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Próspero y Don Quijote, o la pasión por la lectura

abril 23, 2013

El 23 de abril se conmemora el Día Internacional del Libro en recuerdo de la fecha del fallecimiento de William Shakespeare y de Miguel de Cervantes. En realidad se trata de una coincidencia forzada, puesto que el inglés falleció un 23 de abril de 1616 según el calendario juliano (3 de mayo según el actual, el gregoriano) y la fecha exacta de la muerte del español fue el día 22 del mismo mes y año. Pero aceptamos la convención para justificar la fiesta universal del libro.

Así como Cervantes jamás tuvo noticia alguna de Shakespeare, parece que éste leyó el Quijote en la traducción de la Primera Parte, fechada en 1612, y que, según todos los indicios, incluso se inspiró en la historia de Cardenio que Cervantes intercaló en su novela, para escribir, junto al dramaturgo John Fletcher, una obra que  desapareció en el incendio del teatro El Globo.

Teatro londinense Shakespeare`s Globe, reconstruido en 1997 muy cerca de donde estuvo el original The Globe, en el que se representaban las obras de Shakespeare

Teatro londinense Shakespeare`s Globe, reconstruido en 1997 muy cerca de donde estuvo el original The Globe, en el que se representaban las obras de Shakespeare

Si hurgamos en sus obras quizá encontremos afinidades entre algunos de sus personajes. Puesto que el motivo en el que hemos decidido unirlos es la fiesta del libro, no será difícil localizar a dos personajes de sus obras ligados precisamente por su amor a la lectura y los libros. Me refiero a Don Quijote, el hidalgo que, ya viejo para su tiempo, decidió transformarse en caballero andante tras atiborrarse de libros de caballerías, y Próspero, el anciano sabio y desengañado de La tempestad, la última obra del dramaturgo inglés.

Es probable que el príncipe Hamlet también fuese un gran lector, pero la respuesta -“Palabras, palabras, palabras”- que espeta al cortesano Polonio cuando éste le pregunta por el título del libro que está leyendo, hace que la imagen que nos hayamos formado de él sea la de un lector cuando menos escéptico, renuente tanto a la palabra hablada como a la escrita.

La relación de Próspero y Don Quijote con los libros está determinada por la ambigüedad. Mientras era Duque de Milán y “un príncipe de gran poder”, Próspero se abandonaba por completo al estudio. Como habría de reconocer posteriormente, la biblioteca palaciega era para él “un Ducado suficientemente grande”.

Fotografía de una representación de

Fotografía de una representación de “La tempestad”, a cargo de la compañía española Barco Pirata, bajo la dirección de Sergio Peris-Mencheta

Sin embargo, su vocación libresca habría de convertirse en el mejor aliado de sus enemigos. Aislado de las intrigas palaciegas, Próspero delegó en su pérfido hermano Antonio las funciones de gobierno sin sospechar que un día éste, en connivencia con el rey de Nápoles, encabezaría una conjura para apartarlo del trono y enviarlo al destierro.

Arrojado en plena mar a bordo de una precaria embarcación, junto a su hija Miranda, de dos años de edad y heredera del Ducado de Milán, Próspero arribó por azar a una isla desierta. Este desenlace no habría sido posible sin el auxilio de su leal vasallo Gonzalo, quien no sólo los proveyó de alimentos, agua dulce y ricas vestiduras, sino de unos cuantos volúmenes de su biblioteca que apreciaba más que su Ducado.

Si el estudio de los libros al que Próspero se entregó con pasión de científico facilitó la labor de sus enemigos en la corte ducal, hasta el punto de abocarlo al exilio forzado, la otra cara de su afición libresca fue que ésta le infundió la sabiduría sobrenatural con la que en las nuevas circunstancias logró vencer a las adversidades, en primer lugar dominando y civilizando al único inquilino de la isla, el semihumano Calibán, hijo de la bruja Sycorax.

Escena de

Escena de “La Tempestad”, de William Hogarth, en la que aparecen Ariel, Próspero, Miranda y Calibán

También gracias a sus conocimientos sobrenaturales adquiridos en los libros, Próspero atrajo a la isla la nave en la que viajaban su hermano Antonio, el usurpador, Gonzalo, el rey de Nápoles, Alonso, y su hermano Sebastián, y el hijo de aquél, el joven Fernando, con el fin de ajustar cuentas con ellos, en particular con Antonio. Era como si hubiera llegado la hora de que la sabiduría teórica adquirida durante años de estudio paciente y concienzudo diera sus frutos en el momento en que más lo necesitaba.

