! que anda con las manos más que los pies–así es la vejez se nos va fugando la luz—se dice que Goethe decía antes de morir “Luz, Más Luz”! con un significado más profundo que lo que parece–claro… Saludos y Feliz Año!

  29. María Alen Lloyd permalink
    junio 7, 2016 7:44 pm

    ¡Excelente trabajo! Estoy leyendo a Walser -Jakob von Gunten- por consejo de Enrique Vila Matas. Cuando mi admiración se había cimentado, allá por la tercera parte de la novela, me vine a la red para “desasnarme” un poco acerca del libro y el autor. Tuve la suerte de encontrarme con “En lengua propia”, blog al cual ya me suscribo.

    • junio 7, 2016 10:26 pm

      Gracias, María, por la lectura de la entrada walseriana. Y también por seguir la lectura del blog. Espero que le agrade.

  30. julio 14, 2016 6:30 pm

    Reblogueó esto en autoresvariosy comentado:
    Robert Walser, el poeta que prefería ser nadie, por Jaime Fernández, 28 de mayo de 2013.

  31. julio 15, 2016 11:09 am

    Comparto esta entrada en el blog, si no ves inconveniente. Gracias por descubrirme a este genio. ¡Un saludo!

    • julio 15, 2016 11:23 am

      Ya he visto que reproduce la entrada en su blog (“rebloguear” creo que se dice: otro neologismo tecnológico y ya van unos cuantos).
      Si le ha gustado este ensayo mío sobre Walser, seguro que le encantarán sus libros. Un saludo

  32. Ramón de Juan permalink
    enero 15, 2017 12:00 pm

    Acabo de empezar a leer a Walser y este artículo me ha venido como anillo al dedo. Muy bueno. Felicidades.

Trackbacks

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  2. Ser nadie, como Robert | ninaturca
  3. El paseo (Robert Walser) | Devaneos

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