Doce años después de su estancia en la isla, y al fin reconquistado su poder al frente del Ducado de Milán, el viejo sabio tuvo que resignarse a la derrota definitiva y esta vez sin paliativos: la amenaza de muerte natural que le aguardaba y ante la cual de nada habría de servirle la sabiduría adquirida por el estudio de los libros que decidió enterrar en el mar, una vez que obtuvo de ellos los beneficios que precisaba.

Don Quijote no tenía un concepto tan utilitario de los libros como Próspero. Leía para evadirse de la vida sin alicientes en una aldea ignota de La Mancha. Cervantes no quiso desvelar  a los lectores su nombre porque “no es uno de donde nace sino de donde pace” y porque en la vida de Alonso Quijano la pertenencia a un lugar o a un estamento social –dos circunstancias que para la mayoría de la gente son determinantes- carecían de valor real a la hora de delimitar su identidad. El verdadero y único elemento que la definía era su pasión lectora y su preferencia por los libros de caballerías. Todo lo demás resultaba secundario, incluso su amor platónico hacia Aldonza Lorenzo.

“Don Quijote”, del pintor francés Célestin Nanteuil (1813-1873)

La patria de Don Quijote son sus libros y el sueño de transformarse en un caballero andante. Su admiración por los libros de caballerías y los personajes principales de las historias que se narraban en ellos, le empujaron a la enloquecida idea de transformarse en un caballero andante, despojándose de su identidad de modesto hidalgo, solterón y ya viejo. La lectura lo redimió de la catástrofe vital en la que languidecía, rodeado por familiares y conocidos, como si fuera un extraño, no porque él lo fuese para ellos –en la aldea era conocido con el sobrenombre de el Bueno– sino a la inversa. Y esto tenía que ser lo más descorazonador para el pobre hidalgo: que sólo él tuviese conciencia de la extrañeza que sentía a su alrededor.

De hecho, antes de convertirse en Don Quijote, Alonso Quijano llevaba dos vidas, una pública, la diurna, que transcurría con aparente sosiego entre sus allegados, y otra nocturna que se desarrollaba en el mundo secreto de su biblioteca doméstica, cuando leía apasionadamente los libros de caballerías, recreándose en las truculentas aventuras que se contaban en sus páginas. Como para Próspero, también para Alonso Quijano la biblioteca era su verdadera patria.

“Don Quijote leyendo libros de caballerías en su estudio”, de Adolph Schrödter (1805-1875)

Según nos cuenta el narrador, en el tramo más alto de la noche, mientras en su casa dormían todos, el viejo hidalgo interrumpía la lectura para reencarnarse allí mismo, entre las paredes de la biblioteca, en alguno de sus admirados caballeros andantes, imaginando que se enzarzaba contra cualquiera de los enemigos a los que combatían. Aquellos arrebatos de lector apasionado presagiaban su inminente transformación en caballero andante.

La lectura de libros de caballerías, mezclada con los de crónicas históricas y pseudohistóricas, hicieron revivir a Alonso Quijano, si bien bajo una identidad distinta –en realidad antagónica- de la que había venido manteniendo en el mundo real, librándole de una paulatina muerte en vida.

Cuando al fin decide transformarse en caballero andante, tiene que defender esta nueva identidad de los ataques ficticios –librescos- y reales que la asedian. Y una patria que lucha por sobrevivir a los obstáculos que hacen peligrar su existencia es más patria que una que no necesita defenderse. Los enemigos afianzan a Don Quijote en su nueva identidad, como afianzaban la de los caballeros andantes.

“Muerte de Don Quijote”, grabado de Gustave Doré

Gracias a su transformación alcanzará la misma clase de inmortalidad que en tiempos pasados persiguieron los extintos caballeros andantes, desde el momento en que sus hazañas y aventuras eran inmortalizadas en las correspondientes crónicas con las que el atento lector que era Alonso Quijano estaba tan familiarizado.

Bien es verdad que poco antes de morir, Alonso Quijano renunció a su vida caballeresca, tras la derrota que le infligió en la playa de Barcelona el estudiante Sansón Carrasco, disfrazado de Caballero de la Blanca Luna, y en un inaudito acto de arrepentimiento renegó de su reciente pasado “pagano” para regresar al seno de la ortodoxia religiosa y de sus Sagradas Escrituras, único libro al que, en la inexcusable hora de la verdad, el hidalgo se sometió con devota sumisión.

Los libros no libraron de la muerte ni a Próspero ni a Alonso Quijano, aunque  a este último lo alzaron a la deseada inmortalidad literaria. Pero sí sabemos que sus creadores fueron unos lectores despiertos (Cervantes confesó que de niño leía hasta los papeles rotos que encontraba por la calle) que leyeron con buen provecho, como lo demuestra la sabiduría de las obras que nos legaron y que han enriquecido la vida de generaciones de lectores y escritores. Esperemos que así sea por muchos más años.

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9 comentarios leave one →
  1. Guido Finzi permalink
    abril 23, 2013 4:28 pm

    Yo soy contrario a esta moda del Día Internacional de esto y de lo otro, sobre todo porque se va imponiendo, a cada fecha de calendario, el Día Interancional de la Nada.Dicho esto, celebrar a Cervantes y Shakespeare es la obligación de cualquier lector bien nacido y, en consecuencia, bien agradecido. Y no hay mejor celebración que leer a uno y otro, analizar sus distintas obras, y entregarse a variadas ensoñaciones sobre sus respectivas existencias.

    En unos tiempos como estos, donde nadie se atreve a ser excéntrico ni a soñar sin esperar nada a cambio, algunos autores se hacen más necesarios que nunca. Nos faltan Quijotes, y nos sobran PlayStation.

    Un texto magnífico, Maestro.

    Saludos

  2. abril 23, 2013 4:35 pm

    Sí, magnífico texto. Y una reflexión colateral: en la literatura de verdad, como en la de esos dos grandes maestros, no cuenta nada “estar al día”.

  3. abril 23, 2013 5:59 pm

    Gracias, Antonio. Sí, las obras de estos dos grandes autores están dispuestas todos los días del año para que las leamos. Otra cuestión es que nosotros tengamos la misma disposición.

  4. abril 24, 2013 5:05 am

    Gracias, Jaime; leído con muy buen provecho. Permiso, comparto en los píos, FB y correos.
    Muy buen miércoles,
    r

  5. diciembre 10, 2013 2:19 am

    Muy buen post. Como dijeron más arriba… las obras históricas están disponibles para leerse! totalmente de acuerdo con eso.

  6. diciembre 10, 2013 10:07 am

    Gracias. Para leerlas hay que desprenderse de algunos prejuicios, sobre todo los heredados.

  7. enero 2, 2014 9:23 pm

    Siempre es maravilloso encontrarse entradas que traten sobre el Quijote en cualquier sentido, y más si estas lo ponen en relación con un texto como “La tempestad” de Shakespeare. Me ha gustado mucho la idea de la biblioteca/literatura como patria, y creo que es acertado en ambos casos. Sólo querría hacer un par de matizaciones (porque el Quijote es mi obra favorita y yo, muy puntillosa): la primera no es más que un apunte de rigor, y es que quien vence a Don Quijote en las playas de Barcelona es el Caballero de la Blanca Luna (al de los Espejos es a quien derrota de chiripa al principio de la II parte); la segunda obedece a una cuestión de perspectiva, porque es verdad que alguien muere al final de la obra, pero no es Quijote, sino Alonso Quijano (o Quijada o Quesada). Que el hombre muera como hidalgo (“yo soy quien soy”), da, a mi parecer, la inmortalidad definitiva al caballero (“yo sé quién soy”).

  8. enero 2, 2014 9:41 pm

    Muchas gracias por tu atenta lectura y por la rectificación. Esta confusión de identidades parece cosa de los duendes quijotescos. Gracias a las facilidades que ofrece el formato de edición digital, ya está corregido el error.
    También tu segunda observación me parece certera. No eres puntillosa sino una lectora despierta, lo cual es un privilegio para cualquier escritor. Así que de nuevo muchas gracias. Si repasas el blog verás que hay más entradas dedicadas a la gran novela de Cervantes. Un saludo

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